La entrada ¿Por qué tengo que ir a un sacerdote para que Dios me perdone en Confesión? se publicó primero en Omnes.
]]>Para poder confesarme debe haber materia, o sea consciencia de haber pecado u ofendido a Dios por inobservancia de cualquiera de los Mandamientos que señalan cuál debe ser la actitud del hombre frente a Dios, la del hijo frente al Padre.
Es un tesoro de valor incalculable, al significar el encuentro con la misericordia infinita de Dios, que me ama y siempre quiere perdonarme y darme la oportunidad de comenzar y recomenzar, una y mil veces. En definitiva, se trata de volver a ser nosotros mismos, reencontrándonos nuevamente con Dios, con quien nuestra naturaleza desea –porque necesita– estar. Por esta simple razón encontraría su justificación que la Iglesia obligue al menos a confesar los pecados mortales, si es el caso, una vez a año.
El pecado mortal debe ser confesado obligatoriamente a un sacerdote para recibir el perdón, mientras que los pecados veniales se recomienda confesarlos para fortalecer la vida espiritual. Porque hay otros modos de purificar esos pecados leves, como la propia recepción de Cristo en la Eucaristía.
El Catecismo de la Iglesia Católica en el núm. 1441 recuerda que “sólo Dios perdona los pecados (Mc 2,7). Jesús es el Hijo de Dios, y dice de sí mismo: ‘El Hijo del hombre tiene poder de perdonar los pecados en la tierra’ (Mc 2,10)y ejerce ese poder divino: ‘Tus pecados están perdonados’ (Mc 2,5; Lc 7,48)”.
De otro lado subraya que, al atardecer del día de la Resurrección, el Señor se presentó en medio de los discípulos y les dijo: “Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les son perdonados; a quienes se los retengáis, les son retenidos” (Jn 20, 21).
Así, en virtud de su autoridad divina, Jesús confiere este poder a los hombres para que lo ejerzan en su nombre, de modo que los sacerdotes –o mejor, Él a través de los estos– puedan perdonar los pecados y devolver la paz a la conciencia.
Se trata de un contenido sagrado, que pertenece a Dios y al corazón de cada persona. De ahí que el sacerdote esté obligado a guardar el denominado sigilo sacramental o secreto de oficio de lo escuchado en Confesión.
En síntesis, estas serán las razones por las que según la Fe Católica uno debe confesarse con un sacerdote:
Para alcanzar el perdón del ofendido –Dios mismo en este caso– hay que verificar que existe arrepentimiento cierto por el daño causado, y eso lo hace el sacerdote en Confesión.
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]]>La entrada La Iglesia es santa. Aunque no lo sean sus miembros se publicó primero en Omnes.
]]>Lo confiesa nuestra Fe, y así lo recoge el Catecismo en su núm. 823, al señalar que la Iglesia no puede dejar de ser santa. El mismo, Cristo, a quien con el Padre y con el Espíritu se proclama “el solo santo”, amó a su Iglesia como a su esposa.
La Iglesia, según recogió el Concilio Vaticano II, es considerada el pueblo santo de Dios, y ya en la tierra se caracteriza por una verdadera santidad, aunque todavía está por alcanzar (Lumen Gentium 12 y 48). Sus miembros, según dice el mismísimo san Pablo en sus cartas, son llamados “santos”.
Así, la Iglesia es santa en su esencia divina y creadora –Cristo la funda– y sus medios. Aun cuando, según pasamos a ver, sus miembros, peregrinos en la tierra y encaminados al Cielo, pecan y están en un proceso constante de purificación y conversión.
Cada vez que recitamos el Credo afirmamos que la Iglesia es santa, y eso sorprende a muchos, cuando los defectos y pecados de sus miembros –podríamos decir que sobre todo los de sus dirigentes, más llamativos o “escandalosos”– son bien visibles: abusos de múltiples tipos, delitos financieros, etc., amén de otras desviaciones históricas como la convivencia con la esclavitud, o el consenso respecto a las guerras de religión.
En este punto quisiéramos subrayar el término “visibles”, ya que una cosa es lo que observamos, e incluso juzgamos –y con razón–, y la otra lo que pueda acontecer en el corazón de quienes representan a la Iglesia, o sea lo que pueda acontecer en el mismo corazón de la Iglesia.
Dicho de otra manera: ¿conviene centrarse en el error cometido, pecaminoso, o más bien en la capacidad del corazón humano de abrazar el perdón de Dios y sanar la herida infligida a la Iglesia de la que forma parte? Con el paso del tiempo hay quien aprecia una obra restaurada, que aunque haya perdido su condición inmaculada porque haya dejado de ser la obra perfecta inicial –en nuestro discurso, la Iglesia fundada por Cristo–, no por ello deja de mostrar belleza –en nuestro discurso, santidad–. Ésta, la santidad, lo sabemos, no está asociada a no equivocarse, sino a rectificar y pedir perdón.
¿Y quién es capaz de sostener la falta de arrepentimiento de los representantes de la Iglesia que han pecado? Nadie, solo ellos mismos pueden verificar su arrepentimiento y, por tanto, petición de perdón y sanación.
De otro lado, refiriéndonos a la jerarquía de la Iglesia, observamos que la indignidad de sus miembros no obsta para que puedan desempeñar el ministerio que les ha sido confiado. Así, el ministro pecador puede dispensar los sacramentos a pesar de su pecado: ello es muestra de la santidad de la Iglesia a la que sirve. Naturalmente, a no ser que medie alguna sanción canónica que le prohíba desempeñar tal ministerio.
También a este respecto nos referiríamos al término “Ecclesia supplet” –la Iglesia suple–, principio jurídico referido al hecho de que la Iglesia convalida actos sacramentales o administrativos que podrían ser inválidos debido a un error de hecho o de derecho, o a falta de jurisdicción. De este modo se garantiza la seguridad espiritual de los fieles, que se deben precisamente a la santidad de la Iglesia, y no a las limitaciones de sus ministros.
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]]>La entrada ¿Por qué la lealtad es crucial para mi felicidad? se publicó primero en Omnes.
]]>Muy interesante nos parece la relación de sinónimos que muestra el diccionario de la lengua española al referirse a la lealtad: fidelidad, nobleza, franqueza, amistad, honradez, devoción, adhesión, cumplimiento y observancia.
Quisiéramos referirnos especialmente a la relación de la lealtad con la fidelidad, pues, aunque se las tenga por sinónimos, no son exactamente lo mismo.
“Lealtad” proviene del vocablo latino “legalitas”, y define el carácter de una persona. Quien es leal se sujeta a un código de normas –explícitas o implícitas– para cumplirlo en todo momento. En un compromiso basado en la confianza y los valores compartidos con el otro.
Al hablar de lealtad nos referimos a la coherencia entre los modos de comportarse de una persona y sus ideales: la persona leal se decantará por obedecer a aquellos valores hasta en las situaciones difíciles, manteniendo así sus compromisos prestablecidos.
Por su parte, la palabra “fidelidad”, que proviene del latín “fidelitas”, podríamos decir que va más allá, y se refiere a un compromiso moral donde entra en juego la coherencia a ese nivel, moral, de una persona. Es una conducta por la que puede medirle la moralidad de un acto, cual es preservar el compromiso adquirido. Se es fiel a compromisos de carácter más elevado, como la vocación, matrimonial o de cualquier otro orden, pero en ese grado supremo de vinculación con el prójimo.
Como sucede con toda virtud, las obras son las que demuestran la adquisición y desarrollo de la lealtad.
Al efecto, hemos querido reflejar una serie de situaciones en las que aparece la lealtad en todo su esplendor. Se trata en definitiva de modos de cumplir promesas o compromisos, actuando con determinación.
Estos serían algunos ejemplos de cómo ser leal y potenciar la lealtad:
Expuesto lo anterior, naturalmente podemos concluir la presencia de abundante felicidad para quien se plantea su vida en términos de lealtad. Esa persona no dependerá ni de sus propios gustos, ni del qué dirán, ni de ninguna circunstancia, interna o externa, que atente contra su autenticidad, lo que le hará ser quien es y, por ende, asimismo contentar a quienes le rodeen en cada momento de su vida.
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]]>La entrada El amor verdadero no está en internet se publicó primero en Omnes.
]]>Existen dos verbos reflexivos que nos van a iluminar sobre este nuevo fascículo bimestral de los nuestros: darse y buscarse.
Cuando uno se pregunta si en una relación hay amor verdadero debe cuestionarse respecto de la capacidad de entrega mutua entre los amantes, si se dan entre ambos, si se buscan precisamente para darse.
Podríamos destacar del amor verdadero su ser un sentimiento puro, incondicional y duradero, basado en el respeto mutuo, la libertad, el apoyo y la aceptación de la otra persona tal como es, incluso en las adversidades.
Por contra, el amor falso es egoísta y posesivo, busca la gratificación personal, se alimenta de las circunstancias externas y es frágil y efímero.
Hecha la anterior distinción y determinado cuál es el genuino amor, parece evidente que, para dar con él, el único modo de verificación de tanto “requisito” será el encuentro entre quienes se aman; encuentro presente, y no virtual.
El amor no requiere presencia como condición absoluta, pero aquélla lo facilita enormemente. El contacto físico es fundamental para la comunicación del afecto. Aparece evidente a todos los ojos que solo una conexión íntima, profunda, y por tanto real y presente, hará que crezca el verdadero amor.
Si bien las relaciones a distancia pueden funcionar, implican un esfuerzo consciente y una adaptación mayor para suplir la falta de cercanía física, que es un ingrediente clave para fortalecer la relación. La cercanía física permite expresar y recibir afecto a través de caricias, abrazos y besos, lo que estimula la liberación de oxitocina, la denominada hormona del amor, y otras sustancias químicas relacionadas con el placer y la conexión.
La presencia facilita la lectura del lenguaje corporal y las expresiones faciales, elementos cruciales para entenderse y sentirse cuidado –amado– por la otra persona.
Compartir el espacio físico contribuye a una intimidad más profunda y a una evolución conjunta de la relación, aspectos que pueden verse mermados en las relaciones a distancia.
Conocer a la persona en distintos ámbitos y en su ambiente natural, en lugar de basarse en una imagen idealizada, es clave para una relación sana y evitar decepciones. Como dijo el Papa Francisco en febrero de 2023 en un encuentro de reflexión sobre los desafíos de la tecnología, ésta no puede suplantar al contacto humano: lo virtual no puede sustituir a lo real y tampoco las redes sociales al ámbito social.
El ciberespacio ofrece virtudes como el acceso instantáneo a información y conocimiento, la comunicación global y la facilitación de interacciones sociales y profesionales; pero también presenta limitaciones como, entre otras, la desinformación, o los riesgos de seguridad y privacidad.
Facilita la conexión con personas de todo el mundo, permitiendo interacciones asincrónicas y sincrónicas, y el desarrollo de comunidades en línea.
Sin embargo, la abundancia de información hace difícil distinguir la veracidad de las fuentes, propagando datos erróneos, falsos –fake– o inapropiados. Y existe el riesgo de ciberacoso, estafas, suplantación de identidad y la exposición de información personal a terceros.
Lo anterior se evidencia en las denominadas plataformas de citas –dating sites– que, si bien presentan ventajas, como la ampliación del círculo social y el acceso a personas con intereses afines, también presentan inconvenientes, destacando el de la superficialidad basada en la apariencia y los mencionados riesgos referidos a la falsedad.
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]]>La entrada Basílicas, santuarios, colegiatas… ¿qué diferencia a los distintos lugares de culto? se publicó primero en Omnes.
]]>En puridad “donde” uno trata a Dios es en su alma, el fondo de su corazón, donde habita, al ser Amor Puro. Ese es el “lugar” por excelencia para encontrarse con Él.
Naturalmente ese trato será distinto en función de las disposiciones interiores de cada uno, así como de las circunstancias que le acompañen. No es lo mismo tratar a Dios en estado de gracia que en pecado, o tratarle en un ambiente convulso y agitado –que se puede– o pacífico y relajado.
Ahora bien, es cierto que el lugar externo, el ambiente, ayuda a encontrarse con Dios y tratarle con mayor profundidad, piedad, recogimiento y devoción. Nos referimos a los lugares sagrados, en los que, además de encontrarme personalmente con Dios, puedo hacerlo también a través de la liturgia, que es la celebración de los misterios divinos.
Se trata de los lugares sagrados físicos destinados al culto común, a la liturgia, a la celebración pública de la oración y los sacramentos, núcleo de nuestra fe católica.
Vienen recogidos en los cánones 1205 y siguientes del Código de Derecho Canónico, regulador de los bienes temporales de la Iglesia, incluyendo su administración, adquisición, conservación y disposición. Establecen las normas para la gestión de los bienes eclesiásticos, tanto materiales como inmateriales, y el modo como deben ser utilizados para el bien de la Iglesia y sus fines.
Esos lugares sagrados son dedicados y bendecidos por el ordinario, normalmente el obispo, lo que se hará constar en acta; por lo que no cualquier lugar que un fiel considere es lugar de culto.
Naturalmente en un lugar sagrado sólo se admitirá lo que favorezca el culto, la piedad, prohibiéndose lo que no esté en consonancia con la santidad de ese lugar.
Se trata de un edificio sagrado destinado al culto divino, a la oración en común y a la celebración de los sacramentos, principalmente la Eucaristía.
Para su construcción, que respetará las normas litúrgicas y del arte sagrado, es preciso el consentimiento explícito y por escrito del obispo del lugar, quien la bendecirá y, en su caso, la colocará bajo el patrocinio de la Virgen o de algún santo.
Los fieles tienen derecho a entrar en las iglesias para las celebraciones que haya y su oración, para encontrarse con Dios en el silencio y recogimiento esperable.
Las comunidades de religiosos o conventuales podrán tener su propia iglesia dentro de su convento, denominada “templo conventual”, que sirve como lugar de culto para la comunidad religiosa, así como para los fieles que deseen asistir.
Se trata de una comunidad de fieles reunida en torno a un presbítero que hace presente al obispo diocesano en ese lugar. La comunidad celebra el culto, los sacramentos y la oración, en la iglesia parroquial, presididos por su párroco.
Al párroco corresponde básicamente la administración del Bautismo, la Confirmación en caso de peligro de muerte, la administración del Viático y Unción de Enfermos, la asistencia a los matrimonios, la celebración de funerales, la bendición de la pila bautismal en tiempo pascual y la celebración eucarística los domingos y fiestas de precepto.
De ordinario la parroquia debe ser territorial, pero donde convenga podrá ser personal en razón del rito, de la lengua o de la nacionalidad de los fieles de un territorio, o por cualquier otra razón apropiada.
Una catedral es el templo donde tiene sede –cátedra– el obispo. Se trata de la principal iglesia de una diócesis o iglesia particular, y desde ella el obispo preside la oración y dirige el culto e imparte su enseñanza. Puede llamarse iglesia Madre o Mayor, para destacar su carácter único y principal en la diócesis.
A diferencia de la catedral, la “colegiata” posee una estructura parecida a la de aquella, si bien no es la sede del obispo.
En su génesis greco-romana la basílica era un edificio público prominente destinado a funciones judiciales, a modo de tribunal, pero con el tiempo los cristianos empezaron a usarlo como templo y con fines litúrgicos.
El Romano Pontífice tiene reservada la prerrogativa de titular de un templo basílica, y puede ser declarada “mayor”: en su altar solo puede oficiar el Papa, y actualmente son las romanas de San Pedro, San Juan de Letrán, Santa María la Mayor y San Pablo Extramuros.
También existe la basílica “menor” –actualmente más de 1500 en todo el mundo– habilitada para lucir en el altar mayor determinados signos de la dignidad papal y la unión con la Santa Sede, debiendo ser, al igual que la mayor, ejemplo y referencia para el resto de las iglesias de la zona.
Se trata de una iglesia u otro lugar sagrado, debidamente aprobado por el obispo del lugar, al que por un motivo peculiar de piedad peregrinan numerosos fieles: se desplaza al santuario para venerar una imagen o una reliquia determinada, para ganar indulgencias, o por la peculiar significación religiosa e histórico-cultural del lugar.
Hablamos de santuario diocesano si es aprobado por el obispo del lugar, nacional si lo aprueba la conferencia episcopal, o internacional si es la Santa Sede quien lo reconoce como tal.
Algunos santuarios tienen concedidas determinadas gracias cuando así lo aconsejan las circunstancias del lugar y el bien de los fieles que a ellos peregrinan.
Es un pequeño templo, normalmente de escasa dimensión y situado en las afueras de los núcleos urbanos, en zonas rurales, que puede tener un uso religioso esporádico. Históricamente ha estado ligada a la figura del ermitaño –de ahí su nombre– y a la práctica de la vida contemplativa.
Se trata de un lugar destinado al culto divino en beneficio de una o varias personas físicas, normalmente de pequeñas dimensiones, que para las celebraciones litúrgicas necesita la pertinente autorización episcopal.
Se trata de una pequeña iglesia destinada a la oración personal y en común en beneficio de una comunidad o grupo de fieles. El él puede celebrarse actos litúrgicos, y accederán otros fieles siempre y cuando dé su consentimiento aquel de quien dependa el oratorio.
Son asimismo lugares sagrados aquellos destinados a la sepultura de los cristianos: los cementerios, que contienen las tumbas, nichos o columbarios donde se depositan las cenizas en caso de cremación del cadáver.
De algún modo son lugares de encuentro con Dios, al suponer el último sitio habitado por la dimensión corporal de un hijo de Dios en el momento de su traspaso a la vida eterna.
Los cementerios son espacios destinados a la sepultura de los cristianos, quienes, configurados con Cristo por el Bautismo para toda la eternidad, aguardan la resurrección segunda de Cristo, en la que el alma volverá a unirse a sus cuerpos ya sin defecto alguno ni posibilidad de muerte o descomposición.
Conviene que las iglesias tengan cementerios para la sepultura de sus fieles, lugares ya bendecidos por el obispo; si no es posible cada sepultura debe recibir tal bendición.
Es común que las congregaciones religiosas o algunas familias tengan algún panteón o lugar propio dentro de los cementerios.
Por último, cabe destacar que de ordinario sólo el Papa y los obispos diocesanos y cardenales pueden ser enterrados en el interior de las iglesias, como signo de sucesión con los Apóstoles, a quienes representaron en vida.
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]]>La entrada Ser “caritativo” en la vida práctica se publicó primero en Omnes.
]]>O sea que caridad y amor están entrelazados, la una me lleva al otro y viceversa; y de modo radical, pues no hay medias tintas: o soy caritativo o no lo soy, o amo o no amo.
La frase «ama y haz lo que quieras», atribuida a san Agustín, implica que, si actúas movido por el amor –el verdadero amor, claro– cualquier acción que hagas será correcta y buena. Se interpreta como una síntesis de la doctrina cristiana, donde el amor a Dios y al prójimo es el fundamento de todo acto moral. Por eso podemos afirmar que la caridad es la “reina” de las virtudes. Y, como sigue indicando san Agustín, la culminación de todas nuestras obras es el amor.
Al ser virtud teologal –referida a Dios y proveniente de Dios– es algo propio del cristiano, lo que naturalmente no quita que quien no pertenezca a ese credo no pueda amar.
Lo único que sucede es que la gracia divina que conlleva la manifestación del amor solo actúa en el alma del cristiano, y, por decirlo de algún modo, le aproxima a ese Dios gracias a quien y por quien ama a los demás: le hace santo.
El amor manifestado por el cristiano es caridad, en el sentido de que el acto humano de amar se eleva al ámbito sobrenatural y le abre a la acción de la gracia divina en su alma.
Será el dicho “obras son amores, y no buenas razones” lo que haga que la caridad, entendida como amor a Dios y al prójimo, se manifieste en la vida práctica a través de acciones concretas que buscan el bien del otro.
¿Qué incluiría eso? Entre otras muchas posibilidades, nos referiremos a la ayuda a los necesitados, el diálogo respetuoso, la custodia de la verdad y la búsqueda de la justicia.
Tras todo lo anterior, podríamos señalar que la caridad en la vida práctica se traduce en acciones concretas de amor, compasión y servicio a los demás. Es una virtud que nos impulsa a buscar el bien ajeno y a trabajar por una sociedad más justa y solidaria.
Pero algo que conviene subrayar es el beneficio obtenido al ser caritativo. Será que Dios no se deja ganar en generosidad. Y, según señala el punto 1829 del Catecismo, “La caridad tiene por frutos el gozo, la paz y la misericordia. (…); es benevolencia; suscita la reciprocidad; es siempre desinteresada y generosa; es amistad y comunión” (…). Lo cual, desde luego, es una recompensa para quien se da procurando el bien ajeno, en correspondencia a nuestra naturaleza, cuyo diseño comporta entrega, donación.
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]]>La entrada El matrimonio y una vida moderada se publicó primero en Omnes.
]]>Al mundo de hoy –y probablemente al que le precede– le suena un tanto extraño hablar de moderación, austeridad, desprendimiento, modestia, castidad, pudor, etc. No está preparado para ello. Estas formas de templanza chocan frontalmente con el consumismo y el hedonismo, que se han convertido en tendencias profundamente arraigadas en nuestra época, al menos en la sociedad occidental.
Pensemos, por ejemplo, en el bombardeo continuo e indiscriminado de imágenes sensuales de todo tipo que se transmite a través de las redes sociales, la televisión, los periódicos, el cine o la moda, que implícita o explícitamente manifiestan inmoderación, despilfarro, ostentación, exacerbación de lo placentero, o de la satisfacción que se puede alcanzar inmediatamente con un simple “clic”.
¿Por qué es necesaria la templanza o moderación? Porque, como seres racionales, con inteligencia y voluntad, debemos satisfacer nuestras necesidades naturales no según el instinto, sino de acuerdo con la recta razón, es decir, racionalmente.
Observamos que a las operaciones naturales de conservación del individuo –alimentación– y de la especie –unión sexual– les sigue un cierto deleite o placer.
Así, por ejemplo, ¿qué sucedería si no gozáramos con el alimento que necesitamos para vivir, sino que sintiéramos repugnancia? En ese caso habría ciertas posibilidades de que no nos alimentáramos, sólo porque nos produciría disgusto, poniendo nuestra vida en peligro. Lo mismo puede aplicarse al placer de tipo venéreo o sexual y su finalidad procreativa.
En cuanto al dominio de sí, la templanza ayuda, además, a controlar la agresividad; por eso es indispensable para actuar y para razonar lúcidamente, evitando el estado de ofuscamiento de las pasiones.
Los padres precisan una interioridad firme y “cincelada” por el olvido de sí mismos, que se hace presente en el hogar, donde interactúan con los demás familiares, con serenidad, sin alarmismos ni sobresaltos ante los cambios y crisis que se dan en la vida de toda persona que se encuentra en proceso de maduración personal, como pasa, por ejemplo, con los niños y adolescentes. Eso es templanza.
Asimismo, esa misión de los padres les demanda ser ejemplo de realismo y humildad. Realismo para exigir con moderación y paciencia, pues los hijos, como todo ser humano, tienen ritmos y limitaciones propias.
Y humildad para aceptar que cargan con miserias y con la fuerza interior de sus propios apetitos sensibles, que en determinadas circunstancias salen del orden de la recta razón, quedando evidenciados ante los hijos. En estas situaciones es necesario ser humildes para reconocer las propias destemplanzas y, si fuera el caso, pedir perdón.
La templanza no es solo armonía interna de uno consigo mismo. Es también consecuencia del darse y acoger al otro: esposos, padres e hijos, etc.
Esto se nota en la vida corriente y cotidiana de la familia. Por ejemplo, se nota con claridad cuando en el hogar unos padres sólo “dan cosas” a sus hijos, cumpliendo con una función meramente dispensadora de bienes materiales, sin ningún tipo de medición, desprendimiento y sobriedad.
Si un padre no es dueño de sí mismo no podrá irradiar benevolencia y clemencia en el trato con su hijo; más bien recurrirá con frecuencia a gritos, agresiones verbales y físicas, denotando insensibilidad, crueldad, etc.
Asimismo, si un cónyuge no se respeta, no se comprende, dominado por sus impulsos, afecciones y pasiones, difícilmente estimará y respetará al otro.
La educación en la templanza exige la vivencia de una austeridad por parte de los padres, con elegancia, sin caer ni en la tacañería por un extremo ni en el despilfarro por el otro.
Por ello han de mantener un esfuerzo sostenido, el espíritu de sacrificio, la firmeza, la capacidad de renuncia y mucho temple para saber esperar sin desesperar, conscientes que no existe ni la familia perfecta, ni padres infalibles, como tampoco deben esperar que crezcan unos hijos perfectos.
El amor entre los cónyuges ayuda e impide a que en el hogar uno “se destemple” “ante las destemplanzas” del otro, pues el mal nunca se vence con el mal, sino siempre con la fuerza del bien.
Una actitud que ayuda a la vivencia de la templanza en lo cotidiano de la vida familiar es la mansedumbre. La mansedumbre modera particularmente la ira desmedida e injusta. Ella genera paz, serenidad, tranquilidad y armonía en los hogares y en las relaciones interpersonales que ahí se viven.
El matrimonio que quiere vivir en serio el esfuerzo por cuidar y recuperar el equilibrio, la estabilidad y armonía en su “adentro”, necesita establecer una “autodisciplina”. Por ejemplo, en la utilización de los aparatos electrónicos y recursos tecnológicos e informáticos.
Los padres, como primeros responsables de la educación familiar, son los llamados a determinar las medidas de uso de las redes sociales, la televisión y demás aparatos electrónicos.
Así, pueden –deben– establecer que no haya PC ni TV, si smartphone o tableta o cualquier dispositivo que se les parezca, en los dormitorios; que solo funcione un aparato a la vez, en un lugar común y visible del hogar; que haya horarios y momentos claramente establecidos para su uso, etc. Es inapropiado tener la televisión encendida cuando se comparte la mesa familiar u otros momentos de comunión propios del hogar, como celebraciones, visitas, etc.
La sobriedad y el desprendimiento exigen vivir bien, con lo necesario para la subsistencia humana, y para ello hay que evitar el despilfarro, los gastos innecesarios, la ostentación. Más aún cuando en nuestro mundo consumista hay muchas familias que no cuentan ni siquiera con lo mínimo para vivir dignamente.
La austeridad, que no quiere decir miseria, nos hace solidarios y generosos con los que menos tienen.
Hemos hablado de moderación, templanza y austeridad, que en el contexto tratado –matrimonio y familia– vienen a ser lo mismo. Y ya se ve que es algo en lo que merece la pena enfocarse.
Merece la pena una vida conyugal, familiar, centrada en la visión sosegada y esperanzada de las cosas, en la serenidad de espíritu, en un equilibrio interior y exterior y en el desprendimiento generoso ante lo agradable y apetecible.
En una familia se verifica y alcanza la proporción debida cuando está constituida por miembros emocionalmente equilibrados, libres y dueños de sus impulsos interiores, no estando a merced de caprichos ni de cambios repentinos.
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]]>La entrada El matrimonio y «su» fortaleza se publicó primero en Omnes.
]]>¿Uno nace fuerte o se hace fuerte? Más bien lo segundo, y sobre todo en el caso del ser humano, que viene al mundo dependiendo absolutamente de los demás para su supervivencia. Es a medida que va adquiriendo experiencia de la vida –por eso es virtud, o sea hábito operativo bueno– cuando uno se hace fuerte.
Nos interesa destacar eso que dice el punto reseñado: busca el bien quien, habiendo contraído matrimonio, quiere preservarlo en su autenticidad y belleza, haciendo todo lo necesario porque su matrimonio rezume frescura, cueste lo que cueste, haciéndose fuerte para afrontar la contrariedad.
En el rito del matrimonio canónico los futuros cónyuges se comprometen a guardarse fidelidad en la prosperidad y en la adversidad; o sea que parten de la base de que en su matrimonio va a haber dificultades, sufrimiento, pero que aún así van a ser fieles a su compromiso de amor.
En el matrimonio aparecen las tormentas, pero tras los nubarrones reaparece el sol. Por eso cuando los marineros ven los vientos venir se preparan para, con todas sus fuerzas, luchar contra esa adversidad, porque saben que siempre al final saldrán ganando y la mar volverá a serenarse; navegan contra viento y marea con la esperanza de que se reencontrarán con un mar apacible, navegable.
En el matrimonio sucede lo mismo: tras una contrariedad, bien llevada, llega la superación, y ahí es donde se reconoce el fruto de la fidelidad al sí dado en su día, al contraerlo; y ahí es donde se reconoce la belleza de corresponder al amor aun a costa de los reveses de la vida, poniendo esfuerzo y confiando, esperanzándose.
La fortaleza del matrimonio reside en su unidad, en el sentirse los cónyuges una única realidad. Por eso conviene que compartan –se comuniquen– las dificultades como si el problema del otro también fuera con uno. Preguntarle por su significado, por lo que representa, y tratar de ponerse en su lugar.
Quizás sepamos emitir sonidos, pero comunicar va mucho más allá. Hace falta saber expresar nuestras ideas sin herir al prójimo, describiendo nuestro punto de vista, empezando las frases por “yo” para llegar al “nosotros”, y manifestando nuestros sentimientos y afectos.
La escucha activa, todavía más importante y necesaria que el habla, requiere de un aprendizaje: prestar y mantener la atención, y asegurarse que el otro se siente escuchado y tenido en cuenta. Eso cuesta, y muchas veces hay que “hacerse violencia”, desde la fortaleza, para lograrlo.
En el matrimonio es importante aprender a escuchar los sentimientos. Centrarse en lo que el cónyuge siente más que en lo que dice. En la frase “Juan -un hijo- está insoportable; ¡no puedo más!”, lo importante no es “Juan está insoportable”, sino “no puedo más”; y antes de abordar el problema de Juan, hay que empatizar con el sentimiento de tu cónyuge: “Tienes razón: no hay quién lo aguante” ¿Qué podemos hacer?”. Y ese ejercicio suele requerir esfuerzo.
El respeto es imprescindible en sí mismo. Tener en cuenta las cuestiones y los planteamientos de los demás dándoles como mínimo el mismo valor o más que las propias ideas. No imponer los pensamientos de uno, ni transformar las propias opiniones en dogmas.
Priorizar siempre al cónyuge. Es el que da sentido a la propia existencia del matrimonio y de cada uno de los esposos. No anteponer los deseos de otros a los del propio cónyuge, siendo prudente, y por supuesto jamás tomar partido contra él ni limitarse a “ser neutral”. Intentar ponerse en el lugar del otro. Lo que significa tal cosa para él o ella. Eso cuesta…
Cuidar los detalles más pequeños de la convivencia, con el sacrifico constante que ello requiere. Todos sabemos que la grandeza de las cosas está en los detalles. De otro lado, si eres cuidadoso con los pequeños gestos, estarás preparándote para retos más desafiantes, y eso en el matrimonio encuentra su espacio y es garantía de fidelidad, que es felicidad.
Discutir en la vida matrimonial, que a veces será preciso, debe hacerse siempre desde la serenidad: lo agradece uno mismo y el cónyuge con quien se ha discutido. Se trata de aplicar un equilibrio entre la razón y el corazón, cosa que muchas veces requiere esfuerzo.
Si un cónyuge siente una emoción fuerte, mejor dejar que fluya sin manipularla y, cuando haya remitido, afrontar la causa del desencuentro.
Y en todo caso reírse un poco de la vida, desdramatizando, sin absolutizar desmesuradamente. Reírse “con” y no “de” une mucho más de lo que pensamos. Pero en ocasiones cuesta y hay que esforzarse para lograrlo.
Está comprobado que las quejas verbales nos debilitan y contagian a los demás con actitudes negativas. Conviene buscar sacar algo positivo y no insistir en cosas que no aporten soluciones o no ayuden a levantar el ánimo.
Aun así, cuando uno escuche quejas de su cónyuge, mejor que piense que, en el matrimonio, las quejas muchas veces no son reproches, sino peticiones, lo cual, nuevamente, nos invita a ser fuertes y combatir la actitud quejica, más propia de la mezquindad que de la cordura y positividad.
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]]>En efecto, la concepción clásica de justicia se ha resumido en unas pocas palabras llenas de significado: “dar a cada uno lo suyo”. Esta definición supone que alguien debe y alguien da, es decir, que hay personas en relación. Por eso, pensar en la virtud de la justicia es pensar en relación.
Ahora bien, solo si consideramos la igual dignidad y libertad de cada uno, entonces es posible decir que las relaciones entre las personas son justas. No puede haber, por ejemplo, relaciones justas entre las personas si unas son esclavas de las otras, ya que ese sometimiento implica no darse cuenta de “quiénes son los otros” y qué necesitarán de mí.
Debo darme cuenta de quiénes son los demás y cuáles son sus circunstancias para procurarles lo que merecen. Y, desde luego, la persona humana no es esclava, por seguir con el ejemplo expuesto.
De otro lado, para poder exigir al prójimo el cumplimiento de sus obligaciones para conmigo, debo cumplir mis propios deberes.
Tales deberes se manifiestan en las ocasiones más ordinarias de la propia vida, derivan de los contratos y convenciones que se acuerden. Nos referimos a la atención de la familia, la atención del trabajo y las implicaciones que comporta, la atención de la comunidad de vecinos, los amigos, las iniciativas, etc.
Así, solo atendiendo a mi familia, mi trabajo, esa comunidad de vecinos en la que resido, mis amigos e iniciativas que me plantee, y demás circunstancias que me rodeen, podré exigir, con derecho a ello, los deberes del prójimo.
El ámbito familiar es un lugar privilegiado para vivir la virtud de la justicia. Por ejemplo, el reconocimiento del cansancio por parte de cada uno de los esposos al final de una larga jornada de trabajo forma parte de la virtud de la justicia. Consecuencia de esto será la práctica de algunas características propias de la virtud de la caridad, como puede ser la amabilidad en el trato: si mi cónyuge está agotado, lo justo –y por ende caritativo– será tratarle teniéndolo en cuenta.
Otros ejemplos de lo anterior en la familia son el respeto de los hijos a los padres y a los abuelos, la colaboración en lo que se refiera a la atención de los hijos y las tareas de la casa, dedicar el tiempo necesario a los hijos en función de las circunstancias propias de cada uno, etc.
Lo justo entre marido y mujer es ante todo reconocerse como tales y comportarse coherentemente. La fidelidad conyugal es un mutuo deber de justicia, un bien al que el otro tiene derecho, en la medida en que se han dado y aceptado mutuamente en toda la profundidad y extensión de su dimensión personal respectivamente masculina o femenina.
Como sucede con todos los deberes de justicia, en virtud de la exterioridad y alteridad que los caracteriza, es posible que lo justo se viva de muchos modos, con mayor o menor convicción y amor.
Por lo mismo, la injusticia de la infidelidad puede darse de maneras subjetivamente muy diversas: desde un pecado lúcida y deliberadamente elegido en toda su gravedad, hasta una actitud muy superficial que casi no capta el valor de la fidelidad y que puede incluso estar ligada a una falta de auténtica voluntad matrimonial.
La fidelidad a la palabra dada, y por tanto a los compromisos adquiridos, es una virtud íntimamente conectada con la justicia en todas sus manifestaciones.
Cada cónyuge debe ser fiel al otro como persona vinculada matrimonialmente, de un modo que trasciende el plano de las actuaciones y circunstancias de la vida conyugal y familiar.
El matrimonio no es una simple asociación para llevar a cabo una obra común, ni mucho menos un intercambio de prestaciones recíprocas: es dar vida a un vínculo personal que, como todas las relaciones familiares, afecta a la persona misma en cuanto tal.
Es preciso convencerse de que no se puede ser esposo “por un tiempo”, de que la fenomenología del amor humano con sus promesas para siempre responde a una estructura de nuestro ser personas humanas naturalmente sexuadas y unidas en la complementariedad correspondiente a esa dimensión sexual.
Dicho de otra manera, es la materia misma del matrimonio, las personas de los esposos en su conyugalidad, lo que permite comprender la índole permanente del vínculo y la exigencia de una fidelidad incondicionada.
La fidelidad se halla, así, en el cumplimiento activo de los compromisos. Se cree que basta con no traicionar, cuando en realidad, no ser responsable con el otro, no buscar su bien, no hacer lo que me toca en la relación son ya formas de traicionar la fidelidad.
Algunas preguntas de discernimiento para verificar si, en la práctica, soy justo viviendo mi matrimonio:
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]]>¿A qué nos suena ser prudentes? ¿A callar la boca y no hablar demasiado no sea que nos equivoquemos? ¿A frenar un impulso? ¿A qué?
Es prudente quien se ha habituado a hacer las cosas según la realidad. Podríamos decir que es un sinónimo de sensatez, sentido común o buen sentido para actuar: primero sopesa, discierne, y luego actúa.
Dicho lo anterior, resaltamos los tres elementos fundamentales que forman la virtud de la prudencia: los principios, el discernimiento y el imperio de la voluntad.
En efecto, sin principios verdaderos y buenos es imposible actuar según la realidad. Sin un discernimiento que nos oriente en la situación concreta que está ante nosotros, los principios se quedan en declaraciones líricas y vagas de una bondad más deseada que real.
Y con los dos aspectos anteriores, los principios y el discernimiento, pero sin el imperio de la voluntad, todo se queda en un mero deseo infecundo, y desemboca en la desesperanza de no poder alcanzar en concreto el bien para nuestras vidas.
Ahora bien, el papel de la voluntad no es amar a plomo, aunque a veces haya que hacerlo.
Y, en efecto, no hay prudencia sin el ejercicio cotidiano de los actos que los principios inspiran y el discernimiento indica.
Ese ejercicio sería diligente, decidido o sin dispersarse ni dudar. Una vez he actuado valoraré lo realizado, de modo que el bien alcanzado me inspire para próximas actuaciones.
Aplicada la prudencia que describíamos a la realidad del matrimonio, y para no abusar del espacio de que disponemos en esta publicación periódica, nos centraremos en los principios específicos del mismo, a saber: la unidad, la indisolubilidad y la fecundidad. Así, además, daremos un enfoque estrictamente práctico a esta disertación.
El principio de la unidad es la base de todos los demás. El amor humano nace y crece sólo en la unidad de los cónyuges.
Fuera de esta tan especial unión y amistad de dos personas distintas que se dan la una a la otra de forma recíproca y complementaria, el amor, específicamente el amor en su dimensión sexual, desaparece, porque pierde su esencia de virtud y se hace falso, tóxico y posesivo.
Para discernir si un matrimonio está viviendo prudentemente la unidad que su realidad exige cabría preguntarse: ¿conozco bien a mi cónyuge? ¿Sé lo que le gusta y lo que le molesta? ¿Qué gustos o aficiones compartimos? ¿Estoy dispuesto a renunciar a algunos de mis gustos individuales por mi cónyuge? ¿Veo el mundo desde sus ojos y lo comprendo? ¿Estoy de su lado? ¿Busco lo mejor para los dos? ¿Cuido a mi cónyuge? ¿Me importa lo que siente, piensa y hace? ¿Respeto su libertad y confío en mi cónyuge?
En segundo lugar, en cuanto a la indisolubilidad, la definiríamos como la forma de la unidad y la fidelidad en el tiempo. En efecto, sin creer en una unidad indisoluble no hay forma de mantener el amor conyugal, ni tampoco se le hace justicia a la dignidad de la persona.
Cuando me planteo la prudencia en el marco de la indisolubilidad matrimonial puedo formularme algunas preguntas: ¿estoy dispuesto a cumplir mis promesas matrimoniales? ¿Medito sobre ellas con frecuencia? ¿Cuido la exclusividad de mi entrega? ¿Soy consciente de las cosas que pueden obstaculizar o imposibilitar la indisolubilidad de mi matrimonio?
Otro principio es la fecundidad. Sobre la apertura a la vida que debe tener la vida sexual activa de la pareja hay mucho ya escrito y con bastante claridad: no hay ni unidad, ni indisolubilidad, ni fidelidad verdaderas, si la vida sexual de la pareja se cierra a la vida.
Importantísimo es entender que la vida sexual es un aspecto esencial de la fecundidad del matrimonio; pero ni es el único, ni es el fundamento.
La fecundidad es antes que nada el florecimiento de las personas que se hacen cónyuges. El matrimonio es necesariamente fecundo y no sólo en la procreación de los hijos, a veces no se tienen, sino en la bondad, la compasión, la ayuda mutua y a los demás.
La fecundidad es un rasgo característico de todo amor, pues todos los amores, conyugal, paterno, filial, de amistad, etc., están llamados a dar frutos: entrega, generosidad, comprensión, tiempo, detalles.
Pero el fruto de la transmisión de la vida es lo específico y exclusivo del amor conyugal en el ámbito de la fecundidad, su seña de identidad frente a los demás amores, con los que comparte el resto de frutos.
Sin todo lo que implica hacer de la propia vida algo fecundo y noble, la procreación de los hijos no expresa fecundidad verdadera, sino compulsión y no rara vez, podríamos decir, abandono y tristeza.
Preguntas de discernimiento sobre la fecundidad vivida prudentemente: ¿estoy dispuesto a dar la vida por mi familia? ¿Sé que esa entrega implica, más que un acto heroico, hacerlo día a día? ¿Cuido mi vida sexual como expresión de amor, ternura y respeto hacia mi cónyuge?
La fecundidad no es cuestión de número de hijos, eso lo ha de decidir cada matrimonio según sus circunstancias, sino una actitud, y un principio rector.
Como colofón, recordar el señalado protagonismo de la prudencia en la vida virtuosa de quien así se la plantea, pues es “auriga virtutum”, o guía de virtudes, según subrayaba santo Tomás de Aquino. Y también en el ámbito matrimonial la prudencia se nos antoja como la guía o conductora del resto de virtudes que garantizan un matrimonio logrado.
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]]>Un poco más adelante, en el punto 346, señala que “este sacramento confiere a los esposos la gracia necesaria para alcanzar la santidad en la vida conyugal y acoger y educar responsablemente a los hijos”.
El paso del tiempo, las circunstancias personales de cada cónyuge, las dificultades u otros aspectos ordinarios de la vida, no desfiguran la esencia del vínculo matrimonial que se origina en el mutuo consentimiento de los cónyuges manifestado legítimamente: del matrimonio válido se origina entre los esposos un vínculo perpetuo y exclusivo por su misma naturaleza.
En el matrimonio cristiano los cónyuges son fortalecidos y quedan como consagrados por un sacramento peculiar para los deberes y dignidad de su estado.
Es en ese “sí, quiero” cuando los esposos se “transforman” en una realidad nueva, una unidad en la diferencia personal; su matrimonio será el lugar en que cada uno busque en el bien y la felicidad del otro: su propia plenitud.
De esta unión única, exclusiva, perpetua, surge la ayuda mutua que se concreta en el día a día de los cónyuges a través de mil y un detalles de auxilio, cuidado, interés. Detalles que abarcan desde lo más íntimo y espiritual hasta lo material: un “te quiero”, una sonrisa, un obsequio en ocasiones señaladas, un pasar por alto menudos roces sin importancia, etc.
Por el acto espiritual del amor se es capaz de contemplar los rasgos y trazos esenciales de la persona amada. Mediante el amor, la persona que ama posibilita al amado la actualización de sus potencialidades ocultas. El que ama ve más allá y urge al otro a consumar sus inadvertidas capacidades personales.
El Papa Francisco, en una de sus catequesis sobre el matrimonio y la familia proponía en tres palabras un refugio, no exento de lucha contra el propio egoísmo, un camino para sostener el matrimonio: estas palabras son: permiso, gracias, perdón.
Si no somos capaces de disculparnos, quiere decir que ni siquiera somos capaces de perdonar. En la casa donde no se pide perdón comienza a faltar el aire, “las aguas se estancan”. Tantas heridas de los afectos, tantas laceraciones en las familias comienzan con la pérdida de esta preciosa palabra: discúlpame.
No podemos olvidar que ese otro, esa otra, a quien nos dirigimos, es la persona a la que un día libremente escogimos para recorrer juntos el camino de la vida y a la que nos entregamos por amor.
Conviene ejercitar la memoria afectiva, que actualiza el cariño: porque conviene, porque hace bien al amor entendido como acto de la inteligencia, de la voluntad y del sentimiento; y entonces “re-cordamos” –volvemos a colocar, con sumo cuidado, en el corazón– todos aquellos rasgos distintivos –también los defectos y las limitaciones– que nos llevaron a comprometernos, a querer “para siempre”.
La vida conyugal está llamada a adquirir matices insospechados que llevan a “priorizar” el matrimonio por encima de cualesquiera otras circunstancias o realidades, en tanto que vocación específica –humana y sobrenatural– para cada uno de los llamados a ese estado.
Para descubrir tales matices es necesario no solo el amor sino el buen humor: ante los errores que nos permiten alejarnos de una pretendida y al mismo tiempo inalcanzable perfección; ante las situaciones adversas o los pequeños -y a veces no tan pequeños- despistes.
Cuando las cosas no salen como las habíamos planeado, saber reírse de uno mismo, aceptar la crítica constructiva con agradecimiento y simpatía, ayudan a no caer en el “orgullo herido”, que tanto mal hace a cualquier relación, sea de amistad, filial o conyugal.
Ahí está la grandeza y la belleza del amor conyugal, que redunda directamente en el bien de los hijos.
Muchas veces se ha dicho: “si el matrimonio está bien, los hijos están bien”. Una educación sin amor “despersonaliza” pues no alcanza el núcleo central, constitutivo de la persona.
Si falla el amor entre los esposos se quiebra el orden natural de la entrega recíproca, que tiene como beneficiarios no solo a los propios cónyuges sino a los hijos.
Hoy educamos a los hombres y mujeres que algún día acogerán lo que Dios quiera de ellos: y serán capaces de respeto, de amor, de generosidad y de entrega en la medida en que lo hayan visto en sus padres y compartido en sus familias.
Por último, y a modo de colofón, podríamos afirmar que mirar el pasado con agradecimiento, el presente con determinación y el futuro con esperanza, ayuda a vivir la entrega con plenitud, aceptar el paso del tiempo en el matrimonio con alegría.
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]]>La entrada Cómo hacer oración se publicó primero en Omnes.
]]>Solo el ser humano es capaz de conocer y amar más allá de lo material y finito. Al ser espiritual, como Dios mismo, puede conocerle y amarle: la creación del hombre a imagen de Dios implica la posibilidad de una relación de comunicación mutua. Y precisamente por eso, por ser imagen de Dios y así participar de Él, que es puro amor, el hombre es un ser capaz de amarle, y lo hace a través de una vida de oración.
Somos terrenales, pero ansiamos lo eterno, que es Dios. Un Dios al que podemos tratar, a quien nos podemos dirigir y amar, como pasamos a comentar.
La oración es un diálogo con Dios, y no una “varita mágica”, como señala el Papa Francisco.
A nuestra relación consciente y coloquial con Dios la denominamos plegaria u oración. La palabra “plegaria” proviene del verbo latino precor, que significa rogar, acudir a alguien solicitando un beneficio. El término “oración” proviene del substantivo latino oratio, que significa lenguaje, habla, discurso.
Sería elevar el alma a Dios o pedirle los bienes que nos convengan. También sería en esencia una conversación familiar, una unión del hombre que se considera hijo, con Dios, su padre.
Orar es algo imprescindible para la vida espiritual. Sería como el respirar, que permite que la vida del espíritu avance.
En la oración actualizamos la fe en la presencia de Dios, fomentamos la esperanza que nos lleva a orientar la vida hacia Él y a confiar en su providencia. Y ensanchamos nuestro corazón, al responder con el propio amor al Amor divino.
De otro lado, en la vida de oración la Liturgia –y, en su centro, la Eucaristía– tiene una importancia vital, pues a través de ella, o en ella, el alma se une a Cristo, modelo y camino de toda oración cristiana.
Sí, decíamos que orar es dialogar, hablar, con Dios. ¿De qué?: como señalará san Josemaría Escrivá, “de Él, de ti: alegrías, tristezas, éxitos y fracasos, ambiciones nobles, preocupaciones diarias…, ¡flaquezas!: y hacimientos de gracias y peticiones: y Amor y desagravio. En dos palabras: conocerle y conocerte: «¡tratarse!” (Camino, 91).
Hay mil maneras de orar, y no necesitamos un método, cuadriculado y artificial, para dirigirnos a nuestro Padre. Si amamos sabremos descubrir caminos personales, íntimos, que nos lleven a este diálogo continuo con el Señor.
Un modo es la oración “mental”. Uno se puede imaginar la escena evangélica, de la vida de Jesús, y recogerse y meditarla. Tras ello aplicar el entendimiento al objeto de considerar el rasgo concreto de la vida del Señor que nos sugiera ese pasaje. Y finalmente contarle lo que a nosotros suele sucedernos, lo que está ocurriéndonos. Tras ello viene la escucha, porque Dios habla, responde a quien le interpela, con mociones interiores, viendo la respuesta a los interrogantes que hayamos podido plantearle.
Lo anterior no consiste en hacer discursos bonitos, ni frases consoladoras. Es también a veces una mirada a una imagen de Jesús o de María; otras, el ofrecimiento de las buenas obras, de los resultados de la fidelidad; y siempre buscar a Jesús, y no a uno mismo.
Para orar hay que contar con el Espíritu Santo, que nos enseña y recuerda todo lo que Jesús dijo, y nos educa también en la vida de oración, suscitando expresiones que se renuevan dentro de unas formas permanentes de orar: bendecir a Dios, pedirle perdón, implorarle lo que necesitamos, darle gracias y alabarle.
También podemos acudir a la oración “vocal”, o esas oraciones que aprendimos, quizá de pequeños, y otras que fuimos incorporando a lo largo de la vida: el padrenuestro, avemaría, santo rosario, etc.
La Santa Misa y otros actos litúrgicos también serían oración, por supuesto, dispensando una gracia divina propia.
De otro lado contamos con la oración “de intercesión”, que consiste en una petición en favor de otro. No conoce fronteras y en ella caben también los enemigos. Se funda en la confianza que tenemos en nuestro Padre Dios, que quiere lo mejor para sus hijos y atiende sus necesidades.
Por último, referirnos a la oración “de acción de gracias”, ya que toda alegría y toda pena, todo acontecimiento y toda necesidad pueden ser motivo de oración de acción de gracias; y a la oración “de alabanza”, totalmente desinteresada, que se dirige a Dios; canta para Él y le da gloria no sólo por lo que ha hecho sino por ser Quien es (cfr. Catecismo de la Iglesia Católica núm. 2644-2649).
Observamos como en el Antiguo Testamento Abraham, Moisés y los profetas hablaban y escuchaban a Dios. En el Nuevo Testamento, Jesús nos enseña cómo podemos relacionarnos con nuestro Padre Dios.
La oración la ha tenido muchísimas experiencias a lo largo de los siglos. Los santos son la clara muestra de que en cualquier época y circunstancia Dios busca a cada persona y ésta puede responderle trabando con Él un verdadero diálogo.
Al margen de sus creencias, todos los hombres están llamados a la comunicación con Dios, según decíamos. Por la creación, Dios llama a todo ser desde la nada a la existencia. Incluso después de haber perdido, por su pecado, su semejanza con Dios, el hombre sigue siendo imagen de su Creador: continúa ansiando a quien le ha creado y no cesa de buscarle. Confiándole nuestras vidas, compartiendo con el Señor cuanto hacemos o el estado en que nos encontramos, ya oramos.
Inasequible al aliento Dios llama a cada persona al encuentro misterioso de la oración. Él es quien toma la iniciativa en la oración, poniendo en nosotros el deseo de buscarle, de hablarle, de compartirle nuestra vida. Así, quien reza, quien se dispone a escuchar a Dios y a hablarle, responde a esa iniciativa divina.
Al rezar, es decir, al hablar con Dios, quien ora es todo el hombre. Pero, ¿de dónde brota la oración? Del alma o del espíritu, según señala la Sagrada Escritura; y con más frecuencia, esa se refiere al corazón: es el corazón el que ora.
En el corazón, en lo más profundo de nuestro ser, es donde tiene lugar ese encuentro personal de cada uno de nosotros don Dios.
Eso sí, la oración requiere, como subraya el Catecismo de la Iglesia Católica en sus núms. 2559-2564, querer orar y aprender a orar, y lo hacemos a través de la Iglesia: escuchando la palabra de Dios, leyendo los Evangelios y, sobre todo, imitando el ejemplo de Jesús.
La principal diferencia de la oración cristiana con respecto a las formas de algunas corrientes espiritualistas radica en la búsqueda de un encuentro personal con Dios, cosa distinta de una simple búsqueda individual de paz y equilibrio interior. A ello nos referíamos en nuestro artículo de 1 de febrero pasado, al comentar las pseudo religiones y la new age.
La oración cristiana está siempre determinada por la estructura de la fe cristiana. Es Cristo mismo quien nos enseña la forma en que debemos orar, lo que significa rezar dentro de su cuerpo místico, que es la Iglesia.
La oración cristiana también tiene una dimensión comunitaria. Incluso hecha en soledad, tiene lugar siempre dentro de aquella “comunión de los santos” en la cual y con la cual se reza, tanto en forma pública y litúrgica como en forma privada.
El cristiano, también cuando está solo y ora en secreto, tiene la convicción de rezar siempre en unión con Cristo, en el Espíritu Santo, junto con todos los bautizados, para el bien de la Iglesia universal, presente, pasada y futura.
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]]>La entrada Sacrificarse: ¿por qué y para qué? se publicó primero en Omnes.
]]>Podemos intentar que desaparezca, y a veces lo logramos; pero al cabo de un tiempo vuelve a irrumpir en nuestras vidas, como ya lo hizo en el pasado o de otro modo. Dolor físico o moral, es igual, siempre ahí, desde nuestro mismo nacimiento hasta el último de nuestros días.
Y ante esa evidencia, ¿con qué remedio contamos? Pues habrá que encontrar el sentido del dolor, o dárselo, escudriñando en su esencia; porque si acontece es por algo y para algo, y más para quien cree en la providencia o actuar de Dios en la vida del hombre, criatura predilecta suya.
En efecto, en un alarde de realismo hay que aceptar la presencia del dolor, y dando un paso más, en positivo –optimistamente– encauzarlo hacia un motivo mayor que sobrepase la mera constatación de su existencia en nuestras vidas.
Nuevamente va a ser la muestra máxima de nuestra dignidad la que encuentre significado al dolor: la capacidad de amar que nos caracteriza y que nos distingue del resto de criaturas.
El amor verdadero exige salir de sí mismo, entregarse; lo cual muchísimas veces cuesta. Para amar de verdad hay que olvidarse de uno mismo y abrirse al otro, cosa que normalmente reclama esfuerzo. Pero ese esfuerzo –sacrificio– no solo no entristece, sino que llena de gozo el ánimo, porque está anteponiendo el amor, al precio que sea, al egoísmo de pensar en el propio bienestar.
Es ahora cuando debemos preguntarnos si al desaparecer la apetencia o el sentimiento debemos seguir amando, con esfuerzo y sacrificio. Pues sí, y si no, comprobémoslo. Solo sacrificándonos por aquellos que amamos realmente los amamos.
Bien, pero, ¿y si aparece el dolor en sí mismo, y no en relación con los demás? Por ejemplo, una enfermedad. Pues también en ese caso, aceptándolo como algo querido –permitido– por Dios, quien más me ama, y llevándolo con buen ánimo y optimismo, estaré amando, pues estaré contentando a quienes me rodeen durante ese trance de dolor.
Ciertamente, como se ve, el único modo de descifrar el misterio del dolor y el sufrimiento es el camino del amor. Un amor que transforma la nada, el absurdo o la contrariedad en una realidad plena, en afirmación gozosa o en auténtica vida.
Siguiendo con lo expuesto, pero a la luz de la fe y a través de los ojos de Jesús, el misterio del dolor se torna en una realidad sensata y felicísima.
De nuevo una paradoja de nuestra existencia cobra sentido, como aquella vida del Dios hecho Hombre que acaba sus días aquí abajo abrazando el dolor como nadie y como nunca en el sacrificio de la Cruz, pero que culminará con el gozo de la Resurrección. El cristiano, cuya vida tiende a identificarse con Cristo, pasará por su cruz, pero esperanzado en el gozo de su resurrección –salvación del alma– y ello hará llevadero el dolor.
Nosotros colaboramos con Jesús en su obra redentora, y salvamos la Humanidad entera aportando “nuestras cruces o sacrificios”, ínfimas la mayoría de las veces, pero necesarias para completar la obra de la salvación del hombre. Así, algo malo, el dolor, encuentra su sentido y se torna en algo bueno, un motivo redentor.
Por tanto, enfrentarse al dolor, al sufrimiento, no solo nos fortalece el carácter, desarrolla nuestra afabilidad y espíritu de servicio, o la capacidad de dominar las reacciones instintivas, sino que nos hace participar de la misma misión redentora de Jesús.
En el campo del dolor a veces nos encontramos con términos que pueden parecer sinónimos, pero que en realidad no lo son. Sí giran todos en torno al sentido que hemos argumentado más arriba, pero con matices.
Al usar la palabra “mortificación o sacrificio” nos referimos a la acción de vencernos, superarnos en algo, de privarnos o renunciar a ello. Es una acción encaminada a dominar las pasiones o deseos. El hombre, así, crece y se desarrolla adecuadamente controlando con su razón los movimientos instintivos y su vida afectiva, orientándose hacia un ideal que merezca la pena ser vivido.
En efecto, constatamos en nuestras vidas que ningún ideal se hace realidad sin sacrificio. Esta es una elemental experiencia humana, si bien desde el punto de vista cristiano se vive en relación con la muerte –sacrificial– de Cristo en la cruz. Mediante una continua vida de sacrificio logramos ese dominio de las circunstancias y vivimos más la caridad con los demás, nos despojamos de nosotros mismos y nos entregamos al prójimo.
De otro lado, el término “penitencia” forma parte del anuncio con que Jesús comenzó su predicación. Supone un reconocimiento del pecado, que da lugar a un cambio en el corazón, y en consecuencia en la vida de uno, e invita a vivir humildemente y con sentido de agradecimiento ante el perdón divino.
Por último, la “expiación” se refiere al objeto o razón de ser del dolor sufrido por Cristo en la Cruz, que consiste en perdonar a la humanidad entera sus pecados y reabrir las puertas del Cielo, a modo de reconciliación de aquella con Dios.
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]]>Nuestro instinto de supervivencia va unido a la conciencia del tiempo que transcurre, y del hecho que pueda llegar el futuro; cosa que no sucede al resto de animales, los no racionales. Eso precisamente hace al hombre buscador del sentido de su vida, que trasciende lo inmediato, lo terrenal, lo efímero y pasajero. Ahí precisamente sale a relucir la religión –como decimos, en sentido amplio– que colma tales anhelos.
Ahora bien, la religión verdadera sólo puede ser una, pues las religiones se contradicen entre sí, y la verdad sólo puede estar en un lugar. Si uno dice que Goya nació en España y otro dice que nació en Suecia, es evidente que no pueden tener los dos razón al mismo tiempo. Uno de los dos, sin duda, se equivoca.
Sería absurdo pensar que Dios ha revelado varias religiones contradictorias entre sí. La única religión verdadera es la que Dios ha revelado, y la podemos conocer por señales ciertas, como son los milagros de Jesucristo.
Resulta que la religión católica ha sido fundada por Cristo-Dios; todas las demás han sido fundadas por hombres. Ni Buda, ni Confucio, ni Mahoma, ni Lutero dijeron ser Dios.
El mismo Jesucristo afirmó repetidas veces en su vida que Él era Dios, y desde esa condición fundó una sola Iglesia, que es santa, católica y apostólica. Todas las demás iglesias y religiones están equivocadas: unas, como el Budismo, porque no reconocen al verdadero Dios; otras, como el Protestantismo, porque se separaron de la primigenia y verdadera Iglesia.
Pero, al margen de las religiones, contamos con otras realidades que no lo son, y que sin embargo vienen a copar el lugar de aquellas.
Para centrar el discurso nos referiremos al fenómeno de la new age –o nueva era– que, sin tratarse de una religión, ni Iglesia, ni secta, y sin contar con una doctrina fija, constituye una forma de ver, pensar y actuar que muchas personas y organizaciones han adoptado para cambiar el mundo según creencias que tienen en común. Para esas personas, esa es su religión.
El objetivo de la new age es introducir al hombre a lo que llaman sus ideólogos un nuevo paradigma, es decir, una forma totalmente diversa de verse a sí mismo y de percibir la realidad. La característica más sobresaliente de la new age, fruto del conjunto de sus creencias, es el relativismo religioso, espiritual y moral.
Lo que promueve se manifiesta en la música, en el cine, en la literatura, en el ámbito de la auto-ayuda, en algunas terapias.
Se trata de empujar a la Humanidad hacia una nueva corriente espiritual, y procurar una nueva era o época –new age– para aquélla.
La Santa Sede, en 2003, se refirió expresamente a esta realidad, y subrayó la dificultad de conciliar la perspectiva que subyace en la new age con la doctrina y espiritualidad cristianas.
Esta corriente, destaca la importancia de la dimensión espiritual del hombre y su integración con el resto de su vida, la búsqueda de un significado a la existencia, la relación entre los seres humanos y el resto de la creación, el deseo de un cambio personal y social.
Ahora bien, lo que se critica es que la new age no ofrece una respuesta auténtica, sino un sucedáneo: busca la felicidad donde no está.
De hecho, el documento de la Santa Sede de 2003 subraya que, como reacción a la modernidad, la new age actúa sobre todo en el nivel de los sentimientos, de los instintos y de las emociones. El ansia ante un futuro apocalíptico de inestabilidad económica, de incertidumbre política, de cambio climático, cumple un papel importante en la búsqueda de una alternativa, de una relación decididamente optimista con el cosmos.
No es una casualidad –continúa el documento– que la new age haya tenido un enorme éxito en una época que se caracteriza por una exaltación casi universal de la diversidad. Para muchos, normas y credos absolutos no son otra cosa que la incapacidad de tolerar los puntos de vista y las convicciones de los otros. En tal clima, los estilos de vida y las teorías alternativas han tenido un éxito extraordinario, y ahí se sitúa la new age.
Surge con ella una espiritualidad que se funda más en la experiencia sensible que en la razón, y que antepone el sentimiento a la verdad. De este modo, la espiritualidad queda reducida a la esfera de lo sensitivo e irracional: al sentirse bien, a una búsqueda excluyente del propio bienestar individual. De modo que la oración deja ya de ser un diálogo interpersonal con el Dios trascendente, para convertirse en un mero monólogo interior, en una búsqueda introspectiva del propio yo.
Lo característico de la new age también es el espíritu de individualismo que permite a cada quien formular su propia verdad religiosa, filosófica y ética. Propone una nueva conciencia el hombre por la que se dará cuenta de sus poderes sobrenaturales y sabrá que no hay ningún Dios fuera de sí mismo.
Cada hombre, por tanto, crea su propia verdad. No hay bien y mal, toda experiencia es un paso hacia la conciencia plena de su divinidad. Todo es “dios” y “dios” está en todo; todas las religiones son iguales y, en el fondo, dicen lo mismo. También sostiene que todos los hombres viven muchas vidas, se van reencarnando una y otra vez hasta lograr la nueva conciencia y disolverse en la fuerza divina del cosmos, lo cual, obviamente, es incompatible con la fe católica.
El Dios de la fe católica es una persona, el “dios” de la new age es una fuerza impersonal y anónima.
El Dios de la fe católica es Creador de todo, pero no se identifica con nada de lo creado. El de la new age es la creación que poco a poco se va dando cuenta de sí mismo.
El Dios de la fe católica es infinitamente superior al hombre, pero se inclina hacia él para entrar en amistad con él: es su Padre.
El Dios de la fe católica juzgará a cada hombre según su respuesta a ese amor. El “dios” de la new age es el mismo hombre que está más allá del bien y del mal. En la new age el amor más alto es el amor a sí mismo.
La new age sostiene que Jesucristo fue un maestro iluminado más entre muchos. Sostiene que la única diferencia entre Jesucristo y los demás hombres es que aquel se dio cuenta de su divinidad mientras la mayoría de los hombres todavía no la descubren. Así, niega que Dios se hizo hombre para salvarnos del pecado.
La new age no tiene ningún reparo en mezclar formas religiosas de tradiciones muy diversas, aun cuando hay contradicciones de fondo. Hay que recordar que la oración cristiana se basa en la Palabra de Dios, se centra en la persona de Cristo, lleva al diálogo amoroso con Jesucristo y desemboca siempre en la caridad al prójimo. Las técnicas de concentración profunda y los métodos orientales de meditación encierran al sujeto en sí mismo, le impulsan hacia un absoluto impersonal o indefinido y hacen caso omiso del evangelio de Cristo.
Querrá también redefinir la muerte como una transición placentera sin tener que dar cuentas a un Dios personal, partiendo de que uno mismo decide qué es bueno y qué es malo, lo cual rompe los valores y conduce a una trampa emocional.
La new age sostiene que “las cosas como las vemos ahora” –cultura, conocimientos, relaciones familiares, vida, muerte, amistades, sufrimientos, pecado, bondad, etc.– son mera ilusión, producto de una conciencia no-iluminada. Da el paso de la afirmación de que todo es dios a la afirmación de que no hay ningún dios fuera de ti mismo.
La revelación de Dios en Jesucristo pierde su carácter singular e irrepetible. Muchos serían los “mesías” que han aparecido, es decir, maestros especialmente iluminados que se presentan para guiar a la humanidad: Krishna, Buda, Jesús, Quetzacoatl, Mahoma, el Sun Myung Moon, Osho, Sai Baba e innumerables otros serían profetas de una misma talla con un mismo mensaje. El cristianismo, así, resulta ser poco más que un período pasajero de la Historia.
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]]>La entrada ¿Se aparece la Virgen María? se publicó primero en Omnes.
]]>Las apariciones de la Virgen son uno de los temas en los que la Iglesia pone más cuidado y estudio antes de determinar la veracidad de estas apariciones que son, cuando se producen, epicentro de fe en Dios.
Para la Iglesia católica la Revelación –el darse a conocer Dios a través del hombre– concluyó con la muerte del último de los Apóstoles. Con ello, el depósito de la Fe ya presentaba todo lo que necesariamente debe ser creído o practicado en orden a la salvación eterna o arribada al cielo de las almas.
Pero lo anterior en nada obstaculiza que haya revelaciones privadas –apariciones, visiones, mensajes…– de Dios, los santos, y también de la Virgen María.
Naturalmente, la Iglesia se reserva la autoridad para emitir un juicio auténtico sobre las visiones o apariciones, para aprobarlas o no, teniendo en cuenta que, aunque ayuden al pueblo cristiano a incrementar su religiosidad, no son cuestiones de fe necesaria.
Las apariciones marianas son las manifestaciones de la Virgen María ante una o más personas, en un lugar y tiempo histórico concretos, de las cuales la Iglesia católica se pronuncia para determinar su veracidad, falsedad o posibilidad.
Algunas de las apariciones han originado lugares de culto o peregrinación de gran relevancia religiosa, como la basílica de Guadalupe, o los santuarios de Fátima y Lourdes. Otras apariciones han inspirado el nacimiento de órdenes religiosas, como los carmelitas, mercedarios o concepcionistas.
Sobre las posibles apariciones la Iglesia es extremadamente cauta, prudente, y caritativa, y ante todo subraya la distinción entre la revelación pública, contenida en la Sagrada Escritura y en la Tradición, y que constituye el “depositum fidei”, y las revelaciones privadas, a las que nos estamos refiriendo en este fascículo. La revelación pública, como decíamos, está acabada, pero no completamente explicitada, correspondiendo profundizar en la riqueza de su contenido bajo la guía del Magisterio –la tarea de enseñar de la Iglesia– en el transcurso del tiempo.
No podemos pretender que la aprobación de una aparición mariana garantice las palabras que los videntes transmitan como pronunciadas por María. No se trata de la Sagrada Escritura ni de una inspiración divina, sino de algo que la Madre de Dios ha querido comunicar en un momento determinado, con un fin concreto y a través de unos videntes en particular.
Así, el Catecismo dispone en su punto 67 que “A lo largo de la historia ha habido revelaciones llamadas ‘privadas’, algunas de las cuales han sido reconocidas por la autoridad de la Iglesia. Éstas, sin embargo, no pertenecen al depósito de la fe. Su función no es la de ‘mejorar’ o ‘completar’ la Revelación definitiva de Cristo, sino la de ayudar a vivirla más plenamente en una cierta época de la historia”.
En cuanto a las apariciones –que serían revelaciones privadas– podemos clasificarlas asimismo en públicas o privadas.
De entre las apariciones públicas, o con relevancia externa, la Iglesia ha reconocido, a fecha de hoy, casi una treintena como de origen sobrenatural. Estas serían algunas de las más conocidas:
La primera es la Virgen del Pilar, que se apareció al apóstol Santiago en Zaragoza, España, en torno al año 40.
Más tarde, en siglo XIII, la Virgen del Rosario en Francia y la Virgen del Monte Carmelo en Tierra Santa.
En el siglo XVI la Virgen de Guadalupe en México, Nuestra Señora de Velankanni en la India –hoy Bharat–. En el siglo XVII Nuestra Señora de Laus en Francia.
A finales del siglo XVIII Nuestra Señora de La Vang en Vietnam.
En el siglo XIX en Francia la Medalla Milagrosa, Nuestra Señora de las Victorias, Nuestra Señora de la Salette, Nuestra Señora de Lourdes, Madre de la Esperanza y Mª Madre de Misericordia; también en dicho siglo Nuestra Señora de Knock en Irlanda.
Y en el siglo XX Nuestra Señora de Fátima en Portugal; Madre de Dios y la Virgen de los pobres en Bélgica; Nuestra Señora de todos los Pueblos en Holanda; en Italia Nuestra Señora de la Revelación y la Virgen de la Lágrimas; Nuestra Señora de la Oración en Francia; Nuestra Señora de América en USA; Nuestra Señora de Akita en Japón; Mª Virgen y Madre Reconciliadora en Venezuela; la Virgen de Capua en Nicaragua; la Madre del Verbo en Ruanda; Nuestra Señora Soufanieh en Siria; Mª del Rosario de san Nicolás en Argentina; y la Guardiana de la Fe en Ecuador.
La Iglesia, además, ha declarado la falsedad de algunas apariciones, entre las que destacamos Bayside en USA, Belluno en Italia, y el Palmar de Troya en España.
Por último, nos referiremos a algunas apariciones de dudosa veracidad, cosa que no implica que sean consideradas necesariamente falsas, pues en un futuro cabría contar con su reconocimiento: Garabandal en España, Nuestra Señora de Zeitun en Egipto, y la Reina de la Paz en Medjugorje, Bosnia (Nota de redacción: desde septiembre de 2024 la Reina de la Paz de Medjugorje cuenta con el «nulla osta» del Dicasterio para la Doctrina de la Fe).
Ante todo, hay que destacar la inexistencia de regulación alguna acerca de este fenómeno, ni en el Código de Derecho Canónico ni en ningún otro instrumento. Sí contamos con el Observatorio de apariciones y fenómenos místicos vinculados a la figura de la Virgen María en el mundo, creado por la Pontificia Academia Mariana Internacional con el objetivo de analizar e interpretar los diversos casos de apariciones marianas que esperan un pronunciamiento de la autoridad eclesiástica sobre su autenticidad.
La Iglesia reconoce que Dios –personalmente o a través, por ejemplo, de su Madre– pueda hablar directamente a algunas almas y les comunique algún bien, para sí mismas o para la sociedad. Pero, como ha quedado dicho, esas revelaciones no añaden nada a la doctrina cristiana, ya revelada por Cristo y siempre en proceso de estudio y discernimiento por parte del Magisterio. La finalidad de esas revelaciones sería la ayuda dispensada por la Virgen para vivir la fe de acuerdo con la enseñanza de la Iglesia.
Para verificar la autenticidad de las apariciones la Iglesia valorará fundamentalmente los siguientes elementos: el equilibrio mental de quien diga ser vidente; su nivel de educación cultural y doctrinal, así como su comunión con la Iglesia; su probidad de vida o vida virtuosa, pues aunque María pueda aparecerse a cualquiera, no parece admisible que vaya a mostrarse a quienes aparecen como pecadores o lejanos a Dios; si surge algún afán de lucro económico con motivo de las apariciones; la transparencia y naturalidad, para descartar que cualquier aparición se centre en quien diga ser vidente sin más; el número de apariciones y el contenido del mensaje recibido; los signos extraordinarios vinculados a las apariciones, como las curaciones, milagros, fenómenos cósmicos, etc.; los frutos espirituales, como las conversiones o, en general, los frutos en las almas de quienes disfruten de las apariciones; y el acatamiento de los supuestos videntes a las disposiciones del ordinario del lugar, en general el obispo.
Si tras esa verificación la autoridad eclesiástica –el obispo del lugar o la Santa Sede– aprueba la aparición objeto de estudio, ésa se podrá creer con fe únicamente humana, contando con que en tal aparición no aparece nada contra la fe y las costumbres y consta que se debe a causas sobrenaturales.
En definitiva, los aspectos a tener en cuenta para poder aprobar una supuesta aparición mariana serán la persona del vidente, el contenido de la visión o aparición, su naturaleza, forma y finalidad.
En cuanto al proceso de aprobación, nos encontramos con varios grados: declaración favorable del obispo, cuando éste manifiesta que esas supuestas apariciones no contienen nada contrario a la fe o la moral; permiso para la celebración de la liturgia, cuando se permite celebrar la santa Misa en el lugar de las apariciones; reconocimiento papal, cuando la aparición tiene una notoria repercusión a nivel mundial; y por último reconocimiento litúrgico, cuando la aparición pasa a formar parte del calendario litúrgico.
La aprobación puede ser realizada por el propio obispo, en el bien entendido que si la Santa Sede no ha intervenido en la misma ello no quiere decir que la rechace.
De las diversas apariciones aprobadas por la Iglesia podemos concluir una serie de aspectos generalmente comunes a todas ellas, y que de algún modo vienen a verificar su autenticidad:
Los videntes son personas psicológicamente sanas y sencillas. No manifiestan desviaciones emocionales, y evitan enfocar la atención hacia sus personas. Antes de la aparición, en varios casos, no eran particularmente espirituales ni pretendían tener visiones.
La humildad, el huir de la autorreferencialidad, y el admitir que pueda ser algo ilusorio si la autoridad eclesiástica así dispone, son notas comunes a los videntes. Además, otra muestra de su humildad es que sean capaces de obedecer a la autoridad cuando así disponga.
La aparición conlleva una serie de pruebas y dificultades para las vidas de los videntes, que serán normales o no, y siempre requerirán hechos o muestras sobrenaturales.
Suelen tener lugar en lugares aislados, de silencio, que invitan al recogimiento y la oración.
El mensaje que les transmite la Virgen normalmente exhorta a vivir el Evangelio, aumentar la vida de piedad y las obras de misericordia y a recordar aspectos olvidados de la Fe o en proceso de olvido.
En definitiva, nos encontramos con sucesos que, aunque no formen parte del depósito de la Fe, pueden ayudar a fortalecer esa Fe y a conocer qué querrá Dios, a través de la Virgen María, para sus hijos los hombres en un momento determinado de la historia de su salvación.
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]]>La entrada ¿Existen realmente las vocaciones tardías? se publicó primero en Omnes.
]]>Busco en el DRAE el significado de vocación y me encuentro, como suele suceder, con varias acepciones: inspiración con que Dios llama a algún estado, especialmente al de religión; inclinación a un estado, una profesión o una carrera; convocación, llamamiento.
Me quedo con la última: convocación, llamamiento. Porque engloba los otros significados, y porque de hecho se refiere tanto a realidades humanas como divinas. Es cierto que uno tiene vocación profesional, además de vocación sobrenatural.
Podríamos decir que uno tiene vocación si la realidad que sea –Dios, la ocupación laboral, la familia a formar, etc.– “convoca” o “llama” a una dedicación específica, a la que uno se entrega, con sentido de misión, y a ella dedica su vida.
Para tal misión hay quien llama o convoca, tira de uno; alguien –Dios para los creyentes– o algo –la propia misión, que me atrae para que a ella me dedique–. Así es.
Cuántas veces, además, quien se había criado en un ambiente, o estudiado para una profesión específica, acaba desarrollándose en otros sectores, y desempeñando quehaceres distintos a la teoría previamente aprendida.
Me voy sintiendo llamado, convocado a una misión, a lo largo de mi vida. Y esa misión –vocación– puede surgir en cualquier momento, porque cada uno es como es y percibe lo que percibe cuando lo percibe.
Se usa el término “vocación tardía” sobre todo en el ámbito divino o sobrenatural, aunque es algo inexacto y, en todo caso, no debiera tener connotación negativa.
Quienes descubren la llamada divina al sacerdocio o a la vida consagrada ya a cierta edad, y tras años de trabajo, sin haber estudiado en el seminario menor o frecuentado la parroquia en su juventud, saben que para Dios no hay tiempo, y que llama cuando y a quien quiere para una u otra misión.
Podríamos decir que solo “humana o cronológicamente” son vocaciones tardías. Si para Dios, como decíamos, no hay tiempo, ¿qué más da que responda a lo que me diga –a su llamamiento– antes o después? Bien mirado, nunca habrá un pronto o tarde.
Porque lo importante, como casi en todo, es la calidad y no la cantidad; el fruto de la correspondencia a la vocación recibida dependerá en esencia de la calidad con que se desarrolla, y en menor grado de la cantidad de tal desarrollo.
Muchas veces, y de eso son testigos los formadores de seminarios, conviene que el candidato antes de su ordenación amplíe el período de discernimiento, o espere a terminar sus estudios civiles comenzados, o se desarrolle profesionalmente durante un período. Todo ello por motivos prudenciales y formativos.
¿Y qué decir de la vocación –sí, vocación– al matrimonio? Desde la óptica de la fe, como sacramento que es, si se recibiera en la madurez de la vida, solo humanamente cabría calificarla de tardía, porque la gracia divina y por tanto el compartir con Dios la vida conyugal no son cuantitativamente medibles.
Cosa distinta es la de quien viera que Dios le llama a alguna misión concreta y demorara la respuesta: entonces sí podría decirse que “llega tarde”. Pero aun así debería convencerse de la profundidad misteriosa ya mencionada al afirmar que para Dios no hay tiempo.
Además, recibida la vocación, se va conformando poco a poco, y cada cosa a su tiempo. Por ejemplo, santa Teresa de Jesús, tras veinte años como religiosa y a los treinta y nueve años, descubrió su verdadera vocación de reformadora, poniendo en marcha la primera fundación casi habiendo cumplido los cincuenta años.
Leí el otro día un reclamo publicitario y me llevó a pensar en la influencia del tiempo en la vida de uno mismo, y asimismo me llevó a pensar en cuantísimo bien puede hacer una vida aprovechada. Pensé en las posibles vocaciones tardías, pero sobre todo en que siempre son fructíferas. Y di un paso más en mi discurso, y añadí tras el “fructíferas” un “por su fidelidad y para su felicidad”.
En esta vida necesitamos saber para lo que hemos sido llamados. O, dicho de otro modo, cuál es su sentido para cada uno. Y ello, según decíamos, en todos los ámbitos de desarrollo que podamos pensar, marcadamente en el espiritual.
El sentido de realización, el hacer lo que debo hacer y estar en lo que haga, es inherente a la respuesta a esa llamada o vocación. Y realizarse es ser feliz. Porque efectivamente toda la humanidad cuenta con una llamada o vocación, que se llama felicidad: a ella tiende, a ella se debe, ella le corresponde.
Una vida coherente, consecuente, con aquello para lo que debe ser vivida, y que siempre será algo bueno en sí mismo, es una vida feliz.
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]]>La entrada El trato con los sacerdotes se publicó primero en Omnes.
]]>Es algo que merece atención, la justa, pero la merece. Por ser quienes son, por representar a Quien representan –con mayúscula– pues es al Señor a quien se han consagrado y es a Él a quien quieren mostrar.
Nos referiremos al sacerdote secular, pero cuanto se exponga sería aplicable mutatis mutandis al religioso y, en general, a cualquier persona consagrada.
El sacerdote debe contar la cercanía, el cariño, la simpatía, de todo el mundo. Debe lograr un trato natural, sencillo, espontáneo. Pero al mismo tiempo debe saber que representa a Jesucristo, que es puente entre Dios y el hombre; y a esa causa, solo a esa, se debe.
Esto precisamente requiere prudencia, requiere evitar cualquier equívoco. Por parte de quien trata con un sacerdote debe haber siempre esa mirada no solo humana, pues, como decimos, tiene esa especial consideración por su condición sagrada. Por supuesto, como decíamos, que hay que mostrar afecto, cercanía, apertura, pero no es posible quedarse solo en eso ni solo en el plano humano.
La pregunta clave a formularse cuando tratamos con un sacerdote sería: “¿buscamos entonces a Cristo?”. Esa actitud dará forma al modo de tratarle, de mirarle, de presentarnos ante él, de quererle. La relación con el sacerdote siempre debe estar enfocada a un apoyo fraternal o guía espiritual, que es eso lo que aquél nos procurará.
Ciertamente, según la cultura de que se trate, y según los tiempos, el trato con el sacerdote es uno u otro. Hay donde se le denomina sacerdote, tal cual, por ser su misión el trato de lo sagrado; y donde se le prefiere llamar cura –porque cura las heridas del alma dada su mediación entre Dios y el hombre–; o padre –al ejercer la paternidad espiritual de las almas que atiende–.
¿Y cómo saludarle informalmente? Lo propio sería el uso de términos como apreciado o estimado, según haríamos con cualquier persona que mereciera nuestro respeto y consideración.
En algunas zonas de Europa se acostumbra a usar el “don + nombre”. El uso de “padre + nombre” quizá sea más propio de países anglosajones o latino-americanos. Y ello por más joven que sea el sacerdote.
En el trato informal cabe tutearle, por supuesto, pero por lo anteriormente dicho cada uno debería hacer un ejercicio de consideración y determinar si ello preservaría la naturaleza o finalidad propia del trato con el sacerdote a la que ya hemos hecho mención.
Hay, sin embargo, quien prefiere tratar al sacerdote de usted y con expresiones no tan próximas, sin que ello implique distanciamiento o falta de naturalidad.
Obviamente la manera de presentarnos –que incluye la manera de vestir– y la comunicación gestual, deben tener presente la condición del sacerdote, que, según hemos referido, requiere el respeto que requiere.
En cuanto al trato de las mujeres con los sacerdotes, san Juan Pablo II, en su carta de 1995 a los sacerdotes, se refiere de este modo tan claro y elocuente, suficiente para nuestro propósito:
«Así pues, las dos dimensiones fundamentales de la relación entre la mujer y el sacerdote son las de madre y hermana. Si esta relación se desarrolla de modo sereno y maduro, la mujer no encontrará particulares dificultades en su trato con el sacerdote. Por ejemplo, no las encontrará al confesar las propias culpas en el sacramento de la Penitencia. Mucho menos las encontrará al emprender con los sacerdotes diversas actividades apostólicas. Cada sacerdote tiene pues la gran responsabilidad de desarrollar en sí mismo una auténtica actitud de hermano hacia la mujer, actitud que no admite ambigüedad. En esta perspectiva, el Apóstol recomienda al discípulo Timoteo tratar «a las ancianas, como a madres; a las jóvenes, como a hermanas, con toda pureza» (1 Tm 5, 2).
Se trata, en definitiva, como hemos subrayado ya, de encontrarse cómoda y naturalmente tratando con un sacerdote, sin olvidar jamás cuál es su condición, por representar a Quien representa, y cuál es su misión –única– derivada de su vocacional ministerial.
De otro lado, para la comunicación escrita con un sacerdote habrá que acudir a las normas protocolarias –algunas escritas, otras no– y adaptarlas al caso concreto. Las cuales también dependen, como el trato informal, del lugar y del tiempo que se vive.
Si se trata de una carta muy formal, lo propio sería utilizar como saludo “reverendo padre + apellido”, o “estimado reverendo padre”. Pero, aun así, si se conoce suficientemente al sacerdote, puede usarse “estimado padre + apellido”.
Si la comunicación se dirige a un sacerdote de una orden religiosa, conviene añadir las siglas de la orden a la que pertenece –OFM, CJ, etc.– tras el nombre.
Si se dirige a un hermano o hermana, monje o monja, puede usarse la fórmula “hermano + primer nombre y apellido”, añadiendo las iniciales que designan su orden. Y si se trata del abad o superior, “reverendo + primer nombre y apellido”, añadiendo igualmente las letras que designan su orden como abad o superior.
En esos tres supuestos, en cuanto al modo de despedirse por escrito, hay diversas fórmulas, una de las cuales sería “atentamente, en el sagrado nombre de Cristo + el nombre del remitente”.
Al obispo se le trataría con la expresión “su excelencia el reverendo obispo + nombre y apellido + de la localidad o jurisdicción”. Y se le despediría con un “rogándole su bendición, quedo respetuosamente de usted + nombre del remitente”.
Al arzobispo se le dispensa el tratamiento de “su eminencia, el reverendo arzobispo + nombre y apellido, así como el nombre de la ciudad donde fue designado como arzobispo”. Igualmente, se le despediría pidiéndole su bendición.
Al cardenal se le trata de “su eminencia + nombre + cardenal + apellido”, y se le despediría pidiéndole su bendición, como en los anteriores supuestos.
Por último, al Papa se le trata de “su santidad”, “soberano pontífice” o “Papa” sin más. Se le despediría con una fórmula del tipo “tengo el honor de manifestarme a usted, Su Santidad, con el más profundo respeto y como su servidor más obediente y humilde”; aunque si no se es católico lo propio sería decirle un escueto “con el mejor de los deseos para Su Excelencia, quedo de usted + nombre del remitente”.
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]]>La entrada El don del celibato se publicó primero en Omnes.
]]>Ante todo estamos hablando de un don –regalo– de Dios, a través del que reclama el amor de un corazón indiviso, sin la mediación de amor terreno alguno. Es una llamada a fin de cooperar de modo especial en la transmisión de la vida sobrenatural a las demás personas.
Quien recibe esa llamada pone en ejercicio el sacerdocio común –en el caso de los laicos– o el sacerdocio común y el ministerial –en el caso de los ministros consagrados–. Por ello, ese don genera una paternidad o maternidad espiritual profunda en el célibe, que, de algún modo, se entrega o consagra al mundo entero.
Este don, como vemos, lo concede Dios tanto a laicos como a religiosos o sacerdotes, aunque con un sentido específico en cada caso.
Los laicos que reciben el celibato se unen a Cristo “en exclusiva” y, desde el lugar en que se desenvuelven, sin apartarse del mundo, corresponden a ese don.
Iguales a sus iguales, como sus iguales, con o sin distinción exterior, pero sin que ese distinguirse de los demás sea algo ínsito a su condición de célibe.
En el caso de los religiosos, el celibato está al servicio de su misión específica, que es dar testimonio de que el fin del cristiano es el Reino de los Cielos. Y lo hacen viviendo un estado de vida consagrada por los votos de pobreza, castidad y obediencia, con una vida de entrega a Dios y ayuda a los demás. Ello conlleva un cierto apartamiento de las realidades profesionales, familiares y sociales.
Los religiosos, aunque pueden desarrollar algunas de esas realidades –por ejemplo, en el campo educativo o asistencial– su misión no es santificar el mundo desde dentro de ellas –ése es el caso de los laicos– sino desde su consagración religiosa.
Así, el celibato no aparta de los demás hombres, sino que a ellos se consagra. Y aparta o no del mundo terrenal, según veíamos, en función de si el célibe es religioso –aparta– o laico –no aparta–. Los sacerdotes no religiosos, a los efectos que nos ocupan, vivirían asimismo su celibato en medio del mundo.
Cabría destacar que no estamos hablando de soltería, pues se da el caso de quienes, incluso perteneciendo a una fe, no se casan, pero no lo hacen por los motivos expuestos, sino por otros, también nobles, como cuidar a los padres, dedicarse a tareas sociales, etc., lo que tampoco les aparta del mundo.
Ser célibe no es estar disponible en el sentido de que, como no une un compromiso o amor humano, se dispone cuantitativamente de más tiempo y posibilidades para sacar adelante obras apostólicas o la propia Iglesia universal.
Es más bien una actitud: tener disponible el corazón para vivir solo para Dios y, por él, para los demás.
Y resulta que quien vive el celibato alcanza una vida plena y fecunda, sin perder nada de lo humano. Disfruta de una afectividad rica, pues la entrega a Dios en el celibato no solo no priva, sino que acrece, la capacidad del amor humano.
El célibe, por el hecho de serlo, no debe sacrificar o entregar su potencial afectivo. Lo único que hace es dirigir esa afectividad de acuerdo con el don recibido, y si implica entregar despliegues de ésta –como la sexualidad que se ejerce en el ámbito matrimonial– lo hará de buen grado, y por amor de correspondencia. Sería un reduccionismo considerar que la persona necesita completar su afectividad con el otro sexo para llegar a la plenitud del amor.
Uno es completo en cuanto tal. Si bien es cierto que necesitamos de Dios y de los demás –somos contingentes, nos necesitamos– para alcanzar la felicidad. Y para que la relación afectiva sea plena, no tiene por qué ser sexual.
Quien recibe el don del celibato se deja amar enteramente por Dios, y por ese don puede dar a los demás el amor que recibe. Procura llenar el mundo del amor divino, pero en la medida en que corresponde entregándose exclusivamente al Señor. Y eso mismo lo hacen quienes reciben el don –también es don– del matrimonio, pero en este caso lo harán a través de las relaciones conyugales y familiares, pues la afectividad dependerá del amor entre un hombre y una mujer abiertos a la familia.
El don del celibato es siempre apostólico, en cualquier caso. Lo que sucede es que esa apostolicidad se traducirá de modo diverso, según la misión de cada uno, sea laico, religioso o sacerdote.
Sin esa nota de “apostólico”, el celibato perdería su sentido.
Los laicos ejercitarán su apostolado santificando el mundo desde dentro de sus vidas como profesionales, familiares y en los ambientes sociales en los que se desenvuelvan.
Los religiosos, a quienes se les asigna el celibato “consagrado”, también incorporan en su don la dimensión apostólica. Y los sacerdotes, desde celibato “sacerdotal”.
Por último, aunque parezca una obviedad, destacar que cualquier católico, reciba o no el don del celibato, está llamado a ese apostolado, que no es más que transmitir el amor de Dios –que alcanza a todos sus hijos– a través de su ejemplo de vida y su palabra. Al igual que todos estamos llamados a la santidad, y no solo quienes por gracia divina recibimos el don del celibato.
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]]>La entrada La vestimenta del presbítero: en su día a día y en las celebraciones litúrgicas se publicó primero en Omnes.
]]>Los obispos –incluido el Santo Padre– propiamente también son sacerdotes, pero estos tienen su singularidad en cuanto a la vestimenta y, en general, los ornamentos que usan para la liturgia y el culto divino.
El artículo 284 del Código de Derecho Canónico establece que “Los clérigos han de vestir un traje eclesiástico digno, según las normas dadas por la Conferencia Episcopal y las costumbres legítimas del lugar”. Esa norma se refiere a los clérigos, que engloban a los presbíteros.
Conviene que el presbítero sea reconocible sobre todo por su comportamiento, pero también por su modo de vestir o presentarse. Debe poner de manifiesto para todos de modo inmediato su identidad y “ser de Dios” –como fiel consagrado a la dispensación de sus misterios salvíficos– y de la Iglesia Católica. Su pertenencia a Dios –a lo sagrado, como persona consagrada– debe ser constantemente comunicada. Es un derecho de todos –particularmente de los fieles católicos– poder reconocer por su aspecto externo a quienes puedan dispensar su auxilio espiritual.
La vestimenta del presbítero debe ser signo inequívoco de su dedicación y de la identidad de quien desempeña un ministerio público. Lo contrario sería impedir que aquellos a quienes se propone servir puedan dirigírsele en cualquier momento y para cualquier necesidad.
Podría decirse que la vestimenta propia del presbítero es el signo exterior de una realidad interior. Cosa que, por cierto, sucede con tantos otros oficios que cuentan con uniforme propio.
La vestimenta ha ido variando a lo largo de los siglos. Seguidamente nos referiremos a la que el presbítero usa a fecha de hoy, lo cual viene señalado por la autoridad eclesiástica. Cabe destacar que otras profesiones religiosas usan la misma –o muy parecida– indumentaria que la católica, en concreto el protestantismo.

De un lado debemos referirnos al clériman –o clergyman– prenda referida a la camisa –normalmente negra, gris o blanca– donde se coloca el alzacuello, que suele ser blanco. El alzacuello puede sustituirse por una tira que se introduce en dos aperturas del cuello de la camisa, dejando un cuadrado blanco debajo de la garganta. Además, cabe contar con pantalón conjuntado con la camisa, e incluso chaqueta. Hay quien califica el clériman como una alternativa práctica a la sotana, de la que pasamos a hablar.
La sotana o traje talar –se le llama así porque llega hasta los talones– es como un vestido largo o túnica con cierre delantero. Normalmente es de color negro, para recordar que quien lo lleva ha muerto al mundo y se ha consagrado a lo divino o celestial. Aunque en países tropicales o con clima caluroso se usa también de color blanco.
Para dignificar el carácter sagrado de su ministerio, los presbíteros visten una serie de ornamentos sagrados –que pueden ser bendecidos– durante las celebraciones litúrgicas.
En particular nos referiremos a los de la Eucaristía o santa Misa.
La casulla es la vestidura que se pone el presbítero sobre las demás prendas. Consiste en una pieza larga con una abertura en el centro para pasar la cabeza, e igualmente abierta en los lados para asomar los brazos. Cae por delante y por detrás desde los hombros hasta media pierna. Simboliza la caridad, que hace dulce y suave la carga de Jesucristo.
La estola, símbolo de la autoridad sacerdotal, es una especie de banda que le cuelga al presbítero desde el cuello, y puede ajustarse con el cíngulo sobre el alba y bajo la casulla.
Para dispensar el sacramento de la reconciliación el presbítero puede usar la estola de color morado, que sugiere la penitencia propia de la confesión. Y para distribuir la Eucaristía –y en general para los actos eucarísticos– usa estola blanca.
El alba consiste en una amplia túnica blanca –de ahí su nombre– que cubre al presbítero de arriba abajo y se sujeta a la cintura con otro ornamento. El cíngulo –tipo de cinturón– simboliza la pureza del corazón que el clérigo lleva al altar.
El amito es el lienzo rectangular de lino banco que el presbítero se coloca sobre los hombros y alrededor del cuello antes de ponerse el alba. Puede sujetarse con unas cintas cruzadas a la cintura.
Se usan diversos colores para la casulla y la estola: el blanco, para las fiestas y solemnidades, celebraciones de santos no mártires y fiestas del Señor; el verde se utiliza durante el tiempo ordinario; el rojo para las fiestas de los mártires y días especiales de los santos apóstoles y fiestas del Señor referidas a la Pasión; el morado para el Adviento, la Cuaresma, Semana Santa y –junto con el negro– para las Misas de difuntos.

Además, el color rosa puede usarse dos veces al año: el tercer domingo de Adviento –gaudete– y el cuarto domingo de Cuaresma –laetare– para recordar la cercanía de Navidad y Pascua. El azul, a modo de privilegio litúrgico, puede usarse en España y otros territorios que fueron territorio español para la solemnidad de la Inmaculada Concepción.
Además, aunque no formen parte de los ornamentos que visten al presbítero, pueden estar presentes en la Misa el conopeo –o cubre sagrario–, el cubre cáliz y la carpeta que porta los corporales. Todo ello del mismo color que la casulla y estola, según corresponda.
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]]>La entrada Elemento material, gestos humanos y palabras en el Matrimonio, Orden sacerdotal y Unción de enfermos se publicó primero en Omnes.
]]>El matrimonio es sacramento al encontrarse en él los elementos necesarios para ello: el signo sensible –contrato o alianza–, la gracia santificante y sacramental, y el hecho de haber sido instituido por Cristo.
La materia es “remota” –los mismos contrayentes– y “próxima” –entrega recíproca de los esposos, que se donan mutuamente toda la persona, todo su ser–.
El signo externo de este sacramento, como decíamos, es el contrato o alianza matrimonial, que a la vez conforman la forma. La forma es el “sí”, que significa la aceptación recíproca de esa donación personal y total.
Dicha alianza es recogida en el rito del matrimonio mediante las siguientes palabras: “Yo (nombre del contrayente) te recibo a ti (nombre del contrayente) para ser mi esposa/-o, para tenerte y protegerte de hoy en adelante, para bien y para mal, en la riqueza y en la pobreza, en la salud y en la enfermedad, para amarte y cuidarte hasta que la muerte nos separe”.
El matrimonio nace del consentimiento personal e irrevocable de los esposos manifestado con tales palabras –cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 1626–.
Por ser el matrimonio un estado de vida en la Iglesia es preciso que exista certeza sobre él; de ahí la obligación de tener testigos; de ahí el carácter público del consentimiento, que protege el “sí” una vez dado y ayuda a permanecer fiel a él –cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 1631–.
La materia del sacramento del Orden sacerdotal –u Orden sagrado– es la imposición de las manos. Se trata de un momento del rito de celebración de tal sacramento en el que el obispo, posando sus manos sobre la cabeza de los candidatos al sacerdocio, se dirige al Señor implorando su asistencia para ellos.
La forma se refiere a la oración consecratoria que los libros litúrgicos prescriben para cada grado –diaconado, presbiterado y episcopado–. En ella se pide al Espíritu Santo que confiera a los candidatos el sacramento del Orden sacerdotal en el grado correspondiente.
En la ordenación de presbíteros la forma viene constituida por las palabras de la oración que el obispo dice después de que el ordenado ha recibido la imposición de las manos. Las esenciales son: «Te pedimos, Padre Todopoderoso, que confieras a estos siervos tuyos la dignidad del presbiterado; renueva en sus corazones el Espíritu de santidad; reciban de Ti el sacerdocio de segundo grado y sean, con su conducta, ejemplo de vida» –ritual de Ordenación–.
La Unción de los enfermos tiene lugar en familia, en el hospital o en una iglesia, para un solo enfermo o para un grupo de ellos. Si las circunstancias lo permiten, la celebración del sacramento puede ir precedida del sacramento de la Reconciliación y seguida de la Comunión, supuesto en que la liturgia habla de “viático” o paso a la vida eterna.
La celebración comienza con un acto penitencial –arrepentimiento de haber pecado ante Dios– seguido de la liturgia de la palabra –lectura de algunos pasajes de la sagrada escritura–.
El ministro –sacerdote– unge al enfermo con lo que constituye la materia del sacramento: el aceite consagrado por el obispo el Jueves Santo. La unción la realiza en la frente y en las palmas de las manos del enfermo, pronunciando a su vez las siguientes palabras: “Por esta santa unción, y por su bondadosa misericordia, te ayude el Señor con la gracia del Espíritu Santo para que, libre de tus pecados, te conceda la salvación y te conforte en tu enfermedad”.
Finalizamos con este fascículo la breve exposición que nos proponíamos sobre la materia, los gestos y palabras en cada uno de los siete sacramentos. La intención no era otra que la de “visualizar” la celebración de cada uno de ellos en esos tres aspectos, a través de lo que la gracia sacramental actúa en el alma de quien los recibe, y le santifica.
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]]>La entrada Elemento material, gestos humanos y palabras en la Penitencia y la Eucaristía se publicó primero en Omnes.
]]>El Concilio de Trento sentó como doctrina que el signo sensible de este sacramento es la absolución de los pecados por parte del sacerdote, así como los actos del penitente.
La materia sería la contrición o el dolor de corazón de haber ofendido a Dios, los pecados dichos al confesor de manera sincera e íntegra y el cumplimiento de la penitencia o satisfacción. Al respecto, cabe subrayar que para la validez del sacramento debe observarse la obligación de confesar todos los pecados mortales o graves de los que se sea consciente.
De otro lado, la forma serían las palabras que pronuncia el sacerdote –que en ese instante es el mismo Cristo, pues actúa “in persona Christi”– después de escuchar los pecados: “Yo te absuelvo de tus pecados, en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”.
En cuanto a la celebración de este sacramento encontramos dos elementos fundamentales. El primero lo constituyen los actos que realiza el penitente que quiere convertir su corazón en presencia del amor misericordioso de Dios, gracias a la acción del Espíritu Santo: el arrepentimiento o contrición, la confesión de los pecados y el cumplimiento de la penitencia. El otro elemento es la acción de Dios: según dispone el Catecismo en su punto 1148, por medio de los sacerdotes la Iglesia perdona los pecados en nombre de Cristo, decide cuál debe ser la penitencia, ora con el penitente y hace penitencia con él.
Con carácter ordinario el sacramento se recibe de manera individual, acudiendo al confesionario, diciendo sus pecados y recibiendo la absolución también individualmente. Existen casos excepcionales –prácticamente el estado de guerra, peligro de muerte por catástrofe, y notoria escasez de sacerdotes– en los cuales el sacerdote puede impartir la absolución general o colectiva: se trata de situaciones en las que, de no impartirse, las personas se quedarían sin poder recibir la gracia sacramental por largo tiempo, sin ser por culpa suya. Pero esto no excluye a los penitentes de tener que acudir a la confesión individual en la primera ocasión que se les presente y confesar los pecados que fueron perdonados a través de la absolución general.
Por último, cabría referirse a la confesión general: cuando una persona hace una confesión de todos los pecados cometidos durante toda la vida, o durante un período de la vida, incluyendo los ya confesados con la intención de obtener una mayor contrición.
Al sacramento de la Penitencia se le denomina sacramento de la “confesión” porque la declaración o manifestación de los pecados ante el sacerdote es un elemento esencial del mismo. Se trata de un reconocimiento y alabanza de la santidad de Dios y de su misericordia para con el hombre pecador.
Es asimismo conocido como sacramento de la “reconciliación” porque otorga al pecador el amor de Dios, que reconcilia. Así lo aconseja el apóstol Pablo a los de Corinto: “Dejaos reconciliar con Dios” (2 Co 5,20).
Se le denomina sacramento del “perdón” ya que por la absolución sacramental del sacerdote Dios concede al penitente el perdón de sus pecados.
Por último, es también sacramento de la “alegría” por la paz y gozo que se obtiene tras hacerse con el perdón de un Padre que comprende a sus hijos y dispensa su amor misericordioso las veces que haga falta.
Con carácter introductorio y aclaratorio cabe señalar que la palabra “Eucaristía” se refiere tanto a la celebración de la santa Misa como a la presencia sacramental de Cristo, que de hecho puede quedar reservado en los tabernáculos o sagrarios.
La materia del sacramento de la Eucaristía es pan de harina sin levadura y vino natural, extraído de la uva, tal y como los utilizó Jesucristo en la Última Cena.
La forma se refiere a las palabras pronunciadas por el Señor al instituir el sacramento, momento de la Misa denominado “transubstanciación”, ya que el pan y vino dejan de ser tales y pasan a constituir el cuerpo y la sangre de Jesucristo: “Tomad y comed todos de él, porque esto es mi Cuerpo que será entregado por vosotros” (…) “Tomad y bebed todos de él, porque ésta es mi Sangre. Sangre de la alianza nueva y eterna que será derramada por vosotros y por muchos, para el perdón de los pecados”.
El pan y el vino se depositan en el altar, elemento éste que litúrgicamente representa a Cristo y que por tanto convierte ese “depositar” en un “ofrecer”. Se trata de una ofrenda espiritual de toda la Iglesia que recoge la vida, los sufrimientos, las oraciones y los trabajos de todos los fieles, que se unen a los de Cristo en una única ofrenda.
En su mensaje a los peregrinos romanos en la Cuaresma de 2018 el Papa Francisco recordó que cada Eucaristía consiste en los mismos signos y gestos que realizó Jesús la víspera de su Pasión, en la primera Eucaristía.
Esos signos vienen representados en la liturgia –o celebración– eucarística con multitud de detalles gestuales que el sacerdote celebrante de la santa Misa pone por obra: apertura de los brazos en forma de cruz para significar el sacrificio escondido en la Eucaristía, arrodillarse como muestra de adoración y reconocimiento de la grandeza de Dios, elevar el cáliz y la patena a modo de ofrenda a lo Alto, etc.
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]]>Además, destaca el punto 1084 que “son signos sensibles –palabras y acciones– accesibles a nuestra humanidad actual”.
Como es sabido, los siete sacramentos corresponden a todos los momentos importantes de la vida del cristiano: dan nacimiento y crecimiento, curación y misión a la vida de fe de los cristianos. Podríamos decir que forman un conjunto ordenado, en el que la Eucaristía ocupa el centro, pues contiene al Autor mismo de los sacramentos, a Jesucristo.
Cada sacramento está constituido por elementos tangibles que constituyen la materia: agua, aceite, pan, vino, de un lado; y gestos humanos —ablución, unción, imposición de las manos, etc.— de otro. Además, forman parte del sacramento las palabras que pronuncia el ministro, constituyendo la forma.
En la liturgia o celebración de los sacramentos existe una parte inmutable –establecida por el mismo Jesucristo– y partes que la Iglesia puede modificar, para bien de los fieles y mayor veneración de los sacramentos, adaptándolas a las circunstancias de lugar y tiempo.
Nos proponemos en este artículo y los siguientes definir brevemente esa materia y forma en la actualidad de cada uno de los sacramentos.
La materia del Bautismo es el agua natural, según declaró el Concilio de Trento como dogma de Fe, pues así lo dispuso Cristo y así lo acataron los apóstoles.
La celebración del Bautismo comienza con los llamados “ritos de acogida”, que intentan discernir debidamente la voluntad de los candidatos –o de sus padres si se trata de menores de edad o tutelados– de recibir el sacramento y de asumir sus consecuencias. Siguen las lecturas bíblicas, que ilustran el misterio bautismal, y son comentadas en la homilía.
Seguidamente se invoca la intercesión de los santos, en cuya comunión el candidato será integrado; con la oración de exorcismo y la unción con el óleo de catecúmenos se significa la protección divina contra las insidias del demonio.
A continuación, se bendice el agua mediante la profesión trinitaria y la renuncia a Satanás y al pecado.
Llega así la fase sacramental del rito, mediante la ablución, en modo tal que el agua corra por la cabeza del catecúmeno, significando así el verdadero lavado del alma.
Mientras el ministro derrama tres veces el agua sobre la cabeza del candidato –o la sumerge– pronuncia las palabras: “NN, yo te bautizo en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo”. Se confiere el sacramento por una única vez y con carácter indeleble, imborrable.
Tras la administración del sacramento nos encontramos con los ritos posbautismales: se unge la cabeza del bautizado –si no sigue inmediatamente la administración del sacramento de la Confirmación– para significar su participación en el sacerdocio común y evocar la futura crismación en ese otro sacramento. Se entrega una vestidura blanca como exhortación a conservar la inocencia bautismal y como símbolo de la nueva vida pura conferida.
La candela encendida en el cirio pascual simboliza la luz de Cristo, entregada para vivir como hijos de la luz. Puede añadirse el rito del “effeta”, realizado en las orejas y en la boca del candidato, que quiere significar la actitud de escucha y de proclamación de la palabra de Dios.
La materia del sacramento de la Confirmación es el “crisma”, compuesto de aceite de oliva y bálsamo, consagrado por el obispo –o patriarca si se trata de rito oriental– durante la misa crismal que preceda al momento de celebración del sacramento.
Antes de recibir la unción los candidatos son llamados a renovar las promesas bautismales y hacer profesión de fe.
Seguidamente el obispo –o el ministro en quien haya delegado expresamente la celebración del sacramento– extiende las manos sobre los confirmandos e invoca la efusión del Espíritu Santo –o Paráclito– sobre ellos.
A este gesto se une la unción del crisma en la frente del candidato, que indica cómo la tercera persona de la Santísima Trinidad penetra hasta lo más profundo del alma.
De este modo, el sacramento se confiere con la unción del santo crisma en la frente y pronunciando estas palabras: “Recibe por esta señal el don del Espíritu Santo”. Es una señal visible del don invisible: también en este caso se nos confiere el sacramento por una única vez y con carácter indeleble, configurándonos más plenamente con Jesús y otorgándonos la gracia para difundir por el mundo el buen olor de Cristo. El rito se concluye con el saludo de paz, como manifestación de comunión eclesial con el obispo.
El confirmado completa así los dones sobrenaturales característicos de la madurez cristiana. Recibe de este modo con particular abundancia los dones del Espíritu Santo, y queda más estrechamente vinculado a la Iglesia, mayormente comprometido para difundir y defender la fe, con su palabra y sus obras.
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]]>Entre los nuevos cardenales hay tres responsables máximos de dicasterios de la Curia: Congregación para el culto divino, Congregación para el Clero, y Comisión Pontificia para el Estado de la Ciudad del Vaticano y Governatorato. De los nuevos purpurados –así se llama también a los cardenales por el color de su vestimenta– 16 son electores, es decir, menores de 80 años, que podrían ser elegidos Romano Pontífice en un cónclave.
El cardenalato es la máxima dignidad eclesiástica después del Papa. Es denominado “príncipe” de la Iglesia. Varios de los cardenales desempeñan funciones en las dependencias de la Curia –dicasterios– para administrar los asuntos de la Santa Sede.
Los designa el Papa entre quienes cumplen una serie de requisitos. A fecha de hoy para ser nombrado cardenal debe haberse recibido el orden del presbiterado, y destacar en doctrina, buenas costumbres, piedad y prudencia. De ordinario el candidato debe ser obispo, pero cabe que el Papa exima de tal condición.
Todos los cardenales conforman el colegio cardenalicio. Este órgano cumple una doble función, elegir al Romano Pontífice y asesorarle en el gobierno de la Iglesia o cualquier otro asunto que el Papa considere oportuno.
Actualmente el colegio cardenalicio lo componen 208 cardenales, de los cuales 117 son electores de un nuevo Papa. Tras el consistorio próximo los cardenales serán 229, y el total de electores será de 132.
Los cardenales, según decíamos, forman parte de la organización jerárquica de la Iglesia para su gobierno, y lo hacen individualmente o –cuando actúan en calidad de colegio cardenalicio– como colectivo. El consistorio consiste en una reunión formal del colegio cardenalicio. Representa el órgano superior del gobierno supremo y universal de la Iglesia.
Su origen mantiene una estrecha relación con la historia del presbiterio romano o cuerpo del clero de Roma. En el antiguo presbiterio romano había diáconos, encargados de los asuntos temporales de la Iglesia en las diferentes regiones de Roma; sacerdotes, que encabezaban las principales iglesias de la ciudad; y obispos de las diócesis vecinas a Roma.
Los actuales cardenales han sucedido a los miembros del antiguo presbiterio, no únicamente en lo relativo a los oficios propios de esos tres grados –obispos, presbíteros y diáconos– sino sobre todo asistiendo al Papa en la administración de los asuntos de gobierno de la Iglesia.
Existen tres tipos de consistorios: ordinarios, extraordinarios y semipúblicos.
El ordinario o secreto se llama así porque nadie fuera del Papa y los cardenales puede estar presente en sus deliberaciones. Se convoca para la consulta a los cardenales presentes en la Ciudad Santa –Roma– sobre algunas cuestiones graves o para la realización de ciertos actos de máxima solemnidad.
El extraordinario se convoca cuando lo aconsejan especiales necesidades de la Iglesia o la gravedad de los asuntos que han de tratarse. Es público en el sentido de que pueden ser invitadas personas ajenas al colegio cardenalicio. Es el caso del nombramiento de nuevos cardenales, como el de agosto de este año.
Y por último el semipúblico, llamado así porque además de los cardenales forman parte de él algunos obispos, aquellos que residen en un radio de cien millas de Roma. Además se invita a los demás obispos de Italia, y a quienes estén de paso en ese momento por la Ciudad Santa.
En cuanto al rito o celebración del consistorio, suele comenzar con una breve liturgia de la palabra, homilía del Santo Padre, y desarrollo del asunto a tratar. En el caso de los consistorios de nombramiento de nuevos cardenales, hay profesión de Fe y juramento, imposición del anillo cardenalicio y asignación del título correspondiente, colocación del birrete, e intercambio de signos de paz con el Papa y entre los nuevos purpurados. La misma tarde de la celebración tiene lugar una recepción para saludo de los cardenales, y al día siguiente el Romano Pontífice concelebra la Santa Misa con ellos, en acción de gracias y para pedir por sus nuevos cometidos.
Como conclusión a esta breve exposición, los fieles deben concienciarse de la necesidad imperiosa de rezar por este instrumento de gobierno, ya que el consistorio constituye la más estrecha colaboración para el Santo Padre en gobierno de la Iglesia.
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]]>La Guardia Suiza pontificia es un cuerpo militar que se encarga de la seguridad del Papa y de la Santa Sede. Orgánicamente es un ejército –el más pequeño del mundo– con poco más de 100 miembros.
Su responsable máximo es el Romano Pontífice, soberano del Estado de la Ciudad del Vaticano. Cuenta además con un comandante con rango de coronel, máxima autoridad militar del cuerpo; un vicecomandante con rango de teniente-coronel; un capellán con rango de teniente-coronel; un oficial con rango de comandante; tres oficiales con rango de capitán; y el resto son suboficiales y soldados o “alabarderos”.
Como cualquier cuerpo militar, dispone de sistemas de entrenamientos y procedimientos para el adiestramiento en táctica y manejo de armas. Además, la Guardia Suiza es instruida para el uso de la espada y alabarda –más adelante explicamos su significado– y se habilita en el oficio de guardaespaldas para la protección de jefes de Estado.
Controla las cuatro puertas del Vaticano: la del Santo Oficio, el Arco de las Campanas, el Portón de Bronce y la Puerta de Santa Ana, donde se halla su cuartel.
Dentro del Estado de la Ciudad del Vaticano, la mayoría del territorio está a cargo del denominado “cuerpo de vigilancia”, compuesto por algo más de un centenar de agentes procedentes de la policía o los Carabinieri, distribuidos por los jardines vaticanos, el helipuerto, los museos y demás lugares que requieren especial vigilancia. Tal cuerpo, en coordinación con la Guardia Suiza, vela por la seguridad de la Santa Sede. La Guardia Suiza protege específicamente el Palacio Apostólico y la persona del Santo Padre.
Naturalmente, como sucede en cualquier país civilizado, la Guardia Suiza convive con cuantos entes velen por la seguridad tanto del Romano Pontífice como de la Ciudad del Vaticano, de ahí que coordine algunas de sus funciones con la propia policía vaticana y las fuerzas de seguridad italianas, dada la ubicación geográfica de la Santa Sede, y con las autoridades de los Estados y lugares a los que se desplace el Papa para lograr una protección más eficiente y segura.
La Guardia Suiza fue creada a principios del siglo XVI, cuando el Papa Julio II solicitó a los nobles suizos soldados para su propia protección. En ese momento los soldados suizos tenían una gran reputación, demostrada en los enfrentamientos habidos en las guerras de Borgoña.
El uniforme militar de la Guardia Suiza es uno de los más antiguos del mundo. El actual fue diseñado a principios del siglo XX, y se inspiró en los frescos de Rafael. Los colores coinciden con la librea de la casa Della Rovere, a la que pertenecía quien llegaría a ser el Papa Julio II.
Se compone de un morrión –casco que cubría la cabeza de los antiguos caballeros, algo cónico y con una cresta casi cortante– ornado con una pluma roja o blanca en función del rango militar de que se trate. Además, cuenta con guantes blancos y coraza.
El guardia suizo viste unas calzas sujetas a la altura de la rodilla por una liga dorada y cubiertas por polainas dependiendo del clima y la ocasión. Ello tiene la triple significación de mostrar la alegría de ser soldado, de combatir y de estar al servicio del Papa.
En cuanto al armamento que porta un guardia suizo destaca la alabarda o espada romera, que es un arma medieval parecida a una lanza, cuya punta está atravesada por una cuchilla, aguda por un lado y con forma de medialuna por el otro. Aunque, naturalmente, el cuerpo también dispone de armamento moderno de infantería, pistolas, ametralladoras, subfusiles y fusiles de asalto.
No cualquiera puede ingresar en el cuerpo de la Guardia Suiza pontificia. Solo los solteros, católicos, con un mínimo de 1.74 metros de altura, edad entre 19 y 30 años, con un título profesional o grado de secundaria, con ciudadanía suiza y estando en posesión del título de instrucción básica en las fuerzas armadas suizas con certificación de buena conducta.
En la página web propia –www.guardiasvizzera.ch– puede uno conocer a fondo qué significa ser guardia suizo y cuáles son dichos requisitos para pertenecer al cuerpo.
Cada 6 de mayo los nuevos reclutas juran fidelidad al Papa, incluso a costa de su propia vida. Ese día del año 1527 murieron 147 guardias protegiendo al Papa Clemente VI durante el saqueo de Roma a manos de las tropas de Carlos V, y desde entonces ésa es la fecha escogida para el ingreso de los nuevos candidatos.
Es un oficio en el que hay cierta rotación, de modo que los admitidos están algunos años en la Santa Sede y al cabo de un tiempo regresan a sus países de procedencia, normalmente Suiza.
La vida de un guardia suizo es una vida muy normal. Jornadas de unas nueve horas, y con festivos y vacaciones de acuerdo con los turnos de rotación. Los sueldos mensuales base son algo más modestos de lo que ganaría un soldado italiano.
En definitiva, una vida corriente, en la que, por supuesto, cada cual establece sus relaciones sociales e incluso –van ya varios casos– surgen matrimonios de guardias suizos con prometidas italianas a quienes conocieron precisamente durante su periplo militar en la Ciudad del Vaticano.
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]]>La entrada Quién cobra en el Vaticano se publicó primero en Omnes.
]]>En el Vaticano se desempeña todo el trabajo necesario para el gobierno de la Iglesia fundada por Cristo. También es una nación –por eso es denominado “Estado de la Ciudad del Vaticano”– y mantiene relaciones diplomáticas con casi todos los países del mundo. Se puede establecer una distinción básica entre los oficios precisos para el gobierno eclesial, y los trabajos requeridos por las infraestructuras propias de un Estado.
Por un lado trabajan en el Vaticano quienes gobiernan los llamados Dicasterios –grandes organismos de la Iglesia– y quienes los administran. Por otro lado, hay que contar con aquellos que se ocupan de otra gran diversidad de empleos propios del Estado de la Ciudad del Vaticano. Desde la gestión y mantenimiento del patrimonio, hasta los museos y todo lo relacionado con la cultura, pasando por la atención del turismo, la seguridad –incluyendo la Guardia Suiza– y multitud de aspectos que requieren atención y mantenimiento. Por ejemplo los jardineros, bomberos o enterradores, así como los oficios típicos de suministro y mantenimiento de cualquier país desarrollado.
Los empleados del Vaticano son en su mayoría clérigos que trabajan en la Santa Sede, guardias suizos y, finalmente, funcionarios de Estado. Otros muchos, no necesariamente laicos ni funcionarios, y obviamente hombres o mujeres, trabajan en el Vaticano aunque residen fuera –en Roma o ciudades aledañas–. Muchos son ciudadanos italianos o de otras nacionalidades distintas de la vaticana.
El sistema de gobierno de la Iglesia –referido como Curia romana– está principalmente ocupado por clérigos, según decíamos. También hay ciertas labores que dan soporte a la Curia y son desempeñadas por laicos. Por ejemplo, trabajos administrativos o de gestión, labores éstas no referidas propiamente al gobierno eclesial.
La cualificación profesional requerida a todos aquellos trabajos no desempeñados por los clérigos que integran la Curia romana será la que ordinariamente se requiera en el ámbito civil. En áreas altamente especializadas, como la economía o la comunicación, se va abriendo paso la necesidad de profesionales y directivos cualificados. Como es natural, contarán con criterios propios de empleabilidad y retribuciones acordes a tal condición.
Tanto el salario como las prestaciones sociales distinguen según se trate de un clérigo o de un laico. Y, desde que san Juan Pablo II así lo dispusiera, se atiende de modo particular a quienes deben sacar adelante a su familia, con unas prestaciones de tipo económico especialmente concebidas para ese personal.
La normativa vaticana –y en particular el Reglamento general de la Curia romana– es muy clara al exigir a esos empleados una serie de exigencias de alineamiento con la misión espiritual del Romano Pontífice y de la Iglesia, que trascienden la pura prestación laboral o desarrollo técnico de un oficio.
Cuenta con unos requisitos de idoneidad, exige los compromisos expresados en la profesión de fe y en el juramento de fidelidad y observancia del secreto de oficio y, para quienes es requerido, el secreto pontificio; da por hecho que el empleado observará una ejemplar conducta moral, incluyendo la vida privada y familiar, en conformidad con la doctrina de la Iglesia; y en general la normativa prescribe la prohibición de obrar de formas que no se adecúen a un trabajador de la Santa Sede.
En lo que se refiere específicamente al trabajo de los laicos, cabe preguntarse si para muchos empleos es sostenible un sistema de función pública. O quizá sería preferible un recurso más frecuente al mercado de trabajo. De todos modos, la Sede apostólica cuenta con unas políticas de personal que velan por una seria selección de los empleados, incluyendo los referidos requisitos de rectitud personal, moral y religiosa. De este modo, se favorece una dimensión para este tipo de trabajos como es la confianza. Y en cuanto a los laicos, según señalábamos más arriba, prevé la posibilidad de asumir trabajadores altamente cualificados a los que se les pueda atraer, junto con unas bases éticas y de comprensión de la misión eclesial, con retribuciones comparables con las que se dan en el mercado para servicios análogos. Se trata en definitiva de contar con personas rectas, bien formadas, leales y trabajadoras.
Son varias las posibilidades de que un clérigo llegue a trabajar en la Santa Sede, como la confianza que tenga con un superior porque coincidieran en el seminario o en la diócesis de origen; destacar en los estudios realizados en las universidades pontificias o en general los cursos de formación ofrecidos por la Curia romana; ser recomendado por una autoridad eclesiástica o civil a la Sede Apostólica; o la manifestación del propio clérigo a ocupar ese puesto laboral.
El Vaticano cuenta con una oficina que tiene la función de contribuir a la consolidación de la comunidad laboral. Se ocupa de aquellos que trabajan en la Curia romana y en el gobierno de la Ciudad del Vaticano como Estado, en los organismos o entes administrativos de que se trate. Además, facilita la formación profesional, con el objetivo claro de que todos esos empleados sean conscientes de que están prestando un servicio a la Iglesia universal.
Según datos de dicha oficina recogidos en el anuario pontificio de los últimos años, en la Curia romana trabajan unas 2000 personas, sin contar el personal a tiempo parcial. De estos, algo más de la mitad se ocupa de los dicasterios (tribunales, oficios…), otro cuarto trabaja en otros organismos y el último en nunciaturas.
Algunos datos que pueden ilustrarnos, para hacernos una idea de las dimensiones laborales de las que estamos hablando. Los museos vaticanos emplean a unos 700 trabajadores, la Secretaría de Estado ocupa a otros 200, de las cuales una cuarta parte son personal diplomático; el Archivo Secreto Vaticano y la Biblioteca Apostólica Vaticana dan empleo a unas 150 personas.
Pero la Curia romana es una administración muy modesta en comparación con cualquier ministerio de un país. Por ejemplo, en España el más pequeño de sus ministerios cuenta con unos 2000 empleados, lo que supera la totalidad de trabajadores del Vaticano.
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]]>El fundamento de esa jerarquía se encuentra en el mismo Jesucristo, su fundador. Él mismo confiere a la Iglesia los tres oficios de enseñar, santificar y regir –los denominados tria munera– contando para ello con la sucesión apostólica, es decir, la continuidad a lo largo de los siglos del desarrollo de esas funciones por parte de quien detente la autoridad competente.
Jesús mismo diseñaría el modelo a partir del cual la Iglesia comenzaría su misión. La comunidad compuesta por Él, sus apóstoles y varios discípulos, daría lugar a la aparición de los obispos, cuya cabeza será el Papa, formando todos ellos un colegio o grupo estable.
La jerarquía se basa de un lado en la facultad por parte de los clérigos –ordenados en distintos niveles, según veremos– de administrar los sacramentos: determinados ritos, como la celebración de la Eucaristía, serán exclusivos de los presbíteros, quienes, junto con otros miembros, forman parte del clero.
También se basa la jerarquía en el poder de intervenir a nivel de jurisdicción: por ejemplo, determinando quien competa qué sacerdote será párroco de una determinada parroquia.
El clero –integrado por los clérigos– se organiza en distintos niveles en una jerarquía ascendente, basado en los tres grados del sacramento del orden –Episcopado, Presbiterado y Diaconado– que va desde el diácono, pasando por el presbítero, obispo, arzobispo, primado, patriarca –en casos más particulares– y cardenal, hasta llegar al cargo supremo del Papa.
En un primer nivel de esa jerarquía contamos con los cardenales, obispos y arzobispos.
Los cardenales son los consejeros y colaboradores más inmediatos del Papa, siendo en su inmensa mayoría obispos. Deben ayudar al Santo Padre a administrar la Iglesia. También pueden participar en el cónclave o elección del nuevo Papa. El color que distingue a los cardenales es el rojo púrpura, y el término por el cual se dirige a ellos es el de eminencia.
Los obispos, de otro lado, obtienen su cargo mediante la ordenación episcopal. Sus tareas son guiar a las diócesis, o sea, las unidades territoriales y administrativas que componen la Iglesia, así como ordenar sacerdotes y diáconos, y administrar el sacramento de la Confirmación. Los obispos pueden administrar todos los sacramentos, incluida la ordenación. El color que les distingue es el púrpura, y pueden llamarse monseñor o excelencia.
Por último, cabría referirse al arzobispo. Es el obispo de una archidiócesis, o mejor dicho de la diócesis al frente de una provincia eclesiástica compuesta por varias diócesis. Si el arzobispo además es la cabeza de la provincia eclesiástica, es denominado metropolitano. De otro lado la calificación de arzobispo también puede ser solo honorífica.
En un segundo nivel jerárquico encontramos a los presbíteros, también denominados sacerdotes, que si están vinculados a una parroquia en particular son párrocos.
La parroquia, por cierto, es también una unidad administrativa de la Iglesia. Varias parroquias forman un vicariato, y así, un párroco puede también detentar el cargo de vicario, coordinando varias parroquias de la zona. Los sacerdotes pueden administrar todos los sacramentos, a excepción del orden.
Los diáconos formarían un tercer nivel en la jerarquía eclesiástica. Su cometido es ayudar a los sacerdotes y obispos en las ceremonias. Solo pueden administrar el sacramento del bautismo y asistir al matrimonio con delegación particular. Predican la palabra de Dios y sirven en las comunidades parroquiales.
En algunos casos –más en las iglesias orientales– los diáconos abrazan el diaconado con carácter permanente; en otros provisionalmente y con miras a su posterior ordenación presbiteral.
Además de lo anterior, contamos con otros títulos eclesiásticos o cargos ocupados por quienes ya ostentan una posición en la jerarquía eclesiástica.
Nos referimos de un lado al caso del nuncio apostólico, que viene a ser un embajador de la Santa Sede ante los Estados; y de otro lado al vicario general, que representa al obispo en la gestión de las relaciones entre parroquias y vicariatos, las diversas circunscripciones en las que se divide la diócesis territorialmente.
La jerarquía de la Iglesia no implica desigualdad de los fieles, pues todos, clérigos o no, están igualmente bautizados. Así, la igualdad de todos es anterior a la diversidad de condiciones personales en la Iglesia como consecuencia del sacramento del orden y de los distintos carismas.
La jerarquía existe, en el interior de la comunión de los fieles y a su servicio, no sobre la propia Iglesia ni, evidentemente, al margen de ella.
O sea, no se trata de “ejercicio de poder”, sino de “ejercicio de funciones” al servicio de los demás, por parte de cualquiera de los clérigos en sus diversos órdenes. Pues detentar un cargo jerárquico no es más que servir de ese modo concreto a todos los católicos, implique ese cargo la autoridad que implique.
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]]>El Mesías, sentenciado a muerte, entregado a los soldados, fue flagelado y luego coronado de espinas. En esos pasajes es burlado por sus ejecutores con frases insultantes referidas a su reinado: “Salve, rey de los judíos”, le gritarán. Y claro, un rey merece una corona, pero en el caso de ese que decía ser rey de los judíos, condenado a morir, los soldados le humillaron e hirieron confeccionando una corona con espinas e hincándosela en la cabeza.
Como práctica de piedad, en el rezo del santo Rosario hay un misterio, el tercero de los de dolor, dedicado a este pasaje. Además, en la piadosa costumbre del rezo del Via Crucis se encuentra también esta escena como sexta estación.
La reliquia consiste en una circunferencia de ramas o juncos entrelazados, de 21 cm de diámetro. Se conserva en la catedral de Notre Dame, París, en un tubo de cristal, sin las espinas que la acompañaban, pues éstas fueron repartiéndose a lo largo de los siglos como reliquias parciales de la corona.
Ya desde el siglo V existen referencias a la corona en Jerusalén, ubicándola un siglo más tarde en la basílica de Sión, y siendo trasladada en el siglo VII a Constantinopla en plena invasión persa.
Con motivo de la crisis económica del siglo X parece que la corona pasó a manos de prestamistas venecianos, hasta que volvió a la monarquía francesa. De la Sainte Chapelle, donde fue depositada en el siglo XIII, pasó a la Biblioteca Nacional de Francia durante la Revolución Francesa, y ya en el siglo XIX pasó a ser propiedad de la Iglesia y fue finalmente depositada en la catedral de Notre Dame, donde por cierto en 2019 se salvó de un incendio que devastó gran parte de la catedral parisina.
Según diversos estudios las espinas podrían proceder de distintas plantas, entre la que destacaríamos el azofaifo, la pimpinela espinosa o el espino negro.
Al hallarse fragmentadas las espinas insertadas a la corona, cada una de ellas se considera como una reliquia de categoría inferior, ya que las de primera categoría –por decirlo de algún modo– serían las de Jesús que se conservan enteras –analizadas en anteriores fascículos– o los trozos del cuerpo de los santos.
Las espinas se hallan dispersas por todo el mundo, como decíamos, y la suma de todas ellas llegaría a las 700, de las cuales 140 se hallan en Italia. En Roma unas 20 reciben veneración pública, incluyendo la de la basílica de san Pedro y la de san Juan de Letrán.
Resulta difícil datar la procedencia de la mayoría de las espinas, por ejemplo, las que se encuentran en el monasterio de El Escorial o en la catedral de Barcelona, en España. No así la que se venera en el monasterio de santa María de la Santa Espina, en Valladolid, al constar documentado que fue un regalo que recibió la infanta-reina Sancha Raimúndez del rey de Francia a inicios del siglo XII, según consta archivado en el monasterio cisterciense que dicho rey fundó a fin de asegurar su veneración.
Hasta aquí la serie de breves artículos periódicos que hemos ido publicando sobre algunos aspectos relevantes de ciertas reliquias de Nuestro Señor. ¿Su propósito? Conocer algo mejor a Jesucristo, su vida y persona. Y, sobre todo –por ser ello lo que podemos hacer aquí en esta vida– tratarle con mayor devoción, a través de esas santas reliquias que la tradición y piedad popular nos han procurado y por lo que no podemos estar más que agradecidos y procurar su veneración y mejor conservación.
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]]>La entrada ¿Qué son los santos clavos y cuál es su historia? se publicó primero en Omnes.
]]>Se utilizaron para clavar a Jesucristo, y por estar “bendecidos” por su sangre han merecido siempre una gran veneración. Al descenderle de la Cruz, una vez muerto, de acuerdo con la tradición los clavos fueron enterrados con aquélla. A principios del siglo IV, durante su viaje a Tierra Santa, la emperatriz Elena se ocupó de recuperar las reliquias de la pasión del Señor, entre las que se encontraban los santos clavos.
Elena haría llegar parte de la Cruz a su hijo Constantino, así como dos de los tres clavos, que destinaría al bocado del caballo de su hijo, a su casco y a su escudo, para que así el emperador estuviera protegido en sus batallas. El tercero se lo llevaría a Roma.
La primera referencia escrita a la existencia de estas reliquias data de finales del siglo IV en una oración atribuida a san Ambrosio de Milán, y más adelante, en el siglo VI, se hallaría en Constantinopla una documentación que se refería a la veneración de algunos clavos sagrados.
Hay ciertos rastros historiográficos acerca de diversos destinos de los tres clavos. Entre ellos cabe destacar Santa María della Scala de Siena, uno de los mayores y más antiguos hospitales de Europa, que a mediados del siglo XIV se transformó en centro de peregrinaciones, precisamente por contar con uno de los santos clavos.
Otro clavo, como decíamos, lo destinó santa Elena para su hijo, y en Milán se conserva el bocado –o arnés– con la santa reliquia. San Carlos Borromeo, arzobispo milanés, en el siglo XVI utilizaría la reliquia para las procesiones con los fieles de la ciudad, haciéndoles partícipes de ese gran tesoro. En Milán, cada 14 de septiembre, desde tiempo inmemorial, se expone y venera la reliquia en la catedral para celebrar la fiesta de la exaltación de la santa Cruz.
Contamos con multitud de lugares en todo el mundo que se atribuyen la autenticidad de reliquias elaboradas a partir de partes de los clavos sagrados incorporadas a relicarios. Ahora bien, dada tal cantidad, algunas de tales reliquias bien podrían proceder de la propia estructura de la Cruz, y no de los clavos.
También se distribuyeron reliquias confeccionadas a partir de su contacto con los santos clavos, cosa distinta de incorporar –fusionar– muestras de ellos a otros instrumentos que de hecho servirían de relicarios. En consecuencia, aunque un cierto número de los santos clavos puede no ser auténtico, sí cabría admitir que algunos relicarios, o propiamente reliquias, contuvieran algunas partículas de los santos clavos originales. Pero parece imposible saber qué clavos contienen esas partículas del que Elena llevara a Roma.
Como decíamos, consta confirmado por las fuentes más antiguas que santa Elena encontró tres cruces y tres clavos. Aunque ciertamente fuera posible que se desenterrasen más de tres clavos, contando con los usados para crucificar a los dos ladrones, los que unían los dos travesaños de la cruz o los que fijaban el titulus en lo alto de la cruz.
Muchos científicos, particularmente arqueólogos, han estudiado la autenticidad de las diversas versiones de clavos sagrados con que contamos, basándose en investigaciones acerca del uso común que se daría en época de Cristo a los clavos para la crucifixión de los condenados. Así, concluyendo cuál debía ser la medida de los clavos para poder atravesar manos y pies, por ejemplo, podría determinarse su autenticidad o no.
Pasamos a relacionar algunos de los lugares donde se conservan clavos –o trozos de ellos– venerados como los usados en la crucifixión de Cristo; aunque destacando, como hemos señalado, la incerteza de su autenticidad:
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]]>A ella se refieren diversas leyendas, y en unas ocasiones le atribuyen propiedades curativas y en otras el poder de resucitar a muertos o alimentar a miles de soldados. Las leyendas muestran el santo Grial en forma de copa o de fuente.
Durante aproximadamente diez siglos, en dichas leyendas se consideraba que los caballeros templarios custodiaban el santo Grial, aunque en ningún momento se detalló en qué consistía exactamente esa reliquia.
Hay quien relaciona el santo Grial y José de Arimatea, sosteniendo que Jesús, ya resucitado, se aparecería a José para entregárselo y ordenarle que lo llevara a la isla de Britania. Autores sostienen que ese José usaría el cáliz para recoger la sangre y el agua emanadas de la herida abierta por la lanza del centurión en el costado de Cristo y que, más tarde, en Britania, estableció una dinastía de guardianes para mantenerlo a salvo y escondido.
Cabe señalar que la Sagrada Escritura no menciona el santo Grial. La primera referencia que tenemos es del siglo XII.
La búsqueda del santo Grial es una temática que se relaciona con la historia del rey Arturo, combinándose la tradición cristiana con antiguos mitos celtas referidos a un caldero divino. Además, existen otras leyendas acerca del santo Cáliz que se relacionan con las relativas a las distintas copas antiguas que se consideran la auténtica reliquia.
Fue mencionado por vez primera en la historia a principios del siglo XII por el autor francés Chrétien de Troyes en su narración Perceval, también llamada Le Conte du Graal (el cuento del Grial).
En la obra, el padre del rey Arturo –conocido como el rey Pescador– estaba enfermo. Como el país se consideraba débil por la enfermedad de su líder, varios caballeros fueron al castillo del rey para intentar curarlo, pero solo uno de ellos podría ser el elegido para lograr la cura.
El elegido fue Perceval, y el rey le ofreció un banquete, en el que tuvo lugar una misteriosa procesión de una doncella transportando el santo Grial. Como le habían aconsejado no hablar demasiado, Perceval, aunque maravillado por la procesión, decidió guardar silencio, y tras finalizar el banquete se retiró a descansar, al igual que el rey.
Al despertar, Perceval se dio cuenta que todo el castillo estaba desierto. Marchó, y adentrándose en el bosque se encontró con una doncella a la que le contó lo sucedido. Ésa le dijo que si hubiera preguntado el significado de la procesión habría devuelto la salud al rey, ya que la copa que había visto era el santo Cáliz, y el rey era quien lo custodiaba. Al enterarse de todo esto, Perceval prometió encontrar el santo Grial y cerrar la búsqueda.
La obra de Chrétien de Troyes representó el comienzo de la leyenda, pero fueron otros autores quienes desarrollaron esa versión, tal como se dio a conocer a la Europa medieval, espiritualizándola y resaltando que se trataba de la copa de la Última Cena; la misma que, según diferentes fuentes, José de Arimatea usó después para recoger la sangre de las heridas durante la crucifixión de Cristo.
Como decíamos, contamos con varias versiones sobre santos Griales que se consideran auténticas reliquias. Destacaríamos los siguientes:
Considerado como el cáliz traído de Roma a España gracias a san Lorenzo mártir en el siglo III. Con anterioridad a su depósito en Valencia estuvo en diversos lugares de Aragón, como el monasterio de san Pedro de Siresa, la catedral de Jaca o el monasterio de san Juan de la Peña. Tras una corta estancia en Barcelona llegó a Valencia.
Compuesto por una copa de ágata de 7 cm de alto y 9,5 cm de diámetro, con un pie con asas posteriormente añadido. Fechado por los especialistas en el siglo I, y tenido como auténtica copa hebrea al observar las medidas utilizadas en la época para ese tipo de utensilio. Hecho sobre piedra catalogada como sardius, representativa de la tribu de Judá, precisamente a la que perteneció Nuestro Señor. Al pie, además, consta una inscripción en hebreo que alude a Jesús.
Los pontífices que han visitado Valencia –san Juan Pablo II y el papa emérito Benedicto XVI– lo usaron en las Eucaristías multitudinarias que celebraron en sus visitas. Ese gesto sobre la tradición que nos ocupa –que efectivamente ése sea el santo Cáliz– y el hecho de que se haya declarado santo año jubilar en Valencia en 2015, refuerzan su autenticidad.
Se trata de un cáliz compuesto por dos copas de ónice de origen romano que doña Urraca –reina española del siglo XI– mandó enriquecer al sostener que era el santo Grial. Ella lo recibió de su padre, Fernando I el Magno, quien a su vez lo tomó de los califas musulmanes que se lo donaron.
Hay que decir que esta tesis carece de valor académico, y se reconocen ciertos errores en detrimento de su veracidad.
En pleno camino de Santiago contamos con un cáliz custodiado en el monasterio de Santa María de O’Cebreiro desde mediados del siglo XII, al que se le atribuye ser el santo Grial.
La tradición sostiene que en tal copa tuvo lugar un milagro eucarístico, consistente en la conversión de la oblea y el vino que usaría el celebrante en la Eucaristía en carne sensible y sangre, la cual manchó los corporales. Más tarde, en el siglo XV, los Reyes Católicos, en una visita al monasterio, donarían los faroles que custodiarían la reliquia, atribuyendo ese gesto mayor certeza sobre la autenticidad del santo Cáliz.
No obstante, hay quien sostiene que esa copa no es el santo Grial, ya que su asimilación se debió a una simple confusión lingüística, dado que la hospedería de O’Cebreiro estaba dedicada a san Geraldo de Aurillac, pronunciado “Guiral”, lo cual daría lugar a la confusión de tenerlo por el santo “Grial”.
Esta versión de santo Grial se refiere a la copa que fue llevada a Inglaterra tras el saqueo de Roma por parte de los visigodos. De reducidas dimensiones –a penas 6 cm– hecha de piedra semipreciosa, datada muy posiblemente de la época romana.
Fue localizada en el siglo XIII en manos de una familia británica, escondida en una cueva en Hawkstone Park, cerca del castillo de Whittington –noroeste de Inglaterra– y hallada a primeros del siglo XX, momento en que pertenecía a Victoria Palmer por herencia.
Consiste en un cuenco del siglo IV procedente de Constantinopla o Tréveris, y cuenta con una inscripción en la que puede leerse “XRISTO”, atribuida a Jesucristo.
Lo que hace pensar que pudiera resultar el verdadero santo Grial es el hecho de que formara parte de las reliquias imperiales del Sacro Imperio Romano Germánico, entre las que figuraba asimismo la lanza de Longinos, el soldado romano que atravesó el costado de Nuestro Señor una vez colgado en la Cruz instantes antes de expirar.
Como se ve, varias versiones podrían ser el auténtico santo Grial. En todo caso lo interesante es que cada una de ellas sirva para aumentar la piedad y devoción a la Eucaristía desde el lugar donde se encuentre, pues el genuino sentido de conservar una reliquia es contribuir a esa devoción o piedad popular.
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]]>La entrada Reliquias de Nuestro Señor: el mantel de la Última Cena se publicó primero en Omnes.
]]>A fecha de hoy, y desde finales del siglo XIV, se encuentra en la catedral de Santa María de la Asunción, Coria, provincia de Extremadura, España.
Dada la devoción e interés religioso que siempre ha despertado el mantel, hubo que hacer reformas en la catedral para colocar la reliquia en un lugar visible y que así los fieles pudieran contemplarlo cómodamente y colaborar de ese modo a su piedad.
Hasta principios del siglo XV no contamos con referencia documental alguna, cuando Benedicto XIII –el Papa Luna– otorgó una bula en virtud de la cual se reconocía su autenticidad y se permitía el culto cada 3 de mayo. Tal día el mantel se colgaba del balcón de la catedral para su veneración.
Era tal la devoción que despertaba la reliquia, que durante siglos hubo cantidades ingentes de procesiones para pedir al Señor el fin de plagas, sequías, inundaciones u otros desastres naturales o intenciones. El mantel era exhibido en determinadas celebraciones para veneración del público a lo largo del año litúrgico.
Ese privilegio fue suprimido a finales del siglo XVIII al considerar que se estaban produciendo ciertos abusos por parte de quienes veneraban la reliquia. De hecho, se llevaban pedazos del mantel y lo desmejoraban ostensiblemente. Se decidió retirarlo de la balconada y colocarlo en una urna, donde hoy permanece.
Tal decisión conllevó que la reliquia se olvidara, y ha sido recientemente cuando se ha decidido relanzar la devoción popular al mantel de la Última Cena.
Los estudiosos de ambas reliquias, el mantel de la Última Cena y la sábana santa de Turín –a la que nos referimos en el fascículo anterior– han adivinado una serie de coincidencias que llevan a pensar que ambas telas bien pudieran coincidir como manteles de la mesa donde tuvo lugar la santa cena de Jesús con los apóstoles.
Entre otras coincidencias cabe resaltar el hilo que conforma la trama de tela del mantel, que aparece torsionado en “Z”, lo cual coincide con la sábana santa.
Las medidas del mantel –de largo 4.32 m, de ancho 0.90 m– casi coinciden con las de la sábana santa –de largo 4.40 m, de ancho 1.10 m–.
Las bandas del mantel están adornadas con unas cintas de tintura azul que, según los investigadores, son de indigo natural, un colorante de uso común en la antigüedad introducido en Europa en el siglo XVI, dos siglos después de que fuera descubierta la reliquia de Coria. También hay quien afirma que esa reliquia es el mantel que Leonardo Da Vinci inmortalizó en su obra “La última Cena”, ya que en ambos casos consta esa decoración con bandas azules.
Sabemos que, en las grandes celebraciones –y la Pascua lo era– los judíos usaban dos manteles, uno sobre el que se colocaban los alimentos y otro para protegerlos. Nuestro Señor fue enterrado rápidamente, pues, como se concluye de la lectura del santo Evangelio, en tres horas José de Arimatea debía reclamar el cuerpo difunto a Pilatos, para obtener el permiso para enterrarlo, trasladarlo al sepulcro, amortajarlo y sellar la tumba. ¿Por qué no iba a tomar un mantel ante ese panorama tan acuciante? Mantel que, por otra parte, tendría bien a mano. El Señor murió en torno a las tres y debía ser enterrado antes de las seis del mismo día, porque en ese momento empezaba el Sabbath, día festivo para los judíos durante el dual no podía realizarse ninguna labor física.
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]]>La entrada Reliquias de Nuestro Señor: El sudario de Turín y el sudario de Oviedo se publicó primero en Omnes.
]]>Se trata de una tela de lino que muestra la imagen de un hombre que presenta marcas y traumas corporales como los que pueda haber en una crucifixión. Mide 436 cm de largo, y 113 cm de ancho.
Se custodia en Turín, en una capilla propia construida en el siglo XVII, dentro del complejo compuesto por la catedral, el palacio real y el denominado palazzo Chiablese.

Desde siempre ha habido un extenso debate acerca de sus orígenes, y de la figura que contiene el sudario. Entre científicos, teólogos, e investigadores en general. Muchos sostienen que se trata de la ropa que cubrió el cuerpo de Jesucristo al ser enterrado, y que la figura que quedó grabada en esa tela es la suya.
Resulta sobrecogedor el relato del fotógrafo Secondo Pía, quien, en 1898, al revelar las fotografías que hizo a la tela vio “aparecer el santo rostro, tan claro que retrocedió”. No sospechaba que su descubrimiento iba a impactar en la comunidad científica del modo como lo hizo. Desde entonces esa sábana sido objeto de examen sistemático, dando origen a la disciplina científica conocida como “sindonología”; en griego sábana se dice “sidon”.
Según relatan los Evangelios, antes de depositar el cuerpo de Jesús en el sepulcro fue envuelto en una sábana. Al modo como se hacía entonces, pondrían un gorro sobre su cabeza, atado a sus mejillas. Luego sería envuelto a lo largo con una sábana –“sindon”– y atado horizontalmente con dos vendas. Por último, un velo –“sudarion”– cubriría su rostro.
La ley judía sostenía que un cadáver es impuro, de modo que todo lo que lo tocase se volvía impuro. Ello cambió con la resurrección de Jesús, de ahí que sus discípulos se afanaran por conservar los objetos que habían estado en contacto con su cadáver.
Eusebio de Cesarea, siglo III, es el primero en referirse a la existencia de un lienzo con la huella de Jesús. Desde entonces hay rastro de sus diferentes destinos, custodias y vicisitudes.
A finales del siglo XVI la sábana santa se custodiará en Turín. El llamado hasta entonces Mandylion de Edesa pasará a conocerse como el sudario de Turín. Solo a principios del siglo XVIII a causa del asedio francés a la ciudad, y durante la Segunda Guerra Mundial, será traslado a un lugar distinto por motivos de seguridad.
Al morir el último de los monarcas de la casa de Saboya en 1983, la sábana santa pasaría a quedar a cargo de la Santa Sede.
Diversos estudios científicos, entre otras conclusiones, han llegado a las siguientes:
Cabe subrayar que la Iglesia Católica no se ha manifestado acerca de la autenticidad del santo sudario. Sobre todo porque constan comprobaciones científicas que datan la tela en años posteriores al siglo I, como la prueba realizada en 1988 mediante radiocarbono –carbono 14–, que la sitúa en el siglo XIV.
San Juan Pablo II se pronunció en 1998, manifestando que al no tratarse de una cuestión de fe, la Iglesia no tiene competencia específica para pronunciarse sobre esas cuestiones. Serán los científicos quienes deban seguir investigando.
En 1958 el papa Pío XII autorizó oficialmente la devoción a la denominada “santa Faz de Jesús”, la cara que consta grabada en el sudario de Turín.
A principios del siglo XVI hubo un incendio en la capilla que custodiaba la sábana santa; ésta fue dañada y, para su restauración, se usaron una serie de parches o remiendos.
En 1997 un nuevo incendio dañó la síndone. Pero fue restaurada en 2002, siendo retiradas la cubierta de la sábana y una serie de parches. Gracias a esa restauración pudo ser estudiado con precisión el reverso de la tela, que hasta entonces quedaba oculto.
La exposición al público de la sábana santa es muy reservada, por razón del cuidado que debe procurársele. Las últimas exposiciones tuvieron lugar en el año 2000 con motivo del Jubileo, en 2010 con expreso deseo del hoy Papa emérito Benedicto XVI, y en 2015 debido al bicentenario del nacimiento de Don Bosco.
Aunque hay muchas opiniones acerca de las características de la imagen del hombre grabada en la sábana santa, parece que reina acuerdo sobre algunas de ellas.
Cabe destacar que presenta los colores invertidos respecto de una imagen óptica habitual. De ahí que haya sido comparada con un negativo. Los contornos de la imagen, que solo puede observarse a cierta distancia, son imprecisos.
Hay naturalmente creyentes que consideran la imagen como un rastro de la resurrección de Jesús, y cuentan con efectos sobrenaturales –o al menos seminaturales– que debieron colaborar en el proceso de estampado de la imagen en la síndone. Es decir, creen en el milagro de tal estampación, y creen en que quien fue estampado fue el mismo Jesucristo, por el tipo de heridas y otros detalles que concuerdan con su persona.
Además de la sábana santa hay otras reliquias cristianas relacionadas con la ropa que pudiera vestir Jesucristo tras su descendimiento de la Cruz y enterramiento.
Una de ellas es el sudario –o “pañolón”– de Oviedo. En esta ciudad española se conserva un pequeño paño de lino manchado de sangre. Se venera como la prenda funeraria que, según los Evangelios –cfr. Juan 19:40 y 20:5-8– constituyó el sudario que cubría la cabeza. Los cuatro evangelistas se refieren a diversos paños que vistió Nuestro Señor con motivo de su enterramiento: la síndone o sábana, el sudario o paño de la cabeza, y las vendas. Refieren que al llegar al sepulcro la mañana de Pascua Pedro y otro discípulo se encontraron el sepulcro vacío y los lienzos plegados, y el sudario que había sido puesto en su cabeza, no plegado con los lienzos sino aparte, todavía enrollado.
Contamos con leyendas que señalan la presencia del sudario en Oviedo desde el siglo VIII, antes de lo cual debió permanecer por tiempo en Tierra Santa, dando por sentado que san Pedro sería su primer custodio.
Al igual que con la sábana santa, hay estudios acerca de la composición de la tela del sudario de Oviedo, la sangre y otros restos hallados en el mismo, que llevan a pensar que pudiera ser el de Jesucristo.
La cuestión más importante en el estudio del sudario de Oviedo es su relación con el sudario de Turín o sábana santa. En varias ocasiones se ha afirmado que ambas prendas cubrieron idéntica cabeza en dos momentos distintos pero cercanos entre sí; ello basándose en la historia, las causas de la muerte del hombre que debió vestir esas telas, y la composición sanguínea y patrones de las manchas que nos han llegado.
Sin embargo, en contra de la tesis acerca de la pertenencia de esas prendas a Jesucristo, existen cuatro dataciones que sostienen que el pañolón es de origen medieval, situado entre los siglos VI y IX.
También opuestos a esa pertenencia hay quienes defienden que, si hubiera sido conservada la mortaja del Señor, los evangelistas lo hubieran recogido en sus relatos, cosa que no hicieron. Cosa distinta es el hecho de que el evangelio de san Juan hable de un pañuelo para tapar el rostro de Jesús y una vendas o lienzos que ataban o ligaban el cuerpo, y el resto de los evangelios tan solo hablen de una mortaja como sábana. Esto último descartaría el evangelio de san Juan entre los que reconocieran la veracidad de la sábana santa.
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]]>La entrada Reliquias de Nuestro Señor: la Santa túnica de Jesús se publicó primero en Omnes.
]]>Según la costumbre del tiempo, un judío –Jesucristo lo era– vestiría tres prendas: una túnica interior –interula– más o menos larga en función de la posición económica del individuo, con mangas cortas o medias mangas; una túnica larga –tunica– sujeta por la cintura y larga hasta los pies; y finalmente una capa –toga– que se vestía para salir de casa. La túnica podía ser de lana, tejida de una sola pieza de arriba abajo.
La Iglesia Católica ha dotado a la santa túnica de un simbolismo muy particular, a partir del modo como aparece en la Sagrada Escritura. En concreto, a partir de la referencia que hace el evangelio de san Juan 19:23-24: “Cuando los soldados hubieron crucificado a Jesús, tomaron sus vestidos, e hicieron cuatro partes, una para cada soldado. Tomaron también su túnica, la cual era sin costura, de un solo tejido de arriba abajo. Entonces dijeron entre sí: no la partamos, sino echemos suertes sobre ella, a ver de quién será. Esto fue para que se cumpliese la Escritura, que dice: repartieron entre sí mis vestidos, y sobre mi ropa echaron suertes. Y así hicieron los soldados”.
Como veremos seguidamente, existen tres ejemplares que dicen ser la auténtica túnica sagrada. Ante esa incerteza –¿cuál sería la verdadera?– la Iglesia no puede más que considerarla como un símbolo.
El hecho de que, como dice el santo Evangelio, se trate de una única pieza tejida, sin costuras, ha llevado a la alegoría de la unidad como rasgo fundamental de la constitución y vitalidad de la Iglesia. En ciertas fuentes se menciona que la de Jesús pudo haber sido tejida por su Madre, santa María.
También el hecho de que la santa túnica no fuera repartida –troceada– entre los soldados, sino rifada, tradicionalmente ha invitado a considerar la confluencia en la Iglesia del elemento humano y visible de un lado, y de otro el aspecto espiritual, la continua asistencia del Espíritu Santo que la vivifica.

Hay quienes asocian la santa túnica al pudor y dignidad del hombre, en contraposición al significado del arrebato violento por parte de los soldados al desnudar a Jesús, según refiere el santo Evangelio, que representaría el degradable trato del cuerpo humano a tenor del vicio de la impureza.
Existen muchas tradiciones piadosas que veneran la santa túnica, como por ejemplo la multitud de peregrinaciones a Tréveris que han tenido lugar desde principios del siglo XVI, donde, como veremos a continuación, se conserva la más renombrada reliquia de la santa túnica. Cabe destacar que desde el siglo XX esas peregrinaciones tienen carácter ecuménico, es decir, está llamado a ellas cualquier cristiano, y no sólo los católicos.
Varias son las reliquias que dicen ser la túnica que vistió Nuestro Señor antes del inicio de su pasión o via crucis. Se encuentran en Alemania, Francia y Rusia. Cada una procede de una tradición distinta que justifica el porqué se hallan donde se hallan.
La Iglesia no se ha pronunciado acerca de la autenticidad de ninguna de ellas, aunque admite su veneración en tanto las consideremos representaciones que ayudan a vivir devotamente la fe.
Según cuenta la tradición fue la madre del emperador romano Constantino, santa Elena, quien en el siglo IV recuperó la santa túnica en una de sus peregrinaciones a Tierra Santa. Ello no obstante los relatos que nos han llegado de la estancia de la santa en Jerusalén solo se refieran al encuentro de la cruz de Cristo, y no digan nada sobre la santa túnica.
No será hasta el siglo IX cuando se escriba acerca de la existencia de la santa túnica en Tréveris, cuya obtención en efecto se atribuye a santa Elena. Pero entre ese siglo y el XIX fue llevada de un sitio para otro –Coblenza, Colonia, Augsburgo, entre otras ciudades– hasta que volvió a Tréveris, donde se halla actualmente.
Cabe destacar que el propio Lutero en el siglo XVI denigró fuertemente la autenticidad de la reliquia y su procedencia. Se preguntaba –ridiculizando a sus devotos veneradores– cómo podía ser que una prenda de Cristo se descubriese tras varios siglos desde la muerte de Cristo, y cómo habría llegado desde Palestina a Tréveris, lo que no estaba nada claro. Acusaría al emperador de falsificar la santa túnica con el objetivo de reforzar su autoridad.
En favor de la veracidad de la tradición de esta versión de santa túnica cabe señalar que los arqueólogos han descubierto en las excavaciones de la antigua catedral de Tréveris varios graffitis que atestiguan una serie de plegarias o peticiones a Jesucristo, y en un lugar separado del templo, lo que justificaría que allí estuviera la reliquia para veneración de los peregrinos.
En cuanto al estado de conservación de la reliquia, cabe destacar que esta versión de santa túnica cuenta con varias capas superpuestas a la original para su conservación. Y sobre su antigüedad, ya en el siglo XX se realizó un examen que la dató en el siglo I.
Desde mediados del siglo IX tenemos constancia de la existencia de este ejemplar de la santa túnica en la iglesia de los benedictinos de Argenteuil. También parece que estuvo en Constantinopla y Jerusalén, pero Carlomagno la trasladó a Argenteuil para su custodia definitiva.
Debido a los ataques vikingos, durante un determinado período la reliquia fue ocultada dentro de un muro de la iglesia, época durante la cual no fue exhibida al público para su veneración. A mediados del siglo XVI la abadía benedictina fue incendiada; sin embargo, la santa túnica se conservó, e ilustres personajes como el rey Enrique III, María de Medicis, o Luis XIII pudieron venerarla. En el siglo XVII el papa Inocencio X reconoció oficialmente tal veneración, momento a partir del cual la reliquia recibiría muchas más visitas.
Al finalizar la revolución francesa el monasterio benedictino de Argenteuil fue abolido, y la santa túnica fue trasladada a la iglesia parroquial. Ahora bien, ante los ataques que estaban sufriendo otras reliquias, el abad decidió trocear la santa túnica y esconder las distintas partes en sitios diversos. Dicho abad fue encarcelado, y al ser liberado recuperó prácticamente todos los pedazos de la santa túnica, y pudo recomponerla casi en su totalidad.
En el siglo XIX, a fin de protegerla, sus distintas partes fueron cosidas en una túnica de seda blanca, a modo de soporte de esos trozos recompuestos.
Se han realizado varios estudios para su datación. Las conclusiones más determinantes de su autenticidad son las relativas a su teñido, que sería del siglo I. Además, se concluyó que fue tejida en una sola pieza, y a través de un procedimiento similar al que se estilaba en Siria y Palestina en el siglo I.
A diferencia de la santa túnica de Tréveris, la de Argenteuil presenta manchas de sangre. Los análisis realizados concluyen que se asimilan a las de la sábana santa de Turín, incluso en el grupo sanguíneo, si bien la primera presentaría gotas de sangre de un cuerpo en movimiento –capa externa– mientras que la síndone de Turín –capa interna– sería la de un cuerpo estático.
Ya en el siglo XXI fueron realizadas las pruebas del carbono 14 sobre la santa túnica, y la datación a la que se llegó fue del siglo VII, pero se justificó señalando que podría deberse a una posible contaminación de la muestra tenida en cuenta.
Por último, tras habernos referido a las santas túnicas de Tréveris y Argenteuil, que, aunque no fueran auténticas, existen, contamos con un tercer ejemplar de esa reliquia, que a su vez cuenta con varias versiones.
Al poco de morir Jesucristo la reliquia llegaría a manos de Sidonia, una joven residente en la localidad georgiana de Mtskheta, en el Cáucaso, la actual Georgia.
Como sucede con las otras versiones –alemana y francesa– de santa túnica, la de Mtskheta sería troceada y repartida por San Petersburgo, Moscú, Kiev y otras ciudades rusas. Siempre por motivos de preservación ante posibles ataques a su integridad.
Cuenta la tradición que al echar suertes los romanos sobre la túnica de Jesús, un súbdito georgiano, Elioz, se encontraba en Jerusalén. Consiguió hacerse con la túnica y la llevó a su país, entregándosela a su hermana, Sidonia. Ésta, que llegaría a ser proclamada santa, al verla la agarró con tanto fervor e ímpetu que murió en el acto, siendo enterrada junto con ella. Allí crecería un cedro del Líbano, que duraría siglos y siglos, y ante el cual rezarían generaciones y generaciones. En aquel sitio se construiría la primera iglesia georgiana, y a través de la madera del cedro se obraron una serie de milagros.
Fue a partir del siglo XI cuando empezó a difundirse la fama de la reliquia. En el siglo XIV la iglesia de Mtskheta en la que se encontraba depositada la santa túnica fue destruida, si bien la reliquia se salvó al conservarse hasta su reconstrucción en la cámara de los tesoros.
En el siglo XVI tiene lugar un hecho que refleja nuevamente la existencia de esta versión de santa túnica: consta documentada la entrega al patriarca moscovita de la denominada “santa túnica de Georgia”, proveniente de la iglesia de Mtskheta. Fue entonces cuando se erigió en su honor el monasterio de la nueva Jerusalén de Istra, al que fue llevado la santa túnica.
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]]>En esos lugares relacionados con la biografía de Nuestro Señor se han ido edificando iglesias a lo largo del tiempo, para conmemorar su presencia e invitar a contemplar el paso del Hijo de Dios por esos lugares y, de algún modo, orar y agradecer tales gracias.
De entre los diversos criterios que caben de exposición de esos lugares, hemos optado por el cronológico. Es decir, nos referiremos a los lugares en los que estuvo Cristo, por orden, desde su nacimiento hasta su crucifixión, muerte y resurrección. Además, para contextualizar, nos referiremos a algún acontecimiento de la vida del Señor en cada uno de esos lugares.
La ciudad árabe de Nazaret, hoy día la más grande de Israel, se encuentra en un valle natural a 320 metros por encima del nivel del mar, a unos 25 kilómetros del Mar de Galilea.
Se trataría, en la época de Jesús, de una ciudad discreta, de bien pocas casas cueva de las de ese entorno. Actualmente tendrá unos 50 mil habitantes, musulmanes y cristianos. Estaría ya habitada en la edad de bronce, y se han descubierto varias casas-cuevas que serían viviendas con las dependencias propias de entonces. Con el tiempo, tras la muerte de Jesús, surgiría la comunidad judeo-cristiana, transformando algunas de esas casas-cueva en iglesias en las que se reunirían los primeros discípulos del Señor para el culto.
En Nazaret tuvo lugar el milagro de la Encarnación del Señor. Allí Miriam, una joven judía, tendría el honor de pasar a ser la Madre de Dios concibiendo en sus entrañas a Jesucristo por obra y gracia del Espíritu Santo. El arcángel san Gabriel se le aparecería con esa misión única, que Ella acogió en plenitud.
En esa ciudad destaca la basílica de la Anunciación, conmemorativa de la Encarnación del Señor y donde la tradición sostiene vivió la Virgen María. Esta basílica es el centro de Nazaret, y dentro de ella la gruta, en la que se permite una variación al texto de la oración del ángelus: se significa que ahí mismo anunció el ángel del Señor a María su embajada con el Angelus Domini nuntiavit hic Mariae. Esa inclusión del “hic”, que consta grabada en el frontal del altar de la basílica, significa que ahí mismo tuvo lugar ese misterioso acto de amor de Dios con la humanidad encarnándose en su seno inmaculado.
En Nazaret vivirá Jesús su infancia junto a José y María. Trabajaría en el taller de su padre, ya que se le conocía como “el hijo del carpintero” (cfr. Mt. 13:55).
Además de la gran basílica de la Anunciación contamos también con la iglesia de San José, donde el santo tendría su taller; y la iglesia Sinagoga, donde el Señor predicaría, dentro de la sinagoga o templo judío de la época.
La casa de Nazaret donde, según la tradición, tuvo lugar la Anunciación y luego vivirían Jesús, María y José, se encuentra en Loreto. Durante las Cruzadas, ante el avance de los musulmanes, los cristianos pensaron que el mejor modo de proteger la “santa casa” sería trasladarla de lugar. La familia Angeli a finales del siglo XIII se encargaría del traslado, en primer lugar a la actual Croacia, luego a Ancona y finalmente a Loreto, donde se halla en la actualidad. Científicamente parece descartado que la casa fuera trasladada por hombres, y las pruebas realizadas sobre la misma confirman que se trata de una edificación del siglo I. Así, la tradición sostiene que fue traslada por ángeles, y de ahí que la Virgen de Loreto sea la patrona de los aviadores.
Es una antigua población del distrito de Jerusalén, donde según la tradición cristiana se produjo la visitación de María –ya en estado y a la espera de la llegada de Jesús– a su prima santa Isabel, embarazada de Juan el Bautista.
Así, refiriéndonos a ese episodio de la vida de Jesús, situamos al Señor allí porque estuvo su Madre aguardando su nacimiento en su seno.
Ciudad palestina situada en la región de Cisjordania, en los montes de Judea. Es el lugar atribuido al Nacimiento de Jesús. Además, es el lugar atribuido al nacimiento y coronación del rey David.
Actualmente se halla rodeada por murallas instaladas por el gobierno de Israel, y varios pasos de control, como medida de seguridad frente al pueblo palestino.
A Belén llegaron los Reyes Magos para adorar al Niño Jesús recién nacido. Desde Belén huiría san José con María y el Niño a Egipto, habida cuenta la orden decretada por Herodes de matar a los niños de menos de dos años, tras sentirse engañado por los Reyes Magos tras interpelarles acerca de su presencia en sus dominios y la respuesta recibida.
Ciudad situada a 10 km al sur de Tiro –actual Líbano– y a doce de la frontera norte de Israel.
Famosa por ser el lugar donde Jesús realizó el primer milagro: la transformación de agua en vino durante la celebración de una boda. Muchas parejas cristianas acuden a esa ciudad para renovar su matrimonio.
Este río nace en las estribaciones septentrionales del monte Hermón, atraviesa el sureste del Líbano hacia el sur, entra en Israel y desemboca en la costa norte del mar de Galilea.
En él san Juan Bautista bautizó a Jesús justo antes de comenzar éste su ministerio público.
Es un lago de 21 km de longitud norte-sur y 12 km este-oeste, a una altura de 212 m bajo el nivel del mar, lo que le convierte en el lago de agua dulce más bajo del mundo.
Es importante para los cristianos ya que Jesús desarrolló buena parte de su actividad pública en torno a él, fijando su residencia en la ciudad de Cafarnaúm, al norte del lago.
Allí escogió a sus primeros discípulos, en su mayor parte pescadores. Además, en él realizó Jesús muchos milagros, como la calma de la tempestad o el caminar sobre el agua.
Cafarnaúm es un poblado pesquero ubicado en la antigua Galilea, Israel, a orillas del mar de Galilea.
Muy cerca de Cafarnaúm se halla el monte donde Jesús pronunció el discurso referido a las Bienaventuranzas o síntesis de la moralidad del mensaje de Cristo.
Se trata de una aldea situada en la falda oriental del Monte de los Olivos, en el camino de Jerusalén a Jericó, actualmente denominada Al Azariyeh.
En Betania vivían los hermanos Lázaro, Marta y María, amigos de Jesús, a quienes visitó en varias ocasiones. Desconocemos cómo se originó esa amistad, pero sí sabemos que les unía una sincera y gran amistad, por los varios detalles de cercanía que muestran los santos Evangelios. Esos tres hermanos hospedarían en repetidas ocasiones al Señor en su hogar.
En esa ciudad tendría lugar precisamente el gran milagro de la resurrección de ese amigo suyo, Lázaro. Fue tal la devoción que tuvieron en la época a ese santo lugar que se construyó un santuario junto a la tumba de Lázaro. En él se representan diversas escenas de esos encuentros de Jesús con esa familia amiga.
En Betania también vivía Simón el leproso, en cuyo hogar una mujer –María hermana de Lázaro, ya comentada, u otra María, la de Magdala– ungió a Jesús con perfume sobre su cabeza como muestra de veneración.
La ciudad santa de Jerusalén se sitúa en Oriento Próximo, en los montes de Judea, entre el mar Mediterráneo y la ribera norte del mar Muerto. Ciudad afligida desde antiguo por continuas diputas sobre su soberanía y capitalidad, a fecha de hoy es la capital del Estado de Israel, si bien el Estado de Palestina reivindica la parte oriental como su propia capital. En 1980, como consecuencia de una resolución del consejo de seguridad de la ONU y en respuesta al intento de anexión a sus dominios por parte de Israel de esa zona oriental, varios países resolvieron trasladar sus embajadas de Jerusalén a la ciudad de Tel Aviv, que administrativa y políticamente vendría a ser la capital de Israel.
Jerusalén tiene un profundo significado religioso, y las tres grandes religiones monoteístas –Judaísmo, Cristianismo e Islam– la tienen por ciudad sagrada. Para el Judaísmo es allí donde el rey David estableció la capital del reino de Israel, donde se asentó el Arca de la Alianza y se construyó el templo hacia donde deben dirigirse las plegarias. Para los cristianos es allí donde fundamentalmente predicó Jesús, fue crucificado y resucitó. Para el Islam es la tercera ciudad sagrada, desde ella el profeta Mahoma subió al cielo, y allí dirigían su mirada al inicio los musulmanes al orar, antes de pasar a hacerlo a La Meca, en Arabia Saudita.
En la ciudad de Jerusalén hay multitud de iglesias, que conmemoran algún acontecimiento ligado a la vida del Señor. Para los cristianos destacan, entre otras, las siguientes:
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]]>Como recoge la carta apostólica Patris Corde, “También a través de la angustia de José pasa la voluntad de Dios, su historia, su proyecto. Así, José nos enseña que tener fe en Dios incluye además creer que Él puede actuar incluso a través de nuestros miedos, de nuestras fragilidades, de nuestra debilidad”.
Esas angustias o dolores, sin embargo, vendrían recompensados con alegrías o gozos, porque el amor de Dios siempre premia, reconoce la actitud del alma que, en ejercicio de la fe recibida, se abandona y confía en Él.
Pasamos así a comentar los dolores y gozos del santo patriarca, muestra efectiva de la fe que le acompañó en su vida aquí en la tierra.
Primer dolor (Mt 1, 18): Estando desposada su madre María con José, antes de vivir juntos se halló que había concebido en su seno por obra del Espíritu Santo. // Primer gozo (Mt 1, 20-21): El ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: José, hijo de David, no temas recibir a María, tu esposa, pues lo concebido en ella es del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús.
Antes de vivir juntos sucedió que María quedó en estado. Eso provocó el dolor de un hombre que, gracias a su fe en la voluntad y buenhacer de Dios, aunque angustiado, se abandonó en la voluntad de Aquél que diseñó la venida al mundo de Jesús de esa manera. Un modo misterioso y humanamente inexplicable a los ojos del esposo legal de la Virgen Santísima, san José.
Segundo dolor (Jn 1, 11): Vino a los suyos, y los suyos no le recibieron. // Segundo gozo (Lc 2, 16): Fueron deprisa y encontraron a María, a José y al niño reclinado en el pesebre.
A José –y por supuesto también a María– le dolería el rechazo que experimentó Jesús, pues muchos de sus contemporáneos no aceptarían su mensaje de salvación, le ignorarían. Aún así confiaría en que ese hijo suyo era, ni más ni menos, el Salvador prometido por el Señor. Fueron inmensos el gozo y la serenidad que le produjeron verle ya nacido, disponiéndose así ese Niño a cumplir su misión redentora.
Tercer dolor (Lc 2, 21): Cuando se cumplieron los ocho días para circuncidarle, le pusieron por nombre Jesús, como lo había llamado el ángel antes de que fuera concebido en el seno materno. // Tercer gozo (Mt 1, 21): Dará a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados.
Ese rito judío, el de la circuncisión, al que quiso someterse el Niño –no le hacía falta a todo un Dios someterse a esa ley humana– supondría para sus padres el dolor de quienes aman y ven sufrir al ser amado. Pero la fe en la voluntad de Dios superó esa angustia a través de su confiada aceptación.
Cuarto dolor (Lc 2, 34-35): Simeón los bendijo, y dijo a María, su madre: mira, éste ha sido puesto como signo de contradicción para que se descubran los pensamientos de muchos corazones. // Cuarto gozo (Lc 2, 30-31): Porque han visto mis ojos tu salvación, la que preparaste ante todos los pueblos; luz para iluminar a las naciones.
A José le angustiaría el hecho de que su esposa sufriera porque Jesús predicara un mensaje rechazado por tantos. Aunque su fe le llevaría a apoyar a María y estar siempre a su lado, porque sabía que eso era lo que Dios le pedía.
Quinto dolor (Mt 2, 13): El ángel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo: Levántate, toma al niño y a su madre, y huye a Egipto, y estate allí hasta que yo te avise, porque Herodes va a buscar al niño para matarlo. // Quinto gozo (Mt 2, 15): Y estuvo allí hasta la muerte de Herodes, para que se cumpliera lo que dice el Señor por el profeta: «De Egipto llamé a mi hijo».
Tanto el hecho de pensar que la autoridad quería matar a su hijo, como el que tuvieran que huir a tierras desconocidas para evitarlo, supondría para san José un dolor intenso difícil de imaginar. Pero de nuevo, gracias a esa fe que sacaba a relucir ante cualquier contrariedad, sabría cómo afrontar tal sufrimiento. Y todo porque supo identificarse con la voluntad de Dios.
Sexto dolor (Mt 2, 21-22): Él se levantó, tomó al niño y a su madre y regresó a la tierra de Israel. Pero al oír que Arquelao reinaba en Judea en lugar de su padre Herodes, temió ir allá. // Sexto gozo (Mt 2, 23): Y fue a vivir a una ciudad llamada Nazaret, para que se cumpliera lo dicho por los profetas: será llamado Nazareno.
Nuevamente el dolor de saberse perseguido. Mejor dicho, por el hecho de tener que velar por quien –Jesús– era injustamente perseguido. Y ante esa situación angustiosa nos encontramos a un san José a la escucha continua de lo que quisiera Dios para él. Y quiso que se asentaran en Nazaret, volviendo a esa tierra suya, para desarrollar allí su vida como una familia más entre tantas.
Séptimo dolor (Lc 2, 44-45): Le estuvieron buscando entre los parientes y conocidos, y al no hallarle, volvieron a Jerusalén en su busca. // Séptimo gozo (Lc 2, 46): Al cabo de tres días lo hallaron en el Templo, sentado en medio de los doctores, escuchándoles y haciéndoles preguntas.
Perder a Jesús, aún menor de edad y sin recursos –humanos– para desenvolverse en solitario, supondría un dolor muy agudo para sus padres. Y san José, con un corazón muy sensible por lo mucho que querría a su hijo, estaría sumido en un dolor que no cesaría hasta que encontrase al Niño en el templo.
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]]>Todo ser humano deja tras de sí un legado de su existencia, por lo que fue, por lo que hizo, por lo que usó –las denominadas “reliquias por contacto”–. Eso también le ocurrió al Hijo de Dios, que fue verdadero hombre: se desenvolvió como uno más entre nosotros durante varios años aquí en la Tierra, y nos dejó ese legado al que nos referimos.
Hay evidencia que confirma la existencia histórica de Jesús de Nazaret. Cosa distinta son esos objetos de los que hizo uso y que han podido llegar hasta nuestros días, cuya autenticidad en la gran mayoría de los casos no puede certificarse sino por la tradición que acompaña a la piedad.
Ciertamente los Apóstoles y primeros discípulos reconocieron a Jesús como redentor, enviado por el Padre, y cabe pensar que lo que usó lo tratarían con gran devoción y reverencia. Las primeras comunidades cristianas procurarían guardar un buen recuerdo del Maestro, tanto por lo que hizo y dijo como por lo que usó. Exactamente eso que nos sucede con nuestros antecesores, pero en este caso se trata del mismo Dios encarnado.
Los objetos usados por Cristo resultarían de gran valor didáctico, al reforzar con gran eficacia las enseñanzas de su doctrina que fue transmitiéndose de generación en generación. Dicho de otro modo: la narración de los hechos y enseñanzas del Redentor cobrarían vida.
Pero el hecho de contar con reliquias de nuestro Redentor va mucho más allá de ese valor didáctico. Nos referimos a la piedad, a la que las reliquias ayudan enormemente.
La religiosidad popular cuenta con varias fuentes de inspiración para encontrarse a sí misma. Una de ellas, y de no poca relevancia, son las reliquias de los santos y, de modo particular, las reliquias de Nuestro Señor Jesucristo.
El Catecismo de la Iglesia Católica dedica su punto 1674 a la religiosidad popular, y señala que “El sentido religioso del pueblo cristiano ha encontrado, en todo tiempo, su expresión en formas variadas de piedad en torno a la vida sacramental de la Iglesia: tales como la veneración de las reliquias (…)”, citando como fuentes el concilio de Nicea II y el de Trento.
Ciertamente cualquiera puede inspirarse en una reliquia para llegar a Dios. En el caso de las reliquias de Jesús se trata del mismo Dios, y por ello adquieren una relevancia muy particular.
Resulta muy gráfico, y nos ayuda a comprender el valor de lo que usó Jesús, el pasaje de la mujer aquejada de una grave enfermedad pero que pensó que con tocar la ropa del Mesías quedaría curada. Cuenta el evangelista que Jesús la curó, premió su fe demostrada por el hecho de que pensara que tocando la ropa del mismo Dios hecho hombre quedaría curada.
Este suceso evangélico y otros similares, así como la consideración de la grandeza del hecho de que Dios se hiciera uno de nosotros, llevaría a tener por santos esos objetos usados por Jesús, a darles un carácter de “mediadores” entre la santidad divina y las necesidades de las almas en este mundo.
Son los restos de los santos –y de Nuestro Señor Jesucristo– después de su muerte. En un sentido más amplio, constituyen el cuerpo entero o cada una de las partes en que se haya dividido. Las reliquias también comprenden los ropajes y objetos que pudieran haber pertenecido a Jesús o al santo, o haber estado en contacto con ellos, considerados dignos de veneración.
Desde principios del cristianismo encontramos muestras de veneración a las reliquias: los objetos relacionados con la vida de nuestro Salvador y de los que habrían muerto por la fe como consecuencia de las persecuciones comenzaron a conservarse y a tenerse en gran estima.
De otro lado, el culto a las reliquias ha sido siempre un fenómeno de gran importancia social, económica y cultural. Por el atractivo que han suscitado durante tantas y tantas generaciones. Los lugares donde se han conservado reliquias han adquirido una especial relevancia para el turismo religioso y la piedad popular.
Las iglesias con reliquias de la Vera Cruz –la cruz en la que murió Jesús– adquirieron renombre con el paso del tiempo. Los peregrinos acudían a esos templos para rezar ante las reliquias y lucrar indulgencias para sus almas. En un principio acudían a Tierra Santa, pero posteriormente, al irse dispersando las reliquias por el mundo entero, surgió toda una red de caminos de peregrinación. Dicho sea de paso, gracias a esas peregrinaciones Europa iría convirtiéndose en una comunidad de creyentes.
Desde los inicios del cristianismo el cuerpo ha sido venerado, tanto por el hecho de proceder a su enterramiento, con esa componente de respeto hacia lo creado por Dios para albergar el alma, como por el hecho de contar la historia con casos de cuerpos milagrosamente incorruptos de ciertos santos que han llevado a venerarlos como algo sagrado.
En el caso de Nuestro Señor podemos referirnos a su santa sangre, que, según veremos en otro artículo, se conserva como reliquia y suscita gran interés y devoción.
Igualmente, como decíamos, aquello que usaron quienes serían proclamados santos, y por supuesto lo que usó Nuestro Señor, despertaría la admiración y piedad en los creyentes.
Durante el período de persecuciones en el nacimiento de la Iglesia, el culto a las reliquias estaba totalmente arraigado. Muchos hacían lo imposible por conseguir una reliquia. Se llegaban a pagar ingentes cantidades de dinero por el cuerpo de un mártir o por sus utensilios.
Y, como tantas veces sucede en la historia de la humanidad, surgieron disputas e incluso altercados entre ciudades con motivo de la detentación de reliquias.
Poco a poco fue ligándose la reliquia al sacrificio eucarístico, hasta el punto de que en los primeros tiempos del cristianismo se celebraba la santa Misa sobre los restos de los mártires santos que habían derramado su sangre por el Reino de los cielos. De hecho, las primeras basílicas construidas después de las primeras persecuciones fueron erigidas encima de las criptas donde yacían los cuerpos de los mártires. Más tarde, algunos de estos cuerpos fueron trasladados a las ciudades para depositarlos en templos construidos ad hoc para ello.
Se llegaron a depositar los cuerpos de los santos a modo de reliquia en las puertas de las iglesias: los fieles los besaban antes de entrar. Otro lugar donde se conservaban era en oratorios privados y a veces incluso en casas particulares.
Hubo un momento en que comenzó la práctica de fragmentar los cuerpos de los santos y cuanto usaron para repartirlo entre las diversas comunidades cristianas. Muchos sostenían que, por pequeño que fuera el fragmento, mantenía su virtud y sus facultades milagrosas. En el caso de Nuestro Señor, como veremos, también sucedería con la cruz sobre la que murió, con su sangre y demás reliquias.
La Vera Cruz (“verdadera cruz”) es aquella en la que, según la tradición, fue crucificado Jesucristo.
En el siglo IV el emperador Constantito envió desde Roma a Jerusalén a su madre, la emperatriz Helena de Constantinopla –santa Helena– a demoler el templo de Venus que se encontraba en el monte calvario, e hizo excavar allí hasta que se halló la que creyeron ser la Vera Cruz. Consta documentado por historiadores de los siglos IV y V.
Cuenta la tradición que la santa sometió a interrogatorio a los judíos más sabios del país para verificar la autenticidad de la cruz de Jesús, tras lo que fue examinado el terreno del Gólgota, donde fue crucificado Nuestro Señor. Jerusalén fue totalmente destruida en el año 70 d.C. por Tito, templo incluido, y por ello se pensó que la Santa Cruz podría encontrarse bajo tierra.
Fueron halladas tres cruces: la de Jesús y la de los dos ladrones. Como era imposible saber cuál de las tres cruces era la de Jesús, la leyenda cuenta que Helena hizo traer un hombre enfermo, el cual al entrar en contacto con la cruz de Gestas empeoró en su salud, y al ser tocado con la cruz de Dimas quedó como había estado al principio; pero cuando fue tocado por la de Jesús, se restableció por completo. El día de la Invención de la Santa Cruz se celebra tal hallazgo, el 3 de mayo.
Aunque hay quien sostiene que lo relevante para identificar la cruz de Jesús sería el título (“titulus”) del crimen del ajusticiado que se colocaba sobre su cabeza, una vez crucificado. En el caso de Nuestro Señor, “Jesús Nazareno, rey de los judíos”, según refiere San Juan en su Evangelio.
La santa dividió la Santa Cruz, y la mitad se la llevó consigo de regreso a Roma.
Hoy contamos con la Basílica del Santo Sepulcro, mandada construir por la emperatriz en el lugar del hallazgo de la cruz, y allí fue custodiada la reliquia. Años más tarde, en el siglo VII, con motivo de la conquista persa de Jerusalén, la Vera Cruz fue ultrajada y deslocalizada. Pero al poco fue recuperada y regresó a Jerusalén, y cuenta la leyenda que en la procesión de entrada en la ciudad el emperador quiso cargar la cruz, y al no poder tuvo que despojarse de las galas que vestía; entonces, como Cristo sin más adorno que su ser, sí pudo cargarla e introducirla en Jerusalén. Por eso se celebra la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz.
Pero por varias veces más, como es sabido, Jerusalén fue ocupada y saqueada, y también las reliquias de la Vera Cruz sufrieron tal ocupación y saqueo. A las puertas del siglo XII, reconquistada Jerusalén por los cruzados y edificada de nuevo la iglesia del Santo Sepulcro, la ciudad santa volvió a contar con las santas reliquias.
En definitiva, las partes de la Vera Cruz que se conservaban en Roma sufrieron varios avatares, como el título, que fue escondido en diversos lugares del templo, incluso en el muro, descubierto en otras muchas, y emparedado nuevamente. A fecha de hoy solo se conserva la mitad derecha del “titulus”, en la iglesia de la Santa Cruz.
Contamos con varios testimonios directos acerca de encuentros con la Vera Cruz, como el de la visita de Egeria la española en 383 d.C. al Santo Sepulcro. O el de Sócrates Escolástico en el siglo V, que describió la reliquia como “una tabla con diferentes símbolos escritos por Pilato, diciendo que Cristo, Rey de los judíos, ha sido crucificado”. También Somozeno de Gaza conoció a algunos de los trabajadores que descubrieron las cruces en el Gógota, y testimonia acerca del títulus escrito en hebreo, latín y griego.
De todos modos, esos datos no parecen conclusivos para determinar la autenticidad de la reliquia. Hay una prueba que no ha podido realizarse por la pequeñez de las muestras de la reliquia: el análisis dentrológico de la madera.
Sin embargo, sí pudo realizarse la prueba paleográfica a fin de examinar la escritura y determinar el tiempo y lugar del escrito con base en la caligrafía. En cuanto al “titulus” coincide con la praxis de la época el hecho de que se abrevie el nombre de Jesús en los tres idiomas en que consta: hebreo, griego y latín. En cuanto al modo de escribir, judío, coincide con el uso del siglo I d.C. de las letras inclinadas con largas colas. Paleógrafos especialistas judíos concluyen que las letras del “titulus” son típicas del siglo I.
También contamos con estudios que aseguran que el “titulus” con el que contamos no pudo ser una copia o falsificación, tanto porque el nombre de Jesús consta abreviado, al uso de la época, como por el orden en que constan las lenguas que comprende: hebrero, griego y latín –si se hubiera falsificado cabe imaginar que constaría según el orden del Evangelio de san Juan, hebreo, latín y griego–.
Consta documentada la dispersión de las reliquias por diversas iglesias de diversos países, a partir de la división que hizo santa Helena de lo hallado de la Vera Cruz. Cada parroquia quería contar con un testimonio del padecimiento de Cristo en la Cruz.
Padres de la Iglesia, como san Gregorio de Nisa o san Juan Crisóstomo, escribieron que algunos cristianos llevaban al cuello, en relicarios de oro, fragmentos de la Cruz.
Contamos con fragmentos de la Vera Cruz en muchas iglesias en todo el mundo, sin perjuicio de la falta de verificación de su autenticidad en muchos de esos casos, por desconocer si se corresponden con la hallada por santa Helena o en todo caso con aquella en la que murió Jesucristo.
Las reliquias se solían dividir, por muy diversos motivos, considerando siempre que cada fragmento conservaba las virtudes de la reliquia original. A título de ejemplo baste citar la documentada partición del patriarca Sofronio I en el 638 de la reliquia en 19 partes, dispersándolas por varias ciudades para evitar que los musulmanes la destruyeran.
O la toma de Constantinopla, capital bizantina, a principios del siglo XIII, por parte de las cruzadas, que, requisando docenas de reliquias, fueron llevadas a varias ciudades europeas. Entre esas ciudades destacó Venecia, a donde fueron varias muestras de nuestra reliquia –de hecho, a fecha de hoy, la basílica de San Marcos alberga una de las mayores piezas de la Vera Cruz–. O la dispersión de pequeñas astillas de la reliquia con motivo de las entregas que durante siglos hicieron varios Pontífices a diversas personas y comunidades.
Históricamente ha habido muchas falsificaciones y reproducciones de las reliquias de Vera Cruz, hasta el punto de que la Iglesia impuso estrictas reglas para determinar su autenticidad y evitar en lo posible su tráfico y falsificación. El Concilio IV de Letrán en 1215 prohibió el traslado de las reliquias, disponiendo la prohibición de comprarlas o venderlas bajo pena de excomunión.
De otro lado, se ha especulado acerca del volumen de la cruz de Cristo que pudo conservarse, y contamos con el estudio de 1870 de Charles Rohault de Fleury, quien llegó a la conclusión de que la suma de todas las reliquias existentes alcanzan a un tercio de una cruz de tres metros de altura.
En cuanto a la veracidad de las reliquias de la Vera Cruz se ha llegado a la conclusión que al menos las procedentes de Roma, Constantinopla o Jerusalén son genuinas.
Otros fragmentos igualmente considerados auténticos por muchos se encuentran en el monasterio de Santo Toribio de Liébana en Cantabria –en el siglo V Toribio, a cuyo cargo tenía encomendada la custodia de la Vera Cruz, nombrado obispo de Astorga volvió de Jerusalén a España, llevándose parte de la reliquia–; y en Caravaca de la Cruz, España.
Según un análisis realizado en 1958, el trozo de leño conservado en el monasterio de Santo Toribio de Liébana corresponde a la especie Cupressus sempervirens, y no se excluyó la posibilidad de que dicha madera pueda alcanzar una edad superior al periodo de tiempo correspondiente a la era común. El mismo estudio especificó que Palestina se sitúa dentro del área geográfica de Cupressus sempervirens.
En Caspe, Zaragoza –España–, existe otro fragmento de la Vera Cruz, de los mayores del mundo, además de los de París y Santo Toribio de Liébana.
En Santa Cruz de Tenerife –Canarias, España–, en la iglesia Matriz de la Concepción se conserva la cruz fundacional de la capital canaria, considerada una reliquia de la Vera Cruz en sí. Se guarda en una urna de cristal con forma de cruz. Dicha cruz posee el patronazgo de la ciudad compartido con Santiago el Mayor. La Santa Cruz es también patrona de la localidad del Puerto de La Cruz, situada también en Tenerife.
Una de las reliquias más grandes de la cruz de Cristo se encuentra en la Abadía de Heiligenkreuz –Austria–.
También es muy relevante una imagen de Jesucristo crucificado, denominado «Santo Cristo de la Veracruz», obra del jienense Juan Martínez Montañés de principios del siglo XVII, que se encuentra en la iglesia de San Francisco en Popayán. Parece que en el interior de la cruz de esta imagen se encuentra una astilla de la Vera Cruz, adquirida por el conquistador Sebastián de Belalcázar en España.
En todos estos otros países contamos con reliquias de la Vera Cruz –pequeñas astillas históricamente conservadas–:
El Viernes Santo, en memoria de la Pasión de Nuestro Señor, se venera la Vera Cruz en la Iglesia Católica, parte de la Ortodoxa y la Anglicana.
También como muestra de especial aprecio y veneración al venerar la Vera Cruz se hace genuflexión –como ante el Santísimo Sacramento–, y también se suele besar.
Además, en caso de procesión con reliquias de la Vera Cruz, éstas son llevadas bajo palio, como se hace con el Santísimo Sacramento.
De otro lado, en algunas celebraciones litúrgicas se hace uso de las reliquias y, si la iglesia en cuestión dispone de relicario para la Vera Cruz, se usa para la bendición del os fieles asistentes.
Es llamativo cómo los cristianos trataron desde un principio los fragmentos de la Vera Cruz, con cuánta reverencia, y cómo hicieron costosos relicarios que han llegado hasta nuestros días. Auténticas obras de orfebrería.
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]]>La entrada Año de San José: buen trabajador se publicó primero en Omnes.
]]>Buen trabajador sobre todo porque, como un ciudadano más entre los suyos, a quien elegiría Dios para confiarle a María y el Niño, procuraría emplearse para sostenerse económicamente, y, desde que le fuera encomendada la Sagrada Familia, también para sostenerla a ella.
Podemos pensar, por qué no, que tanto la Virgen como Nuestro Señor ayudarían a José en su labor profesional, a modo de “empresa familiar”. Pero nuestro propósito en esta ocasión es centrarnos en el santo Patriarca como trabajador, y no tanto en ese aporte de su esposa e hijo.
El santo patriarca, desde su taller, trabajaría honestamente y sin olvidar la necesidad de lograr el sustento de su familia. Resaltaría la dignidad de aquello que hacía, y lo realizaría con la máxima perfección, porque querría así dar gloria a Dios.
Desde que recibiera el encargo de sus clientes –un nuevo mueble, una reparación, un apaño…– se esmeraría por tratarles exquisitamente. Tomaría buena nota de lo que tendría que hacer, preguntando lo que necesitara con tal de completar perfectamente el encargo. Se comprometería a entregar el trabajo en una fecha determinada, la acordada. Una vez finalizado, lo entregaría con la alegría de quien ha trabajado bien, con afán de servicio y para contentar a sus clientes.
Ese trabajo bien hecho, y por tanto justamente retribuido, representaría para él –y para su familia y entorno– una auténtica satisfacción. Bien hecho porque sabría empezarlo bien y acabarlo con igual excelencia: las primeras y últimas piedras eran lo suyo.
De otro lado, san José conciliaría su condición de trabajador con la de esposo y padre. No podemos imaginar que, con motivo de su dedicación profesional, desatendiera a la Virgen y al Niño, pues atenderles era la principal misión de su vida.
Todos estos componentes harían que el trabajo de san José, en sí mismo, fuera objeto de santificación. El mismo trabajo sería algo santo. No sería, así, una pena, maldición o castigo, como quizá tantos lo entiendan, sino algo honroso y digno de santificación.
De otro lado, esa actitud descrita, haría que él mismo lograra acercarse a Dios –al amor de Dios– a través de su trabajo profesional. Es decir, que esa labor, en definitiva, sería oración, y un modo cierto de encontrarse con Dios, de tratarle.
No es que durante su jornada laboral se dedicara a recitar oraciones, sino que el mismo trabajo, como decíamos, era su oración. O sea que oraba, sin mayor complejidad, trabajando “en presencia” de Dios. Por tanto, compartiendo con Él aquello que hacía; y no solo compartiéndolo, sino ofreciéndoselo.
En definitiva, su vida, a través de su condición de trabajador, cobraba un sentido: el sentido de comportarse como hijo de Dios también durante el desarrollo de su profesión.
A fin de cuentas, consideraría el trabajo que tenía entre manos algo querido por Dios para él, parte integrante, por tanto, de su vocación o misión en la tierra.
Al respecto, san Josemaría Escrivá de Balaguer, en su homilía En el taller de José, recuerda que la vocación humana, y por tanto el trabajo profesional, es parte, y parte importante, de la vocación divina: “Esta es la razón por la cual os tenéis que santificar, contribuyendo al mismo tiempo a la santificación de los demás, de vuestros iguales, precisamente santificando vuestro trabajo y vuestro ambiente: esa es la profesión u oficio que lleva vuestros días (…)”.
El trabajo, a los ojos de la Fe, representa participar en la obra redentora de Dios, colaborar en la venida del Reino, poniendo las cualidades del trabajador al servicio de los demás por Dios.
San José sería plenamente consciente de ello, y la dignidad de contar con una ocupación remunerada para él y su familia supondría el motor de su desarrollo profesional. Pero no se quedaría en eso, sino que trascendería a su alrededor, con esa conciencia clara, según decíamos, de colaborar a través de su profesión a la obra redentora iniciada por su hijo y de la que ya él de algún modo se sentía “corresponsable”.
Daría gracias a Dios por contar con ese medio para acercarle a quienes tratara con motivo de su profesión. Porque vería en su trabajo una ocasión de entrega a los demás, para conducirles al amor divino, enseñándoles que el trabajo no sólo procura el sustento para poder mantenerse, sino que también representa una ocasión única de encuentro con Dios, quien derrocha sus gracias en el alma con ocasión del trabajo profesional.
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]]>Obviamente san José fue conocedor de que Dios asumía la naturaleza humana, eligiendo a su esposa como madre, la cual fue siempre virgen: antes, durante y después del parto.
Lejos de guardar distancias ante ese Niño engendrado por obra del Espíritu Santo, lo acogería como un buen padre, y le procuraría todo su cariño y enseñanzas. Tuvo la valentía, el coraje, de asumir su rol de padre –legal– de Jesús, una vez el ángel le reveló en sueños (Mt 1, 21) la procedencia divina del Niño y su misión salvadora.
Así pues, la paternidad de José tuvo su singularidad, pues tanto él como Jesús y María, sabían que se trataba del hijo de Dios. Pero ello no impidió que fuera auténtica paternidad –muy humana– y que para ser padre aprendiera “el oficio” –y beneficio– de serlo.
Jesús era reconocido por sus contemporáneos como el hijo de José, o del carpintero. Y no de cualquier otro modo. Así lo reflejan los santos Evangelios. Es decir, que lo relevante para los amigos y vecinos de la Sagrada Familia era esa relación paterno-filial, precisamente, como característica más evidente de ese Niño divino, hijo de sus conciudadanos Myriam y José.
¿Con qué amor amaría José a Jesús, sino con un amor pleno, como verdadero padre que se sabía de su hijo?
Podemos entonces imaginar el dolor que supondría para José escuchar del ángel en sueños (Mt 2, 13) que Herodes buscaba al Niño, su hijo, para matarlo. Y, asimismo, el gozo que le produciría haberle salvado de ese asesinato refugiándose en Egipto hasta la muerte de aquel mandatario. O la desconsoladora búsqueda del Niño perdido (Lc 2, 44-45) hasta que lo hallaron, él y María, en el templo enseñando a los doctores de la ley.
En todo caso, también como buen marido de María, iría con Ella contrastando todo lo que percibía de Dios y cuánto le afligiera. Una esposa como ninguna, en quien se apoyaría aquél que le fue confiado, a quien amaría incondicionalmente y de quien percibiría ese amor total. Una esposa en la que confiar, con la que caminar, para educar y amar ambos, bien unidos, al Hijo de Dios.
El amor que derrocharía José con su hijo estaría inspirado en las varias referencias a la ternura en la Sagrada Escritura (Sal 103, 13; Sal 145, 9) como pone de manifiesto el Santo Padre en la Patris Corde. La ternura propia de un padre, ésa es la que derrocharía José con Jesús. A la vez estaría, como se dice, “a las duras y a las maduras”, pues educar es gozoso y costoso al mismo tiempo, y ese gozo y coste no le serían ahorrados al santo patriarca.
La Sagrada Escritura (Lc 2, 52) destaca que Jesús crecía en estatura y sabiduría ante Dios y ante los hombres. Ello habría que agradecérselo a san José, quien ejerció responsablemente y a conciencia su paternidad, y enseñó al Niño todo cuanto estaba de su mano para formar ese Hombre que llevaría a cabo la misión del Hijo unigénito de Dios. Le introduciría en la experiencia de la vida; le formaría, a fin de cuentas, en libertad y responsabilidad.
La “poquedad” que sentiría un sencillo carpintero o artesano ante la grandeza de la obra que Dios le confiaba –ser el padre legal de su Hijo, o sea ser el padre de Dios– haría que se confiase totalmente al Creador, quien había dispuesto que así fuera.
Sólo abandonado en las manos de Dios podría llevar a cabo su misión. De ahí esa actitud suya de acogida generosa de la voluntad divina para cumplir el plan dispuesto; de ahí que en sueños escuchara atento lo que se le decía para poder desempeñarlo con la mayor fidelidad posible.
Un hombre humilde, casi ni mencionado en el Nuevo Testamento: en los pasajes de la Natividad del Señor y en la secuencia referida al momento en que Jesús se perdió y fue hallado por su padres en el templo predicando. Además, tampoco dejó rastro de su porvenir, pues no sabemos cuándo ni cómo murió.
No era rico, era uno más entre los suyos; sin duda con una personalidad fuerte y decidida para hacer lo que hizo, nada temoroso o asustado ante la vida, resolutivo ante las tareas que el Señor le iba encomendando.
Fiel y dedicado a su misión, no discutiría jamás la voluntad de Dios, que en ocasiones le llegó a través de los ángeles: obedeció. Y ello a pesar de lo costoso de los cambios de planes que implicaba, de la interrupción de lazos de amistad, del arraigo en distintos lugares, pues cada cambio de ciudad –Belén, Egipto, Nazaret…– supondría cortar con lo anterior y empezar todo de nuevo. ¡Pero siempre confiado en la providencia divina!
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]]>Una esponsalidad y paternidad muy especiales, al tratarse de un hombre de una gran Fe y otras muchas virtudes, algunas de las cuales abordaremos en este primer fascículo y otros más.
Ante todo nos interesa caer en la cuenta de cuál sería la primera impresión de un hombre “normal”, uno más entre los suyos, que se encuentra enrolado en la gran misión de desempeñar esa doble vocación de esposo de la Madre de Dios y padre del Hijo de Dios. Pues una primera impresión sería el asombro y agradecimiento, seguro. Porque era un hombre de Dios, y solo desde esa condición entendemos que abrazara con generosidad el plan trazado desde lo Alto para él; pero asombrado ante tan excelsa misión, y en todo caso agradecido por la confianza que el Señor había depositado en él.
¿En qué consiste la grandeza de este santo? En que fue esposo de María y padre de Jesús.
Evidentemente su comportamiento es un ejemplo a seguir, y muy asequible, pues, como decíamos, se trata de un hombre normal, sencillo. Aunque el Señor le dotara de muchísimas virtudes, y en grado supremo, no contó con los dones divinos que sí recibieron su inmaculada esposa y su hijo redentor de la Humanidad.
La tradición judaica de la época llevó a que Myriam –quien sería la Virgen Santísima– se desposara con José, el artesano de Nazaret. Los familiares con quienes viviera Myriam en ese momento se encargarían de los preparativos para la ceremonia del enlace, pues probablemente sus padres, Joaquín y Ana, habrían fallecido ya.
José pertenecía a la casa de David, y dice el santo Evangelio –Mt. 1, 19– que era un varón justo. Ese hombre le fue confiado a María como esposo, sin perjuicio de la firme determinación de la joven judía de permanecer siempre virgen, como podemos deducir de la respuesta que dio al Arcángel san Gabriel –Lc. 1, 34– cuando le ofrece ser Madre de Dios: ¿Cómo se hará esto? Porque no conozco varón. Así, José se uniría a su esposa sometiéndose a esa virginidad que ella le propondría, consagrándose de ese modo como su virginal esposo.
La castidad de san José, fruto de su corazón puro y generoso, hay que unirla, como nos sugiere el Papa Francisco en la Patris Corde, a su espíritu libre, pues la castidad “está en ser libres del afán de poseer en todos los ámbitos de la vida. Sólo cuando un amor es casto es un verdadero amor”. Amó porque quisó, y de ese modo, aceptando a María en y desde sus circunstancias.
Desde su pureza y libertad acepta plenamente a María, que quedó en estado en el espacio de tiempo transcurrido entre su unión esponsal y el momento en que, según la tradición judaica, el esposo debía tomar a la esposa y llevarla a su propia casa. Asumió humildemente ese embarazo de su esposa, aceptó el plan divino para con él y María, que pasaba porque él se limitara a ser el padre legal de Jesús, y no más.
Desde que recibió el encargo de cuidar de la Virgen, desposándose con Ella, José antepuso esa misión –libremente, porque quiso– a cualquier otro proyecto que tuviera entre manos, que hubiera planificado cara al futuro. Generoso, entregado, enamorado.
Un esposo bueno, un esposo comprometido, un esposo libre.
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]]>La entrada “Los HLD pretenden facilitar el diálogo entre las culturas” se publicó primero en Omnes.
]]>–Mons. Álvaro del Portillo quería acercar la Tierra Santa a muchas personas y promover la aspiración a la paz. El proyecto Saxum trata de materializar este deseo. Por eso en los Holy Land Dialogues (HLD) se pretende facilitar el diálogo entre las culturas. Es un proyecto que quiere unirse a tantas iniciativas que dan a conocer la tierra en la que nació Jesucristo, algunas de ellas con siglos de presencia en la región.
Tienen el aliciente de desarrollarse en el lugar en que vivió Jesús, además de ser un punto en el que confluyen diversos credos, cada uno con sus orígenes y nexos comunes. Por eso todo encuentro que se celebre allí queda envuelto en un clima que invita a diálogo.
La sinergia entre las visitas a los Lugares Santos y la dimensión cultural contribuye a una visión más amplia de los distintos modos de pensar y de abordar la realidad religiosa.
¿Cuáles fueron los temas tratados en ediciones anteriores a la de 2020?
–La primera edición se celebró en noviembre de 2016. Participaron unas 400 personas de una treintena de países, y el tema fue Promover la paz y el entendimiento. Se abordaron cuestiones como el impacto del pensamiento judeocristiano en la ciencia y el arte, la transformación personal en los Lugares Santos desde la época primitiva a la actualidad y la cultura del encuentro. Entre los ponentes principales se encontraban el Ministro de Turismo de Israel, Yariv Levin, Andrew Briggs, profesor de la Universidad de Oxford, y Eric Cohen, director ejecutivo de Tikva Fund.
La segunda edición, que tuvo lugar en febrero de 2018, congregó a unas 200 personas de una veintena de países. Los ponentes principales fueron Melanie Phillips, que disertó sobre la defensa de Occidente a través de la Biblia Hebrea, y Russell Ronald Reno, que disertó sobre Jerusalén como santidad encarnada.
¿Qué tipo de personas participan en los HLD?
–A la primera edición acudieron mayoritariamente benefactores del proyecto Saxum. Luego el proyecto se ha extendido como las ondas de la piedra lanzada en el lago, sobre todo entre amigos y conocidos. No hay que olvidar que quien peregrina a Tierra Santa vive una experiencia única, que desea comunicar a otros y repetir personalmente. Así, han surgido los Amigos de Saxum por todo el mundo, que comparten la misma misión, deseando que sean muchos los que peregrinen a Tierra Santa y que su estancia sea un motivo de renovación interior.
La edición de 2020 ha tenido un claro carácter interreligioso. ¿Es definitorio de los HLD?
–Tierra Santa es un espacio geográfico único, donde conviven las costumbres y la historia de cristianos, judíos y musulmanes. HLD trata de integrarse en esa realidad compleja, en la que los cristianos estamos llamados a ser como la levadura en la promoción de la paz.
Por esto la dimensión interreligiosa e intercultural es definitoria de los HLD. Añade un nuevo factor a la peregrinación y la convierten en algo complementario. Para los cristianos la religiosidad que se respira, las visitas a los Lugares Santos y las actividades culturales contribuyen a que muchas personas regresen a sus hogares con una fe más viva y un conocimiento más profundo de sus raíces culturales.
¿Qué es el Saxum Visitor Center?
–El Saxum Visitor Center – Camino de Emaús se encuentra a 12 kilómetros de Jerusalén, en el camino a Emaús-Nicópolis. Es un centro de interpretación que ayuda a los visitantes a conocer la tierra de Jesucristo. A través de recursos multimedia, como pantallas táctiles, maquetas y mapas, el peregrino comprende mejor los Lugares Santos que ha visitado o que va a visitar.
Incluye también una línea de tiempo que combina las fechas de la historia de la civilización humana con las del Antiguo Testamento.
Además, dispone de una capilla con un aforo de 80 personas, donde los peregrinos pueden celebrar la Santa Misa, con confesonarios a su disposición. En sus instalaciones cuenta también con una amplia terraza con vistas al valle y una cafetería donde el visitante puede reposar.
Desde ese centro se pueden recorrer los últimos 18 kilómetros del camino de Emaús. Es un modo de revivir la escena relatada en el Evangelio de Lucas, según la cual el domingo de Resurrección Jesús se apareció a dos discípulos procedentes de Jerusalén, quienes, decepcionados como estaban por la ausencia del Señor, finalmente le reconocieron al partir el pan.
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]]>La entrada Centenario del nacimiento de san Juan Pablo II. Trazas de su legado se publicó primero en Omnes.
]]>Dos versos sueltos del poema Fuente, escrito por “el caminante del Evangelio”, Karol Wojtyła, más tarde san Juan Pablo II. Nacido hace 100 años, el 18 de mayo de 1920, en Wadowice, un pueblecito polaco situado al sur de Polonia, a 50 kilómetros de Cracovia. Poesía que refleja una personalidad decidida, que dejaría una impronta cultural vastísima, de un hombre muy de Dios a la vez que muy humano, aclamado como uno de los líderes más influyentes del siglo XX.
Quizá sea esa tenacidad, decisión, el atractivo de “Juan Pablo el Grande”, como también se le llamaría tras su fallecimiento, quien ha legado una influencia cultural global en todo el mundo.
¿Qué otros rasgos de su personalidad han podido atraer tanto a la cultura en estos ya cien años desde su nacimiento?
Cómo no, la alegría del “Papa peregrino”, que cautivaría a tantas instituciones y gentes. San Juan Pablo II integró el carácter medicinal del buen humor ante cualquier problema, y se convenció de que no valía la pena dejarse vencer por el desánimo ante los desastres del mundo que le tocó vivir, también los desvaríos internos de la Iglesia que lideró, y que tuvo que reconocer, pero con el firme propósito de sobreponerse a ellos.
Además, impresionaba su humildad, como reflejaba ese gesto de besar el suelo de los continentes que visitó en sus 104 viajes fuera de Italia, que, por cierto, supusieron casi 29 veces la vuelta a la Tierra –o 3 veces la distancia entre la tierra y la luna–. O su actitud desprendida ante tantos nombramientos y menciones, como la del hombre del año de la revista Time. Cuenta su portavoz que, al llevarle un ejemplar de la revista al comedor, durante la comida volteó la portada pronunciando un “no quiero alimentar mi vanidad, no me vaya a creer mucho”.
Podríamos abundar en la riqueza de la personalidad de este Papa viajero, pero basten esos trazos para situarnos ante quien dejaría un vasto legado cultural, parte del cual hemos querido destacar a continuación.
Otras informaciones y análisis sobre la persona y la obra de san Juan Pablo II se han recogido en números anteriores de la revista y, sobre todo, en el rico número especial con motivo de su fallecimiento, en 2005.
La magnitud del Juan Pablo el Grande imposibilita resumir las muchas iniciativas culturales inspiradas en su persona, en su mensaje. En este número especial hemos querido referirnos sólo a algunas de ellas que, en la celebración del centenario de su nacimiento podrán darnos luz sobre la huella tan firme y extensa que dejó su paso por esta vida.
En otro lugar podrán recordarse los principales aspectos del esfuerzo pastoral, de los desarrollos magisteriales o de las aportaciones filosóficas y el impacto histórico de esta gran figura.
–Centro Juan Pablo II “No tengáis miedo”, Cracovia (Polonia). Se trata de una institución dedicada al estudio de la vida y obras del Papa polaco, instituida por la nación polaca en acción de gracias por el pontificado de Karol Wojtyła. El nombre está tomado de las palabras del Santo Padre pronunciadas en el año 1978 durante la misa de inauguración del pontificado: “No tengáis miedo. ¡Abrid de par en par las puertas a Cristo!”.
Su finalidad es difundir y desarrollar de modo creativo la herencia del papa polaco, promoviendo la espiritualidad, la cultura y las tradiciones relacionadas con su persona, y también con su actividad científica y educativa, así como la ayuda a los necesitados. Su sede se encuentra junto al Santuario de la Divina Misericordia, en los terrenos que fueron propiedad de la fábrica química Solvay, en Jugowicach.
El complejo contiene la iglesia de san Juan Pablo II, la casa (que alberga un museo, biblioteca, capilla, oratorio y centro de conferencias), el centro de retiros espirituales, el centro del formación del voluntariado, la torre con su terraza de vistas, servicio de hoteles, anfiteatro abierto, Vía crucis, parque móvil, etc. Como curiosidad, destacamos que en 2011 se colocó en la capilla baja del santuario de Juan Pablo II una reliquia del santo: un frasco con sangre, colocado dentro del altar.
-Pontificio Instituto Teológico Juan Pablo II para las Ciencias del Matrimonio y de la Familia, Madrid (España). La génesis de la institución se encuentra en el Instituto Pontificio Juan Pablo II para Estudios sobre el Matrimonio y la Familia, establecido por la constitución apostólica Magnum Matrimonii Sacramentum, del 7 de octubre de 1982, fundado por deseo de san Juan Pablo II. Este se extinguió después de los recientes sínodos de la familia y la exhortación Amoris laetitia, erigiéndose en su lugar el Pontificio Instituto Teológico Juan Pablo II para las Ciencias del Matrimonio y de la Familia con motu proprio por el Sumo Pontífice Francisco, el 8 de septiembre de 2017, Summa familiae cura.
Su objetivo es promover la renovación de la evangelización de la familia planteada en los sínodos de 2014 y 2015 auspiciados por el Papa Francisco, aportando enseñanzas eclesiásticas de segundo y tercer ciclo acerca de la Familia. En concreto, ofrece una licenciatura en Teología del Matrimonio y de la Familia, una licenciatura en Ciencias del Matrimonio y de la Familia, y un diploma anual Experto en Ciencias del Matrimonio y la Familia.
Está vinculado a la institución del mismo nombre, en la Pontificia Universidad Lateranense, de Roma.
-Fundación Juan Pablo II, Ciudad del Vaticano. Creada para promover iniciativas de carácter educativo, científico, cultural, religioso y caritativo relacionadas con el pontificado de san Juan Pablo II, la preside el arzobispo de Cracovia. Sus actividades incluyen: programas de becas, como las destinadas a estudiantes procedentes de las repúblicas de la antigua Unión Soviética y del Este de Europa que estudian en la Universidad Católica de Lublin y en la Universidad Pontificia Juan Pablo II de Cracovia; una Casa en Roma para la acogida de peregrinos y la celebración de encuentros; y un Museo y un Centro de Documentación e Investigación sobre el Pontificado de Juan Pablo II, que están alojados en la misma Casa.
-Fundación Juan Pablo II para la Juventud, Roma (Italia). Institución erigida como persona jurídica pública el 29 de junio de 1991 por el presidente del Consejo Pontificio para los Laicos, con la finalidad de “cooperar a la puesta en práctica de las enseñanzas del magisterio de la Iglesia católica en orden a la prioridad de la pastoral juvenil, particularmente manifestada en las jornadas mundiales de la juventud”, y de promover la evangelización de los jóvenes y sostener la pastoral juvenil en todo el mundo.
-Fundación Juan Pablo II para el Deporte, Ciudad del Vaticano. Es una fundación creada en 2008 e inspirada en el santo polaco, que afrontó el tema del deporte en unos 120 discursos y mensajes.
-Fundación Juan Pablo II, Florencia (Italia). La fundación Juan Pablo II para el diálogo, la cooperación y el desarrollo, nace en el año 2007, y su acción general ha producido grandes resultados sobre todo en Israel, en Cisjordania y en la línea de Gaza, en Líbano y en Irak, con intervenciones y proyectos han procurado crear las condiciones para un desarrollo global y a largo plazo, en particular en lo que se refiere al social, educativo y sanitario.
Uno de los objetivos constantes y prioritarios de la fundación ha sido crear nuevos puestos de trabajo, convencida de que solo la dignidad del trabajo contribuye a crear una verdadera justicia social.
El nombre de la fundación obedece a la simpatía hacia el Papa polaco, fallecido hacía un par de años a la fecha de su inicio. San Juan Pablo II tuvo una especial sensibilidad en relación con los cristianos en Oriente.
-Santuario Nacional de San Juan Pablo II, Washington DC (Estados Unidos). Se trata de un lugar de peregrinación, que cuenta con una reliquia muy exclusiva: la sangre de san Juan Pablo II, que está disponible para su veneración.
Como destaca su página web, a través de la liturgia y la oración, arte, eventos culturales y celebraciones religiosas, los peregrinos pueden celebrar el profundo amor del santo polaco hacia Dios y el hombre. Una gran exhibición permanente destaca los eventos significativos en la vida de san Juan Pablo II y su influencia trascendental como el padre espiritual y como líder mundial.
Desde su origen, el santuario se pensó como respuesta a la llamada del Papa peregrino para una “nueva evangelización”, que repitieron los Papas Benedicto XVI y Francisco. La Conferencia de Obispos Católicos de Estados Unidos elevó el santuario a santuario nacional el 14 de marzo de 2014.
Se trata de una iniciativa pastoral muy importante de Caballeros de Colón, una organización fraternal laica con casi dos millones de miembros alrededor del mundo. Fieles a la misión y el legado de san Juan Pablo II, en 2011 los Caballeros establecieron un santuario en su honor en la capital de los Estados Unidos.
-Universidad Católica Juan Pablo II, Lublin (Polonia). Fundada en 1918 por el episcopado polaco y establecida en Lublin, es una de las universidades más antiguas de Polonia (después de las de Cracovia, Wroclaw y Varsovia), y está confiada al Sagrado Corazón de Jesús. Cerrada durante la ocupación nazi, reabrió sus puertas en 1944, y más tarde volvería a ser constreñida por el régimen comunista instaurado en Polonia, clausurando su enseñanza y confiscando sus propiedades. Sin embargo, durante el período comunista polaco, KUL fue el centro universitario de pensamiento católico de mayor importancia en Polonia y la única universidad independiente en todo el bloque soviético.
En los años 70 y 80 del siglo pasado fue abriéndose al mundo y logrando contactos con otras universidades extranjeras, reabriendo varios de sus institutos que habían sido clausurados por el gobierno comunista.
Un hecho remarcable de la historia de esta institución universitaria fue la elección del cardenal Karol Wojtyła en 1978 como pontífice (desde 1954 era allí el director de la cátedra de Ética del departamento de Filosofía Cristiana). En 1987 el Papa Juan Pablo II visitó la Universidad, y en su homenaje se instaló una estatua, junto a otra del cardenal Stefan Wyszyński. Más tarde, en la ceremonia de inauguración del año académico 2005-2006, con motivo del fallecimiento de su antiguo profesor Karol Wojtyła, la Universidad Católica de Lublin adoptó el nombre de “Universidad Católica Juan Pablo II de Lublin”.
Asimismo existe en Cracovia la Universidad Pontificia Juan Pablo II. Así pasó a llamarse en febrero de 2010 la Pontificia Academia Teológica, en la que se constituyó la tradicional Facultad de Teología de la Universidad Jaguelónica.
-Instituto Karol Wojtyla – San Juan Pablo II, Madrid (España). Se trata de una asociación sin ánimo de lucro, formada por laicos e inscrita en el registro de asociaciones de la Comunidad Autónoma de Madrid. El Instituto es independiente de ideologías o partidos políticos. Otro rasgo del Instituto es la multidisciplinariedad de los temas; y también la disposición a colaborar con cualquier persona, sea cual sea su ideología o confesión religiosa.
Organiza actividades de reflexión y debate sobre temas relacionados con el Magisterio de san Juan Pablo II, tales como cuestiones de antropología, temas de bioética, ecumenismo, diálogo interreligioso, doctrina social de la Iglesia, relaciones Iglesia-Estado, etc. Todas las actividades del Instituto procuran ser fieles al Magisterio de san Juan Pablo II.
-Centro Juan Pablo II, Pennsylvania (Estados Unidos). Esta institución estadounidense está dirigida a menores y adultos con minusvalías o necesidades especiales educativas, y les ofrece una variedad de programas inspirados, según dice su página web, en la santidad de la vida humana.
-Centro Juan Pablo II para la Nueva Evangelización, Milwaukee (Estados Unidos). Se trata de una comunidad que pretende acercar a su público a Jesucristo a través de la vida sacramental de la Iglesia, para que estos a su vez hagan discípulos en sus hogares y en sus lugares de trabajo.
Para ello cuenta, entre otros, con programas de formación en Teología, matrimonio y vida familiar y dignidad de la persona humana.
-Centro Juan Pablo II para la Divina Misericordia, Ottawa (Canadá). La misión de este centro es la de anunciar la misericordia de Dios a toda persona, ayudando a las parroquias a ser más conscientes de este misterio de amor divino, bajo la protección de Santa María, Madre de Misericordia.
Fue fundado en 2006, y se inspira en el mensaje de misericordia que Nuestro Señor comunicó a la religiosa polaca Faustina Kowalska, canonizada por san Juan Pablo II.
Santa Faustina, en uno de sus encuentros con Jesús, le preguntó cómo hacer llevar el mensaje de la misericordia divina al mundo entero. Nuestro Señor le dijo que desde Polonia se difundiría ese mensaje; el Papa polaco contribuyó a propagar esa difusión.
-Centro Juan Pablo II para las Mujeres, New York (Estados Unidos). Como destaca la presentación de esta institución en su página web, citando a san Juan Pablo II, “según cómo vaya la familia, así va la nación, así va el mundo en que vivimos”, con palabras que pronunció en Perth (Australia), el 30 de noviembre de 1986.
Pretende la atención de personas, matrimonios y familias, a quienes prestar formación en materias diversas, en especial en relación con el amor, la dignidad humana, y la fertilidad de la mujer –en particular los métodos naturales de su regulación–.
-Centro Juan Pablo II por la Vida, Canterbury (Nueva Zelanda). Este centro pretende la promoción de la cultura de la vida, el matrimonio y la familia. Todo ello a través de la oración, la educación y el servicio. Ofrece especial asistencia a las madres que hayan tenido embarazos indeseados y puedan plantearse el aborto.
Una de sus iniciativas es la creación del “Libro de la Vida”, en memoria de los niños no nacidos: quienes hayan perdido un hijo por causa de aborto natural pueden notificarlo para su inscripción y rezo particular en la santa Misa que se ofrece semanalmente por su alma.
Por razones de espacio en este apartado nos limitamos principalmente a España y algunas ciudades del mundo, sin pretender mencionarlos todos.
Muchas ciudades cuentan con monumentos dedicados a san Juan Pablo II, entre otras Madrid, Oviedo, Sevilla, Ciudad de México, Denver, Roma, San Cristóbal de La Laguna, Sidney y Posadas.
En varios lugares de España hay parques dedicados al santo papa polaco. Entre otras ciudades, en Madrid, donde destaca un monolito conmemorativo en el que aparece inscrita la frase de san Juan Pablo II: “Con mis brazos abiertos os llevo a todos en el corazón”, dedicada al pueblo de Madrid con motivo de su visita en el año 2003. Otras ciudades son Alcalá de Henares, Boadilla del Monte, Las Palmas de Gran Canaria, Ciudad Real, Alicante o Jaén.
En Medellín (Colombia), se encuentra el Aeroparque Juan Pablo II, un parque acuático con multitud de ofertas e instalaciones para sus visitantes. En 1995 el aeropuerto de Cracovia, que es el segundo aeropuerto del país en movimientos, cambió su nombre de Aeropuerto de Cracovia-Balice al de Aeropuerto Internacional Juan Pablo II Cracovia-Balice, en honor del Papa polaco que pasó muchos años de su vida en Cracovia. Por cuestiones comerciales, el nombre oficial fue abreviado en 2007 al de Aeropuerto de Cracovia Juan Pablo II.
También el aeropuerto de Isla Sao Miguel, en las Azores (Portugal), se llama actualmente Aeropuerto Juan Pablo II, en honor al Papa peregrino, que visitó las Azores en los años 90.
-Península Juan Pablo II, Isla Livingston (Antártida). Se trata de una península cubierta de hielo en la costa norte de la isla Livongston en las islas Shetland del Sur, Antártida, que limita con la bahía Hero al este y la bahía Barclay al oeste. El nombre fue elegido en honor al Papa san Juan Pablo II por su contribución a la paz mundial y la comprensión entre las personas.
-Puente Juan Pablo II, Gran Concepción (Chile). El puente Juan Pablo II, antiguamente llamado Puente Nuevo, es el puente carretero más extenso de Chile. Mide 2.310 metros y atraviesa en sentido transversal el río Bío-Bío a la altura de las comunas de Concepción y San Pedro de la Paz.
Existe una serie de películas dedicadas al papa polaco, en particular El baño del Papa, Karol: el Papa, el hombre, Un hombre que se hizo Papa, El niño y el Papa, No tengas miedo: la vida de Juan Pablo II.
El mismo san Juan Pablo el Grande, en virtud de ese talento comunicativo y artístico que le acompañó desde joven, en 1956 compuso una obra de teatro, El taller del orfebre, una “meditación sobre el sacramento del matrimonio expresada a veces en forma de drama”. Trata sobre el amor y el matrimonio a través de la historia de tres parejas. También ha sido filmada.
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