Almudena Rivadulla Durán, autor en Omnes https://www.omnesmag.com/author/almudena/ Una mirada católica a la actualidad Mon, 15 Dec 2025 09:06:43 +0000 es hourly 1 Pobreza y Navidad https://www.omnesmag.com/firmas/pobreza-y-navidad/ Sat, 20 Dec 2025 04:51:00 +0000 https://www.omnesmag.com/?p=55940 En su primera encíclica, el Papa León XIV nos habla de los pobres y de la predilección que Dios tiene por quienes más sufren. A lo largo de su pontificado, Francisco también insistió en este tema: en el cariño de Cristo hacia ellos. Ahora, preparando la Navidad y buscando una buena carnicería donde comprar un […]

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En su primera encíclica, el Papa León XIV nos habla de los pobres y de la predilección que Dios tiene por quienes más sufren. A lo largo de su pontificado, Francisco también insistió en este tema: en el cariño de Cristo hacia ellos.

Ahora, preparando la Navidad y buscando una buena carnicería donde comprar un buen pavo, pienso en todo esto y me cuesta comprenderlo del todo. El pobre, para mí, suele ser una figura demasiado abstracta, y me pregunto si no entiendo bien a los Papas o si simplemente me falta corazón. Me enredo pensando en cómo cumplir con mis obligaciones familiares y, a la vez, ocuparme de los más necesitados, como hicieron tantos santos.

Sé que Cristo se hizo el más pobre de los pobres y que sigue siendo el más dependiente de todos: un simple trozo de pan en una pequeña cajita. Pero ¿qué puedo hacer yo por los pobres si estoy rodeada de miles de urgencias familiares y de seres queridos que también requieren atención? Después de darle mil vueltas, he llegado a una conclusión con la que, creo, el Papa estaría de acuerdo.

Cada vez que se publica un texto del Papa, no puedo evitar tomármelo muy en serio. Al leer Dilexit te y meditar sobre la predilección de Cristo por los más pobres, me pregunto: ¿y mi propia predilección?, ¿hacia qué se inclina mi corazón?

El pobre y el enfermo son protagonistas en el Evangelio. ¿Qué hay en ellos que merezca esta predilección divina? Hay pura necesidad. Y esa predilección me enseña algo decisivo: vida y dependencia son equivalentes, son la misma realidad. La vida no comienza cuando la dependencia se resuelve. La vida no comienza cuando el enfermo se cura, cuando el bebé se hace mayor y autónomo, cuando los problemas del trabajo desaparecen, cuando consigo un nuevo y mejor empleo, cuando encuentro a una buena novia, cuando consigo tener un primer hijo o uno más, cuando consigo comprarme una casa… 

Muchas veces vivo pensando de esa manera: esperando la situación perfecta, en lugar de vivir con predilección la situación que me toca.

Vida es justamente eso: la molestia interminable de cambiar pañales, acompañar cada paso del crecimiento de mis hijos, cuidar a mis enfermos, pasar noches en vela por la tos y la fiebre de mis pequeños, llevar a diario a mi hijo pequeño a sus terapias. Vida es escuchar a mi marido cuando me habla de su trabajo o de aquello que le preocupa. A veces es más intenso y otras veces más ligero, pero sigue siendo la misma vida.

Cuando llega el paro, la enfermedad, el dolor o las dificultades, la vida se vuelve más vida, más intensa. Y cuando todo fluye —los niños están sanos, el colegio va bien, el trabajo se sostiene, la comida está hecha y no hay rabietas— decimos que hemos tenido un buen día. Y es cierto: en esos días la vida pesa menos. Pero ambas formas son vida. Nunca perfecta, pero siempre vivida con predilección.

Vivir todo esto con predilección —como Cristo ama a los pobres— es lo que me enseña el Papa en esta encíclica.

Desde una mirada moderna, todo esto parece absurdo. En La era del vacío, Lipovetsky describe cómo viven y se relacionan los ciudadanos de las sociedades contemporáneas: un individualismo que se ha infiltrado en nuestra forma más básica de vincularnos, incluso con quienes más queremos. Sin quererlo, convivimos como individuos que sienten que su deber es mejorar su situación personal todo lo posible. En ese marco mental, la dependencia aparece como una amenaza a una buena vida.

Pero, desde la mirada de Cristo, esa lógica no se sostiene. Y la Navidad lo hace evidente. El enfermo y el pobre representan formas extremas de dependencia, y ahora, en Navidad, también lo hace el mismo Dios, que vivirá así hasta el final.

La cuestión para mí, al leer esta encíclica y comprender el lugar privilegiado de los pobres en el corazón de Cristo, no es sentir culpa por vivir bien ni romantizar la pobreza. Es entender que, cuando el Papa habla de pobreza, habla de algo de algo más que de un grupo social; habla de los vínculos del corazón. Y esta propuesta – la de vivir con predilección lo que nos toca – nos saca del individualismo que nos atrapa a todos: ese que nos hace vivir deseando otra vida distinta de la que ya tenemos.

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Alerta roja: la rutina amenaza tu matrimonio https://www.omnesmag.com/firmas/rutina-matrimonio/ Mon, 15 Dec 2025 05:02:00 +0000 https://www.omnesmag.com/?p=55527 Muchas veces tengo la sensación de que vivo mi matrimonio sobreviviendo; que me faltan estrategias o recursos para disfrutarlo más. Siempre algo se interpone: o los hijos demandando tiempo tiempo sin parar, las exigencias del trabajo que realizamos fuera de casa o necesidades materiales de algún tipo: faltan toallitas para cambiar pañales, aceite para cocinar, o […]

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Muchas veces tengo la sensación de que vivo mi matrimonio sobreviviendo; que me faltan estrategias o recursos para disfrutarlo más. Siempre algo se interpone: o los hijos demandando tiempo tiempo sin parar, las exigencias del trabajo que realizamos fuera de casa o necesidades materiales de algún tipo: faltan toallitas para cambiar pañales, aceite para cocinar, o la ropa lavada no se seca ni a tiros… Y, sobre todo, lo más difícil de superar es el malestar que se instala entre mi marido y yo cuando nuestras conversaciones se reducen a hablar de todo ello, a pedirnos cosas y a gestionar a los niños. 

Cuando llevamos mucho tiempo así, en el que la vida dentro de casa es pura gestión, es inevitable entrar en bucles mentales, buscándole el sentido a esto que se repite todos los días y que parece que va a eclipsar tu vida entera. Incluso puede darte por pensar: ¿en qué momento me metí yo en este lío? ¿Cómo salgo de él? O incluso, ¿y si me he equivocado de vida? Me parece que son preguntas naturales que podemos llegar a hacernos interiormente. 

En un artículo publicado en el New York Times, Alain de Botton, afirma: “La buena noticia es que no importa si nos damos cuenta de que nos casamos con la persona equivocada. No debemos abandonar a esa persona, pero sí la idea romántica en la que se ha basado la comprensión occidental del matrimonio durante los últimos 250 años: existe un ser perfecto que puede satisfacer todas nuestras necesidades y cada uno de nuestros anhelos”. 

Lejos de estar de acuerdo con todo lo que este pensador sostiene, en su argumento hay una idea que me gustaría rescatar a toda costa. Por supuesto que el matrimonio es un contrato jurídico que intenta proteger a todos sus miembros, por supuesto que el matrimonio es un sacramento de la Iglesia católica donde Dios se manifiesta con toda su gracia para que saquemos adelante esta relación tan intensa. 

Pero el matrimonio también es un pacto, un acuerdo que planteamos de una manera determinada al principio de la relación y que debemos volver a plantear una y otra vez de diferentes maneras ya que, con el paso del tiempo y los constantes cambios que nos van ocurriendo a lo largo de la vida, muchos detalles de ese primer pacto dejan de definir con claridad nuestro día a día. Más aún, muchas expectativas que teníamos al principio no se han cumplido y debemos revisarlas para no desechar con ellas la relación entera.  

Esa pregunta sobre el sentido de todo ese caos está pidiendo a gritos que marido y mujer encuentren formas más creativas de vivir su matrimonio y esa creatividad llega a ser inevitable, ya que nos encontramos ante una de las relaciones más dinámicas que puede existir entre dos personas humanas. 

Esta creatividad no busca romper la relación, sino redefinirla de tal manera que vuelva a tener sentido todo lo que decidimos cuando dijimos que “sí”. Y esto solo pueden hacerlo marido y mujer entre sí, solo ellos pueden responder a las preguntas sobre el sentido de su matrimonio y proponerse llegar hasta el final del amor, hasta que la muerte nos separe. 

Esta forma de mirar nuestro matrimonio como una renovación constante de ese primer pacto de amor, se opone diametralmente a propuestas culturales e ideológicas más rígidas, como la que se nos presenta en la película “Historia de un matrimonio”. Ahí se ve mucho de las dinámicas que vive un matrimonio, pero se ve muy poco sobre la creatividad que pueden desarrollar los esposos para mejorar la situación.       

Esta película retrata con gran sensibilidad la historia de una pareja unida por un hijo y por una misma pasión: el teatro. Él dirige una compañía y ella es la actriz principal de sus obras. Entre ambos se percibe estabilidad: parece que se conocen a fondo, se admiran, y cuidan con gran dedicación de su hijo. 

Entre ellos todo parece ir bien, hasta que un día ella anuncia que quiere cambiar de trabajo y de ciudad. La reacción de él es superficial, no entra a indagar lo que ese plan significa para ella. No se detiene a considerar los deseos profundos de su mujer. Ante esa reacción, ella decide hacerlo sin luchar por un pacto con su marido. A partir de ese momento, la historia se precipita. Ella inicia una nueva vida profesional lejos de casa y ambos comienzan una batalla por la custodia del niño. Surge entonces un torbellino de suposiciones, sentimientos reprimidos y preguntas que ponen en duda el sentido de lo que han vivido hasta entonces. Ambos quedan atrapados en un bucle del que no saben salir.

En el fondo, la película narra el derrumbe de una relación incapaz de tener una historia propia, contada por ellos mismos y no por terceros. Comparten el amor por el teatro y adoran a su hijo, pero ninguna de las dos cosas sirve para replantear su relación de una forma creativa, sin romperla. Ninguno se atreve a abrirse del todo al otro; eso supondría discutir, vivir tensiones y tener conversaciones duras y desagradables. Deciden no entrar allí, no aclarar los sentimientos. Ella calla lo que lleva sintiendo desde hace tiempo; él evita enfrentarse a los sentimientos de su mujer, sobre todo a los que él podría haber solucionado.  

La rigidez del relato radica precisamente en esto: en presentar una sucesión de acontecimientos como si, por sí mismos, conformaran la historia de un matrimonio. Y aunque la película es magnífica y retrata con acierto la complejidad de la vida en común de una pareja, deja sin resolver muchos sentimientos como si fuera posible vivir así, sin aclararlos.

El divorcio aparece de pronto, como la única salida posible para que ella encuentre la satisfacción que no obtuvo junto a su marido. Al recurrir a abogados, ambos revelan la esencia de su relación: fue un dejarse llevar desde el principio, nunca hubo ningún pacto entre ellos. Ella misma lo admite; se incorporó a la vida de él, sin ninguna negociación. 

De nuevo, en ese mismo artículo de Alain de Botton me encuentro con una idea que quiero subrayar antes de terminar: “La mejor persona para nosotros no es la persona que comparte todos nuestros gustos (esa persona no existe), sino la persona que puede negociar las diferencias en los gustos con inteligencia, esa que es buena para disentir. En lugar de esa idea imaginada del complemento perfecto, es precisamente la capacidad de tolerar las diferencias con generosidad la que indica verdaderamente quién es la persona “menos tajantemente incorrecta”. La compatibilidad es un logro del amor; no debe ser su condición previa”.

Me parece que es esto, “el arte del buen discutir”, lo que definiría la historia de un buen matrimonio. 

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“Los niños no molestan en Misa”: una mirada desde el corazón de una madre https://www.omnesmag.com/firmas/ninos-misa/ Sat, 22 Nov 2025 01:47:00 +0000 https://www.omnesmag.com/?p=54730 Cada domingo, muchas familias vivimos la misma escena: queremos ir a Misa y adorar al Señor, pero tenemos hijos pequeños. Si la parroquia no cuenta con una sala para niños, pasar a la nave principal puede convertirse en una auténtica odisea. No porque los niños sean un problema, sino porque, muchas veces, nuestras iglesias no están […]

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Cada domingo, muchas familias vivimos la misma escena: queremos ir a Misa y adorar al Señor, pero tenemos hijos pequeños. Si la parroquia no cuenta con una sala para niños, pasar a la nave principal puede convertirse en una auténtica odisea. No porque los niños sean un problema, sino porque, muchas veces, nuestras iglesias no están pensadas para ellos.

Antes de ser madre, confieso que yo también soñaba con las “Misas perfectas”: un sacerdote profundo y cercano, una liturgia cuidada, un coro bien entonado, un ambiente de silencio que favoreciera la oración. Para mí, el silencio era casi sinónimo de presencia de Dios. 

Pero cuando llegaron mis hijos, todo cambió. Descubrí que la Misa puede vivirse de otra manera. Que hay una gracia escondida para los padres que siguen yendo a Misa a pesar de que todo se les ponga en contra, incluso la misma comunidad. 

Fue en esas Misas “interrumpidas” cuando comprendí, por primera vez, lo que significa vivir el misterio eucarístico desde la sencillez. Así, sintiéndome fuera de lugar por las constantes miradas de impaciencia hacia mis hijos, comprendí que la presencia de Dios no dependía de mi concentración, que la Misa no era una sesión de yoga. Él está ahí, incluso cuando no puedo seguir cada palabra, incluso cuando no escucho toda la homilía. 

No se trata de fomentar el desorden, por supuesto. Todos los padres intentamos que nuestros hijos se comporten con respeto, que no interrumpan, pero demasiadas veces experimentamos que la Iglesia no tiene un lugar para ellos. Si no hay una sala o un espacio donde los niños puedan moverse libremente, las familias terminamos en la puerta o en la calle, tratando de escuchar la Misa desde fuera. Y por este esfuerzo quiero decir lo más alto posible a los papás que: ¡a la Iglesia no le molestan los niños! Por mucho que algún sacerdote diga lo contrario o de que varios asistentes se giren hacia ti y hacia tu niño con mirada reprobatoria.

A mí también me gustaría vivir la Misa de otra manera, sin las preguntas de mis hijos y sus constantes demandas, sobre todo cuando no tienen ni cinco años de edad. Sin embargo, aunque parezca que niños tan pequeños no se enteran de nada, he tenido vivencias que no se pueden reproducir en una clase de religión ni en una comunidad donde no haya niños. 

Después de la liturgia de la palabra y tras consagrar el vino, mi hijo se emociona y, mirando el cáliz que el sacerdote eleva sobre el altar, me comenta en voz bien alta: “Mamá, es la copa Pistón de Rayo McQueen”. Al oírle no puedo evitar sonreír, controlando la risa. Miro a mi hijo y le brillan los ojos. Entonces, le doy un beso pensando “mi hijo lo está mezclando todo”, pienso al principio. Pero luego, al volver a mirar el cáliz donde Dios se está haciendo presente, siento cierta envidia hacia mi hijo. Yo también quisiera mirarle con esa misma admiración, con ese mismo deseo. 

Desde entonces en cada Misa le pido al Señor que me conceda la gracia de ser niño otra vez, de mezclarlo todo, de desearle como mi hijo lo deseó aquella vez: como el protagonista de su película favorita. 

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La sutil eugenesia que propone nuestra sociedad https://www.omnesmag.com/firmas/sutil-eugenesia-sociedad/ Wed, 29 Oct 2025 08:40:59 +0000 https://www.omnesmag.com/?p=54069 Cuando en el seno de una familia nace un hijo con una enfermedad incurable, el mundo se detiene. De pronto, la vida que imaginabas se convierte en una sucesión de preguntas sin respuesta. Pero llega un momento en el que uno comprende que no hay alternativa más humana que aprender a vivir con ello, porque, […]

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Cuando en el seno de una familia nace un hijo con una enfermedad incurable, el mundo se detiene. De pronto, la vida que imaginabas se convierte en una sucesión de preguntas sin respuesta. Pero llega un momento en el que uno comprende que no hay alternativa más humana que aprender a vivir con ello, porque, en estos casos, vida y enfermedad se vuelven una sola realidad.

En las sociedades que se llaman “avanzadas”, existen recursos para ayudar a las familias: tratamientos, apoyo psicológico, investigación, etc. Y sin embargo, detrás de ese progreso, hay algo que inquieta: una tendencia silenciosa hacia la eugenesia, una idea disfrazada de bienestar que sugiere que solo algunas vidas merecen ser vividas.

Yo lo he experimentado de frente. El mismo médico que cuida con esmero a mi hijo Álvaro —que padece fibrosis quística, una enfermedad genética rara—, me ofreció sin titubeos la posibilidad de seleccionar embriones sanos en caso de querer tener más hijos. Lo hacía con buena intención, como una forma de evitar el sufrimiento. Pero en el fondo de esa propuesta se esconde una idea brutal: que mi hijo no debería haber nacido.

Gracias a la investigación médica, Álvaro puede tener una vida plena, jugar, reír, crecer como cualquier niño. Pero esa misma ciencia que le da esperanza, también me sugiere que su existencia es un error que podría haberse evitado. Y eso, como madre, me duele más que la enfermedad.

Porque va en contra de algo elemental: la convicción de que toda vida vale por sí misma, sin condiciones, sin filtros, sin diagnósticos previos que la midan. No hay argumento racional, ético ni afectivo que pueda justificar que una vida, por ser imperfecta, sea descartada.

La sociedad llama “progreso” a la selección embrionaria, y puede parecer una solución lógica. Pero cuando me propusieron usarla, sentí que me estaban diciendo —sin decirlo— que si hubiéramos sabido antes, podríamos haber evitado a Álvaro. Y eso es lo más cercano que he sentido al abismo moral: imaginar que, en nombre de la salud, podríamos negar la vida de quien amamos.

Hay enfermedades que se superan, y otras que se incorporan a la vida hasta ser parte de la identidad. Álvaro tendrá una vida maravillosa, con sus ojos marrones y con su fibrosis quística. No son cosas separadas: son parte de la misma historia.

Hoy la ciencia ha logrado tratamientos que no curan, pero que permiten vivir. Y eso, lejos de hacernos dioses, debería recordarnos algo esencial: la vida no se descarta, se acompaña. No hay tecnología capaz de medir el valor de un ser humano. Y no hay argumento que pueda explicarle a un hijo que el mundo habría sido mejor sin él.

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La vocación olvidada: ser padre o madre es una entrega total https://www.omnesmag.com/firmas/la-vocacion-olvidada-ser-padre-o-madre-es-una-entrega-total/ Wed, 13 Aug 2025 04:37:00 +0000 https://www.omnesmag.com/?p=51493 Este verano, entre pañales, risas y noches cortas, me ha asaltado una convicción que me cuesta entender por qué no ocupa titulares ni homilías: la vocación de padre y madre de familia es, en mérito y entrega, tan alta como la de cualquier persona consagrada. Sí, lo digo así de claro. Y me sorprende —me […]

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Este verano, entre pañales, risas y noches cortas, me ha asaltado una convicción que me cuesta entender por qué no ocupa titulares ni homilías: la vocación de padre y madre de familia es, en mérito y entrega, tan alta como la de cualquier persona consagrada. Sí, lo digo así de claro. Y me sorprende —me escandaliza, en el buen sentido— que la Iglesia, y la sociedad en general, sigan sin reconocerlo del todo.

En Misa, escuchamos peticiones por “quienes dedican toda su vida al Señor” y automáticamente se piensa en religiosas, sacerdotes, misioneros. Y yo, ahí sentada, no puedo evitar preguntarme: ¿y nosotros? ¿Acaso un padre o una madre joven, que se deja la piel por sacar adelante un proyecto familiar generoso, no dedica también su vida al Señor? ¿Acaso no hay en esa entrega —sin reservas, sin horarios— un heroísmo cotidiano que glorifica a Dios de manera radical?

El celibato es precioso, eminentísimo, con su razón de ser en la vida de la Iglesia. Pero no lo es menos el matrimonio vivido como verdadera vocación. Una familia cristiana no es una renuncia menor: es una oblación diaria. Es amor que se encarna en madrugones, discusiones que se sanan, abrazos que curan, economías que se ajustan para que los hijos crezcan en un hogar abierto a la vida y a Dios.

Hoy, mientras algunos eligen proyectos de pareja más cómodos o postergan el compromiso hasta que todo esté “bajo control”, hay jóvenes que se casan pronto, que apuestan por tener hijos, que complican su vida conscientemente por amor. Y eso, nos pongamos como nos pongamos, es digno de pedestal.

En ese sentido, no es casualidad que Mons. Luis Argüello —arzobispo de Valladolid y presidente de la Conferencia Episcopal Española— haya compartido que, al presentar la propuesta del Congreso Nacional de Vocaciones al Papa Francisco, éste expresó: “Preocúpense por promover la vocación al matrimonio y la familia”, destacando el valor del matrimonio en tiempos de crisis demográfica y cultural.

Quizá ha llegado el momento de que obispos y sacerdotes lo digan sin rodeos: la vocación matrimonial, vivida de verdad, tiene un valor sobrenatural de primera categoría. No es una “opción natural” de segunda categoría. Es un camino estrecho y glorioso que, en el misterio de Dios, lleva tanto mérito como el de quienes entregan su vida en celibato. Y tal vez, si lo reconociéramos más, no solo se fortalecerían nuestras familias, sino también la misma Iglesia.

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