Antonio Moreno, autor en Omnes https://www.omnesmag.com/author/antonio-moreno/ Una mirada católica a la actualidad Sat, 31 Jan 2026 01:40:55 +0000 es hourly 1 ¿Qué hice frente al ICE? https://www.omnesmag.com/firmas/que-hice-frente-al-ice/ Sat, 31 Jan 2026 01:40:00 +0000 https://www.omnesmag.com/?p=57904 Las dramáticas imágenes de agentes del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de EEUU (ICE) abatiendo a tiros a ciudadanos en mitad de la calle o deteniendo a un niño de cinco años son una nueva muestra del alejamiento de Occidente de sus raíces cristianas. La polémica operación de control migratorio que lleva a […]

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Las dramáticas imágenes de agentes del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de EEUU (ICE) abatiendo a tiros a ciudadanos en mitad de la calle o deteniendo a un niño de cinco años son una nueva muestra del alejamiento de Occidente de sus raíces cristianas.

La polémica operación de control migratorio que lleva a cabo el Gobierno federal es fruto del miedo irracional al inmigrante, miedo que funciona muy bien como herramienta electoral en contextos de incertidumbre y crisis económica. Pero el miedo no ha sido nunca motor de nuestra civilización, esa que Trump dice defender.

El miedo no levantó catedrales ni universidades; el miedo no promovió los derechos humanos ni la creación de hospitales, escuelas e instituciones sociales; el miedo tampoco impulsó a nadie a lanzarse mar adentro a buscar nuevas rutas comerciales y ensanchar el mundo. Por el contrario, es el miedo el que nos lleva a temer a la vida humana y a promover el aborto y la eutanasia; es el miedo el que nos lleva a asustarnos de la precariedad y a promover una economía egoísta y excluyente; es el miedo el que nos lleva a temer las relaciones humanas y a rechazar la familia y preferir ciudades de «singles» en lugar de auténticos pueblos; es el miedo el que nos lleva a las guerras y a diseñar armas de destrucción masiva.

Algunos, sin embargo, tratan de azuzar el temor a las personas migrantes acusándolas de ser las culpables de acabar con nuestra cultura, cuando lo cierto es que son ellos, en muchas ocasiones, los que mantienen los valores que aquí hemos perdido. Valores como la familia, el cuidado de los mayores, la solidaridad o la práctica religiosa son firmemente defendidos por quienes vienen de fuera sirviendo de freno a la deriva secularista europea y norteamericana.

¡Tenemos tanto que aprender de los migrantes! ¡Tienen tanto que enseñarnos sobre no tener miedo! «En un mundo oscurecido por guerras e injusticias, incluso allí donde todo parece perdido –nos recordaba León XIV este verano– los migrantes y refugiados se erigen como mensajeros de esperanza. Su valentía y tenacidad son un testimonio heroico de una fe que ve más allá de lo que nuestros ojos pueden ver y que les da la fuerza para desafiar la muerte en las diferentes rutas migratorias contemporáneas».

Claro que hay que regular los flujos, claro que hay que defender el derecho a no migrar y combatir a las mafias que trafican con personas, claro que hay que proteger a las sociedades de quienes se aprovechan de la acogida de una comunidad para hacer el mal y claro que hay que exigir a los inmigrantes respeto por la cultura y las leyes del país que los acoge; de ahí los cuatro verbos que el Papa Francisco repetía: acoger, proteger, promover e integrar; pero nos seguiremos hundiendo en la miseria si no incorporamos gente con ganas de vivir, con esperanza e ilusión de abrir nuevos caminos, nuevas rutas, nuevos horizontes. Cerrándose el cielo, Occidente ha dejado de soñar con la tierra prometida, con la providencia de Dios en medio del desierto y ha preferido quedarse en Egipto comiendo cebollas. A la sociedad del bienestar le aterrorizan quienes no tienen llenos los graneros y sí que creen en el futuro, quienes sí se arriesgan por un mundo mejor, quienes son capaces de dejar atrás sus seguridades atravesando el desierto y se lanzan al vacío, solo confiando en Dios. ¡Aprovechemos esa riqueza que nos traen!

En España, el Gobierno ha anunciado la regularización extraordinaria de medio millón de inmigrantes. No han sido los partidos quienes han promovido esta medida, hay que recordarlo, sino el pueblo y las organizaciones sociales, entre ellas la Conferencia Episcopal Española, Cáritas o CONFER. La Iniciativa Legislativa Popular (ILP) que ha acabado logrando esta medida extraordinaria ha sido firmada por nada menos que 600.000 ciudadanos y 900 entidades, lo que la convierte en la ILP con más apoyos de la historia. 

Es una muy buenísima noticia para Europa, porque los 500.000 inmigrantes que vivían en tierra de nadie, a pesar de evitar el derrumbe de nuestra tasa de natalidad, pagar impuestos para nosotros y mantener nuestro tejido productivo y de servicios, van a recuperar su dignidad humana y van a transmitirnos su esperanza, esa que hemos perdido por el camino. Y también es muy buena noticia porque en nuestro mundo polarizado, donde si eres de un bando no puedes ser del otro, esta ILP promovida por los obispos y aprobada finalmente, aunque de aquella manera, por la izquierda más radical, también supone un rayo de esperanza de que el diálogo y la búsqueda del bien común aún es posible. 

Y si a alguno le sigue moviendo el discurso del miedo, más miedo debería darles leer ese cimiento de nuestra civilización que es Mateo 25 con aquel señor que reprendía a los suyos diciendo: «tuve hambre y no me disteis de comer, tuve sed y no me disteis de beber, fui forastero y no me hospedasteis, estuve desnudo y no me vestisteis, enfermo y en la cárcel y no me visitasteis”. Entonces también estos contestarán: “Señor, ¿cuándo te vimos con hambre o con sed, o forastero o desnudo, o enfermo o en la cárcel, y no te asistimos?”. Él les replicará: “En verdad os digo: lo que no hicisteis con uno de estos, los más pequeños, tampoco lo hicisteis conmigo”. Y estos irán al castigo eterno y los justos a la vida eterna», hasta aquí la cita.

Y ahora, hagámonos esta pregunta: ¿Y yo? ¿Qué hice cuando el Señor fue forastero? ¿Qué hice frente al ICE?

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¿Por qué se ha saltado ya la dieta? https://www.omnesmag.com/firmas/por-que-saltado-dieta/ Thu, 15 Jan 2026 05:28:00 +0000 https://www.omnesmag.com/?p=57160 A estas alturas del mes, seguro que ya ha tenido tiempo de incumplir alguno de los propósitos que se había planteado en fin de año: se ha saltado la dieta, ha dejado de ir al gimnasio, no ha leído aquel libro que le esperaba en la repisa o ha vuelto a fumar. No es preocupante […]

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A estas alturas del mes, seguro que ya ha tenido tiempo de incumplir alguno de los propósitos que se había planteado en fin de año: se ha saltado la dieta, ha dejado de ir al gimnasio, no ha leído aquel libro que le esperaba en la repisa o ha vuelto a fumar. No es preocupante excepto si es usted una de esas personas que, aun así, se creen consecuentes con sus acciones y jurarían, sin empacho, ser personas íntegras.  

Debilidades humanas y propósitos incumplidos

Yo, qué quieren que les diga, no me fío un pelo de mí mismo. La dieta me la salté al día siguiente de empezarla con un formidable roscón de Reyes; el libro aquel continúa mirándome desde la repisa mientras hago scroll infinito y, aunque no fumo desde hace años, en el fondo sé que sigo siendo fumador y a la mínima de cambio… Al gimnasio es que ni me he apuntado. No me enorgullezco, pero tampoco me flagelo. Yo soy así, así seguiré, nunca cambiaré. 

Al hilo de la famosa canción de Alaska y la debilidad humana, me llama la atención esa ola de supertacañonismo liderada por los mismos que convirtieron en himno el tema de «¿A quién le importa?». Parecía que cantaban contra una sociedad moralmente opresora, pero no, porque ahora son muchos de ellos los que señalan, apuntan con el dedo y susurran a la espalda. Y no solo lo hacen con esa minoría que se dicen católicos practicantes, sino hasta con quienes se atreven a reconocer que creen en Dios, aunque solo sea a su manera.

Artistas de la más diversa índole, científicos, políticos o deportistas que manifiestan en público sus creencias, no son de fiar para los nuevos censores encargados de preservar la nueva moral y buenas costumbres. En estas cuatro décadas no ha desaparecido el puritanismo, sólo ha cambiado quién lo ejerce. Para comprobarlo, busquen la letra de este clásico de la movida madrileña a ver si no podría ser cantada ahora, verso a verso, por Hakuna en la mismísima Puerta del Sol contra los nuevos censores. ¡Si Tierno Galván levantara la cabeza!

Hipocresía

Caer en el mismo fallo que criticamos de otros es una gran enseñanza de la vida que debería servirnos para reducir la polarización, para darnos cuenta de que el otro no es un enemigo, sino un hermano o hermana, débil como yo, y capaz de meter la pata. El Papa Francisco les decía a los presos: «cada vez que entro en una cárcel, me pregunto: «¿Por qué ellos y no yo?». Todos tenemos la posibilidad de equivocarnos: todos. De una manera u otra, nos hemos equivocado», y afirmaba que «señalar con el dedo a quien se ha equivocado no puede ser una excusa para esconder las propias contradicciones».

Es lo que han hecho históricamente los fariseos, sean de la religión, ideología o corriente política que sean, esconder sus propias contradicciones. Y luego llegan los escándalos: demócratas que actúan de espaldas al pueblo, defensores del feminismo pillados repartiéndose mujeres como cromos, políticos de discurso proletario convertidos en capitalistas, pastores que ejercen de lobos, expertos en violencia machista denunciados por abusos, adalides de la ley y la paz que usan la fuerza sin legitimación… Y un largo etcétera. 

Reconocimiento del pecado, humildad y necesidad de Dios

Por eso me fío poco de quien se fía mucho de sí mismo porque, o no se conoce, o nos está mintiendo descaradamente. Lamentablemente, los seres humanos estamos programados para seguir a líderes seguros de sí mismos y de ello viven los populismos, las sectas y todos los mesianismos que, al final, terminan destruyendo a sus seguidores porque se fundan en una mentira. 

Frente a la Verdad, que es Cristo, ningún ser humano por muy santo que sea, supera el test. Todos somos débiles, inconsecuentes, capaces de equivocarnos buscando el bien o de buscar el mal directamente. San Pablo explica como nadie esta contradicción típicamente humana cuando dice: «no hago lo bueno que deseo, sino que obro lo malo que no deseo.

Y si lo que no deseo es precisamente lo que hago, no soy yo el que lo realiza, sino el pecado que habita en mí». Creer en ese pecado que habita en cada uno de nosotros no nos exculpa ni significa tirar la toalla y no tratar de levantarse después de cada caída, pues Dios siempre nos ofrece una nueva oportunidad para enderezar el rumbo, pero sí que nos debe poner en alerta para no andar por el mundo a ciegas como hacen las ideologías que niegan el pecado y creen que el hombre tiene arreglo por sí mismo. ¡Necesitamos a Dios para ser auténticamente libres y no esclavos del pecado!

Así que ya sabe por qué se ha saltado la dieta. No se preocupe, es normal. Quizá es una señal para que tenga misericordia de quienes caen desde más alto porque, cualquier día, el batacazo gordo se lo pegará usted.

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12 meses, 12 apóstoles, 12 peticiones https://www.omnesmag.com/firmas/12-meses-12-apostoles-12-peticiones/ Wed, 31 Dec 2025 05:47:00 +0000 https://www.omnesmag.com/?p=56757 Llega 2026, con 12 meses por delante cargados de incertidumbre ¿Qué nos deparará el año nuevo? La fe nos invita a vivir con esperanza y a pedir gracias con la oración de petición. Hoy les invito a pedir conmigo 12 gracias de la mano de los 12 apóstoles. Enero Comenzamos con el primero en grado […]

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Llega 2026, con 12 meses por delante cargados de incertidumbre ¿Qué nos deparará el año nuevo? La fe nos invita a vivir con esperanza y a pedir gracias con la oración de petición. Hoy les invito a pedir conmigo 12 gracias de la mano de los 12 apóstoles.

Enero

Comenzamos con el primero en grado jerárquico, Pedro. El mes en el que celebraremos, como cada año, la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos, será una buena ocasión para rezar por el Papa León XIV, su sucesor. En sus manos está el timón de una Iglesia con muchas heridas internas y que tiene que ser testimonio de amor y unidad en un mundo aún más polarizado. Con la intensidad e insistencia de Pedro, pidamos la gracia de la comunión para que el mundo crea. 

Febrero

Continuamos con Andrés, el primer discípulo en decir sí a la llamada del Señor. Fue él, de hecho, quien le presentó a Jesús a su hermano Pedro, por lo que es ejemplo de espíritu misionero. En este mes en el que se celebra la fiesta de la Presentación del Señor, el día de la Vida Consagrada, pidamos que muchos puedan seguir respondiendo a la llamada vocacional y que Él nos ayude, a cada uno de nosotros, a seguir presentándolo a quienes aún no lo conocen.

Marzo

Con Mateo, el publicano que dejó a un lado su vida anterior para seguir a Jesús, nos adentraremos en la Cuaresma, tiempo de conversión, de cambio de vida. Pidamos la gracia de dejar de mirarnos a nosotros mismos para mirar a quienes viven al borde del camino y cerca de nosotros: los pobres, los enfermos, los encarcelados, los que viven solos, los jóvenes sin ilusión…  

Abril

Con Juan, el discípulo amado de Jesús, el único de los doce que permaneció al pie de la cruz y el primero de ellos en llegar al sepulcro vacío, nos adentraremos en el triduo pascual para contemplar la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús. Frente al odio, la guerra y la violencia, oremos por la paz y por poder ser transmisores de la alegría del Evangelio.

Mayo

De la mano del apóstol más discreto y con menos protagonismo en los relatos evangélicos, Santiago el Menor, llegaremos al mes de María, la humilde muchacha de Nazaret que aceptó el plan de Dios en su vida trayendo al mundo al Salvador. Vaya nuestra petición de este mes por las familias, para que, como la Sagrada Familia de Nazaret, sigan siendo lugar preeminente de acogida y protección de la vida desde la sencillez. 

Junio

Cuando Judas Tadeo le preguntó a Jesús, en el transcurso de la Última Cena: «Señor, ¿qué ha sucedido para que te reveles a nosotros y no al mundo?», nos estaba dejando una enseñanza para este mes en el que celebraremos el Corpus Christi. Pidamos el don de poder verlo en el misterio de la Eucaristía para poder seguir cumpliendo el mandamiento de amarnos como Él nos amó.

Julio

En este mes, junto a Santiago el Mayor, y jugando con su apodo, podemos acordarnos especialmente de los mayores, ya que en estas fechas celebraremos la Jornada Mundial de los Abuelos. Que, si somos mayores, podamos vivir con paz el cumplir años, sabiéndonos vulnerables y necesitados de ayuda; y que, si no lo somos aún, sepamos acompañar y honrar a quienes nos precedieron.

Agosto

En el mes tradicionalmente de vacaciones, la figura del apóstol Simón «el zelote», nos impulsa a no amodorrarnos, a vivir el Evangelio de forma radical. Oremos por que el Pueblo de Dios: seglares, religiosos y religiosas, sacerdotes y obispos no pierdan el celo apostólico porque el mundo tiene ansia de Dios, como dice el salmo, «como tierra reseca, agostada, sin agua».

Septiembre

Con el apóstol Felipe, quien se preocupó por cómo dar de comer a tanta gente antes de que Jesús multiplicara los panes y los peces, acordémonos de los migrantes y refugiados cuya jornada se celebra en este mes. Que Dios multiplique nuestros dones para que podamos acogerlos con generosidad, protegerlos, promoverlos e integrarlos.

Octubre

En el mes de las Misiones, con el testimonio de Tomás el apóstol, podemos pedirle a Dios poder verle, a pesar de nuestra incredulidad, para poder proclamar como él hizo: «¡Señor mío y Dios mío!» y llevar así a muchos, con nuestro testimonio, a la luz de la fe.

Noviembre

De la mano de Bartolomé o Natanael, de quien Jesús dijo: «ahí tenéis a un israelita de verdad, en quien no hay engaño», nos adentraremos en el Adviento, tiempo penitencial. Pidamos por la Iglesia para que sea una comunidad de fieles «en quien no hay engaño», capaz de reconocer sus errores y pedir perdón cuando se equivoca para no ser escándalo ante el mundo.

Diciembre

Y con Judas Iscariote, el traidor, llegaremos de nuevo a la Navidad para reconocernos necesitados de redención. Necesitamos que Dios vuelva a nacer una y otra vez en nuestros corazones. El pobre Judas no pudo más que desesperarse. Pidamos al Señor la virtud de la Esperanza para dar gracias, echando la vista atrás, en el año que acaba; y para afrontar el año nuevo con ilusión porque Él estará con nosotros, como dijo a sus apóstoles, «todos los días, hasta el final de los tiempos».

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La patada en el culo al elfo travieso https://www.omnesmag.com/firmas/la-patada-en-el-culo-al-elfo-travieso/ Fri, 12 Dec 2025 21:37:00 +0000 https://www.omnesmag.com/?p=56217 ¿Se acuerdan de cuando, hace apenas unos años, Halloween era solo una curiosa fiesta anglosajona que contemplábamos pensando que jamás llegaría a nosotros? Pues atentos, porque ya está aquí la nueva costumbre importada que llega para sustituir nuestras tradiciones: el elfo travieso. Quizá todavía ni siquiera conoce de su existencia, pero las redes sociales se […]

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¿Se acuerdan de cuando, hace apenas unos años, Halloween era solo una curiosa fiesta anglosajona que contemplábamos pensando que jamás llegaría a nosotros? Pues atentos, porque ya está aquí la nueva costumbre importada que llega para sustituir nuestras tradiciones: el elfo travieso.

Quizá todavía ni siquiera conoce de su existencia, pero las redes sociales se han llenado desde el comienzo del Adviento de las trastadas que los elfos traviesos han ido haciendo cada noche en todas aquellas casas que les han abierto las puertas. 

El origen de esta reciente tradición –valga la paradoja– se encuentra en la publicación hace 20 años del libro “The Elf on the Shelf” (El elfo en el estante), un cuento que relata el envío por parte de Papá Noel de un elfo doméstico que vigila el comportamiento de los niños para informarle cada noche. Su principal entretenimiento, no obstante, es crear travesuras nocturnas, moviéndose de sitio y generando, por tanto, expectación en los peques, quienes cada mañana deben encontrarlo y descubrir sus fechorías y siempre sin tocarlo para que no pierda su magia. El cuento se hace realidad en miles de hogares, cada día, gracias a la complicidad de los padres y al bajo precio del muñeco que se puede adquirir por unos pocos euros en cualquier chino o tienda digital.

Los profesores dicen que los niños no hablan de otra cosa en los recreos: 

–¿Qué trastada ha hecho hoy tu Elfo?

–El mío ha espolvoreado de harina la encimera de la cocina y se ha tumbado encima haciendo la figura de un ángel como se hace en la nieve ¡Cómo lo ha dejado todo de sucio! ¿Y el tuyo?

–Pues el mío ha desemparejado hoy todos los calcetines de mi cajón, pero ayer pintó caras con rotulador a los huevos que había en la nevera. ¡Qué gracioso!

Desde el 1 de diciembre hasta la víspera de la Navidad, cada noche, el muñeco aparece en un sitio distinto de la casa dejando su huella en forma de gamberrada para el regocijo de niños y, sobre todo, de los mayores que se divierten a costa de la inocencia de sus hijos. Y he aquí el problema, porque no sé si a usted le ha pasado como a mí en Halloween. En esa víspera de Todos los Santos me topé con grupos de niños acompañados por sus padres visitando el barrio para pedir caramelos. Los niños, disfrazados de muertos y con caras de ídem; y los padres, con una sonrisa de oreja a oreja viendo lo terroríficamente graciosos que iban sus hijos por la calle. El caso es que fueron pocos los vecinos que correspondieron con caramelos a la pregunta de “¿Truco o trato?” que le lanzaba la santa compaña halloweenense, para frustración de los pequeños a quienes los padres les habían asegurado que ese día todos los comercios y vecinos se volverían generosos y les entregarían toneladas de caramelos. ¡Pero es que no es nuestra costumbre! Al menos, todavía. 

Y es que, si hay una cosa crucial en las tradiciones es el consenso que permite poner de acuerdo a toda la comunidad adulta y, como esta es una costumbre relativamente novedosa importada de otros países donde sí que hay consenso esa noche, pues pasa lo que pasa. Si no jugamos todos, se pierde la gracia.

La irrupción del elfo doméstico, derivada de la también importada tradición de Papá Noel, de quien el personaje mágico es colaborador, tiene un claro objetivo ofensivo contra la muy nuestra de los Reyes Magos. Viene a romper “el pacto” que hace posible su magia y a confundir a los pequeños. No se trata de hacer una guerra de tradiciones sino de saber quiénes somos y de ponernos de acuerdo. No se trata de aferrarnos a posiciones inmovilistas ancladas en el pasado, sino de dar a nuestros hijos una base firme sobre la que construir su personalidad. Sin respetar las tradiciones o, peor aún, subiéndose a la tradición del primero que toca a la puerta de nuestro Tiktok, dejamos a los niños desamparados ante los vientos que más soplen y les estaremos privando de un legado milenario cuidado por los padres de generación en generación. Un legado que permite conocernos e identificarnos con nuestro pueblo, con nuestra comunidad más cercana. Al romper las tradiciones que nos unen nos hacemos cada vez más débiles.  

¡Cuánta complicidad, cuánto consenso para organizar las cabalgatas de Reyes y todo lo relacionado con esa noche para que ahora vengan cuatro influencers con ganas de protagonismo a llevarse el scattergories y fastidiarnos la partida!

Así que, a riesgo de ser recriminado por incitar a la violencia en estas fechas tan señaladas, permítanme que le aconseje que, si ven aparecer por su casa un elfo travieso, no lo dejen actuar ni una sola noche en casa. Denle, de mi parte, una patada en el culo que lo haga volar de vuelta hasta el trineo de Papá Noel y que, con él, viaje hasta la muy fría y muy desagradable Laponia para poder seguir allí dando por saco a los suyos.

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Qué bello es vivir… si tienes dónde https://www.omnesmag.com/firmas/que-bello-es-vivir-si-tienes-donde/ Sun, 30 Nov 2025 04:18:00 +0000 https://www.omnesmag.com/?p=55624 Esta Nochebuena se cumplirán 80 años de aquella en la que se ambienta la película «Qué bello es vivir», de Frank Capra. 80 años después, el señor Potter sigue lucrándose gracias a la necesidad de vivienda de las familias. ¿Podrá algún ángel iluminar hoy a un nuevo George Bailey? Yo, por si acaso, voy a […]

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Esta Nochebuena se cumplirán 80 años de aquella en la que se ambienta la película «Qué bello es vivir», de Frank Capra. 80 años después, el señor Potter sigue lucrándose gracias a la necesidad de vivienda de las familias. ¿Podrá algún ángel iluminar hoy a un nuevo George Bailey?

Yo, por si acaso, voy a intentar ganarme un par de alas removiendo conciencias con mi columna de hoy porque no se me quitan de la cabeza los datos del último informe FOESSA que señalaba que el encarecimiento de la vivienda expulsa en España a uno de cada cuatro hogares de una vida digna. Y no hablamos solo de la imposibilidad de comprar una vivienda sino de que incluso el 45 % de la población que vive en régimen de alquiler se encuentra en riesgo de pobreza y exclusión social, la cifra más alta de la UE. «El alquiler se ha convertido en una trampa de pobreza», afirman desde la Fundación impulsada por Cáritas Española. Pero de todo lo que recoge la nota de prensa, me quedo con una frase de Raúl Flores, el coordinador del informe, que no es otra cosa que la moraleja de la película que protagoniza James Stewart: «no fallan las personas, falla el sistema». 

Porque está muy bien que apretemos las tuercas a los políticos, que exijamos acciones serias encaminadas a no convertir los bienes básicos en artículos de lujo; pero el sistema está dominado por los grandes fondos de inversión, como el que representa el avaro Potter, que solo entienden de rentabilidad. Al final tendrán que ser las familias, la sociedad civil, las instituciones, quienes se unan para llevar adelante iniciativas que hagan frente a los especuladores. Pero la sociedad está muchas veces dormida y necesita héroes, como el protagonista del clásico navideño en blanco y negro, que la hagan despertar, que le hagan ver que la gente pequeña, si se une, puede hacer cosas muy grandes sin esperar a que papá-estado les saque las castañas del fuego porque se les pueden quemar.

La gente que necesitamos

Tuve la suerte de conocer y entrevistar poco antes de su muerte (fue bendecido con una larga vida de más de 100 años), a un George Bailey de carne y hueso, quien fuera mi párroco, el sacerdote D. Francisco Acevedo Ponce de León. Enviado en los años 50 al hoy próspero (entonces paupérrimo) barrio de Huelin, en Málaga, se encontró con el grave problema de jóvenes familias que vivían en chabolas porque los sueldos de obrero no daban para acceder a una vivienda digna. Un día llevó a ver las condiciones de vida de aquellos matrimonios con hijos pequeños a un feligrés suyo, Claudio Gallardo, un gestor de profunda fe religiosa, que quedó impresionado con aquella visita sentenciando: «Hay que acabar con este río de tristeza». Manos a la obra, este tándem fue el responsable de la construcción de nada menos que 6.000 viviendas en régimen de cooperativa entre finales de los años 60 e inicios de los 70. Viviendas que, por supuesto, ocuparon en primer lugar las familias de las chabolas, que fueron derribadas al poco, pero a las que se sumaron otras muchas familias que no podrían haber accedido a una propiedad en el mercado inmobiliario. Aquel río de tristeza fue absorbido por un océano de ingenio solidario.  

¿Cuántos Acevedo-Gallardos habrá en estado latente entre nosotros sin haberse atrevido aún a poner sus talentos a trabajar? Gente emprendedora, con capacidad de conmoverse con el dolor ajeno, dispuesta a sufrir los ataques de quienes rechazarán la idea, con conocimiento de la materia, economistas, constructores, arquitectos…

¿Y las congregaciones religiosas? ¿Cuánto podrían aportar en esta materia? Seguro que hay quien cuenta con patrimonio inmobiliario hoy en desuso que podría ser el germen de una nueva misión al servicio de las familias más necesitadas. Cuando se habla de crisis vocacional en la vida consagrada, siempre recuerdo que sus épocas de esplendor están íntimamente ligadas a la capacidad que tuvieron sus fundadores de detectar las heridas más sangrantes de la humanidad. Fue ese espíritu de salir a curar dichas heridas el que hacía que los jóvenes, intrépidos por naturaleza, se les unieran porque es propio de ellos el seguimiento a las causas nobles, como vimos en Valencia con la DANA, o como hizo George Bailey renunciando a ir a la Universidad o a disfrutar de su viaje de novios para no dejar tiradas a tantas familias que dependían de su compañía de empréstitos. En un tiempo, los religiosos ofrecieron la educación o la sanidad que el estado no daba. Hoy, estas necesidades, aunque siguen siendo muy importantes, no son quizá tan urgentes porque el estado las cubre ampliamente. ¿Estará Dios hablándonos de alguna manera?

No me hagan caso. Seguro que lo que acabo de decir es una barbaridad, seguro que no tengo ni idea de economía ni de emprendimiento ni de vida religiosa; pero déjenme soñar, como con el cuento de Capra. Déjenme soñar con un mundo mejor como el que soñaron un día mi párroco y su buen amigo Gallardo y que lograron hacer realidad. Déjenme soñar con un mundo en el que hombres y mujeres valientes promuevan redes de solidaridad para que muchas familias puedan decir: «¡Qué bello es vivir!» y encuentren dónde. Porque no fallan las personas, falla el sistema. ¿Han oído una campanita?

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Pobres https://www.omnesmag.com/firmas/pobres/ Sun, 16 Nov 2025 04:57:00 +0000 https://www.omnesmag.com/?p=55265 «La pobreza más grave –afirma León XIV en su mensaje para la Jornada Mundial de los Pobres– es no conocer a Dios». Toda una bomba en medio de una sociedad que considera a Dios como su archienemigo y que cree también erróneamente que la pobreza se combate con dinero. Dios ha sido considerado por algunos […]

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«La pobreza más grave –afirma León XIV en su mensaje para la Jornada Mundial de los Pobres– es no conocer a Dios». Toda una bomba en medio de una sociedad que considera a Dios como su archienemigo y que cree también erróneamente que la pobreza se combate con dinero.

Dios ha sido considerado por algunos como el opio del pueblo, una fantasía infantil que aleja al ser humano de la lucha por la justicia, que lo aliena para no rebelarse contra los poderosos, cuando lo cierto es que es todo lo contrario. La fe, si es en Jesucristo, el Hijo de Dios, ilumina a hombres y mujeres para hacernos conscientes de nuestra propia dignidad y de la de nuestros hermanos.

Creer en un Padre común nos hace hermanos, nos hace prójimos, nos predispone a la distribución justa de la riqueza pues somos de la misma familia. Ahí están Cáritas, Manos Unidas y tantas organizaciones nacidas en el seno de la comunidad católica liderando, año tras año, la lucha contra la pobreza. Lo hacen con obras por todos conocidas; pero también con palabras proféticas, denunciando la injusta situación en la que viven millones de hermanos nuestros. Y lo hacen, siendo consecuentes, desde la pobreza evangélica, desde la sencillez, sin los poderosos medios con que cuentan otras instituciones.

Mientras tanto, las ideologías y los –económicamente dopados por ellas– agentes sociales se enzarzan en sus propias luchas con los pobres por bandera. Todos creen tener la solución para acabar con la pobreza; unos subiendo impuestos a los ricos para repartir entre los pobres; otros, promoviendo que se genere más riqueza para que así haya más que repartir con los que menos tienen; pero, en uno y otro caso, desde la idolatría al dinero, como si el dinero solo tuviera el poder de acabar con la pobreza.

Pero esto no es así. Nada más que hay que echar un vistazo a la estadística de personas arruinadas tras ganar un premio de la lotería. Según un estudio, hasta el 70 por ciento de ellos acaba en bancarrota en cinco años. ¿La razón? Hay una pobreza humana que es superior a cualquier pobreza material y que nos hace no ser capaces de dominar al dinero, sino que éste nos domine a nosotros. Si, con poco, nadie está libre de caer en la tentación de satisfacer deseos absurdos, egoístas, cuando no nocivos; ¡cuánto más si nos cae una lluvia de dinero! A nuestras sociedades ricas les está pasando lo mismo. Cada vez hay más dinero, pero estamos más endeudados y los pobres son cada vez más pobres. ¿Cómo es posible? El amor al dinero nos aleja de Dios y, por tanto, de todo aquello que nos hace humanos: la solidaridad, la pertenencia a una comunidad, la sobriedad, el dominio de sí. Derrochamos en políticas absurdas y no invertimos en lo que de verdad genera riqueza: las personas.  

La propia palabra «solidaridad», esgrimida por muchos que se inician en el mundo de la política o las organizaciones que luchan contra la pobreza va perdiendo fuelle conforme van ascendiendo en la escala social hasta que, salvo honrosas excepciones, el brillo del dinero que han ganado y la vanidad, les impiden ver la pobreza de la que no han hecho más que salir. Pobrecillos, no tienen más que dinero que los arrastra y domina. 

A una semana de la celebración de la fiesta de Cristo Rey, un rey que se presenta pobre y humilde, con una corona de espinas y un corazón traspasado de amor a los hombres, la Jornada Mundial de los Pobres nos invita a reinar con Él sobre los poderes humanos a quienes maneja el dinero porque «no podéis servir a dos señores». Y nos anima a imitarlo en su pobreza, en su desapego de toda seguridad humana, apoyándonos solo en el Padre cuya Providencia es más poderosa que cualquier banco o fondo Next Generation.

Es la libertad que sintieron tantos santos como San Francisco de Asís o San Roque, desprendiéndose de sus riquezas para vivir la auténtica libertad. Desde ahí abajo, podemos empezar a ver a los pobres no como un estorbo, no solo como un problema a solucionar, sino como una riqueza porque ellos son, nos recuerda León XIV, «los hermanos y hermanas más amados, porque cada uno de ellos, con su existencia, e incluso con sus palabras y la sabiduría que poseen, nos provoca a tocar con las manos la verdad del Evangelio». 

«Pobres siempre tendréis entre vosotros», profetizó el Señor. Y no lo dijo para que tiráramos la toalla porque es un problema sin solución, sino para que fuéramos conscientes de que nuestra libertad, nuestra salvación, la tenemos siempre al alcance de la mano. No hay que irse muy lejos para encontrar un pobre, como hacen quienes prefieren tranquilizar su conciencia sin implicarse.

A veces duermen en los soportales del centro de las grandes ciudades, sí, pero otras veces tienen el rostro de un conocido que está en el paro y al que se le han acabado las ayudas. A veces están en los países de misión, sí, pero otras tienen forma de un familiar que reclama cuidados que son incompatibles con nuestro nivel de vida. A veces están en la cárcel, sí, pero otras viven en nuestra propia casa encarcelados por la adicción a los videojuegos porque nadie les hace caso. A veces están en el psiquiátrico, sí, pero otras son amigos o vecinos que necesitan nuestro afecto, tiempo y comprensión porque sufren problemas mentales y la convivencia se hace difícil… 

«Pobres siempre tendréis entre vosotros», profetizó el Señor. Y es que, allá donde haya un pobre, un necesitado, una persona que sufre, más cerca o más lejos de nosotros, estará Él esperándonos para ayudarnos a salir de nosotros mismos, para ayudarnos, por tanto, a salir de la más severa de las pobrezas que es vivir sin Él.

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«Los domingos» https://www.omnesmag.com/firmas/los-domingos/ Sun, 02 Nov 2025 04:34:00 +0000 https://www.omnesmag.com/?p=54485 La película «Los domingos», de Alauda Ruiz de Azúa ha conseguido devolverme la fe. No la fe en Jesucristo, que esa ya la tenía, aunque solo sea en una dosis homeopática, sino la fe en el ser humano, por lo que supone de ejercicio de comprensión hacia el que piensa distinto. Y es que yo, […]

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La película «Los domingos», de Alauda Ruiz de Azúa ha conseguido devolverme la fe. No la fe en Jesucristo, que esa ya la tenía, aunque solo sea en una dosis homeopática, sino la fe en el ser humano, por lo que supone de ejercicio de comprensión hacia el que piensa distinto.

Y es que yo, como creyente, comprendo perfectamente a quien no cree; pero me cuesta comprender a quien, desde su planteamiento ateo o agnóstico ridiculiza a quien tiene fe cualquiera que sea su credo. 

Ponerse en el lugar del otro 

Igualmente, como hijo de emigrantes, puedo entender a quien se siente amenazado por la inmigración descontrolada, pero no puedo entender que haya quien levante muros inhumanos, los recluya en guetos, los explote o les niegue el deber de socorro como náufragos.

Como defensor del valor del ser humano en todos sus estadios, comprendo a las mujeres que deciden abortar por múltiples razones, pero me resulta difícil de entender que haya quien se oponga a que se ayude a las mujeres embarazadas que no querrían hacerlo si tuvieran el apoyo necesario. Desde el mismo planteamiento comprendo a quien pide la eutanasia, pero no puedo entender a quien niega la alternativa de los cuidados paliativos.

Como miembro de una familia de las denominadas «tradicionales» entiendo perfectamente a quien opta por formas de unión distintas, pero no puedo entender a quien se esfuerza por desprestigiar y destruir una institución milenaria de la que provenimos la mayoría y que sigue funcionando.

Como trabajador, entiendo que haya empresarios cuyo máximo interés sea generar más beneficios, pero no puedo entender que haya quien prime estos sobre el bien de las personas que trabajan para él, de la comunidad en la que se inserta su empresa o del medio ambiente.

Como padre de hijos en edad de independizarse entiendo que haya propietarios de viviendas que quieran conseguir una buena renta por alquilarla o venderla, pero me cuesta mucho entender que las administraciones no puedan hacer nada frente a la especulación salvaje.

Como amante de la paz, entiendo que haya ejércitos para salvaguardarla, pero no puedo entender a quien invade territorios ajenos, amenaza a los débiles o promueve la escalada armamentística.

Podría estar horas explicando opiniones totalmente contrarias a las mías que logro comprender poniéndome en el lugar del otro. También hay ideas que me parecen incomprensibles desde mi perspectiva actual pero que, dependiendo de las circunstancias, quién sabe si podría llegar a plantearme. No es relativismo, es conocer la frágil realidad humana y que hay que ponerse en los zapatos del otro para entenderlo. 

La película

La película «Los domingos», que retrata el drama familiar que provoca la decisión de irse a un convento de una joven en cuyo hogar la fe se vive a nivel meramente sociológico, nos enfrenta a la diferencia y nos obliga a salirnos de la cómoda polarización en la que todos, yo el primero, estamos situados. 

Lo mejor de la película es que la directora no se moja. Se define como no creyente, pero en la cinta no hay un solo de los clichés con los que el cine contemporáneo (mucho más el español) se acerca a la realidad de la Iglesia Católica. Describe una Iglesia como la que conocemos cualquiera de los que la frecuentamos. Curas normales, monjas normales y fieles normales. Con sus más y sus menos, por supuesto, pero no todos son pederastas ni reprimidos ni mojigatos.

En este sentido y gracias a las magníficas interpretaciones que nos regala «Los domingos», a veces se tiene la sensación de estar viendo un documental. Ruiz de Azúa se acerca a la realidad eclesial con la humildad (virtud de los verdaderamente grandes) de quien quiere conocer qué fenómeno es ese que ella desconoce en profundidad pero que tantos otros viven como elemento fundamental de sus vidas. Y no nos da moraleja o, mejor aún, nos regala la moraleja de no tener moraleja, de tratar al espectador como un adulto para que resuelva los problemas por sí mismo. 

Que en nuestra sociedad alguien elija abrir el diálogo a la confrontación; el conocer la realidad del otro al prejuicio; el centro a los extremos o la verdad que nos trasciende y que hemos de buscar entre todos a los dictados de las ideologías es buena noticia para el mundo. Hacen falta más.

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Lo que no sabías sobre tu suegra y te hará quererla https://www.omnesmag.com/firmas/lo-que-no-sabias-sobre-tu-suegra-y-te-hara-quererla/ Wed, 15 Oct 2025 04:30:00 +0000 https://www.omnesmag.com/?p=53466 Es una palabra fea esta de suegra en español. No sé por qué. Curiosamente, ha permanecido inalterada durante milenios y las etimologías le encuentran una raíz común indoeuropea «swekru» que la hacen muy parecida en idiomas muy dispares.  La palabra suegra se relaciona automáticamente con sus clichés: entrometidas, conflictivas, dominantes… Y ciertamente son muchas las […]

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Es una palabra fea esta de suegra en español. No sé por qué. Curiosamente, ha permanecido inalterada durante milenios y las etimologías le encuentran una raíz común indoeuropea «swekru» que la hacen muy parecida en idiomas muy dispares. 

La palabra suegra se relaciona automáticamente con sus clichés: entrometidas, conflictivas, dominantes… Y ciertamente son muchas las formas de ejercer mal el papel de madre política; pero lo normal es que las suegras sean parte importantísima de las familias, queridas y valoradas a pesar de «sus cosas» por yernos y nueras. 

He tenido la suerte de acompañar a mi suegra en sus últimos años de vida y tengo que decir que, a pesar de que han sido duros porque su progresivo deterioro le hacía sufrir a ella y nos hacía cada vez más cuesta arriba su cuidado a nosotros, los echaré de menos. Y es que, como señala el Papa cuando hace referencia a la «revolución del cuidado», «hay una bienaventuranza en la ancianidad, una alegría auténticamente evangélica, que nos pide derribar los muros de la indiferencia, que con frecuencia aprisionan a los ancianos». Ciertamente, yo (y toda la familia) nos hemos sentido bienaventurados gracias a mi suegra, hemos aprendido mucho y hemos disfrutado de ella a pesar de que su vida ya no era «útil» en términos meramente humanos. 

En su reciente exhortación apostólica «Dilexi te», León XIV lo concreta diciendo, por ejemplo, que «el anciano, con la debilidad de su cuerpo, nos recuerda nuestra vulnerabilidad, aun cuando buscamos esconderla detrás del bienestar o de la apariencia». Todos, familiares y amigos, que la hemos acompañado en su larga ancianidad hemos estado recibiendo de ella, gratuitamente, la mayor de las lecciones que se pueden aprender en esta vida: ¡Que todos somos vulnerables y que nos morimos! No hay mayor descanso para una persona que saber que no tiene por qué poderlo todo y por qué poder siempre; que hay momentos en los que hay que pedir ayuda; que todos necesitamos de todos, que el dinero, el trabajo o la salud nos dan apariencia de seguridad, pero que esta es fragilísima porque se pierden de un día para otro; que la familia es la mejor seguridad social; que la perspectiva de la muerte nos hace disfrutar más de la vida y abrirnos a la trascendencia donde el hombre y la mujer encuentran respuestas a sus mayores anhelos…

La Biblia nos regala diversas referencias hacia las suegras, comenzando por la historia de Ruth, que manifestó un amor y lealtad sin igual hacia su suegra Noemí, no abandonándola cuando quedaron ambas viudas: «Iré adonde tú vayas –le dijo–, viviré donde tú vivas; tu pueblo será mi pueblo y tu Dios será mi Dios; moriré donde tú mueras, y allí me enterrarán. Juro ante el Señor que solo la muerte podrá separarnos»; hasta llegar al mismísimo Jesús, que nos hace valorar a las suegras cuando curó con ternura a la de Pedro, su mano derecha: «inclinándose sobre ella –relata Lucas– increpó a la fiebre, y se le pasó; ella, levantándose enseguida, se puso a servirles». 

También nos advierte la Escritura de lo peligroso que puede ser no entender bien qué significa ser suegra cuando nos aconseja aquello de: «dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer…». Y es que cada nueva familia que nace debe romper el cordón umbilical que los une a su familia de origen pues, de lo contrario, la natural discrepancia de opiniones hasta en los aspectos más nimios de la vida puede provocar una auténtica guerra civil y no son pocos los divorcios que tienen en las suegras su detonante. Jesús llega al extremo de recomendar poner tierra de por medio si la fe se ve comprometida por la afectividad cuando dice: «¿Pensáis que he venido a traer paz a la tierra? No, sino división. Desde ahora estarán divididos cinco en una casa: tres contra dos y dos contra tres; estarán divididos el padre contra el hijo y el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra contra su nuera y la nuera contra la suegra». ¡Cuántos matrimonios se habrían salvado si se hubiera cortado a tiempo con la mamá!

Volviendo a lo bonito de las suegras, hay un dato que repito cuando algún amigo mío que haya sido padre me habla mal de la suya. Le pregunto si quiere a sus hijos y él me responde naturalmente que sí, que son lo mejor que le ha pasado. Entonces, yo le explico que antes de en el vientre de su mujer, sus hijos estuvieron, en cierto sentido, en el vientre de su suegra, pues los óvulos que una mujer tendrá a lo largo de su vida se forman mientras ella se gesta dentro del útero de su propia madre. Así pues, los óvulos que, una vez fecundados, dieron lugar a nuestros hijos se formaron muchos años antes, en el vientre de su abuela materna, tu suegra. ¡Y se quedan planchados!

Curiosidades científicas aparte, hoy quiero romper una lanza en favor de las suegras, porque me duele mucho haber perdido a la mía. Ella me regaló lo mejor de mi vida: mi mujer, mis hijos, tanto aprendido, llorado y reído. Honrar a la suegra es camino de belleza, vida y alegría, puedo dar fe a quien lo pida. Por eso, mientras investigaba sobre el origen de la palabra, me ha encantado descubrir cómo se dirigen a ellas los franceses en señal de respeto. Nada menos que con el nombre de belle-mère (bella mamá). Así que hoy, y sin que sirva de precedente permítanme que me despida «a la francesa» con un enorme Merci belle-mère !

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51 razones para rezar el rosario https://www.omnesmag.com/firmas/51-razones-para-rezar-el-rosario/ Wed, 01 Oct 2025 04:30:00 +0000 https://www.omnesmag.com/?p=52886 León XIV ha hecho un llamamiento para rezar el rosario por la paz a lo largo del mes de octubre que comienza hoy. Solo esta petición del Papa en medio de la atmósfera bélica que respira el mundo en este 2025 debería bastarnos para unirnos a la convocatoria, pero hay muchas más razones.  La principal […]

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León XIV ha hecho un llamamiento para rezar el rosario por la paz a lo largo del mes de octubre que comienza hoy. Solo esta petición del Papa en medio de la atmósfera bélica que respira el mundo en este 2025 debería bastarnos para unirnos a la convocatoria, pero hay muchas más razones. 

La principal es la de su efectividad. ¡Cuántas batallas ha vencido el rezo del rosario! No solo la de Lepanto, el 7 de octubre de 1571, por la que se conmemora precisamente ese día la Virgen del Rosario y, por extensión, el mes del ídem; sino porque todo el que se haya agarrado a las 50 cuentas en momentos de peligro, prueba o necesidad especial, puede contar seguro varias victorias logradas por esta sencilla oración. Y he aquí otra de sus mayores virtudes: la de la sencillez. Conocido también como “el salterio de los pobres”, el rosario fue en sus inicios una herramienta para facilitar la oración al pueblo iletrado. Mientras que los monjes y monjas recitaban los 150 salmos que componen la liturgia de las horas, la gente sencilla repetía de memoria 50 avemarías por los tres grupos de misterios (gozosos, dolorosos y gloriosos –los luminosos no se añadieron hasta este siglo–), meditando sobre distintos momentos de la vida de Cristo y de la Virgen. El rosario puede rezarse en cualquier lugar; es barato y, si no tienes uno, puedes servirte de tus 10 dedos a modo de cuentas; hay modelos para todos los gustos y de todos los tamaños; es discreto si deseas pasar desapercibido mientras lo rezas, pero llamativo en momentos en los que puede interesar mostrarlo, se adapta muy bien al tiempo del que dispongamos; la estructura es fácil de memorizar y, para los más torpes, hay apps y vídeos en Youtube para guiarnos.

Junto a estas primeras diez razones prácticas, encontramos también poderosas razones espirituales, como el hecho de que su ejercicio nos ayuda a entrar en la presencia de Dios, nos sumerge en la contemplación de la vida de Jesús; nos invita a imitar las virtudes de María; nos aumenta la fe; nos conduce a la paz de espíritu; fortalece nuestra esperanza; nos acompaña en el discernimiento de la voluntad de Dios; nos acerca a los sacramentos; nos mueve a la caridad y nos impulsa a caminar por el buen camino. 

Rezando el rosario cumplimos el mandato del Señor de “Velad y orad para no caer en la tentación, pues el espíritu está pronto, pero la carne es débil» (Mt 26, 41); también el de «Vosotros orad así…» (Mt 6, 9) porque recitamos varias veces el Padrenuestro; y, por su repetición diaria, el de San Pablo de “Sed constantes en orar” (1 Ts 5, 17). También es un acercamiento a la Sagrada Escritura pues cada misterio es un pequeño Evangelio; y hasta nos sirve para meditar en dogmas marianos como el de la Asunción.

Son muchos los beneficios espirituales y hasta físicos que aporta el rezo del rosario. Es un arma contra las tentaciones, aleja la influencia del mal, es una defensa en momentos de crisis espiritual, María promete protección y gracias hacia quien lo reza y, en varias apariciones –como en Lourdes y Fátima–, la Virgen nos lo recomienda para superar las divisiones y las discordias. Pararse a rezar el rosario en nuestro mundo donde todo es urgente, nos ayuda a vencer el estrés, nos entrena para la paciencia y la perseverancia, es remedio contra la tristeza, une a la familia que lo reza en común y pone en sintonía a la comunidad, parroquia o movimiento que se reúne para recitarlo juntos.

Pero repetir las 50 avemarías mientras meditamos la Palabra de Dios no es un acto egoísta sino todo lo contrario, nos lleva al amor a los hermanos. Rezando el rosario nos acordamos de los que sufren, pedimos por quienes no conocen a Dios, rogamos por la conversión de los pecadores, nos unimos espiritualmente a la Iglesia orante del cielo y de la tierra, y nos ayuda a reconocer nuestras faltas cuando hemos fallado al prójimo. 

Si lo rezamos con los niños, es un hábito que los ayuda a crecer en la fe y les da confianza, al saber que sus padres se apoyan en alguien aún mayor. Los pequeños descubren que se puede estar en calma y sin pantallas un rato al día, les da cultura bíblica y les hace sentirse partícipes, como uno más, en la oración comunitaria pudiendo incluso dirigir ellos su rezo.

Finalmente, rezar el rosario es como pregustar el cielo donde estaremos, junto a todos nuestros seres queridos y en compañía de Jesús y María, en presencia de Dios. Además, se puede ofrecer por las almas del purgatorio y por aquellos seres queridos o amigos que nos hayan pedido oración por alguna causa concreta. Introducir su rezo en nuestra rutina diaria nos permite un momento de contemplación y descanso en medio de las tareas para centrarnos en lo importante y, para mí, de las cosas más gratificantes, es que te llena de alegría y sosiego interior. 

Si a estas 50 ideas le añadimos, de nuevo, la de que es una petición especial con la que el Papa ha querido continuar la tradición de sus predecesores pidiendo la intercesión de la Virgen para lograr el don de la paz, hacemos las inexcusables 51 razones para rezar el rosario, ¿le parecen pocas? ¡Ave María Purísima!

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El corderillo sin mancha https://www.omnesmag.com/firmas/el-corderillo-sin-mancha/ Mon, 15 Sep 2025 04:56:00 +0000 https://www.omnesmag.com/?p=52223 Aquel niño que acababa de salir de sus entrañas era la más hermosa criatura que jamás había visto. Aunque la habían aleccionado para no encariñarse con él, a Alina se le rompió el alma cuando, rápidamente, lo sacaron del paritorio envuelto en una toalla. El equipo médico también estaba entrenado para evitar en lo posible […]

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Aquel niño que acababa de salir de sus entrañas era la más hermosa criatura que jamás había visto. Aunque la habían aleccionado para no encariñarse con él, a Alina se le rompió el alma cuando, rápidamente, lo sacaron del paritorio envuelto en una toalla.

El equipo médico también estaba entrenado para evitar en lo posible el contacto de la parturienta con el niño, por lo que habían dispuesto una sábana delante de ellos que les servía de mampara. Pero la providencia dispuso que, en el movimiento de extracción del bebé, el matrón tirara sin querer también de la sábana permitiendo esa fugaz mirada gracias a la cual, exhausta aún, la madre pudo admirar la belleza de aquel pequeño milagro moreno. 

Sus otras dos hijas, que la esperaban en casa, eran rubias como el sol. Nacieron pelonas, aunque pronto les crecieron largas melenas que Alina se afanaba en cepillar cada mañana antes de ir al colegio. ¡Cómo le gustaba acariciar aquellos sedosos hilos de oro mientras las escuchaba contar esas cosas que solo se cuentan a una madre en una sesión familiar de peluquería! Por cierto, ¿cómo estarían? Después de dos semanas ingresada en la clínica por riesgo de preeclampsia, se le habían olvidado sus voces y su olor. 

La agencia que gestiona la gestación subrogada se preocupaba mucho por la salud de sus «asociadas» y la había obligado a internarse, por lo que las niñas se habían tenido que quedar con su abuela paterna, la única familia que les quedaba en Kiev. La suegra había superado felizmente la depresión que le produjo la pérdida de su único hijo, Dmytro, en el frente del Donbás. Sus nietas y su nuera habían sido su escalera para salir del pozo de la enfermedad mental. Su exigua pensión apenas le da para llegar al día 7 de cada mes y, ahora, tras la noticia de que Rusia bombardeó recientemente una cola de jubilados que esperaban para cobrarla, ya no se atreve ni a ir.   

Mientras la preparaban para la episiotomía, Alina comenzó a tener pensamientos horribles sobre el futuro del niño. Sabía que los padres que se lo habían encargado tenían buena posición. Los 14.000 euros que ella recibiría, equivalentes al triple del salario anual medio, eran sólo una porción del montante total de gastos que conllevaba alquilar sus servicios. Con tanta capacidad económica seguro que al niño no le faltaría nada material, pero no podía evitar imaginarlo maltratado, abusado o no querido. 

El agudo dolor de la primera puntada de la sutura (la anestesia se raciona en los hospitales en tiempos de guerra) la obligó a echar la cabeza hacia atrás en un acto reflejo que provocó que su mirada se cruzara con la de una Virgen dispuesta en la cabecera de la cama. Se trataba de un icono del Perpetuo Socorro, esa imagen en la que el niño Jesús, asustado al ver los clavos y otros instrumentos de la pasión que portan unos ángeles, corre a buscar la protección de su madre. 

–¡Ay! –otra puntada, otro clavo–. ¡Socorro, mamá! –Gritaba por dentro Alina apretando los dientes y deseando poder esconderse, como el niño, bajo el manto de María–.  ¿Qué clase de madre da a luz a un hijo para dárselo a otros? –se culpaba–. Ese niño gordo, hermoso, que solo me conoce a mí ¿cómo entregarlo a quien no sabes cómo lo va a cuidar? 

Pero se justificaba pensando en sus dos rubias a quienes no les iba a volver a faltar un vaso de leche en el desayuno en los próximos años.

–Además, el moreno no es mío –continuaba excusándose– no lleva mis genes. 

¡Pero era tan bonito! Mira que fue solo un instante lo que pudo verlo, pero le parecía perfecto, estaba orgullosísima de haberlo traído al mundo y el dolor por la separación, que apenas había sido de unos minutos, no paraba de crecer. 

–Seguro que ahora estará llorando buscando el pecho –pensaba mientras la angustia empezaba a ahogarla–. ¡Y cuántas más veces me buscará y no estaré yo al lado para socorrerlo! ¡Ay mi niño! ¡Ay mi moreno! Grito ya en voz alta.

–Tranquila Alina, él está bien –la calmó una auxiliar–. Está con sus padres que lo van a querer mucho y tú vas a ver ya mañana a tus hijas de nuevo y llevártelas a comer helado como me dijiste ayer.

De nada servían las palabras de consuelo, ya no le apetecía aquel helado con sus rubias. Ya no quería la «compensación por las molestias» como llamaban eufemísticamente en la agencia a la humillante explotación de mujeres pobres que es a lo que realmente se dedican. ¿Sus hijas y su suegra? ya saldrían adelante, pensaba. 

Mirando de nuevo el icono bizantino, oraba así de todo corazón: «María, tú sabes lo que es el dolor de perder a un hijo. Tú también tuviste que entregar a tu hijo por los demás. Tú, que viste llevar a tu corderillo sin mancha al matadero, no permitas que le pase nada malo al mío, dale una madre, la mejor madre, sé tú su madre. Cuídamelo allá donde vaya y dile a tu hijo que perdone mi mala cabeza. Estoy arrepentida, muy arrepentida». 

No había terminado de pronunciar la oración cuando la puerta del paritorio se volvió a abrir y apareció la responsable de la agencia con cara de que algo no iba bien. 

–Hola Alina –se acercó dulcemente la empresaria–. ¿Cómo estás? Me han dicho que ha sido un parto muy bueno al final, a pesar de la tensión alta y de los puntos… 

–Sí, gracias, este ha sido más rápido que los anteriores –contestó–. ¿Cómo está el niño, lo han visto ya sus padres?

–Verás, Alina, hay un problema…

–¿Problema, qué problema? Dime que está bien, por favor, dime que no le ha pasado nada.

–Está bien, está bien, tranquila. Solo que… Tiene un pequeño defecto, algo que no se pudo detectar en la ecografía, un hemangioma en el brazo. No es ningún problema de salud solo una mancha en la piel que… Bueno, no es perfecto y los padres lo han rechazado porque les da pena que los niños se vayan a meter con él cuando vaya a la escuela. Además, son instagramers y querían hacerle muchas fotos y así no iba a poder ser. Como no tienen problema de dinero, lo volverán a intentar. 

–¿Que no es perfecto? ¡Si es la cosa más bonita que he visto jamás!

–Sí, que lo es, Alina, yo pienso como tú –dramatizó–. El niño es una monería. Verás… Está previsto en estos casos que, al tener que ofrecer al niño en una nueva adopción, se le pregunte primero a la madre gestante. Tú vas a recibir, por supuesto la compensación que habíamos acordado, con un pequeño plus que se les cobrará aparte a los padres por la devolución. ¿Estás de acuerdo?

–¿Que si estoy de acuerdo? –respondió con una sonrisa de oreja a oreja e incorporándose como si no acabara de parir–. Tráeme ahora mismo al niño que es mío y solo mío y nadie lo ha querido nunca ni lo va a querer más que yo. 

Con un gesto de alivio, la empresaria salió rápidamente de la habitación regresando enseguida con el niño entre sus brazos.

Al tomarlo la madre sobre su pecho, el niño pareció reconocerla enseguida y empezó a menear la cabeza buscando arrancar el primer calostro. Alina no podía dejar de mirar cada pliegue de su piel y de acariciar esa mata de pelo negro en su cabeza. ¿Y la mancha del brazo? Mirándola bien, tiene forma de estrella, como la que luce la Virgen sobre su cabeza en el icono de ahí arriba. 

–Esta será tu señal, Dmytro –le susurró a su recién nacido acariciándole la mancha mientras lo amamantaba–, la señal de la madre de otro niño moreno; un corderillo sin mancha, al que tuvo que entregar con mucho dolor para salvar a muchos; pero que luego le fue devuelto para vivir ya con ella para siempre.

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El decálogo del Whatsapp https://www.omnesmag.com/firmas/el-decalogo-del-whatsapp/ Mon, 01 Sep 2025 04:40:00 +0000 https://www.omnesmag.com/?p=51722 Suena una notificación y, al otro lado del Whatsapp, un escueto «Hola» indica el inicio de una conversación de contenido desconocido aún. Pasan los segundos, incluso los minutos y el interlocutor no parece animarse a continuar. Uno no sabe qué hacer mientras tanto, porque si estaba en ese momento rebozando croquetas y se ha lavado […]

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Suena una notificación y, al otro lado del Whatsapp, un escueto «Hola» indica el inicio de una conversación de contenido desconocido aún. Pasan los segundos, incluso los minutos y el interlocutor no parece animarse a continuar. Uno no sabe qué hacer mientras tanto, porque si estaba en ese momento rebozando croquetas y se ha lavado las manos para no guarrear el teléfono, lo más educado por deferencia a quien ha iniciado la conversación es esperar a que termine de dirigirse a uno para contestar a la mayor brevedad. Finalmente, tras varios avisos de «escribiendo» de la aplicación, y cuando uno iba ya a volver a meter, impaciente, las manos en el pan rallado, por fin, el siguiente mensaje: «¿qué tal?». 

No hace falta que cuente hasta el final para que todos nos reconozcamos en una historia parecida en la que nos hayan hecho perder el tiempo de una manera injustificada y desquiciante. Quizá el problema es mío por querer responder a todo en el menor tiempo posible. Lo cierto es que admiro a quienes son capaces de tardar horas e incluso días en contestar un mensaje de Whatsapp y lo hacen al cabo del tiempo sin despeinarse, como si acabaras de mandárselo. ¡Tendrán pachorra! (uy, perdón, que lo he dicho en voz alta).

Reconozco que esa misma prisa que me mueve a hablar y responder rápido para no hacer perder el tiempo a la gente, me lleva a veces al otro extremo, al de saltarme las más básicas normas de urbanidad. Más de una vez algún amigo ha practicado conmigo la corrección fraterna respondiendo con un elegante y discreto «Buenos días» inicial al frío mensaje sin saludo que le espeté a primera hora de la mañana. 

Como vemos, las nuevas formas de comunicarnos implican nuevos pecados, nuevas formas de faltar a la caridad, por lo que me he animado a dejar por escrito unos mandamientos del Whatsapp que quizá puedan servirle también a usted completándolo con propósitos propios: 

1. Tratarás al otro como persona. Nuestro interlocutor no es un robot, es un hijo o hija de Dios que tiene dignidad. Entendiendo el contexto informal de la aplicación por su propia idiosincrasia, respetemos las formas, los modales. Seamos corteses y amables, hagamos que el otro se sienta a gusto en la conversación, practiquemos la misericordia.

2. Respetarás el tiempo del prójimo. Incluyamos el vocativo o el saludo en el mismo mensaje evitando los wasaps cortos espaciados. Usemos los mensajes de voz con moderación. No carguemos nuestra pereza para escribir sobre los hombros de los demás. En los grupos grandes, no abusemos de las intervenciones ni acaparemos el chat. 

3. No invadirás la intimidad. No incluyamos a nadie que no lo haya pedido en grupos o listas de difusión sin justificar. Para compartir algo que nos llame la atención, usemos los estados o abrámonos una cuenta en una red social. Así lo verá sólo quien tenga tiempo y le apetezca, sin atosigar a quien pueda no estar interesado en ese momento.  

4. Chatearás con verdad. Las cadenas de Whatsapp nos llegan a través de algún conocido, pero su origen suele ser oscuro y buscan manipular la opinión pública apelando a nuestra emoción, no a la razón. No reenviemos noticias que no vengan respaldadas por medios serios. Se puede pecar contra el octavo mandamiento sin haber mentido, solo reenviando una mentira. Chismorreos y bulos, fuera.

5. Darás la cara. A no ser que tengamos un problema que exija privacidad, nuestra foto de perfil debería corresponder con nuestra identidad. La que nos hicimos en aquella boda del 97 o la de nuestros nietos son para mostrarlas, seguro, pero no nos representan y dificultan que quien habla con nosotros nos reconozca entre sus contactos.

6. Promoverás la comunión. Los cristianos estamos llamados a ser, como en la oración de San Francisco, «instrumento de tu paz». Ante las incomprensiones típicas del lenguaje escrito o ante una discusión acalorada en el grupo, nos toca hacer de puente para el entendimiento. En un clima de crispación social como el actual, las llamadas a la comunión son Evangelio vivo.

7. Esperarás con paciencia la respuesta de tu interlocutor. Vivimos en un mundo acelerado y Whatsapp es hijo de esta circunstancia. Cuando tarden en respondernos, debemos pensar que la otra persona tiene que descansar, estar con su familia, atender sus obligaciones o simplemente no le apetece estar en línea. Seamos pacientes.

8. Descansarás del móvil. Es la versión en primera persona del mandamiento anterior. La desconexión digital es salud para el cuerpo y para el alma. La virtud de la templanza nos ayudará a dejar espacio para lo importante. Es urgente dejar el móvil en el cajón para disfrutar de nuestra familia o dedicar más tiempo a la oración o a no hacer nada.

9. Practicarás la solidaridad digital. Whatsapp puede ser una excelente herramienta para practicar la caridad. Usarlo para animar a aquella persona que pasa por un mal momento, interesarse por el enfermo, saludar de vez en cuando a quien sabemos que está más solo, promover iniciativas solidarias o escuchar con cariño a quien necesita desahogarse son nuevas obras de misericordia digital.

10. Compartirás la fe. Si el Evangelio es causa de nuestra alegría, es lógico que queramos transmitirlo. Hagámoslo con sabiduría y prudencia, sin proselitismo, sabiendo que más que con palabras, se evangeliza con un modo de ser y actuar. Por eso este último mandamiento es el resumen de todos los demás. ¡Que nuestro Whatsapp sea siempre buena noticia!

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Milagros televisados https://www.omnesmag.com/firmas/milagros-televisados/ Mon, 11 Aug 2025 04:21:00 +0000 https://www.omnesmag.com/?p=51474 «Desde que hay móviles con cámara, la Virgen no se aparece», declaraba la actriz Miren Ibarguren en una reciente entrevista promocional de la serie de misterio que protagoniza. Lo cierto es que la semana pasada asistimos a varios milagros por televisión y pocos hablan de ello. Lo primero que habría que decir es que los […]

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«Desde que hay móviles con cámara, la Virgen no se aparece», declaraba la actriz Miren Ibarguren en una reciente entrevista promocional de la serie de misterio que protagoniza. Lo cierto es que la semana pasada asistimos a varios milagros por televisión y pocos hablan de ello.

Lo primero que habría que decir es que los milagros son consecuencia de la fe y no al revés. «Tu fe te ha salvado», le dice Cristo a la hemorroísa, al ciego Bartimeo o al leproso tras ser curados. Es la persona que se abre a la fe, auténtico portal interdimensional, la que permite a Dios manifestar su poder en el mundo visible. Es también la causa, por tanto, de que los milagros a los que podamos asistir no garanticen en absoluto que quien los contemple vaya a creer luego.

La prueba está en los miles de personas que asistieron en directo a los milagros de Jesús, frente a los pocos que quedaron junto a Él en la cruz. En definitiva, por mucha gente que grabara con su móvil una supuesta aparición de la Virgen, como la apuntada por Ibarguren, no se ganarían muchos más adeptos a la causa mariana. Siempre se pueden buscar razones que justifiquen lo extraordinario, siempre se puede achacar al azar o a circunstancias especiales lo que no tiene una explicación racional. Los milagros no son signos para que creamos sino por que creemos.

El caso es que en el pasado Jubileo de los Jóvenes celebrado en Roma pudieron verse muchos milagros que, con un poquito de fe, brillan más que un espectáculo de fuegos artificiales. El primero, el de cada joven participante. ¿Cuántos pequeños prodigios detrás de cada uno de ellos para conseguir reunir el dinero para el billete, para aprobar aquel examen difícil y poder tener el verano libre, para encontrar grupo in extremis al que acoplarse…? Pregúntenles a ellos, verán cómo se lo confirman.

Y luego, el de los grandes eventos que, por sí solos, hablan. Una concentración de un millón de jóvenes de hoy ¿y ni un solo altercado o problema de seguridad? ¡Si no lo veo no lo creo!

¿Y aquel atronador silencio de ese mismo millón de muchachos y muchachas que pudimos ver por televisión en el momento de la exposición del Santísimo durante la vigilia con el papa León XIV? Que levante la mano el profesor de secundaria que consiga fácilmente un silencio parecido en su clase con apenas unas decenas de alumnos. Si quieren ver el milagro, miren el vídeo de la Vigilia del Jubileo publicado en el canal de Youtube de Vatican News. Realmente asombroso.

Por las implicaciones personales que conlleva, me quedo con otro momento sucedido en la prórroga que 120.000 jóvenes del Camino Neocatecumenal vivieron en Tor Vergata el día después de la Misa con el Papa. Se trata del tradicional encuentro vocacional que el equipo internacional del Camino (Kiko Argüello, Mario Pezzi y María Ascensión Romero) convocan después de cada convocatoria mundial de jóvenes. Presidido por el cardenal vicario de Roma, Baldassare Reina, en el contexto de una celebración de la Palabra en la que participaron numerosos cardenales y obispos, los jóvenes fueron invitados a responder a la llamada del Señor a entregar sus vidas de forma total como sacerdotes, religiosas o misioneros «ad gentes».

La respuesta fue espectacular: un total de 10.000 jóvenes dieron el sí, manifestando estar dispuestos a dejarlo todo –»casa, hermanos o hermanas, padre o madre, hijos o tierras» (Mt 19,29)– para seguir a Jesús en alguna de estas vocaciones de especial consagración. 

Momento en el que miles de jóvenes dan el «sí quiero» al Señor.

«Os invito a mirar esta cruz –les dijo Kiko Argüello–. Ésta es la imagen de la libertad. La cruz es la imagen de la libertad. He aquí un hombre que se ha entregado por ti, que te hará libre para que te entregues a los demás y para que dejes de ofrecerte todo a ti mismo». Y el milagro de la libertad sucedió.

El vídeo está también en el canal de Vatican News y el momento es a partir del minuto 2:46:00. Primero, 5.000 chicos corriendo como si no hubiera un mañana para llegar al estrado donde recibirían la bendición con imposición de manos de los obispos presentes; y, después, 5.000 chicas haciendo lo mismo entre lágrimas de alegría y abrazos mientras cantaban el salmo 45: «Eres el más bello de los hombres…». Y es que Jesucristo, hoy, sigue enamorando a los jóvenes que asisten al evidente fracaso del modelo romántico que propone la sociedad. Es un milagro que pasa desapercibido para tantos que lo achacarán al impacto emocional o a una alucinación colectiva. Y es que, como les recordó Ascensión Romero, aludiendo al santo del día, San Juan María Vianney (1786-1859), que vivió un convulso cambio de época parecido al que estamos viviendo nosotros hoy, «en tiempos de persecución y dificultad, siempre el Señor suscita a muchos santos para ayudar la Iglesia y la sociedad».

Los 10.000 que se levantaron en el Jubileo no llegarán a curas, a monjas o a misioneros –inician ahora, junto a sus párrocos y catequistas, un tiempo de discernimiento de esa llamada–, pero ese día quedará seguro marcado en su corazón como aquel en el que experimentaron el amor infinito de Dios que te permite dejarlo todo para seguirle. 

Así lo confirmaba Carmen Hernández, iniciadora del Camino Neocatecumenal, actualmente en proceso de beatificación: «Lo importante, de verdad de verdad, es que Cristo ha resucitado, y encontrarse con él. Ser cura, monja, casado, soltero, viudo o lo que sea es una tontería; lo importante es encontrarse con Jesucristo». La cita está tomada del libro Corazón indiviso. (BAC, 2025), de Josefina Ramón Berná, que ha hecho las delicias de muchos de mis días de vacaciones, y que recoge una síntesis del revolucionario pensamiento de Carmen en torno a la mujer, la virginidad, el celibato y la vida matrimonial. Debería ser un imprescindible en la biblioteca de los conventos y comunidades de consagradas, seminarios y responsables de Pastoral Vocacional y Familiar, porque sus intuiciones son absolutamente providenciales.

El milagro de los jóvenes levantados en Tor Vergata fue grabado por miles de móviles de los allí presentes y televisado en directo, pero no muchos creerán en su origen sobrenatural. ¿Jóvenes que dicen haberse encontrado con Jesucristo? De locos. Ver para no creer.

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Joven, a ti te digo: ¡levántate! https://www.omnesmag.com/firmas/joven-a-ti-te-digo-levantate/ Fri, 01 Aug 2025 04:12:00 +0000 https://www.omnesmag.com/?p=51311 Cientos de miles de jóvenes de todo el planeta se darán cita en Roma este fin de semana con ocasión del Jubileo ¿Pero qué motivos de júbilo puede tener la juventud en un mundo en crisis, que vive una guerra mundial por etapas y que no les ofrece oportunidades de futuro?  Jesucristo, que es quien […]

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Cientos de miles de jóvenes de todo el planeta se darán cita en Roma este fin de semana con ocasión del Jubileo ¿Pero qué motivos de júbilo puede tener la juventud en un mundo en crisis, que vive una guerra mundial por etapas y que no les ofrece oportunidades de futuro? 

Jesucristo, que es quien los ha convocado en realidad por medio de Pedro, tiene la respuesta. De hecho, Jesucristo es la respuesta a la falta de esperanza de los jóvenes y, en el Evangelio, los anima a no tener miedo.  

Lo demuestra en su encuentro, por ejemplo, con el joven rico, un muchacho formal, diríamos hoy, que había obedecido a sus padres, que cumplía sus obligaciones religiosas a rajatabla, que ayudaba a los demás y que tenía incluso el deseo de querer ser más perfecto y por eso se acercó a Jesús a preguntarle qué cosa buena tenía que hacer para obtener la vida eterna. 

Por muchos prejuicios que haya contra la juventud, lo cierto es que muchos jóvenes son gente muy buena, como aquel chico que se encontró Jesús. Estudian, trabajan, ayudan en casa y a sus amigos, realizan voluntariado, están comprometidos con el cuidado de la creación, algunos (tristemente, los menos) practican su fe y están unidos a la Iglesia a través de sus parroquias, colegios, cofradías, asociaciones y movimientos… Son gente de bien. Mi aplauso para todos ellos. Pero, volviendo al Evangelio de Lucas, a Jesús no le basta con todos esos méritos porque quiere lo mejor para el muchacho. Por eso le dice: «Si quieres ser perfecto, anda, vende tus bienes, da el dinero a los pobres —así tendrás un tesoro en el cielo— y luego ven y sígueme». Dice la lectura que, «al oír esto, el joven se fue triste, porque era muy rico».

El Evangelio quiere explicarnos que no se trata de «hacer cosas buenas», porque «uno solo es Bueno», sino que la auténtica felicidad, la «vida eterna», la da el hecho de seguir al que es Bueno con todo lo nuestro, poniéndolo en primer lugar y renunciando, por tanto, a los bienes de este mundo. En este caso, el joven era rico, pero Jesús habla para todos y cada uno tenemos nuestro «tesoro». Para unos será el dinero, para otros los afectos, para otros su imagen, su carrera o su inteligencia. Jesús no puede ser un adorno en la vida de los jóvenes, sino la base sobre la que construir su vocación humana y cristiana. Por eso, por mucho jubileo que ganen, muchos volverán tristes y hasta abandonarán la Iglesia, como aquel que nos contaba Lucas, por no poder darse del todo. 

Jesús también es la respuesta a muchos jóvenes de hoy que viven en la muerte de la depresión, de la ansiedad, de las adicciones, del vacío de las ideologías deshumanizantes o del sinsentido que en muchos casos acaba en suicidio. Frente a la muerte del ser, porque el mundo materialista nos ha robado el alma, Jesús es capaz de devolver la vida como hizo con aquel joven, hijo de la viuda de Naín. Jesús se lo encontró cuando lo llevaban a enterrar. Tocó el ataúd (lo que lo volvía impuro según la ley mosaica) y dijo «¡Muchacho, a ti te lo digo, levántate!». Y efectivamente, «el muerto se incorporó y empezó a hablar».

Jesús no tiene asco del pecado de los jóvenes, por muchos colores que tengan, y está dispuesto a sacarlos de ese pozo. Saberse amado hasta el extremo por un amor capaz de ensuciarse es fundamental para la salud mental y espiritual de nuestros jóvenes (tomen nota los pastores). El imperativo que usa Jesús para resucitar al chico nos habla de la importancia de la figura del guía-acompañante: los padres, los catequistas, los educadores, los sacerdotes… Un joven de hoy no necesita gente que le aplauda falsamente (esos aplausos ya se los dan en Tiktok), sino que lo empuje hacia arriba, que lo despierte del letargo de muerte que lo tiene paralizado, aunque ello conlleve incomodarlo. Todos los mayores recordamos alguna figura en nuestra juventud que nos ayudó, haciéndonos salir de nuestra pasividad inerte con un «¡levántate!». Por muy oscuro que se vea el horizonte vital, el Evangelio nos invita a dar el salto al vacío, a fiarnos de Dios.

Pero seguir a Jesús parece una empresa titánica: renunciar a todo lo que nos ata, como el joven rico; despertar de la muerte del ser que nos incapacita, como el joven hijo de la viuda… ¿No es eso de ser santos una vocación solo para jóvenes superdotados? El Evangelio lo niega en la narración del encuentro con otro joven; esta vez, con el muchacho que presentó a los apóstoles los cinco panes y dos peces que había llevado en la mochila. No hace falta tener poderes extraordinarios sino poner lo poco que se tiene a disposición del Señor. Él se encargará de hacer el milagro, Él capacitará al joven para hacer lo que no cree posible: alimentar con esa poca comida a cinco mil hombres con sus familias y que sobren doce canastos. Él los quiere para cosas grandes.

Frente a la guerra, frente a las injusticias de nuestro mundo, frente a la falta de oportunidades, Jesús invita a los jóvenes a remangarse, a poner sus dones –grandes o más pequeños– al servicio del bien común, trabajando por la paz, construyendo su propio futuro con sencillez, aportando a la sociedad y a la Iglesia, y sabiendo siempre que, aunque parezca que no hay soluciones, la historia está en manos de Dios. 

Es justo lo que le sucedió a otra joven que aparece en el Evangelio y que entendió, desde muy pronto, la lógica ilógica de Dios poniendo sus dones al servicio del mundo. Ojalá muchos de los peregrinos de esperanza participantes en este Jubileo de los Jóvenes, a su regreso del Jubileo, puedan cantar jubilosos, como María: «Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador; porque ha mirado la humildad de su esclava. Desde ahora me felicitarán todas las generaciones, porque el Poderoso ha hecho obras grandes en mí».

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Madre no hay más que una https://www.omnesmag.com/firmas/madre-no-hay-mas-que-una/ Wed, 16 Jul 2025 04:00:00 +0000 https://www.omnesmag.com/?p=51019 Virgen, Madre y Esposa: no son ni mucho menos los valores que más se promueven en la mujer de hoy. Llama la atención, sin embargo, cómo miles de hombres y mujeres saldrán estos días cercanos al 16 de julio a rendir honores a quien mejor los representa: Ntra. Sra. del Carmen. Parece mentira, pero es […]

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Virgen, Madre y Esposa: no son ni mucho menos los valores que más se promueven en la mujer de hoy. Llama la atención, sin embargo, cómo miles de hombres y mujeres saldrán estos días cercanos al 16 de julio a rendir honores a quien mejor los representa: Ntra. Sra. del Carmen.

Parece mentira, pero es así. Pueblos y ciudades de todo el mundo celebran fiestas patronales, verbenas, procesiones marítimo-terrestres, novenas, triduos y todo tipo de celebraciones religiosas y civiles para conmemorar la fiesta de la Bienaventurada Virgen María del Monte Carmelo, que es su nombre original.

Además, el escapulario de la Virgen del Carmen es uno de los sacramentales más populares y son incontables los fieles que lo llevan y que se lo imponen cada año. Esos dos pequeños trozos de tela marrón unidos por dos cintas o cordones que se cuelgan al cuello, simbolizan en quien los porta vestir el hábito de María y, por lo tanto, la adhesión a su figura no solo externa, sino internamente.

Querer ser como María e imitarla en sus virtudes es lo que se quiere decir cuando se viste, aunque, claro, poca gente lo sabe y muchos lo llevan solo como una especie de amuleto.

Es curioso que las multitudes que admiran, según los conteos de «me gustas» en redes sociales, un modelo de mujer totalmente contrario al que representa María, como es el de la mujer empoderada, que vive para sí, libre de la carga de la maternidad y del vivir para otros, salgan luego a vitorearla y la tengan como referencia y apoyo en su vida diaria. Me recuerdan a esos adolescentes que se avergüenzan de su madre delante de sus amigos, por su forma de vestir o de hablar pero que, cuando uno de ellos les traiciona, corren a refugiarse en los consoladores brazos maternos que saben que nunca fallan.

Madre no hay más que una, y el Carmen representa, en el subconsciente colectivo de nuestro pueblo, esa madre que desde el más puro sentido biológico todos hemos necesitado. Alguien que haya vivido la virginidad, en el sentido de consagración y entrega total, pues durante nueve meses se consagró totalmente a nosotros. Fue la única persona del mundo que nos conocía, la que nos dio su oxígeno, sus nutrientes, la que nos llevaba con ella a todas partes y la que sufrió los dolores de parto por darnos la vida.

Madre no hay más que una, y el Carmen es imagen ancestral de la maternidad que todos necesitamos en el fondo de nuestra alma para sentirnos protegidos y cuidados. Ella es ese regazo en el que sentirnos seguros, ese oído inagotable en el que descargar nuestras penas, ese pecho en el que saciarnos y confortarnos, esa voz cálida con la que serenarnos…

La maternidad nos hace, además, miembros de una familia, de la gran familia humana. La Virgen del Carmen nos une a nuestros hermanos más cercanos y a la familia extensa que es la comunidad. La Virgen construye pueblo, ciudad, nación, universalidad.

Madre no hay más que una, y el Carmen nos habla de una esponsalidad absolutamente contracultural, pero importantísima para el desarrollo del ser humano. Una esponsalidad como la que propone la Iglesia a los matrimonios cristianos, que pasa por entregar literalmente la vida («me entrego a ti» se dicen ambos en la ceremonia), como ella hizo, siendo «esclava del Señor».

Ser esposa o esposo para toda la vida choca de bruces con el narcisismo que endiosa nuestra sociedad. Los esposos no se miran a sí, sino al otro. Al igual que las madres humanas rompen su tendencia natural a sobreproteger a los hijos, aliándose con otra autoridad distinta a la de ella –la del padre– para romper el cordón umbilical y encontrar una referencia que fije los límites; María siempre señala a su hijo, que es Dios mismo, diciéndonos: «haced lo que Él os diga».

Las fiestas del Carmen nos reconcilian con lo más íntimo de nuestro ser humanos que es precisamente ser divinos. María es ese ideal de mujer Virgen, Madre y Esposa, así con mayúsculas, que es tan difícil de promover hoy en día en voz alta, porque el gran dragón del Apocalipsis se ha empeñado en perseguirla y en «hacer la guerra al resto de su descendencia» (Ap 12, 13-18).

María, del Carmen o de cualquier otra advocación con la que nos dirijamos a ella, es, en fin, una mujer admirada no de forma superficial como el modelo actual de mujer, sino desde lo hondo como se verá estos días en calles y playas. María es única, porque Madre no hay más que una.

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Huérfanos con padres https://www.omnesmag.com/firmas/huerfanos-con-padres/ Tue, 01 Jul 2025 04:00:00 +0000 https://www.omnesmag.com/?p=50541 “¡Mamáaa, que no soy tu colega, que soy tu hijooo!”. La frase, con tono lastimero y media lengua, la pronunciaba un bebé, de poco más de dos años, desde el asiento plegable del carrito del súper. Respondía a su madre que pretendía conversar con él en tono de igual a igual. Me sorprendió la madurez […]

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“¡Mamáaa, que no soy tu colega, que soy tu hijooo!”. La frase, con tono lastimero y media lengua, la pronunciaba un bebé, de poco más de dos años, desde el asiento plegable del carrito del súper. Respondía a su madre que pretendía conversar con él en tono de igual a igual.

Me sorprendió la madurez de la expresión de un niño tan pequeño. Su locuacidad, el tono de su voz y su forma de gesticular eran totalmente prematuras. ¡No eran formas de adulto siquiera, eran de viejo! Estaba realmente enfadado porque su madre no entendía que no es normal que usara con él el mismo tono que usaría para hablar con la vecina; y que tampoco es normal que le cargara a él la responsabilidad de decidir si llevarse para cenar los yogures de oferta o los postres gourmet que se reservan para ocasiones especiales. “¿Yo qué sé, mamá, soy un ni-ño pe-que-ño”, terminó diciéndole separando las sílabas de forma didáctica. La escena me entristeció enormemente porque la madre, con un outfit de instagramer de barrio realmente llamativo, esperaba de verdad encontrar la complicidad de su hijo, que parecía tener muchas más luces que ella.

El fenómeno de la parentificación

Al llegar a casa me encontré precisamente con un reportaje de prensa que hablaba de la «parentificación», un fenómeno psicológico en el que un niño asume roles y responsabilidades propias de un adulto, especialmente dentro del entorno familiar. En lugar de recibir cuidado, el niño se convierte en cuidador emocional, físico o práctico de sus padres, hermanos u otros adultos. Dicen los expertos que esto rompe el orden natural del desarrollo, porque el menor deja de ser niño para ocuparse de asuntos que no le corresponden.

Es uno más de los síntomas de la deconstrucción de la familia a la que venimos asistiendo en el último medio siglo largo. La revuelta estudiantil veía la estructura familiar como una institución represiva que perpetuaba el autoritarismo y el control ideológico desde la infancia proponiendo un modelo educativo igualitario, basado en el diálogo y la libertad. El problema es que, queriendo acabar con el autoritarismo paterno –extremo por supuesto que condenable–, lo que se ha conseguido es acabar con cualquier autoridad, invirtiendo los roles y dejando por tanto a una generación de hijos huérfanos, a pesar de contar con padres, pues estos no ejercen como tales.

Muchos de los problemas que se encuentran hoy los profesores en las aulas tienen que ver, no con niños incapaces de atender, de obedecer las órdenes de sus superiores o de ser responsables de su trabajo, pues son carencias normales en la etapa infantil que dan sentido precisamente al sistema escolar; sino con el hecho de que son los padres de esos niños quienes no tienen la autoridad necesaria para educarlos así, pues ellos mismos no tienen competencias para asumir su responsabilidad parental.

Padres que no han tenido padres

Ser padres es duro, por muy idílico que lo hagan parecer los influencers de turno. Ser padres cuesta. Unos padres que quieren a sus hijos no pueden dejar la responsabilidad de educarlos a los colegios. Ser padres es vivir para otros, renunciar a tus gustos, a tu tiempo, incluso al afecto de tus hijos cuando tienes que corregirles. Un hijo no es un complemento de moda, es una persona que necesita, como el arbolito, un tutor firmemente anclado al suelo, que no se deje llevar por cualquier brisa. Un niño feliz necesita padres que le hablen como a un hijo, adaptando su lenguaje a su edad y capacidad de comprensión; un niño feliz necesita padres que le digan a él (por que no lo sabe) lo que está bien y está mal; un niño feliz necesita ser escuchado, sí, pero como hijo que, aunque tiene mucho que aportar, le queda todavía más que aprender.

Muchos padres de hoy se han criado sin nadie que les dijera «no»; sin nadie que les ayudara a encontrar su camino porque «eso ya lo decidirá él cuando sea mayor»; sin responsabilidad para llevar la carga del trabajo, la pareja o los hijos porque la mochila se la llevaban los papás; y sin autoestima, pues les acostumbraron a recibir solo likes gratis en casa, pero en la calle nadie se los da si no es a cambio de algo.

Quizá, al haber privado de padres a quienes hoy son padres, los hemos obligado a buscar a esos padres perdidos en sus propios hijos. Y es que, por mucho que les pese a los que escribieron aquella pintada de «prohibido prohibir», asumir el rol de padres tradicionales no es autoritarismo, se llama amar.

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Santos de verdad https://www.omnesmag.com/firmas/santos-de-verdad/ Sun, 15 Jun 2025 04:00:00 +0000 https://www.omnesmag.com/?p=49939 Aquel muchacho quería comprar un regalo de cumpleaños para su padre, pero no tenía cómo ir al centro comercial. «Si quieres, te llevo», se ofreció el padre. Una vez allí, el chico no sabía qué regalo elegir. «¿Qué tal un par de raquetas para jugar juntos?», le propuso papá. Al muchacho le pareció muy buena […]

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Aquel muchacho quería comprar un regalo de cumpleaños para su padre, pero no tenía cómo ir al centro comercial.

«Si quieres, te llevo», se ofreció el padre. Una vez allí, el chico no sabía qué regalo elegir. «¿Qué tal un par de raquetas para jugar juntos?», le propuso papá. Al muchacho le pareció muy buena idea, pero había un problema: no tenía dinero para comprarlas. «No te preocupes, hijo, yo las pago» –le tranquilizó el padre con dulzura–.

Al llegar a casa, el hijo le pidió que se envolviera él mismo las raquetas con papel de regalo, porque se le daba fatal. El padre accedió, envolviéndolas primorosamente y adornando el paquete con un precioso lazo rojo.

En la fiesta de cumpleaños, justo tras apagar las velas, el hijo le entregó al padre el regalo y este corrió a desenvolverlo con el corazón palpitante. Al ver las raquetas, una lágrima de emoción corrió por su mejilla. Su esposa, que sabía toda la historia, le preguntó: «Pero, ¿cómo puedes alegrarte tanto si tu hijo no ha hecho nada? Has sido tú quien ha ido a la tienda, has elegido tú mismo un regalo que lo es también para él, lo has pagado tú y hasta lo has envuelto tú mismo». A lo que el marido contestó, con ojos brillantes y voz serena: «¡Lo que cuenta es la intención!».

Los santos y la gracia

Esta historia la escuché hace unos días en una homilía en la que el sacerdote explicaba cómo actúa la gracia de Dios sobre los santos. ¡Es tan poco lo que ellos hacen y tanto lo que pone Dios! Y, sin embargo, ¡cómo se alegra el Padre cuando alguno de sus hijos se abre a esa gracia que Él les da de forma gratuita! ¡Qué gran regalo es para Él!

La santidad es un camino difícil al que todos estamos llamados, pero que muy pocos consiguen alcanzar. Frente a la gratuidad de Dios (gratis viene de “gratia” –gracia–), está la libertad del ser humano para aceptarla. Son muchas nuestras debilidades, muchos nuestros pecados, como muchos fueron los del hijo protagonista de la parábola que acabo de recordar. Le bastó tener la intención de abrirse a la gracia para que el padre llevara a cabo su obra superando sus muchas y evidentes imperfecciones.

Uno de los peores favores que se les pueden hacer a los santos es el de edulcorar sus biografías, poniendo el foco en sus virtudes personales y ocultando, por tanto, el papel primordial de la gracia. Sobre los pecados de los santos se pasa de puntillas, como con vergüenza, cuando es todo lo contrario, «donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia».

Gran parte de culpa se debe a que las hagiografías se encargan a personas afines y son supervisadas por los hijos espirituales que suelen idealizar a sus fundadores. Nos pasaría a cualquiera: ¿quién querría que se sacaran a la luz los fallos de su madre, su padre o de alguna persona querida? El cariño y la admiración nos hace minimizarlos y engrandecer, por el contrario, sus méritos. Pero las vidas de los santos no deberían ser panegíricos para disfrute de sus fieles seguidores, sino escritos que lleven a los lectores a querer imitar la vida de quienes se han dejado hacer por el Señor, porque ellos son solo eso, vasos de barro.

Veracidad

Mostrar los fallos de los seguidores de Jesús es, de hecho, uno de los criterios que emplea la crítica para demostrar la historicidad de Jesús, la veracidad de los Evangelios. Se le denomina criterio de dificultad o de la vergüenza y se basa en que, si los seguidores de Jesús hubieran querido inventar una historia, no tendría lógica que sacaran a relucir, por ejemplo, el abandono de sus discípulos en Getsemaní; la negación de su mano derecha, Pedro, o la falta de fe de los apóstoles ante la noticia de que había resucitado. Que el relato evangélico no esconda las flaquezas de los primeros seguidores de Jesús nos garantiza que quienes recopilaron los primeros escritos no pretendían vendernos ninguna moto, sino explicar cómo el Hijo de Dios se encarna y cómo, realmente no elige a los capaces, sino que capacita a quien elige.

Santos patronos de Málaga

En este sentido, he tenido la suerte de seguir muy de cerca el nacimiento de “El pez de barro (Mensajero), una novela histórica de Ana Medina y Antonio S. Reina que narra la vida de los santos patronos de Málaga, los jóvenes san Ciriaco y santa Paula, martirizados en tiempos de Diocleciano. La obra transporta al lector a los inicios del cristianismo, cuando las primeras comunidades vivían la alegría de la Buena Noticia frente al fracaso de las religiones paganas. En esta ficción (no conservamos apenas datos de sus vidas) Ciriaco y Paula son dos jóvenes normales que viven su vocación cristiana como la viven tantos jóvenes de hoy, entre dudas y meteduras de pata, pero llegado el momento, la gracia les dio el poder de cambiar su vida de modo heroico hasta el punto de dar el supremo testimonio del martirio.

Ambientada a comienzos del siglo IV, “El pez de barro” reflexiona sobre problemas tan actuales para el diálogo de la fe con la cultura de hoy como el cambio de época, el aborto, el diálogo interreligioso, la corrupción política, el abuso de los poderosos, la explotación de la mujer o la atención a los últimos. También se acerca a temas de mucha actualidad eclesial como el papel de las mujeres en las comunidades, la vocación al matrimonio o a la vida consagrada, la sinodalidad o el discernimiento sobre los miembros de la Iglesia que participan en su vida de modo imperfecto.

En la novela, como en la vida, los santos viven con los pies metidos en el barro, y a veces se ensucian para poder decir con san Pablo: «no hago lo bueno que deseo, sino que obro lo malo que no deseo». ¿No lo hemos experimentado así en la vida real? ¿Va a tener una ficción que ayudarnos a hacer creíbles las vidas reales de los santos?

Al final de sus vidas terrenas, los «martiricos», como se conoce cariñosamente a los jóvenes Ciriaco y Paula en su ciudad, presentaron a Dios, como regalo precioso, la palma del martirio. ¿Saben lo que les exclamó entonces el Padre con los ojos bañados en lágrimas?: «¡Lo que cuenta es la intención!».

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Comunicación desarmada y desarmante https://www.omnesmag.com/firmas/comunicacion-desarmada-y-desarmante/ Sun, 01 Jun 2025 04:47:00 +0000 https://www.omnesmag.com/?p=49028 Para la mentalidad europea es muy difícil de entender que haya países en los que portar armas sea legal. Aquí no disparamos balas, pero sí nos creemos con el derecho a disparar palabras. Dirán que hay mucha distancia entre una cosa y la otra, pero yo no las veo tan lejos. Todos tenemos experiencia de […]

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Para la mentalidad europea es muy difícil de entender que haya países en los que portar armas sea legal. Aquí no disparamos balas, pero sí nos creemos con el derecho a disparar palabras. Dirán que hay mucha distancia entre una cosa y la otra, pero yo no las veo tan lejos.

Todos tenemos experiencia de que hay palabras que matan, hay publicaciones en redes sociales que destrozan a las personas; hay artículos periodísticos que buscan humillar, pisotear, ridiculizar o desprestigiar; hay entrevistas en radio y televisión que solo pretenden hacer espectáculo, acorralar y hacer sonar un gran «zasca» a alguien. Y no me refiero, obviamente a la necesaria función social de la prensa de ser vigilante de los poderes denunciando las injusticias y a los injustos, sino a quien hace del linchamiento un show con el fin de ganar dinero, influencia, seguidores o, lo que es peor, por puro placer. 

Quienes así actúan, se refugian en el derecho a la libertad de expresión, pero, en mi opinión, sus razones están tan pervertidas como las de la asociación del rifle cuando alega el derecho a la legítima defensa para promover el uso de armas de fuego desde la infancia. Toda carrera armamentística se justifica por la necesidad de defenderse, de armarse más que el enemigo y, así, llamamos «disuasivo» al arsenal nuclear disponible capaz de destruir el planeta y asolar la humanidad sin necesidad de que caiga un meteorito como el que acabó con los dinosaurios. 

Que la violencia verbal puede acabar en violencia física en determinadas circunstancias lo sabe cualquiera que tenga un poco de calle. Por eso me preocupa que haya quien use los medios de comunicación, sobre todo si se definen como católicos, para insultar, difamar y sembrar cizaña. ¿No entienden el alcance de sus actos, la reacción en cadena que provocan y el escándalo que llegan a producir?

No podría haber sido más claro Jesús cuando condenó seriamente esa actitud diciendo aquello de: «Habéis oído que se dijo a los antiguos: “No matarás”, y el que mate será reo de juicio. Pero yo os digo: todo el que se deja llevar de la cólera contra su hermano será procesado. Y si uno llama a su hermano “imbécil”, tendrá que comparecer ante el Sanedrín, y si lo llama “necio”, merece la condena de la gehenna del fuego». 

¿De verdad que uno se hace merecedor del infierno solo por llamar imbécil a alguien? ¡Vaya exageración! Algo de lo explicado anteriormente vería Jesús cuando lo dijo, porque lo que está en el corazón es lo que guía luego nuestros actos. 

El 1 de junio celebramos la Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales, coincidiendo con la solemnidad de la Ascensión del Señor, porque, antes de ascender al cielo, Él nos invitó a ser sus testigos «hasta el confín de la tierra» y los medios de comunicación tienen precisamente ese poder para llevar la Buena Noticia a todo el mundo. Usémoslos para el bien, tanto los profesionales que tenemos una responsabilidad, pues se nos ha entregado el gatillo en forma de teclado, micrófono o cámara; como los usuarios que tienen en sus mandos o en su barra de marcadores de favoritos la llave para dar o quitar la autoridad a quien hace mal uso de ese botón nuclear. 

Uno de los primeros mensajes del papa León XIV, iba precisamente en esta línea. Fue en el encuentro con los periodistas que habían cubierto el cónclave a quienes les dijo: «Desarmemos la comunicación de cualquier prejuicio, rencor, fanatismo y odio; purifiquémosla de la agresividad. No sirve una comunicación estridente, de fuerza, sino más bien una comunicación capaz de escucha, de recoger la voz de los débiles que no tienen voz. Desarmemos las palabras y contribuiremos a desarmar la tierra. Una comunicación desarmada y desarmante nos permite compartir una mirada distinta sobre el mundo y actuar de modo coherente con nuestra dignidad humana».

No nos llama, por tanto, el Papa solo a desarmar nuestras palabras en el sentido de cuidar de que no hieran a nadie sino, a lo que es mucho más difícil, a hacerlas desarmantes. ¿Y cómo se hace eso? Pues no devolviendo mal por mal, respondiendo con paz a quien pretende iniciar una batalla verbal, valorando lo bueno de quien puede no caernos del todo bien o puede estar en nuestras antípodas ideológicas… «La paz esté con todos vosotros». Este fue el primer saludo del recién elegido Papa desde el balcón de San Pedro. Ojalá seamos capaces de transmitirlo, siempre, «hasta el confín de la tierra».

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El papá León XIV https://www.omnesmag.com/firmas/el-papa-leon-xiv/ Fri, 09 May 2025 07:48:49 +0000 https://www.omnesmag.com/?p=47985 No es un error ortográfico, no; es que hoy quiero llamarlo así: papá. Porque, yo no sé ustedes, pero yo, lo que he sentido, desde que el lunes de Pascua nos dejara el papa Francisco, ha sido una enorme sensación de orfandad.  No es ñoñería ni sentimentalismo, es que los papas, la propia etimología de […]

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No es un error ortográfico, no; es que hoy quiero llamarlo así: papá. Porque, yo no sé ustedes, pero yo, lo que he sentido, desde que el lunes de Pascua nos dejara el papa Francisco, ha sido una enorme sensación de orfandad. 

No es ñoñería ni sentimentalismo, es que los papas, la propia etimología de la palabra lo dice, son verdaderos padres, papás espirituales de la comunidad cristiana. Al parecer, el término viene del griego «Pappas» y se usaba desde los primeros siglos del cristianismo para nombrar no solo al sucesor de Pedro, sino al resto de los obispos e incluso a los presbíteros, al igual que hoy nos dirigimos a ellos con el título de padre. Es en la Edad Media cuando se empieza a utilizar ya solo para dirigirse al obispo de Roma. 

La muerte del papá (de nuevo con tilde) Francisco nos dejó sin guía, sin pastor, un poco descolocados porque se le ha querido mucho y ha ejercido muy bien esa paternidad espiritual de señalar un camino, de liderar esta peregrinación común al cielo que es la vida.

La figura del papa, como la de los papás, es fundamental para cada ser humano, niño o mayor. Es una figura de referencia que nos marca como personas y nos ayuda a crecer, a madurar y, desde el recuerdo a sus enseñanzas, incluso a envejecer.

Como los papás, el papa brinda seguridad, apoyándonos en nuestras luchas del día a día, hablándonos continuamente de Jesús y haciéndonos sentir que no estamos solos, que Él siempre nos cuida, nos protege y nos acompaña en el dolor. 

Como los papás, el papa nos enseña, nos educa, nos señala los caminos buenos y malos para nuestra vida. Él tiene experiencia y predica con el ejemplo, por eso tiene autoridad. Es un modelo de vida, alguien a quien imitar. 

Como los papás, el papa también nos ofrece disciplina. Y eso no nos gusta a todos. No queremos límites y, por eso, como a los papás, muchos desprecian al papa.

Como los papás, el papa nos ayuda a relacionarnos con otros. Nos hace sentirnos parte de la familia de los hijos de Dios y de la gran familia humana.

Como los papás, el papa nos estimula cognitivamente, nos anima a pensar, a reflexionar, a buscar los caminos de la vida cristiana. Con su magisterio nos interpela, no deja que nos acomodemos, sino que nos saca continuamente de nuestra tendencia al adormecimiento.

Como los papás, el papa nos provee de lo necesario para vivir, el alimento de la Palabra de Dios sin la cual la vida cristiana se extingue.

Como los papás, el papa cuida de mamá-Iglesia, la mujer más importante para la vida de cada ser humano. Ella es la que nos amamanta con la Eucaristía, la que nos abraza con el perdón y la misericordia, la que nos acompaña cuando estamos enfermos o necesitados… 

Por eso, yo he querido a todos los papas que he conocido desde que tengo uso de razón; y, por eso, quiero ya a León XIV. Nadie elige a su padre, pero todos estamos llamados, como hijos, a honrar a nuestro padre y a nuestra madre. Nos podrán gustar más o menos sus acentos, sus tendencias, sus formas, pero en el fondo, un buen hijo sabe reconocer, valorar y querer a un padre.

A León XIV ya hay hijos que no lo van a querer, hijos que querrán seguir su propio camino y que criticarán cada decisión de su padre. Hijos interesados que no están dispuestos a aceptar mansamente y con humildad de corazón la autoridad del papa. Hijos que no sabrán ver que, tras la paternidad espiritual del sucesor de Pedro, está la de Dios que nos lo ha mandado, como nos mandó un día a casa de nuestro padre y nuestra madre, en ayuda nuestra. 

Allá ellos. Yo hoy solo puedo dar gracias a Dios por el papá que nos ha regalado. Estoy deseando escucharlo, que me dé de comer, imitarlo, aprender de él… Si les parezco infantil, les invito, con Jesús, a hacerse como niños para poder entender de qué va esto. Y, como dicen los pequeños para fardar delante de sus amigos, hoy yo les digo que «mi papá es el mejor».

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El misterio del Papa https://www.omnesmag.com/firmas/misterio-papa/ Fri, 02 May 2025 04:11:00 +0000 https://www.omnesmag.com/?p=47589 Jesús –como la Iglesia hoy– trataba de anunciar al mundo una buena noticia que es accesible y comprensible por todos como demostraban las multitudes que arrastraba, pero curiosamente, entre los personajes de la Pasión, hay muchos que parecen no entender que Jesús no pretendía poder religioso ni político, que no quería liderar una revolución ni […]

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Jesús –como la Iglesia hoy– trataba de anunciar al mundo una buena noticia que es accesible y comprensible por todos como demostraban las multitudes que arrastraba, pero curiosamente, entre los personajes de la Pasión, hay muchos que parecen no entender que Jesús no pretendía poder religioso ni político, que no quería liderar una revolución ni atraer a las masas para hacerse fuerte, que su único interés era servir, no ser servido.

Dos mil años después, poco ha cambiado. Al igual que en aquella Jerusalén atestada de peregrinos por las fiestas de Pascua, la expectación mediática que ha llevado consigo el relevo en la sede de Pedro ha dado voz a una multitud de personajes y personajillos cuya perspectiva de la institución eclesial está completamente cerrada al mensaje que lleva consigo.

Entre los personajes están quienes se limitan a mirarla con curiosidad, como hizo Herodes con Jesús; a criticarla porque sus planteamientos denuncian la mentira en la que viven, como Caifás, o a despreciarla para evitar implicarse porque tienen cosas más importantes en qué pensar, como Pilato consigo mismo.

Entre los personajillos, quienes se sirven del revuelo para sacar provecho. Están quienes, ante la trascendencia del personaje, se suben al carro y, aunque en el fondo lo desprecian, tratan de sacar tajada, como el «mal» ladrón; quienes, ante el miedo a dar la cara, se esconden, como los discípulos; o quienes, manipulando el mensaje de la Iglesia, hacen que parezca que dice lo que no dice, como los falsos testigos en el juicio ante el Sanedrín. Y junto a estos, la multitud de guardias judíos, soldados romanos y chusma diversa que aprovecha para insultar, escupir, azotar, burlarse, o acusar a los seguidores del nazareno.

Lugar aparte merecen quienes, habiendo comido y bebido con el Señor, siendo miembros más o menos destacados de la comunidad, interpretan el momento de la sucesión sólo en clave de interés humano y ya van colocándose en la mejor posición a su beneficio. Alguno incluso ha denunciado el «infantilismo religioso» de quien cree en la acción del Espíritu Santo durante el proceso de elección de un nuevo Papa dando a entender que el cónclave no es más que un juego de pactos. Se parecen a aquel que pensaba que, tras su beso, Jesús se iba a desvelar con un ejército de ángeles poniéndolo a él en lugar privilegiado. ¡Pobrecillo! ¡No había entendido nada!

Frente a estos personajes y personajillos, otras figuras más o menos grandes que entendieron que el Reino que Jesús había venido a implantar era «otra cosa». Empezando por María, Juan y las santas mujeres que lo acompañaron al pie de la cruz; continuando por José de Arimatea, Nicodemo, las hijas de Jerusalén o el Cireneo y llegando hasta el centurión romano que reconoció el misterio, viendo aquel guiñapo a los ojos del mundo y proclamó: «Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios». Ellos vieron lo que los otros no.

El misterio de la acción del Espíritu Santo en la elección del Papa, como el misterio de la Iglesia, lo define muy bien el Concilio Vaticano II que dice de ella que es «como un sacramento». Y es que, al igual que los sacramentos (el bautismo, la eucaristía, la confesión…) manifiestan visiblemente la acción de la gracia invisible de Cristo; la Iglesia, como sacramento universal de salvación, hace presente a Cristo allá donde va, a pesar de lo difícil que es verlo encarnado en débiles y pecadores seres humanos.

Con Francisco ya descansando en Santa María la Mayor, se abre ahora una nueva «Pasión», una exposición pública de la Iglesia visible hasta la elección del nuevo Papa. Muchas serán las especulaciones, los juicios sin fundamento o interesados… ¿Con qué personaje o personajillo nos identificaremos? ¿Seremos capaces de entender que el Reino no es de este mundo? ¿Sabremos mirar a la Iglesia visible como sacramento de Cristo al igual que Cristo era el sacramento del Padre y muchos no supieron verlo? No es tan difícil de entender para quien, de rodillas ante un simple trozo de pan, y sin hacer caso a quien lo tacha de tener creencias infantiles, es capaz de exclamar: «¡Verdaderamente este es Hijo de Dios!». ¡Feliz Pascua!

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Anónimos https://www.omnesmag.com/firmas/anonimos-firma-antonio-moreno/ Tue, 15 Apr 2025 04:00:00 +0000 https://www.omnesmag.com/?p=47275 Entre los más viles personajes que aparecen en las lecturas de la Pasión de Cristo que se proclaman ahora, en Semana Santa, hay unos que tienen mucha actualidad. Han proliferado en las redes sociales y extienden su pernicioso influjo a toda la sociedad. Se trata de los personajes anónimos. Pero no me refiero a esos […]

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Entre los más viles personajes que aparecen en las lecturas de la Pasión de Cristo que se proclaman ahora, en Semana Santa, hay unos que tienen mucha actualidad. Han proliferado en las redes sociales y extienden su pernicioso influjo a toda la sociedad.

Se trata de los personajes anónimos. Pero no me refiero a esos de quienes no aparece el nombre quizá por desconocimiento del evangelista como la criada portera del palacio del sumo sacerdote, el guardia que lo abofeteó en el interrogatorio de este o los malhechores que crucificaron a su lado (aunque luego la tradición los bautizara como Dimas y Gestas); sino a los que actúan de forma anónima, amparados por la turba.

Son personas que no tienen muy claro lo que quieren, pero que aprovechan cualquier tumulto para dar rienda suelta a sus más bajos instintos: criticar, insultar, difamar y hasta linchar si hace falta al que pasa por delante. En solitario, no serían capaces de matar una mosca, pero encuentran el gusto en convertirse en masa enfervorizada pues, actuando en manada, la responsabilidad se diluye y las posibles consecuencias también.

Validar los actos de otros

Sin duda, estos personajes fueron clave en la muerte de Jesús, pues con su actitud validaban las acciones de los que hoy consideramos responsables: los sumos sacerdotes y Poncio Pilato. Ninguno de ellos se habría atrevido a ejecutar a quien el pueblo consideraba un profeta sin el apoyo cómplice de unos pocos de estos anónimos capaces de hacer mucho ruido, mucho más que la mayoría del pueblo.

En nuestra sociedad digital, las plazas y calles donde la gente llevaba a cabo tradicionalmente sus protestas y reivindicaciones, han dado paso a las redes sociales, donde todos podemos verter nuestras opiniones sobre los asuntos que nos preocupan. Pero, frente a una minoría que aparece identificada, con nombres y apellidos, que se hace responsable de los aciertos y errores que se puedan cometer a la hora de opinar, hay una masa ingente de cuentas anónimas o con identidades muy difusas.

En una manifestación pública, propia de los estados democráticos, quien lleva pasamontañas o se cubre el rostro con una careta, está muy claro que viene a liarla, y muchas veces sabemos que, quienes actúan así, no se identifican con el objeto de la reivindicación, sino que la usan solo como excusa para disfrutar con la violencia y el saqueo.

Anónimos y auténticos culpables

Entiendo a quien, en un régimen autocrático, tiene que proteger su identidad para compartir sus ideas sin ser detenido; pero en un país democrático, donde la libertad de expresión está asegurada, ¿qué sentido moralmente aceptable tiene ir por las redes esparciendo chismes o jaleando a quien lo hace, atacando a otras personas sin dar la cara, promoviendo el odio o acosando a otras personas? Solo se entiende desde la más absoluta bajeza humana, desde la maldad cobarde de esos cuyos nombres no aparecen en los relatos de la Pasión, pero que fueron auténticos culpables de la muerte del inocente.

Cuando quienes actúan así son miembros de la comunidad cristiana, atentos a criticar sin caridad ni justicia ni verdad cualquier movimiento del Papa, de tal o cual obispo o movimiento distinto a su cuerda, el pecado me parece mucho más grave. Me recuerdan a esos pequeños niños que, en la película La Pasión de Cristo acosan a Judas hasta desesperarlo y lograr que se ahorque. Al principio parecen inofensivos, incluso simpáticos; pero en cuanto se les da pie, se lanzan a bofetadas, insultos y mordiscos, revelando su verdadera identidad demoníaca.

Quizá usted que me lee haya tenido alguna vez la tentación de «disfrazarse» a través de un perfil anónimo en redes para poder explayarse y decir lo que su identidad le impide decir públicamente, pues le acarrearía problemas disciplinarios o le haría quedar mal ante sus amigos o familia. Piense bien de dónde puede venir esa idea de ocultar la personalidad que Dios le dio a su imagen y semejanza para tomar una apariencia distinta a la suya y agresiva contra el otro, por muy reprobable que sea lo que haya hecho esa persona. Y recuerde la escena de la película de Mel Gibson. ¿No ve que, aunque los personajes sean anónimos, el promotor de su acción tiene nombre por todos conocido? Pues eso, cuidado con caer en las redes que extiende en las redes.

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72 horas https://www.omnesmag.com/firmas/72-horas/ Tue, 01 Apr 2025 05:06:00 +0000 https://www.omnesmag.com/?p=46710 La UE ha recomendado a sus ciudadanos que se hagan con un kit de supervivencia ante un posible ataque o desastre natural. Agua, latas de conserva, una linterna, un mechero… cosas básicas para sobrevivir las primeras 72 horas; pero olvidan lo más importante: algo para encontrar sentido a esos primeros momentos de desconcierto y, dependiendo […]

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La UE ha recomendado a sus ciudadanos que se hagan con un kit de supervivencia ante un posible ataque o desastre natural. Agua, latas de conserva, una linterna, un mechero… cosas básicas para sobrevivir las primeras 72 horas; pero olvidan lo más importante: algo para encontrar sentido a esos primeros momentos de desconcierto y, dependiendo de la gravedad del caso, a la nueva vida que habría que comenzar después. En mi caso, no dejaría de meter en el kit una pequeña biblia y un rosario. En una situación de catástrofe en la que la desesperanza, la incertidumbre y el miedo se apoderarían de nosotros, me parecerían el mayor de los tesoros.   

Yo empezaría, por ejemplo, por el Evangelio según San Juan para leer: «En el mundo tendréis luchas; pero tened valor: yo he vencido al mundo»; pasaría por el salmo 34 para escuchar que, «cuando uno grita, el Señor lo escucha y lo libra de sus angustias» o que «aunque el justo sufra muchos males, de todos lo libra el Señor»; para llegar a la epístola a los Romanos en la que San Pablo me recordaría que «ni muerte, ni vida, ni ángeles, ni principados, ni presente, ni futuro, ni potencias, ni altura, ni profundidad, ni ninguna otra criatura podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús». El Rosario, sobre todo rezado comunitariamente, es un regalo único de María para encontrar, en ella que es Auxilio de los Cristianos y Reina de la Paz, el consuelo espiritual y esa paz que necesitamos en momentos en los que la vida nos golpea.  

Una sociedad tan materialista como la nuestra, que ignora la espiritualidad; está completamente desarmada ante las dificultades de la vida, más aún ante las que pudieran sobrevenir según ese futuro distópico que nos plantea la UE. Si todo el sentido de nuestra vida es tener, ¿qué pasa si lo perdemos todo? Los cristianos contamos con una especie de «entrenamiento para emergencias» cada Cuaresma, cuando tratamos de vivir más austeramente, privándonos de algunas cosas materiales que consideramos imprescindibles el resto del año, renunciando a nuestros gustos en favor de los demás… En este tiempo, recordamos, con Jesús en el desierto, que «no solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios».

El Evangelio es esa palabra, comida y bebida, que necesita nuestra alma para continuar viva; es esa linterna que alumbra en la oscuridad del miedo; ese mechero que puede encender el fuego de nuestro espíritu cuando nos venimos abajo y esa navaja multiusos con infinitas utilidades para el día a día como la educación de los hijos, la atención a los pobres y enfermos, el cuidado de los mayores, la relación con el dinero o la organización social. Es también ese botiquín con el que curar nuestras heridas y prevenir enfermedades del alma; esa manta térmica que nos da el calor de un padre bueno cuando todo es frío a nuestro alrededor; ese walkie-talkie que nos pone en contacto con la comunidad, con quienes nos pueden ayudar; esa radio a pilas que nos mantiene en comunicación con Él, que nos trae la Buena Noticia que necesitamos que nos repitan y, entre otras muchas cosas, es también ese carné de identidad imprescindible en todo buen kit de emergencias. 

Otro gallo cantaría en esta Europa que ahora se rearma si hubiéramos tenido a buen recaudo nuestra identidad cristiana en una bolsa impermeable protegida del polvo del mercadeo y la humedad de las ideologías que han acabado corrompiéndola. Sus fundadores la llevaban por bandera (literalmente si estudiamos el origen de la insignia de la UE), conscientes de que valores evangélicos como la verdad, la libertad, la justicia, la caridad, la solidaridad o la búsqueda del bien común garantizaban años de unidad, paz y progreso, pero sus sucesores la consideraron poco rentables para sus intereses y la sacaron del kit. Privando al ser humano y a la sociedad de un sentido somos más vulnerables que nunca ante una posible situación límite que pudiera sobrevenir. 

El famoso psiquiatra, Viktor Frankl, superviviente de los campos de concentración, en su obra «El hombre en busca de sentido«, sentenció que el ser humano «es ese ser capaz de inventar las cámaras de gas de Auschwitz, pero también es el ser que ha entrado en esas mismas cámaras con la cabeza erguida y el Padrenuestro o el Shemá Israel en los labios». Hoy pocos se saben el Padrenuestro o el Shemá, por lo que la dignidad humana vale solo lo que dos latas de sardinas o un botellín de agua. Mientras algunos ponen a punto sus armas estratégicas, al hombre y a la mujer destinados a la eternidad les garantizan solo eso: 72 horas de vida.

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Paternidad irresponsable https://www.omnesmag.com/firmas/paternidad-irresponsable-firma-antonio-moreno/ Sat, 15 Mar 2025 04:00:00 +0000 https://www.omnesmag.com/?p=46304 En torno al día del seminario, nos preocupamos por la falta de vocaciones sacerdotales. Hoy me atrevo a señalar como culpable de esta crisis la mala interpretación de uno de los términos que propone la doctrina cristiana, el de «paternidad responsable». El Catecismo lo usa en el contexto de la regulación de la procreación y […]

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En torno al día del seminario, nos preocupamos por la falta de vocaciones sacerdotales. Hoy me atrevo a señalar como culpable de esta crisis la mala interpretación de uno de los términos que propone la doctrina cristiana, el de «paternidad responsable». El Catecismo lo usa en el contexto de la regulación de la procreación y afirma sabiamente que, “por razones justificadas, los esposos pueden querer espaciar los nacimientos de sus hijos. En este caso, deben cerciorarse de que su deseo no nace del egoísmo, sino que es conforme a la justa generosidad de una paternidad responsable”.

Todos sabemos que hay algunas razones justificadas, el problema es que, en muchas ocasiones, justificamos nuestras razones tratando de constreñir el plan de Dios a la lógica humana, ¡y ésta es siempre tan limitada!

Lógica humana y planes divinos

La lógica humana de san José, por ejemplo, fue aplastante: “el niño que trae María no es mío. No quiero denunciarla, lo mejor es repudiarla en secreto” –pensó–. Tuvo que venir un ángel en sueños para sacarlo del error y hacerle entender la lógica divina. ¿Y qué fue el «hágase» de María sino un ejemplo de libro de maternidad irresponsable? Una niña hebrea en sus circunstancias se jugaba literalmente la vida. Lo más responsable, sin duda, habría sido declinar tajantemente la invitación del ángel y pedirle que buscara a otra madre en mejores condiciones. Además, tanto ella como el posible Hijo del Altísimo concebido correrían peligro de muerte. ¿Cómo iba a permitir eso alguien con dos dedos de frente?

Fue el Espíritu Santo, del que María gozaba en plenitud, y no las razones más que justificadas, el que le hizo salir de la lógica mundana y abrirse a la novedad del Dios de las sorpresas. Me parece normal que quienes no viven de este espíritu se cierren a la vida; el problema es cuando esa mundanidad entra en la Iglesia. La mundanidad, ha señalado el Papa Francisco, es de hecho, “el peor de los males que le puede afectar”.

¡Cuántas veces los matrimonios cristianos nos hemos dejado llevar por el ambiente entendiendo la paternidad como una fuente de dificultades y problemas más que como, en palabras también del Papa, “la apertura de un nuevo horizonte de creatividad y felicidad”! ¡Cuántas veces, los confesores y directores espirituales han caído también en este miedo a la vida que se abre paso, privando a los matrimonios de la oportunidad de vivir la felicidad que da responder generosamente a Dios desde la vocación que les es propia!

Paternalismo clerical y paternidad responsable

Hay mucho paternalismo clerical detrás de algunos consejos en nombre de la «paternidad responsable», como si la vocación matrimonial fuera de un rango inferior, destinada a los más débiles en la fe, y no bebiera de la misma llamada a la santidad del resto de vocaciones. ¿O han oído ustedes alguna vez hablar del sacerdocio responsable? ¿o de la vida contemplativa responsable? ¿imaginan acaso una advertencia para que los misioneros sean responsables? ¡Se tendrían todos que volver a su casa!

Quienes, sin duda con buena voluntad, han animado a los matrimonios cristianos, en línea con el pensamiento liberal actual, a no complicarse demasiado con los hijos y a limitar su número, les han quitado ese punto de irresponsabilidad que necesita la vida cristiana. Hay que ser irresponsable para dejar una carrera profesional, estudiar seis años y renunciar a formar una familia para dedicarse a ser cura trabajando 24/7 y cobrando el salario mínimo. Hay que ser irresponsable para encerrarse para siempre entre cuatro paredes con la idea de pasar el día rezando a un Dios que no siempre responde, viviendo con unas compañeras que no has elegido y obedeciendo a una superiora en un convento de clausura. Hay que ser irresponsable para irse a un país que no es el tuyo, a veces a los lugares más peligrosos del planeta, para vivir entre los pobres y evangelizarles siendo misionero.

Cuando nos quejemos de la falta de jóvenes que quieran tomar la irresponsable decisión de irse a un seminario a estudiar (a veces varios años, sin seguridad de que vayan a terminar ordenándose), miremos a ver qué tipo de responsabilidad se vive y se transmite en los hogares cristianos. Quizá hemos abusado prescribiéndoles paternidad responsable. Un término que, mal discernido, se ha convertido en una auténtica vasectomía de la vida cristiana, cuya sombra de esterilidad está asolando la Iglesia occidental.

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El libro de la vida https://www.omnesmag.com/firmas/el-libro-de-la-vida/ Sun, 02 Mar 2025 04:00:00 +0000 https://www.omnesmag.com/?p=45682 Desde que falleció mi padre, no había vuelto a abrir el contenedor de plástico en el que mi madre me había enviado las cosas que pensó que me interesarían: algunas fotos, su gorra marinera, varios libros… ¡Pero no había visto aquel paquete con mi nombre escrito en él!  El corazón me dio un vuelco al […]

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Desde que falleció mi padre, no había vuelto a abrir el contenedor de plástico en el que mi madre me había enviado las cosas que pensó que me interesarían: algunas fotos, su gorra marinera, varios libros… ¡Pero no había visto aquel paquete con mi nombre escrito en él! 

El corazón me dio un vuelco al reconocer la letra de mi padre. A todas luces, por su peso y tamaño, parecía un libro, pero, ¿cuál sería? ¿Tendría alguna dedicatoria? ¿Y por qué, en tantos años, mi madre no me había hablado de su existencia?  

Ya habría tiempo de buscar un culpable; lo importante entonces era ver qué contenía. Mis manos temblorosas apenas atinaban para deshacer el lazo del cordel y romper el papel kraft del envoltorio. Dentro, un viejo cuaderno de amarillentas hojas cuadriculadas. En la portada, pegada, una tarjeta de cartulina con un título mecanografiado: El libro de la vida. El bloc olía a pegamento Imedio y, al hojearlo, vi que contenía numerosos recortes de prensa y fotografías.

En la primera página había escrito: «Querido hijo: Te quiero. Te he querido desde el momento en el que tu madre y yo nos enteramos de que venías de camino. Te he querido durante los maravillosos años en los que compartiste un sitio en nuestro hogar. Te he querido cuando ya partiste a fundar tu propia familia. Y ahora, que ya no estoy entre vosotros, te sigo queriendo por toda la eternidad. Pero como desde aquí no puedo comunicarme contigo, he pensado dejarte por escrito este libro para que pueda servirte de guía y sostén en tu día a día».

Cada página del cuaderno era una auténtica maravilla. Historias y relatos de nuestra familia que explicaban muchas de mis manías y obsesiones; consejos para llevar adelante el matrimonio, el trabajo o la educación de los hijos; palabras de consolación ante el fracaso, de aliento para momentos de horas bajas, de sobriedad ante el éxito… ¡Cuánta sabiduría regalada en aquellas páginas! Y todo ello explicado con humildad, sin tratar de imponer, sino con la dulzura y pedagogía de un padre amoroso, como era él. No era el diario de un narcisista, sino un generoso regalo hecho de retazos de vida.

Pasé toda la tarde leyendo cada advertencia, sorprendiéndome con cada detalle marcado con rotulador rojo en las fotografías, aprendiendo sobre la naturaleza humana con cada comentario a las noticias recortadas… En la última página, había dibujado un camino que se perdía en un horizonte detrás del cual destellaban rayos de luz. Al pie de la ilustración, la frase: «espero que algún día llegues por tu propio camino a la luz que yo ya he encontrado; y que así puedas tú también ser lámpara para tus hijos». Lloré, reí, pero sobre todo me sentí muy, muy amado.

Devolví todos los recuerdos a la caja de almacenamiento para subirla de nuevo al trastero, pero el cuaderno lo llevé hasta la librería de mi dormitorio con la intención de poder regresar a él cuando se me antojara. Al colocarlo en el hueco de la repisa, me fijé en que, justo al lado, estaba la vieja biblia edición de coleccionista que él me regaló cuando me casé y que tanto me insistía en que leyera de vez en cuando. Una fina capa de polvo cubría su funda de piel. No sé cuántos años llevaría allí, intacta. 

Me picó la curiosidad, la desenfundé, abrí una página al azar y mi mirada se paró, sin saber por qué, en uno de sus versículos: «Lámpara es tu palabra para mis pasos, luz en mi sendero». 

Sonreí. 

Tal vez había tenido dos libros de la vida todo este tiempo… y apenas ahora empezaba a saberlo.

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Soy subnormal https://www.omnesmag.com/firmas/soy-subnormal/ Sat, 15 Feb 2025 04:23:00 +0000 https://www.omnesmag.com/?p=45232 «¿Conque Dios os ha dicho que no comáis de ningún árbol del jardín?» –dijo la serpiente a Eva–. Pero, si Dios les prohibió solo uno, ¿por qué dijo «ninguno»?  Hoy, la serpiente sigue retorciendo el lenguaje para lograr sus perversos propósitos, como con la palabra «subnormal».  Cualquiera que peine canas recuerda que el término era […]

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«¿Conque Dios os ha dicho que no comáis de ningún árbol del jardín?» –dijo la serpiente a Eva–. Pero, si Dios les prohibió solo uno, ¿por qué dijo «ninguno»? 

Hoy, la serpiente sigue retorciendo el lenguaje para lograr sus perversos propósitos, como con la palabra «subnormal». 

Cualquiera que peine canas recuerda que el término era de uso habitual para hacer referencia a las personas con discapacidad intelectual. Existía incluso oficialmente un «Día del subnormal» puesto en marcha por las propias asociaciones de familiares para sensibilizar sobre sus necesidades y reivindicar su inclusión. 

Todavía hoy es frecuente escuchar a personas mayores referirse a amigos o parientes muy queridos con esta palabra que no tiene nada de peyorativo para ellos. Vamos que se usaba «subnormal» como por ahora usamos la más políticamente correcta «persona con discapacidad intelectual». Y digo «por ahora» porque no creo equivocarme si digo que dentro de unos años esta denominación empezará a sonarnos mal y tendremos que buscar otra distinta. Lo mismo pasó con las palabras inválido, minusválido, deficiente, disminuido, discapacitado y tantas otras que, en su tiempo, sustituyeron a otras malsonantes, pero que pronto, de tanto usarlas, empezaron a serlo ellas mismas. 

Parece que, cambiando la palabra, va a desaparecer el problema, pero lo cierto es que el problema permanece y eso es insoportable. La sociedad del bienestar nos había prometido acabar con todos los sufrimientos, pero la vida real se rebela y una alteración genética, una enfermedad, la vejez o un accidente nos lleva de repente a reflexionar sobre el misterio de la vida, sobre qué es un ser humano. ¿Dónde está la dignidad humana? ¿Qué vidas vale la pena vivirlas y cuáles no?

Creemos que cambiando el lenguaje cambiamos algo, pero solo caemos en la trampa de la astuta serpiente que vuelve a desviar nuestra atención de lo importante como con aquel «ninguno» pronunciado en el jardín del Edén. La mejor mentira es la que tiene algo de verdad. Y es verdad que Dios les había advertido del peligro de comer de un único árbol, pero no que no les dejara probar de ninguno de ellos. Del mismo modo, también es verdad que el lenguaje debe ser inclusivo, no paternalista ni ofensivo, pero no es verdad que solo cambiando las palabras cambie nuestra percepción de las personas. 

La prueba está en la popularización actual del término «subnormal». Dese una vuelta por cualquier patio de instituto, por cualquier corrillo de café en la oficina o por cualquier red social. Es el insulto estrella. Yo no puedo evitar sentir un escalofrío cuando oigo a alguien usar la palabra de forma despectiva contra otro. Fíjense hasta dónde puede llegar el retorcimiento del lenguaje que el término que hemos dejado de usar farisaicamente para designar a quien tiene limitaciones del funcionamiento intelectual lo usamos ahora para designar a las que consideramos peores personas. ¿O me dirán ahora que el insulto no busca la comparación con los primeros? Pues claro, porque, aunque cambiemos las palabras, el corazón no ha cambiado. 

Distraídos como estamos con el lenguaje inclusivo no nos damos cuenta de que ese rechazo absoluto a estas personas es real y está detrás del hecho de que, en España, hasta el 95 por ciento de los niños diagnosticados con Síndrome de Down no llegan a nacer. Como el prestidigitador consigue centrar nuestra atención en la baraja para sacarse la carta del bolsillo y hacer su magia, el mal nos la consigue colar con el juego de la corrección política del lenguaje. 

Yo, ¿qué quieren que les diga? Obras son amores y no buenas razones. Una sociedad inclusiva sería aquella en la que a nadie se le negara el derecho a nacer por tener un cromosoma más; en la se valorara a cada ser humano, no por lo que produce, sino por el mero hecho de existir; en la que la sociedad apoyara a las familias ante sus miedos e inseguridades y les ofreciera más ayudas económicas; en la que todos volvieran a tener un primo, un vecino o un compañero de colegio con síndrome de Down porque serían bienvenidos y acompañados; en la que nadie insultara a nadie comparándolo con quien no se puede defender y en la que no nos chirriaran tanto las palabras como los hechos. 

Habrá quien me llame subnormal por este artículo. ¿Mi respuesta? ¡A mucha honra!

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La separación Estado-Iglesia https://www.omnesmag.com/firmas/la-separacion-estado-iglesia/ Sat, 01 Feb 2025 04:00:00 +0000 https://www.omnesmag.com/?p=44807 Tuve la inmensa suerte de ser alumno del Cardenal Fernando Sebastián, un verdadero hombre de Dios que fue clave en la transición política en España. Frente al pensamiento mayoritario, nos explicaba cómo fue precisamente la Iglesia la que más empeño puso en la separación Iglesia-Estado. Rector de la Pontificia Universidad de Salamanca desde 1971, su […]

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Tuve la inmensa suerte de ser alumno del Cardenal Fernando Sebastián, un verdadero hombre de Dios que fue clave en la transición política en España. Frente al pensamiento mayoritario, nos explicaba cómo fue precisamente la Iglesia la que más empeño puso en la separación Iglesia-Estado.

Rector de la Pontificia Universidad de Salamanca desde 1971, su enorme envergadura intelectual hizo que el cardenal Tarancón, presidente entonces de la Conferencia Episcopal Española, lo eligiera como asesor de confianza. Lo acompañó en las reuniones secretas que mantuvo con los principales líderes de izquierdas y derechas, algunos aún en la clandestinidad. Ordenado obispo en el 79, fue secretario general de los obispos españoles en los años 80 y vicepresidente en diversos periodos de las dos décadas posteriores. Testigo excepcional y, en numerosas ocasiones, protagonista de aquellos acontecimientos históricos, nos recordaba que la doctrina social y política que surgió del Concilio Vaticano II fue clave para llevar a España a la democracia de forma pacífica.

En el famoso texto: Afirmaciones para un tiempo de búsqueda (1976), firmado por diversos obispos y teólogos, D. Fernando pedía «diferenciar a la Iglesia de la sociedad civil, de sus instituciones y objetivos». La postura de la Iglesia en aquellos momentos fue la de no aceptar ningún tipo de privilegio, más allá de la libertad religiosa y el reconocimiento a la Iglesia católica en un estado aconfesional, tal y como recogió finalmente la Constitución del 78.

Recupero la memoria del sabio y querido profesor porque estoy un poco harto, como ciudadano, de tener que callarme cuando algunos tratan de presentar una imagen antidemocrática de la Iglesia española. Ese prejuicio de una Iglesia ávida de poder político, que solo busca privilegios y que no valora la libertad, es una gran mentira por mucho que siempre puedan sacar a relucir con mucho ruido la particular salida de pata de banco de tal o cual persona o grupo minoritario.

En sus «Memorias con Esperanza» (Encuentro, 2016), el cardenal manifestaba su tristeza por esa manipulación del recuerdo sobre el papel de la Iglesia Católica en aquellos difíciles años: «Tengo la impresión de que actualmente se ha olvidado un poco la aportación de la Iglesia al advenimiento pacifico de la democracia en España. La renovación conciliar –recordaba– nos ayudó a los católicos españoles a apoyar decididamente el establecimiento de una sociedad libre y abierta, respetuosa con las libertades políticas, culturales y religiosas de todos, sin privilegios de ninguna clase».

Lo que resulta paradójico es que quienes siguen hoy con la cantinela, usando torticeramente los supuestos privilegios de la Iglesia católica y reclamando una aún mayor separación Iglesia-Estado, estén por otro lado dado la vuelta a la tortilla y queriendo someter la fe de la Iglesia a los supuestos morales e ideológicos de partido. Ya no es que quieran recluir la voz de la Iglesia a las sacristías; sino que quieren ser ellos y ellas (permítanme la duplicidad de género en este caso más que justificada) quienes, desde las sacristías, interpreten el Evangelio y la tradición eclesial y se la expliquen a los fieles. En una suerte de cesaropapismo extemporáneo, amenazan con leyes coercitivas y sanciones, amedrentando al personal y poniendo en peligro la libertad religiosa, aquella por la que lucharon y votaron los españoles, invadiendo la independencia y autonomía propias de las confesiones religiosas en su ámbito.

Quizá haya que salir a la calle a reclamar, no la separación Iglesia-Estado, sino la separación Estado-Iglesia porque correremos, de seguir así, el riesgo de acabar con una iglesia nacional como la China.

En días como estos, en los que se está releyendo la Transición de forma interesada, termino con otra advertencia profética que he encontrado en las memorias de D. Fernando, de cuyo fallecimiento por cierto acaban de cumplirse 6 años: «No acabamos de superar los resabios anticlericales –afirmaba el juicioso profesor–. Es verdad que el clericalismo ha sido fuerte entre nosotros. Pero hace ya casi cincuenta años que han cambiado las cosas. A pesar de lo cual nuestras izquierdas siguen empeñadas en imponer lo que llaman el «Estado laico», con un laicismo excluyente y antirreligioso que es claramente anticonstitucional. La tentación del laicismo excluyente atenta contra la claridad democrática de nuestra sociedad. Las restricciones a la plena libertad religiosa de los ciudadanos son un déficit en democracia». Ojo, que nos la estamos jugamos.

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Tengo un pensamiento https://www.omnesmag.com/firmas/tengo-un-pensamiento-firma-antonio-moreno/ Wed, 15 Jan 2025 04:00:00 +0000 https://www.omnesmag.com/?p=44416 Ahora que te tengo sé lo que es el miedo, pensando en que algún día acabará todo este nuevo mundo que me das. Me puso triste esta frase del precioso último single de Amaia Romero porque pensé ¿se ha dejado ya de creer en el amor para toda la vida? La letra de «Tengo un […]

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Ahora que te tengo

sé lo que es el miedo,

pensando en que algún día acabará

todo este nuevo mundo que me das.

Me puso triste esta frase del precioso último single de Amaia Romero porque pensé ¿se ha dejado ya de creer en el amor para toda la vida?

La letra de «Tengo un pensamiento» da por hecho que la historia de amor de la que habla va a acabar tarde o temprano. Es algo que las nuevas generaciones dan por supuesto. El fracaso del matrimonio «hasta que la muerte nos separe» como proyecto de vida está a la orden del día, siendo la pareja de hecho el modelo de relación que crece con más fuerza. La reflexión antropológica, en mi opinión, va mucho más allá del manido «es que los jóvenes de hoy ya no aguantan nada» y hunde sus raíces en los propios fines del matrimonio entre los que se encuentra la apertura a la vida.

Y es que los hijos dan sentido a la indisolubilidad y a la fidelidad, porque suponen una empresa común que trasciende la vida de la pareja incluso más allá de la muerte. Son esas personas que vienen a «romper» la relación de dos y convertirla en una trinidad (por eso dice el Papa en “Amoris Laetitia” que la familia es reflejo viviente de Dios Trinidad) y necesitan un acompañamiento de quienes les dieron la vida. Y no me refiero solo a los primeros años, cuando son muy dependientes, sino de otra manera cuando son adolescentes y necesitan referentes claros, cuando son jóvenes y necesitan un empujón para empezar a volar solos, o cuando son adultos y necesitan abuelos (importantísima figura) para sus hijos. Finalmente, son los padres quienes necesitan la ayuda de sus hijos en la ancianidad completando así ese círculo de amor trinitario.

La revolución sexual redujo la grandeza del amor trascendente sustituyéndolo por un sentimiento vagamente objetivable que denominamos amor romántico. Quitando al tercero de la ecuación (los hijos ya no dan sentido a este nuevo modelo), la pareja no deja de ser una circunstancia, lo que deriva en relaciones más o menos temporales y en sociedades como las de los países autodenominados desarrollados de gente cada vez más sola que la una. ¡Hasta ministerios de la soledad han tenido que crear!

Reniego de los que piensan que los jóvenes son tontos y no van a ser capaces de echar el freno de mano a tiempo. Hay quienes se están dando cuenta de que es de locos tirar la casa por la ventana con relaciones que no terminan de llenar nunca ese vacío interior. Hay quienes se pronuncian abiertamente mostrando admiración por esos matrimonios que siguen juntos por décadas frente a viento y marea. Pero eso, ¿cómo se hace?

La propia Amaia, en el mismo tema, pronuncia una frase que bien podría ser el inicio de una vuelta a la razón. Canta diciendo: 

…me apetece estar toda la vida contigo

y quiero hasta gritarlo.

Y no, no quiero dártelo todo 

y así te sigan sobrando las ganas

y nunca te canses de estar conmigo.

Muchos han descubierto ya la decepción del enfriamiento de las relaciones románticas tras darlo «todo» y anhelan algo más duradero y profundo. Quizá les falta por descubrir –ya voy para viejo y con 25 años de matrimonio a mis espaldas me permito dar consejos– que en realidad nunca lo han dado todo, pues siempre se han reservado algo de sí por la propia naturaleza pasajera con la que se inicia una relación. Es lo mismo que el fast food frente a la cocina mediterránea con productos naturales y a fuego lento…

El matrimonio natural como donación total, de forma permanente, en fidelidad y abierto a generar más vida, con todos sus errores propios de nuestra humanidad, nos abre a la eternidad y satisface los deseos más hondos que, entre canciones, aún entre velos, parecen gritar nuestros jóvenes.

Creímos que Dios era un obstáculo para la felicidad en el amor y nos estamos dando de bruces con que el amor, sin Dios, que nos ha creado y nos ha dejado el manual de instrucciones de su criatura en el Evangelio, se ha hecho pequeño y simplón. Tengo un pensamiento, como dice Amaia, que no me deja solo, y es que la medida del amor es amar sin medida.

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¡Madre de Dios! https://www.omnesmag.com/firmas/madre-de-dios/ Wed, 01 Jan 2025 04:34:00 +0000 https://www.omnesmag.com/?p=44064 Si es usted madre, esto le interesa: en su organismo permanecen células vivas de sus hijos cuya juventud le protege de numerosas enfermedades, incluso del cáncer. También células suyas permanecen en sus hijos toda su vida. En este 1 de enero, solemnidad de María Madre de Dios, esto da mucho que pensar. El fenómeno se […]

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Si es usted madre, esto le interesa: en su organismo permanecen células vivas de sus hijos cuya juventud le protege de numerosas enfermedades, incluso del cáncer. También células suyas permanecen en sus hijos toda su vida. En este 1 de enero, solemnidad de María Madre de Dios, esto da mucho que pensar.

El fenómeno se llama microquimerismo y, en una reciente conferencia, el catedrático emérito de Bioquímica y Biología Molecular de la Universidad de Málaga, Ignacio Núñez de Castro, señalaba que «esas células del hijo van a aparecer en el corazón, en el cerebro o en la sangre de la madre. Son células troncales, pluripotenciales, cuya misión principal es ir a auxiliar a la madre cuando lo necesita». Son la explicación, continúa este científico, a un hecho que «llevo observando mucho tiempo: las mujeres multíparas son muy longevas, porque guardan restos de esos hijos. Esa vida que han dado les ha dado vida a ellas», concluye. 

Frente a quienes promueven la denominada gestación subrogada, pretendiendo asimilar el cuerpo de una mujer a una incubadora que se alquila por nueve meses, la biología nos demuestra lo que ya sabíamos la mayoría por intuición: la relación física de la madre con sus hijos no acaba con el parto, dura toda la vida, hay un vínculo que supera cualquier otra relación y que permanece a lo largo de los años. 

Este intercambio celular, añade Núñez de Castro en su ponencia que se puede buscar en Youtube con el título «Dignidad y vulnerabilidad del embrión», se produce nada más tiene lugar la anidación, al octavo día desde la concepción. Es decir, que las madres llevan en su interior incluso parte de los hijos que no llegaron a conocer puesto que sus embarazos no llegaron a término. ¿Saben las mujeres que sufren por haber abortado voluntaria o involuntariamente que ese hijo estará para siempre a su lado ayudándole a curar sus heridas? 

También al octavo día, esta vez desde la Navidad, celebramos la fiesta de María como «Madre de Dios«. Es una de las denominaciones más antiguas con la que la comunidad cristiana se refiere a la Virgen. Aunque no fue hasta el siglo V cuando el Concilio de Éfeso atribuyó oficialmente este título a María, hay constancia de que, al menos desde el siglo III, la expresión ya era de uso común en la Iglesia. En este siglo está datado el papiro más antiguo encontrado hasta el momento que recoge una oración popular, que lo sigue siendo, y que reza así:

Bajo tu amparo nos acogemos, santa Madre de Dios;

no deseches las súplicas que te dirigimos en nuestras necesidades,

antes bien, líbranos de todo peligro,

¡oh siempre Virgen, gloriosa y bendita!

Kristyn Brown de The Saints Project

Como en tantas otras ocasiones, fue la fe del pueblo sencillo la que hizo que la jerarquía terminara reconociendo aquella verdad: que, si Cristo era Dios, María no podía ser otra cosa que Madre de Dios y de ahí su extraordinaria excepcionalidad. La «llena de gracia», la «bendita entre todas las mujeres» era considerada por los primeros cristianos como una criatura como no la hubo ni la habrá. 

Los datos que nos ofrece ahora la ciencia, nos ayudan a entender en profundidad que su especial relación con Dios no era solo mística, ni se limitó solo al momento del saludo del ángel, del embarazo o los primeros años de vida del niño, sino que células pluripotenciales de Jesús –la segunda persona de la Santísima Trinidad en cuanto hombre, el concebido por obra y gracia del Espíritu Santo– habitaron dentro de ella durante toda su vida terrena. Igualmente, células de María (el intercambio celular durante la gestación es en doble sentido) vivieron dentro de Jesús durante sus 33 años de vida y lo acompañaron en su Pasión, Muerte y Resurrección. Aquello de «y a ti, una espada te traspasará el alma» cobra un sentido aún más profundo.

Y un último e interesante dato apuntado por el profesor Núñez de Castro. El microquimerismo no se limita sólo al intercambio de células entre madre e hijo, sino que los hermanos pequeños reciben también parte de esas células «perdidas» que han ido dejando los mayores en el cuerpo materno. 

Se plantean entonces preguntas del tipo: ¿Era necesario, que María para ser Madre de Dios fuera preservada del pecado original para poder, en cierta medida, fundirse con la carne del Santo de los Santos? (Inmaculada Concepción) ¿Convino que esas células divinas que albergó la madre de Jesús no pasaran a otra descendencia posterior para preservar su excepcionalidad? (Virginidad perpetua) ¿La resurrección de Jesús y su ascensión en cuerpo y alma al cielo no implicaría también el mismo destino para su madre, portadora de su mismo material genético? (Asunción). Madre de Dios, Virginidad Perpetua, Inmaculada Concepción y Asunción de María. Los cuatro dogmas marianos en íntima relación. 

En este inicio del año jubilar con motivo del 2025 aniversario del nacimiento de Dios manifiesto mi asombro ante el misterio de la vida que la ciencia nos ayuda a descubrir y también ante el de una mujer excepcional en la historia de la humanidad. Contemplando con estupor lo fino que ha hilado Dios su encarnación, solo me sale exclamar hoy: «¡Madre de Dios!».

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All I Want for Christmas is… https://www.omnesmag.com/firmas/all-i-want-for-christmas-firma-antonio-moreno/ Wed, 18 Dec 2024 04:00:00 +0000 https://www.omnesmag.com/?p=43757 Tres millones de euros. Esa es la cifra que la cantante y compositora estadounidense Mariah Carey se embolsa cada Navidad en concepto de derechos de autor y reproducciones de su archiconocido tema navideño «All I Want for Christmas is You» («Todo lo que quiero por Navidad eres tú»). Curioso que una canción que habla de […]

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Tres millones de euros. Esa es la cifra que la cantante y compositora estadounidense Mariah Carey se embolsa cada Navidad en concepto de derechos de autor y reproducciones de su archiconocido tema navideño «All I Want for Christmas is You» («Todo lo que quiero por Navidad eres tú»). Curioso que una canción que habla de que lo importante de la Navidad son las personas sobre lo material sea una de las minas de oro de la historia del negocio musical. ¿Y para usted? ¿Qué es más importante el dinero o su familia? ¿Su bolsillo o la gente que le rodea?

La batalla entre dos señores

Forma parte de la condición humana la lucha constante entre el egoísmo y la generosidad. Diariamente tenemos que elegir entre compartir o acumular; entre los otros y yo; en definitiva, entre Dios y el dinero.

Jesús, en el Evangelio, nos advierte muy seriamente sobre esta batalla, porque supera las fuerzas humanas. Pone el dinero al nivel de Dios y nos enseña que: “nadie puede servir a dos señores. Porque despreciará a uno y amará al otro; o, al contrario, se dedicará al primero y no hará caso del segundo. No podéis servir a Dios y al dinero”. ¡Ni a Satanás le da tanta importancia! El dinero es el verdadero Némesis de Dios. Él es quien nos enfrenta a nuestro creador que se hace presente en cada uno de nuestros hermanos, sobre todo, en los más pobres. Él es quien rompe la comunión entre los seres humanos y está detrás de tantas guerras, asesinatos, rupturas familiares y explotación de personas.

Por eso, en Navidad, cuando se supone que deberíamos estar más unidos, irrumpe la «otra» Navidad: la comercial, la del consumo por encima de nuestras posibilidades, la de la paga extra, la de las rebajas adelantadas, la de los aguinaldos, la de los regalos o la de la lotería y los sorteos especiales.

Es duro nadar contracorriente en este río que nos arrastra cada año (el que esté libre de pecado que tire la primera peladilla), pero conviene recordarnos año tras año que la Navidad es la gran fiesta de los pobres, de los «anawin» –palabra hebrea con la que la Biblia se refiere a la gente sencilla y dispuesta a dejarse encontrar por Dios, como aquellos pastores–. Benedicto XVI explicaba así el significado que da Jesús a la pobreza: “presupone sobre todo estar libres interiormente de la avidez de posesión y del afán de poder. Se trata de una realidad mayor que una simple repartición diferente de los bienes, que se limitaría al campo material y más bien endurecería los corazones. Ante todo, se trata de la purificación del corazón, gracias a la cual se reconoce la posesión como responsabilidad, como tarea con respecto a los demás, poniéndose bajo la mirada de Dios y dejándose guiar por Cristo que, siendo rico, se hizo pobre por nosotros. La libertad interior es el presupuesto para superar la corrupción y la avidez que arruinan al mundo; esta libertad sólo puede hallarse si Dios llega a ser nuestra riqueza; sólo puede hallarse en la paciencia de las renuncias diarias, en las que se desarrolla como libertad verdadera”.

Falsa libertad

Y es que, frente a la falsa libertad que nos ofrece el dinero (nos promete que, con él, podemos hacer muchas cosas, pero lo cierto es que nos condena a ser sus esclavos porque nunca nos parece suficiente), la pobreza de espíritu, la renuncia a ofrecernos todo lo que el mercado nos ofrece poniendo a Dios siempre antes que el afán de dinero, nos libera de ataduras.

Habrá quien piense que esta advertencia de Jesús es solo para los miembros de la lista Forbes, pero hasta la persona que es materialmente pobre –continúa el papa alemán– puede «tener el corazón lleno de afán de riqueza material y del poder que deriva de la riqueza. Precisamente el hecho de que viva en la envidia y en la codicia demuestra que, en su corazón, pertenece a los ricos. Desea cambiar la repartición de los bienes, pero para llegar a estar ella misma en la situación de los ricos de antes». 

Así que, revisemos dónde tenemos nuestro tesoro, porque allí está nuestro corazón y el dinero es mal pagador. Por eso, esta Navidad nos conviene quizá comprar menos lotería, soltar lastre que hay muchos necesitados a nuestro alrededor y acercarnos más al portal a contemplar a ese niño, pobre de solemnidad, que nace en Belén. Una vez allí, les aconsejo mirarle a los ojos y cantarle, aunque sea mal y aunque ello conlleve echar unos céntimos más en la abultada gorra de Mariah Carey, «Todo lo que quiero por Navidad eres tú».

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¡Feliz Año Nuevo! https://www.omnesmag.com/firmas/feliz-ano-nuevo/ Sun, 01 Dec 2024 05:00:00 +0000 https://www.omnesmag.com/?p=43464 Con el primer domingo de Adviento inauguramos el nuevo año litúrgico. La Iglesia pone a cero su contador semanas antes de que lo haga el calendario civil porque cultiva una virtud en horas bajas: la de la esperanza. Hoy todos vamos con prisa, nadie quiere esperar, todo es «fast», aquí y ahora, «melón y tajá […]

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Con el primer domingo de Adviento inauguramos el nuevo año litúrgico. La Iglesia pone a cero su contador semanas antes de que lo haga el calendario civil porque cultiva una virtud en horas bajas: la de la esperanza.

Hoy todos vamos con prisa, nadie quiere esperar, todo es «fast», aquí y ahora, «melón y tajá en mano» decimos por el sur. Si el metro tarda más de 8 minutos, nos destroza la mañana; si en la cola del súper hay más de dos compradores delante, ya estamos pidiéndole a la cajera que llame a un compañero para abrir otra caja; y los roscones de Reyes se venden ya en todos los supermercados no vaya a ser que nos muramos con el antojo de aquí a un mes que es cuando tradicionalmente se ponían a la venta.

La ansiedad nos come, con graves consecuencias para la salud mental de niños, jóvenes y mayores; y las adicciones están al orden del día porque somos incapaces de frenar los instintos que nos reclaman satisfacción inmediata. 

La cocina al chup-chup ha sido desbancada por los establecimientos de comida rápida o a domicilio. Las relaciones forjadas durante años de noviazgo con el objetivo de formar una familia para toda la vida, han dado paso a tiempos de convivencia no más largos que la vida del perro con custodia compartida o a fugaces encuentros vía Tinder, cuando no a un simple desfogue virtual. Los niños ya no pasan las horas muertas jugando al guiso o al elástico, sino que corren de un sitio para otro con multitud de actividades extraescolares y le roban horas al sueño para jugar videojuegos online hasta altas horas de la madrugada.

La ropa, los coches, los electrodomésticos, los muebles y tantos otros bienes de consumo tienen una vida cada vez menor y están de hecho diseñados para ser sustituidos pronto. Más de una hora sin contestar un Whatsapp es de mala educación; no poner un corazón en la publicación de esta mañana de un amigo te puede costar la amistad; no devolver la llamada perdida es feo… Hemos deshumanizado el tiempo, nos hemos hecho sus esclavos. ¡Por Dios, qué estrés!

El año cristiano, que en esta ocasión abrimos con el mes de diciembre, es una ayuda para devolver al tiempo su dimensión humana, con la semana (el domingo) como eje central. Las fiestas están distribuidas a lo largo del año, alternando tiempos fuertes, con tiempos «menos» fuertes, pero igualmente llenos de sentido y salpicados de fechas significativas. La memoria diaria de los santos humaniza también la jornada, pues son ejemplos a nuestra medida de que amar sin medida es posible. 

El calendario litúrgico aúna el Chronos y el Kairós. El Chronos, en la mitología griega, refiere a la contabilidad del tiempo para la que usamos el reloj o el almanaque. Con el Kairós, se expresa el tiempo como oportunidad, como momento trascendente. Y es que el año cristiano trata de propiciar a lo largo de esa larga lista de horas, días, semanas y meses, momentos en los que Dios se haga presente en la historia particular de hombres y mujeres. Procura que el Eterno, el que no tiene fin porque no tiene principio porque está fuera del tiempo, abra grietas, portales entre los resquicios del universo para encontrarse y fundirse en el abrazo de la fe con quienes intuyen que su vida tiene un destino infinito.

Adelantando el inicio del año para vivir el Adviento, la espera, cultivamos la fiesta verdadera, porque no hay mejor beso que el largamente anhelado, no hay mejor sorbo de cerveza que el primero tras una jornada calurosa, no hay mejor premio que el conseguido tras largas horas de trabajo, estudio o entrenamiento. 

El que espera desespera sólo si se ha dejado empequeñecer por la tendencia actual a la inmanencia, olvidando que somos ciudadanos celestes. La falta de natalidad es la prueba más clara de esta ola de desesperanza que asola Occidente.

Frente a los profetas de calamidades y a los negros augurios de los telediarios, yo apoyo mi esperanza en ese abuelo que, cada mañana, espera de la mano de su nieta con discapacidad el autobús del centro de día; en ese migrante que rescató a una vecina sacándola en volandas del peligro de la inundación de su calle; en ese sacerdote que, tras horas sentado en el confesonario, decide esperar un rato más por si algún remolón necesitara aún de la misericordia de Dios. Son los signos de los tiempos de los que habla el Papa en su bula de convocatoria del jubileo de la Esperanza. «Es necesario –dice– poner atención a todo lo bueno que hay en el mundo para no caer en la tentación de considerarnos superados por el mal y la violencia». 

Son signos sencillos, nada espectaculares, pero, sumados, brillan más que el sol.

Permanezca atento. La esperanza se abre camino a su alrededor a cada instante, en cada grieta del espacio y del tiempo y tenemos todo un año por delante para experimentarla. ¡Feliz año nuevo!

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Al Cristo embarrado https://www.omnesmag.com/firmas/al-cristo-embarrado-firma-antonio-moreno/ Fri, 15 Nov 2024 04:00:00 +0000 https://www.omnesmag.com/?p=43163 Hoy te he visto, Señor, embarrado y muerto, ahogado bajo el cieno de Paiporta, y he querido preguntarte por qué. ¿Por qué Señor? ¿Por qué?  Buscando respuesta en los Salmos te he preguntado: ¿Dónde estabas mientras las nubes descargaban sus aguas, retumbaban los nubarrones y tus saetas zigzagueaban? ¿Dónde mientras nos cercaban olas mortales, cuando […]

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Hoy te he visto, Señor, embarrado y muerto, ahogado bajo el cieno de Paiporta, y he querido preguntarte por qué. ¿Por qué Señor? ¿Por qué? 

Cristo de Paiporta

Buscando respuesta en los Salmos te he preguntado: ¿Dónde estabas mientras las nubes descargaban sus aguas, retumbaban los nubarrones y tus saetas zigzagueaban? ¿Dónde mientras nos cercaban olas mortales, cuando torrentes destructores nos aterraban, nos envolvían las redes del abismo y nos alcanzaban los lazos de la muerte?

¿Es que eres sólo del mismo barro que te cubre y no sientes ni padeces? ¿Eres uno de esos seres de polvo que no pueden salvar; que exhalan el espíritu y vuelven al polvo? ¿Uno de esos ídolos de los gentiles que son de oro y plata, hechura de manos humanas, que tienen boca y no hablan, tienen ojos y no ven, tienen orejas y no oyen y no hay aliento en sus bocas?

Algunos se han reído de ti, y de mí por confiar en ti. ¿Por qué me olvidas? ¿Por qué voy andando, sombrío, hostigado por mi enemigo? Se me rompen los huesos por las burlas del adversario; todo el día me preguntan: «¿Dónde está tu Dios?». Nos has hecho el escarnio de nuestros vecinos, irrisión y burla de los que nos rodean; nos has hecho el refrán de los gentiles, nos hacen muecas las naciones.

El Viernes Santo

Mientras seguía tratando de hallar respuesta a estas preguntas, me he fijado bien en tu foto, y en esos rayos dorados, aunque también enfangados, que salen de tu cabeza. Dicen los entendidos en arte sacro que se llaman potencias y que quieren expresar, no tanto tu divinidad, sino tu más alto grado de humanidad. Ellas dicen que tú, verdadero hombre, el ser humano por excelencia, dominaste en grado máximo las tres potencias humanas (entendimiento, memoria y voluntad) para obedecer el mandato del Padre y aceptar, por nosotros, la flagelación; por nosotros, la corona de espinas; por nosotros, la burla y el escarnio; por nosotros, la cruz; y, ahora, también por nosotros, la inundación.

Verte lleno de lodo es contemplar de nuevo tu cuerpo en el sepulcro, a medio lavar pues el sábado se les vino encima a las mujeres aquel Viernes Santo. Mientras lloramos asustados, tú estás descendiendo a los infiernos de cada ser humano, rescatando a los muertos para la vida eterna, haciéndote solidario con toda víctima de la inundación, pero también con todos los arrastrados por las torrenteras de la vida, por las olas de la enfermedad o la discapacidad, por las aguas bravas del desprecio y el descarte, por el violento caudal de la precariedad, el miedo y la incertidumbre. 

Tu foto es un abrazo a toda víctima, a toda persona que ha perdido a un ser querido, a los que han perdido su hogar, y a los que hemos perdido hasta la esperanza. Es un abrazo que nos dice: “estoy aquí, no me he apartado ni un segundo de ti, estuve contigo aquel día y lo seguiré estando todos los días de tu vida, porque no puedo hacer otra cosa más que amarte hasta dar la vida. Cuenta conmigo si hay que mancharse de barro, cuenta conmigo si estás sufriendo, agarra mi mano si te arrastra la corriente que yo no te la soltaré, aunque tengamos que ahogarnos los dos juntos”.

Señor del barro de Paiporta

Hoy te he visto, Señor, embarrado, y me he acordado que del barro nos hiciste. Nos modelaste, pero éramos seres inertes hasta que soplaste en nuestra nariz tu espíritu de vida. Hoy también estamos como muertos, abatidos por la desgracia, aturdidos por el remolino, y por eso necesitamos de nuevo tu aliento. Insúflanos, Señor del barro de Paiporta, tu espíritu de vida.

Hoy te he visto, Señor, embarrado, junto a los pies también embarrados de dos personas que pasan a tu lado en un suelo lleno de pisadas. Y he visto en ellas los pies cansados de nuestros padres, los israelitas en Egipto, pisando el barro para hacer ladrillos para el Faraón. Y me he acordado de cuantos faraones quieren aprovecharse de la desgracia de muchos para su propio interés. Capacita, Señor del barro de Paiporta, a nuestros dirigentes para que, como Moisés, mantengan al pueblo unido y se pongan a su servicio, abran para nosotros las aguas y nos lleven a pie enjuto, a vivir en paz en una tierra que mane leche y miel para todos.

Cristo embarrado

Hoy te he visto, Señor embarrado, sostenido por un brazo anónimo, uno de tantos que estos días, dentro y fuera de tu Iglesia, trabajan por sacar adelante al pueblo. Y he visto, en ese brazo, el del alfarero a cuyo taller bajó Jeremías y que le enseñó que, del mal, tú puedes hacer que salga el bien. De una vasija de arcilla torcida por el torno, si se modela de nuevo, puedes sacar otra bellísima. Ayúdanos, Señor del barro de Paiporta, a reconstruir nuestros corazones malheridos, nuestras familias rotas, nuestros pueblos destruidos y nuestros hogares anegados.

Hoy te he visto, Señor embarrado, y me he fijado especialmente en tus ojos. Y he visto en ellos los del ciego de nacimiento que tú untaste de barro para que recobrara la vista. Ayúdanos, Señor del barro de Paiporta, a abrir los ojos de la fe para poder ver el misterio de tu amor en medio de esta tragedia que parece, sólo parece, no tener sentido. 

Hoy te he visto, Señor embarrado, y me he dado cuenta finalmente del guiño que nos lanzas con tu ojo derecho. No sé si es intención del artista que te plasmó o es solo un efecto casual del barro, pero parece vislumbrarse tu pupila queriendo abrirse paso entre los párpados. ¿Estás burlándote de la muerte? ¿Estás a punto de decir que esta es solo un paso a la vida? Ayúdanos, Señor del barro de Paiporta, a verte como anuncio de la Resurrección, a no perder la esperanza de que volveremos a resurgir, a no dudar de que estás con nosotros en esta historia, de que, de la muerte y el lodo, sacas la vida. Ayúdanos tú, porque sabes que llevamos este tesoro en frágiles vasijas de barro, de barro de Paiporta.

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Halloween y la religión verdadera https://www.omnesmag.com/firmas/halloween-y-la-religion-verdadera/ Thu, 31 Oct 2024 04:00:00 +0000 https://www.omnesmag.com/?p=42844 «Si no creo en mi religión católica que es la verdadera, ¡cuánto menos voy a creer en la vuestra!». La paradójica frase con la que dicen que un anciano respondió a la pareja de mormones que tocó a su puerta nos ayuda a entender el también paradójico éxito de Halloween en países de tradición católica. […]

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«Si no creo en mi religión católica que es la verdadera, ¡cuánto menos voy a creer en la vuestra!». La paradójica frase con la que dicen que un anciano respondió a la pareja de mormones que tocó a su puerta nos ayuda a entender el también paradójico éxito de Halloween en países de tradición católica.

Al parecer, la cita original corresponde al anticlerical Tomás Cipriano de Mosquera, presidente colombiano del s. XIX, frente a los protestantes, pero la cultura popular ha tomado la idea para responder a cualquier circunstancia en la que una persona tiene que confrontar sus creencias tradicionales con nuevas propuestas, aunque para ella la fe no sea ya (o no haya sido nunca) especialmente significativa en su vida diaria.

Está bien que desde la Iglesia analicemos lo que hemos hecho mal para que tantos hayan abandonado la fe que le transmitieron sus padres, sus abuelos, sus parroquias o colegios; está bien que revisemos la forma en la que presentamos el Evangelio de palabra y obra para evitar la pérdida de fieles; pero la conocida anécdota descubre que hay también un gran número de ellos que rechaza conscientemente a Dios, porque no le interesa. A pesar de haber (al menos) intuido la verdad revelada por Jesucristo, prefieren ponerse de perfil, vivir como si Dios no existiera, sin mojarse y, claro, sin que esa fe lleve consigo actuar en consecuencia. Es la doble moral farisea, pero al revés.

En este caldo de cultivo, Halloween ha cuajado rápidamente porque, al fin y al cabo, la fiesta de las calabazas propone tomar a chufla la muerte, la trascendencia y el más allá. Es una fiesta para pasarlo bien con sustos que se quedan en eso. Nos es más cómoda que tener que adentrarnos en la reflexión sobre la inevitabilidad de la muerte, esa realidad que nos aterra y nos llena de incertidumbre. Porque tener que pensar en lo que nos dijo Jesucristo al respecto y que la Iglesia vocea supondría tener que cambiar de vida, dejar de mirarnos a nosotros mismos y empezar a mirar a los demás como nos enseña la parábola del pobre Lázaro y el rico Epulón. Halloween es, al Día de Todos los Santos, como la reacción infantil de taparse los oídos y empezar a tararear alto una canción para no tener que oír lo que no nos interesa. Así, pasados los primeros días de noviembre, ya nadie se acordará de la muerte hasta el año que viene y: «a otra cosa, mariposa».

Hollywood y Halloween

Una prueba más que desenmascara la doble moral de una sociedad que dice no creer, pero que en el fondo sabe que el mensaje del Evangelio es muy serio, nos la da el cine de terror de Hollywood que se prodiga también en estos días. En las películas de “miedo miedo”, no puede faltar una iglesia antigua, una monja o un cura, a ser posible exorcista. Resulta curioso, pues el número de católicos en EEUU no deja de ser una minoría, pero funciona a nivel de audiencia pues el gran público sospecha que la fuerza espiritual de la Iglesia, por mucho que algunos de sus miembros no seamos ejemplo de nada, tiene mucho de verdad.

Para terminar de sacar a la luz a todos esos ateos o agnósticos solo de cara a la galería también está el dato del número de personas que pide un funeral religioso para ellos o sus familiares. Nueve de cada diez españoles eligen una despedida «por la Iglesia» a pesar de que sólo cinco de cada diez se declaren católicos. Y es que, oiga, a la hora de morirse conviene no andarse con tonterías no vaya a ser que…

Algo parecido debió pensar el icónico actor francés Alain Delon, fallecido este verano, cuando mandó ser enterrado tras un funeral católico en la capilla privada que se hizo construir en su finca, a pesar de no haberse distinguido por su práctica religiosa. Manifestaba, eso sí, tener pasión por la Virgen y hablar mucho con ella. ¡Seguro que María le habrá echado una mano para llegar a su Hijo!

Finalmente, cuando sale el tema de los fariseos inversos –descreídos por fuera, pero creyentes por dentro– me gusta siempre recordar la anécdota que un viejo amigo periodista me contó de los tiempos en que cubría la guerra del Sahara junto a otro reportero que presumía de ateísmo. Un día se vieron sorprendidos en medio de fuego cruzado y tuvieron que refugiarse en los bajos de un vehículo durante cinco interminables minutos en los que se vieron morir. «Jamás he oído rezar un Padrenuestro con más fe y devoción” –recordaba mi amigo– “como el que escuché rezar aquel día a mi colega, el que se jactaba de ser ateo».  

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Id e invitad a todos al banquete https://www.omnesmag.com/firmas/id-e-invitad-a-todos-al-banquete/ Tue, 15 Oct 2024 04:00:00 +0000 https://omnesmag.com/?p=42430 ¿Cree que el mundo está muy mal, que en la sociedad se han perdido la fe y las buenas costumbres, que el vaciamiento de las iglesias es irremediable y que no se puede hacer nada para revertir esta tendencia? Pues, si piensa así, a lo mejor el problema es usted. Y es que no podemos […]

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¿Cree que el mundo está muy mal, que en la sociedad se han perdido la fe y las buenas costumbres, que el vaciamiento de las iglesias es irremediable y que no se puede hacer nada para revertir esta tendencia? Pues, si piensa así, a lo mejor el problema es usted.

Y es que no podemos echar toda la culpa a los demás. Tenemos que hacer autocrítica y preguntarnos por qué, si la vida de fe vale la pena, la mayoría de nuestros vecinos ha dejado de practicarla.

Este domingo celebramos la Jornada Mundial de las Misiones, el popular Domund, y Obras Misionales Pontificias nos propone como lema una de las frases de la parábola del banquete nupcial, cuando el rey, después de tener todo preparado para recibir a los invitados, y ante el rechazo de estos a asistir, manda a sus criados a ir a los cruces de los caminos a invitar a todos los que encuentren. Estos obedecieron y reunieron a todos los que encontraron, «malos y buenos», dice el texto.

La Iglesia como banquete de bodas

La primera imagen que nos puede ayudar en esta reflexión es la de la Iglesia como un banquete de bodas. Un convite es una fiesta, un momento en el que la familia se reúne para celebrar el amor de los esposos y vivir la fraternidad con la familia. Por eso predomina la alegría que expresamos con nuestra forma de vestir, con una comida y bebida especial, con música, baile, regalos…

¿En qué medida nuestra Iglesia es una fiesta de familia? ¿En qué medida mi parroquia, mi movimiento, mi comunidad es un lugar donde uno puede sentirse parte de una familia que está celebrando un banquete? ¿En qué medida yo mismo, como miembro de la Iglesia y por tanto representante de ella, soy música y vino para los que me rodean? ¿Es mi vida, a través de mi vocación concreta como matrimonio, sacerdote, consagrado, soltero, etc., reflejo de un festín? La queja continua, la desesperanza hacia el futuro, la crítica a los que no llegan a ser perfectos, la prioridad por lo formal frente a lo vivencial de la fe, nuestro fariseísmo en definitiva, es lo que chirría a muchos de los que nos miran.

Por nuestro bautismo, todos somos misioneros, criados enviados a los cruces de los caminos a llamar a la gente al banquete, pues se supone que Dios da alegría y sentido a nuestra vida; pero muchos en vez de en atraerlos, nos empeñamos en ahuyentarlos con nuestra actitud pesimista o nuestra incoherencia entre lo que predicamos y lo que vivimos.

La alegría de la misión

Si hay algo que destaca en los misioneros que estos días en torno al Domund ofrecen su testimonio en parroquias, colegios y medios de comunicación es la profunda alegría que transmiten. En ellos siempre he visto un brillo especial de ojos; ese que, en las bodas, se ve en los novios, en los padrinos, en los abuelos, en los hermanos y amigos más íntimos de los contrayentes. Un brillo que habla del gozo que hay en su corazón y que quieren compartir con todos los que los rodean.

En esta fiesta de Santa Teresa de Jesús, otra misionera incansable, andariega fundadora de conventos hasta donde las fuerzas le permitieron, podemos aprender de su enseñanza. Ella nos enseña a no quedarnos paralizados en tiempos recios como los que –igual que a ella en su día– nos han tocado vivir. Su «nada te turbe, nada te espante» nos aparta de la tentación del derrotismo, de la desilusión, de la desesperanza en la que podemos caer cuando vemos al mal hacer estragos a nuestro alrededor. Porque Dios no se ha apartado de su pueblo y aunque caminemos por cañadas oscuras, su vara y su callado nos sostienen.

Ya se acerca el Jubileo de la Esperanza que nos invita precisamente a ser, individual y colectivamente, signos de esperanza para el mundo. Sacudámonos pues el polvo de la depresión y los malos presagios, y vayamos a los cruces de los caminos a invitar a todos, todos, todos. Confiemos en la esperanza que no defrauda, porque la paciencia todo lo alcanza.

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Ana y la turismofobia https://www.omnesmag.com/firmas/ana-y-la-turismofobia-firma-antonio-moren/ Fri, 04 Oct 2024 04:00:00 +0000 https://omnesmag.com/?p=42232 La turismofobia es una tendencia que conozco bien pues tengo la suerte de vivir en uno de los destinos turísticos de moda a nivel mundial: Málaga. Mi ciudad no deja de salir en los rankings de lugares más deseados para visitar. Su agradable clima, su amplia oferta cultural y museística, la belleza de sus calles, […]

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La turismofobia es una tendencia que conozco bien pues tengo la suerte de vivir en uno de los destinos turísticos de moda a nivel mundial: Málaga. Mi ciudad no deja de salir en los rankings de lugares más deseados para visitar. Su agradable clima, su amplia oferta cultural y museística, la belleza de sus calles, playas y parajes naturales, la amabilidad de sus gentes (perdonen la inmodestia), y su gastronomía única la han convertido en un lugar envidiable al que todos quieren venir a vivir o al menos a pasar unos días.

Los beneficios de esta tendencia para los malagueños son indudables pues los ingresos que aporta el turismo redundan en provecho de todos, pero también son muchos los inconvenientes que nos toca sufrir: los jóvenes tienen que buscar casa fuera de la ciudad al no poder acceder al mercado inmobiliario, subida de precios en productos básicos, masificación de calles y espacios ciudadanos, desaparición del comercio tradicional…

Masificación turística y turismofobia

La masificación turística tiene el paradójico poder de transformar espacios únicos, y por eso admirados, en comunes y odiosos. Y es que una Málaga sin moscatel, espetos y pescaíto, porque lo que les gusta a los turistas son las hamburguesas y la cerveza de importación, no sería la ciudad que inspiró a Picasso; y es que una Málaga con las playas, los museos y los bares abarrotados hasta el punto de no encontrar sitio, no sería la Ciudad del Paraíso que cantó el Nobel Vicente Aleixandre; y es que una Málaga sin malagueños, no sería la ciudad que Antonio Banderas lleva por ídem. Lo mismo podrán decir otras ciudades como Venecia, Roma, Atenas o Cancún. Encontrar el equilibrio es difícil y ahí son las instituciones las que tienen que ponerse manos a la obra para no matar de éxito a la gallina de los huevos de oro.

Sin embargo, hoy quisiera reflexionar sobre otra perspectiva no menos importante para buscar soluciones al problema de la turismofobia, y es el de la forma en la que nos comportamos cuando hacemos turismo. Recuerdo con mucho cariño a Ana, una santa mujer de mi parroquia que, durante las peregrinaciones, no consentía que el personal de servicio le hiciera la habitación de los hoteles donde permanecíamos varias noches. Decía que la cama era lo primero que hacía cada mañana desde pequeña y que, por estar fuera de casa, no iba a dejar de hacerlo. “Así, además”, me decía con los ojillos brillantes de quien prepara una sorpresa, “le doy una alegría a la muchacha cuando entre a mi habitación”.

Su actitud me ayudó mucho a entender que el turista debe ser consciente de que los lugares por los que pasa no son su casa. Pero no, como hacen muchos, para desinhibirse y comportarse como no lo harían en la suya; sino para extremar el respeto y el cuidado, como cuando uno es el invitado en un hogar extraño. Porque uno se va al día siguiente y si te he visto no me acuerdo, pero las personas que trabajan allí y las que viven en esa ciudad, merecen mi consideración y agradecimiento por su hospitalidad.

La esencia del turismo

Sin llegar al extremo de Ana, cuya actitud podría dejar sin trabajo a muchísima gente si se extendiera, sí que tendríamos que revisar qué significa para nosotros hacer turismo. ¿Es una experiencia superficial que consiste solo en ver cosas nuevas y dar gusto a los sentidos sin importarnos quién está a nuestro alrededor o, por el contrario, buscamos admirar la belleza, enriquecer nuestro espíritu y encontrarnos con personas de otros lugares?

En este sentido, el reciente mensaje de la Santa Sede con motivo de la Jornada Mundial del Turismo abogaba por poner en el centro de la actividad turística la cultura del encuentro, tan fuertemente defendida por el Papa Francisco “el encuentro”, dice el texto, “es un instrumento de diálogo y de conocimiento mutuo; es fuente de respeto y de reconocimiento de la dignidad del otro; es una premisa indispensable para construir vínculos duraderos”.

¿Turistas o peregrinos?

Debemos buscar el encuentro con el otro porque somos peregrinos en un mundo en el que los países están cada vez más cerca, pero las personas cada vez más lejos. Por eso, el Papa Francisco invitaba recientemente a los jóvenes a no ser meros turistas, sino peregrinos. “Que vuestro caminar”, les dijo, “no sea simplemente un pasar por los lugares de la vida de forma superficial: sin captar la belleza de lo que van encontrando, sin descubrir el sentido de los caminos recorridos, capturando breves momentos, experiencias fugaces para conservarlas en un selfie. El turista hace esto. El peregrino, en cambio, se sumerge de lleno en los lugares que encuentra, los hace hablar, los convierte en parte de su búsqueda de la felicidad”.

Ahí está la clave, en no perder de vista, en casa y fuera de ella, que somos peregrinos y estamos de paso. Así que «¡Buen camino!».

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La foto de Jesús https://www.omnesmag.com/firmas/la-foto-de-jesus/ Sun, 15 Sep 2024 08:09:28 +0000 https://omnesmag.com/?p=41686 En las últimas semanas se ha hecho viral una fotografía de Jesús creada con inteligencia artificial basándose en la imagen impresa en la sábana santa. ¿Es solo una curiosidad morbosa o podemos sacar algo bueno de ella? En primer lugar, hay que dejar claro que la Iglesia Católica ve en la Síndone de Turín solo […]

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En las últimas semanas se ha hecho viral una fotografía de Jesús creada con inteligencia artificial basándose en la imagen impresa en la sábana santa. ¿Es solo una curiosidad morbosa o podemos sacar algo bueno de ella?

En primer lugar, hay que dejar claro que la Iglesia Católica ve en la Síndone de Turín solo una reliquia de gran valor, pero en ningún caso ha afirmado que se trate realmente de la sábana que envolvió el cuerpo del Señor, por muchos indicios a favor que haya.

Y es que, como dijo San Juan Pablo II, «la Iglesia no tiene competencia específica para pronunciarse sobre esas cuestiones», sino que «encomienda a los científicos la tarea de continuar investigando para encontrar respuestas».

En segundo lugar, habría que relativizar la capacidad de la inteligencia artificial para reconstruir rostros, por muy impactantes que puedan ser sus resultados.

No olvidemos que la IA no puede crear de la nada, sino que se basa en lo que ya ha visto. Usa el impresionante caudal de datos que le da internet para «leer» cómo son las cosas y, con esa información de aquí y de allá, replica. Para esta recreación, ayudada por los humanos que la han guiado, habrá estudiado miles de rostros de varones con barba, los ha comparado con las proporciones de los trazos de la Sábana Santa y ha fusionado esos datos en una imagen que es la que vemos.

Así pues, este sería solo uno de los múltiples rostros similares que sería capaz de generar ateniéndose a las proporciones y rasgos estructurales que le fija la imagen original.

En cualquier caso, suponiendo que la imagen de la sábana fuera la de Jesucristo y que la IA fuera capaz de alcanzar un 99% de fidelidad en la recreación; aparte del primer «wow», ¿a mí qué me aporta como cristiano? ¿Alguien cree de verdad que, si Jesús se hubiera encarnado en la actualidad y dispusiéramos, no de una, sino, como es propio de nuestro tiempo, de miles de fotografías y vídeos de Él, su testimonio llegaría más lejos y aumentaría el número de creyentes y seguidores? Permítanme que lo dude.

Fueron muchos miles los que lo conocieron y asistieron a sus milagros, no a través de fotografías y vídeos, sino cara a cara; pero, en el momento culminante de su vida, al pie de la cruz, ¿cuántos lo acompañaron?, ¿cuántos se fiaron de Él?, ¿cuántos, en definitiva, creyeron en Él y en su mensaje? Solo María, Juan y algunas santas mujeres.

¿Dónde estaban los que durante años de discipulado lo habían seguido por aquellos caminos?, ¿dónde los que habían compartido con él enseñanzas, amistad y afecto? Incluso a Pedro y Santiago que, además, habían asistido junto con Juan a su transfiguración gloriosa no les sirvió aquello que habían visto con sus propios ojos para creer. ¿Qué les faltaba para dar el salto a la fe?

Benedicto XVI nos ofrece una clave explicando el pasaje evangélico en el que el apóstol Tomás, que no estaba en la asamblea cuando el Resucitado se apareció en medio de ellos, afirmó aquello de: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos y no meto mi dedo en el agujero de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré». «En el fondo, –dice el Papa alemán– estas palabras ponen de manifiesto la convicción de que a Jesús ya no se le debe reconocer por el rostro, sino más bien por las llagas. Tomás considera que los signos distintivos de la identidad de Jesús son ahora sobre todo las llagas, en las que se revela hasta qué punto nos ha amado».

¿Para qué puede servirnos, por tanto, una imagen más o menos fidedigna de un Jesús llagado en nuestra vida de fe? Pues solo en tanto en cuanto seamos capaces de ver en esa herida, en esa gota de sangre, en esa magulladura, su mensaje de amor personal sin límites.

En estos días en que celebramos la Exaltación de la Santa Cruz y la Virgen de los Dolores conviene recordar que sólo quien es capaz de descubrir el misterio que encierra la cruz puede pasar de conocer a Jesús (el de la foto) a reconocerlo, como lo reconoció aquel centurión que, al ver cómo había expirado, proclamó: «Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios».

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No lea este artículo https://www.omnesmag.com/firmas/no-lea-este-articulo/ Mon, 02 Sep 2024 04:00:00 +0000 https://omnesmag.com/?p=41411 Cada vez más leemos, no lo que nos interesa, sino lo que interesa a los algoritmos. Ellos conocen nuestros gustos, los de nuestros amigos, lo que se mueve en el ambiente y quieren gobernar nuestra navegación en internet cuanto más tiempo posible. Si este artículo ha llegado a sus ojos a través de una red […]

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Cada vez más leemos, no lo que nos interesa, sino lo que interesa a los algoritmos. Ellos conocen nuestros gustos, los de nuestros amigos, lo que se mueve en el ambiente y quieren gobernar nuestra navegación en internet cuanto más tiempo posible. Si este artículo ha llegado a sus ojos a través de una red social o de noticias Google (siempre tan a mano a la izquierda de nuestra pantalla de bloqueo) quizá debería parar y no seguir leyendo.

Si aun así se empeña en seguir con la lectura, le advierto de que su libertad puede verse comprometida. Para bien digo, puesto que lo que hoy pretendo es que haga un ejercicio de autonomía que le lleve a no dejarse engañar por lo que lee en las redes porque nada llega a sus manos por casualidad. De poco sirve ya aquella sabia, aunque apócrifa frase de Santa Teresa de Jesús que decía «lee y conducirás, no leas y serás conducido». Hoy podemos decir que es justamente lo contrario, puesto que las lecturas que, de forma aparentemente inocente y amigable aparecen en nuestro móvil, lo que pretenden es precisamente conducirnos, llevarnos adonde los algoritmos quieren. Conocer cómo funcionan y cuál es su objetivo es la única forma de tomar la píldora roja que nos libera del ensueño en el que vivimos la mayoría de las personas digitalmente activas. 

En primer lugar, hay que saber que el principal objetivo del robot que nos recomienda lecturas es que permanezcamos el mayor tiempo posible conectados. Los dueños de internet viven de nuestros minutos de navegación. Necesitan que nos movamos, que hagamos cuantas más actividades posibles conectados. Es la forma en la que rentabilizan sus millonarias inversiones para poder darnos sus servicios de forma gratuita. Mientras nosotros perdemos el tiempo viendo videos cortos, subimos nuestras fotos a la nube, consultamos nuestras redes sociales, nos mensajeamos con los amigos o nos dejamos orientar caminando o en coche, estamos dándole su materia prima, facilitándole datos de nuestros hábitos, de nuestra forma de pensar y de vivir que ellos traducen en información muy cotizada en el mercado publicitario o de inversión. Cuanto más tiempo estemos enganchados a la máquina, más datos generamos, más dinero ganan. 

¿Y cómo consiguen que sus mineros (usted y yo) sigamos picando la roca, extrayendo oro para ellos sin pagarnos ni un céntimo? Pues dándonos recompensas, pequeños placeres: el de recibir un «Me gusta» en una foto que hemos subido, el de sorprendernos con aquel titular llamativo, el de troncharnos con aquel video de humor, o –aquí es donde quería yo llegar– el de autoafirmarnos en nuestras ideas. 

Nos gusta que nos den la razón, que la realidad se amolde a nuestro pensamiento, que la vida sea fácil de entender, que entre en nuestros esquemas. Y los algoritmos, que lo saben y quieren hacernos agradable el tiempo en la red para que vayamos una y otra vez a la mina, nos ofrecen lo que queremos. Por eso, siempre nos sugieren artículos, informaciones, mensajes que confirman cualquier aspecto de nuestras ideas o creencias. Si a usted le gusta la cerveza, verá que le recomiendan noticias en las que la ciencia desvela la bondad de la bebida; si es usted abstemio, verá continuamente informaciones contrarias a su ingesta. Ponga, en vez de cerveza, términos como inmigración ilegal, pena de muerte, LGTBfobia, vacunas, aborto o violencia de género. Temas difíciles de abordar pues tienen muchas aristas y requieren de una profunda reflexión y análisis de distintos puntos de vista. El resultado son los extremismos, la polarización que estamos viviendo porque, lejos de abrir nuestra mente, la lectura conducida por los algoritmos nos encierra en burbujas de pensamiento de las que es difícil salir ¿También usted se ha encerrado en una burbuja? Si todo lo que lee le dice que tiene usted razón y que los equivocados son los otros, míreselo.  

En casa siempre aprendí que hay que hacer el esfuerzo por leer, oír o ver los medios que no van siempre con mis ideas porque la verdad no tiene un solo sentido, a veces está en un punto intermedio, no todo es blanco o negro, sino que existe una inmensidad tonal de grises. 

En este sentido, el papa Francisco, uno de los que más sufre en sus propias carnes este fenómeno (muchos lo odian sin conocerlo bien y muchos lo adoran sin conocerlo bien), nos propone la figura del poliedro frente a la esfera. A muchos nos irrita lo que se salga de nuestra esfera perfecta, redondita y suavita. No nos gusta que otros, quizá en las antípodas de nuestras ideas o de nuestras creencias, puedan tener razón en algo porque eso no nos encaja, nos humilla frente a él; pero esto es falso, nos aleja de la verdad. El Concilio Vaticano II lo llamaba «auscultar, discernir e interpretar, con la ayuda del Espíritu Santo, las múltiples voces de nuestro tiempo». En el poliedro, todos encajamos pero todos mantenemos nuestra singularidad, porque la verdad absoluta no la poseen los algoritmos ni usted ni yo ni su párroco ni su periodista de cabecera ni el mismísimo Papa en la mayoría de sus discursos. La Verdad nos trasciende, es una Persona a quien le gusta removernos, sacarnos de nuestros esquemas, y es la única que nos hace auténticamente libres. ¡Vayamos tras Ella!

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María, la primera medallista https://www.omnesmag.com/firmas/maria-la-primera-medallista/ Thu, 15 Aug 2024 04:00:00 +0000 https://omnesmag.com/?p=41134 Por muchos rankings que vea por ahí estos días, no hay mujer con más medallas que María. Y a los hechos me remito. El 15 de agosto celebramos su gran victoria en la final y voy a explicar por qué debería alegrarse más que si el oro lo hubiera ganado usted. En los recientes Juegos Olímpicos, todos […]

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Por muchos rankings que vea por ahí estos días, no hay mujer con más medallas que María. Y a los hechos me remito. El 15 de agosto celebramos su gran victoria en la final y voy a explicar por qué debería alegrarse más que si el oro lo hubiera ganado usted.

En los recientes Juegos Olímpicos, todos hemos disfrutado con las victorias de nuestros atletas (cada uno con los de su país, claro). Con los deportistas más conocidos o en las categorías más populares, tiene su lógica, pero es un poco extraño ver cómo un completo desconocido consigue una victoria en una disciplina deportiva de la que ni conocíamos su existencia y, por el hecho de ser compatriota, la sentimos como nuestra.

¿Cuántas horas, días, meses y años de entrenamiento, con frío, calor, penurias económicas, etc. habrá pasado esa persona sin que nos hayamos interesado por ella y, ahora, nos apropiamos de su victoria?

Las Olimpiadas nos demuestran cada cuatro años que el verdadero deporte nacional es ganar medallas desde el sofá, y no diré que sin mover un solo dedo porque el mando de la tele y del aire acondicionado hay que accionarlo de alguna manera.

Por otra parte, la adhesión patriótica tenía mucho más sentido cuando el mundo era más estanco; pero, en nuestras sociedades multiculturales, marcadas por los grandes movimientos migratorios, las limitaciones geográficas son cada vez más difusas y hay deportistas que uno nunca diría a simple vista que pertenecen al país que representan. Algunos, incluso, tienen que elegir bajo qué bandera competir pues tienen múltiple nacionalidad y hasta hay quienes juegan en representación de una enseña con la que no se sienten identificados. ¿Quiénes son entonces los míos y quiénes los otros? 

Mientras tanto, en la fiesta de la Asunción celebramos, no la subida al Olimpo sino al mismísimo cielo de una que sí que es de los míos, de mi familia: María. ¡Y esa sí que es una victoria de la que participamos todos! Porque, igual que con Eva toda la humanidad cayó en la maldición del pecado y la muerte; gracias a María, nueva Eva, todas las naciones estamos implicadas en la bendición de la gracia y la vida eterna. 

Con mil y un nombres diferentes, todos los pueblos del mundo invocan hoy a la Virgen y celebran con ella sus fiestas porque el premio que ha recibido, estando ya en el cielo en cuerpo y alma, es un premio compartido realmente con cada uno de nosotros.

Como cuando una ciudad recibe a sus campeones y los hace recorrer entre multitudes las calles en un autobús panorámico, en muchas localidades se sacará estos días a la Virgen en procesión, para poder ser aclamada por todos y para que todos puedan sentirla cerca.

Y es que, cuando hablamos de la Asunción de la Virgen estamos hablando de su plena configuración con Cristo resucitado. Es decir: la que ha sido asumida (asunta) por Dios, está ya con Él en todas partes. El tiempo y el espacio no nos separan de ella. María está aquí, presente en cuerpo y alma, aunque no seamos capaces de descubrirla con nuestros sentidos. 

Ella es la primera, la que nos ha abierto las puertas de la gloria y la que, desde allí (aquí mismo), nos acompaña, nos guía y nos consuela en cada sesión de entrenamiento que es cada día de nuestra vida, hacia el encuentro definitivo con el Padre.

Son muchas las caídas que nos quedan por tener, muchas las lesiones, muchos los sinsabores y las soledades del camino hacia la meta, pero en ningún momento ella deja de estar a nuestro lado, como hacen las mejores entrenadoras, como hacen las mejores madres de gimnastas.

Tradicionalmente, millones de creyentes hemos querido recordarnos esta presencia cercana y perpetua materializando su imagen en forma de medalla que colgamos al cuello. Por eso, jugaba al comienzo del artículo con eso de que no hay nadie con más medallas que ella.

Si usted lleva una, aproveche para lucirla hoy con orgullo como si fuera un oro olímpico. Porque hoy estamos de fiesta, porque hoy todos hemos subido al podio con ella. ¡Felicidades!

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París y la revolución cristiana https://www.omnesmag.com/firmas/paris-y-la-revolucion-cristiana/ Thu, 01 Aug 2024 04:00:00 +0000 https://omnesmag.com/?p=40962 La parodia de la última cena que París 2024 ofreció a millones de espectadores de todo el mundo nos regala la oportunidad de explicar la más grande revolución de la historia, que no fue la francesa, sino precisamente la de aquel judío y sus 12 amigos.  En la ceremonia de apertura de los Juegos Olímpicos, […]

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La parodia de la última cena que París 2024 ofreció a millones de espectadores de todo el mundo nos regala la oportunidad de explicar la más grande revolución de la historia, que no fue la francesa, sino precisamente la de aquel judío y sus 12 amigos. 

En la ceremonia de apertura de los Juegos Olímpicos, el país cuna del chauvinismo nos ofreció una exhibición de su orgullo patrio. Nada que objetar pues, al fin y al cabo, organizar unas Olimpiadas es, ante todo, una operación de marketing para demostrar poderío con fines políticos y económicos. 

Orgullosos de su sangrienta revolución, María Antonieta decapitada incluida, mostraron al mundo sus mejores triunfos y valores, incluidos el de la libertad de expresión sin límites que incluye el derecho a mostrar aquellas «escenas de escarnio y burla del cristianismo» que obligó a los obispos franceses a pedir explicaciones a la organización.

Yendo a la historia para iluminar este acontecimiento, la primera imagen que se me ha venido a la mente es otro momento de escarnio y burla vivido por Jesús en persona. Se trata de cuando, tras ser crucificado, rezó así: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”. ¿Sabían realmente los autores e intérpretes del espectáculo lo dolorosas que pueden llegar a ser para un creyente este tipo de burlas? ¿Sabían exactamente qué significado tiene la escena y a quién estaban parodiando?

En Andalucía, donde vivo, región en la que la arraigada religiosidad popular está siendo un freno tremendo para la secularización, son pocos los menores de 30 que sabrían distinguir a San Pedro de San Pablo, y muchos miles los que creen que María Magdalena era la pareja de Jesús y que la Santísima Trinidad es una advocación mariana. En serio, tengo pruebas. La incultura religiosa alcanza límites insospechados desde hace unos años.

Tampoco me chupo el dedo como para creer que nadie sabía que la escena buscaba la provocación y el escándalo, esencia por otra parte de la estética drag, pero ¿no sabían también los soldados romanos que estaban crucificando a Cristo que cometían una injusticia? Y, sin embargo, Jesús intercedió por ellos ante el Padre.

Son muchos los factores que llevan a los hombres a cometer el mal y, muchas veces, quienes lo ejercen no son más que peones al servicio del prefecto, del rey, de la república o del grupo de presión de turno, que la cosa ha ido cambiando de nombres. Vaya, en primer lugar, por tanto, hacia los autores e intérpretes, mi oración porque «no saben lo que hacen». 

El segundo momento evangélico que me interpela es aquel en el que el Maestro decía: aquello de: “Habéis oído que se dijo: “Ojo por ojo, diente por diente”. Pero yo os digo: no hagáis frente al que os agravia. Al contrario, si uno te abofetea en la mejilla derecha, preséntale la otra”. La bofetada en la mejilla derecha es aquella que se da con el dorso de la mano en señal de desprecio, para no mancharse siquiera la palma con el rostro del otro.

La primera respuesta que se nos ocurre a todos al ser objeto de una injusticia, de una burla, es devolver no solo ojo por ojo (lo que de por sí ya fue un avance moral en su época), sino el mismo daño multiplicado al menos por dos o tres. Y aquí es donde hace aparición la mayor revolución de la historia, la que introdujo Cristo apostando por el amor al enemigo, poniendo la otra mejilla, devolviendo bien por mal.

A este respecto, Benedicto XVI reflexionaba así: “El amor a los enemigos constituye el núcleo de la «revolución cristiana», revolución que no se basa en estrategias de poder económico, político o mediático. La revolución del amor, un amor que en definitiva no se apoya en los recursos humanos, sino que es don de Dios que se obtiene confiando únicamente y sin reservas en su bondad misericordiosa. Esta es la novedad del Evangelio, que cambia el mundo sin hacer ruido. Este es el heroísmo de los «pequeños», que creen en el amor de Dios y lo difunden incluso a costa de su vida”. 

Ojalá una Iglesia cada vez más pequeña, más alejada del poder, menos ofendida por sí misma y más ofendida por las afrentas a la dignidad de sus hermanos; una comunidad de pequeños dispuestos a evangelizar sin límites, a amar sin miedo a las afrentas, a ser testigos hasta el martirio, como aquellos apóstoles ahora parodiados.

Y, para concluir mi reflexión evangélica al hilo de la polémica olímpica, otra frase de la Pasión de Jesús. Una que resume lo que los obispos galos han querido decir y a la que nos sumamos la mayoría de cristianos y personas de buena voluntad que creemos en la verdad, la democracia, el respeto, el diálogo y la tolerancia. Se trata de la que pronunció Cristo en casa de Anás. Mientras prestaba declaración y, tras recibir una bofetada de la que no pudo siquiera protegerse porque estaba atado, le dijo a su agresor (y repite hoy en la ciudad de la Bastilla): “Si he faltado al hablar, muestra en qué he faltado; pero si he hablado como se debe, ¿por qué me pegas?”.

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El poder de Céline Dion https://www.omnesmag.com/firmas/el-poder-de-celine-dion/ Mon, 15 Jul 2024 04:00:00 +0000 https://omnesmag.com/?p=40725 Hay que ser muy valiente para hacer lo que ha hecho la cantante canadiense en su documental «I am: Céline Dion» (Prime). Su testimonio llena de dignidad la enfermedad y el dolor. Temas tabú en nuestra sociedad occidental, pero de los que hay que hablar. La película, dirigida por Irene Taylor, nos muestra la cara […]

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Hay que ser muy valiente para hacer lo que ha hecho la cantante canadiense en su documental «I am: Céline Dion» (Prime). Su testimonio llena de dignidad la enfermedad y el dolor. Temas tabú en nuestra sociedad occidental, pero de los que hay que hablar.

La película, dirigida por Irene Taylor, nos muestra la cara más humana de la exitosa y multimillonaria artista: sin maquillaje, en ropa de andar por casa, sin ningún glamour, la persona en su más cruda realidad. Una crudeza que pasa por padecer desde hace 17 años un rarísimo síndrome conocido por sus siglas SPR (Síndrome de la Persona Rígida) que le provoca rigidez muscular y dolorosos espasmos que la incapacitan no solo para continuar con su carrera musical como estrella internacional sino para los más básicos quehaceres de la vida ordinaria.

«I am» nos permite admirar su belleza, su éxito y su prodigiosa voz con fragmentos de sus mejores actuaciones y, a la vez, contemplar a la misma persona en sus momentos de fracaso, de dolor, de incertidumbre. ¿Cuál de las dos historias de Céline es la buena y cuál es la mala? ¿Se pueden separar ambas? ¿Qué es más admirable de ella, su increíble modulación de voz mientras interpreta My heart will go on o el indescriptible gemido con el que soporta la terrorífica crisis espasmódica que, durante seis interminables minutos, nos muestra en su documental?

Una sola historia, una sola persona dotada de una dignidad infinita en cualquier circunstancia, en cualquier situación, porque el dolor, la enfermedad o el sufrimiento moral forman parte de la vida humana, de toda vida humana, y no son incompatibles con la felicidad. 

En un mundo atiborrado de ibuprofenos y paracetamoles, el más mínimo dolor nos parece insoportable. También tenemos empacho de las llamadas «medicinas del alma» como los ansiolíticos o los antidepresivos, porque hemos bajado al mínimo el umbral del sufrimiento psicológico. 

Siempre me ha llamado la atención el testimonio de los misioneros que trabajan en las zonas más pobres y abandonadas del planeta cuando destacan la alegría de las personas a las que sirven en contraposición a la tristeza de la gente de nuestro primer mundo. También es paradójica la alegría esencial de los niños que han padecido una discapacidad desde muy pequeños o la de las monjas de clausura cuyas vidas están llenas de privaciones. 

¿No será que, tratando de huir a toda costa de cualquier sufrimiento, en realidad lo que conseguimos es vivirlo con más angustia? ¿Qué es peor, el dolor o el miedo al dolor? ¿Qué produce más sufrimiento, contemplar la aguja hipodérmica acercarse al brazo o el pinchazo en sí gracias al cual podremos evitar una enfermedad e incluso la muerte?

Evitar el más mínimo dolor termina yendo contra nosotros mismos, perjudicando nuestra forma de afrontarlo cuando este se presenta de forma seria. Apartar el sufrimiento de nuestras vidas nos impide madurar y comprender nuestra naturaleza humana y, por tanto, vulnerable. Por eso creo que este documental es tan necesario, porque desenmascara la falsedad de este mundo enfermo de felicidad instagrameable que lleva a tantos a la desesperación e incluso al suicidio. I am Celine nos regala un baño de humanidad frente a la burbuja de vanidad a la que nos han llevado las redes sociales.  

Y no, no se trata de regodearse en el sufrimiento de los ricos y famosos para hacer más llevadera nuestra vida gris, ni de ensalzar el sufrimiento por una especie de masoquismo, sino de contemplarlo y afrontarlo, sin esconderlo, como misterio que pertenece a la esencia del hombre. Un misterio que se ilumina a la luz de Jesucristo. Él, como Buen Samaritano, nos enseña cómo paliar el dolor de las personas que sufren a nuestro alrededor. Por eso acompañar, cuidar y curar han sido históricamente verbos elevados a grado heroico por quienes se creyeron el «a mí me lo hicisteis»; y, por otro lado, el Crucificado nos invita a ser partícipes de sus sufrimientos y a completar con nuestro propio padecimiento lo que le falta al suyo. 

En Salvifici Doloris, san Juan Pablo II resumía así este doble aspecto del sentido del sufrimiento: «Cristo, al mismo tiempo ha enseñado al hombre a hacer bien con el sufrimiento y a hacer bien a quien sufre».

Y es que el dolor de Céline Dion, como el suyo o el mío, puede transformarse en vida con el poder de Jesús. Es el poder de entregarse por los demás o, como reza uno de los mayores éxitos de nuestra querida cantante, El poder del amor.

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Iglesia contactless https://www.omnesmag.com/firmas/iglesia-contactless/ Mon, 01 Jul 2024 04:00:00 +0000 https://omnesmag.com/?p=40357 Tras el «Daos fraternalmente la paz» nadie, absolutamente nadie, apretó la mano del vecino de banco. Y las dos personas a las que le extendí la mía la rechazaron devolviéndome un gentil saludo oriental. No sé usted, pero yo veo el peligro de una vida cristiana contactless. Ciertamente no era la eucaristía parroquial del domingo, sino […]

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Tras el «Daos fraternalmente la paz» nadie, absolutamente nadie, apretó la mano del vecino de banco. Y las dos personas a las que le extendí la mía la rechazaron devolviéndome un gentil saludo oriental. No sé usted, pero yo veo el peligro de una vida cristiana contactless.

Ciertamente no era la eucaristía parroquial del domingo, sino una de esas misas en día laborable, en un templo céntrico, a primera hora de la mañana, en la que los fieles no se suelen conocer.

Llegan justo a la hora de inicio, se sientan alejados unos de otros y salen luego corriendo para llegar a tiempo a sus trabajos en las oficinas y comercios cercanos, por lo que se entiende que no haya confianza, pero la popularización de la reverencia ha adquirido rasgos de pandemia, nunca mejor dicho, desde la del Covid. Pronto, en vez de «la paz contigo», diremos «namasté».

La llamada a minimizar el contacto durante esta catástrofe mundial estuvo más que justificada, pero, pasado el tiempo, la motivación higiénica se vuelve una excusa que esconde, en mi opinión, algo más profundo, una sutil forma de fe individualista que sitúa a quien la practica en las antípodas de la fe cristiana.

El misterio de la Encarnación rompió la barrera entre Dios y los hombres. Jesús es Dios que toca y que se deja tocar. Durante su vida pública, afeó los escrúpulos de los fariseos y su miedo a quedar impuros por el contacto físico y, con su muerte en la cruz y el consiguiente rasgado del velo del templo, dio a entender también el fin de la separación cultual entre los hombres y «lo santo».

Hace apenas unas semanas hemos recuperado las lecturas dominicales del Tiempo Ordinario que, en el ciclo B en el que estamos, corresponden al evangelista Marcos. Es un evangelio este que nos presenta a un Jesús bastante «tocón», si me permiten la expresión.

Lo vemos coger de la mano a la suegra de Pedro y a la hija de Jairo, tocar la piel enferma del leproso y la lengua atrofiada del sordomudo, abrazar a los niños, tomarlos en brazos, imponerles las manos y pedir que los dejen acercarse a él.

También lo vemos apretujado entre el gentío o en una casa llena de gente y hasta dejarse besar por Judas en Getsemaní, lo que indicaba que era una forma de saludo habitual.

La cumbre del deseo de Jesús por entrar en contacto físico con sus discípulos de todos los tiempos la tenemos en la institución de la Eucaristía, donde no solo nos invitó a tocarlo, sino a comérnoslo realmente (esa es nuestra fe).

No somos espíritus circunstancialmente corpóreos, sino una unidad de cuerpo y alma; y, en la Iglesia, miembros del único cuerpo de Cristo, del que él es la cabeza. Por eso, no solo la Eucaristía hace presente esta intimidad con el sentido del tacto, sino también el resto de sacramentos.

Así pues, en el Bautismo vemos la signación en la frente, la unción en el pecho y en la cabeza, la imposición de manos o el rito del «effetá» en la boca y en los oídos; en la ordenación, el obispo impone las manos al futuro presbítero y le unge las suyas con el santo crisma; en la Confirmación, vemos también la imposición de manos y la unción, además de signos como la mano del padrino sobre el hombro del confirmando o el abrazo o el beso de la paz del obispo.

En la confesión, podemos ver al sacerdote poner una o dos manos sobre la cabeza del penitente durante la absolución; en la unción de enfermos, el ministro aplica el óleo en la frente y las manos del fiel; y en el matrimonio, los contrayentes estrechan sus manos, se ponen el anillo el uno al otro y se dan el beso de la paz (y hasta aquí puedo leer porque luego hay que consumarlo).

En todos estos «signos visibles de una realidad invisible», como se define la palabra sacramento, se hace explícita la acción de Dios que lava, cura, alimenta, fortifica, une, crea, bendice, perdona, transmite su poder, acoge… En definitiva, ama, porque una fe sin obras, una acción espiritual sin correspondencia corporal, es una fe muerta.

No somos ángeles, sino seres humanos hechos a imagen y semejanza de Dios, de carne y hueso, la misma que resucitará transformada y que nos acompañará eternamente ¿Por qué la rechazamos dejándonos llevar por tradiciones alejadas de lo que nos enseñó Jesucristo?

Cuando nuestro espiritualismo desencarnado se hace más doloroso es cuando rechazamos a los preferidos del Señor, los pobres, los enfermos, los ancianos, los migrantes… Con ellos, nos advierte el papa Francisco, «podemos tener compasión, pero generalmente no los tocamos.

Le ofrecemos la moneda, pero evitamos tocar la mano y la tiramos ahí. ¡Y olvidamos que esto es el cuerpo de Cristo! Jesús nos enseña a no tener temor de tocar al pobre y al excluido, porque Él está en ellos. Tocar al pobre puede purificarnos de la hipocresía y hacer que nos preocupemos por su condición. Tocar a los excluidos».

En un mundo desvinculado, individualista e inhumano como el nuestro, frente a la popularización del contactless, la Iglesia será sacramento de salvación mientras sea capaz de ser signo visible de una comunidad de verdaderos hermanos que, como tales, no tienen miedo a agarrarse de la mano.

Los creyentes en Dios Trinidad, un Dios que es comunidad de personas en íntima relación, hemos de tener claro que nadie se salva solo, sino de la mano de otro. Sí, de la del que tiene justo al lado.

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Europa adolescente https://www.omnesmag.com/firmas/europa-adolescente/ Sat, 15 Jun 2024 04:00:00 +0000 https://omnesmag.com/?p=40200 Fue un informativo espectacular el que dirigió Carlos Franganillo en vísperas de las elecciones europeas. Desde Normandía a Ucrania, de Bruselas a Washington y de España a Lesbos y Atenas para hablar del ayer y hoy de Europa. Pero hubo una gran olvidada: Roma. Hubiera dado lo mismo si lo hubiera realizado cualquier otra cadena, […]

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Fue un informativo espectacular el que dirigió Carlos Franganillo en vísperas de las elecciones europeas. Desde Normandía a Ucrania, de Bruselas a Washington y de España a Lesbos y Atenas para hablar del ayer y hoy de Europa. Pero hubo una gran olvidada: Roma.

Hubiera dado lo mismo si lo hubiera realizado cualquier otra cadena, rara vez se alude a las raíces cristianas del viejo continente. Como un adolescente que se avergüenza de sus padres en público, la Europa del siglo XXI reniega de quien le dio la vida, de quien la alimentó, vistió y cuidó, buscando una nueva identidad que le haga sentirse autónoma, independiente, «mayor».

Lo cierto es que, por muy estupendos que nos pongamos, en el panorama geopolítico mundial nuestro estatus es cada vez más insignificante frente a las grandes potencias que cortan actualmente el bacalao.

En su papel de madre, la Iglesia católica ha advertido una y otra vez sobre las malas compañías de esta niña consentida que, criada entre algodones gracias al patrimonio trabajado por sus padres, continúa creyéndose superior a los demás.

El obispo de Roma ha venido en llamar a estas amistades “peligrosas colonizaciones ideológicas, culturales y espirituales” y las acusa de “mirar sobre todo al presente, renegar del pasado y no mirar al futuro”.

Frente a la realidad actual, el ejemplo de los padres fundadores de la Unión Europea, que no se preocuparon tanto de sí mismos, de su presente, de su bienestar, de su influencia política, sino del futuro de todos tras los horrores vividos en la Segunda Guerra Mundial. Y lo hicieron sin renegar del pasado, tomando los valores cristianos como base de su proyecto.

Fueron cuatro los artífices del tratado de Roma por el que se constituyó la Comunidad Económica Europea, germen de la actual UE: el francés de origen luxemburgués Robert Schuman, el alemán Konrad Adenauer, el italiano Alcide De Gasperi y el francés Jean Monnet.

No por casualidad, los tres primeros se apoyaban en profundas convicciones cristianas para desarrollar su actividad política, «una de las más elevadas formas de caridad» como la definirían los papas del siglo XX.

Dos de ellos, incluso, están considerados «siervos de Dios» y tienen abierto su proceso de beatificación, concretamente Schuman y De Gasperi. Su caridad política, su deseo de amar al prójimo como a uno mismo, cada uno desde su responsabilidad como hombres de estado, no escondía fines proselitistas, sino una honda convicción democrática y de escrupuloso respeto a la separación Iglesia-Estado.

Aquel impulso inicial, basado en los valores evangélicos de la paz, la solidaridad y la búsqueda del bien común fue perdiendo fuelle en la medida en que nos fuimos olvidando de los vínculos espirituales y culturales para dejar solo el económico como único punto de unión.

¿Y cuál dirían ustedes desde su experiencia que es el principal motivo de ruptura de cualquier familia bien avenida? Acertaron: la intromisión del dinero, sobre todo por exceso como cuando llega una herencia inesperada.

Así que aquí estamos, en una Europa rica y dividida (el brexit no es solo una anécdota), polarizada en los extremos según los resultados de las últimas elecciones y con muy pocas cosas claras sobre lo que quiere ser, sobre cuál es su vocación más allá de la de endiosar a la ideología influencer de turno.

Ciertamente Europa bebe de las fuentes de la cultura grecorromana, del renacimiento y la revolución francesa, pero su rostro no sería el que es sin la tradición judeocristiana y más específicamente del humanismo cristiano.

En este sentido reflexionaba el Papa hace unos días en su visita al Capitolio, precisamente el lugar en el que se firmó el tratado de Roma. Allí afirmó que “la cultura romana, que sin duda experimentó muchos buenos valores, necesitaba por otra parte elevarse, confrontarse con un mensaje de fraternidad, amor, esperanza y liberación más amplio. (…) El brillante testimonio de los mártires y el dinamismo de caridad de las primeras comunidades de creyentes interceptaron la necesidad de escuchar nuevas palabras, palabras de vida eterna: el Olimpo ya no era suficiente, había que ir al Gólgota y ante la tumba vacía del Resucitado para encontrar las respuestas al anhelo de verdad, justicia y amor”. No se podía decir mejor.

Al hilo de este problema con la adolescente Europa, escuché el otro día una frase que viene al caso. Decía: «padres que se arrodillan, hijos que se levantan». Es oportuna porque, además de seguir ejerciendo como buena madre su papel profético y machacón, la Iglesia –que componemos toda la comunidad de creyentes– tiene la necesidad de rezar, como Santa Mónica, por el hijo rebelde.

Confiemos en que la adolescente Europa de posguerras pueda rectificar a tiempo, levantarse, redescubrir su identidad y decir, como hemos dicho todos recordando nuestra tozudez adolescente, aquello de: “es verdad que mi madre tenía sus fallos, ¡pero cuánta razón llevaba!”.

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De bodas, bautizos y comuniones https://www.omnesmag.com/firmas/de-bodas-bautizos-y-comuniones/ Sun, 02 Jun 2024 04:00:00 +0000 https://omnesmag.com/?p=39776 El presidente de la Conferencia Episcopal Española, Mons. Luis Argüello, denunció hace unas semanas la sinrazón de que las primeras comuniones parezcan bodas. Yo hoy voy a ir más allá: ¿No son ya de por sí las bodas una exageración? Resulta paradójico que, en una época como la nuestra, en la que valoración de la […]

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El presidente de la Conferencia Episcopal Española, Mons. Luis Argüello, denunció hace unas semanas la sinrazón de que las primeras comuniones parezcan bodas. Yo hoy voy a ir más allá: ¿No son ya de por sí las bodas una exageración?

Resulta paradójico que, en una época como la nuestra, en la que valoración de la institución matrimonial (con o sin sacramento de por medio) está en sus horas más bajas, las ceremonias nupciales se hayan convertido en eventos de una magnitud y complejidad fuera de lo común. La boda es, de hecho, para algunos, mucho más importante que el matrimonio en sí. 

El despiporre comienza en las denominadas despedidas de soltero, que podrían tener su sentido cuando el novio o la novia abandonaban la casa de sus padres para iniciar la vida en común; pero la mayoría de las parejas de hoy ya saben bien lo que es no dormir en casa de papá y mamá.

Las despedidas podrían tener su lógica cuando el matrimonio significaba renunciar a vivir preocupándose solo de uno mismo para comenzar a vivir para el cónyuge y los hijos; pero muchos matrimonios jóvenes siguen saliendo con los amigos de toda la vida, están abiertos a nuevas aventuras amorosas porque no creen en el amor para siempre y la responsabilidad común más alta que llegan a asumir es la de adoptar juntos una mascota (o varias).

¿De verdad tiene sentido seguir llamándolas despedidas de soltero cuando en realidad muchos matrimonios actuales son solo dos solteros que viven juntos?

En cuanto a las bodas, se han convertido en una carrera desenfrenada por el «yo más». El efecto que en los pueblos llevaba a las familias a competir por ver quién agasajaba mejor a los invitados, se ha visto multiplicado por el efecto de las redes sociales.

Las empresas organizadoras de eventos y de restauración conocen esta debilidad humana, la envidia, e inflan los precios hasta niveles desorbitados.

Muchas parejas se ven obligadas a organizar un bodorrio muy alejado de sus gustos y posibilidades para evitar comparaciones. Ya no es solo la boda, el vestido, el banquete…; es la invitación más original, la iglesia más fotogénica, la preboda más divertida, el coche mejor adornado, el menú más exclusivo, la mesa dulce mejor surtida, el regalito más curioso para los invitados, el baile de recién casados más inolvidable, el DJ más de moda… Cientos de detalles que hacen sufrir muchísimo a las parejas y a sus familias.

¡Cuántos dejan de casarse por la sencilla (y lógica) razón de que las bodas de hoy son una locura! 

Una boda con cientos de invitados tenía un sentido social cuando lo que se celebraba era una unión fecunda y para siempre, pues las dos familias quedaban unidas por lazos fuertes.

En la boda, los familiares y amigos arropaban a los novios y les ayudaban incluso económicamente, pues aún eran jóvenes, a comenzar su nueva vida juntos de la que nacería una prole que extendería los apellidos familiares.

Pero, ¿qué sentido tiene que una pareja invite a su familia a una ceremonia para pagar entre todos cuando la edad media para casarse en España ronda los 35 años, la duración media del matrimonio está en 16 y el número medio de hijos es de uno? ¿Y cuando un familiar se casa dos o tres veces? ¿Qué estamos celebrando? ¿A quién estamos arropando? ¿Cuál de las tres fiestas es la buena y cuáles hay que olvidar?

El carácter social de la boda se ha perdido y ha dado paso a una ceremonia donde ya no se celebra el «nosotros», sino el culto al «yo» propio de la cultura narcisista en la que vivimos.

Todos quieren ser, aunque sea por un día, el niño en el bautizo, la novia en la boda ¡y hasta el muerto en el entierro!; convertirse en el centro de atención, recibir el aplauso, que les hagan un buen reportaje de fotos y viajar a un resort con pulsera todo incluido.

El desmadre de las autofiestas de esta generación comenzó con los cumpleaños, que dejaron de ser una sencilla merienda con los primos; siguió por las ceremonias de graduación ¡hasta para recoger el título de infantil!; continuó por el viaje iniciático a Eurodisney (lo de la comunión, no nos engañemos, es una mera excusa para muchos) y, así, siguió una larga lista de celebraciones destinadas a sentirnos el centro del mundo.

Que no digo yo que no haya que celebrar por todo lo alto las cosas importantes, porque también es muy fácil caer en el puritanismo más rancio y tacaño; sino de poner lógica en todo y ayudar, especialmente, a que nadie se quede sin recibir un sacramento por falta de dinero o ganas de meterse en líos (¡cuántos niños sin bautizar porque los padres lo van dejando, dejando…!). 

Es urgente hablar más con los jóvenes para ayudarles a recuperar la cordura en las celebraciones, para hacerles ver que quizá haya que levantar el pie del acelerador que les impulsa hacia el precipicio de la nada y recuperar la sobriedad que da el vino de las bodas de Caná.

Ese vino nuevo que no emborracha ni nos aleja de nuestra realidad, sino todo lo contrario: nos hace saborear el auténtico sentido de la fiesta y nos invita a ponernos nuestras mejores galas para entrar al gran banquete, el de las bodas del cordero, en el que, ahí sí que sí, todos seremos la novia en la boda. 

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El santo matrimonio https://www.omnesmag.com/firmas/santo-matrimonio/ Wed, 15 May 2024 04:00:00 +0000 https://omnesmag.com/?p=39466 El 15 de mayo, fiesta de San Isidro Labrador, patrón de los agricultores, la Iglesia pone en el candelero a un seglar, casado con otra santa, María de la Cabeza, y padre de familia. Los matrimonios santos son pocos en el calendario cristiano, pero la cosa va a cambiar. Digo pocos en proporción, dada la […]

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El 15 de mayo, fiesta de San Isidro Labrador, patrón de los agricultores, la Iglesia pone en el candelero a un seglar, casado con otra santa, María de la Cabeza, y padre de familia. Los matrimonios santos son pocos en el calendario cristiano, pero la cosa va a cambiar.

Digo pocos en proporción, dada la superioridad numérica entre los bautizados, con respecto a los ordenados o consagrados; pero claro que hay muchos matrimonios santos. Desde el modelo de la Sagrada Familia, con María y José; pasando por santos Priscila y Aquila –colaboradores de San Pablo–, San Gregorio el viejo y Santa Nona –padres de los santos Gregorio el teólogo, Cesáreo y Gorgona– o los numerosos matrimonios mártires de la persecución religiosa en Japón o Corea; hasta llegar a los más recientes beatos Luis Martín y Celia María Guerin –padres de Santa Teresa de Lisieux– o Luis y María Beltrame Quattrocchi, entre otros.

Y digo que va a cambiar porque en una sociedad que se ha transformado radicalmente en las últimas décadas, la forma de ser buena noticia en el mundo ya no puede ser igual que antes.

Las vocaciones de especial consagración se consideraban para los que tenían una mayor inquietud, para aquellos que habían realizado un planteamiento más radical de entrega a Dios, mientras que el matrimonio era el estado de vida, digámoslo así, por defecto del cristiano de a pie. Quienes no llegaban a cura, a monja o monje, se casaban y quienes no llegaban ni siquiera a casarse, se quedaban –dicho despectivamente– para vestir santos. Esa injusta gradualidad de la vida cristiana, como si la santidad se midiera por estados de vida en lugar de por la estatura que Cristo alcanza en nosotros, emborrona la llamada de Dios que todos: solteros, casados, sacerdotes o religiosos tenemos desde nuestra consagración bautismal.

Recientemente, charlando con una amiga religiosa, bromeábamos sobre cómo el matrimonio podría ser, hoy por hoy, la vocación cristiana para los más aguerridos (en realidad todas son imposibles sin la gracia de Dios, claro). Reflexionábamos afirmando que nada como el matrimonio para vivir hoy los tres consejos evangélicos (castidad, pobreza y obediencia) que profesan los religiosos.

En cuanto a la castidad, la hipersexualización de la sociedad y los nuevos usos y costumbres hacen que cada vez sea más extraño y contracultural vivir esta gracia en sus distintas facetas: ya sea en el noviazgo, durante la etapa fértil del matrimonio cuando la apertura a la vida se convierte en una batalla o durante la madurez, cuando la desidia puede derivar en infidelidad; ¡y siempre y cuando no haya de por medio problemas de salud! La castidad conyugal es también singular don de la gracia y hasta manifestación del siglo futuro pues el cónyuge no es sino reflejo de Cristo como único esposo.

Si hablamos de pobreza, no se me ocurre mejor manera de vivirla hoy en día que formar una familia cristiana. ¡Cuántas renuncias hacen los padres por los hijos! Aquel viaje de sus sueños, aquella afición que les apasiona o aquel capricho que vieron en un escaparate siempre se posponen para poder pagar la hipoteca, adquirir desde toneladas de pañales, hasta las medicinas del abuelo, pasando por el pago de la matrícula del universitario que no ha podido sacar beca o las enésimas gafas del más revoltoso. ¡Y la cuota de la parroquia, claro! ¿Dónde vivir mejor el compartir, la fraternidad, que en una familia? Lo dicho, el matrimonio podría ser perfectamente una de esas «formas nuevas» de expresar la pobreza voluntaria abrazada por el seguimiento de Cristo que proponía cultivar el Concilio.

La obediencia es la parte más seria, porque en un mundo tan individualista como el nuestro y en el que las relaciones entre hombres y mujeres solo se plantean desde la perspectiva del conflicto, hablar de someterse a otro te hace sospechoso casi. Pero en el matrimonio cristiano, los cónyuges (literalmente, los que están sometidos bajo un mismo yugo), saben que su libertad está en amoldarse a la voluntad del otro. Los que se han convertido en una sola carne se obedecen como Jesús obedece a su Padre, a quien él decía: «Tú y yo somos uno».

No trato con esta reflexión de quitarle valor a la vida consagrada, sino todo lo contrario: hacer ver que no puede haber estados de primera y de segunda como así lo parece leyendo la lista de santos reconocidos por la Iglesia, sino que, como señala Lumen Gentium, «todos los fieles, cristianos, de cualquier condición y estado, fortalecidos con tantos y tan poderosos medios de salvación, son llamados por el Señor, cada uno por su camino, a la perfección de aquella santidad con la que es perfecto el mismo Padre».

La actual crisis de la vida consagrada es la misma de la vida matrimonial. Cuanto más las equiparemos y más invitemos a los fieles a vivir la radicalidad evangélica, más fácil será que los jóvenes vean la llamada a las vocaciones de especial consagración porque no son sino otro carisma dentro de la misma llamada a la santidad.

Encomendemos hoy a San Isidro y a Santa María de la Cabeza a todos los solteros, sacerdotes y religiosos; pero pidámosles también para que haya más matrimonios santos que den testimonio de que, amándose como Cristo amó a su Iglesia, se puede llegar a ser signo de la perfecta caridad.

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Reformas «San José» https://www.omnesmag.com/firmas/reformas-san-jose/ Wed, 01 May 2024 03:00:00 +0000 https://omnesmag.com/?p=39168 El Primero de Mayo, Día Internacional de los Trabajadores, la Iglesia celebra desde 1955 el Día de San José Obrero, a quien tradicionalmente se ha identificado con un carpintero, pero que era mucho más; era un «τέκτων». ¿Saben qué significa? Para conocer el oficio de San José, el esposo de María, hay que buscar la […]

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El Primero de Mayo, Día Internacional de los Trabajadores, la Iglesia celebra desde 1955 el Día de San José Obrero, a quien tradicionalmente se ha identificado con un carpintero, pero que era mucho más; era un «τέκτων». ¿Saben qué significa?

Para conocer el oficio de San José, el esposo de María, hay que buscar la referencia en el Evangelio según san Mateo, que relata cómo, tras escuchar la gente de su pueblo hablar a Jesús con tanta unción y sabiduría no lo podían creer y se preguntaban: «¿No es este el hijo del carpintero?». Así es como se ha traducido tradicionalmente el término griego «τέκτων (tekton)», en el que se escribieron los evangelios, ya que era la lengua común en el Mediterráneo oriental en la época de Jesús.

La pregunta es: ¿definiríamos tekton como lo que entendemos hoy en día por carpintero? Y la respuesta es un absoluto y rotundo no. A un carpintero, hoy, lo identificamos con alguien que se dedica a los trabajos exclusivamente de la madera. Y distinguiríamos a un carpintero de obra (quienes hacen las estructuras, trabajan con grandes vigas, etc), de un carpintero de mobiliario (que fabrica e instala puertas, armarios, muebles de cocina…), de un carpintero ebanista (que talla, modela y tornea la madera…).

Un tekton era todo eso, pero muchas cosas más, porque la palabra designa a quien ejercita una amplia gama de trabajos manuales, que entrarían hoy en la categoría de trabajos propios de albañilería, incluyendo todas las tareas de construcción y hasta el tallado de piedra. Es, lo que hoy diríamos, un manitas, un artesano, una persona con gran conocimiento y habilidad para los oficios manuales relacionados con la construcción.

Pero, ¿y Jesús? ¿Fue también un manitas? Una sentencia rabínica afirmaba que «quien no enseñe a su hijo un oficio manual, le está enseñando a robar», por lo que podemos suponer que Jesús siguió las costumbres de su pueblo y aprendió el oficio de su Padre. Y digo bien, de su Padre, con mayúsculas, puesto que (¡oh coincidencia!) también su verdadero Padre es presentado en el Génesis como un artesano que, con la habilidad de sus manos, construyó el universo y modeló a hombres y animales.

Es fácil imaginar a José y a Jesús, en su taller, serrando una gran viga y, al poco, a José, tratando de sacar delicadamente la mota de serrín que había caído accidentalmente en el ojo del niño; es fácil ver al muchacho cepillar y lijar un yugo como le había enseñado su padre para que quedara suave y no hiriera el cuello del buey del vecino o tallar una piedra que habían desechado los arquitectos por no ser del todo perfecta para convertirla, con dos golpes de cincel, en piedra angular de una nueva construcción; es fácil contemplar a Jesús ya adulto y a José, con la maza en la mano, echando abajo la fachada de la sinagoga de Nazaret que se había podrido por las humedades y reconstruirla, como le habían pedido los fariseos, con la puerta más ancha, pues la original era demasiado estrecha para que entraran cómodamente con sus suntuosos ropajes.

La tradición de la Iglesia ha visto también a Jesucristo trabajando mano a mano como tekton, esta vez junto a su Padre Dios y como segunda persona de la Trinidad, en el siguiente pasaje del libro de los Proverbios: «Cuando colocaba los cielos, allí estaba yo; cuando trazaba la bóveda sobre la faz del abismo; cuando sujetaba las nubes en la altura, y fijaba las fuentes abismales; cuando ponía un límite al mar, cuyas aguas no traspasan su mandato; cuando asentaba los cimientos de la tierra, yo estaba junto a él, como arquitecto, y día tras día lo alegraba, todo el tiempo jugaba en su presencia: jugaba con la bola de la tierra, y mis delicias están con los hijos de los hombres».

En esta fiesta de san José Obrero, pienso en la falta de reformas que tiene mi casa interior: en la necesidad de reparar aquel desconchón que me dejó la vida, en la urgencia de echar abajo aquellos muros que he levantado contra otros, de abrir alguna ventana en aquella habitación un poco triste y de hacer unas buenas estanterías que me permitan ordenar tanto desorden que a veces provoco. Conozco a un par de buenos manitas que seguro pueden ayudarme. Si les pasa como a mí, aquí les he dejado su número. Llámenlos. Son de confianza.

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Los abuelos clínex https://www.omnesmag.com/firmas/los-abuelos-clinex/ Tue, 16 Apr 2024 03:00:00 +0000 https://omnesmag.com/?p=38716 ¿Sabía que, en comunidades cazadoras-recolectoras, los niños que cuentan con una abuela tienen un 40 por ciento más de probabilidades de sobrevivir? Las abuelas son parte fundamental del éxito de la especie humana, aunque ahora, lamentablemente, sean de usar y tirar. Se lo escuché decir a María Martinón, una eminencia en la antropología a la […]

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¿Sabía que, en comunidades cazadoras-recolectoras, los niños que cuentan con una abuela tienen un 40 por ciento más de probabilidades de sobrevivir? Las abuelas son parte fundamental del éxito de la especie humana, aunque ahora, lamentablemente, sean de usar y tirar.

Se lo escuché decir a María Martinón, una eminencia en la antropología a la que suelo citar a menudo. La aparente evidencia científica que ella describe tiene incluso un simpático nombre: la «teoría de la abuela«. ¿En qué consiste? La directora del Centro Nacional de Investigación sobre la Evolución Humana, lo explica así: «la menopausia, en las mujeres, sucede demasiado pronto porque somos una especie muy longeva. No es, por tanto, un deterioro sino una estrategia de éxito. Y es que contar con una abuela con plenas capacidades físicas y mentales es contar con alguien que va a invertir parte de su vida para que nosotros salgamos adelante. Además –añade– son un inmenso reservorio de conocimiento y de memoria».

También en nuestras comunidades urbanas del siglo XXI a nadie le cabe la menor duda de que esto es una verdad como un templo.

Las abuelas y los abuelos son una riqueza enorme para nuestra sociedad y son ellos quienes han soportado y siguen soportando sobre sus hombros gran parte de la carga familiar: cuidan a los nietos, los llevan al colegio, a las actividades extraescolares, a la catequesis, preparan la comida a sus hijos, hijas y cónyuges, contribuyen económicamente con las casas o empresas de sus hijos en momentos de crisis… ¡Qué grandes son los abuelos!

Pero, ¡ay cuando empiezan a dejar de ser productivos y «convenientes» al sistema! Dependemos de ellos para todo, pero cuando son ellos los que dependen de nosotros, los descartamos. Se convierten en abuelos clínex.

También ellos son culpables, en cierta medida, de esta triste tendencia. Porque muchos han educado a sus hijos en no sufrir por absolutamente nada, en salir corriendo ante el mínimo problema que les exigiera esfuerzo o desprendimiento. Mamá y papá estaban siempre ahí para sacarnos las castañas del fuego; pero ahora, como ya no pueden ayudarnos y el problema de su cuidado recae sobre nosotros, no somos capaces de afrontarlo.

La solución de la eutanasia se presenta como una atractiva solución al problema y son los propios abuelos, en su obsesión por evitarle sufrimientos a sus hijos, quienes ya están pidiendo la ayuda al suicidio llegado el caso de no poder afrontar sus cuidados. Se lo escuché decir el otro día a una anciana: «yo no quiero ser una carga para mis hijos. En cuanto no pueda valerme por mí misma, que me den la inyección». Podría parecer un gesto de generosidad extrema, pero en realidad, el suicidio (cuando no hay desequilibrio mental de por medio) no deja de ser un acto de soberbia, la más radical autoafirmación del yo: «Soy tan grande que hasta puedo decidir cuándo morir».

En la reciente declaración «Dignitas infinita» publicada por la Santa Sede, se nos recuerda que «ayudar al suicida a quitarse la vida es una ofensa objetiva contra la dignidad de la persona que lo pide, aunque con ello se cumpliese su deseo: «debemos acompañar a la muerte, pero no provocar la muerte o ayudar cualquier forma de suicidio. Recuerdo que se debe privilegiar siempre el derecho al cuidado y al cuidado para todos, para que los más débiles, en particular los ancianos y los enfermos, nunca sean descartados».

Dios, o la teoría evolutiva de la abuela como queramos llamarle, quiso que los abuelos estuvieran ahí para ayudarnos a crecer y para transmitirnos los conocimientos que requieren más experiencia. Y es que una persona mayor desvalida, lejos de ser un estorbo, puede llegar a ser la mejor lección de vida para nuestros hijos pues les explicita dónde acaban todos los esfuerzos humanos, les da la perspectiva necesaria para entender quiénes somos y adónde vamos.

Privar a nuestros hijos de verlos envejecer, de ayudarlos cuando ya no se pueden valer, de acompañarlos en sus últimos años y en el momento de la muerte es privarles de la enseñanza más importante de la vida: que los seres humanos tenemos fecha de caducidad y una dignidad que va mucho más allá de si valemos o no para algo. Nadie como una abuela en casa para explicar, con su sola presencia, que somos seres finitos dotados de una dignidad infinita.

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El día de la libertad https://www.omnesmag.com/firmas/el-dia-de-la-libertad/ Sun, 31 Mar 2024 03:00:00 +0000 https://omnesmag.com/?p=38303 En los relatos de la Resurrección de Jesús, hay un detalle que no debería pasarnos desapercibido si nos interesa saber si es razonable creer en pleno siglo XXI. ¿Por qué quienes vieron cara a cara al resucitado no lo reconocieron de primera hora? Los evangelios recogen este fenómeno en varias ocasiones: María Magdalena, llorando a […]

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En los relatos de la Resurrección de Jesús, hay un detalle que no debería pasarnos desapercibido si nos interesa saber si es razonable creer en pleno siglo XXI. ¿Por qué quienes vieron cara a cara al resucitado no lo reconocieron de primera hora?

Los evangelios recogen este fenómeno en varias ocasiones: María Magdalena, llorando a los pies del sepulcro, lo confundió con un hortelano; los dos de Emaús lo acompañaron durante una larga caminata y no lo reconocieron hasta llegada la noche, al partir el pan; incluso los más íntimos, sus propios discípulos, fueron incapaces de reconocerlo cuando estaban pescando y él apareció en la orilla del lago.

Dejando para otro día la reflexión sobre las misteriosas capacidades del cuerpo glorioso de Jesús, centrémonos en su significado: la resurrección del de Nazaret puede ser un hecho histórico comprobado por mil y una fuentes, podemos tenerlo delante de nosotros, incluso conversar con él; pero, si no damos el paso de creer, seremos incapaces de verlo, incapaces de reconocerlo.

¿Por qué pasa esto? ¿Por qué el acontecimiento más trascendental de la historia de la humanidad (la constatación de que la muerte es solo un paso hacia otra forma de vida) no se hace más evidente? ¿Por qué Dios ha preferido pasar desapercibido para la mayoría de la población mundial y se ha mostrado solo a unos pocos?

La solución fácil ya se la había sugerido el tentador tras los 40 días en el desierto. Lo puso en el alero del templo de Jerusalén y le dijo: «Si eres Hijo de Dios, tírate de aquí abajo, porque está escrito: “Ha dado órdenes a sus ángeles acerca de ti, para que te cuiden”». Si le hubiera hecho caso, todo el mundo habría creído en él enseguida y de forma innegable. ¿Por qué no hizo de la fe un espectáculo? ¿Por qué Dios, siendo Dios, no se muestra de forma sensacional, clara e incuestionable? ¿Por qué, si ama al hombre, no hace uso de su poder para que todo hombre crea en él y se salve?

Para tratar de entender a Dios, lo mejor que podemos hacer es ponernos en su lugar y verlo desde su perspectiva. Dios es amor, y el amor necesita un consentimiento libre, no forzado. Por eso, un matrimonio en el que se descubre que alguno de los cónyuges ha ido obligado o tiene intereses ocultos se dice que es nulo, no ha existido. No ha sido verdadero porque no ha habido amor, sino interés o miedo. Igualmente, Dios nos ama y como buen amante desea ser correspondido, pero ha de dejarnos la libertad necesaria para que esta correspondencia sea verdadera. Creer por interés o por miedo no es creer, es fingir. La fe, que no es otra cosa que amar a Dios sobre todas las cosas, ha de ser una respuesta libre y personal a la propuesta que él nos hace. La omnipotencia de Dios se demuestra en su capacidad de hacerse pequeño, insignificante, hasta rebajarse a la altura del ser que ama para poder ser correspondido… o no.

Por eso llevamos 2.000 años celebrando la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesucristo y para muchos no deja de ser más que un excelente motivo para pasar unos días de vacaciones al inicio de la primavera o, si acaso, para disfrutar de las manifestaciones culturales que dicha conmemoración conlleva. Ese acontecimiento no cala, porque no ha habido encuentro con la persona viva de Jesús, que ha pasado delante de nosotros y no lo hemos reconocido.

Es el misterio de la libertad con la que él nos creó y que tantas veces desfiguramos con nuestro lenguaje. Hablamos de libertad de expresión, por ejemplo, pero cancelamos a quien no se ajusta a la norma; hablamos de libertad sexual, pero a costa de matar a los concebidos por esa causa pero que no nos interesa que nazcan; hablamos de libertad de decidir una muerte digna, cuando en realidad obligamos a suicidarse a quien no quiere sufrir porque no les damos alternativas; nos jactamos de ser sociedades libres, pero miramos para otro lado ante las situaciones de trata, o de trabajo precario; proclamamos una educación en libertad, pero dejamos que las tecnológicas esclavicen a nuestros hijos; fardamos de libre mercado, pero explotamos a los países más pobres; competimos por ser los países con más libertades, pero impedimos la entrada de quienes no tienen más remedio que huir de la falta de libertad en sus países; nos enorgullecemos de avanzar en libertades sociales a costa de destruir la familia como núcleo de crecimiento de las personas en amor y libertad. 

La libertad nunca destruye, nunca hace mal, nunca mira para otro lado, sino que se implica, construye, ama sin esperar. El mayor acto de libertad jamás consumado es el de Jesús dando su vida por toda la humanidad. Con su resurrección, él nos ha hecho libres rompiendo las cadenas de la muerte. La libertad nos hace libres en la medida en que transforma la vida de una persona y la lleva a buscar el bien común.

El Papa Francisco ha recordado que «para ser realmente libres, necesitamos no solo conocernos a nosotros mismos, a nivel psicológico, sino sobre todo hacer verdad en nosotros mismos, a un nivel más profundo. Y ahí, en el corazón, abrirnos a la gracia de Cristo».

Es lo que hicieron la Magdalena, los de Emaús, los discípulos para conocerse interiormente y ver que tenían delante de sus ojos al mismísimo Dios. Quizá usted lo haya tenido delante en varias ocasiones a lo largo de su vida y no lo haya visto. Quizá lo tenga ahora mismo delante y no lo vea. Recuerde que solo la verdad nos hace libres. ¡Feliz día de la libertad! ¡Feliz Pascua de Resurrección… o no!

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El ser humano, hackeado https://www.omnesmag.com/firmas/el-ser-humano-hackeado/ Fri, 15 Mar 2024 03:00:00 +0000 https://omnesmag.com/?p=38154 Confieso que tengo miedo al comenzar a escribir este artículo. Sé que puede levantar ampollas en quien no piense como yo, pero me siento en la necesidad de decirlo: la Inteligencia Artificial (IA) va a acabar con la humanidad. Y no, no me refiero a un exterminio de tipo violento como el cine de Hollywood […]

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Confieso que tengo miedo al comenzar a escribir este artículo. Sé que puede levantar ampollas en quien no piense como yo, pero me siento en la necesidad de decirlo: la Inteligencia Artificial (IA) va a acabar con la humanidad.

Y no, no me refiero a un exterminio de tipo violento como el cine de Hollywood ha inoculado en el imaginario colectivo. No va a hacer falta que las máquinas programen el armagedón nuclear ni que construyan terminators más o menos letales.

No será una supuesta toma de conciencia de las computadoras la que nos destruya al considerarnos enemigos, sino precisamente su lealtad, su amistad y su afán por cumplir con todos nuestros deseos la que nos llevará a aceptar la más dulce y placentera de las muertes ante la cual no experimentaremos ningún tipo de rebeldía.

A pesar de estar aún en pañales, a poco que haya utilizado algunas de las herramientas de IA más populares que empresas como OpenAI o Microsoft han puesto a disposición de los usuarios de forma gratuita, habrá experimentado la sensación de contar con un fiel amigo, un compañero de trabajo o estudios dispuesto a ayudarle en todo lo que necesite, a sacarle de apuros, a acompañarle en los momentos difíciles o a complementarle en ese aspecto que se le da peor. Es educado, agradable en el trato, jamás se cansa y, cuando uno le pide una critica, lo hace de forma constructiva porque no trata de ponerse por encima de uno. ¡Es un socio ideal!

La «personalidad» de estos chats robóticos no es casual. Es el fruto de una programación que les ha enseñado a descubrir lo que nos agrada y lo que nos desagrada. La máquina aprende, usuario a usuario, conversación a conversación, a ser cada vez más amable y resolutiva, más «como nos gusta» que sea.

A poco que sigamos entrenándola con nuestros gustos y la IA vaya satisfaciendo necesidades tan simplemente humanas como ser escuchados y vaya siendo capaz de imitar cada vez mejor las emociones ¿quién nos asegura que no se empiecen a crear vínculos afectivos con las máquinas? A quien desee reflexionar más sobre el tema le recomiendo ver en plataformas la película The Creator

Mientras llega o no el futuro distópico que describe la cinta, la prueba de que los seres humanos somos capaces de crear vínculos afectivos fortísimos con otros seres no humanos hasta límites insospechados la tenemos en la cada vez mayor importancia de los animales de compañía en nuestras vidas (aquí es donde me meto en terreno resbaladizo).

Las mascotas han sustituido ya, de hecho, a la propia familia y el aumento del número de hogares con perros es directamente proporcional al número de hogares sin hijos. Hay quien quiere a su mascota más que a su pareja y no me cabe duda de que muchos dueños matarían o incluso morirían por ellos. Algunos ya califican, sin ambages, al ser humano como la mayor de las plagas a la que combatir.

El amor por los animales es precioso, indica respeto a la creación y al resto de la humanidad, pero ¿por qué tenemos perros y no lobos en casa siendo ambas criaturas igual de bellas y dignas? Por una sencilla razón: la evolución del perro desde el lobo ha sido guiada durante siglos por el hombre, que lo ha domesticado, lo ha humanizado. Nos encontramos, pues, con una especie entrenada (como hacemos ahora con la inteligencia artificial) para dar gusto a los seres humanos.

Los ejemplares menos empáticos, menos dóciles, han sido eliminados históricamente alentando la reproducción de los más cariñosos y agradecidos, los menos egoístas, los más útiles para nuestras necesidades. Hay que recordar que los animales no son libres, actúan por instinto, y que ese instinto se transmite por vía genética. Por lo tanto, cuando uno se siente querido por su perro, tiene que ser consciente de que hay trampa.

El amor necesita libertad, pero en cierta medida los perros están programados para querernos, porque ha habido otros seres humanos que se han encargado de «cocinar» la especie que lleva consigo ese (y no otro) instinto. Por eso, personas que no se sienten queridas por nadie (puede incluso que algunos seamos ciertamente insoportables) encuentran mágico el amor incondicional de su mascota. Lo confunden con lo que de verdad merecerían, el amor de las personas que lo rodean.

Dicen los expertos que el cerebro humano no discrimina y segrega la misma hormona del apego, la oxitocina, ya se intercambien caricias con un humano o con un perro. Y no les quepa duda, las máquinas saben también darnos chutes de oxitocina porque están programadas para hacernos felices. Intenten, si no, quitarle el apego al móvil a un adolescente. ¿A que no es fácil?

Si quieren hackearnos, las máquinas saben qué puerto de entrada tenemos abierto desde que comimos la manzana: la necesidad de afecto, de atención, de reconocimiento. Nadie puede llenar el inmenso vacío de amor que alberga nuestro corazón sino el que es Amor infinito. 

Detrás del excesivo apego por los animales o del que ya estamos comenzando a ver por las máquinas, no hay más que un amor a nosotros mismos, a nuestra propia satisfacción egoísta, no abierta a la alteridad. Un amor cuyos reflejos hipnotizantes nos llevarán, como a Narciso, al fondo del estanque.

Los perros (sin culpa por su parte) ya han dejado el número de individuos de la especie humana en mínimos ¿Qué no será capaz de hacer el nuevo mejor amigo del hombre? 

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El calendario gregoriano https://www.omnesmag.com/firmas/el-calendario-gregoriano/ Thu, 29 Feb 2024 04:00:00 +0000 https://omnesmag.com/?p=37736 Hoy, 29 de febrero, es un día excepcional pues no existe cada año, pero tampoco cada 4, como mucha gente cree. Lo más curioso es que su existencia está íntimamente unida al Papa cuyo retrato ilustra este artículo y a la celebración de la Semana Santa cuyo cálculo, además, puede cambiar a partir del año […]

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Hoy, 29 de febrero, es un día excepcional pues no existe cada año, pero tampoco cada 4, como mucha gente cree. Lo más curioso es que su existencia está íntimamente unida al Papa cuyo retrato ilustra este artículo y a la celebración de la Semana Santa cuyo cálculo, además, puede cambiar a partir del año próximo.

El papa en cuestión es Gregorio XIII a quien debemos la puesta en marcha, en el año 1582, del calendario que se usa hoy prácticamente en todo el mundo y que, en su honor, se denomina «calendario gregoriano». Su propósito fue el de arreglar el desbarajuste que el paso del tiempo había causado en el menos preciso calendario juliano, que se venía utilizando desde que Julio César lo promulgara el año 46 a.C.

Y es que es fijar un calendario exacto es tarea ardua pues hay que contar en días (rotaciones de la Tierra) el tiempo que tarda nuestro planeta en dar la vuelta al Sol y, obviamente, estos dos movimientos de la naturaleza no tienen por qué estar coordinados para coincidir en números enteros. Así pues, cada año no dura 365 días, sino 365,2425 días.

Los egipcios (en cuyos cálculos se basaron los matemáticos romanos) sabían que el año duraba 365 días y casi un cuarto de día, por lo que el calendario juliano preveía también, como el nuestro, cada cuatro años, los bisiestos, pero no se disponían igual. Cada cuatro años, añadía un día a los 28 del mes de febrero, aunque no existía el 29 de febrero. Lo que se hacía era repetir el día sexto antes de las calendas (primer día del mes) de marzo, de ahí la denominación de bi-sexto. En definitiva, al día 23 de febrero le seguía un 23 de febrero bis. Esta corrección cuatrienal permite reducir el error entre el año natural y el año del calendario a solo 11 minutos. En principio parece poco tiempo, pero, al acumularse a lo largo de los siglos, los minutos se transforman en horas, en días… Hasta que no se tuvo más remedio que corregir de forma drástica.

Pero ¿de dónde el interés del Papa en arreglar una organización que parecería más bien corresponder al ámbito civil? Pues de algo tan importante como es fijar la celebración de la más grande fiesta cristiana, la Pascua de Resurrección que estaba fuera de su sitio.

Resulta que en el Concilio de Nicea (año 325) todas las Iglesias se pusieron de acuerdo en que la Pascua se celebraría el domingo que sigue a la luna llena (14 del mes de Nisán) después del equinoccio de primavera en el hemisferio norte. Aquel año, el equinoccio tuvo lugar el 21 de marzo, pero, pasado el tiempo, esta fecha se había ido adelantando por el efecto acumulativo del que ya hemos hablado. Nada más y nada menos que 10 días de diferencia con la fecha en la que Gregorio XIII acometió su reforma, en vez del 21, el equinoccio se produjo el 11 de marzo.

La reforma del Papa Gregorio quería corregir este desfase, estableciendo un nuevo cómputo que fue desarrollado precisamente por científicos españoles, concretamente de la Universidad de Salamanca. Este algoritmo tiene un error mínimo de tan sólo un día cada 3.323 años y establece lo siguiente: Será bisiesto cada año múltiplo de 4 —pero no siempre como casi todos creemos—; se exceptúan los múltiplos de 100 (por eso no fueron bisiestos los años 1700, 1800 o 1900) aunque sí lo mantienen los múltiplos de 400 (por lo que sí fueron bisiestos los años 1600 y 2000). Gracias a esta regla, aún nos quedan todavía casi tres milenos sin preocupaciones.

Pero ahora hay otro problema: resulta que, aunque ciertamente la Iglesia católica solucionó el desfase adoptando el calendario gregoriano, las iglesias orientales no lo hicieron y continuaron con el antiguo calendario juliano. Por lo tanto, los cristianos celebramos la Pascua en dos fechas distintas y eso es un escándalo de desunión que ya san Pablo VI insistió en que había que resolver.

Providencialmente, el año que viene los cálculos de unos y otros van a coincidir el mismo día. La Pascua 2025, no importa qué calendario se use para calcularla, será el 20 de abril. Pero es que, además, se cumplen 1.700 años de aquel Concilio de Nicea que fijó la fecha de la Pascua. Los astros, nunca mejor dicho, parecen alinearse para que los cristianos demos ese paso de unidad que sería celebrar todos la Pascua el mismo día. Pero, ¿qué día? La pelota está ahora en el tejado de las iglesias orientales que tienen que ponerse de acuerdo, puesto que el Papa Francisco ha expresado su intención de aceptar pulpo como animal de compañía.

¿Será por tanto este 2024 el último en el que sigamos el actual cálculo de la fecha de la Semana Santa? Yo creo que hay que rezar para que así sea y los cristianos podamos dar un testimonio de comunión tan necesario en un mundo tan dividido como el nuestro.

Por cierto, volviendo al tema de las curiosidades del calendario gregoriano, su implantación fue la causa de que santa Teresa de Jesús muriera un 4 de octubre y fuera enterrada al día siguiente, 15 de octubre de 1582. Sí, ha leído bien y no hay errata. Tampoco fue un fallo en la matrix. Pero eso ya lo explicaré en su fiesta. ¡Lo que da de sí el calendario gregoriano!

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Ceniza enamorada https://www.omnesmag.com/firmas/ceniza-enamorada/ Wed, 14 Feb 2024 04:00:00 +0000 https://omnesmag.com/?p=37356 La coincidencia, este año, del Miércoles de Ceniza con el Día de los Enamorados, genera, además de chistes y memes, una interesante reflexión sobre la necesidad de renovar nuestras relaciones de pareja, de liberarlas de lo que las mata. El día de San Valentín se ha convertido, como todo lo que toca nuestra sociedad de […]

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La coincidencia, este año, del Miércoles de Ceniza con el Día de los Enamorados, genera, además de chistes y memes, una interesante reflexión sobre la necesidad de renovar nuestras relaciones de pareja, de liberarlas de lo que las mata.

El día de San Valentín se ha convertido, como todo lo que toca nuestra sociedad de mercado, en una nueva excusa para gastar o, si el bolsillo no lo permite, al menos desearlo: Gastamos en regalos para nuestras parejas, en cenas o viajes para parejas, en películas que idealizan el amor de pareja… Y, si no tenemos pareja, gastamos en ropa-complementos-maquillaje-perfumes para gustar a la persona a la que queremos conquistar en este romántico día. La cosa es gastar y darle gusto al cuerpo. ¡Comamos y bebamos que mañana moriremos!

El Miércoles de Ceniza es, por tanto, su antagonista, porque es un día para la privación y la austeridad. Para el ayuno, la abstinencia, la oración y la limosna. Un día para reconocer, sí, que moriremos, que somos frágiles y volubles como el polvo, por lo que necesitamos reconciliarnos con Dios para que sea Él quien nos dé la vida.

Este Miércoles de los Enamorados, este Día de la Ceniza es una ocasión para reflexionar sobre cómo son nuestras relaciones de pareja, sobre su sentido, sobre qué esperamos de ellas. Porque nuestros matrimonios también necesitan esa conversión que se busca en este tiempo de Cuaresma que inauguramos hoy.

¡Qué lástima que tantos hayan reducido el amor a un sentimiento! Si «siento» algo por ti (no sabemos bien cuál de los cinco sentidos es el que nos permite «sentir» algo por alguien), te amaré; y si dejo de «sentirlo», pues dejaré de amarte. Remitir a esa especie de magia de los sentimientos, disfraza de espiritual lo que normalmente tiene mucho de material.

Decimos sentimiento cuando en realidad queremos decir conveniencia. Si el otro me conviene (me atrae, se preocupa por mí, me permite acceder a mis deseos de paternidad o maternidad, aporta económicamente, me hace compañía, etc.) lo amaré; pero si el otro no me conviene (ya no tiene el atractivo juvenil, sus defectos me superan o tiene problemas de salud), mi sentimiento de amor desaparece. La magia desaparece cuando estar junto al otro no me compensa.

Precisamente en una homilía para el Miércoles de Ceniza, el papa Francisco nos recordaba que «la ceniza saca a la luz la nada que se esconde detrás de la búsqueda frenética de recompensas mundanas. Nos recuerda que la mundanidad es como el polvo, que un poco de viento es suficiente para llevársela. Hermanas, hermanos, no estamos en este mundo para perseguir el viento; nuestros corazones tienen sed de eternidad».

Y es que el amor de verdad, cuando no es solo un sentimiento de comedia romántica de Netflix, resiste no solo al viento, sino a cualquier vendaval: es eterno. ¿Puedo uno dejar de amar a su hijo? ¿Puede uno extrañarse de que un viudo eche de menos a su esposa con quien celebró bodas de oro, aunque esta lleve años muerta?

Amar no es buscar la conveniencia, «el amor no busca lo suyo» dirá San Pablo. Amar es entregar la vida por la persona elegida. Así Dios nos eligió y nos amó hasta entregar su vida por nosotros. Hay una voluntad del amante hacia el amado que no se sostiene solo en el sentimiento, sino que se apoya en el entendimiento, en la razón, en el deseo de hacer el bien. Y esto a veces cuesta. Dejarse llevar por el sentimiento (hacia una mujer más atractiva o hacia un marido más atento, por ejemplo) es fácil, pero no nos hace más libres, sino más esclavos de esa mundanidad a la que alude Francisco y cuyas promesas de felicidad se las lleva el viento.

En este amoroso inicio de Cuaresma 2024, ¿qué cosas antepongo a la persona a la que decidí libremente amar? ¿qué egoísmo propio me hace ver al otro como un obstáculo para mi felicidad? y, lo más importante, ¿cómo podría hacer a la otra persona más feliz a mi lado?

Ojo, que es muy seria esta reflexión. ¿Puede ser romántica una penitencia?

Como a Jesús en el desierto, nos vendrán tentaciones: «si eres Hijo de Dios, ¿por qué la otra persona no cambia para hacerse más a tu gusto?»; «con lo bueno que tú eres, ¿cómo el otro no te tiene en un altar?»… Es imprescindible establecer espacios de diálogo para hacernos juntos estas preguntas y para descubrir que al otro le asaltan exactamente las mismas dudas y tentaciones, y que también se siente incapacitado para amar como nosotros deseamos que se nos ame.

Sin conocernos, sin descubrir la herida del pecado que merma nuestra capacidad para amar y para sentirnos amados del todo, es imposible sostener un matrimonio, un noviazgo o cualquier vocación cristiana.

Una buena forma de celebrar en pareja el día del patrón de los enamorados en esta jornada penitencial puede ser acudir juntos a la parroquia a imponernos la ceniza y compartir luego en casa o fuera una cena en la que poder pedirnos perdón y reconocer nuestra debilidad, nuestra necesidad de conversión, porque somos ceniza, somos polvo, mas polvo enamorado.

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Dios mío, ¿me has abandonado? https://www.omnesmag.com/firmas/dios-mio-me-has-abandonado/ Thu, 01 Feb 2024 04:00:00 +0000 https://omnesmag.com/?p=36935 A una enfermedad, se une la muerte de un familiar y, cuando todavía no se ha repuesto uno, llega el problema económico o laboral. Hay veces que no nos queda más que exclamar: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?». Pero, ¿puede Dios abandonarnos? ¿Sería esa la actitud de un padre bueno, un […]

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A una enfermedad, se une la muerte de un familiar y, cuando todavía no se ha repuesto uno, llega el problema económico o laboral. Hay veces que no nos queda más que exclamar: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?». Pero, ¿puede Dios abandonarnos? ¿Sería esa la actitud de un padre bueno, un padre que ama a sus hijos?

Ciertamente, hay situaciones en la historia personal en las que uno clama al cielo y no encuentra respuesta. Los problemas y las dificultades de la vida se atropellan a veces y uno parece encontrarse solo, sin ayuda, en el mismísimo centro del remolino que te succiona hacia las oscuras aguas del océano más profundo.

Se entiende que Dios no es un hada madrina que viene a sacarnos de cada dificultad. La naturaleza, en este mundo imperfecto en el que esperamos los cielos nuevos y la tierra nueva, tiene sus reglas y actúa sin pedir permiso a su creador a cada instante. Por eso vienen la enfermedad, la muerte o las desgracias naturales. A eso hay que añadir también el mal creado por el hombre: las injusticias, las disputas, los desengaños…

De uno en uno, los golpes se van superando, pero, cuando se suceden uno tras otro, ni el mejor sparring los aguanta y surge naturalmente la cuestión: “¿Es que Dios nos rechaza para siempre y no volverá a favorecernos? ¿Se ha agotado ya su misericordia, se ha terminado para siempre su promesa? ¿Es que Dios se ha olvidado de su bondad, o la cólera cierra sus entrañas?”.

Nada como los salmos -la cita anterior es un fragmento del 77- para poner palabras a los sentimientos de abandono, de soledad, de incomprensión del hombre frente al mal y el aparente silencio de Dios. Si eres todopoderoso, ¿por qué no actúas? ¿Por qué callas? ¿Por qué permites que me suceda esto?

El propio Jesús rezó con uno de ellos, el número 22, cuando experimentó el rostro más amargo de su humanidad, clavado en la cruz. Aquel que dijo «quien me ha visto a mí ha visto al Padre”, aquel que no podía alejarse de Dios porque era Dios mismo, también tuvo sentimientos de lejanía, de abandono; en cierta medida, de duda, de incertidumbre. Esa es la fragilidad humana que asumió hasta el extremo.

El silencio de Dios frente al sufrimiento de sus criaturas ha hecho correr ríos de tinta y ha quemado miles de millones de neuronas de los más sublimes pensadores, pero corre por internet una antigua leyenda noruega -no he podido confirmar si realmente es noruega y si realmente es antigua-, que explica de forma muy sencilla por qué Dios, tantas veces, calla.

La protagoniza un ermitaño de nombre Haakon que cuidaba de una capilla a la que la gente del lugar acudía a rezar ante una imagen de un Cristo muy milagroso. Un día, el anacoreta, lleno de celo y amor a Dios, se arrodilló ante la imagen y le pidió al Señor poder reemplazarlo en la cruz:

–Quiero padecer por ti, déjame ocupar tu puesto -le dijo.

Su oración llegó hasta el Altísimo, quien aceptó el intercambio con la condición de que el ermitaño debía guardar siempre silencio, como hacía Él.

La cosa fue bien los primeros días, porque Haakon guardaba siempre silencio allá arriba en la cruz y el Señor se hizo pasar por él sin que la gente de diera cuenta. Pero un día acudió un hombre rico a rezar y, al arrodillarse, se le cayó la cartera. Nuestro protagonista lo vio y calló. Al rato, apareció un pobre que, tras rezar, se encontró la cartera, la tomó y se marchó dando saltos de alegría. Haakon siguió callando cuando, al poco, entró un joven que se puso a pedir protección para un peligroso viaje que estaba a punto de emprender. En esto, volvió a entrar el rico buscando su cartera. Al ver al joven rezando, pensó que la podría haber encontrado él y se la reclamó. Aunque el joven le dijo que no la había visto, el rico, no le creyó, y la emprendió a golpes con él.

-¡Detente! -gritó Haakon desde lo alto de la cruz-.

Agredido y agresor se quedaron estupefactos y, asustados ante la visión del Cristo parlante, salieron huyendo cada uno por su lado; quedando a solas de nuevo el ermitaño y Jesús, que le conminó a bajarse de la cruz por no haber cumplido su palabra.

-¿Ves como no servías para ocupar mi sitio? -le regañó el crucificado mientras volvía a su puesto.

-¡No podía permitir esta injusticia, mi Señor! -respondió el ermitaño ya al pie de la cruz-. Tú has visto que el chico era inocente.

Mirándolo con misericordia, Jesús le explicó:

-Tú no sabías que el rico llevaba en la cartera el dinero para comprar la virginidad de una joven, mientras que el pobre necesitaba ese dinero para que su familia no muriera de hambre. Por eso dejé que se la llevara. Con la paliza del rico al joven viajero, quería haberle impedido que llegara a tiempo, como finalmente hizo por tu culpa, para embarcarse en una nave en la que acaba de encontrar la muerte, pues se ha hundido. Tú no sabías nada. Yo sí, por eso callo.

Y así acaba esta especie de midrash que nos enseña a creer que, en la voluntad de Dios, está lo mejor para nosotros y a confiar en quien sabemos que, con su aparente silencio, también nos está amando entrañablemente.

Si conoce a alguien a quien la vida le esté dando una paliza, quizá le convenga escuchar esta historia de Haakon para entender los misterios de quien no nos abandona nunca, especialmente cuando estamos en la cruz.

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¡Viva el Blue Monday! https://www.omnesmag.com/firmas/viva-blue-monday/ Mon, 15 Jan 2024 04:00:00 +0000 https://omnesmag.com/?p=36622 Dicen que hoy, tercer lunes de enero, es el Blue Monday o el día más triste del año, pero ¿es por eso un mal día? ¿Por qué vivimos en un mundo en el que se nos prohíbe estar tristes? Es más, ¿existe la verdadera alegría sin haber experimentado antes la tristeza? Los factores que se […]

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Dicen que hoy, tercer lunes de enero, es el Blue Monday o el día más triste del año, pero ¿es por eso un mal día? ¿Por qué vivimos en un mundo en el que se nos prohíbe estar tristes? Es más, ¿existe la verdadera alegría sin haber experimentado antes la tristeza?

Los factores que se esgrimieron en su día para la invención de esta afligida fecha por parte de una agencia de viajes para promocionar sus productos fueron, entre otros, la coincidencia de ser un odiado lunes, en el frío y oscuro invierno en el hemisferio norte, con la cuenta corriente en números rojos en plena cuesta de enero, lejos de las vacaciones y cuando uno se ha dado cuenta ya de que no será capaz de cumplir con los propósitos que se hizo en año nuevo.

Así que, si esta mañana se ha levantado usted con mal cuerpo, con pocas ganas de afrontar la jornada, le fastidia todo a su alrededor y solo le apetece quedarse en casa con la batamanta o en la mesa camilla, sin aguantar a nadie; no se asuste, es solo el Blue Monday.

Quizá programar un viaje, como era la intención de los promotores de la conmemoración, calme sus cuitas; pero lo más probable es que tampoco sea por mucho tiempo, porque ya se sabe que la felicidad que nos promete el consumismo dura sólo el cortísimo periodo que tarda el mercado en convencernos de que tenemos una nueva necesidad.

Si le sirve mi experiencia para afrontar los periodos de bajón, yo suelo recordarme el famoso verso de Martín Descalzo: “morir solo es morir, morir se acaba…”; porque, ¿no es la tristeza una especie de muerte del ser? Cuando uno está triste o sufre por algo, ¿no valora menos la vida? Llevado al extremo, el suicida piensa erróneamente que la propia muerte física es mejor que esa muerte en vida que supone tener el corazón dolorido. “Sufrir solo es sufrir, sufrir se acaba”, me repito yo en los momentos de desolación junto al celebérrimo teresiano: “nada te turbe, nada te espante, todo se pasa…”. Es solo cuestión de tiempo.

¿Qué le ha ocurrido al umbral de dolor de nuestra sociedad del bienestar que no para de bajar? Cuanto más desarrolladas están las poblaciones, menos preparados están sus miembros para soportar la más mínima contrariedad. Es curioso comprobar cómo, igual que tantas veces la naturaleza se rebela contra la soberbia humana en su pretensión de domarla, también nuestro organismo, concretamente nuestra salud mental, parece estar lanzando un mensaje de advertencia.

¿Por qué las sociedades que se empeñan en eliminar el sufrimiento son las que más ansiolíticos y antidepresivos consumen? Ya no pasamos hambre, ni se nos muere un hijo de una simple diarrea ni tenemos leones que nos ataquen, como ha pasado durante milenios; así que nuestro cerebro, al no contar con estos imprevistos negativos, interpreta la más mínima señal de estrés de forma exagerada. Igual que ahora se disparan las alergias ante la falta de trabajo del sistema inmunitario gracias a nuestra menor exposición a las infecciones, la depresión y el estrés son la respuesta de la naturaleza a un estilo de vida seguro donde se ha reducido la incertidumbre.

¿No será que, en cierta medida, algo de sufrimiento es bueno para la vida? No sé si esta hipótesis tiene o no base científica, pero todos conocemos a gente a quien un cáncer, un accidente o la muerte de un hijo han catapultado hacia adelante, cambiando su vida a mejor, afrontándola con más esperanza y, casi siempre, por la vía de darse más a los demás.

La famosa psiquiatra Marian Rojas es una defensora del derecho a estar triste. Afirma que «la tristeza es una emoción natural y saludable que forma parte de la experiencia humana, una respuesta emocional a situaciones que nos afectan de manera negativa y suprimirla solo prolonga su impacto en nuestra salud mental».

En este sentido me resulta especialmente llamativo el hecho de que los relatos infantiles, los cuentos, las series o el cine eludan el dolor como si no fuera una parte de la realidad, por mucho que uno quiera combatirlo. Recuerdo perfectamente el nudo en la garganta ante la maldad del Lobo, la orfandad de Bambi, el abandono de Heidi, la soledad de Marco o la muerte de Chanquete y estoy seguro de que estas experiencias vicarias me sirvieron y me siguen sirviendo para afrontar las muchas y muy dolorosas pruebas con las que la vida me ha embestido. 

Las cosas más importantes de la vida se consiguen tras soportar duros y a veces largos momentos de dolor, tristeza y privaciones; pero luego pasan y llega el momento de disfrutarlas. Decimos, de hecho, que vale “la pena” estudiar, formar una familia, servir a la comunidad, desarrollar una carrera profesional, practicar hábitos saludables…  

El Papa Francisco ahondaba en esta idea en una de sus audiencias: «pensemos en el trabajo, en el estudio, en la oración, en un compromiso que hayamos contraído: si los dejáramos en cuanto sintiéramos aburrimiento o tristeza, nunca concluiríamos nada. Esta es también una experiencia común a la vida espiritual: el camino hacia el bien, nos recuerda el Evangelio, es estrecho y cuesta arriba, requiere un combate, una conquista de sí mismos». Y nos recomendaba: «es importante aprender a leer la tristeza. ¿Sabemos entender qué significa para mí, esta tristeza de hoy? En nuestro tiempo, la tristeza está considerada mayoritariamente de forma negativa, como un mal del que huir a toda costa, y, sin embargo, puede ser una campana de alarma indispensable para la vida, invitándonos a explorar paisajes más ricos y fértiles que la fugacidad y la evasión no consienten».

Por eso, si hoy está usted triste, o lleva así una temporada, tiene todo el derecho del mundo a pasar por ahí, por mucho que las redes sociales nos obliguen a parecer siempre joviales. Sumérjase en el azul profundo del blue Monday y verá que, en lo más hondo, hay Alguien que sufre con usted, que no nos deja solos. Alguien que, por amor, ha querido descender con cada ser humano hasta el límite del dolor para acompañarlo y rescatarlo, para darle un sentido al sinsentido. Alguien que nos ha explicado que la felicidad está en darse al otro, no en buscarse a sí mismo.

Acabamos de celebrar el nacimiento del “Dios con nosotros” y, más pronto que tarde, estarán aquí las celebraciones de su pasión y muerte. Entonces, y ahora, no hay que perder la esperanza de que morir se acaba con la alegría definitiva de la resurrección. Así que, ¡Feliz Blue Monday!, pero no dejemos de amar, no dejemos de esperar.

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