Aus der FederSantiago Zapata Giraldo

La participación cristiana en la sociedad

El cristiano no puede desentenderse de la sociedad: está llamado a transformarla desde la caridad, la prudencia y el compromiso con el bien común.

18 de Oktober de 2026-Lesezeit: 5 Minuten
cristiano sociedad

Cada vez vemos que la sociedad se envuelve en un egoísmo que no deja en realidad avanzar, luchas por ideas diferentes o por opiniones que no agradan a un cierto grupo. Pero ¿es necesario que un cristiano este en estos aspectos? Si nos fijamos podríamos decir que no, o simplemente pasar y preocuparme de mi vida cristiana, pero ¿eso está bien?

La participación de todos los ciudadanos no puede envolverse en la excusa de que no le corresponde, porque en una sociedad cada individuo es importante. Pero ¿Qué es una sociedad para un cristiano? Si nos vamos al catecismo en el encontramos una explicación preciosa: “Algunas sociedades, como la familia y la ciudad, corresponden más inmediatamente a la naturaleza del hombre. Le son necesarias. Con el fin de favorecer la participación del mayor número de personas en la vida social, es preciso impulsar, alentar la creación de asociaciones e instituciones de libre iniciativa” (1882) la sociedad hace parte de la naturaleza del hombre, entonces ¿Por qué no participar activamente en ella? 

El cristiano está llamado a participar en el mundo, pero no de una manera de odio, sino más bien demostrar que la sociedad se abarca desde una perspectiva del bien, “abarca el conjunto de aquellas condiciones de vida social con las cuales los hombres, las familias y las asociaciones pueden lograr con mayor plenitud y facilidad su propia perfección” (GS 74) 

Si nos fijamos, el vivir en comunidad está previsto no como algo meramente externo, por facilidad o simplemente por gusto, sino que trae consigo la relación entre personas que logra encarnar que somos imagen de Dios, y esto, de modo no se olvida de la igualdad y la dignidad que tiene cada persona humana por el simple, pero al mismo tiempo grandioso hecho de ser pensado e hijo de Dios. En esto entra la prudencia, que si nos vamos a santo Tomas nos encontramos que es algo que no corresponde a un propio parecer, sino más bien al del bien común, “dado que es propio de la prudencia deliberar, juzgar y ordenar los medios para llegar al fin debido, es evidente que la prudencia abarca no sólo el bien particular de un solo hombre, sino el bien común de la multitud” (Summa Theologiae, II-II, q. 47, a, 10) el pensar en el bien común, es también atender a la caridad, sabiendo en cada momento lo que más conviene, analizando arduamente la necesidad de los demás, que atiende a un mandado divino. Esta virtud cardinal pone en práctica nuestro juicio, por lo tanto no está algo hecho para mí solo, sino también para el servicio a los demás. 

Si nos fijamos nuestra vida diaria, cotidiana, está llena de juicios donde la prudencia está presente, y es donde muchas veces pensar en el otro también es necesario para una sana participación, el empaparse del mundo, del sonido del mundo, del saber del mundo sin llegar a ser un mundano, es también una característica de nuestra vida ordinaria. 

La prudencia entra además en el derecho de participar activamente del futuro de una sociedad, de su organización y de su representación, y ver cuando algo de lo que hacen parte como la sociedad, no defiende lo más importante; la dignidad de cada  persona, eso cada uno es importante: “Su colaboración leal entraña el derecho, a veces el deber, de ejercer una justa crítica de lo que les parece perjudicial para la dignidad de las personas o el bien de la comunidad” (CCE, 2238) nuestro deber no solo es participar cuando todo fluye correctamente, sino también con la prudencia establecer aquello que ataca a la integridad de la sociedad, y sus bases que son las personas, con su dignidad, desde su concepción hasta su muerte, porque es sagrada.

En esto, un texto importante fue Caritas in veritate, de Benedicto XVI, cuando lograba encontrar esa conexión entre el bien común, la vocación y la participación. Todo cristiano, está llamado a la caridad, pero, como dije antes, esto no es simplemente ayudar económicamente a un desfavorecido, sino también ayudar en la sociedad a que cada vez sean menos lo que están desfavorecidos, cada uno desde la vocación de donde el Señor ha suscitado. “Desear el bien común y esforzarse por él es exigencia de justicia y caridad” (Caritas in veritate, 7) la exigencia de cada uno, de ser partícipes de una misma realidad, es contribuir al fin y al cabo de una esperanza que es que cada uno conozca el bien y que su dignidad no sea vulnerada por esa falta de justicia y equidad. 

Es importante pensar también en que vivimos tiempos donde la conciencia del bien común cada vez se ve más degradada por un constante egoísmo, de igual forma por un querer efímero de las cosas, rápidas y pasajeras que abandonan completamente el pensar en el otro sino más bien satisfacer las necesidades mías. Es un error pensar en que solo en la sociedad con que se sacie mi persona, en muchos casos el yo, se puede llegar a un progreso, es casi irracional pensarlo, “cuando se considera la naturaleza, y en primer lugar al ser humano, fruto del azar o del determinismo evolutivo, disminuye el sentido de la responsabilidad en las conciencias” (Caritas in veritate, 48) si pensamos en que la naturaleza tiene detrás una mente divina, empezaremos a ver que en realidad es un don que se da gratuitamente, en cambio si pensamos en el azar, no pensamos en lo divino, y se abaja tanto la dignidad de la persona que logramos pensar que podemos jugar con ella como si fuéramos dueños de la misma. Por tanto, la conciencia de una creación divina es importante para pensar en el progreso y el bien común. ´

Un papel importante y es algo que además podemos pensar es de la libertad, para decidir y para juzgar, para opinar y también para actuar. Aquí si nos fijamos la prudencia se incrusta de forma esencial en las decisiones que hagamos con libertad. En esto san Josemaría nos dice: “Un hombre sabedor de que el mundo —y no sólo el templo— es el lugar de su encuentro con Cristo, ama ese mundo, procura adquirir una buena preparación intelectual y profesional, va formando —con plena libertad— sus propios criterios sobre los problemas del medio en que se desenvuelve; y toma, en consecuencia, sus propias decisiones que, por ser decisiones de un cristiano, proceden además de una reflexión personal, que intenta humildemente captar la voluntad de Dios en esos detalles pequeños y grandes de la vida” (conversaciones, 116) es ver en cada momento, el formar el carácter que cada momento necesita ante todo para lograr hacer del trabajo y de la vida ordinaria un lugar para hacer mostrar la voluntad de Dios, y es ahí, donde la voluntad de Dios se impone como referente, es ahí donde se ve el bien común. Una sociedad que se olvida de estos factores, como el trabajo o el enriquecimiento intelectual para ayudar al bien común nunca lograra llegar a ese bien.

Por lo tanto; el ser cristiano y más como nosotros en medio del mundo no puede estar inscrito a una realidad que nos es ajena, es más bien esto un pensamiento egoísta de la relación caridad y prudencia. No pensamos en el otro y al mismo tiempo pensamos en una visión egocéntrica de mi bien.

Somos hermanos en Cristo, hijos de Dios y vivimos en una sociedad, que nos ayuda a crecer y reconocer en las dos primeras cosas. La sociedad o más bien la realidad humana no le quita nada al hombre, antes le da. Siempre que pensemos en que todos somos participes de algo en donde no solo estoy yo, sino que están otros.

Así podremos traer al hecho la afirmación de san Agustín “Decís vosotros que los tiempos son malos, sed vosotros mejores y los tiempos serán mejores: vosotros sois el tiempo” (sermón 80). Esto en realidad es lo que pasa hoy, no podemos quejarnos y condenar una sociedad cuando nosotros somos parte de la sociedad, nos estamos viendo a nosotros mismos, pero cada uno aporta desde lo que pueda dar de los talentos que le ha dado el Señor (Cf. Mt 25, 14-30). Los mejores talentos, aunque sea solo uno, es la mejor expresión de cómo actúa el Señor de nosotros como instrumentos,  y en esto que mejor ejemplo como lo son los santos lo supieron dar y en especial santa María, que supo ser instrumento fiel del Señor hasta el final.

Der AutorSantiago Zapata Giraldo

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