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Santa Teresa de Jesús «está viva»: las claves de su mensaje según san Juan Pablo II

El 1 de noviembre de 1982, durante su viaje a España, san Juan Pablo II visitó Ávila y dedicó una homilía a santa Teresa de Jesús, a quien presentó como maestra de oración, defensora de la dignidad de la mujer y ejemplo de amor a Cristo y a la Iglesia.

Teresa Aguado Peña-15 de październik de 2026-Czas czytania: 5 minuty
Teresa od Jezusa

El 15 de octubre, fiesta de santa Teresa de Jesús, las enseñanzas de la santa de Ávila cobran especial relevancia en el mundo de hoy. Así lo recordaba hace casi 44 años, san Juan Pablo II, cuando acudió a la ciudad natal de la carmelita para rendir homenaje a quien definió como «la errante de Dios, la reformadora del Carmelo, la gloria de España y luz de la santa Iglesia, honor de las mujeres cristianas, presencia destacada en la cultura universal».

La visita tuvo lugar durante el cuarto centenario de la muerte de santa Teresa, en el marco del viaje apostólico del Papa a España, en noviembre de 1982. En su homilía del 1 de noviembre, solemnidad de Todos los Santos, Juan Pablo II recordó que la santa seguía viva en la Iglesia: «Santa Teresa de Jesús está viva, su voz aún resuena en la Iglesia».

Para el Pontífice, su legado había superado las fronteras de su tiempo y de la Iglesia católica. Teresa había llamado a otros «a la amistad con Cristo» y abierto «nuevos caminos de fidelidad y servicio a la santa madre Iglesia». Su doctrina, añadió, había iluminado a sacerdotes, religiosos y laicos, especialmente a través de la oración y la caridad.

Una maestra de oración que conduce a Cristo

Uno de los aspectos centrales de la homilía fue la enseñanza teresiana sobre la oración. Juan Pablo II subrayó que, para santa Teresa, la vida cristiana no consistía en acumular pensamientos, sino en crecer en el amor. Recordó una de sus expresiones más conocidas: la oración «no consiste “en pensar mucho, sino en amar mucho”», porque «todos son naturalmente capaces de amar».

El Papa destacó también la actualidad de su doctrina ante ciertas formas de contemplación que podían alejar de Jesucristo. Teresa, explicó, había reaccionado contra los libros que presentaban la contemplación como una vaga inmersión en la divinidad o como un simple «no pensar en nada». La santa veía en ello «el peligro de replegarse sobre uno mismo, de alejarse de Jesús».

Juan Pablo II advirtió que aquella llamada seguía vigente frente a «ciertas técnicas de oración que no están inspiradas por el Evangelio y que, en la práctica, tienden a prescindir de Cristo en favor de un vacío mental que no tiene cabida en el cristianismo».

Y precisó el criterio fundamental para discernir la validez de cualquier método de oración: «Toda técnica de oración es válida en la medida en que se inspira en Cristo y conduce a Cristo, el camino, la verdad y la vida (cf. Jn. 14:6)».

En la experiencia espiritual de Teresa, Cristo no era una idea abstracta ni un concepto al que llegar mediante técnicas interiores. Era una persona con la que establecer una relación de amistad. Por eso, el Papa describió la contemplación teresiana como «una apertura humilde a Cristo y a su cuerpo místico, que es la Iglesia».

La humanidad de Cristo y la dignidad de la mujer

San Juan Pablo II quiso destacar asimismo la manera en que santa Teresa contemplaba la humanidad de Jesús. La santa había aprendido a buscarlo en las palabras del Evangelio, en la meditación de la Palabra y en las imágenes del Señor. Así podía acercarse a Él con confianza y reconocerlo como compañero de camino.

«¡Qué horizontes de familiaridad con Dios nos abre Teresa en la humanidad de Cristo!», exclamó el Pontífice. Para ella, la humanidad de Jesús era puerta y camino hacia el misterio de Dios.

Esta cercanía con Cristo tuvo también consecuencias en su comprensión de la dignidad humana. Juan Pablo II señaló que Teresa había sabido defender la dignidad de la mujer y sus posibilidades de servicio en la Iglesia, incluso en una época marcada por un fuerte antifeminismo.

Santa Teresa había encontrado en el Evangelio la actitud de Jesús hacia las mujeres, a las que trataba con respeto y benevolencia. Por eso, el Papa recordó estas palabras de Teresa:  «No aborreciste, Señor de mi alma, a las mujeres cuando anduviste por el mundo; al contrario, siempre las favoreciste con gran benevolencia» (Camino de Perfección, Autógrafo de El Escorial, 3.7).

El Pontífice relacionó esta enseñanza con la valoración de toda persona. Citando otra oración de la carmelita, recordó que «el mejor servicio que se te puede prestar es abandonarte para servirles y beneficiarlos». Y destacó la unión inseparable entre el amor a Dios y el amor al prójimo: «Quien no ama a su prójimo no te ama a ti, Señor mío, porque vemos demostrado por esa sangre el gran amor que tienes por los hijos de Adán» (Exclamación, 2.2)».

«La pasión por la Iglesia»

Otro de los ejes de la homilía fue el amor de santa Teresa a la Iglesia. Juan Pablo II afirmó que este había sido el centro de su vida, como expresión de su amor a Cristo y de su deseo de salvación para toda la humanidad.

Teresa vivió en una época de divisiones y tensiones eclesiales, que sintió como heridas abiertas. Su respuesta fue impulsar una renovación espiritual y fundacional, convencida de que la Iglesia debía edificarse mediante la santidad. El Papa subrayó que su servicio no se limitó a la vida contemplativa, sino que estuvo unido a una profunda preocupación por la misión de la Iglesia.

En este contexto, recordó las palabras con las que la santa expresó su gratitud al final de su vida: «Gracias… Dios mío… por haberme hecho hija de tu santa Iglesia católica». Otro testimonio recoge una expresión igualmente significativa: «Bendito sea Dios… porque soy hija de la Iglesia».

Para Juan Pablo II, esta declaración resumía el título de honor que Teresa había legado a los cristianos: amar a la Iglesia y servirla con generosidad. Su reforma del Carmelo, sus fundaciones y su vida de oración nacían de ese deseo de fidelidad.

El Pontífice animó también a los carmelitas descalzos, herederos de su espíritu contemplativo y apostólico, a mantener vivo el mensaje de santa Teresa de Jesús y san Juan de la Cruz mediante la oración y el apostolado.

«En estos tiempos se necesitan amigos firmes de Dios»

Al concluir su homilía, san Juan Pablo II presentó a Teresa como una figura que seguía acompañando a la Iglesia. Recordó que, en su lecho de muerte, había dicho: «Es hora de emprender el camino». Para el Papa, aquella mujer en marcha era también imagen de la Iglesia, que avanza a través de la historia.

Teresa conocía las dificultades del camino, pero invitaba a recorrerlo con la mirada puesta en Dios. Por eso, Juan Pablo II recuperó una de sus consignas espirituales: “Fijemos la mirada en Cristo nuestro Dios” (cf. El Castillo Interior, I, 2.11), para abrirle poco a poco las puertas del corazón de toda la humanidad. Así, el luminoso Cristo de Teresa de Jesús será en su iglesia «redentor del hombre, centro del cosmos y de la historia».

El Papa había destacado también la recepción de su mensaje entre los jóvenes y quiso ofrecerles una frase de la santa como orientación para su vida: «En estos tiempos se necesitan amigos firmes de Dios» (Vida, 15.5).

Casi 44 años después de aquella homilía en Ávila, las palabras de san Juan Pablo II permiten volver a lo esencial de la propuesta teresiana: una oración que conduce al encuentro personal con Cristo, una vida espiritual inseparable del amor al prójimo y una fidelidad a la Iglesia que se traduce en servicio.

Su mensaje final sigue siendo una invitación a mirar a Jesús. Como expresó el Pontífice, el deseo es que, en el camino de la Iglesia y en el de cada cristiano, Cristo sea «camino, verdad y luz».

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