{"id":40421,"date":"2024-07-07T06:00:00","date_gmt":"2024-07-07T04:00:00","guid":{"rendered":"https:\/\/omnesmag.com\/?p=40421"},"modified":"2024-07-01T12:38:05","modified_gmt":"2024-07-01T10:38:05","slug":"sacerdotes-de-novela-paseo-literario","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.omnesmag.com\/zh\/actualidad\/sacerdotes-de-novela-paseo-literario\/","title":{"rendered":"Sacerdotes \u201cde novela\u201d, un paseo literario"},"content":{"rendered":"<p class=\"wp-block-paragraph\">Tal y como aparece en muchas obras literarias, el sacerdote es calificado, despectivamente, como \u201cclerical\u201d, vertiendo sobre su persona y su misi\u00f3n un juicio claramente negativo. En la historia de la literatura la figura del sacerdote siempre ha estado muy presente, pero en la novela actual ha adquirido un tono cr\u00edtico generalizado: se suelen ridiculizar comportamientos y actitudes de cl\u00e9rigos, y se percibe un cierto deseo, un tanto impl\u00edcito, de difundir un gran \u201cdesprestigio social\u201d sobre la figura del sacerdote. La herencia cristiana y clerical, especialmente si nos referimos a la literatura contempor\u00e1nea, es considerada como un fardo pesado del que debe liberarse la sociedad cuanto antes, para adquirir su autonom\u00eda, su madurez y su emancipaci\u00f3n.<\/p>\n\n\n\n<h2 class=\"wp-block-heading\"><strong>Los cl\u00e1sicos<\/strong><\/h2>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">En el Siglo de Oro espa\u00f1ol, Cervantes nos presenta al cl\u00e9rigo del pueblo en que naci\u00f3 su caballero de la triste figura. Es un cl\u00e9rigo lector, aunque escasamente ilustrado. Un cl\u00e9rigo que ten\u00eda miedo a la literatura. Decide que los libros de caballer\u00eda que hab\u00edan vuelto loco a su buen vecino don Quijano sean echados a la hoguera. Cervantes no juzga, pues no quer\u00eda \u201chacer sangre\u201d con el estamento clerical. Cervantes cuenta cosas que le pasaron a \u00e9l, porque bien sabe que a esos cl\u00e9rigos no les pasa sino lo que dec\u00eda santa Teresa: que \u201cno sab\u00edan m\u00e1s ni daban para m\u00e1s\u201d.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Quevedo, en su inmortal \u201cHistoria del Busc\u00f3n llamado Pablos\u201d, presenta un cl\u00e9rigo sucio \u201ccomo rata de alba\u00f1al, de sotana ra\u00edda, casi verde de descolorida y llena de mugre\u201d<em>.<\/em> Y es que Quevedo, que conoc\u00eda bien el estamento clerical, porque era asiduo visitador de conventos y capillas, llevaba mal la avaricia de muchos de los sacerdotes con los que trat\u00f3. Y a este aspecto, hay que sumar las desavenencias personales con<em> <\/em>\u201csacerdotes-poetas\u201d coet\u00e1neos suyos: G\u00f3ngora y Lope de Vega. Aquellos eran tiempos en que muchos escritores eran sacerdotes y\/o religiosos: Fray Luis de Le\u00f3n, Tirso de Molina, Calder\u00f3n de la Barca, san Juan de la Cruz\u2026 Sol\u00edan estar muy bien formados, eran muy cultos, y por el trato y el estudio, estaban muy cerca de quienes ejerc\u00edan de cl\u00e9rigos.<\/p>\n\n\n\n<h2 class=\"wp-block-heading\"><strong>Las primeras novelas<\/strong><\/h2>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Hubo que esperar algunos siglos para que apareciera en la novela un sacerdote como protagonista. Lleg\u00f3 en 1758 con la \u201cHistoria del famoso predicador Fray Gerundio de Campazas\u201d<em>, <\/em>del jesuita Francisco Jos\u00e9 de Isla: una divertida s\u00e1tira contra los predicadores altisonantes y huecos, \u201ccuras espanto de los p\u00falpitos de la comarca\u201d<em>.<\/em> Libro lleno de iron\u00eda y de burla, porque era la manera de se\u00f1alar uno de los defectos clericales m\u00e1s comunes.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">En las primeras novelas del siglo XIX, cuando el escritor imaginaba que el cura era un fil\u00f3n lo suficientemente rico como para no desaprovecharlo, de lo que se echaba mano era de varios \u201ct\u00f3picos\u201d del mundo rural y de las costumbres m\u00e1s o menos p\u00fablicas, por las que el sacerdote no daba un ejemplo acorde con su estado. El cura, por ejemplo, manten\u00eda una vida amancebada o viv\u00eda una \u201cdoble vida\u201d. Podemos recordar lo que santa Teresa escribi\u00f3 en el \u201cLibro de la Vida\u201d (cap. V) cuando, a su paso por Becedas, supo que el cura viv\u00eda \u201camancebado\u201d con una mujer.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Suele ser un t\u00f3pico que el cura que ten\u00eda en casa una sirvienta, su trato suele derivar hacia algo demasiado familiar, que \u201cliterariamente\u201d va m\u00e1s all\u00e1 del posible servicio a la casa. Normalmente, tambi\u00e9n es un \u201ct\u00f3pico literario\u201d, se recurr\u00eda, para hablar mal del cura, a su afici\u00f3n a la buena mesa o a su vespertina costumbre de tomar j\u00edcaras de chocolate con picatostes. De hecho, hay un chocolate que se llamaba \u201cdel can\u00f3nigo\u201d y que se anunciaba en las paredes de los bares de los pueblos con un gordo mos\u00e9n que asomaba por encima de la taza y camino de su boca el picatoste, untado ya con el chocolate espeso y casi olfativo. Con parecidos \u201celementos narrativos\u201d compuso Clar\u00edn \u201cLa Regenta\u201d<em> <\/em>o Juan Valera \u201cPepita Jim\u00e9nez\u201d<em> <\/em>o de Torrente Ballester \u201cLos gozos y las sombras\u201d<em> <\/em>o P\u00e9rez Gald\u00f3s \u201cFortunata y Jacinta\u201d\u2026<\/p>\n\n\n\n<h2 class=\"wp-block-heading\"><strong>Malas costumbres, vocaciones dudosas<\/strong><\/h2>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">A estas malas costumbres, seg\u00fan algunos, se llegaba porque en los seminarios se daba a los futuros sacerdotes una formaci\u00f3n\/deformaci\u00f3n que solo atend\u00eda a los defectos que hab\u00eda que evitar y a las asechanzas morales contra las que hab\u00eda que estar prevenidos, m\u00e1s que a las virtudes con las que el sacerdote deb\u00eda estar adornado. Juan Valera, por ejemplo, lleva a consecuencias casi dram\u00e1ticas, dentro del sentimentalismo general de la novela \u201cPepita Jim\u00e9nez\u201d<em> <\/em>(1874), la experiencia del seminarista Luis de Vargas, a partir del momento en que se topa en su vida con Pepita Jim\u00e9nez, una mujer viuda y de exquisita sensibilidad, contra la que el seminarista no encuentra muchos argumentos. El seminarista se da cuenta que el camino por el que Dios lo est\u00e1 llamando no es el que, quiz\u00e1 un poco \u201cinconscientemente\u201d, hab\u00eda emprendido.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">En las novelas de P\u00e9rez Gald\u00f3s aparecen tambi\u00e9n numerosos cl\u00e9rigos \u201csin vocaci\u00f3n\u201d, una vocaci\u00f3n, la sacerdotal, que en repetidas ocasiones cuestion\u00f3 el escritor canario. No son demasiado ejemplares los curas que desfilan por la novel\u00edstica galdosiana: ni los que salen como personajes corrientes en la vida del pueblo, ni aquellos otros a los que Gald\u00f3s pinta con una mirada cr\u00edtica y acerba. \u201cTormento\u201d (1883) es, posiblemente, la primera novela espa\u00f1ola que trata el \u201cproblema del <a href=\"https:\/\/www.omnesmag.com\/zh\/%e5%b1%95%e7%a4%ba\/celibato-cuestionado\/\">celibato sacerdotal<\/a>\u201d y de su mala vivencia, sobre todo cuando en la vida del sacerdote se cruza el amor de una mujer. Aunque, ciertamente, Gald\u00f3s no hace \u201cuna tesis\u201d con este tema.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Esta visi\u00f3n galdosiana del cl\u00e9rigo que en medio del mundo no vive gozosamente su celibato, es recogida por Leopoldo Alas Clar\u00edn, en la que es posiblemente una de las tres mejores novelas de la literatura espa\u00f1ola, \u201cLa Regenta\u201d<em> <\/em>(1885). Clar\u00edn juega con los sentimientos y la tentaci\u00f3n del can\u00f3nigo Magistral catedralicio, al que le sobra vanidad y le falta sensatez. Le pueden las circunstancias sociales y dom\u00e9sticas, que ponen en peligro su fidelidad a una vocaci\u00f3n que no sabe c\u00f3mo orientarla, para que no se la devore una ciudad (Vetusta\u00ad Oviedo) en la que vive cotidianamente.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Ya en el siglo XX, en 1943, Gonzalo Torrente Ballester publica su primera novela: \u201cJavier Mari\u00f1o\u201d<em>,<\/em> donde hay mucho de autobiogr\u00e1fico en este relato del maestro gallego: hay recuerdos evidentes de su paso por un seminario en el que \u201cno cuaja\u201d, a pesar de todos sus esfuerzos, una pretendida vocaci\u00f3n sacerdotal. El autor no se entretiene demasiado en aclarar algunos de los comportamientos de su personaje; sin embargo, no cabe duda de que, a pesar de las acusaciones que contra esta novela se han vertido, el libro tiene la honradez de no querer enga\u00f1ar a nadie. A la postre, si hay alguna vocaci\u00f3n que debe ser examinada con sinceridad, \u00e9sa es la de quien se cree llamado a la vida sacerdotal.<\/p>\n\n\n\n<h2 class=\"wp-block-heading\"><strong>Realidades y prejuicios<\/strong><\/h2>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Pero no todo es drama y conflicto. La visi\u00f3n que algunas novelas m\u00e1s recientes han tenido sobre los sacerdotes, han manifestado momentos de \u201cgloriosa exaltaci\u00f3n\u201d. Santos Beguiristain, \u201cPor esos pueblos de Dios\u201d<em> <\/em>(1953) y Jos\u00e9 Luis Mart\u00edn Descalzo, \u201cUn cura se confiesa\u201d<em> <\/em>(1961), dejaron algunos de esos elementos \u201claudatorios\u201d en la visi\u00f3n personal que de s\u00ed mismos y de su sacerdocio \u201cllegaron a novelar\u201d, porque su historia personal fue lo que dio argumento a sus novelas. Los curas que aparecen en estos libros son curas reales, sin grandes virtudes, con los defectos que todos tenemos, y, sobre todo, con una gran ilusi\u00f3n por llevar hasta la meta el sacerdocio que recibieron cuando todav\u00eda eran muchachos de pueblo, cargados de sue\u00f1os y de esperanzas.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">En la segunda mitad del siglo XX, dos son fundamentalmente las acusaciones dirigidas contra el clero: la introducci\u00f3n de la noci\u00f3n de pecado y la b\u00fasqueda afanosa del poder. Es recurrente recordar el \u201chorror clerical\u201d (Lourdes Ortiz), pues \u201ccon tanto pecado, con tanto demonio\u201d (Ray Loriga en \u201cLo peor de todo\u201d<em>, <\/em>1992) pretenden introducir a los hombres en el \u201claberinto de la culpa\u201d (como el personaje de Juan Mir\u00f3n, de Luis Landero en \u201cCaballeros de fortuna\u201d<em>, <\/em>1994).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">De este modo, los escritores crean \u201cespacios psicol\u00f3gicos\u201d en los que no es posible disfrutar, \u201cen una sociedad represiva, mediocre e hip\u00f3crita\u201d (Lourdes Ortiz), habitada por un \u201creba\u00f1o de criaturas dulces y bovinas que a\u00fan iban a misa los domingos\u201d (Luc\u00eda Etxebarr\u00eda, \u201cBeatriz y los cuerpos celestes\u201d<em>, <\/em>1998). Los sacerdotes buscan imponer un \u201cordenamiento de cementerio\u201d (Francisco Umbral, \u201cLos helechos arborescentes\u201d<em>, <\/em>1979) y una \u201creligi\u00f3n de esclavos\u201d (F. Umbral, \u201cLas ninfas\u00bb<em>, <\/em>1975).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Esta tensi\u00f3n es el hilo conductor de nuestra novel\u00edstica m\u00e1s reciente: la figura clerical del sacerdote es la ant\u00edtesis de lo que pide y permite el goce del cuerpo y de la vida. \u201cLas afueras de Dios\u201d<em> <\/em>de Antonio Gala refleja, claramente, la lucha y la victoria de la hermana Nazaret, que pasa a ser Clara Ribalta cuando abandona el convento y se reencuentra con el amor y con la vida, en las \u201cafueras de Dios\u201d<em>.<\/em> Es una \u201cprueba fehaciente\u201d de esta \u201ctesis\u201d hedon\u00edstica, pues en el seno de la Iglesia, aunque haya algunas personas (tambi\u00e9n sacerdotes) que intentan abrir otras perspectivas, acaba imponi\u00e9ndose la negaci\u00f3n de la vida. Eso dicen. Por eso es comprensible que no haya vocaciones, pues \u201clos j\u00f3venes tratan de aprovechar su juventud y su vida sin c\u00e1lculos ni planes\u201d<em>,<\/em> como indica el jubilado Luciano a su hermana religiosa en \u201cUna tienda junto al agua\u201d<em> <\/em>(1991) de Gustavo Mart\u00edn Garzo.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Mediante la imposici\u00f3n de sus ideas y el control de las conciencias los sacerdotes son presentados como exponentes de un dominio sutil de la sociedad. As\u00ed configuran esas ciudades \u201cmezquinas\u201d, \u201ccementerios de hojas secas\u201d<em>,<\/em> clausuradas por una \u201cmoral cl\u00e1sica y cerrada\u201d, al modo de \u201cCiudad lev\u00edtica\u201d<em>, <\/em>la Cuenca natal de Ra\u00fal del Pozo, 2001, o la Valladolid de la adolescencia de Umbral, descrita en \u201cEl hijo de Greta Garbo\u201d<em>, <\/em>marcada por<em> <\/em>\u201cel paisanaje clerical\u201d<em>,<\/em> soberbio y fatuo, lejano a la sensibilidad de la gente, o la Oilea de \u201cDonde siempre es octubre\u201d<em>, <\/em>de Espido Freire (2001).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">De modo semejante describe Le\u00f3n Luis Mateo D\u00edez en \u201cLa fuente de la edad\u201d<em> <\/em>como \u201curbe maldita\u201d, \u201ccad\u00e1ver perdido\u201d, cerrada en su \u201cmezquina memoria\u201d, cuyos habitantes son \u201chijos de la ignominia\u201d porque est\u00e1n gobernados por los m\u00e1s hip\u00f3critas e in\u00fatiles y por \u201clas sotanas\u201d. Incluso una generaci\u00f3n de escritores posterior, como es Valde\u00f3n Blanco define la ciudad de Valladolid como \u201cteologal, agustiniana y conventual\u201d<em>,<\/em> opuesta al desarrollo de la ciudad moderna, industrial y universitaria (\u201cLos fuegos rojos\u201d<em>, <\/em>1998).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Las figuras sacerdotales aparecen, por tanto, bajo una luz oscura, centrada principalmente en su comportamiento y en las relaciones intraeclesiales. En \u201cMazurca para dos muertos\u201d<em>, <\/em>de Camilo Jos\u00e9 Cela, se manifiesta la ambivalencia de los sacerdotes gallegos, en l\u00ednea con la producci\u00f3n general del autor.<\/p>\n\n\n\n<h2 class=\"wp-block-heading\"><strong>Coordenadas de una visi\u00f3n negativa<\/strong><\/h2>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Tambi\u00e9n autores que se mueven m\u00e1s directamente en un ambiente cristiano no ocultan su actitud \u201canticlerical\u201d, incluidos Jos\u00e9 Jim\u00e9nez Lozano y Miguel Delibes. El primero, ya desde su primeriza obra \u201cUn cristiano en rebeld\u00eda\u201d denuncia la \u201cdura mollera\u201d de los hombres de Iglesia, talante que ha marcado la actitud inquisitorial de la Iglesia en Espa\u00f1a, como quiere probar en su investigaci\u00f3n sobre \u201cLos cementerios civiles y la heterodoxia espa\u00f1ola\u201d<em>. <\/em>Es un tema que aparece en novelas como \u201cEl sambenito\u201d<em> <\/em>o \u201cHistoria de un oto\u00f1o\u201d<em>, <\/em>pero que se prolonga en la actualidad en obras como \u201cUn hombre en la raya\u201d<em> <\/em>(2000).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Miguel Delibes, por su parte, retrata el car\u00e1cter oscuro y agrio de una religiosidad estrecha y sombr\u00eda, que puede rozar la hipocres\u00eda (\u201cLa sombra del cipr\u00e9s es alargada\u201d, \u201cMi idolatrado hijo Sissi\u201d, \u201cCinco horas con Mario\u201d)<em>, <\/em>frente a lo cual quiere abrir perspectivas religiosas m\u00e1s cercanas y m\u00e1s humanas en \u201cSe\u00f1ora de rojo sobre fondo gris\u201d<em> <\/em>o \u201cCartas de un sexagenario voluptuoso\u201d<em>. <\/em>Su \u00faltima novela \u201cEl hereje\u201d<em> <\/em>contrapone, ya desde la misma dedicatoria, una religiosidad inquisitorial a la aut\u00e9ntica religi\u00f3n libre, propia del esp\u00edritu.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Completamente autobiogr\u00e1fico es el relato de Javier Vill\u00e1n \u201cSin pecado concebido\u201d<em> <\/em>(2000). El paso del autor por el Seminario de Palencia no fue, precisamente, el paso alegre y con paz ni tampoco un tiempo de concordia consigo mismo. El autor comienza diciendo que \u201cla primera noche que pas\u00e9 en el Seminario fue una noche triste\u201d<em>.<\/em> Luego vendr\u00edan muchas m\u00e1s. Y es que \u201clos d\u00edas de esas noches tampoco fueron himnos de gloria y sosiego\u201d. Javier Vill\u00e1n cuenta con evidente despego, algunas de las experiencias que tuvo que aguantar en los a\u00f1os que vivi\u00f3 en la casa diocesana de formaci\u00f3n. Al final, acab\u00f3 por abandonarla porque, posiblemente, dice con amargura el autor, \u201cel futuro no existe\u201d<em>.<\/em><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">El subt\u00edtulo del libro ya nos dejaba entrever cu\u00e1l era el final al que nos quer\u00eda llevar: \u201cGozos y tribulaciones de un seminarista\u201d.<em> <\/em>Este rechazo a la formaci\u00f3n clerical viene movida, sobre todo, por la imposici\u00f3n de dogmas o verdades irracionales, y especialmente por los \u201cdiques que presenta al goce de la vida\u201d, al despliegue de los instintos, al juego del deseo&#8230; Por eso, concluye: \u201cDios no se encuentra en el culto presidido por los sacerdotes, sino fuera de los templos, en el contacto con la tierra y naturaleza\u201d.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Estamos viendo c\u00f3mo en la consideraci\u00f3n de la figura del sacerdote confluyen dos coordenadas, pero que se retroalimentan mutuamente, provocando una visi\u00f3n negativa del sacerdote. Por un lado, se detecta el peso hist\u00f3rico que ha pasado al imaginario colectivo de la sociedad espa\u00f1ola, y por otro, la emancipaci\u00f3n del hombre, exaltando su autonom\u00eda racional y su libre voluntad para poder conseguir lo que quiere, sus apetencias, deseos e instintos, todo ello, bajo la bandera de la reivindicaci\u00f3n de las \u201cnuevas libertades\u201d. As\u00ed, la funci\u00f3n sacerdotal parece \u201cencarnar\u201d una represi\u00f3n que debe ser superada. La figura del sacerdote focaliza el papel y significado de la Iglesia, en cuanto institucionalizaci\u00f3n de una determinada religi\u00f3n, y el del cristianismo, en cuanto su magnitud hist\u00f3rica.<\/p>\n\n\n\n<h2 class=\"wp-block-heading\"><strong>Conclusiones<\/strong><\/h2>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Ante la postergaci\u00f3n de la figura del sacerdote (y de lo que representa) \u00bfcu\u00e1l es entonces el panorama que se dibuja a la luz de la literatura espa\u00f1ola? Lo que se pretende eliminar es el papel mediador de las personas y de la instituci\u00f3n.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Por un lado, la novela ha abierto la perspectiva de una \u201creligi\u00f3n de la nada\u201d (J. Bonilla, Javier Mar\u00edas, J. A. Ma\u00f1as, G. Mart\u00edn Garzo o F. Umbral, que es quien utiliza la expresi\u00f3n), dominada por la experiencia de soledad, de angustia, de sinsentido\u2026 Esta opci\u00f3n deja al hombre solo y abandonado, sometido al destino o al absurdo, y por ello remiten a la fuerza del deseo como \u00fanico camino para la vida, el \u00fanico modo de escapar a la nada. Sin acceso a una realidad fundante, o a un origen amoroso o a una meta esperada, la vida queda reducida a un juego de m\u00e1scaras que se agota en su mera apariencia.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Por otro lado, se abre la perspectiva de una \u201creligi\u00f3n del Todo\u201d que aspira a la fusi\u00f3n con la Vida con toda la gama de posibilidades de goce y de crueldad (A. Gala, T. Moix, L. A. de Villena, F. S\u00e1nchez Drag\u00f3, J. L. Sampedro). Tampoco en esta forma de religiosidad (que puede ser considerada paganismo o sincretismo) se requieren mediadores. Cada uno ha de buscar los medios adecuados para entrar en el \u201c\u00e9xtasis\u201d que pueden aportar determinadas experiencias, y puede asumir indistintamente la violencia y\/o el desinter\u00e9s que esa vida manifiesta, respecto a los individuos concretos.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">El protagonista de la mayor\u00eda de las novelas espa\u00f1olas queda solo ante la Nada o ante la desmesura del Todo. Sobre ese trasfondo puede quedar perfilada de un modo m\u00e1s n\u00edtido la figura del sacerdote, en cuanto act\u00faa \u201cin persona Christi et in nomine Ecclesiae\u00bb<em>. <\/em>Debe hacer perceptible la misi\u00f3n de una Iglesia que vive de la llamada permanente del Se\u00f1or que, en cuanto enviado por el Padre en el poder del Esp\u00edritu, comunica y testifica un don capaz de rescatar al hombre de su soledad, de la fatalidad del destino o de una totalidad que acaba anulando el valor eterno de la persona.<\/p>","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Tal y como aparece en muchas obras literarias, el sacerdote es calificado, despectivamente, como \u201cclerical\u201d, vertiendo sobre su persona y su misi\u00f3n un juicio claramente negativo. 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