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]]>Las mejores historias no llenan telediarios. Las mejores noticias son, precisamente, las que nadie cuenta. Las de fuera de foco. Y no nos damos cuenta cuando, a veces, pasan por la puerta de al lado. Pero son las que más falta hacen. Por eso, érase una vez la primera Comunión de Diego, a los diecinueve años.
Ahí está Diego nervioso, mientras entramos al aparcamiento, decidiendo si terminar de trepar las escaleras de la iglesia (es la hora ya) o bajarlas rápido para saludarnos. El sacerdote le llama, tiene que pasar, y nos hace un gesto con la mano mientras sube corriendo. Él juega de titular hoy. Partido ilusionante.
Del otro lado, Jesús. ¡Cómo de nervioso está también! Lleva diecinueve años esperando, y ya por fin. Me lo imagino como un partido de fútbol: Jesús sabe que sale de suplente revulsivo, cuando llegue la consagración. Y está calentando a conciencia, como el jugador confiante en que va a marcar el gol decisivo.
Ilusionante, confiante, que no ilusionado ni confiado. El participio activo es mil veces mejor que el participio pasivo.
Ahí estamos nosotros, repartidos en los bancos, rezando por Diego. A veces, cuando juega tu equipo y lo ves por la tele, involuntariamente te sale un movimiento del cuerpo como intentando acompañar un cabezazo de tu delantero o una estirada de tu portero. Y nadie te quita el convencimiento de que has ayudado a marcarla, a pararla. Todos a una.
Y todos ya nerviosos, porque se acerca el final de la Misa, prácticamente el descuento. Son esos minutos tensos. Hasta el gol.
Todo se estremece: Diego recibe a Dios.
Jesús y Diego corren a celebrar, se felicitan, agitan los puños, se abrazan. Todo el mundo festeja, es la felicidad máxima. Diecinueve años de espera, y al fin este equipo lo ha conseguido. Nada de lo que se reza se pierde. Diego ha comulgado, por primera vez.
Una conversión es como un gol. Y los goles se celebran con toda la afición. Qué locura poder comulgar. Qué ilusionante, cada vez. Cada Comunión.

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]]>La entrada Limones de contrabando se publicó primero en Omnes.
]]>Los limones, pulidos y amarillos, contrastan con el color gris de las nubes y sacuden con alegría el domingo por la mañana. Volveremos a Madrid, pero llevándonos mercancía asturiana de contrabando.
Los árboles frutales son poemas pero con fotosíntesis de por medio. Arrancamos unos cuantos versos cítricos para aguantar en Madrid, porque aquí hay demasiada niebla y está demasiado lejos. Nos llevamos la poesía a otra parte.
Escribir así: un limón amarillo creciendo en un prado nublado. Leer así: lanzando los limones por los aires.
Supongo que la belleza, para poder transportarla, no puede ser muy grande: diría que tiene el tamaño de un limón apenas, y sonríe como tal. El amarillo de un limón es sencillo, no es pretencioso. El limón no es tan amarillo por el amarillo, en realidad es tan amarillo por el gris. Si el cielo no fuera hoy gris, el limón sería menos rubio.
Es como Madrid un poco: si Madrid no fuera tan oficial y asfalto y reuniones y ruido, probablemente la belleza no resaltaría tanto. Quizá si Madrid no fuera tan reglamentario, nadie esperaría nada de la poesía. La niebla gris es Madrid. La poesía, un coche rojo que llega con kilos de limones amarillos en el maletero.
Cuando la poesía se esconde, hay que arrancarla. Es fácil de encontrar: cuanto más gris hay alrededor, más amarilla se atreve. Y encima se puede agarrar: sólo hay que encaramarse y lanzarla por los aires.
Pero nadie salta siquiera la tapia, porque están los tiempos muy sensibles, muy madrileños, muy reglamentarios. Por eso la belleza tiene que ser pequeñita, y conseguirse en operación relámpago: los limones saben mejor de contrabando.
Quizá tenga razón Miguel d’Ors. Quizá escribir versos sólo sea otra manera de robar limones.
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]]>La primavera se adelanta a cuando mis abuelos no aguantan más para verla, porque necesitan aire y buen tiempo. Mis abuelos tienen un jardín precioso, se esfuerzan en cuidarlo cada día, y conspiran felices sobre sus frutales y sus flores.
Por eso la primavera aparece esa semana de febrero. Porque mis abuelos deciden. Me imagino a la primavera esperando a ver a mi abuelo agarrado al volante, tomando la curva. Y a mi abuela curvando la sonrisa, y exclamando feliz. Entonces la primavera decreta: ya se puede, a trabajar, muchachos. Y la tierra bulle fértil.
Voy los martes a comer a casa de mis abuelos. En la sobremesa hablamos de qué barbaridad cómo pasa el tiempo. Santiago en septiembre entrará en la universidad. Y a Cris le ha ido muy bien esa entrevista de trabajo. La alegría de tener nietos.
Sonrío. Somos cómo los primeros almendros de la primavera. No sé si mis abuelos sonríen porque florecen, o porque mis abuelos sonríen florecen.
Lo que es seguro es que mis abuelos conspiran felices sobre flores y frutales. También sobre sus nietos. Quieren dar el gran golpe: que llegue la primavera.
La primavera de los nietos empieza como la de los almendros: cuando se juntan dos curvas. La que baja hacia su casa, la que dibuja su sonrisa.
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