Javier Sánchez Cervera, autor en Omnes https://www.omnesmag.com/author/javier-s-cervera/ Información de la Iglesia y la sociedad Fri, 28 Nov 2025 12:35:37 +0000 es hourly 1 https://wordpress.org/?v=7.1.4 De la mesa a la Misa, de Emaús a la celebración https://www.omnesmag.com/recursos/de-la-mesa-a-la-misa-de-emaus-a-la-celebracion/ Sat, 10 Aug 2024 04:00:00 +0000 https://omnesmag.com/?p=40063 Las cosas importantes se explican muchas veces y de muchas maneras. Lo que más ayuda siempre es el ejemplo, las propias acciones, pero hay que reconocer que una buena historia puede hacer inolvidable una enseñanza.  Empecemos con la historia. Sucedió el mismo día de la resurrección de Jesús con dos de los seguidores del Maestro […]

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Las cosas importantes se explican muchas veces y de muchas maneras. Lo que más ayuda siempre es el ejemplo, las propias acciones, pero hay que reconocer que una buena historia puede hacer inolvidable una enseñanza. 

Empecemos con la historia. Sucedió el mismo día de la resurrección de Jesús con dos de los seguidores del Maestro que, desilusionados, regresaban a su casa maldiciendo el día en el que pusieron su corazón en Jesús. Lo cuenta san Lucas en el capítulo 24 de su Evangelio.

Comencemos. 

Reconozcamos nuestros pecados

En Misa, como en la vida, Jesús siempre camina con nosotros, otra cosa es que seamos capaces de reconocerlo. Los desilusionados discípulos de Emaús no veían nada, ni siquiera fueron capaces de distinguir a Jesús cuando se puso a su lado. 

En nuestro caso son tantas las cosas que tenemos entre manos que, al comenzar la Eucaristía, el sacerdote nos desea que “el Señor esté con vosotros” y, ciertamente, lo está. Otra cosa es que, como Cleofás y su amigo, nos demos cuenta. Jesús, que ya camina a su lado, les pregunta: “¿Qué conversación es esa que lleváis por el camino?”. “De lo que está lleno el corazón habla la boca”, había dicho Jesús al comenzar su ministerio. Así que la pregunta no era una simple curiosidad. El Maestro que ha venido a “sanar los corazones desgarrados” (Is 61, 1) necesita que le abramos el corazón para ponerse manos a la obra. En la Misa el momento paralelo a este es en el que se nos anima a que “reconozcamos nuestros pecados” con el silencio posterior. Ahí le abrimos el corazón a Cristo, que va a venir después a remendar las heridas. 

Escuchar la Palabra de Dios

Los dos alicaídos caminantes volcaron toda su frustración con el Acompañante misterioso que se interesaba por ellos: todo lo que ha salido mal, las oraciones sin respuesta, las esperanzas frustradas, el trabajo inútil…. Junto a esto, su propia cobardía al huir y dejar solo al Maestro frente a sus enemigos y la forma en la que le mataron, en parte, por su culpa. A sus palabras nosotros, en la Eucaristía, añadimos: “Señor, ten piedad, Cristo, ten piedad.”

Abierto el corazón, podemos empezar a cambiarlo a través del oído. La fe comienza por el oído – “fides ex auditu” (Rm 10, 17)-, y ellos van a escuchar, ahora, la mejor lección de Sagrada Escritura que se ha pronunciado en la historia de la humanidad: “Y, comenzando por Moisés y siguiendo por todos los profetas, les explicó lo que se refería a él en todas las Escrituras”. (Lc 24) En la Misa dominical lo hacemos leyendo dos lecturas, el salmo, el Evangelio y, finalmente, con la predicación de la homilía. Es un bloque intenso pero muy necesario, porque ahí, como aquel día, nos habla realmente Jesús. 

¡Y vaya que si habló! Empezó llamándoles “duros de entendimiento”. Aquel recorrido les abrió los oídos, los ojos, el corazón y lo llenó de fuego, y ellos, mientras seguían caminando, ni se daban cuenta. Así es la oración, así es la lectura de la Palabra de Dios. 

Peticiones

“Cuando llegaron cerca del pueblo adonde iban, Jesús hizo ademán de seguir adelante. Pero ellos le insistieron: ‘Quédate con nosotros’”. 

Aunque no te lo creas, a estas alturas todavía no sabían quién era el que estaba con ellos, aunque era tan grande la fuerza de sus palabras y les había cautivado el corazón de tal forma que tuvieron miedo de volver a estar solos, de volver “a las andadas” y buscaron esa excusa para suplicarle que se quedara. Y lo hizo. 

También nosotros, después de escuchar su Palabra, formulamos nuestras súplicas, “rogamos al Señor” que se quede y que ilumine con su presencia tantos lugares que, de no estar él, nos darían miedo: La enfermedad, las guerras, el hambre, las injusticias, la muerte… 

Ofertorio

Por fin, ya más tranquilos, sentados a la mesa pasarán de las palabras a las obras. Jesús siempre fue más de obras que de palabras, aunque, en esta ocasión, las palabras eran muy necesarias. Ahora van a compartir el alimento, que es tanto como compartir la vida. Sentarse a la mesa de alguien era, para el pueblo judío, una forma de manifestar la intimidad con esa persona, la unión de amistad, el deseo de ser uno solo. Un deseo inalcanzable en el caso de Dios y el hombre. Hasta que llegó Él. 

En Misa vemos cómo el sacerdote comienza a preparar la mesa-altar. Es todo un ritual delicado y lleno de gestos sencillos pero significativos: desplegar el corporal donde se colocará el Cuerpo de Cristo; preparar el cáliz con el vino, signo de la divinidad de Jesús con unas gotitas de agua, signo de nuestra pobre humanidad; ofrecérselos al Padre y orar, inclinado, para que este sacrificio “sea agradable en tu presencia”. Al terminar estos signos el sacerdote se lava las manos para preparar su cuerpo y su alma a lo que va a pasar a continuación. Nosotros ya lo sabemos, Cleofás y su amigo no tenían ni idea.

Consagración

“Él entró y se quedó con ellos. Y estando a la mesa, tomó el pan y pronunció la bendición; luego lo partió y se lo dio. Entonces los ojos de los discípulos se abrieron y lo reconocieron” (Lc 6).

Las palabras que escogió eran las mismas, la forma de pronunciarlas, el gesto al tomar el pan y luego al partirlo. Eso ya lo habían visto en otro lado. Reconocieron que era el mismo que en la Última Cena les había dicho, por primera vez: “Tomad y comed, esto es mi cuerpo”. 

Dicen los exégetas que la narración de la Última Cena es lo primero que se puso por escrito y que pequeños papiros con copias de las palabras y gestos de Jesús en la tarde del Jueves Santo circulaban entre las primeras comunidades de cristianos. Pues bien, esos mismos gestos y esas mismas palabras fueron repetidas por Él mismo después de resucitar en Emaús y son repetidas por Él mismo a través de sus sacerdotes cada día en el altar de todas las iglesias del mundo. Los discípulos lo reconocieron en ese momento. ¡Ojalá que nunca nos acostumbremos al misterio -así se llama- de la transubstanciación!

Comunión

Asombrados, los caminantes no dejaban de mirar el Pan Consagrado, reconociendo la presencia de Jesús en medio de ellos. Esta Presencia será, de ahora en adelante, la que marque el ritmo de nuestra vida espiritual, la “fuente y culmen de nuestra vida cristiana” (LG 11). 

La enseñanza ya estaba sembrada en sus corazones para ellos y para toda la Iglesia hasta el final de los tiempos. Se cumplía la promesa de Jesús: “Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”(Mt 28, 20). Por eso ya Jesús “había desaparecido de su vista” (Lc 6), pero sigue verdaderamente, sustancialmente presente en la Eucaristía.

Comulgar es recibir este Pan Consagrado que es, verdaderamente, Jesús. Él mismo lo había dicho en el discurso del Pan de Vida: “El pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo” (Jn 6, 51), “el que coma mi carne y beba mi sangre tiene vida eterna y yo lo resucitaré en el último día” (Jn 6, 54).

Los discípulos de Emaús se quedaron mirando el Pan Consagrado y ¡con qué emoción lo llevarían a su boca! Jesús ahora es “carne de su carne”, se hace, verdaderamente, uno con nosotros para sanar nuestros corazones desgarrados, para darnos vida eterna, para “divinizarnos”. 

Acción de gracias

Ahora se hacen conscientes los dos -y todos nosotros- del inmenso amor de Cristo manifestado en la Eucaristía. La presencia de Jesús les atrae hacia su interior y ahí reconocen el fuego de su amor. Al terminar de rezar comentan: “¿No ardía acaso nuestro corazón, mientras nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?”. Por fin entienden la obra que el Señor está haciendo con ellos. 

Para nosotros esos minutos de tranquilidad después de la comunión son oro. Son momentos de entrar a lo profundo de nuestro corazón donde está Él y entablar diálogo de amor con quien sabemos que nos ama. Un diálogo que bien podría transcurrir con esta plantilla: “Te quiero, te doy gracias, te pido perdón, te pido ayudo”.

Vuelta a casa

La palabra “Misa” proviene del texto en latín de la Eucaristía. Al final de la celebración el sacerdote decía: “Ite, missa est”. Es decir: “Ahora sois enviados”. Y es que tanta alegría no puede ser solo para unos pocos. El descubrimiento del amor de Dios nos lleva a anunciarlo a los demás, comenzando por los más cercanos. Cleofás y su amigo -tú y yo- “en ese mismo momento, se pusieron en camino y regresaron a Jerusalén. Allí encontraron reunidos a los Once y a los demás […] contaron lo que les había pasado en el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan” (Lc 6).

Así también nosotros al salir de este encuentro con el Maestro podemos dar testimonio a todos del amor que Él nos tiene y de cómo se ha quedado -escondido- para siempre en la Eucaristía. 

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¿Homilías aburridas? Me importan los demás https://www.omnesmag.com/foco/homilias-aburridas-me-importan-los-demas/ Thu, 05 May 2022 05:00:00 +0000 https://omnesmag.com/?p=20417 El Evangelio de San Marcos relata en el cuarto capítulo la parábola de la semilla que crece sola, a continuación narra otra parábola, la del grano de mostaza, al terminar precisa que con muchas parábolas parecidas les exponía la palabra, acomodándose a su entender. Todo se lo exponía con parábolas. Las imágenes y los temas […]

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El Evangelio de San Marcos relata en el cuarto capítulo la parábola de la semilla que crece sola, a continuación narra otra parábola, la del grano de mostaza, al terminar precisa que con muchas parábolas parecidas les exponía la palabra, acomodándose a su entender. Todo se lo exponía con parábolas.

Las imágenes y los temas de conversación que Cristo utiliza en su enseñanza son de lo más variado: Él habla de perlas, tesoros, monedas perdidas, del sembrador, del viento que sopla del sur, de los peces del mar de Galilea, de la semilla de mostaza, del hijo que se va de casa, del esposo que llega a la casa de la novia , de un rey que es coronado, de las yuntas de bueyes, del campo que compra un señor, de la cara del Cesar en la moneda y de miles de temas más.

Creo que si hoy escucháramos al Maestro podríamos oírle extraer sabiduría divina mientas nos habla de los euros, de la última canción de Rosalía, de la situación geopolítica del mundo, de los ingresados por el COVID en la pandemia o de la supercopa que ganó el Real Madrid con un hat trick de Benzemá.

Digamos que el Señor se toma muy enserio la encarnación y cuando decide hacerse hombre abraza todo lo humano, lo mira con atención y extrae lecciones de todo lo que contempla para, como dice el Evangelio, acomodarse a su entender. Estoy seguro que sus grandes maestros, fueron, como no podía ser de otro modo, María y José. La agudeza de nuestra Madre y la profundidad silenciosa de su esposo sabían ver, y hacer ver, mucho más allá, sabían -como señala San Josemaría-  descubrir ese algo divino que en los detalles se encierra.

Siglos después el Concilio Vaticano II precisará:

Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuántos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo. Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón.

Traduciendo: El trabajo y el descanso, el deporte, el ocio, la vida familiar y social, los progresos de la técnica y las expresiones de la cultura, los sucesos de las familias y los movimientos geopolíticos, todo lo humano, en definitiva, debe importarnos porque como decía Terencio nada de lo humano me es ajeno.

Se trata, en definitiva, de estar al cabo de la calle, no pendiente de las modas pero sí conociendo que se cuece en el día a día de aquellos a quienes tenemos que hablar.

En el tenis hay una norma básica: Hay que agacharse. Desde arriba no se puede golpear a la bola porque el efecto que se necesita dar, ya sea cortado o liftado requiere el roce del cordaje de la raqueta sobre la bola y eso no se puede hacer de arriba hacia abajo sino lo contrario. Podríamos decir lo mismo de nuestra predicación, no se puede hacer desde arriba, desde la distancia, sino desde la humildad de quien se abaja y hace el esfuerzo por conocer, por rozar, la realidad más concreta, el día a día, de aquellos a quienes tiene que hablar. Desde ahí luego podrá, deberá, elevar la bola hacia el cielo, de abajo hacia arriba, lo contrario es imposible.

Un ejemplo: Santa Teresa de Lisieux, desde su clausura, fue capaz de sumergirse en la intimidad con Dios y al mismo tiempo seguir muy unida al mundo por el que se ofrecía una y otra vez. Ella, al cabo de la calle, oía hablar de los avances de la técnica y sabía descubrir el algo divino encerrado en ello. Así se expresa en su Historia de un alma:

Estamos en un siglo de inventos. Ahora no hay que tomarse ya el trabajo de subir los peldaños de una escalera: en las casas de los ricos, un ascensor la suple ventajosamente. Yo quisiera también encontrar un ascensor para elevarme hasta Jesús, pues soy demasiado pequeña para subir la dura escalera de la perfección. Entonces busqué en los Libros Sagrados algún indicio del ascensor, objeto de mi deseo, y leí estas palabras salidas de la boca de Sabiduría eterna: El que sea pequeñito, que venga a mí.

Por eso si nos tomamos en serio al hombre que nos escucha debemos hacer un esfuerzo por conocer la realidad en la que se mueve, por entender qué le pasa y por utilizar ese conocimiento en nuestra predicación por, en definitiva, acomodarnos al entender de quienes nos escuchan. Cuando estés preparando tu predicación piensa: Los que me van a escuchar, ¿quienes son? ¿qué les pasa? ¿qué preocupaciones tienen? y, solo entonces, trata de anunciarles el Evangelio con sus propias categorías, encarnando la palabra eterna de Jesucristo, entonces serás buen instrumento en sus manos.

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¿Homilías aburridas? Me importa Dios https://www.omnesmag.com/foco/evangelizacion/homilias-aburridas-v/ Thu, 03 Feb 2022 04:40:00 +0000 https://omnesmag.com/?p=18233 (Puede leer la versión en alemán aquí). El libro del Apocalipsis describe en el capítulo décimo a un ángel poderoso “envuelto en una nube, con el arco iris sobre su cabeza” (Ap 10, 1) descender hasta el lugar donde se encuentra San Juan. Este ángel tenía un pequeño libro abierto y, para su asombro, la […]

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(Puede leer la versión en alemán aquí).

El libro del Apocalipsis describe en el capítulo décimo a un ángel poderoso “envuelto en una nube, con el arco iris sobre su cabeza” (Ap 10, 1) descender hasta el lugar donde se encuentra San Juan. Este ángel tenía un pequeño libro abierto y, para su asombro, la voz del cielo le pide que se lo coma: “—Toma y devóralo, te amargará las entrañas, pero en tu boca será dulce como la miel.” (Ap 10, 9).

No es el único caso. En el Antiguo Testamento, el libro de Ezequiel, narra un episodio similar cuando en el capítulo tercero el Espíritu, dentro de él, le pide que se coma el rollo que sostiene una mano delante de él: Lo desenrolló ante mi vista: estaba escrito por el anverso y por el reverso; había escrito: «Lamentaciones, gemidos y ayes.» Y me dijo: «Hijo de hombre, come lo que se te ofrece; come este rollo y ve luego a hablar a la casa de Israel.» Yo abrí mi boca y él me hizo comer el rollo, y me dijo: «Hijo de hombre, aliméntate y sáciate de este rollo que yo te doy.» Lo comí y fue en mi boca dulce como la miel. Entonces me dijo: «Hijo de hombre, ve a la casa de Israel y háblales con mis palabras». (Ez 2, 10 – 3, 3)

Lo que parecen decir estas indicaciones es la necesidad de interiorizar la Palabra de Dios que vamos a transmitir. Damos de lo propio porque hemos hecho propio lo que damos, contemplata aliis tradere, y nos convertimos así en el escriba instruido en el Reino de los Cielos es «como un hombre, amo de su casa, que saca de su tesoro cosas nuevas y cosas antiguas» (Mt 13, 52), las cosas antiguas son las verdades eternas, las cosas nuevas son las realidades humanas y cambiantes pero lo importante es que el lugar de donde saca lo antiguo y lo nuevo es su tesoro, su propia alma.

La lectura de la Palabra de Dios, la meditación y la contemplación son el inicio de la predicación. A través de este trato íntimo el Señor planta la semilla de la verdad eterna en nuestra alma, una semilla que, como el grano de mostaza, debe crecer hasta hacerse un árbol frondoso. Cristo prometió que Él, el Espíritu de la Verdad, «os guiará hasta la verdad plena» (Jn 16, 13) y Él, el Defensor, lo hace introduciéndonos en una escuela que produce frutos de santidad en nuestra vida y da eficacia sobrenatural a nuestra predicación. Como explica Francisca Javiera de Valle en su Decenario: «Este Divino Maestro pone su escuela en el interior de las almas que se lo piden y ardientemente desean tenerle por Maestro. Ejerce allí este oficio de Maestro sin ruido de palabras y enseña al alma a morir a sí mismo en todo, para no tener vida sino en Dios. Es muy consolador el modo de enseñar que tiene este hábil Maestro; y no quiere poner escuela en otra parte para enseñar los caminos que conducen a la verdadera santidad, que en el interior de nuestra alma; y se da tal arte… y maña… para enseñar…, es tan hábil y tan sabio, tan poderoso y sutil, que, sin saber uno cómo, siéntese al poco tiempo de estar con Él en esta escuela todo trocado. Antes de entrar en esta escuela, rudo, sin capacidad, muy torpe para entender lo que oía predicar; y entrando en ella, con qué facilidad se aprende todo; parece como que transmiten a uno hasta en las entrañas la ciencia y la habilidad que el Maestro tiene». (Decenario, día 4º, Consideración).

Se entiende ahora que es la santidad de vida la que hace nuestras predicaciones vivas y no aburridas porque es una Vida la que transmitimos con nuestra vida. Se entiende que santos que a penas sabían leer como Santa Catalina de Siena, hayan sido instruidos de tal modo en esta escuela que fueron declarados doctores de la Iglesia ellos podrían perfectamente decir, como San Juan: «lo que hemos visto y oído, os lo anunciamos para que también vosotros estéis en comunión con nosotros.» (Jn 1, 3)

Por eso antes de hablar de lo que comprendemos de aquella manera nos toca bajar la cabeza con humildad para reconocer que no tenemos ni idea y en vez de dar consejitos al personal pedirle al Señor en la oración, como hicieron los apóstoles: edissere nobis parabolam! (Mt 13,36), «Maestro, enséñanos la parábola», para que comprendiendo yo, contemplando yo, dejándome instruir por ti, pueda a su vez dando de lo mío, que es Tuyo, enseñar a mi pueblo.

Con muchas parábolas parecidas les exponía la palabra, acomodándose a su entender. «Todo se lo exponía con parábolas, pero a sus discípulos se lo explicaba todo en privado» (Mc 4, 24). Aquí esta el quid de la cuestión. En esto consiste tomarse a Dios en serio.

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¿Homilías aburridas? Indiana Jones y el templo perdido https://www.omnesmag.com/foco/homilias-aburridas-indiana-jones-y-el-templo-perdido/ Wed, 03 Nov 2021 04:27:00 +0000 https://omnesmag.com/?p=16575 Me contaba un sacerdote amigo su plan para preparar la homilía del domingo: Los lunes se leía los comentarios de los padres de la Iglesia sobre el Evangelio, los martes las catequesis del Papa, el miércoles acudía a la Biblia interlineal griega y el jueves a varios comentarios. No recuerdo, ni quiero recordar, cómo sigue […]

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Me contaba un sacerdote amigo su plan para preparar la homilía del domingo: Los lunes se leía los comentarios de los padres de la Iglesia sobre el Evangelio, los martes las catequesis del Papa, el miércoles acudía a la Biblia interlineal griega y el jueves a varios comentarios. No recuerdo, ni quiero recordar, cómo sigue porque a mí, sinceramente me supera.

Lo cierto es que hasta llegar a ese núcleo de la Palabra de Dios que debemos transmitir hay que hacer algo, no se si tanto, pero algo. Es una aventura al estilo de Indiana Jones y el Templo Perdido: Toda una selva de sucesos intrascendentes, ideas propias, elementos coyunturales y otras especies que hay que atravesar hasta llegar al núcleo perdido del Evangelio, ese núcleo que hemos de abrazar y sacar de la Palabra de Dios para llevársela a nuestros hermanos.

En el siglo XII Dom Güigo, el noveno de los priores de la Gran Cartuja, escribió una carta pequeña y sustanciosa llamada la La escala de los monjes sobre la vida contemplativa. Esta carta es, quizá, el primer análisis sistemático de lo que ahora llamamos Lectio Divina es decir la lectura orante de la Biblia. La Lectio Divina pone en el centro de la oración la Palabra de Dios con su fuerza.

En los últimos siglos, sin embargo, este modo de leer la Biblia se ha hecho muy minoritario. Con frecuencia, en cambio, utilizamos la Palabra de Dios para apoyar, incluso en la oración, un discurso que es más ascético que otra cosa. A veces nos servimos de la Palabra de Dios para ambientarnos y facilitar un diálogo con Dios en una determinada escena del Evangelio como si fuéramos un personaje más. Las dos son formas preciosas de rezar.

No obstante, si queremos llegar al núcleo de la Palabra de Dios que leemos y que hemos de transmitir deberemos ir a la Palabra misma y leerla con el mismo espíritu con la qeu fue escrita: El Espíritu Santo. La Lectio Divina nos enseña a hacerlo. Por eso el Concilio Vaticano II en la Constitución Dei Verbum, nº 25, dice:

«Es necesario que todos conserven un contacto continuo con la Sagrada Escritura a través de la «lectio divina»…, a través de una meditación atenta y que recuerden que la lectura debe ir acompañada de la oración. Es ciertamente el Espíritu Santo el que ha querido que esta forma de escucha y de oración sobre la Biblia no se pierda a través de los siglos.»

El método de la Lectio Divina es descrita por Dom Güido como una escala de cuatro escalones que vamos subiendo progresivamente en la oración:

La “lectura” es la inspección cuidadosa de las Escrituras, realizada con espíritu atento.

La “meditación” es el trabajo de la mente estudiosa que, con la ayuda de la propia razón, investiga la verdad oculta.

La “oración” es el impulso devoto del corazón hacia Dios pidiéndole que aleje los males y conceda los bienes.

La “contemplación” es como una elevación sobre sí misma de la mente que, suspendida en Dios, saborea las alegrías de la eterna dulzura.

Subida esta escala y llegados a la cima, sumergidos en contemplación, nos llenamos de ese Dios que ahora podemos transmitir –Contemplata aliis tradere– a través nuestra Predicación. Dom Güido describe cada paso:

La lectura aparece en primer lugar, como el fundamento. Ella proporciona la materia y nos lleva a la meditación.

La meditación, busca atentamente qué es aquello que debe ser deseado. Cavando, descubre un tesoro, y lo muestra, pero no puede alcanzarlo por sí misma, y nos remite a la oración.

La oración, alzándose con todas sus fuerzas hacia Dios, le pide el deseado tesoro: la suavidad de la contemplación.

Esta, cuando llega, recompensa el esfuerzo de las tres anteriores, embriagando el alma sedienta con la dulzura del rocío celestial.

Te dejo aquí la carta para que puedas descargártela en tu móvil.

Y ahora, con el tesoro entre las manos -en el corazón-, debemos salir de esa Palabra en la que nos hemos sumergido para atravesar otra vez la maraña de ideas, sucesos y elementos coyunturales hasta llevarle el Tesoro a nuestros hermanos. Éste camino, distinto del anterior y tan importante como ése, es el que tenemos que describir en los siguientes artículos.

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¿Homilías aburridas? En aquel tiempo… aprovechemos el tiempo https://www.omnesmag.com/foco/homilias-aburridas-en-aquel-tiempo-aprovechemos-el-tiempo/ Fri, 09 Apr 2021 21:30:00 +0000 https://omnesmag.com/?p=11190 En aquel tiempo… aprovechemos el tiempo. Con estas palabras resumíamos el otro día un grupo de sacerdotes esa tentación que tenemos algunos de hacer decir al Evangelio lo que a mí me parece. Y cuando digo “lo que me parece” me refiero a un desahogo por un problema personal, a un tema en el que […]

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En aquel tiempo… aprovechemos el tiempo. Con estas palabras resumíamos el otro día un grupo de sacerdotes esa tentación que tenemos algunos de hacer decir al Evangelio lo que a mí me parece. Y cuando digo “lo que me parece” me refiero a un desahogo por un problema personal, a un tema en el que me siento cómodo sin pensar más, a un artículo que leí́ en el despacho, a un folleto que compré en Paulinas, o a cualquier otra cosa. 

aprovechemos el tiempo

El efecto “vengo a hablar de mi libro” se verifica una y otra vez cuando tengo mi tema -generalmente mi mono-tema- y da igual lo que digan las lecturas, la liturgia, la gente o la momia de Tutankamón, que no me salgo de ahí y empujo, estrujo y zarandeo la Palabra de Dios lo que haga falta para que termine apoyando mis movidas. 

En estos casos se nos podrían aplicar con toda propiedad las palabras del Evangelio: “¿Con quién voy a comparar esta generación? Se parece a unos niños que se sientan en las plazas y les reprochan a sus compañeros: ‘Hemos tocado para vosotros la flauta y no habéis bailado; hemos cantado lamentaciones y no habéis hecho duelo’. Porque ha venido Juan, que no come ni bebe, y dicen: ‘Tiene un demonio’. Ha venido el Hijo del Hombre, que come y bebe, y dicen: ‘Mirad un hombre comilón y bebedor, amigo de publicanos y pecadores’” (Mt 11, 16-19).

El problema que tiene el Evangelio es que no se queja. Lo puedes utilizar como pisapapeles, o puedes manipularlo para golpear -literal o figuradamente- al personal. De todos modos el problema no sería, en cualquier caso, del Evangelio, sino de quien lo manipula ya que, como dice el Apocalipsis: “Si alguien añade algo a ellas, Dios enviará sobre él las plagas descritas en este libro. Y si alguien quita alguna de las palabras de este libro profético, Dios le quitará su parte en el árbol de la vida y en la ciudad santa que se han descrito en este libro” (Ap 22, 18-19).

Lo que viene a recalcar esta última advertencia contenida en la Biblia es que nosotros somos servidores de la Palabra de Dios y no propietarios y, por lo tanto, se nos pide una actitud de desprendimiento de las propias ideas, neuras, y argumentarios que, con el paso de los años, inevitablemente vamos acumulando para, en cambio, arrodillarnos ante Dios que nos habla para entregarnos una verdad eterna, íntima, necesaria para conocerle a Él y a nosotros mismos. 

El requisito previo es, claro está, un acto de fe: creernos de veras que es la Palabra de Dios la que es “viva y eficaz, más tajante que espada de doble filo” (Hb 4, 12-13) y no es nuestra palabra, ni nuestra elocuencia, la que convence y transforma al personal. Creída de veras esta afirmación, lo que resta es que el predicador se ponga él mismo a la escucha para poder transmitir lo que ha contemplado. En palabras de Santo Tomás: “Contemplata aliis tradere”, brillar para iluminar, contemplar para comunicar (STh, II-II, q.188, a.6, c), ser, en definitiva, transparentes para que -como le gustaba decir a san Josemaría- solo Él se luzca. 

Por eso aquí tenemos, hermano predicador, un punto para nuestro examen de conciencia. Cuánto de mí hay en mis predicaciones y cuánto de Cristo y cómo hacer para que “Él crezca y yo disminuya” (Jn 3, 30), para que mi sermón de las siete palabras no se conviertan en siete mil, de las cuales seis mil novecientas noventa y tres son mías.

Que sí, que Bartimeo era ciego y Cristo le curó, pero no sé yo si el mensaje es que por eso hay que comprar más lotería de la ONCE…; y Lázaro salió del sepulcro después de varios días, pero de ahí́ a hacer una defensa a machete de la necesidad de cuidar el cementerio parroquial… Tú me entiendes. 

Se trata de dejar a un lado -de momento- nuestras ideas, nuestra sensibilidad, nuestros gustos y sumergirse en lo eterno de la Palabra de Dios, cribando en ella lo coyuntural y anecdótico hasta encontrar, cual pepita de oro en la batea, el mensaje que el Señor quiere comunicarnos en la predicación de cada día. 

Creo que un buen mecanismo -el más antiguo de todos- para este bateo de la Palabra de Dios es la Lectio Divina, aunque de ella hablaremos en la próxima publicación. 

¡Feliz Pascua!

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¿Homilías aburridas? La oportunidad de la semana https://www.omnesmag.com/foco/homilias-aburridas-la-oportunidad-de-la-semana/ Fri, 12 Mar 2021 21:30:00 +0000 https://omnesmag.com/?p=10042 En octubre de 2008 Barack Obama, entonces candidato a la presidencia de Estados Unidos, dio un mitin en Denver para unas 100.000 personas. Es el más multitudinario de los que se han dado hasta la fecha, que yo sepa.  Aquí, en España, dicen que el 61 % de la población se declara católico. Eso son […]

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En octubre de 2008 Barack Obama, entonces candidato a la presidencia de Estados Unidos, dio un mitin en Denver para unas 100.000 personas. Es el más multitudinario de los que se han dado hasta la fecha, que yo sepa. 

Aquí, en España, dicen que el 61 % de la población se declara católico. Eso son más de 28 millones de personas, y de ellos se supone que en torno al 7 % van a Misa cada domingo, lo que nos deja la impresionante cifra de 1.960.000 personas que cada domingo escuchan al sacerdote hablar en Misa. No hay ninguna institución que tenga esta capacidad de convocatoria ni, por ende, de influencia en tantas personas. Entonces, ¿qué hacemos con estos talentos que se nos han confiado?

Según el Evangelio, la respuesta es clara: negociar. Emplear todas nuestras capacidades para hacer rendir lo que Él nos confía de manera que podamos devolverle más de lo que nos había dado. “El que había recibido cinco talentos fue inmediatamente y se puso a negociar con ellos y llegó a ganar otros cinco. Del mismo modo, el que había recibido dos ganó otros dos” (Mt 25, 14ss).

Cada domingo, en España, recibimos en las parroquias 1.960.000 talentos y se nos pide que podamos devolver al Señor esos mismos hijos suyos multiplicados: llenos de ilusión por vivir su vida cristiana, con ideas claras que sean una guía en su vida, con un amor renovado, con un conocimiento más profundo de Cristo y de las verdades de la fe. Es una oportunidad que, sencillamente, no podemos perder. 

Año 384. Agustín, de veintinueve años, llega a Milán. Hace ya diez años que es maniqueo. En Tagaste había sido profesor de gramática, y en Cartago abrió su propia escuela de elocuencia. Ahora, en la gran ciudad, llega como profesor de retórica y, al poco, oye hablar de la oratoria del obispo Ambrosio. Se entrevista con él y comienza a asistir a sus sermones, aunque confesando que: “No me cuidaba de aprender lo que decía, sino únicamente de oír cómo lo decía, era este vano cuidado lo único que había quedado en mí” (Confesiones XIV, 24) 

Al abrir mi corazón para recibir lo que decía elocuentemente, entraba en él al mismo tiempo lo que decía de verdadero.

San Agustín

Ambrosio se había formado desde los catorce años con un maestro de retórica, y conocía a la perfección los escritos de Cicerón, Quintiliano y otros maestros de oratoria. Porque unía en la predicación de la Palabra de Dios su estilo, la dulzura de sus palabras y la santidad de su vida, Agustín, sencillamente, no pudo resistirse: “Veníanse a mi mente, juntamente con las palabras que me agradaban, las cosas que despreciaba, por no poder separar unas de otras, y así, al abrir mi corazón para recibir lo que decía elocuentemente, entraba en él al mismo tiempo lo que decía de verdadero”.

El fondo, la forma y la santidad de vida. El qué, el cómo y el quién son los talentos que hemos de negociar: un mensaje central en el Evangelio, una forma adecuada y nuestra propia unión con Cristo al que predicamos, son los elementos que hacen irresistible la predicación, en palabras de Roger Ailes, uno de los asesores políticos de Ronald Reagan: “Todas las sugerencias, todo el adiestramiento en oratoria, todo el conocimiento sobre escenificación, representación y medios de comunicación —todo aquello popularmente asociado a fabricar una imagen— no funcionará si las mejoras no se ajustan adecuadamente a lo que tú eres esencialmente”.

Sin embargo, no podemos ignorar la importancia de este adiestramiento, de esta escenificación. El Evangelio mismo es testigo del esfuerzo de Jesús para tratar de explicar de la manera más sencilla, más cercana, más memorable los misterios del Reino de los Cielos. ¿Podemos quedarnos tranquilos sin negociar los talentos que Dios nos confía -porque son suyos- cada semana?

Sí, el servicio a la Palabra de Dios es un privilegio, pero es también una oportunidad, un talento que hemos de negociar y negociar bien.

Javier Sánchez Cervera

No podemos devolverle al Señor el mismo talento que nos dejó, después de haberlo enterrado en la tierra un rato, inmóvil, sin riesgo, sin cambio, igual que entró, igual que cuando comenzamos a hablar. ¿No podríamos hacer algo más? Como dice el Papa Francisco: “Son muchos los reclamos que se dirigen en relación con este gran ministerio y no podemos hacer oídos sordos” (Evangelii Gaudium, n. 135).

Sí, el servicio a la Palabra de Dios es un privilegio, pero es también una oportunidad, un talento que hemos de negociar y negociar bien, porque la Palabra, como señala Balduino de Canterbury: “Es eficaz y más tajante que espada de doble filo para quienes creen en ella y la aman. ¿Qué hay, en efecto, imposible para el que cree o difícil para el que ama? Cuando esta palabra resuena, penetra en el corazón del creyente como si se tratara de flechas de arquero afiladas; y lo penetra tan profundamente que atraviesa hasta lo más recóndito del espíritu; por ello se dice que es más tajante que una espada de doble filo, más incisiva que todo poder o fuerza, más sutil que toda agudeza humana, más penetrante que toda la sabiduría y todas las palabras de los doctos” (Tractatus, 6).

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¿Homilías aburridas? Predicar sin matar de aburrimiento https://www.omnesmag.com/firmas/predicar-sin-matar-de-aburrimiento/ Fri, 12 Feb 2021 09:47:27 +0000 https://omnesmag.com/?p=8942 Cuando estaba preparándome para ser sacerdote, casi siempre me dormía en las homilías de Misa. Especialmente cuando uno de mis superiores -no preguntes, no diré quién- era el que predicaba. Siempre me dormía. No fallaba. Hay toda una técnica que se va perfeccionando para que no se note demasiado que uno está dormido en Misa. […]

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Cuando estaba preparándome para ser sacerdote, casi siempre me dormía en las homilías de Misa. Especialmente cuando uno de mis superiores -no preguntes, no diré quién- era el que predicaba. Siempre me dormía. No fallaba. Hay toda una técnica que se va perfeccionando para que no se note demasiado que uno está dormido en Misa. En ocasiones parece que asientes a lo que dice el cura; a veces parecerá que estás sumido en una profunda contemplación, o podría parecer que estás emocionado y no puedes levantar la cabeza para que no se noten las lágrimas. Lo cierto es que yo, inevitablemente, estaba durmiendo.

Un día, después de confesarme de aquello, quise convencerme de que el problema no era del padre predicador sino mío, y decidí que iba a transcribir la homilía por completo, de “pe” a “pa”. Así, evitando el sopor, podría comprender la profundidad del mensaje que otras veces me había hecho rendirme en los brazos de Morfeo. Dicho y hecho. Aquel día escribí todo lo que dijo aquel buen sacerdote. Después lo leí. Lo volví a leer. Lo subrayé. Finalmente llegué a la terrible conclusión de que, sencillamente, no había dicho nada. Fueron 20 minutos de no decir nada y no parar de hablar. Yo pensaba que aquello no era posible, pero sí. Luego he comprobado que es más frecuente de lo que parece y que no es especialidad exclusiva de los curas; políticos, profesores, incluso conferenciantes caminan por esos parajes nihilistas comunicativamente hablando y provocan, lo quieran o no, lo sepan o no, el mismo sueño que yo sufrí en aquellas larguísimas homilías en mi época de estudiante.

Es más frecuente de lo que parece y que no es especialidad exclusiva de los curas; políticos, profesores, incluso conferenciantes caminan por esos parajes y provocan el mismo sueño

Lo de aburrir en las homilías no es nuevo. Los Hechos de los Apóstoles nos cuentan que en Tróade, una ciudad en la costa del mar Egeo, san Pablo estuvo predicando a los cristianos. En el tercer piso, sentado en el alféizar de la ventana, un chaval, Eutiquio, le escuchaba. También a él le venció el sopor y se quedó dormido. En ese instante cayó al suelo y se mató. Murió, literalmente, de aburrimiento. La historia termina bien, porque San Pablo resucita al chico y lo devuelve a la madre que ya le amenazaba con el bolso, pero ahí queda como aviso para navegantes en las tortuosas aguas de la predicación. En este caso, san Pablo tenía mucho que decir; el fallo fue, quizá, que quiso decir demasiado. No le falló el “qué” sino el “cómo”.

Aburridos y aburridores campan por doquier en todos los estamentos de la Iglesia. Ni siquiera los obispos se libran de verse envueltos por el sopor ante la predicación de un hermano suyo en el episcopado. En esas ceremonias, el dormitar episcopal se hace más evidente a los ojos de todos por el inclinarse de la mitra en su cabeza, que no admite estrategia alguna que lo disimule.

Me gustaría ayudarte para que esto no te pase a ti, y poner por escrito algunas ideas a ver si me aplico, yo también, el cuento.

Los últimos años de seminario tuve la suerte de que me destinaran a una parroquia del centro de Madrid, la parroquia de la Concepción de Nuestra Señora. Ahí los seminaristas hacíamos de todo. Los domingos yo hacía tres cosas y disfrutaba mucho de las tres. Primero tocaba el órgano en Misa de 11:00. Después ayudaba en Misa de 12:30. Pero lo que más me gustaba era lo que venía después: en la Misa de las 14:00 celebraba la Misa un sacerdote excepcional, Pablo Domínguez.

Había preparación, inteligencia, pasión, cercanía y deseo de comunicar

La iglesia, grande, se llenaba de gente joven para rezar, y también para escucharle. Yo me quedaba siempre en la trastienda para escuchar sus homilías. Nunca me dormí. Como toda la iglesia, me quedaba absorto, cautivado, atrapado por las palabras de Pablo. Su mensaje llegaba a cabeza, tocaba el corazón y movía la voluntad. Extraía novedad de lo de siempre y te hacía ver con asombro cosas del Evangelio que ya conocías y que habías pasado por alto mil veces. Creo que ahí comencé a apasionarme por la predicación.

¿Instinto? ¿Un don natural? Tal vez, pero estoy convencido que también había preparación, inteligencia, pasión, cercanía, deseo de comunicar y otras muchas cosas de las que quiero hablarte en estas líneas.

Así que para ti, que tienes que predicar todas las semanas o todos los días, para ti, hermano sacerdote, o diácono, para ti que te preparas en el seminario al sacerdocio, incluso para Usted, señor obispo, sucesor de los apóstoles y “heraldo de la Palabra” -como decía San Juan Pablo II (cfr. Pastores Gregis, cap. 3)- sirvan estas líneas, sobre algunas de las ideas que trato de repetirme cuando preparo y cuando predico, con la finalidad de que cada uno de los domingos consiga comunicar el Evangelio de Jesucristo cautivando al personal, y no dormir y aburrir, hasta la muerte, a los sufridos feligreses.

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