Blickpunkt Evangelium

El legado del amor. Todos los fieles difuntos (A)

Vitus Ntube nos comenta las lecturas de Todos los fieles difuntos (A) correspondiente al día 2 de noviembre de 2026.

Vitus Ntube-30 de Oktober de 2026-Lesezeit: 2 Minuten

En la conmemoración litúrgica de los Fieles Difuntos, la Iglesia dirige su atención a todos aquellos que nos han precedido marcados con el signo de la fe. Les ofrecemos nuestro recuerdo y nuestras oraciones precisamente porque creemos en la resurrección de Cristo. Cada vez que la comunidad cristiana se reúne para celebrar un funeral, no lo hace únicamente por el difunto, sino ante todo por Cristo resucitado, que conoce el camino para salir del sepulcro.

Esta es la fe que se expresa en el Evangelio de san Juan. Jesús dice a Marta: “Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto? Ella le contestó: ‘Sí, Señor: yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo‘”.

Esta profunda convicción en la victoria de Cristo sobre la muerte nos impulsa a rezar por los difuntos. No los olvidamos, porque sabemos que viven en Cristo. Aunque permanecen para siempre en nuestro corazón, sabemos que están más seguros en el corazón de Cristo.

Por eso la Iglesia nos anima, especialmente durante el mes de noviembre, a visitar el cementerio. Visitar el cementerio despierta esta memoria sagrada. Es un lugar de memoria y de esperanza. En su novela Eltern und Kinder, Iván Turguénev recoge la conmovedora gracia de un matrimonio anciano que visita la tumba de su hijo: “¿Puede ser que sus oraciones, sus lágrimas sean inútiles? ¿Puede ser que el amor, el amor sagrado y entregado, no sea todopoderoso? ¡Oh, no! Por muy apasionado, pecador y rebelde que sea el corazón escondido en la tumba, las flores que crecen sobre ella nos miran serenamente con sus ojos inocentes; no nos hablan solamente de la paz eterna, de esa gran paz de la naturaleza “indiferente”; nos hablan también de la reconciliación eterna y de la vida sin fin”.

La vida brota del lugar de la muerte; el sepulcro no tiene la última palabra. Las flores que colocamos sobre las tumbas durante el mes de noviembre reflejan esta verdad: la vida atraviesa la muerte para entrar en la gloria. Las flores no son simples adornos. El poeta italiano Ugo Foscolo, en su poema De los sepulcros, reflexionó sobre por qué los vivos visitan a los muertos, destacando lo que él llamó el “legado del amor” o “legado de los afectos” (eredità d’affetti). Aunque su visión de las tumbas carece de la plenitud de los ideales cristianos, la expresión contiene una profunda verdad.

Recordar a los muertos nos confronta con nuestra propia mortalidad. Nos invita a dejar tras nosotros un legado de amor, tanto en la tierra como, sobre todo, en Cristo. No queremos vivir únicamente en el corazón de nuestros seres queridos, sino, ante todo, en el corazón de Cristo. A través de nuestras oraciones y nuestras visitas, honramos la memoria de los difuntos. Y, cuando llegue nuestro momento, nuestro legado no quedará conservado solamente en las oraciones de quienes dejemos atrás, sino eternamente en el corazón de Cristo.

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