Berufung

Carlos Bobillo, primer misionero ad gentes de Hakuna: «No venimos de turistas, venimos a darnos»

Carlos Bobillo descubrió a Dios en Burundi y dejó su carrera de abogado para dedicarse a la misión. En enero se convertirá en el primer misionero ad gentes de Hakuna, convencido de que la felicidad nace de entregarse a los demás y de vivir con Cristo.

Teresa Aguado Peña-18 de Oktober de 2026-Lesezeit: 9 Minuten
Misionero Carlos Bobillo

Carlos Bobillo

Carlos Bobillo llegó a Burundi cuando era universitario, sin fe y con ganas de vivir una aventura. Criado en una familia atea, buscaba ayudar a los demás desde el voluntariado, pero encontró mucho más de lo que esperaba: el testimonio de unos misioneros que, en medio del sufrimiento, vivían con una alegría que no alcanzaba a comprender. «¿Cómo puede ser que estés en el último lugar del mundo entre sufrimiento, con esa alegría en los ojos? Eso no es de este mundo», recuerda que se preguntó entonces.

Aquella experiencia marcó el inicio de un camino de conversión que, con el tiempo, le llevaría a descubrir a Dios y a replantearse su propia vida. Tras varios años compaginando su trabajo como abogado con las experiencias de misión, decidió dejar un prestigioso bufete para dedicarse a la cooperación y la evangelización en Burundi a través de la ONG Komera, que impulsó junto a un grupo de amigos. Ahora, después de años de discernimiento y de vivir la fe en el carisma de Hakuna, ha decidido dar un paso más y entregar su vida a la misión. A partir de enero, se convertirá en el primer misionero ad gentes de Hakuna, con el deseo de ayudar a otros a encontrarse personalmente con Cristo en Burundi.

En esta entrevista, Bobillo cuenta cómo la misión transformó su manera de entender la felicidad, qué ha aprendido de la fe de los burundeses y por qué considera que la entrega a los demás no puede limitarse a unas semanas de voluntariado, sino que está llamada a transformar toda la vida.

En su viaje a Burundi descubrió la misión de una forma que cambió su vida. ¿Qué vivió allí para que su manera de entender la vida diera un giro tan profundo?

–Fui a Burundi sin saber que iba a una misión. Me apunté como voluntario para echar una mano desde un punto de vista filantrópico, sin ninguna referencia a Dios, porque no tenía a Dios en mi vida. Me atraían la posibilidad de conocer otro continente, vivir aventuras y ayudar materialmente a otras personas.

Llegué con una forma de pensar muy predeterminada, la que tenemos muchos aquí: vivimos en un mundo en el que creemos controlarlo todo y ser autosuficientes. Yo iba a Burundi convencido de que sabía lo que iba a hacer y de que podía prever los resultados.

Sin embargo, muchas cosas empezaron a cuestionar mi manera de pensar, mi educación y todo lo que había vivido hasta entonces. Me sorprendía que personas que prácticamente no tenían nada pudieran vivir con tanta plenitud. Esto no significa romantizar la pobreza, porque hay que rebelarse contra ella y ser conscientes del sufrimiento que provoca. Pero me impresionaba cómo eran capaces de transformar ese sufrimiento en una oportunidad para amar, y cómo tenían a Dios tan presente en sus vidas.

No sabían si al día siguiente podrían comer o si su hija enferma sobreviviría. Y, aun así, eran capaces de vivir con una confianza que a mí me costaba comprender.

También trabajábamos mucho con las Misioneras de la Caridad. Me llamaban la atención sus vidas, sus testimonios y su alegría. Recuerdo especialmente a una misionera que había llegado desde Nueva York. Me impresionaba cómo podía entregarse a los demás y ser tan feliz. No era solo que se lo pasara bien, sino que vivía una felicidad profunda, una paz que se reflejaba en ella y un corazón que parecía ensancharse al darse a los demás.

Cuando terminó aquella experiencia, tenía muchas ganas de volver. Después regresaba a Madrid, seguía con mi vida y, a veces, hacía cosas que no me llenaban. Entonces volvía a preguntarme qué me había pasado en Burundi y por qué había sido tan feliz allí, teniendo aquí tantas cosas.

Todo aquello empezó a cambiarme la vida y a despertar en mí el deseo de entregarme cada vez más. Fue un proceso largo, con nuevas experiencias en Burundi y en otros lugares, que me permitió ir creciendo y profundizando.

Llegó a Burundi sin creer en Dios. ¿Cómo fue ese camino de conversión?

–Vengo de una familia atea, recibí una formación atea y mis padres estaban divorciados. No tenía ninguna referencia de Dios.

Durante varios años viví esa dicotomía entre Burundi y mi mundo en Madrid. Allí experimentaba algo que me llenaba, pero después volvía a mi vida habitual, que, aunque pensaba que me hacía feliz, muchas veces me pesaba.

En ese proceso apareció Hakuna, hacia 2015, unos años después de mi primer viaje a Burundi. Me ayudó mucho a descubrir que también aquí había personas que vivían la fe con sencillez, libertad, alegría y normalidad. Veía en ellas algo que yo había experimentado en Burundi y que también quería para mi vida.

Poco a poco fueron creciendo esas inquietudes. Entonces ocurrió algo que me marcó profundamente. Estábamos de viaje familiar en Navidad y, el 6 de enero, por la mañana, cuando íbamos a abrir los regalos, encontramos a mi padre, que había muerto de repente.

Fue un momento de enorme tristeza, pero también experimenté una paz muy grande. Humanamente era muy duro, pero, al mismo tiempo, yo pensaba que la muerte no había vencido, que Dios tenía la última palabra. Mi padre no creía en nada, pero yo me decía que estaba en el cielo, que no pasaba nada, que la muerte no tenía la última palabra.

Aquello podría haberme llevado a alejarme de Dios, pero ocurrió lo contrario. Empecé a pensar que la vida está para entregarla, que es corta y hay que aprovecharla.

Fue un momento de desprendimiento importante. Dejé mi casa, mi coche y muchas cosas de mi vida, incluida mi novia, para irme a Burundi y preguntarme qué quería Dios de mí. Allí se asentaron las bases de mi conversión y de mi encuentro personal con Él.

El voluntariado a veces se cuestiona por el riesgo de buscar reconocimiento o caer en lo que se conoce como «pornografía de la pobreza». En Hakuna habláis de «compartiriado». ¿Qué valor tienen estas experiencias y qué aportan realmente a quienes las viven?

––Yo mismo tuve la suerte de encontrarme con Cristo en una experiencia de misión, sin saber siquiera que lo era. Por eso valoro tanto estas experiencias. Si se viven bien, pueden ayudar muchísimo; si se hacen mal, pueden causar mucho daño. Hay que prepararse, formarse, rezar y contar con un buen acompañamiento.

La misión empieza antes del viaje, conociendo la realidad en la que vamos a implicarnos y preparando el corazón. Y continúa durante la experiencia, con una actitud de entrega y desprendimiento. No vamos a hacer turismo, sino a darnos a los demás. También es importante vivir con sencillez. No tendría mucho sentido ir a una misión y, al mismo tiempo, mantener un estilo de vida completamente ajeno al de las personas con las que estamos. No se trata de jugar a ser pobres, sino de prescindir de algunas comodidades y apetencias para entrar de verdad en lo que estamos viviendo.

No se trata de visitar una realidad y observarla desde fuera, sino de implicarnos en ella. Por eso también es importante desconectar del móvil, estar presentes y cuidar la vida espiritual, porque es difícil entregarse de verdad si uno no se sabe amado por Dios. Y, por último, hay que vivir la misión en grupo. La comunidad ayuda a compartir lo bueno y lo malo, a crecer juntos y a cuidarnos. ¿Qué sentido tiene ir a ayudar a los niños de una escuela si después no me preocupo por mi compañero de habitación que está enfermo? La misión empieza en casa y, desde ahí, se extiende al mundo.

Pero también es fundamental preparar la vuelta. No podemos entregarnos durante un mes y después volver a vivir pensando únicamente en nosotros mismos. El compartiriado consiste en dar continuidad a lo vivido, agradeciendo lo recibido y manteniendo esa actitud de entrega en nuestra vida cotidiana.

No se trata de ayudar unas horas el fin de semana o un mes al año, sino de dejar que la experiencia nos cambie el corazón y transforme todas las facetas de nuestra vida. Es un proceso continuo de crecimiento y renovación que nos permite mantener el corazón abierto y dispuesto a entregarse a los demás, aquí y allí.

Después de tantos años vinculado a Burundi, ¿qué ha aprendido de las personas que ha conocido allí?

–He tenido una suerte inmensa al encontrarme con Burundi. Y todo lo que he recibido quiero entregarlo de nuevo, porque no es mío. Esa es la dinámica del amor: dar y recibir.

En Burundi se recibe muchísimo. Además del cariño de las personas, hay una riqueza espiritual enorme. Es un país que, en medio de la pobreza material, ha sido capaz de encontrar una forma de vivir que transforma el sufrimiento en algo más grande. En vez de, ante el sufrimiento, encerrarse en la queja, que nos lleva a vivirlo todavía peor, me han enseñado a entregarlo y convertirlo en una oportunidad para amar más. En Burundi he visto muchas veces esto último.

La pobreza material convive con una enorme riqueza espiritual, y eso se percibe en todo: en la manera de relacionarse con la creación, con los demás y con Dios. Existe un abandono total en Dios. Cuando no tienes prácticamente nada, puedes descubrir que todo lo que recibes es un don. Pero no se trata de agarrarse a Dios como a un clavo ardiendo, sino de reconocerlo como Señor: nada es mío, todo es tuyo.

La pobreza material no es el objetivo, pero puede enseñarnos cosas muy importantes. Lo esencial no es la pobreza como tal, sino lo que podemos aprender de ella. Dios ha querido que naciéramos en España, y no hace falta venderlo todo para vivir esta enseñanza. Se trata de ser conscientes de lo que tenemos y comprender que nada nos pertenece por completo.

Es una enseñanza que te cambia la vida. Burundi nos toca tanto a quienes vamos porque nos muestra que la felicidad no está en tener muchas cosas, sino en entregarse. Ese es el secreto de la vida, algo que todos sabemos, pero que olvidamos continuamente. Por eso necesito recordarlo y renovarlo, con mis propias pobrezas y dificultades. Tener Burundi más cerca me ayuda a ser más consciente de ello.

Incluso después de descubrir dónde está la verdadera felicidad, es fácil volver a casa y dejarse arrastrar por el ritmo del mundo. ¿Cómo podemos vivir los cristianos nuestra responsabilidad misionera y ayudar a otros a descubrir esa felicidad?

–Creo que es un arma de doble filo. Por un lado, podemos pensar que cada vez es más difícil, que el mundo va en una dirección contraria al Evangelio y que nunca lo vamos a conseguir. Pero, al mismo tiempo, eso puede ser una oportunidad enorme.

El ser humano está hecho para algo más grande. Cuando el mundo se aleja cada vez más de lo que vivimos y creemos, puede resultar más fácil reconocer que esa no es la vida que queremos. Cuesta, pero creo que es algo que estamos viendo hoy, también con el resurgir de los jóvenes en España y en otros lugares. Muchos jóvenes empiezan a darse cuenta de que la vida que se nos propone, centrada en lo material, lo inmediato, el placer y la autorrealización, no les hace felices. Basta con estar un poco despierto para preguntarse si de verdad queremos vivir así. Y, cuando surge esa pregunta, aparece otra: ¿qué quiero entonces? Lo más difícil es que una persona empiece a hacerse preguntas. Después, el Señor se encarga de lo demás.

¿Y qué podemos hacer nosotros? Creo que la clave está en algo que puede sonar muy repetido, pero que es fundamental: más que hacer, se trata de ser. Lo importante es cuidar nuestra relación con Cristo y dejar que Él transforme nuestra vida. Decirle: «Señor, mi vida es tuya». Y cuidar esa relación en la oración y ante el Santísimo.

No debemos centrarnos en ir cumpliendo objetivos, contando cuántos retiros hemos hecho o cuántas veces hemos ido a Burundi. Se trata de pedirle al Señor la gracia y los instrumentos para vivir aquello a lo que nos sentimos llamados. De ese encuentro personal con Cristo y de esa relación con Él nacerá todo lo demás. Cada uno lo vivirá según sus dones. Algunos tendrán talentos muy visibles, pero hay otros que son igualmente valiosos aunque nadie los vea.

Lo importante es cuidar esa relación y dejar que el Señor, con lo que somos y tenemos, haga de nosotros luz para el mundo. Pero no debemos centrarnos en la luz, sino en la fuente de la luz.

Háblenos de Komera…

–Komera nació hace veinte años, a raíz de un primer viaje a Burundi, en 2007. No fuimos con la idea de constituir una asociación ni de poner en marcha un proyecto. Éramos un grupo de amigos que decidió viajar a Burundi.

Al volver, estábamos muy marcados por lo que habíamos vivido y nos preguntábamos qué podíamos hacer con todo aquello que habíamos recibido. Sentíamos que éramos portadores de una gracia que no podía quedarse solo en nosotros. No queríamos que fuera una experiencia de un verano, para después pasar al Interrail, las prácticas o cualquier otro plan. La vida va poniendo las cosas en su sitio, pero todos teníamos la sensación de que aquello era demasiado grande para guardárnoslo. Solo podíamos compartirlo.

Así nació Komera, de una manera muy espontánea, como fruto de aquel primer viaje. Después volvimos a Burundi al año siguiente y seguimos repitiendo la experiencia, mientras poníamos en marcha pequeños proyectos.

En aquel momento estábamos estudiando y no teníamos demasiados conocimientos. Empezamos haciendo lo que podíamos. Por ejemplo, organizamos un campamento para niños debajo de un árbol, porque no había escuela. Jugábamos con ellos y les dábamos clase al aire libre. Entonces vimos que hacía falta una escuela y nos preguntamos cómo podíamos ayudar a construirla.

Cada uno aportaba lo que sabía hacer: yo podía organizar una obra de teatro, mi prima cantaba, mi tío era empresario… Así fuimos poniendo en común nuestras capacidades. Aquel primer año construimos una escuela y empezamos a desarrollar pequeños proyectos.

Durante estos veinte años, todo ha ido creciendo. Hemos podido realizar más viajes de voluntariado y de misión, y también impulsar proyectos cada vez más grandes. Al mismo tiempo, nosotros hemos ido creciendo vitalmente.

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