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Volver al primer amor: las claves de «Venite ad me»

El documento "Venite ad me" propone volver al corazón del Evangelio para afrontar los desafíos actuales en la transmisión de la fe, marcados por los cambios culturales y la cultura digital.

Ramiro Pellitero-27 de Oktober de 2026-Lesezeit: 6 Minuten
Venite ad me

En Dios está el «primer amor», en sentido absoluto, por cada persona. La fe cristiana afirma que existimos porque hemos sido amados. A descubrir o redescubrir esa realidad invita un nuevo documento vaticano. El texto sitúa la experiencia personal con Cristo Resucitado y la pedagogía del testimonio como respuesta ante el secularismo y como modo de evangelizar la cultura digital. 

El documento «Venite ad me»: Consideraciones sobre la transmisión de la fe en el cambio de época (22-X-2026), publicado por el Dicasterio para la Doctrina de la Fe, no se presenta como una nota doctrinal, sino como un mapa pastoral esperanzador ante la misión evangelizadora en nuestro tiempo.

Partiendo de las palabras del Señor –«Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados» (Mt 11,28)–, el texto afronta la ruptura de la transmisión tradicional de la fe en medio de las transformaciones culturales de nuestro tiempo, la sobreestimulación y la cultura digital, invitando a volver al corazón mismo del Evangelio. 

En una de las primeras notas, el documento explica la estructura de sus capítulos: tras la introducción, comienza por los fundamentos teológicos («el anuncio del amor del Padre» y «la luz de la fe»). Continúa con los retos actuales («el cambio de época»), propone una respuesta principal («la centralidad del kerygma») y adjunta sugerencias prácticas («la transmisión de la fe en las comunidades»). En la última parte, subraya la relación entre la fe y la cultura y algunas implicaciones pastorales. Finalmente, recoge algunos testimonios de acercamiento a la fe desde muy distintos lugares y situaciones. 

Como motivaciones adicionales para su lectura, vale señalar: el ser fruto de aportaciones de numerosas Conferencias Episcopales; el haber sido preparado como respuesta a una petición expresa del papa Francisco y de León XVI para afrontar este tema; el hecho de que sea precisamente la sección doctrinal del Dicasterio para la doctrina de la fe quien se haya encargado de este trabajo orientador en la situación que nos encontramos, como testimonio de la relación entre doctrina y vida, entre teología y evangelización; el carácter introductorio del documento, que anuncia una continuación del estudio sobre las causas y las implicaciones del contexto actual, en lo que se refiere a la transmisión de la fe. 

Veamos algunas de sus claves teológico-pastorales.

El primer anuncio y la «atracción» de la fe

El documento señala la primacía del kerygma «el primer anuncio de la fe» y de la fides qua –le fe como experiencia personal–, subrayando que la fe se transmite no en primer lugar como conjunto de doctrinas, sino como experiencia viva de encuentro interpersonal con Cristo Resucitado, en la oración y en los sacramentos, especialmente la Eucaristía. 

El primer anuncio de la fe («Jesucristo te ama, dio su vida para salvarte y está vivo a tu lado») no es una etapa previa que luego se olvida, sino el fuego continuo que debe impregnar toda formación y hacer arder el corazón. 

En sintonía con el Magisterio reciente, se reafirma que la Iglesia crece por la fuerza de atracción de la caridad de Cristo. La propuesta cristiana se vuelve deseable cuando transparenta la belleza del amor que acoge sin prejuzgar y la actitud de escucha desinteresada.

"El Amor –asegura Benedicto XVI– es el que da la vida; (…) La Iglesia se siente discípula y misionera de este Amor: misionera solo en cuanto discípula, es decir, capaz de dejarse atraer siempre, con renovado asombro, por Dios que nos amó y nos ama primero (cf. 1 Joh. 4, 10)» (Homilía en Aparecida, 13-V-2007). Así pues, es la Iglesia, ante todo, la que es la atraída por el «amor primero» de Dios, que la puso en el mundo para darnos a participar su vida. Hacernos participar de la vida divina: eso es lo que hace la Iglesia al transmitirnos «todo lo que ella es, todo lo que cree» (Dei Verbum, 8). Y es ese amor de Dios, que nos ha amado primero –y que sigue brotando del Corazón de Cristo– el que atrae en la vida y en la acción de los cristianos (cf. n. 30). 

Por eso, dice el texto, «la fe no se transmite, en primer lugar, como un conjunto de contenidos doctrinales o de información religiosa, sino como una forma de vida eclesial en la que el creyente se va introduciendo progresivamente» (n. 29), hasta que poco a poco es capaz de verlo todo con los mismos ojos de Jesús. «La fe puede transmitirse no como una doctrina abstracta, sino como una vida nueva que se comunica “por atracción” en lo cotidiano» (n. 92).

  Los primeros transmisores de la fe o catequistas son –o deberían ser– nuestros padres. Así era hasta hace poco; «sin embargo, esta situación favorable se está perdiendo progresivamente» (n. 38). Y «no solo está en crisis la transmisión de la fe, sino también una determinada visión del ser humano y de sus valores fundacionales y fundamentales, que había encontrado precisamente en el Evangelio su plenitud» (n. 53).

Los lenguajes en la transmisión de la fe

En un ambiente radicalmente individualista –y la cultura digital lo favorece en gran medida–, para comunicar la fe hoy se requiere el lenguaje primordial de la empatía y la cercanía; pues la fe se transmite sobre todo «persona a persona», dando especial relevancia a la amistad. El documento insta a dialogar con los entornos digitales, la cultura urbana, las subculturas juveniles y las búsquedas humanas más tangibles, reconociendo que Dios ya está actuando en las inquietudes del alma contemporánea.

Todo ello se traduce en el Zeugenaussage cristiano, que aquí se presenta apoyado en tres pilares: la santidad en la vida ordinaria, la cercanía hacia todos y la especial atención a los pobres y frágiles. Ahí se manifiesta «la belleza integral de la propuesta cristiana» (n. 97). Belleza que resplandece al cruzarse la verdad y el bien, como antídoto contra el pragmatismo y el formalismo, el utilitarismo y el hedonismo. Y que se muestra, en formas diversas, a través del arte, de la música y de la liturgia como ventanas a la trascendencia. 

La liturgia en el centro, y la inculturación

En el centro de la transmisión de la fe se sitúa la liturgia. Lejos de todo ritualismo formal, la liturgia constituye un acontecimiento «performativo» (realiza la acción que anuncia, en cuanto que actualiza nuestra redención), que moldea la fe desde dentro y enseña a «mirar con los ojos de Jesús». En efecto, el fundamento de una verdadera piedad litúrgica, como apuntaba Guardini, está en «la capacidad de vivir-en-la-mirada, de permanecer en la visión, de acoger lo sagrado a través de la forma y del acontecimiento, contemplando» (citado en n. 93).

Por lo que se refiere a la relación entre la fe y la cultura –se entienda ésta en un sentido antropológico amplio o más restringido a los aspectos intelectuales–, la inculturación de la fe es a la vez una condición y un fruto de su transmisión. Es célebre la expresión de san Juan Pablo II cuando dijo que «una fe que no se convierte en cultura es una fe que no se ha acogido plenamente, que no se ha pensado en su totalidad, que no se ha vivido fielmente» (citado en n. 102). Para ello es importante la presentación razonable de los contenidos de la fe; y las enseñanzas sociales de la Iglesia pueden verse como «preámbulos de la fe».

Asimismo, se revalorizan la fuerza de la piedad popular, las peregrinaciones, las cofradías y la devoción mariana, como espacios de fe inculturada que atraen con fuerza a las nuevas generaciones. 

Otros puntos que merecen atención: la predicación, el voluntariado, la presencia de las mujeres en los procesos eclesiales, la participación de los jóvenes en los grandes eventos, el estudio de la historia de la Iglesia, la educación católica, el ecumenismo y el diálogo interreligioso. 

Volver al amor primero 

El tramo final, decíamos, cede la palabra a relatos auténticos de personas de diversos tipos, lugares y culturas, desde ámbitos académicos hasta cárceles y familias. Sus experiencias muestran cómo, en la trama sencilla de la vida cotidiana –quizá a través de la familia y de la oración, de la caridad, de la cultura y de la belleza– la gracia de Dios continúa realizando el milagro de la conversión y la esperanza. Y la conversión cristiana, sea por vez primera o de forma renovada, es siempre volver al corazón del Padre. 

Dios es siempre fiel a su primer y radical amor. Dios nos primerea, decía el papa Francisco, y otro argentino había cantado que «siempre se vuelve al primer amor».

Quien nos trae y «atrae» hacia el amor primero es Cristo, por la acción del Espíritu Santo.

Cristo –se recuerda en la conclusión– es la wahres Licht del mundo, que introduce en la plenitud de la vida. Es el don que hemos recibido los creyentes. Ahora nos toca a nosotros transmitir ese mismo don, que es anhelado, aunque no sea de modo consciente, por los hombres y mujeres de nuestro tiempo. 

El texto es contrapunto de cierto «desencanto pastoral» que puede haber en algunos ambientes. Ofrece una mirada realista sobre las dificultades del mundo actual y esperanzada, recordando a catequistas, educadores, pastores y familias que la luz de Cristo sigue teniendo la capacidad de iluminar y llenar de sentido cada vida humana.

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