Berufung

Crecimiento católico ¿giro católico?

El giro católico entre los jóvenes va más allá de la estética: nace de una inquietud del corazón que solo se sacia en el encuentro con Cristo

Santiago Zapata Giraldo-8 de November de 2026-Lesezeit: 10 Minuten
Giro catolico

©OSV News photo/Joe Romie, courtesy Today’s Catholic, Diocese of Fort Wayne-South Bend

No es algo indiferente que últimamente ha surgido algo que se puede denominar “giro católico”. Que lo podríamos interpretar de muchas maneras o dar unas cuantas razones. Lo vemos en las noticias especialmente en Francia, con más de 20000 nuevos bautizados y entre ellos la mayoría de entre 18 y 25 años. Ya no es noticia el aumento de cristianos católicos en África, que es algo precioso, aunque duro pues lo hacen al costo incluso de la vida que cada vez vemos, pero no es nuevo. Pero ¿qué es esto? ¿Qué pasa? ¿moda? ¿afán o vacío? ¿testimonio y verdad?

Vamos por partes, entendemos que cada vez más gente se acerca a la fe, de una manera más real, esto conlleva que la fe se vuelva de alguna otra forma una vivencia pública, no cerrada, de una u otra forma el “miedo” a mostrar la vivencia de la fe cada vez va desapareciendo. Aunque esto no es igual en muchos países, especialmente los que sufren una persecución ardiente en algunas partes de África, por ejemplo, donde incluso es arriesgar la vida por vivir la fe.

El llamado “movimiento católico”

Es verdad que estamos en el mundo de las redes, donde todo está conectado, y una persona de un lado del mundo en minutos se puede enterar de lo que pasa en otro continente, y la Iglesia no es alguien exento de esto, no está separada de su espíritu ser reservado para una nación o territorio concreto, sino que como su propia autoridad, es universal. Es verdad que de buenas a primeras una cosa que destaca la religión es por la belleza, incluida su belleza litúrgica, y genera en cierto modo una atracción. “La liturgia, como también la Revelación cristiana, está vinculada intrínsecamente con la belleza: es veritatis splendor. En la liturgia resplandece el Misterio pascual mediante el cual Cristo mismo nos atrae hacia sí y nos llama a la comunión” (Sacramentum caritatis, 35). Muchas personas han vuelto o se han deslumbrado por una belleza especialmente en la acción litúrgica que es el centro de la vida de la Iglesia.

La inquietud del corazón y la búsqueda de Dios

Ahora bien la pregunta ¿por qué Dios? y yo creo que en esto podríamos traer un referente principal que es la figura de san Agustín. El entregarse a Dios no es una adhesión externa, sino una búsqueda que compromete a toda la persona. El encontrar la felicidad (que de esto se habla mucho) se trastorna en el hecho de que a veces comprometemos tanto los medios y los volvemos tan mundanos que la felicidad la volvemos como una simple repetición de actos que estimulan y llevan a “sentirme bien”. Pues esa no es la felicidad, porque si algo caracteriza a la felicidad es que es eterna e inmutable y eso solo lo da el ser perfecto, que tiene estas características. Quizás preguntarse sobre la felicidad es un paso principal de la inquietud humana, normalmente nos preguntamos muchas cosas que nos van condicionando la existencia. Pero esa inquietud, quizás no nace por una carencia material, psicológica, sino por una atracción o por una búsqueda por sentir un vacío que interroga su existencia. Y esas preguntas que de una u otra forma interrogan nuestro ser como pueden ser ¿por qué estoy aquí? ¿me falta algo a mi vida? O muchas otras, son muestra de que algo en el interior intenta buscar aquello que le falta, que es el carácter divino.

Como se hacía mención antes, una de las figuras que nunca pasa del tiempo y vendría bien para entender esa necesidad de buscar lo divino es san Agustín. «Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti» (Confesiones 1, 1) es digamos como podría empezar cualquier inquietud de un cristiano, la inquietud del corazón que no es mala, es un comienzo, porque el alma siempre busca al creador, igual que el creador abre los brazos a la criatura. La reciprocidad se ve en la inquietud, no estaríamos inquietos si no hubiera algo divino que nos espera para que encontremos descanso, es una relación recíproca. San Agustín no habla de algo más que del corazón humano, que desea muchas cosas, por eso se le llama “inquieto”, pero que solo encuentra descanso en una que le puede saciar completamente que es Dios.

Si seguimos por la línea de la inquietud nos encontramos con el hecho de reconocer la creación. “caía de bruces contra esas cosas hermosas que has hecho” (Confesiones, X, 27, 38). La belleza no es mala, nunca lo será porque al final muestra la mano del creador, podemos disfrutar de la belleza de la arquitectura de una iglesia, y eso no es malo, o de un canto, pero eso no puede quedarse ahí, tiene que trascender en algo más; descubrir que la belleza es para darle culto y llevarnos a Él, por lo tanto las cosas externas que nos atraen nos deben llevar a una realidad interna que nos interroga.

Podríamos distinguir varias facetas o motivos de por qué el joven ama lo que ama ¿le atrae la Iglesia como institución? ¿le atrae la liturgia por su belleza? Es una simple percepción, pero que siempre se empieza por ahí, porque por ahí termina preguntándose “¿Qué amo yo cuando te amo?” (S. Agustín, Confesiones X, 6,8). En realidad, la emoción que me desenvuelve en mi ser me lleva a amar a Dios, pues parece que sí, porque eso explicaría muchos casos de bautismos en adultos, ya conscientes de una vida más madura y de entrega. Y eso en cierto sentido nos remite a la pregunta que formula san Agustín cuando habla de qué ama en realidad. Los que vuelven a la fe o los que la descubren por primera vez se envuelven en esto, preguntar que si son seres que pueden llegar a amar a alguien, a una persona que en realidad los amó desde el inicio de la creación.

San Agustín trae muy bien a la actualidad el hecho de que está pasando en algunas sociedades; es el deseo interior de buscar la verdad, que al final todos estamos llamados a buscarla, pero encontrarla es aún más hermoso, porque el encontrar la verdad te hace partícipe, pero al mismo tiempo mensajero de esa verdad. Las inquietudes del corazón que pueden envolver a las personas de hoy son: ¿Qué sentido tiene mi vida? ¿Qué pasará después de la muerte? ¿Quién es Cristo? Y esto es más común de lo que pensamos ¿qué sentido tiene mi vida? Y eso es entrar aunque no lo sepan en una teología de la creación, donde somos creados con un propósito. Porque si lo pensamos bien, el hecho de pensar o afirmar que la vida es: “nacer, vivir y morir” es tan mediocre que trae más desconcierto que respuesta.

En estas cosas hay que tener cuidado con las emociones, que sí, pueden establecer un vínculo real, pero algunos otros son confusos, son importantes los sentimientos en tanto que como su misma palabra lo indica, nos hacen sentir algo. Pero eso no puede llevar a que el conocer a Cristo lo condicione que solo lo que me traiga una emoción fuerte o simplemente de mi gusto sea la que me garantice una relación más perfecta con el Creador. No se trata de buscar o de intentar cuestionarse sobre nuestra vida en un momento determinado de emoción, sino de encontrar el sentido a todo el conjunto. El reto siempre será no abusar de las emociones. Es saber administrarlas y que al mismo tiempo no se menosprecie su papel tan importante en la vida cristiana.

¿Libertad o tendencia?

La dimensión que podríamos abordar es sobre la libertad, como parte fundamental, elegir o apropiarme de una decisión, una persona puede acercarse a la fe por un amigo, que es digamos una parte esencial y preciosa del camino, pero en algún momento tiene que dejar de ser del colectivo a pasar a ser individual, y en esto entra la libertad, que también nos lleva a elegir o más bien a preguntarnos qué busca una persona cuando busca la verdad. Pero entonces ¿qué elegimos? Nos dice Leonardo Polo: “La libertad personal no es libertad de elección, que es una libertad derivada de aquella, una aparición de libertad humana pero no radical” (La esencia del hombre, conferencia, Universidad de Málaga, 25/11/1994). Significa que no es igual ver varias opciones y quedarme con la que más traiga satisfacción hacia mí, o por el ambiente. Sino una elección que se debe hacer con toda su persona, no entre varias opciones, sino la única y verdadera. Es preguntarse si es una elección personal, que compromete a todo mi ser, o es una simple opción. Es saber dónde mi persona, todo mi ser y con la libertad de los hijos de Dios.

“La libertad es discontinua, un recomenzar” (Leonardo Polo, Persona y libertad). La fe no agota todas las posibilidades, cada uno desde la vida de fe comienza y recomienza cuando cae, no es un camino perfecto, sino más bien santificable y eso con sus errores, pero lo importante es no quedarse en la elección de la fe, sino empezar a vivirla y seriamente.

Una afirmación que muchas veces hemos escuchado es que “la fe quita la libertad” y no es así, reconocer la existencia de Dios no nos vuelve marionetas de la fe, el reconocimiento de ser hijo de Dios no encierra al ser en un aislamiento, sino que lo abre a la vida además ahora con un toque divino. Y lo vemos en la libertad que se disfruta no como un “porque me toca” sino un para Dios, el estudiar, el trabajar, la familia, cuando entendemos que la libertad de hacerlo tiene un motivo de fondo, se ve de otra manera. El ser humano es un ser abierto, pero al mismo tiempo se dona, que busca amar cuando descubre que está siendo amado, es ahí donde la libertad de yo amar a Dios me lleva a amar al otro de una manera excepcional.

Por lo tanto, el hombre que descubre la fe por primera vez o que la logra redescubrir encuentra en ella el reto de aceptar con libertad la fe, no como un abanico de posibilidades que es la que me llena más, sino más bien como la única opción que llena mi vida y que trae consigo la libertad.

¿Felicidad, dónde?

Hay una distinción importante que podríamos hacer, entre aquello que atrae y aquello que constituye y construye nuestra vida. Ya hemos visto que el reencuentro de la fe es algo que interroga el corazón y luego como eso nos lleva a elegir con toda nuestra persona libre solo lo que queremos para nosotros.

“Es imposible que la bienaventuranza del hombre esté en algún bien creado” (Summa Teológica, I-II, q. 2, a. 8) ¿es acaso una amistad, belleza, conocimiento, algo malo? No, no es eso lo que intenta explicar santo Tomás, sino que nuestra felicidad que la última que buscamos no corresponde a algo terrenal o sujeto a temporalidad.

El apetito por lo eterno no es algo nuevo para el hombre, desde sus inicios se pregunta ¿Qué hay después de la muerte? O ¿de dónde venimos? Ciertamente estas preguntas no se quedan en vanas teorías que intentan dar una respuesta, sino en lo que podemos denominar un apetito por conocer lo que hay detrás de lo que simplemente es finito. El “vacío” como se puede denominar muchas veces a la falta de una relación con Dios o una relación fría es lo que lleva en muchos casos a pensar que hay algo dentro del hombre que tiende pero no para satisfacer una realidad temporal, sino más bien llenar un vacío. «La bienaventuranza es el bien perfecto que sacia totalmente el apetito». (Summa Teológica, I-II, q. 5, a. 8). No es algo ajeno esta afirmación, y lo vemos en nuestra realidad, el cómo se satura tanto a la humanidad en un carrusel de satisfacciones pasajeras que no llevan a una satisfacción total del apetito del hombre. Una consecuencia de esto, de que vemos el mundo con tanta estimulación por satisfacciones temporales que nos hacen querer las eternas, porque nos hacen reflexionar sobre si lo que busco como hombre, no es algo pasajero. Es normal que mucha gente se canse de lo pasajero, porque no es para lo que el hombre está creado, el hombre está llamado y creado para la eternidad y la eternidad en el cielo, viendo a Dios tal cual es, la esencia divina. Aquí vemos otro acercamiento a la fe, el apetito por lo eterno ante el mundo tan pasajero.

La fe en la vida cotidiana

La fe no puede quedarse en algo de emociones o simplemente gestos, sino que va más allá, aunque es el primer paso. El cristianismo aquellos que lo adoptan como fe o otros que vuelven a la Iglesia, se les propone algo que le corresponde a la persona entera. Porque la fe atiende a toda la persona, durante cada instante de su vida y la fe como un faro va iluminando la existencia.

La vida en la fe no corresponde a hechos extraordinarios, sino que lo ordinario, como el trabajo, estudio, familia, etc., se vuelva un camino que toda la persona hace pero que en él encuentra a Dios. Nuestras labores no son algo que nos impida llevar una vida de fe, antes al contrario, en ellas el hombre se va formando. Y ahí incluye la fe, ¿Cuándo? Cuando sé que hago la vida ordinaria una alabanza a Dios, intentando ante todo hacer las cosas bien y con amor. En esto san Josemaría nos dice “Pon un motivo sobrenatural a tu ordinaria labor profesional, y habrás santificado el trabajo” (Camino, 359).

Por tanto, cuando hablamos de “giro católico” especialmente entre los jóvenes, no estamos hablando de intereses particulares por una forma, un interés o una estética, o una cultura religiosa, sino de algo más profundo. Es verdad que la percepción trae a la mente lo que ven los ojos, pero eso lleva a preguntas sin resolver, a un apetito por conocer y a un vacío por saciar, y es ahí donde las respuestas se van respondiendo, pero eso le corresponde a cada uno. “No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona” (Benedicto XVI, Deus Caritas est, 1). El hecho del encuentro es la respuesta de las personas que buscan saciarse del pan de vida que calma el hambre para la eternidad. He ahí que el volver a la Iglesia o comenzar en ella es un camino precioso y personal, pero que siempre termina con encontrarnos con Cristo.

Crecimiento en la persecución

Hemos hablado del crecimiento de la Iglesia a lo que muchas personas denominan “giro católico”. Pero hay otra parte del mundo, hermanos en Cristo, que viven su fe en medio de persecución, arriesgando su propia vida para participar en Eucaristías o en una comunidad cristiana. Es la joven y valiente Iglesia en África, que no es igual en todas partes pero algo es seguro, dentro de sus raíces más cristianas está la sangre de los que han lavado sus manchas por el martirio.

El martirio siempre ha estado presente en la vida de la Iglesia, desde sus inicios, hasta el día de hoy, y no es algo que sea indiferente de la vida eclesial. Pero el martirio no debe entenderse como una derrota, los bienaventurados por causa del Señor son ahora los que interceden por nosotros, son antes, dichosos.

“La sangre de los mártires es semilla de nuevos cristianos” (Tertuliano, Apologético, 50, 13). Su sangre derramada, como la de Cristo, es el grano que muere y da mucho fruto (Cfr. Jn 12, 24). Los que mueren a esta vida, porque saben y esperan en el cielo, los que viven para siempre. Pues la Iglesia que crece en África no es una realidad que sea indiferente a estas palabras, aun con el paso del tiempo siguen siendo palpables en su realidad.

Nuestra fe necesita obras; si no, es una fe muerta. Pero el testimonio de vida de los mártires es una entrega total por Cristo, y es un claro ejemplo de que la verdad cuando se defiende incluso se entrega la vida, o acaso ¿quién muere por una mentira? La vida se entrega, siendo el bien más preciado, solo se entrega para defender la verdad, “sé fiel hasta la muerte y te daré la corona de la vida” (Apocalipsis 2,10). La Iglesia joven que peregrina en África es un motivo de esperanza, una fidelidad palpable y una defensa de la verdad, es aquello que los mantiene firmes aun en la persecución. La Iglesia crece y ya vemos que crece de muchas maneras, y es algo que nos debe motivar, porque es lo que en realidad estamos llamados a ser, imagen viva de Cristo. Todos estamos llamados a la edificación del Reino de Dios y a la salvación de las almas.

Der AutorSantiago Zapata Giraldo

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