Un hilo conductor une las lecturas del domingo pasado con las de hoy. Ambas nos recuerdan que la manera de pensar y de actuar de Dios es muy distinta de la nuestra. El domingo pasado, fue Isaías quien proclamaba, hoy, por medio del profeta Ezequiel, el Señor nos interpela de una manera aún más directa: “Insistís: ‘No es justo el proceder del Señor’. Escuchad, casa de Israel: ¿Es injusto mi proceder? ¿No es más bien vuestro proceder el que es injusto?"
El Evangelio del domingo pasado hablaba de la invitación generosa de Dios dirigida a todos: “Go, then, to my vineyard”. Dios no quiere que nadie permanezca en el desempleo espiritual. El Evangelio de hoy da un paso más. Nos recuerda que la llamada de Dios espera siempre una respuesta libre. Dios nunca obliga a nadie a servirle. Trabajar en su viña exige un “sí” libre y generoso, un “sí” que no se exprese solo con palabras, sino sobre todo con obras.
Jesús ilustra esta enseñanza con la parábola de los dos hijos. El padre pide a cada uno que vaya a trabajar a la viña. El primero responde con rotundidad: “No quiero”. Pero después se arrepiente y va. El segundo responde con respeto: “Voy, señor”. Sin embargo, no fue. Cuando Jesús pregunta cuál de los dos cumplió la voluntad del padre, todos responden: el primero. La enseñanza es clara: lo que cuenta son las obras, no las palabras. Como dice el refrán: “Del dicho al hecho hay un gran trecho”.
La palabra decisiva de la parábola no es simplemente “fue”, sino “se arrepintió”. El primer hijo cambió de manera de pensar. Permitió que la voluntad de su padre fuera más importante que la suya.
La conversión es siempre un cambio de dirección hacia el destino correcto. C. S. Lewis lo expresa admirablemente en Mere Christianity: "Todos queremos progresar. Pero progresar significa acercarse al lugar al que queremos llegar. Si hemos tomado el camino equivocado, seguir adelante no nos acerca a la meta. Si estamos en el camino equivocado, progresar significa dar media vuelta y volver al camino correcto; y, en ese caso, quien antes se vuelve es el que realmente progresa".
Jesús es el contraste perfecto con el segundo hijo de la parábola. Él es el Hijo verdadero que no solo dice “sí” al Padre, sino que lleva ese “sí” hasta sus últimas consecuencias. En Jesús no existe distancia entre la palabra y la acción. Toda su vida es un perfecto “sí” al Padre.





