Acudir al cementerio –en estos días, como es tradicional, o en cualquier época del año– es un ejercicio más que recomendable. Y no es porque sea aficionado al turismo «dark»; ya saben, esa moda de visitar lugares tétricos o vinculados a tragedias históricas, sino porque me ayuda a vivir mejor.
Sí, el horizonte de la muerte es, en mi opinión, el mejor atizador de la llama de la vida. Ante la constatación del inevitable final de la existencia, todo cobra otro sentido y muchas de las cosas que nos parecen importantes en el día a día, se tornan fruslerías perfectamente prescindibles. La enseñanza que nos ofrecen los salmos en este sentido no tiene precio: «Aunque uno viva setenta años –reza el 90–, y el más robusto hasta ochenta, la mayor parte son fatiga inútil, porque pasan aprisa y vuelan»; y añade: «Señor, enséñanos a calcular nuestros años para que adquiramos un corazón sensato».
¿No estará esta incapacidad de cálculo detrás de la epidemia de infelicidad que nos rodea? Vamos por la vida como pollo sin cabeza, corriendo de un lado para otro sin saber muy bien hacia dónde. En las relaciones sociales y familiares, en los trabajos y hasta en el ocio vamos estresados, queriendo llegar a todo y sin poder. Las cifras de insomnio crónico no paran de aumentar porque nuestra cabeza no para de darle vueltas a los problemas, porque queremos controlarlo todo. Abrumados por el innegable avance científico y tecnológico de las últimas décadas hemos llegado a creernos invulnerables, que no hay problema que no pueda solucionarse con un poco más de esfuerzo, un poco más de dinero o un nuevo seguro. Pero es una ilusión. Siempre habrá algo –un pequeño dolor en el pecho, el suspenso de un hijo, o el despido del compañero de trabajo– que nos hará sentirnos frágiles: ¡porque lo somos!
Aceptar que nos morimos y recordar la vida de quienes estuvieron con nosotros y ya no están, lejos de amedrentarnos, debería ser un estímulo para vivir mejor, más tranquilos, sin sorpresas, conscientes de que cada día es un regalo enorme que no vale la pena desperdiciar corriendo detrás de humo o viviendo asustados por el mañana.
En mi actual estado vital, cuando ya he sobrepasado con creces el ecuador de la vida y los nietos vienen llamando a la puerta, esta reflexión se hace, de pronto, más intensa. ¿Cómo envejecer bien? Lamentablemente es algo que pocos se plantean con un corazón sensato como el del salmo. Las únicas ayudas que se proponen para afrontar la edad provecta son materiales: planes de pensiones, hábitos saludables, productos cosméticos o actividad física; pero ¿cómo prepararnos espiritualmente para la vejez? Ahí está la clave, porque el espíritu se rebela y no acepta la humillación que supone hacerse viejo.
Aunque me queda todavía mucho para llegar a la tercera edad, me he preparado un decálogo para ir estudiándolo y, llegado el momento, saber a qué atenerme. Lo he llamado «Decálogo para enbienjecer», y lo comparto por si a alguien le sirve:
Enbienjecer es…
- Aprender a ser agradecido por todo lo vivido, por el bien recibido incluso en los momentos difíciles, sin perderme en la nostalgia.
- Asumir con sencillez y sentido del humor que ya no podré hacerlo todo por mí mismo, ni llegar a todo, ni controlarlo todo.
- Aceptar humildemente la ayuda de otros, dejarme querer, darles las gracias por lo que hacen por mí y expresarles mi cariño.
- Abrirme a la reconciliación, pedir perdón y perdonar, sin alimentar resentimientos pasados.
- Saber que, a pesar de mi experiencia, no siempre llevo razón, dejarme aconsejar dócilmente y saber dar un consejo sin imponer.
- Seguir dando fruto sirviendo a los demás, porque todos tenemos algo que aportar según nuestras capacidades.
- Saber dar razones de mi esperanza compartiendo cuanto la vida me ha enseñado y transmitiéndolo a las siguientes generaciones.
- Ser paciente con los demás y conmigo mismo, porque los procesos a veces son largos y el tiempo no nos pertenece. Es un don.
- No dejar de aprender, de disfrutar, de admirarme por la belleza de la vida, de alegrarme con las alegrías de los demás y de apenarme con sus penas.
- Orar más y prepararme para el encuentro definitivo con Dios, porque «nos hiciste, Señor, para Ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti».
Enbienjecer es, en definitiva, hacernos como niños.
Journalist. Graduate in Communication Sciences and Bachelor in Religious Sciences. He works in the Diocesan Delegation of Media in Malaga. His numerous "threads" on Twitter about faith and daily life have a great popularity.





