Una tarde, al salir de la escuela, fue con su madre a comprar comida. Entraron a una tienda de ultramarinos de la época con un mostrador muy, muy alto, que no le permitía ver quién estaba detrás, pero pudo escuchar claramente la frase: “Señora Josefa, lo siento mucho, pero ya no le puedo fiar más”. Esa frase le impactó y se prometió que nadie más diría eso a su madre. Han pasado muchos años y dice que no ha cambiado: se marcó una meta en su vida y puso su alma en cumplirla. Se puso a trabajar, dejó los libros y se empleó de dependiente en una camisería.
Después de un tiempo, cambió de trabajo, a uno de mayor nivel en una tienda de confección, y empezó a salir con la hija de una clienta pudiente. Una vez, la madre entró a la tienda y preguntó por el hijo del dueño (que se veía con su hija). Cuando supo que no era el hijo del dueño, sino un dependiente más, hizo lo posible para acabar con la relación. En aquella época se cuidaban mucho las formas, las clases y el estatus. El dependiente le pareció un chaval de poca monta para su hija. El joven lo pasó muy mal con aquel suceso porque le hirió sus sentiments, propios de un chico en plena adolescencia. Era el dependiente más valioso, sus jefes ya se habían dado cuenta de que era un hábil comerciante.
Después de esa triste experiencia, él siempre trató de tener muy en cuenta a las personas y evitar hacer sufrir innecesariamente. Las nietas de quien podía haber sido su suegra visten de Zara, en una sociedad donde tener estilo no necesariamente significa llevar ropa cara. El dependiente al que nos referíamos, pasados muchos años (cumplió el pasado 28 de marzo 90 años), dijo: “No necesitas herencia, necesitas hambre, disciplina y un propósito que te queme dentro”. Aquel dependiente se llamaba Amancio, y se apellidaba Ortega.





