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Por qué ‘El Señor de los Anillos’ de Tolkien es un viaje católico

El poder que renuncia a dominar, la esperanza que resiste, el discernimiento y la responsabilidad, y la fuerza de los humildes revelan la profunda cosmovisión católica de Tolkien en «El Señor de los Anillos».

OSV / Omnes-8 de octobre de 2026-Temps de lecture : 7 minutes
El señor de los anillos

©OSV News, cortesía de New Line Cinema

-Leonard J. DeLorenzo, OSV News

Dado que JRR Tolkien era un católico devoto, cabría suponer que la religión estaría presente en su obra maestra literaria. Sin embargo, no hay religión en «El Señor de los Anillos». Hay magia e incluso atisbos de lo demoníaco, pero el mundo que crea Tolkien es un mundo completamente autosuficiente. Es un mundo vasto, antiguo, incluso mitológico a su manera, pero todo se encuentra dentro de ese mundo.

Esto no es casual, ni tampoco evidencia de una negación de la religión en general o del catolicismo de Tolkien en particular. Al contrario, como el propio Tolkien confesó a un amigo (sacerdote) en una carta de 1953: «“El Señor de los Anillos” es, por supuesto, una obra fundamentalmente religiosa y católica; inconscientemente al principio, pero conscientemente en la revisión. Por eso no he incluido, o he eliminado, prácticamente ninguna referencia a la “religión”, a cultos o prácticas, en el mundo imaginario. Porque el elemento religioso está integrado en la historia y el simbolismo».

Aunque la trilogía de «El Señor de los Anillos» se publicó por primera vez a mediados de la década de 1950, la visión católica del mundo de su autor está recibiendo una atención renovada gracias a «Magnifica Humanitas», la primera encíclica del Papa León XIV, que aborda la protección de la persona humana en la era de la inteligencia artificial. En el párrafo 213, el Papa León XIV menciona a Tolkien en el contexto de la responsabilidad de la humanidad de abrazar «pequeños y firmes actos de fidelidad que sirvan de baluarte contra la deshumanización». El Papa cita al sabio mago Gandalf en «El Retorno del Rey» para ilustrar este punto: «No nos corresponde dominar todas las mareas del mundo, sino hacer lo que está en nuestras manos para el bienestar de los años en que nos encontramos, erradicando el mal de los campos que conocemos, para que quienes vivan después tengan tierra limpia que cultivar».

Si bien en «El Señor de los Anillos» no hay religión explícita, el catolicismo de Tolkien, como él mismo señaló, está «integrado en la historia». Hay cuatro elementos clave de la narrativa propios de una cosmovisión católica, que Tolkien incorpora en las tensiones y decisiones de sus personajes: el poder que desarma, la esperanza inquebrantable, el discernimiento y la responsabilidad, y la exaltación de los débiles.

Poder desarmador

La historia del gran Anillo de Poder es un viaje totalmente inesperado. El viaje desafía las expectativas del poder terrenal. El Anillo es portado por el menos esperado. Es llevado hacia su propia perdición. Su poder no se emplea, sino que se resiste, lo que conduce no a la dominación, sino a la hermandad.

Si el Anillo se utilizara según la sabiduría del mundo, la misión estaría condenada al fracaso desde el principio. El gran poder de la oscuridad anticipa a quienes buscan ascender y se ha armado contra sus avances. Quienes ansían el poder siempre esperan que otros también lo anhelen, por lo que la única oportunidad de derrocar verdaderamente a los poderosos de sus tronos no es vencerlos por la fuerza, sino por la astucia. Eso significa no intentar ocupar su lugar.

Como canta María en su Magnificat, la destrucción del poder terrenal significa derribar a los poderosos de sus tronos y dispersar a los arrogantes en la imaginación de sus mentes y corazones. No significa responder al poder terrenal con más poder terrenal, simplemente para reemplazar a quien esté al mando. Este camino es inesperado porque desbarata las expectativas de los poderosos y orgullosos.

En otro pasaje, Tolkien despliega esta peculiar lógica al elegir a uno de los personajes más poderosos de su mundo: Galadriel, Señora de los bosques de Lothlórien. Ella revela que el deber de los poderosos, dotados del poder de influir en los acontecimientos y conmover mentes y corazones, es, en última instancia, ceder. Aquellos como ella deben entregar su poder al servicio de una misión que no han concebido. Ella y quienes son como ella ocupan el lugar de Juan el Bautista, quien, aunque atraía multitudes en el desierto, simplemente se marchó cuando llegó el momento de encomendar su misión a aquel a quien había sido llamado a servir: «Es necesario que él crezca y que yo disminuya» (Jn 3:30).

La esperanza renace

En medio de la oscuridad que envuelve a los poderes del mundo, que a menudo parecen irresistibles e inevitables, la esperanza perdura. A veces, su permanencia es apenas un susurro, un pequeño destello de luz, un atisbo de otra salida, el rumor del amanecer. Y, sin embargo, la esperanza permanece mientras uno respire, e incluso después, mientras haya otros que la conserven. La resiliencia de la esperanza se demuestra ante la oscuridad que amenaza con extinguirla. Cuanto más persisten y crecen las sombras, más perdura la esperanza como la posibilidad y la promesa de que esto también pasará.

Para Théoden, rey de Rohan, la oscuridad no estaba tanto fuera de él como dentro de su propia mente. Había sido aprisionado por el consejo de los malvados. En algún momento, se dejó influenciar voluntariamente hasta cierto punto, pero después su libre albedrío se vio tan mermado que ni siquiera podía controlar sus propios pensamientos. Sin embargo, con el tiempo, otro consejero acudió en su ayuda, uno inesperado cuya llegada siempre sorprende. Y así, en conversación con Gandalf, se abre un nuevo camino para el cansado rey.

La enfermedad de Théoden radica en que ha entregado su control a los engaños de otro; cuando aparece su sanador, este no se limitará a sustituir a un hechicero por otro. No, Gandalf le muestra a Théoden que el rey no es un receptor pasivo de esperanza. Théoden debe elegir ver y aceptar otra perspectiva. Y lo hace.

Aunque Gandalf se muestre firme con Théoden, no intentará dominar al rey. Eso, una vez más, sería una artimaña del Enemigo. La esperanza es la fuerza para acompañar y actuar en favor de los cautivos, para ayudarlos a recuperar su dignidad y para empoderarlos a liberarse de las cadenas que los aprisionan. La esperanza se nutre de quienes cuidan las heridas de los demás y se apoyan mutuamente en la amistad, negándose a convertir a los amigos en enemigos.

Discernimiento y responsabilidad

La responsabilidad mutua y el compromiso de atender las necesidades de los más desfavorecidos se combinan para crear algunas de las tensiones más intensas en «El Señor de los Anillos». Esta tensión se siente con mayor intensidad cuando los personajes deben discernir su propio camino. A menudo se ven arrastrados por deseos contrapuestos, aunque rara vez, en ocasiones, uno de los bandos se identifica claramente como el camino de la oscuridad.

Para aquellos a quienes se les confía una misión, ya sea completa o parcial, es fundamental la reflexión paciente, la deliberación sobre las prioridades y los constantes sacrificios. Todo esto se hace patente cuando Aragón, el legítimo heredero al trono de Gondor, contempla su destino largamente anhelado, el cual ahora debe posponer por amor a la amistad y a su deber más apremiante.

El camino del deseo del corazón es aquel del que resulta más difícil apartarse. No hay oscuridad alguna en lo que Aragorn divisa hacia el sur: está revestido de esplendor y rebosante de luz. Sin embargo, para quien discierne no solo por pasión o por el atractivo del destino, sino también por razón, la libertad de renunciar por un tiempo a un camino tan hermoso se convierte en un anhelo difícil de alcanzar. En lugar de perseguir su trono, Aragorn parte en busca de sus pequeños amigos, capturados por el Enemigo.

Una vez más, los lazos de amistad complican las decisiones de otro miembro de la Comunidad, quien ahora se encuentra solo, de pie junto a lo que cree que es el cadáver de su compañero más cercano. La misión de Samwise Gamgee era acompañar a Frodo, el Portador del Anillo, hasta el final del viaje, o hasta su muerte. Pero, al parecer, la muerte ha llegado antes para Frodo, así que Samwise debe elegir entre quedarse con su amigo sin vida, huir de regreso a su hogar o cargar él mismo con el Anillo y emprender el viaje solo para completarlo.

Antes y después de su decisión, Samwise debe lidiar con el conflicto de lealtades. Solo él puede elegir y solo él debe afrontar las consecuencias. Su responsabilidad está en juego. Al final de este episodio, Samwise se encuentra persiguiendo ambos objetivos: encontrar a Frodo y llevar el Anillo, ya que se muestra que Frodo sigue vivo y ha sido capturado en la dirección que Samwise debe seguir para llevar el Anillo a su destrucción.

Pero Sam aún tenía que tomar una decisión. Tal es la difícil situación de los pequeños y mansos que sopesan las opciones entre el parentesco y el valor, que cargan con el peso de la fidelidad, cuyas acciones, incluso cuando son erróneas, no son en vano, pues buscan el fin correcto de la manera correcta y suman a su propia carga la responsabilidad de ejercer su libertad y su amor por los demás.

Tal es la difícil situación de los pequeños y mansos que sopesan las opciones entre parentesco y valor, que cargan con el peso de la fidelidad, cuyas acciones, incluso cuando son erróneas, no son en vano, pues buscan el fin correcto de la manera correcta y añaden a su propia carga la responsabilidad de ejercer su propia libertad y su amor por los demás.

Elevar a los débiles

Todo el camino para destruir el Anillo de Poder es inesperado porque la mayor parte no pertenece a los fuertes sino a los débiles, no a los sabios sino a los necios, no a los poderosos sino a los mansos. Es un viaje contra todo pronóstico, pero no emprenderlo equivaldría a un desaliento que conduciría a la desesperación absoluta.

El mayor poder del mal reside en su capacidad para desempoderar a los buenos, convenciéndolos de que no hay nada que hacer, nada que intentar, nada por lo que tener esperanza. Pero el mal de ojo —ni siquiera el Mal de Ojo— no puede ver la valentía de los mansos y humildes que se esfuerzan y llevan adelante la labor de la esperanza del mundo a pesar de la aparente futilidad.

La recompensa para quienes se esfuerzan —quienes intentan grandes hazañas y albergan grandes esperanzas, a pesar de, o quizás incluso gracias a, la oscuridad a veces abrumadora que los envuelve— no es refugiarse en fantasías ni dormirse en los laureles de grandes proezas logradas o intentadas, sino descubrir en sí mismos una mayor responsabilidad y amor por los mundos pequeños y a menudo muy ordinarios de los que provienen. Es lo que los pequeños y humildes hobbits comprenden cuando, tras completar el gran viaje al Monte del Destino, regresan a su humilde Comarca y se llenan de pasión por aquello que les ha sido confiado personalmente.

Quienes emprendieron el viaje inesperado se convirtieron en portadores de esperanza, heraldos de amistad y faros de luz para los demás. Quizás fueron humildes, pero los humildes no solo heredaron la Tierra Media: la redimieron.

Leonard J. DeLorenzo, doctor en filosofía, trabaja en el Instituto McGrath para la Vida de la Iglesia y enseña teología en la Universidad de Notre Dame.

L'auteurOSV / Omnes

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