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¡Tengo una familia! El riesgo del familismo y la autorreferencialidad en la sociedad y en la Iglesia

El familismo amoral antepone los intereses familiares y personales al bien común, una práctica que debilita la confianza en las instituciones y contradice la visión cristiana de una humanidad llamada a vivir como una sola familia.

Gerardo Ferrara-29 de październik de 2026-Czas czytania: 6 minuty
familismo

La situación política, económica y social en Europa y en el mundo es, en los últimos tiempos, especialmente complicada, por no decir dramática.

Escándalos, revueltas, luchas de poder, corrupción y procesos judiciales han minado la confianza de los ciudadanos en las instituciones que deben representarlos. 

Al hablar con algunos amigos italianos, españoles, latinoamericanos y de Oriente Medio, pero también estadounidenses, hemos podido constatar una deriva similar en sus respectivas sociedades, además de la persistencia de un fenómeno común que ha sido especialmente criticado en los escritos y declaraciones de los dos últimos pontífices, Francisco y León XIV.

El «familismo» amoral

«Tengo familia» es una expresión icónica italiana, acuñada por el escritor e intelectual Leo Longanesi, que pretende representar la mala conducta, presente en cierta «cultura latina», de encubrir o avalar determinados delitos o comportamientos indebidos (como robar, no pagar impuestos, sobornar y ser sobornado) con la excusa de hacerlo por la propia familia, o en cualquier caso por una razón válida y justificable. Aunque esta expresión corre el riesgo de alimentar prejuicios y estereotipos sobre la sociedad y la cultura latina, podría, no obstante, ser representativa de una cierta tendencia «romana» (y por «romana» no nos referimos a la ciudad de Roma) a «normalizar», o a aceptar como hechos consumados, una serie de actitudes completamente erróneas en nombre de un supuesto «interés superior».

En el ámbito secular, por ejemplo, esto podría desembocar en el denominado «familismo amoral», un concepto sociológico introducido por Edward C. Banfield en su libro de 1958 «The Moral Basis of a Backward Society».

Banfield desarrolló esta teoría partiendo de una proposición: algunas sociedades presentan marcadas características de atraso económico y social en comparación con otras. Los estudios que llevó a cabo, por tanto, tenían como objetivo determinar por qué esas sociedades eran, en su opinión, más «atrasadas» o problemáticas.

Para las investigaciones de campo, Banfield pasó nueve meses, entre 1954 y 1955, en Chiaromonte, un pueblo de la región de Basilicata, en Italia, y sometió a su población a una serie de entrevistas y pruebas psicológicas, comparando los datos con los de archivos públicos y privados tanto de este pueblo italiano como de otras comunidades rurales, como la provincia de Rovigo, no muy lejos de Venecia, o Kansas, en Estados Unidos.

Su conclusión es que la cultura de dichas comunidades se caracterizaría por una concepción extrema de los lazos familiares, en detrimento de la capacidad de asociación y del interés colectivo. Es decir, los individuos parecen actuar para maximizar exclusivamente los beneficios y ventajas materiales y a corto plazo para su propio núcleo familiar, dando por sentado que todos actúan de la misma manera.

Según Banfield, esta ética particular de las relaciones familiares sería la causa del atraso de las sociedades que estudió, como la del sur de Italia. Banfield denominó a su teoría «familismo amoral» porque el individuo solo perseguiría el interés de su propio núcleo familiar y nunca el de la comunidad, algo que, en cambio, requiere la cooperación entre personas no consanguíneas; y lo haría de forma amoral porque, con esta actitud, aplicaría las categorías de lo correcto y lo incorrecto, y de lo bueno y lo malo, únicamente a los miembros de su propia familia y no a los de la comunidad en su conjunto (el Estado, la sociedad en general, etc.).

No se trata, sin embargo, de un fenómeno exclusivamente italiano o del sur de Italia. En España, por ejemplo, existe un término igualmente eficaz: «enchufismo», del castellano «enchufe» (literalmente «enchufe eléctrico», en el sentido de «tener los contactos adecuados»), que describe la práctica de obtener puestos de trabajo, favores o ventajas no por méritos propios, sino gracias a relaciones personales, familiares o políticas. Una práctica que, en los últimos años, ha tenido una especial repercusión en el debate público español, donde el entrelazamiento entre poder, familia y protección recíproca ha alimentado polémicas que van mucho más allá de los casos judiciales, tocando la cuestión más profunda de qué significa, para quienes gobiernan, servir al Estado o servirse de él.

El familismo amoral en el ámbito eclesiástico y político: el nepotismo

En el ámbito eclesiástico y político, el familismo amoral coincide con el nepotismo, que se produce cuando quien ostenta una determinada autoridad o poder favorece a sus familiares (o a sus amigos más cercanos), en virtud de la relación de parentesco y amistad que le une a ellos, más que por las capacidades y competencias reales que estos poseen.

El término deriva de la palabra latina «nepos», que significa «sobrino», ya que en la Edad Media algunos papas tenían hijos ilegítimos a los que reconocían como sobrinos y a los que concedían cargos y privilegios.

Por lo tanto, tanto en la Iglesia como en la política, puede ocurrir que un hombre de poder o un eclesiástico contrate o ascienda a un familiar o amigo —asignándole un cargo o un puesto más o menos importante— en lugar de a un extraño más cualificado, lo que no solo va en detrimento de la institución, la empresa y la comunidad, sino que también conduce a una concentración excesiva de poder en manos de un grupo reducido de personas —ya sea una familia, una corporación o un puñado de amigos y parientes—, lo que obstaculiza el acceso meritocrático a la institución en cuestión y, en consecuencia, su correcto funcionamiento. Esto, naturalmente, puede conducir a la pérdida de independencia y de credibilidad moral de la propia institución (Estado, Iglesia, empresa, etc.).

Consecuencias del familismo amoral en la sociedad

A nivel social, las consecuencias del familismo son diversas, pero mencionaremos tres en particular:

  • ya no se persigue el interés común, sino el propio beneficio o el de la propia familia o del propio círculo reducido de amigos;
  • la persona o la institución que pretenda oponerse a esta mala práctica, actuando en interés público o según una visión más amplia, será considerada un enemigo;
  • pérdida de identificación con los objetivos de la organización o institución a la que se sirve, así como de vocación o sentido de la misión.

En la sociedad civil, todo esto conduce a ciertas desviaciones que pueden resultar dramáticas. Pensemos, por ejemplo, en votar a un partido o a un representante político que no defiende el bien de la sociedad, sino que me ha hecho determinadas promesas a mí o a mi familia a cambio de mi apoyo; en contratar o hacer que se contrate, en una empresa pública o privada, a un trabajador solo porque es un familiar o un amigo, aunque no sea la mejor opción para esa empresa en concreto; a tratar a los ciudadanos o a los subordinados de manera diferente en función de los lazos familiares o de amistad y no de las capacidades y los valores morales y personales de estos últimos.

Si todo esto es grave desde un punto de vista meramente humano y social, lo es aún más desde el punto de vista cristiano, ya que se trata de dar prioridad a intereses privados, personales o familiares, olvidando la doctrina social de la Iglesia que, en documentos como la «Gaudium et spes» (32), subraya lo siguiente:

Dios creó a los hombres no para que vivieran de forma individualista, sino para que se unieran en sociedad. [—] Ese carácter comunitario se perfecciona y se culmina con la obra de Jesucristo. [—] Él se sometió voluntariamente a las leyes de su patria. Quiso llevar la vida de un artesano de su tiempo y de su región. En su predicación afirmó claramente que los hijos de Dios tienen la obligación de tratarse unos a otros como hermanos. En su oración pidió que todos sus discípulos fueran «uno solo». Es más, él mismo se ofreció por todos hasta la muerte, él, el Redentor de todos. «Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos» (Jn 15,13). Además, ordenó a los apóstoles que anunciaran el mensaje evangélico a todos los pueblos, para que la humanidad se convirtiera en la familia de Dios, en la que la plenitud de la ley fuera el amor. Primogénito entre muchos hermanos, tras su muerte y resurrección instituyó, mediante el don de su Espíritu, una nueva comunión fraterna entre todos aquellos que lo acogen con fe y caridad: esta se realiza en su cuerpo, que es la Iglesia. En este cuerpo, todos, como miembros entre sí, deben prestarse servicio mutuo, según los diversos dones que se les han concedido. Esta solidaridad deberá ir creciendo siempre, hasta aquel día en que se consumará.

En este sentido, también podemos citar las palabras del mismo Cristo, quien afirmó haber venido a la tierra para «separar al hijo de su padre, a la hija de su madre y a la nuera de su suegra», hasta tal punto que «los enemigos del hombre serán los de su propia casa». Esto, obviamente, no significa en absoluto que el cristiano deba crear enemistad con y entre los miembros de su propia familia o de otras familias, sino reafirmar que la pertenencia a la comunidad humana y cristiana basada en el bautismo va más allá de los lazos de sangre y, de hecho, es mucho más importante que estos.

No se puede vivir el paraíso burgués en la propia familia sin pensar y preocuparse por los demás que están fuera de ella y que, tal vez, estén viviendo un infierno hecho de soledad y de pobreza material y espiritual.

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