Juan Chimeno es un madrileño afincado en Zaragoza. Es licenciado en Derecho y padre de tres hijos. Sus primeros pasos los dio en Europa Press, después en Mediapro. Fue funcionario interino en juzgados de primera instancia e instrucción durante varios años. Después trabajó un año en AXA y luego volvió a los juzgados. Le gusta la música, toca la guitarra, ha sido cantante en 3 grupos y es compositor. Durante la carrera empezó como Disc Jockey y ha pinchado en bodas y fiestas.
En 2008 le diagnosticaron una esclerosis múltiple, aunque ya había sospechas desde hacía años, ya que el primer brote fue en 2001, pero hasta 2007 no empezó a manifestarse. Fue un duro golpe para toda la familia y los amigos, en ese momento se empezó a mostrar claramente, que “Juanchi” (como es conocido por sus amigos) no se iba a dejar llevar por el desánimo.
Sus convicciones le hicieron reconfigurar su vida. Esto trajo a su familia mucha paz en los momentos de desánimo y una gran alegría. Se convirtió en una bendición esta limitación, aunque parezca una contradicción, porque sacó lo mejor de él.
Les demostró que, como dice Marian Rojas, la felicidad no está en lo que nos pasa, sino cómo interpretamos lo que nos pasa. Fue capaz de ser feliz y hacer felices a los suyos.
Tanto es así que su “chica” maña, Carla, que la había conocido en 2007, siguió enamoradisima de él, y se casaron en 2011. Viven en Zaragoza desde 2010. En la actualidad tienen tres hijos, dos chicos y una chica, Álvaro de 8, Jacobo de 6 y la pequeña, Marianita, de 3 años. Juanchi está jubilado desde 2017 ya que tiene la incapacidad laboral absoluta y se dedica a su familia y a dejarse cuidar.
¿Cómo os conocisteis? ¿Cómo empezasteis a salir?
– Juanchi: Nos conocimos por amigos comunes que habían estado ese verano haciendo voluntariado en Nairobi, con las Hermanas de la Madre Teresa. Empezamos a salir porque ella me mandó un SMS y yo pensé, “oye, esta chica parece interesante” y empezamos a hablar y hablar, que es la mejor manera de conocerse, y al final, gracias a un amigo, me lancé y le pedí salir formalmente.
Estuvimos saliendo 4 años en la distancia. Fue duro, realmente duro, porque no era tan fácil ver a la persona a la que quería: teníamos que coger un tren para poder vernos tan solo un día y medio, que sabe a muy poco y había fines de semana que no nos podíamos ver. Pero aún así mereció la pena ya que se valoran las cosas mucho más.
Juanchi, ¿qué formación tienes? ¿A qué te dedicas? ¿Cuáles son tus sueños?
– Estudié Derecho en la Complutense y años después un MBA en ICADE. Los dos me ayudaron mucho a formar mi cabeza y a abrir la mente, sobre todo por el esfuerzo que implican y las materias que abarcan.
Actualmente me dedico a mi rehabilitación física y a mi familia. En 2016 estaba trabajando como Gestor Procesal en Decanato de Plaza Castilla y gracias a Dios entré en un ensayo clínico en el Hospital Clínic de Barcelona. Eso me hizo replantearme la vida y decidí pedir la incapacidad laboral y gracias a Dios y a la intercesión de D. Isidoro Zorzano, me concedieron la absoluta.
Mis sueños la verdad es que se circunscriben a mi ámbito más cercano: mi mujer, mis hijos, mi curación, amigos, acercar a la gente que conozco a Dios y la música, aunque últimamente, salvo las clases de canto, lo tengo descuidado.
Y tú Carla, ¿qué estudiaste? ¿Qué haces a nivel profesional? ¿Qué proyectos tienes?
– Yo estudié en Sansueña, un colegio de Fomento, algo que también he elegido para que nuestros hijos estudien allí.
Después estudié Farmacia en la Universidad de Navarra, en Pamplona, un sitio donde me gustaría que estudiaran mis hijos porque es una parte muy importante de mi vida.
Trabajo en una farmacia con dos de mis hermanos, donde tenemos momentos muy buenos y un poco menos buenos, pero me encanta trabajar con ellos.
Mis proyectos profesionales están en la farmacia, dado que es el negocio familiar, luchamos cada día para que nos vaya muy bien.
Carla, ¿cuándo recibiste el diagnóstico de Juanchi? ¿Cómo fueron esos primeros momentos?
– Algo que no se me olvida es cuando le dijimos a mi madre que nos íbamos a casar y justo ese día nos dieron el diagnóstico definitivo de su enfermedad. Mi madre me dijo…”¿estás segura que quieres casarte con él? . Es una enfermedad muy dura. Tendrás que hacerle todo y trabajar mucho para que tenga una buena calidad de vida”. La verdad es que yo dije “¿bueno y qué?”.
Pero mi madre sabía lo que decía, pero en ese momento pensé: “bueno pues ya le ayudaré”. No sé si fue algo inconsciente o no, pero hasta el día de hoy, él puede hacer lo suyo y yo hago todo lo demás, salvo la comida, que la hace él para toda la familia. Y cuando tenga que hacer lo suyo, más todo lo demás, igual digo… “Qué razón tenía mi madre”, jajaja.
¡Pero la vida hay que vivirla al día! Y sobre todo, apoyarse mucho en los planes de Dios, que son como vienen y punto.
Juanchi, ¿cómo es tu día a día? ¿Cómo superas tus bajones?
– Voy varios días a rehabilitación, a fisioterapia y terapia ocupacional. Hago la comida y la cena para mi familia (como ha dicho Carla). Además hago la compra y me encargo de las gestiones de casa.
Hay días que no salgo de casa y la verdad es que se hace largo el día, pero bueno, siempre pienso que habrá un mañana que pueda salir.
Lo de los bajones da para hablar mucho. Antes de tener esta enfermedad, era un tipo muy inquieto. Mis amigos de Madrid me conocen y saben que no paraba de hacer planes. Estaba la mayor parte del día fuera de casa y de repente me llegó esta enfermedad. La pérdida de movilidad no fue de golpe, fue poco a poco. Al principio andaba mal, luego iba lento, después tropezando con cualquier obstáculo del suelo. Años más tarde empecé a ir con bastón y llegó un momento en el que decidí que por la calle era mejor ir en silla de ruedas.
No soy de las personas que se quedan muy abatidas o paralizadas cuando le dan una mala noticia de este tipo, o un palo fuerte. Trato de ver cómo seguir adelante y no quedarme parado ante la desgracia o la contradicción que me está pasando. Muchas veces pongo el ejemplo del limón. En esta vida hay que “hacer del limón limonada”. No te quedes con lo ácido de las cosas que te pasan en la vida, dales un cambio y haz limonada de eso que te hace sufrir. El sufrimiento no desaparece pero tu actitud sí puede cambiar. No es inmediato, requiere esfuerzo, pero el resultado es una limonada fresca y muy rica que alegra la vida.
Los malos momentos los pongo en las manos del Señor, mi fuerza, mi baluarte, sin Él no soy nada, y lo que hago es ocupar la cabeza con otras cosas. Pero bueno, en otras ocasiones tengo bajones más grandes, y todo lo malo se hace cada vez más grande, como si estuviera en un hoyo profundo del que fuese imposible salir.
Aún estando de bajón sé que, gracias a Dios, no estoy solo. En esos casos busco un momento para hablar con un sacerdote, y después de hablar con él me confieso. Y gracias a esto cojo fuerzas y retomo la lucha de la vida. Para (imagino que también para muchos) la vida es caer y levantarse.
Yo me siento querido por Dios pero me he dado cuenta que nuestra libertad no la puede mover Dios. Él quiere que le amemos libremente, sin nada ni nadie que nos obligue. Dios, que lo puede todo (es todopoderoso), no puede mover nuestra libertad (nadie querría que le quisieran de manera obligada) y eso es muy importante hacerlo saber para que todo el mundo conozca cuánto nos ama Dios y el infinito respeto que tiene a nuestro libre albedrío y la misericordia que tiene con nosotros, que hacemos barbaridades.
Juanchi, es comprensible que esta vivencia te haya llevado a conocer de primera mano nuestra fragilidad, nuestra vulnerabilidad y nuestra limitación personal. ¿Cómo vinculas esta realidad con Dios? ¿Cómo combinar la humanidad y la trascendencia ?
– Yo soy un pequeño siervo que trato de hablar de Dios a todo el mundo porque Él me ha hecho ver que a pesar de mi debilidad y mis miserias me ama infinitamente y que Él no me va a obligar a que le ame, quiere que le ame libremente.
También he visto que Dios se apoya en los débiles y en los enfermos para que se vea su amor sobre nosotros, su omnipotencia y su misericordia. Fue a san Lorenzo a quien las autoridades romanas le exigieron los bienes de la Iglesia tras la muerte del Papa Sixto II. Él se presentó ante el prefecto romano junto a los pobres, enfermos, ciegos, lisiados, viudas y necesitados a los que atendía, afirmando que ellos eran el verdadero tesoro de la Iglesia. Para que se vea aún más la mano del Señor, yo nací un 10 de agosto, día de san Lorenzo, y ese mismo día falleció mi padre a los 67 años.
La humanidad y la trascendencia en mi caso se entrelazan en lo cotidiano, en el día a día.
La cruz que tengo es una cruz del día a día y esto me ha ayudado a trascender y darme cuenta que viene de Dios y que tengo que darle gracias por ello aunque pensar esto es una locura. Muchos pensarán “¿cómo puedes decir ‘doy gracias a Dios por esta cruz’? Tendrías que pensar todo lo contrario, ‘¿Por qué Dios me ha castigado con esta desgracia?’”.
Hace poco, una chica que conozco, María Mora Figueroa, que falleció en abril, me decía: “Dios manda a cada uno lo que podemos llevar mejor”. Me costó tiempo darme cuenta que la cruz que el Señor me había regalado me ha hecho mejor persona. Antes mi cotidianidad no me ayudaba a ser tan trascendental. Pensaba que era buen cristiano pero iba corriendo a todas partes sin prestar atención, sin darme cuenta de lo que de verdad importa.
Ahora, que no puedo casi ni andar, me fijo en infinidad de cosas que antes no veía. Estoy agradecido a Dios por la cruz que me ha dado, aunque tenga que sufrirlo todos los días y esté fastidiado. También he aprendido que a amar se aprende sufriendo, aunque esto daría para otra entrevista.
Todo esto no quita para reconocer que soy pecador y sigo luchando día a día, porque pecados tengo muchos y porque aunque tengas una cruz hay que seguir luchando como cualquiera.
Carla, te dirán “¿cómo fuiste tan valiente de casarte?” Y dirás que el amor está por encima de todo. Pero el amor se forja día a día. ¿Qué le dirías a los que están pasando por algo parecido?
– Sinceramente, yo soy un poco rancia. No soy muy cariñosa así que lo que te puedo decir es que lo que a mí me han enseñado es a respetar y comprometerse con educación y respeto. Juanchi es todo lo contrario y por eso nos complementamos. Como muy bien has dicho el amor se forja día a día, la unión se construye día a día y no es todo tan maravilloso como parece. Por lo menos en mi caso.
Como muy bien sabemos todos al principio todo es fantástico y estupendo y luego las cosas se enfrían por eso hay que cuidarlas, ¡pero mucho! La vida es muy dura y más si te vino algo así en la vida. O aprendes a ser positivo y llevarlo lo mejor posible o te hundes. Yo soy farmacéutica y sé que hay millones de cosas para ayudar a estar bien. Pero esa no es la solución. Hay que apoyarse mucho en Dios y ser positivo. Nadie te da nada, lo tenemos que luchar cada uno.
Carla, ¿cuánto tiempo tardó en llegar el primer hijo? ¿Cómo nace la decisión tan generosa de ser padres de tres?
– Tanto Juanchi como yo procedemos de familias numerosas. Y a los dos nos gustó la idea de tener hijos. No sabíamos si esto iba a ser posible o en caso de poder cuántos tendríamos. Nos encantan los niños y tenerlos no es ninguna tontería. Es una gran responsabilidad y hay que trabajar a diario para que sean muy educados y buenas personas. Es una lucha constante.
Nos costó tener el primer hijo 7 años y tuvimos ayuda de la Asociación Española de Naprotecnología. Ahora tenemos tres hijos. La ayuda de mis padres y hermanos, que viven en Zaragoza ha sido muy importante y les estamos muy agradecidos. La familia de Juanchi vive en Madrid y también nos han ayudado mucho.
¿Qué proyectos tenéis entre manos?
– Carla: Creo que lo más importante es educar a nuestros hijos en valores y disfrutar cada momento de la vida.
Viajar nos encanta a los dos, y todavía es posible hacerlo con él. Cada verano hacemos un viaje en familia y el último fue a Roma durante el año jubilar y lo pasamos muy bien. Fuimos con un grupo muy grande y hacer viajes con Juanchi y otras personas, es duro pero es posible.
¿Qué mensajes queréis dar a la sociedad?
– Dos: “haz del limón limonada” y confiésate más. Dios premia la humildad de reconocer tus pecados, delante de un sacerdote, con una paz verdadera, que no se da a este mundo en ningún sitio.





