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El perdón del Crucificado

El perdón que Jesús pronuncia desde la cruz inaugura una forma de amar que no depende del arrepentimiento del otro y que el cristiano recibe como don para aprender a perdonar.

Rafael Domingo Oslé-19 de październik de 2026-Czas czytania: 4 minuty
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©CNS/Gregory A. Shemitz

La cruz fue, antes que nada, un instrumento de suplicio. Los romanos la habían heredado de persas y cartagineses y la habían perfeccionado como pedagogía del terror: la víctima moría lentamente ante la mirada de todos. Tras la revuelta de Espartaco, el ejército romano crucificó a seis mil hombres a lo largo de la Vía Apia. Durante el asedio de Jerusalén del año 70, según Flavio Josefo, las tropas de Tito llegaron a levantar quinientas cruces al día, y a veces más. Tan ignominiosa era esa muerte que los primeros artistas cristianos evitaron representar a Jesús clavado en ella. En tiempos de Constantino, que abolió el suplicio, el instrumento de infamia empezaba a ser el signo más venerado de los cristianos.

El suplicio convertido en símbolo

Entre el patíbulo y el símbolo media un viernes de primavera del año 30 o 33. Poncio Pilato, prefecto de Judea bajo Tiberio, había condenado a un joven de Nazaret por proclamarse rey de los judíos. No tenía defensor. Uno de los suyos lo había vendido y otro lo había negado. En el Gólgota solo lo acompañaban su madre, el discípulo Juan, unas cuantas mujeres y los soldados que lo ejecutaban. Lucas recoge la primera de sus tres palabras en la cruz: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen» (Lc 23, 34).

Habló desde el centro de su propio dolor, sin subordinar el perdón al arrepentimiento de nadie ni a la reparación del daño. Perdonó en el instante mismo del crimen, mientras los soldados se repartían su ropa echándola a suertes.

El filólogo David Konstan ha sostenido que el perdón tal como hoy lo entendemos, remisión interior y gratuita del agravio sin reparación previa, no tiene un equivalente claro en la Antigüedad clásica, que conoció la clemencia y la magnanimidad. Se acepte o no su tesis, aquel viernes irrumpió una palabra inaudita en la conversación humana sobre el daño.

Perdonar antes de que el otro se arrepienta

Jesús había enseñado a perdonar setenta veces siete y había unido en el Padrenuestro el pedir perdón y el perdonar. Había perdonado a la pecadora en casa de Simón el fariseo, al paralítico de Cafarnaúm y a la adúltera cuando todos la condenaban. La víspera de su muerte entregó a los suyos el pan y la copa como memorial de un cuerpo y una sangre ofrecidos para el perdón de los pecados. Durante tres años el perdón había sido en él palabra y gesto. En el Calvario se convirtió en su modo de morir.

Para la lectura humanista, la cruz es la cumbre moral del perdón humano y no exige creer en la divinidad de Cristo. Hannah Arendt, judía y secular, sostuvo en La condición humana que Jesús de Nazaret descubrió el perdón en el ámbito de los asuntos humanos. La lectura espiritual percibe además algo trascendente, sin suscribir las doctrinas cristianas: Simone Weil, que nunca se bautizó, vio en la cruz un amor por encima de toda medida humana, y Thich Nhat Hanh quiso acoger a Jesús desde el budismo. Las dos lecturas reconocen la cumbre, pero dejan al ser humano solo ante una exigencia que rara vez alcanza por sí mismo.

Un perdón que desborda lo humano

La lectura cristiana va más lejos. Dios mismo entró en la historia del perdón asumiendo la condición de víctima, y desde ahí abrió una corriente de amor real en la que cualquier corazón puede recibir lo que por sí solo no podría dar. Por el velo de su carne, dice la carta a los Hebreos, tenemos «un camino reciente y vivo» (Hb 10, 20). La tradición ha pensado esa corriente en clave trinitaria, según la analogía de san Agustín: Amante, Amado, Amor. El Hijo pide al Padre el perdón por los pecados de la humanidad; el Padre lo otorga sin reservas; el Espíritu Santo lo derrama desde entonces como perdón que limpia y sana el corazón humano.

La primera criatura que entra en esa corriente es María, al pie de la cruz. Permanece donde casi todos han huido, y la tradición ha leído su silencio como continuación del perdón del Hijo. Con la entrega desde el madero, «Mujer, ahí tienes a tu hijo» (Jn 19, 26), la Madre del que perdona queda como madre de quienes han sido perdonados y están llamados a perdonar. En ella se ve que el perdón cristiano es respuesta, libertad que coopera con un don. Lo heroico está en pedir con perseverancia la gracia de perdonar y dejarse atravesar por ella.

La lágrima que Dios hace suya

La objeción más seria la formula Iván Karamázov. Acepta a Dios, pero le devuelve la entrada a una armonía final construida sobre el sufrimiento de los inocentes; le basta para ello la lágrima de un niño torturado. Ningún silogismo justifica esa lágrima. El cristianismo responde con un gesto. Dios la carga en la cruz, y también llora (Jn 11, 35).

Aquel perdón no quedó aislado. Pocos años después, a las afueras de la misma ciudad, el diácono Esteban murió apedreado mientras clamaba: «Señor, no les tengas en cuenta este pecado» (Hch 7, 60). Entre los testigos estaba un joven fariseo, Saulo, que guardaba los mantos de los verdugos. Ya convertido en Pablo, escribiría a Timoteo: «Alcancé misericordia porque actué por ignorancia, pues no tenía fe» (1 Tim 1, 13).

Quien se atreve hoy a perdonar al hijo que se fue o al verdugo que aún no ha pedido perdón prolonga, lo sepa o no, aquel «Padre, perdónalos» pronunciado desde la cruz. La fuerza para hacerlo le llega de la corriente que se abrió en el Calvario y que la Iglesia sigue ofreciendo en el sacramento de la reconciliación. Allí el cristiano recibe el perdón que después ha de dar.

El perdón. Una sabiduría silenciosa

AutorRafael Domingo Oslé
RedakcjaLa esfera de los libros
Strony: 200
Data publikacji: 2026
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