La belleza puede ser mucho más que aquello que contemplamos: puede despertar el asombro, abrir preguntas y conducir la mirada hacia una realidad que la trasciende. Esta es la premisa de Seeking Beauty, la docuserie presentada por el actor y director católico David Henrie, que recorre Italia a través de su arte, arquitectura, música, gastronomía y artesanía para descubrir cómo lo bello puede remitir a Dios.
La serie propone un viaje en el que Henrie se acerca a artistas, artesanos y expertos desde la curiosidad y el asombro. Desde la Basílica de San Pedro hasta los talleres donde se restauran obras de Caravaggio, Seeking Beauty busca mostrar también la dimensión humana que hay detrás de las grandes obras.
Edmundo Reyes, productor de la serie, explica en esta entrevista cómo nació el proyecto y por qué la belleza verdadera puede convertirse en un camino hacia la verdad, el bien y Dios.
¿Cómo nació Seeking Beauty y en qué momento surgió la idea de hacer de la belleza el hilo conductor?
–La idea original nació de una visita a Sevilla. Estuve allí en 2021 con mi familia y, como los cientos de miles de turistas que llegan cada año, visité la Catedral y quedé cautivado por su belleza. Había tanto que ver: el Retablo Mayor, la tumba de Cristóbal Colón, el arte. Así que intentamos asimilarlo todo. Hacia el final, nos encontramos con la Sala Capitular, y enseguida supe que era un lugar importante de la Catedral. La sala ovalada era impresionante. Lo que me llamó la atención fue una pintura de la Virgen en el centro de la sala, sobre la silla del arzobispo. ¿Qué pintura era y quién la había pintado? Me intrigó tanto que saqué el teléfono y descubrí que era la Inmaculada Concepción de Murillo.
Supe que Murillo, un pintor cuya obra había estudiado en el instituto, era sevillano, y que la Catedral le encargó pintar la Inmaculada Concepción para difundir la devoción a la pureza de María. Lo que más me fascinó fue conocer la fe del pueblo de Sevilla, que defendió públicamente esta creencia desde 1613. Gracias a esa devoción, siglos después, en 1854, se convirtió en dogma de fe. Era una historia fascinante de arte, fe y cultura.
Pero algo me entristeció mucho. Vi a gente entrar en la sala, echar un vistazo rápido y marcharse casi de inmediato. Algunos se hacían un selfie y se iban. Salían sin conocer la historia ni el significado de lo que tenían delante. Ese día decidí crear una serie que contara historias de arte y fe y, sobre todo, de cómo la belleza puede llevarnos a Dios.
La serie recorre Italia a través del arte, la arquitectura, la música, la gastronomía y la artesanía. ¿Por qué Italia era el lugar adecuado para emprender esta búsqueda de la belleza?
–Italia es un lugar muy especial en el mundo y un lugar idóneo para empezar una serie sobre la búsqueda de la belleza. Es el lugar favorito de Emily Mae Mentock, una de las cocreadoras de la serie, y también de Andrew Hyatt, el otro cocreador, y mío.
Más allá de Roma, que es el lugar más evidente, Italia tiene una fuerte tradición de usar la belleza para señalarnos algo más grande. Su arte, su cultura y su gente han entendido desde hace siglos el papel que puede tener la belleza para elevar nuestro corazón y nuestra mente. Por eso viajamos a Venecia, Milán, Florencia y Subiaco, para contar las historias de artistas y artesanos cuyo trabajo nos ayuda a despertar el alma. Esa belleza pertenece tanto al presente como al pasado. Forma parte de la cultura actual y de la vida diaria de quienes viven allí.
El proyecto parte de una afirmación muy concreta: que la belleza es un reflejo de Dios. ¿Cómo se puede transmitir una idea tan profunda a través de un formato audiovisual pensado también para un público que quizá no sea creyente?
–Al comienzo de la serie, en el episodio del Vaticano, un joven que trabajaba para el Jubileo de la Esperanza dice una de las frases más memorables de la temporada: “La belleza es el lenguaje de lo divino”. Luego explica que, aparte de las propias palabras de Dios en la Escritura, ¿de qué otra manera podemos describir quién es Dios si no es a través de la belleza? Esa idea recorre toda la serie. Dios es la fuente de toda belleza verdadera, y cuando encontramos la belleza en el arte, en la cultura y en las personas, encontramos a Dios, lo sepamos o no. En la segunda temporada, rodada en España, que se estrenará en enero, el capellán que nos acompañó por Italia y España nos recuerda que Dios es siempre belleza, verdad y bondad. Siempre.
La serie toca la historia y el arte, pero ante todo es una serie de aventuras, en la que el espectador descubre con nosotros estos lugares, a estas personas y la belleza que encierran. Es una invitación a ir más allá de ver un programa de televisión y a convertirse uno mismo en buscador de belleza.
Uno de los momentos que más impresionó a Henrie fue descubrir, junto a los restauradores, los errores y correcciones de una obra de Caravaggio. ¿Qué aprendieron ustedes durante el rodaje sobre la relación entre belleza, imperfección y condición humana?
–Uno de nuestros momentos favoritos de la primera temporada, y quizá el que más recuerda la gente, es cuando David Henrie se encuentra con Mons. Timothy Verdon, canónigo de la Catedral de Florencia y director del Museo dell’Opera del Duomo, frente a la Piedad florentina de Miguel Ángel. La mayoría hemos visto la famosa Piedad del Vaticano, en persona o en fotografías. Menos personas conocen la que Miguel Ángel esculpió al final de su vida y que pensaba para su propia tumba. Lo que más nos conmueve son las palabras que escribió en esos mismos años, y que David lee en el episodio: “Ni pintar ni esculpir calmarán ya mi alma, vuelta hacia aquel amor divino que, para abrazarnos, abrió Sus brazos en la cruz”. En ellas encontramos a un hombre que dedicó su vida a pintar y esculpir la belleza y que, al final de su camino, llegó a la paz de saber quién es la fuente de toda belleza, el Gran Escultor.
Si nos fijamos solo en nuestras limitaciones y luchas, en nuestras faltas y errores, podemos caer en la desesperanza y el desánimo. Pero cuando fijamos la mirada en Jesús, en el Dios que nos ama perfectamente, encontramos la paz. Su amor no tiene ninguno de nuestros límites. La belleza que vemos a nuestro alrededor apunta hacia esa belleza perfecta, y cuando la contemplamos, encontramos la paz.
Vivimos en una cultura en la que muchas veces se considera que la belleza es puramente subjetiva. ¿Qué significa reivindicar en una producción contemporánea que existe una Belleza capaz de conducirnos hacia la Verdad y el Bien?
–Una de mis inspiraciones para la serie es un ensayo sobre la belleza escrito por Joseph Ratzinger, que más tarde sería el papa Benedicto XVI. Es una de las mejores explicaciones que conozco de lo que es la belleza y de lo que no es. Mucha gente conoce la frase de Dostoievski: “La belleza salvará el mundo”. Lo que Ratzinger nos recuerda es que normalmente se olvida que Dostoievski “se refiere aquí a la Belleza redentora de Cristo”. Habla de la belleza verdadera, y el ensayo distingue de forma admirable esa belleza de la belleza barata que tantas veces vemos a nuestro alrededor.
La belleza verdadera tiene el poder de atravesar el corazón, como una flecha. Ratzinger, siguiendo a Platón, escribe que esa flecha “hiere al hombre y, precisamente así, le da alas y lo eleva hacia lo trascendente”. Algo sucede en nosotros. Primero nos abre. Después levanta nuestra mirada, la aparta de nosotros mismos, y empezamos a buscar a Aquel que lanzó la flecha. Como él mismo dice: “Lo bello hiere, pero precisamente así llama al hombre a su destino último”. La belleza verdadera nos saca del egoísmo, y su fruto es un corazón que se ensancha.
La belleza falsa que vemos a menudo en nuestra sociedad hace lo contrario. Ratzinger la describe como “una belleza deslumbrante que no saca al hombre de sí mismo”, sino que “lo encierra totalmente en sí mismo”. Nos lleva a querer poseer. La belleza verdadera libera nuestro espíritu. Esa es la belleza a la que nos referimos cuando decimos que Dios es Verdad, Belleza y Bondad. Necesitamos entender la Belleza de este modo, como la belleza presente en Cristo crucificado, que dio Su vida por nosotros. En Su rostro desfigurado, escribe Ratzinger, aparece “la belleza auténtica, extrema: la belleza del amor que llega ‘hasta el extremo’”. No hay amor más grande, ni belleza más grande, que esta.
Después de recorrer Italia buscando la belleza, ¿qué descubrieron ustedes como productores que no esperaban encontrar? Y, sobre todo, ¿qué les gustaría que el espectador se llevara consigo al terminar la serie?
–Tenemos la bendición de contar con un equipo fantástico. Son excelentes en lo que hacen. Nuestro director de fotografía, Brad Knull, ha rodado en más de 80 países. Y, además, creen profundamente en la misión de la serie. A mí me ha ayudado mucho vivir nuestro trabajo como peregrinos. Cuando lo haces así, creo que Dios se hace presente de maneras que no esperabas, y nunca vuelves a ser el mismo.
Espero que cada persona que vea la serie viva una experiencia similar a la nuestra. Deseamos que acepten la invitación de Dios a convertirse en buscadores de belleza y descubran que pueden hacerlo dondequiera que estén. Italia es un lugar increíblemente bello, de verdad. Pero podemos buscar la belleza dondequiera que Dios nos haya puesto. La belleza puede enseñarnos quiénes somos y quién es Dios.
Después de rodar en Italia y en España, en algunas de las iglesias más bellas del mundo y ante algunas de sus obras de arte más hermosas, desde la pintura y la escultura hasta la arquitectura, he llegado a comprender que lo más bello que podemos contemplar es el rostro de nuestro prójimo. Fuimos creados a imagen de Dios, que es la Belleza misma. Me encantan los momentos de la serie en los que estamos ante grandes obras de arte, pero lo que más me gusta son las historias y las vidas de las personas que encontramos por el camino. Así que sal a vivir una aventura, una peregrinación, en tu propia ciudad o en tu pueblo. Busca esta belleza, la belleza verdadera que eleva el espíritu. Ve y conviértete en un buscador de belleza.





