En mi vida he tenido la fortuna de asistir a varias ordenaciones en Roma, pero ninguna ha sido tan especial como la del pasado 22 de noviembre. Ese día, junto a diecisiete compañeros provenientes de doce países diferentes, fui ordenado diácono. La ceremonia fue una manifestación visible de la catolicidad de la Iglesia y una lección imborrable sobre el núcleo de nuestra nueva misión.
En los meses previos, la formación teológica y espiritual insiste en una idea central: el diácono se identifica con Cristo Siervo. Se habla del servicio del altar, de la Palabra y de la caridad hacia todos. Es una verdad profunda que se asimila con la cabeza, pero que ese día aprendí de una forma nueva: a través de los sentidos.
En los momentos inmediatamente anteriores y durante la liturgia, pude experimentar de cerca la belleza del servicio oculto. Fue una lección de humildad recibir el cuidado de tantas manos: las personas que prepararon con delicadeza las vestiduras sagradas para facilitar la tarea a unos ordenandos nerviosos; quienes compusieron los adornos florales que daban luz al presbiterio; o el coro, que con sus voces elevaba la oración de todos. Toda la ordenación estuvo sostenida por un servicio oculto, discreto y eficaz, que es fuente de verdadera vida.
Pero esa percepción es solo el inicio de una mirada más amplia. Al mirar atrás, uno descubre que su vocación se sostiene sobre el servicio silencioso de tantos otros. Padres, hermanos, amigos, colegas, compañeros…, quienes, quizá sin saberlo, han sido maestros de servicio e instrumentos de Dios para moldear, a pesar de nuestras evidentes limitaciones, a quienes Él ha elegido.
Ante esto, solo cabe el agradecimiento y pedir oraciones para que seamos fieles a lo recibido, y que el Dueño de la mies siga enviando operarios dispuestos a servir.



