Como explica magistralmente el filósofo Julián Marías en su obra “España inteligible”, desde mediados del siglo XVIII, la humanidad comenzó a creer en una idea que se convirtió en dogma: la del progreso inevitable. Turgot, Condorcet y los pensadores ilustrados imaginaron que la historia avanzaba de modo automático hacia un futuro cada vez mejor. Pero los siglos XX y XXI nos han demostrado que no hay automatismos en la historia. El progreso puede existir, sí, pero también el retroceso.
Y quizá lo más grave de esa mentalidad progresista haya sido que nos robó la identidad de cada época, como si el presente no tuviera valor por sí mismo, sino solo como preparación de un futuro ideal. En ese horizonte indefinido, las culturas dejaron de comprenderse como proyectos con sentido propio.
Frente a eso, yo propongo mirar nuestra historia como una vocación. España no fue nunca un accidente ni una simple acumulación de hechos. Fue, y sigue siendo, un proyecto con conciencia, una voluntad histórica que se abre camino entre la incertidumbre.
Desde sus orígenes, España entendió su existencia como una misión. Durante siglos fue islámica y oriental, pero una minoría decidió mantenerla cristiana y europea. Esa decisión fue el inicio de una trayectoria que daría forma a lo que hoy llamamos Hispanidad.
Cuando Carlos I llegó a España, en 1517, se debatían dos visiones de imperio. Gattinara soñaba con una monarquía universal basada en la conquista. Pero Pedro Ruiz de la Mota propuso otra cosa: un imperio cristiano, una universitas christiana basada en la armonía entre los pueblos y en la defensa de la justicia. De esa raíz nacería, pocos años después, una de las aportaciones más grandes de nuestra historia: la Escuela de Salamanca, de la que el año que viene celebramos el 5º centenario de su nacimiento. Esta Escuela tendría por cierto su continuidad en ilustres figuras de la Universidad hermana de Coimbra, como Luis de Molina, Francisco Suárez o el injustamente olvidado Juan de Santo Tomás.
Francisco de Vitoria, Domingo de Soto, Francisco Suárez, Luis de Molina… todos ellos fueron pioneros en afirmar que el hombre tiene una dignidad inalienable por el simple hecho de ser persona. Sus reflexiones sobre los derechos naturales, la ley justa y la igualdad de todos ante Dios dieron origen a lo que hoy llamamos derechos humanos y derecho internacional. Mucho antes de la Ilustración, ya se debatía en nuestras universidades si era lícito dominar a otros pueblos o despojarlos de sus bienes. Y de aquellos debates surgieron leyes concretas: las de Burgos, las de Valladolid y las Nuevas Leyes de 1542, que abolieron el sistema de encomiendas.
Es justo recordar que el germen de los derechos humanos nació allí: en Salamanca, en el corazón de la Hispanidad.
De la Leyenda Negra a la crisis de identidad
Sin embargo, aquel esfuerzo fue distorsionado. Los enemigos de España difundieron una imagen falsa: la llamada Leyenda Negra. En ella, se presentaba a España como intolerante, fanática y retrógrada, ocultando su defensa del derecho y de la dignidad humana. Esa manipulación no solo triunfó fuera, sino que acabó calando dentro. Desde el siglo XVII muchos españoles comenzaron a mirarse con los ojos del extranjero, dudando de su propia identidad.
La historia posterior fue, en buena parte, consecuencia de esa fractura. La pérdida de Portugal en 1640 marcó el inicio de la decadencia. Probablemente, aquí se ve distinta la historia, pero la pérdida de las virtudes del país hermano para el viaje en común resultarían letales para España. La Ilustración europea, con figuras como Montesquieu o Voltaire, retomó los prejuicios contra España, presentándola como el símbolo de la irracionalidad. Al mismo tiempo, nuestros ilustrados —Jovellanos, Moratín, Isla—, que eran reformistas, moderados y profundamente católicos, fueron injustamente identificados con los excesos de la Revolución francesa. Esa confusión frenó las reformas y alimentó un clima de desconfianza y división.
Después llegó la invasión napoleónica de 1808, y con ella, una guerra civil entre dos Españas: la tradicional y la liberal. Cuando Fernando VII restauró el absolutismo, la ruptura fue definitiva. Las colonias americanas, influenciadas por ese conflicto, se emanciparon renegando de su herencia española. Los criollos, descendientes de españoles, intentaron fundar naciones nuevas negando tres siglos de historia común. Así comenzó la crisis de la Hispanidad, cuyas consecuencias seguimos viviendo a ambos lados del Atlántico.
Durante el siglo XIX, la religión pasó de ser una fe compartida a convertirse en una trinchera ideológica: clericalismo contra anticlericalismo. Más tarde, los desastres de 1898 y 1936 —la pérdida de los últimos territorios y la guerra civil— acentuaron la desorientación. España se aisló y tardó décadas en reconstruirse. La Transición democrática de 1978 devolvió la libertad, pero no logró liberar del todo la mentalidad heredada de la Leyenda Negra. Seguimos mirando nuestra historia con complejos, sin reconocer plenamente lo que aportamos al mundo.
La misión actual de la Hispanidad: renovar Occidente
Y sin embargo, Occidente —ese Occidente que hoy parece dudar de sí mismo— es impensable sin la contribución de la Hispanidad. Occidente se sostiene sobre tres pilares: la razón griega, que nos enseñó a interpretar la realidad; el derecho romano, que nos dio el concepto de justicia y de autoridad legítima; y la visión judeocristiana, que nos reveló que cada ser humano es hijo de Dios y hermano de todos los hombres. España, y con ella la Hispanidad, fue el punto donde esas tres raíces se encontraron. Desde esa unión surgió una civilización capaz de extender al mundo una idea revolucionaria: la del hombre como persona.
En un momento en que Europa empezaba a deslizarse hacia el materialismo y la negación del espíritu, España insistió en que el ser humano no es una cosa, ni un mecanismo biológico, sino un ser libre, responsable y llamado a la trascendencia. Por eso muchos pensadores contemporáneos —como Charles Taylor, John Finnis, Alasdair MacIntyre o Byung-Chul Han— reconocen, directa o indirectamente, la influencia del legado hispánico en su reflexión sobre la dignidad y los derechos humanos.
La Hispanidad, más que un concepto político, es una comunidad cultural, lingüística y espiritual. Es la conciencia de compartir una historia, una lengua, una forma de mirar el mundo. Es la sensación de estar en casa en cualquier país hispanoamericano. Y esa comunidad tiene todavía mucho que decir al mundo actual, que vive una profunda crisis moral y de sentido.
Recuperar los valores de la Hispanidad —la razón, el derecho, la visión cristiana de la persona— es, a mi juicio, una tarea urgente. Porque si queremos que nuestra civilización sobreviva, debemos volver a creer en el hombre como ser digno, libre y responsable, creado por amor.
Ha sido precisamente la fe cristiana la que, durante dos mil años, ha dado a millones de personas una visión del mundo en la que caben la verdad, la belleza y la justicia. Y fue España, a través de su obra en América y Asia, quien difundió esa visión por el planeta. Con errores, sí, pero también con una grandeza que cambió la historia del hombre.
España ha entendido siempre la vida como una misión. No ha sido utilitarista, ni ha subordinado al hombre al Estado. Ha sentido la existencia como aventura y ha tenido simpatía por los vencidos. Su literatura, desde Cervantes, es testimonio de esa mirada profundamente humana y compasiva.
Si prolongamos ese espíritu y lo adaptamos a nuestro tiempo —libre de los prejuicios, de las ideologías y de los complejos heredados—, podremos ofrecer al mundo una renovación auténtica del proyecto hispano, una Hispanidad que vuelva a ser heredera viva de Occidente y defensora de los derechos humanos. Y ojalá Portugal hiciera algo similar en el mundo lusitano.
Decía Menéndez Pelayo que “la fe católica es el substrato, la esencia y lo más grande de nuestra filosofía, de nuestra literatura y de nuestro arte”. Yo añadiría: también de nuestra visión del hombre. Por eso, la Hispanidad que fue y la que puede volver a ser coinciden en lo esencial: ambas nacen del reconocimiento de la dignidad de la persona.
Nuestra tarea, en este tiempo de confusión, no es otra que continuar sin complejos la misión histórica de la Hispanidad. Preservar lo mejor de nuestra civilización y, con humildad, ofrecerlo al mundo. Porque solo desde esa fidelidad a lo que somos podremos mirar el futuro con esperanza.




