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He aquí la esclava del Señor

En el silencio de Nazaret y a las puertas del Adviento, una joven pronuncia una respuesta que sigue interpelando hoy. Lejos de anular la libertad, su entrega abre un camino de plenitud, confianza y vida nueva.

Rafael Sanz Carrera·1 de enero de 2026·Tiempo de lectura: 4 minutos
esclava del señor

Anunciación

Cada Adviento la liturgia nos conduce a un lugar preciso: Nazaret. Una casa sencilla. Una joven desconocida. Y una palabra que, pronunciada en aquel silencio, resuena hoy con una fuerza que incomoda: «He aquí la esclava del Señor» (Lc 1,38).

No deja de ser llamativo que, en un tiempo que reivindica la libertad y la dignidad personal, una expresión tan breve despierte en muchas mujeres —especialmente jóvenes— una incomodidad visceral. La palabra «esclava» evoca imágenes de opresión y pérdida de dignidad, y parece difícil reconciliarla con la figura de María, modelo de libertad, fuerza y plenitud humana.

Sin embargo, el Adviento no rehúye las preguntas difíciles: las ilumina. 

1. ¿Qué significa realmente doulē?

El Evangelio de Lucas fue escrito en griego, y la palabra que María utiliza es doulē, femenino de doulos. En el mundo civil del siglo I podía designar jurídicamente a un esclavo, pero en la Biblia esta palabra adquiere un giro luminoso y sorprendente.

La Septuaginta llama «siervos del Señor» a Moisés, a David y a los profetas, no para degradarlos, sino para indicar que pertenecen de un modo único a Dios. San Pablo lleva este título con orgullo apostólico y lo repite 17 veces en sus cartas como una confesión de identidad. La misma María, en su Magnificat, vuelve a decir «ha mirado la humildad de su esclava», revelando que esta palabra no la rebaja, sino que la define espiritualmente.

En la Escritura, doulē no expresa servidumbre opresiva, sino pertenencia amorosa, disponibilidad radical y una entrega que libera. Es la gran paradoja cristiana: quien se entrega a Dios no pierde su libertad, sino que la ve elevada a su máxima expresión. El Adviento comienza aquí: en la certeza de que la voluntad de Dios no aplasta, sino que fecunda.

2. Ancilla Dominien la tradición

A lo largo de los siglos, Ancilla Domini se convirtió en una de las expresiones más queridas por la espiritualidad cristiana, especialmente por mujeres que en ella no encontraron un eco de opresión, sino un nombre propio. Esta frase describía para ellas un modo concreto de estar ante Dios: abiertas, disponibles, capaces de acoger la gracia con una plenitud que no anula, sino que transforma.

Santa Catalina de Siena firmaba sus cartas como «sierva y esclava de los siervos de Dios», y no había en sus palabras un rastro de resignación, sino la alegría de saberse totalmente de Cristo.Santa Teresa de Calcuta hablaba de sí misma como «un lápiz en las manos de Dios», imagen sencilla y poderosa de una vida que se deja escribir por el Amor. Durante siglos, miles de religiosas bordaron Ancilla Domini en sus hábitos, haciendo visible que su identidad consistía en ser un espacio disponible donde la gracia pudiera actuar.

¿Por qué esta expresión, tan desconcertante para algunos hoy, fascinó tanto a tantas mujeres cristianas? Porque en ella descubrieron algo profundamente femenino: la capacidad de entregarse sin perderse, de darse sin diluirse, de abrir espacio para que otro viva sin renunciar a la propia dignidad. La mujer, cuando ama, no se encoge: se ensancha. No se anula: se vuelve fecunda. No desaparece: florece. En esa capacidad de acoger y de dar vida —tanto corporal como espiritualmente— Ancilla Domini adquirió un sentido luminoso: revelar una libertad que nace precisamente de la entrega.

María encarna de modo perfecto este misterio. Su «hágase» concentra la madurez espiritual de quien comprende que entregarse no es despojarse, sino permitir que Dios sea Dios. En ella, Ancilla Domini no es un gesto de inferioridad, sino una declaración de identidad: María es toda de Dios, y por eso Dios puede salir al encuentro del mundo a través de ella.

3. Un malestar contemporáneo… y una oportunidad

No es extraño que, en una cultura profundamente herida por la violencia contra las mujeres, por la trata, por los abusos de autoridad —también dentro de la Iglesia—, la palabra «esclava» provoque rechazo. Esta sensibilidad no es enemiga de la fe; es un clamor que pide ser escuchado con respeto y acogido con paciencia, porque nace de heridas reales.

La fe no busca evadir ese dolor, sino enfrentarlo desde su raíz. Comprender la doulē de María exige, primero, lamentar y rechazar con toda firmeza las estructuras que oprimen y despojan la dignidad. Si el Evangelio no es capaz de indignarse ante la injusticia, pierde su fuerza liberadora. Solo acogiendo la legitimidad de este rechazo histórico podemos acercarnos a la pureza del ‘sí’ de Nazaret, que no tiene nada que ver con la coacción ni el sometimiento.

Precisamente por eso el Adviento nos empuja a entrar en el texto sin miedo, para descubrir su corazón. Cuando María pronuncia «aquí está la esclava del Señor», no es absorbida ni anulada. Nadie la fuerza. Nadie la condiciona. Nadie la empuja. Su palabra nace de una libertad tan pura que sólo puede brotar del amor. Y es esta libertad la que permite la Encarnación: su disponibilidad abre en la historia un espacio donde Dios puede hacerse hombre.

La «esclavitud» de María no es un sometimiento, sino una maternidad: un sí tan hondo que se convierte en morada para la Vida. Dios no la oculta; la revela. No la empequeñece; la engrandece. No se sirve de ella; la enaltece con la mayor dignidad concedida jamás a una criatura humana. Su «hágase» no la destruye; la plenifica.

Este malestar contemporáneo, lejos de obligarnos a suavizar el Evangelio, puede convertirse en una oportunidad preciosa. En lugar de cambiar el texto, podemos ayudar a descubrir lo que realmente significa, mostrando que el lenguaje bíblico no habla desde las categorías opresivas que hoy repudiamos, sino desde una lógica de amor que libera y transforma. 

La esclava libre

En su camino presuroso hacia la montaña de Judá, María nos revela el secreto: su «esclavitud» es la forma más pura de libertad. Es el tono de un corazón que ha descubierto que la verdadera grandeza no consiste en afirmarse, sino en abrirse; no en poseer, sino en entregarse; no en controlar, sino en dejar que Dios haga su obra.

Decir hoy Ancilla Domini es abrazar una libertad más honda que la que nos promete el mundo: la libertad del que ya no necesita protegerse de Dios porque ha aprendido que en Él no hay amenaza, sino hogar. 

Quien pronuncia esas palabras con verdad no se empequeñece: se ensancha. No desaparece: se revela. No pierde nada: lo recibe todo. Y en el secreto de ese «hágase» se enciende siempre la misma chispa creadora: la posibilidad de una vida nueva, la irrupción divina que transforma lo cotidiano, el comienzo silencioso de la Encarnación.

Dios miró la humildad de su esclava… y el mundo amaneció diferente. Feliz Adviento a todas las ancillae Dominide hoy. Que su «hágase» —pronunciado quizá en la discreción de una oración o en la intemperie de una decisión difícil— siga abriendo puertas por donde pueda entrar la luz al mundo.

El autorRafael Sanz Carrera

Doctor en Derecho Canónico

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