Nos estamos repaganizando

Occidente olvida sus raíces cristianas y pone en riesgo la protección de los más vulnerables frente a prácticas como el aborto tardío y la eutanasia infantil.

2 de enero de 2026·Tiempo de lectura: 6 minutos
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©Kristijan Arsov

Parte de Europa y Canadá no tienen un concepto para el futuro. Ya nadie sabe para qué sirven culturalmente.

La mayoría de las culturas glorifican a los guerreros y reyes, no a quienes se encuentran en la base. Pero el cristianismo adoptó una actitud opuesta hacia el estatus y situó la humildad en el centro de su teología. La celebración de la Navidad lo hace más evidente. «Dios escogió lo débil del mundo para avergonzar a los poderosos» (1 Corintios 1:27) es una afirmación desconcertante y alarmante para quien provenga de una cultura ajena al cristianismo.

¿Por qué Cristo se hizo tan humilde y débil que permitió llegar a ser despreciado y castigado desde el mismo momento de su nacimiento? ¿Por qué sufrió la violencia de los hombres, pequeños seres débiles y mortales? ¿Por qué no repelió con fuerza su iniquidad? ¿Por qué no reveló su majestad, al menos cuando lo apresaron para matarlo?

Esta exaltación del cristianismo de la debilidad y la humildad es algo muy confuso e incomprensible para cualquier agnóstico, ateo o pagano.

El humanismo cristiano y la protección de los vulnerables

La innovación moral del cristianismo consistió en reconceptualizar la pequeñez y la humildad y ponerla en el  centro del pacto social, independientemente de la raza, sexo, clase o lugar de nacimiento. Con el cristianismo, el abuso de los poderosos a los débiles pasó a ser moralmente inaceptable.

Cuando una sociedad acepta ese énfasis cristiano en la debilidad como una prioridad crucial, se desprenden muchas conclusiones morales.

La valoración cristiana de la debilidad ofrece evidentes beneficios al sexo débil, que pudo por primera vez exigir la continencia sexual y el respeto de los hombres. El feminismo hunde sus raíces en el cristianismo.

Bajo la moral cristiana, la esclavitud se vuelve inaceptable, al igual que la violación de los inferiores. Señalar la vulnerabilidad de las mujeres, los niños, los pobres, los esclavos y los discapacitados es defender que hay que protegerlos. Se puede hablar entonces de «derechos humanos» o de «humanismo».

Sin embargo, este sistema de moralidad dista mucho de ser universal. ¿Cuán comunes eran, en la antigüedad, los principios fundamentales del humanismo cristiano: que los seres humanos, sin importar su sexo, lugar de origen, raza o clase, tienen el mismo valor? No es difícil contestar que nada comunes.

El humanismo secular es simplemente cristianismo.

La repaganización y los desafíos éticos contemporáneos

Este es el problema para los gobiernos que pretenden prescindir del humanismo cristiano, ocupados en cortar la rama que les alza. Las mismas ideas cristianas que les otorgan su fuerza moral conllevan otras implicaciones. Por ejemplo, si bien el feminismo se basa en la igualdad de todos los seres humanos, a pesar de ser las mujeres vulnerables por ser más débiles y pequeñas que los hombres, existe otro grupo de seres humanos que es aún más débil. Nos guste o no, no podemos situar la protección de los más vulnerables en el centro de nuestro sistema ético sin llegar a la conclusión de que los niños no nacidos o los recién nacidos no deben ser asesinados.

Es evidente que al ser humano le cuesta acatar aquellos principios morales que le causan enormes problemas prácticos, dada la praxis bastante generalizada en la historia tanto del aborto como del infanticidio. El cristianismo vino a establecer que, a pesar de esos problemas prácticos, la protección del más débil es la moral correcta. Aunque no sea fácil ser buen cristiano.

La regulación del aborto está en el centro de la guerra cultural contemporánea porque representa la vanguardia de la descristianización. Cuando los defensores de la vida por un lado y los defensores del derecho a decidir de las mujeres por otro se enfrentan por los detalles de la política abortista, en realidad lo que debaten es sobre si nuestra sociedad debe seguir siendo cristiana. La mayoría de quienes se consideran pro-elección de la mujer no han reflexionado realmente sobre lo que significaría abandonar por completo el cristianismo; es decir, abandonar por completo la insistencia históricamente extraña de los cristianos de que «Dios eligió lo débil del mundo para avergonzar a los poderosos».

Pero hay algunos heraldos de la repaganización que están dispuestos a ser radicalmente coherentes y que muestran una contundencia aterradora.

Peter Singer y la lógica extrema del utilitarismo secular

Uno de ellos es Peter Singer, profesor de Bioética en la Universidad de Princeton, de familia judía de origen austriaco (como la mía). Es considerado por muchos como uno de los filósofos vivos más influyentes del mundo. Está especializado en ética aplicada desde una perspectiva utilitarista y secular, y es un gran promotor de la repaganización de occidente.

Singer piensa que hubiera sido mejor haberles dado a nuestros padres la opción de matarnos cuando éramos todavía bebés si mostrábamos algún problema grave y así satisfacer las preferencias razonables de los padres por un tipo de hijo u otro.

Peter Singer es de los pocos filósofos que se atreven a escribir que debemos estar dispuestos a seguir la lógica del aborto hasta sus últimas consecuencias, para concluir que no hay una distinción moral importante entre el aborto y el infanticidio, y que el asesinato de algunos bebés recién nacidos debería estar permitido por ley.

“Los recién nacidos humanos no tienen sentido de su propia existencia a lo largo del tiempo”, explica. “Por tanto, matar a un recién nacido nunca equivale a matar a una persona, es decir, a un ser que desea seguir viviendo”. Singer puede hacer tales afirmaciones porque, como buen ateo, rechaza la noción de que haya algo especial –sagrado– en los seres humanos, independientemente de su edad o capacidades cognitivas. Argumenta que los derechos de cualquier ser vivo deben evaluarse en función de sus capacidades individuales, no de su pertenencia a la especie humana. Este es un argumento anti-cristiano de una coherencia aplastante, pero terrible.

Plantea un problema práctico a la hora de establecer una distinción legal entre el asesinato permisible y el no permisible de un niño. Es el problema que toda legislación sobre el aborto debe afrontar. Si no se establece el límite en la concepción, entonces hay que buscar algún momento durante la gestación o desarrollo. ¿Por qué no, pregunta Singer, llevarlo un poco más allá, hasta después del nacimiento, hasta que finalice el período en el que el niño todavía no es consciente de su propia existencia en el tiempo?

«El hombre no tiene nada de particular. Es solo una parte de este mundo», decía Heinrich Himmler, mano derecha de Hitler y principal arquitecto del Holocausto nazi. Pero no es necesario recurrir al nazismo para advertir sobre los riesgos de la descristianización.

Un mundo que aceptara el infanticidio de forma generalizada probablemente se parecería más a la Roma pre-cristiana. La «primera revolución sexual» surgió en la sociedad esclavista romana en la que los hombres disfrutaban de acceso sexual sin restricciones a los cuerpos de sus inferiores sociales, incluyendo esclavos, mujeres y niños. Los bebés asesinados se entendían como una consecuencia aceptable de la “necesidad” sexual masculina (o femenina).

Aborto, infanticidio y la pérdida de la moral cristiana en Occidente

Por el contrario, el cristianismo adaptó la moral a la naturaleza profunda de las cosas, también en el sexo. Enseñó que, además de la razón de ser en la vida del sexo de generar variación, individualidad, dotaciones genéticas diferentes y únicas, el sexo es también y fundamentalmente una forma de unión y compenetración de los progenitores. Por eso separar el sexo de la procreación o de su misión de unión pasó a no estar de acuerdo con la moral cristiana. Y por supuesto también la violación, la pederastia, el aborto o el infanticidio.

Un mundo que aceptara de forma generalizada el infanticidio se parecería también a los Países Bajos, a Bélgica o al Canadá de la actualidad.

Los Países Bajos es el único país que cuenta con un marco explícito para la eutanasia neonatal activa, que permite terminar con la vida de recién nacidos con problemas de salud graves.

Bélgica permite la eutanasia a menores de cualquier edad. Para bebés menores de 1 año no hay protocolo explícito como en los Países Bajos, pero neonatólogos y las encuestas (89% de médicos flamencos en 2020) han apoyado discutir la legalización del infanticidio en casos graves.

El programa canadiense de Asistencia Médica para Morir (MAID) ofrece el suicidio médicamente asistido no solo a los enfermos terminales, sino que actualmente se presiona a personas con discapacidad y enfermedades mentales, e incluso a aquellas simplemente con bajos recursos económicos para que usen ese «servicio». «La última voluntad es sagrada», argumentan en Canadá. Al parecer, el progresismo moderno se preocupa por lo sagrado, pero no si es cristiano.

La legalización del infanticidio se ha debatido con sorprendente calma en el gobierno de Canadá. En 2022, Louis Roy, del Colegio de Médicos de Quebec, declaró ante el Comité Mixto Especial que los padres deberían poder organizar la muerte de sus hijos durante el primer año de vida cuando “consideren” que tienen «síndromes graves».

Canadá, Países Bajos y Bélgica continúan deslizándose por la pendiente resbaladiza del aborto y la eutanasia. Si el infanticidio se generaliza — tras los Países Bajos, Canadá y Bélgica, y luego, inevitablemente, en todo el occidente descristianizado—, sabremos con certeza que el cristianismo se ha replegado a las catacumbas.

Durante dos mil años los cristianos han mantenido a raya la jungla creando la moral occidental, un claro en el bosque con vistas al cielo. Si no queda nadie para cuidar el jardín, la selva recuperará su terreno.

Adaptación libre del artículo: https://firstthings.com/we-are-repaganizing/

El autorJosé Gefaell

Analista. Ciencia, economía y religión. Cinco hijos. Banquero de inversiones. Perfil en X: @ChGefaell.

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