Carlota Valenzuela y Santi Roldán se conocieron en noviembre de 2024 y se casaron en septiembre de 2025. Ella es de Granada y él de Buenos Aires. Tuvieron un noviazgo breve, pero consciente, que puso el conocimiento mutuo y la oración en el núcleo de su relación. Su amor no fue fruto de un enamoramiento precipitado, sino de un discernimiento vivido con seriedad.
Carlota, conocida por miles de personas desde que peregrinó a pie desde Finisterre hasta Jerusalén hace tres años y por compartir en redes sociales su vida de fe con más de 120.000 seguidores, explica hoy cómo él y su marido, un argentino, construyen con su matrimonio una vocación compartida.
La formación en su noviazgo ha sido clave: retiro de Amor Conyugal, teenstar, cursillo prematrimonial y hablar regularmente con un sacerdote para comprender el valor real del sacramento. Insisten en que hay que cambiar el relato que muchas veces tienen los creyentes sobre el matrimonio: hace falta hablar de su belleza, mostrar matrimonios felices y devolver la esperanza.
Cuando se les pregunta qué significa para ellos el matrimonio en referencia a imitar a Dios y a hacer su voluntad, sorprende la naturalidad con la que hablan de algo poco habitual en matrimonios recién casados: haber decidido explícitamente vivir buscando la voluntad de Dios. Esa decisión no se queda en una idea abstracta, sino que se encarna en una práctica diaria muy concreta: rezar juntos.
Rutina de oración
Su día comienza siempre de la misma manera. Encienden una vela, se colocan frente a una imagen de la Virgen y rezan los laudes. Carlota explica que ya en ese primer momento del día se transparenta lo que cada uno lleva dentro, porque “en las preces de los laudes, además de las propuestas de la Iglesia, nosotros pedimos por aquello que tenemos en el corazón, y ahí yo ya de buena mañana empiezo a ver lo que Santi tiene en su corazón y Santi ve lo que yo tengo en el mío”. Después leen las lecturas del día y las comentan, intentando ver “cómo resuenan las lecturas del día en nuestra realidad concreta”. Así, dice ella, empieza su jornada.
El día termina también en oración, con una práctica que aprendieron en el retiro del Proyecto Amor Conyugal y que se ha convertido en una de las columnas de su vida matrimonial. Se trata de una oración conyugal en la que cada uno habla personalmente con Jesús en voz alta delante del otro. Carlota lo describe como “un terreno neutral” en el que Santi puede volcar “las cosas que le pesan, las cosas que le generan ilusión, las cosas de las que se arrepiente, las cosas que le han dolido que yo he hecho a lo largo del día”, mientras el otro es simplemente testigo. Después, ella hace lo mismo, siempre a la luz del Evangelio del día y de su vida concreta como esposos.
Santi subraya que esa oración con Jesús no es uniforme ni previsible. “La relación con Jesús no siempre es igual”, explica; hay días en los que le habla de un pecado contra el que está costando más, en otros comparte una preocupación o un miedo, y en otros simplemente le agradece “porque el día fue muy lindo”. Lo decisivo, insiste, es que “mi mujer escucha lo que yo tengo en el corazón, sin interrumpir y sin intervenir”, lo que me permite mostrar lo que tengo dentro “de una forma muy honesta y muy abierta, sin necesidad de negociar nada”.
Falta de tiempo
Por la mañana dedican entre media hora y cuarenta minutos a la oración, y por la noche unos diez. ¿Es mucho o poco tiempo? Depende de con qué se compare. En muchas ocasiones la falta de tiempo —el trabajo, los hijos, las prisas— dificultan la vida de oración conyugal pero Carlota aconseja a quienes creen que no tienen tiempo que “revisen las métricas de su teléfono móvil y vean cuánto tiempo han empleado en redes sociales o en leer la prensa”.
Carlota aclara que cuando hay días en los que están cansados la oración es breve, pero “nunca nos vamos a la cama sin haber hecho esa oración”. Incluso en circunstancias más incómodas, por ejemplo si uno está enfermo, “la oración puede durar un minuto, pero nunca nos dormimos sin rezar”.
Oración y gestión de los conflictos
Para Carlota y Santi, la oración conjunta no es un añadido piadoso, sino algo estructural: “Un matrimonio unido es la base de todo en la vida”, y por eso “priorizar la oración conjunta es muy importante”.
Han visto matrimonios en los que uno de los cónyuges tiene una gran vida de fe y el otro no, y como eso genera un desgaste silencioso, porque “por mucho que uno reme, si los dos no reman en la misma dirección todo es más difícil”, añade Carlota. La oración personal es necesaria, pero la conyugal es, “como el pegamento del matrimonio” y “la caldera que alienta al hogar”.
Ese espacio de oración tiene efectos muy concretos en la gestión de los conflictos cotidianos. Santi explica que en el matrimonio siempre existe la tentación de evitar ciertos temas por pereza o por miedo a discutir. “Tenés la opción de no hablar cosas”, reconoce, pero aclara que lo que se guarda “no desaparece mágicamente”. La oración les obliga a hablar, a tener esas conversaciones difíciles que uno intentaría evitar, y les ayuda “a construir juntos algo”.
Carlota, lejos de idealizar la convivencia, reconoce con humor que, aunque se lleven muy bien, “hay veces que vuelan los sillazos”, especialmente en sus ciclos emocionales, cuando pasa de pensar que Santi es maravilloso a que le moleste incluso cómo respira. En esos momentos, explica, la oración le ayuda a “sospechar de mí misma”, porque al ponerse delante de Dios entiende “quién es Dios y quién eres tú”, recuerda que el perfecto es Él y no ella, y se reconoce “hija amada, perdonada y redimida”. Desde ahí puede aceptar que, si hay conflicto, probablemente ella también tiene responsabilidad, aunque sea en pequeños gestos cotidianos. Recordando una frase de su abuelo —“dos no se pelean si uno no quiere”— insiste en que cuando hay problemas “es movida de los dos” y que la oración sitúa en una humildad realista desde la que se puede perdonar y pedir perdón.
Santi completa esta idea explicando que la vida de oración les ayuda a no vivir desde el reclamo. “Si vivo en el reclamo dejo de ver a Carlota como un don, como un regalo de Dios, y empiezo a verla como algo que se me debe”.
En cambio, cuando se vive al otro como un don, “la cosa cambia mucho”. Reconocer los propios errores permite que el otro se convierta en ayuda y no en enemigo, y evita caer en la acusación constante, que él identifica claramente: “El demonio es el acusador, y los esposos no estamos exentos de eso”. Para salir de esa dinámica, insiste, hace falta la humildad de reconocer que uno ha hecho algo mal y aceptar ayuda.
En este inicio de matrimonio han descubierto algo que consideran una auténtica estrategia vital: priorizar al otro. Carlota lo expresa con claridad al afirmar que “tu prioridad es el otro no solo como opción de vida, sino como estrategia vital”, porque el trabajo cambia, los hijos se van y las circunstancias varían, pero el matrimonio es “tu camino al cielo y tu felicidad diaria”. Cuidarlo, concluye, no es un añadido, sino la gran inversión de la vida.
Miedo al futuro
Cuando se les pregunta por sus miedos, ninguno menciona grandes crisis futuras, sino un peligro más sutil. A Carlota le da miedo “normalizar los milagros” y pensar que lo que va bien es solo fruto del esfuerzo propio. Le inquieta que, poco a poco, “echemos a Dios de la ecuación” y que asuntos inevitables, como pagar una hipoteca, se conviertan en el eje que determine todas las decisiones. Santi coincide plenamente y lo expresa desde otro ángulo: le da miedo que “nos vaya bien y creamos que nos va bien por nuestra fuerza y entonces dejemos a Dios de lado”.
Al observar otros matrimonios cristianos, Carlota confiesa que en ocasiones le apena ver cómo Dios queda relegado al domingo por la mañana, “si los niños no están malos”. También le preocupa el apego a lo material, justificado muchas veces por el cuidado de los hijos. Recuerda que a Jesús sus padres no le proveyeron “ni de un seguro de vida, un plan de pensiones o una universidad privada”. Sólo tenía a “unos padres que le cuidaban y querían”.
Explica que muchas veces, con la excusa de dar estabilidad o un buen colegio, se sacrifica la vida familiar y matrimonial, cuando en realidad “lo que están dando a su hijo no es lo que realmente necesita”, porque “probablemente va a ser un buen profesional, pero necesita mucho más ser de verdad santo para llegar al cielo”.
Lo mejor del noviazgo
Al mirar atrás y evaluar su noviazgo, ambos coinciden en los grandes aciertos. Santi no duda en afirmar que “la castidad fue nuestro acierto número uno”, porque permite mantener claridad en el discernimiento. Vivir la castidad facilita que el noviazgo sea un tiempo para hablar, para pasear, conocerse de veras y poder tomar una decisión libre, pues uno tiene claro que “el noviazgo tiene dos posibles finales: casarnos o dejarlo”.
Explica que parte del discernimiento consiste en aceptar que no habrá una seguridad absoluta que confirme que uno elige a la persona adecuada y que uno no se casa con todas las respuestas, sino con la paz y alegría suficientes para dar el paso.
Anticonceptivos
En estos primeros meses de matrimonio y en conversaciones con parejas amigas, Carlota y Santi ven cómo muchas veces el egoísmo se cuela en el matrimonio a través de pequeñas parcelas que uno no quiere entregar. Una de ellas son los métodos anticonceptivos artificiales, que permiten “asegurarse” de que todo vaya al ritmo que uno desea.
Reconoce que siempre ha sido rebelde frente a las propuestas de la Iglesia y que solo ha aprendido a confiar en ellas viéndolas encarnadas en su vida. Una de esos puntos era precisamente el asunto de los anticonceptivos, pero tras llevar solo unos meses casada, está convencida de que no es una prohibición arbitraria, sino una protección frente a algunas dinámicas que erosionan lentamente la entrega.



