El primer viaje de León XIV fuera de Italia tuvo dos lemas: Un Señor, una fe, un bautismo (Turquía, 27-30/XI) y Bienaventurados los artesanos de la paz (Líbano, 30-XI/2-XII).
En los dos lugares, vale la pena preguntarse por el qué y el cómo de su mensaje ponderado y unificador, pero también incisivo, dirigido no solo a los cristianos, sino a toda la población y al corazón de cada uno, sin ignorar los problemas.
Señaló el Papa en Ankara: “La ocasión misma de este viaje, el 1700 aniversario del Concilio de Nicea, nos habla de encuentro y diálogo, al igual que el hecho de que los ocho primeros concilios ecuménicos se celebraran en las tierras de la actual Türkiye”.
En Beirut, propuso “dar testimonio de la verdad imperecedera de que cristianos, musulmanes, drusos y muchos otros pueden vivir juntos y construir un país unido por el respeto y el diálogo”.
“Solo juntos somos nosotros mismos”
A su llegada a Turquía (donde los cristianos representan solamente un 0,3 % de la población), León XIV se encontró con las autoridades en el palacio presidencial de Ankara (cfr. Discurso, 27-XI-2025). Señaló que una sociedad está viva si es plural, si vence las polarizaciones que hoy amenazan y fragmentan a las comunidades humanas.
Por eso es necesario superar la “lógica falsa” que subraya las distinciones entre las religiones y las comunidades creyentes y elegir, en cambio, la “cultura del encuentro” entre las distintas sensibilidades de la identidad turca. Porque, de otra manera, estaríamos sumándonos a la “globalización de la indiferencia”, a la que se opuso el Papa Francisco desde el corazón del Mediterráneo.
Por eso, y porque todos somos hijos de Dios, la compasión y la solidaridad deben ser consideradas como criterios de desarrollo. Todos formamos la “familia humana”, como un puente (imagen recurrente estos días, por los puentes que unen Europa y Asia a través de Turquía) que une nuestros destinos y experiencias.
“Sin embargo –advirtió el obispo de Roma–, no es desde una cultura individualista, ni desde el desprecio del matrimonio y la fecundidad, desde donde las personas pueden obtener mayores oportunidades de vida y felicidad”.
Se trata de un engaño de las economías consumistas; porque, añadió con referencia especial a la vida familiar y a la aportación de las mujeres, “solo juntos nos convertimos auténticamente en nosotros mismos. Solo en el amor se profundiza nuestra interioridad y se fortalece nuestra identidad. Quien desprecia los vínculos fundamentales y no aprende a soportar incluso sus límites y fragilidades, se vuelve más fácilmente intolerante e incapaz de interactuar con un mundo complejo”.
La “pequeñez” y el cristocentrismo de la fe
Al día siguiente tuvo lugar el encuentro de oración con el clero, los consagrados y los operadores pastorales (cfr. Discurso en la catedral del Espíritu Santo, Estambul, 28-XI-2025).
Desde Ur de los caldeos, Abraham se dirigió al sur de Turquía (actual Jarán) y partió para la Tierra prometida. En tierras de la actual Turquía vivieron comunidades cristianas en tiempos de los apóstoles y de los Padres de la Iglesia. Hoy la comunidad católica es pequeña, pero Dios ha escogido el camino y la lógica de la pequeñez.
“Por eso, los animo a cultivar una actitud espiritual de esperanza confiada, fundada en la fe y en la unión con Dios”. Signos de ese camino, ya en marcha, son la pastoral con los jóvenes, el diálogo ecuménico e interreligioso, la transmisión de la fe a la población local y el servicio pastoral a los migrantes y refugiados.
Con ocasión del 1700 aniversario del primer Concilio de Nicea, León XIV lanzó tres retos. Primero, “acoger la esencia de la fe y del ser cristianos. Es decir, “buscar siempre, incluso dentro de las distintas percepciones, espiritualidades y culturas, la unidad y la esencialidad de la fe cristiana en torno a la centralidad de Cristo y a la Tradición de la Iglesia”.
Segundo, redescubrir en Cristo el rostro de Dios Padre, sin caer en la tentación del arrianismo que reduce a Cristo a su figura humana. Por último, la mediación de la fe y el desarrollo de la doctrina. Gracias al concilio I de Nicea y al I de Constantinopla se profundizó la fe y se llegó al Símbolo (Credo) que hoy rezamos en las celebraciones dominicales.
Esto último –observó el Papa– nos enseña la lección de que “siempre es necesario mediar la fe cristiana en los lenguajes y categorías del contexto en el que vivimos”, distinguiendo “el núcleo de la fe de de las fórmulas y formas históricas que lo expresan, las cuales siempre son parciales y provisorias”. Como Newman explicó, se trata del “desarrollo interno de un organismo vivo, que saca a la luz y explica mejor el núcleo fundamental de la fe”.
Unidad de los cristianos, fraternidad universal, testimonio de los católicos
El mismo 28 de noviembre, el Papa presidió un encuentro ecuménico de oración cerca de las excavaciones arqueológicas de la antigua basílica de San Neófito en Íznik. Insistió en la tentación del arrianismo: “el riesgo de reducir a Jesucristo a una especie de líder carismático o superhombre, una tergiversación que al final conduce a la tristeza y la confusión”. “Pero –argumentó– si Dios no se hizo hombre, ¿cómo pueden los mortales participar de su vida inmortal? Esto estaba en juego en Nicea y está en juego hoy: la fe en el Dios que, en Jesucristo, se hizo como nosotros para hacernos llegar ‘a participar de la naturaleza divina’ (cfr. 2 Pedro 1, 4)”, como subrayaron san Ireneo y san Atanasio.
De hecho, al día siguiente se encontró con Bartolomé I, patriarca ecuménico de Constantinopla, y juntos firmaron una declaración conjunta, reconociendo en el Credo de Nicea la fe que nos une, 60 años después de la declaración similar, firmada por Pablo VI y Atenágoras.
El sábado, 29 de noviembre, tuvo lugar la Misa del primer domingo de Adviento en Estambul. En la celebración (cfr. Homilía en “Volkswagen Arena”, 29-XI-2025), el sucesor de Pedro ilustró dos “imágenes” de nuestro ser Iglesia, sugeridas por la liturgia del día: el “monte elevado sobre la cima de los montes” (cfr. Is 2, 2) y “un mundo en el que reina la paz” (cfr. Is 2, 4). Propuso el testimonio de la santidad (desde la vigilancia sobre nosotros mismos, y el cultivo y la vida de la fe mediante la oración, los sacramentos y la caridad), como fuente para impulsar la unidad en la comunidad católica, en las relaciones ecuménicas y en el encuentro con los hermanos de otras religiones.
En esa línea, al día siguiente (cfr. Discurso al término de la divina litúrgia, 30-XI-2025), en la iglesia patriarcal de San Jorge (Estambul) y ante los obispos del Patriarcado Ecuménico, León XIV planteó renovar los esfuerzos por construir la paz, combatir la crisis ecológica y usar responsablemente las nuevas tecnologías de la comunicación.
El ancla y los cedros, la moneda y la rosa
En el Líbano el Papa Prevost fue recibido por grandes multitudes.En su encuentro con las autoridades (cfr. Discurso en Beirut, 30-XI-2025), alabó la resiliencia de ese pueblo, y animó a seguir construyendo la paz. Señaló tres medios: “la lengua de la esperanza” –frente a la actitud pesimista y al sentimiento de impotencia, la inestabilidad y los conflictos–, la “cultura de la reconciliación” y la aportación de todos (especialmente de los jóvenes y de las mujeres) desde las culturas locales.
El día siguiente se encontró con los obispos, sacerdotes, consagrados, consagradas y operadores pastorales en el santuario de Nuestra Señora del Líbano, Harissa (cfr. Discurso, 1-XII-2025). Los animó a crear, sin ingenuidad, un clima de confianza en la fuerza regeneradora del perdón y la misericordia.
Utilizó, también aquí, diversas imágenes. La del “ancla” (que figuraba en el logotipo de su viaje, tomada de las catequesis de Francisco), que nos asegura la unión con el Cielo; las raíces fuertes y profundas de los “cedros”; la “moneda siria”, encontrada por un sacerdote en la bolsa de limosnas junto con las monedas libanesas, porque “el donarnos mutuamente nos enriquece a todos y nos acerca a Dios”; la “Rosa de Oro” (regalo papal al santuario), que simboliza el perfume de Cristo que propaga la vida cristiana, en medio de las dificultades y de las heridas.
Evocando su oración ante la tumba de san Charbel (1-XII-2025), exclamó León XIV: “¡Cuanta linfa de vuestra historia puede sostener el difícil camino hacia el futuro!” (Ceremonia de despedida, 2-XII-2025).
El mismo día utilizó la imagen de los cedros vigorosos –símbolo de la unidad, de la fecundidad y de la esperanza– en el encuentro con los jóvenes (cfr. Discurso en Bekerké, 1-XII-2025): “Ustedes saben bien que la fuerza del cedro está en las raíces, que normalmente tienen la misma extensión que las ramas. El número y la fuerza de las ramas corresponden al número y la fuerza de las raíces”. Por eso les animó a unirse al “trabajo humilde, oculto y honesto de tantos hacedores del bien”, de todo el árbol en toda su belleza.
Les confió que, para construir la paz, “el verdadero principio de vida nueva es la esperanza que viene de lo alto: ¡es Cristo!”; que “no se ama de verdad si se ama con fecha de caducidad, mientras dura un sentimiento”, pues “un amor con fecha de vencimiento es un amor mediocre”. Añadió el obispo de Roma: “Las relaciones sólidas y fecundas se construyen juntos, sobre la confianza recíproca, sobre ese ‘para siempre’ que palpita en toda vocación a la vida familiar y a la consagración religiosa”. Y concluyó señalando los medios: la fuerza de Cristo, el ejemplo de los santos, el recurso a la oración y la devoción a la Virgen (el rosario).
Constructores de la paz, agradecidos y comprometidos
Durante el encuentro ecuménico e interreligioso en Beirut (cfr. Discurso en la plaza de los mártires, 1-XII-2025), León XIV señaló, con palabras de Benedicto XVI, que el diálogo con otras religiones “se basa ante todo en los fundamentos teológicos que interpelan la fe” (E. A. Ecclesia in Medio oriente, 19). Concretamente, en la línea de la declaración Nostra Aetate del Concilio Vaticano II, insistió en “el núcleo mismo del diálogo interreligioso: el descubrimiento de la presencia de Dios más allá de todas las fronteras y la invitación a buscarlo juntos con reverencia y humildad”.
Junto con los cedros, “el olivo” (venerado por el cristianismo, el judaísmo y el islam) es característico del Líbano. Simboliza “la resistencia y la esperanza, reflejando el firme compromiso necesario para fomentar la coexistencia pacífica”. Su aceite es bálsamo para las heridas (nos recuerda la compasión de Dios) y alimento de la luz (que hemos de dar mediante la fe, la caridad y la humildad).
“En un mundo cada vez más interconectado –concluyó el Papa–, ustedes están llamados a ser constructores de paz: a enfrentarse a la intolerancia, a superar la violencia y a desterrar la exclusión; iluminando el camino hacia la justicia y la concordia para todos, a través del testimonio de su fe”.
Como colofón de esos días intensos, durante la Misa en el Beirut Waterfront (cfr. Homilía, 2-XII-205), el sucesor de Pedro invitó a cultivar actitudes de alabanza y gratitud. Contemplando una vez más la belleza del Líbano –oscurecida hoy por las tentaciones del desencanto y la desolación, la incertidumbre y la desorientación ante tantas dificultades–, apuntó a las pequeñas luces que brillan en la noche, como brotes de vida y esperanza, que invitan a la gratitud y al compromiso.
Jesús alaba al Padre “porque revela su grandeza precisamente a los pequeños y humildes, a aquellos que no llaman la atención, que parecen contar poco o nada, que no tienen voz”.
“Al mismo tiempo –advirtió León XIV–, esta gratitud no debe quedarse en un consuelo íntimo e ilusorio. Debe llevarnos a la transformación del corazón, a la conversión de la vida, a considerar que es precisamente en la luz de la fe, en la promesa de la esperanza y en la alegría de la caridad donde Dios ha pensado nuestra vida. Y, por eso, todos estamos llamados a cultivar estos brotes, a no desanimarnos, a no ceder a la lógica de la violencia ni a la idolatría del dinero, a no resignarnos ante el mal que se extiende”.




