En ocasiones pensamos que evangelizar consiste en grandes discursos, audaces proyectos o misiones lejanas. Sin embargo, la experiencia cristiana -la de los santos, la de tantos fieles anónimos, la de la Iglesia a lo largo de los siglos- demuestra que el anuncio del Evangelio brota, ante todo, del lugar concreto donde estamos. Allí donde la Providencia nos ha sembrado, allí estamos llamados a dar frutos de salvación.
A veces ese lugar es el propio pueblo de origen, conocido y familiar; otras veces, como en mi caso, es un país nórdico, silencioso y helado durante largos meses, donde el lenguaje del testimonio cotidiano se vuelve más elocuente que cualquier discurso. Porque evangelizar no empieza con hablar: empieza con vivir.
Evangelizar con la vida: el lenguaje universal
En Finlandia, donde la palabra es comedida y los espacios son amplios, he descubierto que el cristiano está invitado a evangelizar con un estilo nuevo: el de la sencillez alegre, la serenidad que desarma, la sonrisa que abre puertas, el servicio que hace visible lo invisible. Y pienso que tú, allí donde estés -en un barrio de ciudad, en una oficina, en un aula universitaria, en una fábrica o en el metro abarrotado- compartes exactamente la misma misión.
No se trata de hacer ruido, sino de irradiar. No de conquistar, sino de acompañar. No de imponer, sino de proponer con ternura, con paz, con la firmeza amable de quien sabe que ha encontrado un tesoro que no puede guardarse solo para sí.
La auténtica evangelización brota siempre de la alegría. No de un optimismo superficial, sino de la certeza de sabernos amados por Dios. Cuando el cristiano vive desde esta alegría, la misión deja de ser un deber para convertirse en un desbordamiento natural. Como quien no puede evitar compartir una buena noticia.
Así es como el Evangelio se abre paso hoy: de corazón a corazón, de gesto en gesto. Una nueva evangelización, sí, pero profundamente antigua en su esencia: la del testimonio personal que transparenta a Cristo.
El impulso del Papa y el clamor del mundo
En este tiempo de Nueva Evangelización -al que los últimos Papas, incluido el Papa León XIV, han dado un renovado impulso- se nos recuerda que el mundo no necesita cristianos tristes, ni temerosos, ni escondidos. Necesita testigos confiados, que sepan mirar cada realidad con los ojos de Cristo y responder con su misericordia.
La humanidad, incluso la más secularizada, sigue teniendo sed. Sed de bondad, sed de sentido, sed de una esperanza que no decepcione. Y tú y yo, cada uno en su rincón del mundo, tenemos entre las manos la Fuente.
Evangelizar es sembrar paz
Cuando uno vive lejos de su país, aprende a valorar el poder de los pequeños gestos: un saludo amable, una ayuda inesperada, una conversación tranquila en un entorno acostumbrado al silencio. Allí he descubierto que evangelizar es, sobre todo, sembrar paz, la paz de Cristo. Y esa siembra no conoce fronteras, porque es Cristo mismo -único Salvador- quien la hace fecunda y quien ofrece a todos la salvación. Nosotros solo somos sus manos abiertas en medio del mundo.
La evangelización no es un proyecto estratégico, sino un modo de vivir. Es permitir que Cristo hable a través de nuestras miradas, nuestras palabras y, a menudo, nuestros silencios. Es caminar por la vida dejando tras de nosotros un rastro de serenidad que invite a preguntarse por su origen. Y cuando alguien descubre que esa paz proviene de Cristo, comprendemos que Él mismo nos invita a colaborar con Él en la salvación de muchos, siendo testigos humildes de su amor.
El cristiano como faro luminoso
No todos tenemos vocación de predicadores, pero todos -sin excepción- tenemos vocación de testigos. El faro no grita: simplemente está, firme y luminoso. Así debe ser también la presencia del cristiano en medio del mundo: una referencia que no obliga, pero orienta; que no presiona, pero acompaña; que no impone, pero ilumina.
La evangelización empieza en lo cotidiano: en la familia, en el trabajo, en el trato con quienes cruzan nuestro camino. A veces bastará una palabra amable; otras, una paciencia heroica; otras, el silencioso testimonio de la fidelidad, incluso cuando nadie parece verlo.
Evangelizar no es un peso, sino una gracia. No es una carga, sino un don. Y cuando comprendemos que nuestra misión consiste simplemente en dejar que Cristo llegue a los demás a través de nosotros, entonces todo cambia.
Ahí donde estás, Jesús quiere llegar. A las personas que ves cada día, Él quiere abrazarlas. Pero lo quiere hacer con tus manos, con tu sonrisa, con tu actitud. Evangelizar significa permitir que la cercanía de Cristo se haga visible en ti.
Obispo de Helsinki.



