Evangelio

Humildad y bienaventuranzas

Vitus Ntube·29 de enero de 2026·Tiempo de lectura: 3 minutos

El Evangelio de hoy presenta lo que puede considerarse una especie de compendio del Evangelio, o lo que el Papa Francisco llamaba el “carnet de identidad” del cristiano. Encontramos en las Bienaventuranzas el primer gran discurso que el Señor dirige a la gente.

La frase inicial del Evangelio es llamativa: “Al ver Jesús el gentío, subió al monte, se sentó y se acercaron sus discípulos; y, abriendo su boca, les enseñaba diciendo”. Jesús ve a la gente -probablemente muy numerosa- y sube a la montaña, tanto para verla mejor como para adoptar una postura deliberada y con autoridad. Como escribe el Papa Benedicto XVI, Él “se sienta en la ‘cátedra’ del monte”. La gente se reúne a su alrededor, Él abre la boca y comienza a enseñar. Estos gestos evocan profundamente a Moisés. Jesucristo es el nuevo Moisés que da la ley; pero, a diferencia de Moisés, Él no recibe la ley: habla desde su propia autoridad divina. Desde ese lugar, Cristo da la nueva Ley: la ley de la felicidad. 

Hoy, la Iglesia nos invita a centrarnos particularmente en el tema de la humildad. Las lecturas convergen todas en esta virtud. El breve título en rojo que encabeza las lecturas de hoy recoge la disposición con la que la Iglesia nos las propone. La primera lectura, del profeta Sofonías, habla de cómo Dios va a dejar, “un pueblo humilde y pobre”. San Pablo, escribiendo a los corintios, nos recuerda que Dios ha escogido “lo débil del mundo”. Y en el Evangelio, la primera Bienaventuranza es la clave que abre todo el sermón: “Bienaventurados los pobres en el espíritu”. Incluso el salmo responsorial hace eco de la primera Bienaventuranza. En la solemnidad de Todos los Santos se proclama este mismo Evangelio, pero el título que se le da es diferente a lo de hoy. Es la frase final: “Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el Cielo”

Bienaventurados los pobres en el espíritu” no es simplemente la primera Bienaventuranza. Es la condición esencial para la verdadera felicidad. Solo cuando reconocemos nuestra total dependencia de Dios podemos ser verdaderamente felices. El humilde vive en expectación confiada de los dones de Dios; el soberbio, lleno de sí mismo y de preocupaciones mundanas, se cierra a la gracia. La soberbia conduce finalmente a la infelicidad, porque aísla y engaña. La humildad -la pobreza de espíritu- significa reconocer que no somos autosuficientes, que nuestra seguridad se apoya únicamente en Dios.

El sentido pleno de las Bienaventuranzas solo se descubre cuando consideramos ambas partes: la declaración y la razón/promesa. Si escuchamos solo la primera parte – “Bienaventurados los pobres en el espíritu”, “Bienaventurados los que lloran”- las palabras pueden parecer incompletas o incluso absurdas. Jesús añade la razón de la bienaventuranza: “…porque de ellos es el Reino de los Cielos”. No debemos olvidar nunca la razón/promesa. El reino pertenece a los humildes. Dios se inclina hacia los sencillos. Actúa a través de ellos, los sostiene y les concede un legado perdurable en la tierra y un gozo eterno en el cielo. Las lecturas de hoy revelan la belleza y la fuerza de la humildad. Ella atrae la mirada de Dios.

Como dice san Pablo: “lo necio del mundo lo ha escogido Dios […], y lo débil del mundo lo ha escogido Dios […]. Aún más, ha escogido la gente baja del mundo, lo despreciable, lo que no cuenta”.

San Josemaría escribe: “¡Qué grande es el valor de la humildad! -‘Quia respexit humilitatem…’. Por encima de la fe, de la caridad, de la pureza inmaculada, reza el himno gozoso de nuestra Madre en la casa de Zacarías: ‘Porque vio mi humildad, he aquí que, por esto, me llamarán bienaventurada todas las generaciones‘”.

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