En mi juventud, esto es, en los años sesenta del siglo pasado, Graham Greene (1904-1991) era una de las estrellas del firmamento literario europeo. No solo había escrito veinticinco novelas sino que había sido, por ejemplo, el guionista de la gran película de Carol Reed El tercer hombre (1949), considerada una obra maestra en la historia del cine.
Además, Greene había escrito numerosas novelas cortas, teatro e incluso obras para público infantil. Había trabajado primero como periodista en The Times, pero pronto pasó a dedicarse por completo a la literatura al tiempo que recorría el mundo en diferentes misiones como espía al servicio del MI6 británico.
Su vida personal estuvo siempre desarreglada como muchos de los personajes de sus novelas. Hace pocos años volví a leer la que me parece su mejor novela: El poder y la gloria (1940). La había leído y reseñado en mi juventud, pero al releerla ahora me impactó muchísimo más la historia de aquel sacerdote renegado que da la vida por los demás en medio de la revuelta mexicana de los cristeros.
Como escribió Charles Moeller, “desde el punto de vista de la fe, es el libro más grande de Greene” (Literatura del siglo XX y Cristianismo, I, 370).
“Escritor católico”
Greene escribió dos libros autobiográficos, cuya lectura merece la pena para quienes tengan afición a la escritura: Una especie de vida (A Sort of Life, 1971) y Vías de escape (Ways of Scape, 1980), en los que se mezclan abundantemente literatura y vida. Quizá la anécdota culminante de su vida como “escritor católico” -que aparece relatada en los dos libros- fue la de la condena de El poder y la gloria en 1950 y la conversación años después con el Papa Pablo VI sobre ello: “Los métodos de censura son siempre extrañamente incoherentes. En la década de 1950 fui citado en la catedral de Westminster por el Cardenal Griffin, y allí se me dijo que mi novela El poder y la gloria, publicada unos años antes, había sido condenada por el Santo Oficio y que el cardenal Pizzardo exigía unos cambios que, naturalmente y espero que cortésmente, me negué a hacer. […] La entrevista terminó bruscamente y él me dio como despedida la copia de una pastoral que se había leído en las iglesias de su diócesis y en la que se condenaba implícitamente mi obra. Más adelante, cuando el Papa Pablo VI me dijo que entre las novelas mías que había leído se encontraba El poder y la gloria, le contesté que el Santo Oficio había condenado aquel libro. Entonces, mucho más liberal que el cardenal Pizzardo, me contestó: ‘Algunas partes de su libro molestarán siempre a ciertos católicos, pero no se preocupe por eso’. Consejo que no me fue difícil seguir” (Una especie de vida, p. 70).
Una especie de vida
En este mismo libro, después de describir su conversión de 1926 (pp. 141-146), cuenta que en la década de 1950 dejó la práctica sacramental, pero que se veía a sí mismo como un miembro de la Legión Extranjera de la Iglesia que lucha en su favor, aunque no se sienta del todo identificado con ella: “Más adelante podemos endurecernos ante las fórmulas de la confesión y llegar a ser escépticos a propósito de nosotros mismos: quizá solo intentamos mantener a medias las promesas que hicimos hasta que los continuos fracasos y las circunstancias de nuestra vida privada hacen imposible hacer más promesas; y muchos de nosotros abandonamos la confesión y la comunión para alistarnos en la Legión Extranjera de la Iglesia y luchar por una ciudad de la que ya no somos enteramente ciudadanos” (pp. 145-146).
Es conocido que en sus últimos años Greene volvió a recibir de nuevo los sacramentos de manos del sacerdote gallego Leopoldo Durán, con quien había entablado una profunda amistad y con el que hizo numerosos viajes por España entre 1976 y 1989, que darían lugar al libro de Greene Monseñor Quijote de 1982.
Perspectiva vocacional
Cuando Graham Greene en Una especie de vida narra su bautismo en 1926, después de múltiples conversaciones con el P. Trollope, un sacerdote redentorista —que había sido actor en su juventud— del que se había hecho amigo, parece sugerir que su conversión se debía a su deseo de acomodarse a su novia que era católica. Sin embargo, al final del capítulo añade un párrafo que invita a pensar:
“Recuerdo claramente la naturaleza de mi emoción cuando salí de la catedral [después de ser bautizado]: no había en mí ninguna alegría, sino únicamente una oscura aprensión. Había dado el paso con vistas a mi futuro matrimonio, pero ahora la tierra cedía ante mis pies y tenía miedo de la dirección en que podía llevarme la marea. ¿Y si descubría en mí mismo […] el deseo de ser sacerdote? En aquel momento no me parecía imposible. Solo ahora, cuando ya han pasado más de cuarenta años, puedo sonreír ante la irrealidad de mis temores y sentir a la vez una triste nostalgia por ellos, ya que perdí más de lo que gané cuando el temor pasó irrevocablemente a formar parte del pasado” (p. 146). Impresiona la profundidad de su confesión y la magnífica forma de describirla: en Greene literatura y vida están íntimamente entrelazadas. Quizá por eso merece la pena seguir leyéndole.




