La Cuaresma, al enfrentarnos con la Pasión redentora del Señor, nos enfrenta también con el dolor humano y con el misterioso valor de salvación que adquiere en la Santa Cruz.
Nadie ignora que precisamente ese misterio del dolor es uno de los grandes interrogantes que atormentan al hombre sin fe, de nuestro tiempo y de toda la historia.
“Nuestra mirada ciega ante la luz” es el título de una de las últimas obras traducidas al castellano de Gustave Thibon, el pensador autodidacta que eligió la vida solitaria en su retiro campesino de Saint Marcel D’Ardeche. “No es la luz la que falta a nuestra mirada; es nuestra mirada la que falta a la luz”, decía en ese libro. Con su silencio creador procura perforar las tinieblas que nosotros mismos nos creamos.
Desde allí procura transmitir las ráfagas de luz que descubre en su soledad, únicamente interrumpida por tal o cual viaje cuando se reclama su presencia para una lección o coloquio.
Hoy ha accedido a comentar para los lectores de Palabra aquel misterio que sólo la Santa Cruz puede desvelar. Agradecemos sus frases pausadas, serenas, cargadas de experiencia cristiana.
En la llamada sociedad permisiva o hedonista de la Europa actual, podría decirse que se ha tratado al dolor como un mal, como una epidemia que habría que eliminar y arrancar de raíz. Mi pregunta es la siguiente: ¿Es posible que un Estado, mediante una reforma social o por medios técnicos pueda eliminar totalmente el dolor?Y, en segundo lugar, si esto no fuera posible, ¿cómo podría ser explotado este dolor, cuál es el sentido del dolor en la vida cotidiana?
–¿Habla usted del dolor físico o del dolor moral?
Dolor físico y dolor moral
Usted mismo podría hacernos ver cuál es la diferencia, y dar una respuesta para los dos casos.
–Por lo que se refiere al dolor físico, creo que es inherente a la naturaleza humana. Hay algunas necesidades del cuerpo que pueden llegar a veces hasta el dolor físico; por ejemplo, el hambre y la sed y otras similares. También están las enfermedades, inclemencias, que a veces pueden ser terriblemente molestas e incluso, alguna vez, trágicas, y que en conjunto forman parte de la naturaleza humana. Diría incluso que en el orden físico no se puede hablar de alegría. Se puede hablar de placer como opuesto al dolor.
Pues bien, en realidad, es gracias a las molestias, al dolor, a la privación, que se siente, más profundamente la alegría física; y suprimiendo el dolor o las molestias o las privaciones —como esas dos cosas están ligadas indisolublemente en la naturaleza humana— se llega a suprimir el placer. Por ejemplo, recuerdo que alguna vez he tenido hambre —ya no me ocurre ahora y lo siento un poco-, pues bien, la comida cobraba una calidad excepcional, comer era una voluptuosidad inefable; me acuerdo también de algo que ha desaparecido completamente en nuestra época de “climatización”; cuando se volvía del trabajo del campo y había viento del norte, llegar cerca de la chimenea era una especie de revelación del placer. Si se suprime el polo del dolor, se suprime también el polo opuesto, de tal manera que se llega a vivir una vida extremadamente neutra, sin placer ni dolor, lo cual no me parece deseable.
¿Y en lo que se refiere al dolor moral?
–El dolor moral no se lo deseamos a nadie y, sin embargo, es necesario a todos los hombres. No es únicamente el Cristianismo quien ha dicho esto, sino que desde los más remotos tiempos se ha pensado que sólo el dolor hace ganar madurez a los hombres. Hay que atravesar la prueba del dolor para esculpir una vida interior. Ya los griegos decían la fórmula «por el dolor se llega al conocimiento» y en efecto, el hombre se revela a sí mismo a través del dolor.
Si se suprime el dolor, ocurre como en el orden físico, se suprimen las más profundas alegrías del alma, lo cual ha sido confirmado por el Cristianismo por medio de la Cruz. No creo que haya que convertir el dolor en un ideal porque, aunque creo que el dolor madura al hombre, aborrezco el «dolorismo» que consiste en decir que el dolor es el único valor y en provocarlo y mantenerlo artificialmente. Afirmo que dolor bueno es el dolor natural, el que nos viene de los acontecimientos. – tos. Este creo que no hay que evitarlo. Y el dolorismo contemporáneo quisiera suprimir el dolor moral y llega a hacer individuos amorfos, neutros, sin ninguna significación.
Cuando estuve recientemente en América, una americana me decía que cuando murió su padre, ella tomó los tranquilizantes que convenían al caso y se acuerda de la muerte de su padre como de un sueño. En mi opinión esto es realmente penoso. Opino que el parto sin dolor es lamentable. El mismo Jesucristo dijo que una mujer sufre el dolor del parto y tras el temor, es feliz por haber traído un hombre al mundo. Y cuando no se sufren dolores, no se obtiene el efecto del contraste, no se es feliz tampoco por haber traído un hombre al mundo. Creo que el dolor es necesario. Está ligado a la alegría como un polo está ligado al polo opuesto, como, por ejemplo, la primavera al invierno, o al verano si usted prefiere.
Las contradicciones
¿Cuáles son las ventajas que puede sacar un cristiano de las contradicciones, de las cosas que vienen sin que uno las busque, de las cosas dolorosas desde un punto de vista físico o moral? ¿Puede encontrarse en ellas algo que sea útil para la vida interior de un hombre?
–Hay una gran enseñanza. Yo creo que lo propio de la vida interior de un cristiano, en lo que ésta tiene de profundo, es aceptar la voluntad de Dios, aceptar los acontecimientos.
Pascal decía que si Dios nos diera unos maestros escogidos por Él, entonces ¿cómo les obedeceríamos?, pues bien —decía Pascal—, los acontecimientos son maestros infalibles. Creo que en cualquier acontecimiento, incluso en el dolor, se necesita una sumisión a la voluntad de Dios que es absolutamente necesaria para el cristiano. Me dirá usted que es exactamente lo mismo en el caso del placer o de la alegría, pero es mucho más fácil adorar la voluntad de Dios cuando Dios mismo está con nuestra propia voluntad que cuando se opone. Luego, en la aceptación del dolor hay un valor espiritual.
El dolor nos hace sentir nuestros límites, nos hace notar nuestra dependencia, crea la humildad. También nos da un aviso, mientras que la felicidad, como decía el poeta, no advierte de nada.
Mientras se es feliz, no está uno advertido. A través de la prueba uno se revela a sí mismo, toma conciencia de sus limitaciones, de las debilidades, y encuentra la virtud de la humildad, esencial para el cristiano.
Si, al contrario, uno se rebela contra los acontecimientos, contra las desgracias imprevistas o no deseadas, ¿qué frutos se pueden sacar de esta rebelión?
—Lo que uno puede sacar de esta rebelión, es una agravación del dolor, porque cuando uno se rebela contra el dolor, entonces, además de padecerlo de todas maneras, porque no se logra suprimir con el enfado, le entra la rebelión, lo cual no es más que un veneno. De cualquier forma, el hecho hay que sufrirlo. Entonces se cumple la famosa sentencia: “Los acontecimientos guían al que los sigue y arrastran a quien los rehusa”.
¿Podría decirse que en la sociedad actual, por ejemplo, en la europea, hay cada vez menos dolor físico y más dolor moral?
—Indiscutiblemente. Se han creado refinamientos del dolor, en la medida en que se ha querido suprimir el dolor, porque en la medida en que se considera el dolor como una injusticia, y no se le admite, como él permanece de todas maneras, se agrava por esa rebelión, por esa falta de consentimiento.
Se ha creado tanto confort, tantas facilidades; tantas posibilidades, que todo lo que se nos rechaza, nos parece una injusticia y el dolor moral aumenta en la misma proporción, de tal forma que, queriendo huir del dolor, no se consigue más que multiplicarlo, y esto no es una paradoja, sino una realidad que constatamos todos los días.
Entonces, algunos signos tales como el aumento estadísticamente comprobado del alcoholismo, de la droga, ¿no significarán que se quiere hacer dormir este dolor moral?
—No hay ninguna duda de que se quiere suprimir el dolor moral, pero no solamente ese, pues muchos seres no son capaces de sufrir un dolor moral. En cierto modo, se quiere olvidar, se quiere huir del aburrimiento. Porque en una sociedad que ha suprimido el doler
como también ha suprimido la alegría ya que los dos son correlativos— se cae en la monotonía, en el aburrimiento. El aburrimiento es el cáncer de las civilizaciones desarrolladas, y esto lo dicen todos los sociólogos. El aburrimiento quiere decir que hay que matar el tiempo, mientras que en realidad el tiempo habría que aprovecharlo. Y cuando no se aprovecha el tiempo,entonces se le mata. Y para tratar de matarlo, el hecho de recurrir al alcohol, a la droga, al erotismo, son fenómenos perfectamente lógicos. En este campo se trata de obtener el olvido. Es decir, es la huida de uno mismo para no vivir en cuanto hombre, para dejar de un lado la vida y vivir una vida de fantasma, de sueños. Todos esos procedimientos que usted me cita, son procedimientos para transformar la realidad en sueños, y los sueños no hacen mucho bien. Se podría hablar de una especie de civilización onírica.
La tercera edad
La pirámide de la población, por ejemplo, se hace cada vez más grande del lado de la tercera edad, a causa de la falta de natalidad. ¿No presenta esta tercera edad una situación un poco dolorosa, ya que, como la familia se destruye, están cada vez más aislados y son cada vez más desgraciados?
—El problema de la tercera edad es relativamente reciente, porque aunque antes había viejos, había menos que ahora. Por ejemplo, la media de edad hace doscientos años era de treinta a cuarenta años.
También había personas que llegaban a los ochenta o noventa, pero muchas menos que ahora. Se ha prolongado la vida de una manera desmesurada. En el siglo XVII, se ha calculado estadísticamente, un hombre debía ser huérfano de padre o madre a los veinte años y huérfano de padre y madre a los treinta. Así pues, en cierta manera, un hombre de treinta años, era un viejo.
Ahora, los progresos de la medicina y de la higiene, han hecho que el número de viejos aumente terriblemente. Esta distorsión que lleva, no sólo al conflicto de clases sociales, sino al conflicto de generaciones, a una especie de segregación —ahora se habla de “clases” de edad y de separación entre clases de edad— lo que hace que las generaciones estén cada vez más aisladas y esto es grave para los viejos y para los niños. Tengo un amigo, un psicólogo americano, que ha escrito un libro admirablemente documentado, sobre el sentimiento de “incompleto” —como ellos dicen— que tienen los niños que no han conocido a sus abuelos.
Debo confesar que esto me afecta mucho, porque yo he sacado mucho provecho de mis abuelos —que murieron cuando yo tenía unos treinta años— y que me aportaron algo irremplazable. El mismo sentimiento de “ser incompleto” que se observa en los niños, también se encuentra en los ancianos. Esta segregación es algo que da miedo. Lo que me ha parecido atroz, es una cosa que he visto en América, en algunos poblados de lujo de Florida, donde están amontonados los viejos que tienen alguna fortuna.
En realidad no tienen el aspecto de ser muy viejos; podría decirse que son viejos niños. Aquellos es espantoso. Se parece a una prisión de postín. Esto es un problema muy grave, justamente en una época en que se lucha contra toda barrera entre los pueblos, entre las razas o entre las naciones. Cuando se quiere que un habitante de Patagonia sea nuestro prójimo, al mismo tiempo se introduce la segregación entre unos seres por cuyas venas corre la misma sangre, entre padres e hijos. Conozco a un americano que, hablando conmigo criticaba fuertemente el racismo y que al mismo tiempo no podía soportar a su madre, o sea, que introducía la segregación en el interior de su propia familia.
Es lo mismo que ese amor al prójimo lejano que parece dispensar del amor al más cercano. Sobre todo cuando el amor del ser lejano no compromete a nada. Aunque yo quiera al de Patagonia, él no me molesta apenas, y eso es un amor ficticio. Esto plantea el problema del envejecimiento, que es muy difícil. Creo que a los viejos les interesaría permanecer en las familias y seguir en actividad. Pero este es otro problema. Antes, los continuaban en actividad mientras podían, y su actividad iba disminuyendo poco a poco. Al contrario, en esta sociedad centralizada y estatal en la que vivimos, la edad de la pensión es como un hachazo, que de un golpe quita al hombre su actividad y lo clasifica inmediatamente entre los inútiles y los parásitos. Esto es horrible, porque un hombre está acostumbrado a tener una actividad. Así, se crea una mortalidad muy grande en los dos o tres años que siguen a la pensión, como las compañías de seguros podrían certificar. Para los que sobreviven, esta inactividad crea un aburrimiento, un cansancio, un desinterés por todo. Por eso sería muy importante prepararse para la pensión cuando uno piensa en ello, cosa que no me ocurre. Yo pienso trabajar hasta el fin de mi vida.
Preparar el futuro para que la edad de la pensión sea una edad de actividad gratuita, donde se podrá hacer todo lo que se querrá, como leer los libros que no se han leído, contemplar lo que no se ha contemplado, meditar, rezar; dedicarse a obras benéficas, materiales o espirituales cuando se es capaz. En fin, esto implica un reciclaje del viejo.
Porque uno envejece. Mire usted, un hombre es viejo, a cualquier edad, cuando en el fondo ya no tiene ante él ningún futuro que fecundar. Creo que uno permanece mientras tiene algo que hacer. La libertad es una promesa, no una realización: creo que uno sigue siendo joven mientras guarda en sí mismo una promesa. Aunque uno esté en su último día, tiene cosas que hacer. Me gusta mucho la frase de Septimio Severo cuando, encontrándose en el actual Nueva York, el día de su muerte, entró el centurión de guardia en su tienda.
El emperador, viéndole entrar, tomó los papeles que traía —papeles de Estado— e incorporándose, dijo, “Laboremus”—trabajemos— y en ese instante murió. Me parece que es un hermoso fin para una vida.
Señor Thibon, ahora se tiende a una forma concreta de acabar la vida, la llamada “muerte con dignidad”. Se sobreentiende la eutanasia. Usted sabe que su legalización está discutiéndose ya en algunos países de Europa. Si bien no todavía inscrita en las costumbres, por lo menos introducida en proyectos de ley. Esta filosofía que lleva a la eutanasia ¿no es lo mismo que el deseo de vencer el dolor en su última expresión?
—Es exactamente lo mismo. Es curioso observar hasta qué punto los extremos se tocan. Por un lado se predica la eutanasia. He visto un libro muy documentado, escrito por un médico, que habla de “interrupción de vejez” como se habla de interrupción del embarazo. Esto me parece muy lógico, porque si se considera normal el aborto, es decir, el suprimir la posibilidad de una vida entera, me parece mucho más normal el recortar una vida que ya se ha realizado en gran parte. En realidad, el personaje en cuestión, sufre menos.
Lo que me parece muy curioso es que en la misma época en que se proclama la eutanasia, es decir, el acortamiento de la vida artificialmente, se predica también la prolongación artificial de la vida, manteniendo a moribundos en un estado de supervivencia por los medios más complicados, más curiosos.
Mientras que la buena teología católica, como recuerdo haber leído en un manual de seminario de hace unos cien años —época en la que se tenía sentido común— decía que nadie está obligado a conservar su vida por medios demasiado complicados o demasiado costosos. Se trata de mantener la vida más allá de lo que es natural. Hay salas de reanimación en los hospitales donde se mantiene a personas en coma durante meses.
Mi nuera está en una de esas salas donde mantenían —contra toda lógica— a niños que habían nacido mal, deformes, monstruosos y ahora al lado está la sala de abortos, donde suprimirán a los niños bien constituidos. Yo creo que lo ideal sería seguir las leyes de la naturaleza, que en el fondo son las leyes de Dios. Seguir el ciclo de la vida.
Tener los dolores que la naturaleza nos envía y al mismo tiempo, no practicar la eutanasia ni la prolongación artificial de la vida. Por lo que se refiere a la atenuación de ciertos dolores, todo el mundo sabe que a los enfermos que sufren demasiado se les da morfina. Eso podrá acortar la vida de dos o tres días, pero en realidad no es una eutanasia. Uno no está obligado a sufrir hasta el infinito. Pero la eutanasia en cuanto tal es monstruosa. Es la misma rebelión contra la Providencia como la prolongación artificial de la vida.
Una sabiduría
Por otra parte, hay teólogos que dicen que el sufrimiento en el lecho de muerte puede acortar las penas del purgatorio. ¿Está usted de acuerdo?
—Evidentemente, yo no soy teólogo ni conozco los secretos de Dios, pero creo que el hecho de aceptar todas las pruebas que nos llegan en esta vida, tiene ciertamente un valor de purgación, de consentimiento, de oración, que normalmente debería acortar las penas del purgatorio. Porque cuando el dolor es bien recibido y no hace agriarse a la persona, sitúa al individuo en sus límites, le enseña su fragilidad y su nada, lo cual ya es mucho.
En general, cuando un hombre está enfermo, si no está esencialmente rebelado, se da cuenta que cuando estaba sano, había descuidado muchas cosas esenciales, que había preferido lo accesorio a lo esencial. Esto es muy frecuente. Celine, que es un gran hombre, aunque no lo recomendaría en todos sus aspectos, decía “Yo me he hecho médico, porque cuando los hombres enferman son un poco menos canallas que cuando están sanos”. Vuelven a sus límites, a su humildad.
Es un deseo contradictorio. Quisiéramos que nuestros hijos poseyeran toda la sabiduría que el dolor lleva consigo, pero no les deseamos que sufran. Por eso cuando se ve a algunos padres que han conocido la miseria o que han sido pobres en la infancia y que luego tienen una situación acomodada, entonces hacen de sus hijos unos niños mimados, diciendo: “No quisiera que mi hijo sufra lo que yo he sufrido ni que le falte lo que a mí me ha faltado”. En realidad lo que les hace falta es haber carecido de algo; porque todo lo que se aprecia porque antes no se tenía y luego se ha conquistado, como ellos lo obtienen inmediatamente, luego no lo apreciarán. Podemos decir entonces lo que dijo Péguy: “Lo que nos falta es la carencia”.
En ciertos movimientos políticos, por ejemplo, los movimientos revolucionarios marxistas, se habla mucho de la liberación del hombre y se cree incluso que este se puede liberar del dolor con la lucha revolucionaria. ¿Cuál es la relación entre esa ideología y la doctrina cristiana de la cruz de la cual hablaba?
—El marxismo se opone a la Cruz por la simple razón de que cree en el paraíso terrestre, es decir, la época de la desaparición del Estado, la época de un mañana que canta, la época de la gran noche, donde la sociedad vivirá en un equilibrio perfecto, donde, según las palabras de Marx el hombre habrá encontrado un acuerdo consigo mismo, con la naturaleza y con sus semejantes, según una filosofía heredada de Hegel, donde todas las contradicciones de la existencia serán abolidas. Le diré enseguida que eso me parece infantil, y que no se divisa el más mínimo principio de la abolición de esas contradicciones. La cosa permanece exactamente igual. Es peor en el campo económico y aún peor en el político. Y cuando el marxismo pretende que él podría resolver los problemas psicológicos, los problemas morales, no son más que bromas, como si eso pudiera tener la menor relación con reformas políticas, sean las que sean. Por otra parte, ellos mismos se ven obligados a confesarlo.
He leído recientemente una revista alemana que citaba un artículo publicado en Rusia. Allí se decía “¿Acaso el amor es conservador?” Porque en la mitología marxista, los conflictos del amor, los crímenes pasionales, el hecho de que Romeo se suicide si Julieta le rechaza, todo eso pertenece a la sociedad burguesa; cuando el hombre será “desalienado”, todos esos conflictos desaparecerán.
Pues bien, la revista estaba obligada a reconocer que, incluso en Rusia, si un chico está loco perdido por una chica y ésta le rechaza, el chico se siente desgraciado —exactamente como los burgueses — es curioso— y reconocía que hay en la URSS suicidios de este tipo, adulterios, crímenes pasionales… Por eso la pregunta de si el amor sería conservador. Pero el amor no es ni conservador ni revolucionario. El amor es lo que es, ¿qué quiere usted? Queriendo suprimir la Cruz, no se llega más que a clavarla en los hombres, quitándoles los méritos que la Cruz lleva consigo. Hay una frase del político inglés, Lord Hampton, que dice que la sociedad se convierte en un infierno, cuando se quiere hacer de ella un paraíso.
Si alguien se casa y espera la perfección en su mujer, si pide que encarne a todas las mujeres, e incluso con unas virtudes contradictorias, ¡cómo la realidad va a contradecirle!, ¡el matrimonio tenderá a convertirse en infierno! Por eso los hombres que buscan la perfección en una mujer, van de una a otra y la encuentran cada vez menos.
La Cruz es inherente a la naturaleza humana. La cruz, las contradicciones, se borran en el mundo superior. Simone Weil decía con mucha razón que el enorme error del marxismo, su crimen, es la unión mal hecha entre los contradictorios. Creo que las contradicciones de aquí abajo pueden resolverse en el tiempo, pero horizontalmente, al mismo nivel del tiempo. Mientras que las contradicciones de la existencia se resuelven, no a nivel de la existencia sino a nivel del ser. Se resuelven en Dios. No cabe la menor duda. Por eso santo Tomás hacía notar muy bien que la coexistencia de dos virtudes opuestas, como por ejemplo, la comprensión y la fortaleza, no podía ser más que sobrenatural.
Descubrir el significado
Hoy la gente se rebela contra el dolor y el sufrimiento, porque no se le encuentra un sentido y puede ser también, porque ha rechazado el único sentido que podía tener, es decir, el sentido redentor.
—Indiscutiblemente. Tiene el sentido del consentimiento a lo que Dios quiere y también tiene el sentido de la redención. Simone Weil, con su genio habitual, decía que hay tres tipos de sufrimiento: el sufrimiento punitivo, que expía nuestros pecados, nos castiga por nuestras faltas —todos tenemos tantas—.
En segundo lugar, el sufrimiento purificador, que ya no es únicamente castigo, sino que nos purifica, nos hace mejores. Y en tercer lugar, el sufrimiento redentor. Cuando uno ya está purificado, entonces paga por los otros. Es el tema mismo de la Comunión de los Santos.
Evidentemente, cuando se ha encontrado el sentido del sufrimiento, entonces, el sentimiento mismo se aligera, cobra un significado. Pero desgraciadamente, hoy en día, ya nada tiene significado. Nada tiene sentido, la vida no tiene un fin. Entonces, aparece un fin que es el confort. Hay que evitar los obstáculos. Cuando no se tiene una meta en el caminar, más vale no viajar. O por lo menos, si hay que viajar, lo que se busca es el máximo confort ya que no hay un fin. Es la desgracia de toda la psicología y las ciencias modernas que, por otra parte, han hecho descubrimientos extraordinarios. Han explorado todos los recovecos de la cerradura humana, pero han perdido las llaves.
En otras épocas, como en la Edad Media, la cerradura se conocía mucho menos —no se había hecho el psicoanálisis ni todo eso— pero tenían la llave. La llave era Dios. La llave era el sentido del destino humano. Era la eternidad que nos esperaba. Ahora se conoce perfectamente la cerradura, con todos sus resortes, pero, si no sirve para nada, ¿qué quiere hacer usted con una cerradura? Como decía Peguy: “La puerta es Jesús y Jesús es la llave”.



