Las tres principales dificultades que tiene el hombre para creer en Dios son: que sus leyes suponen una amenaza a nuestra libertad, la advertencia de la presencia del mal en el mundo y el sufrimiento del inocente. De la primera cuestión ya hablamos anteriormente en un artículo titulado Los esclavos del Señor al cual dirijo al lector para su consideración. Son la segunda y tercera dificultades las que ahora pretendo analizar. Y son dificultades importantes, ya que parte de la causa por la que existe tanto ateísmo afectivo tiene su origen por estos motivos.
La cuestión se resume en una pregunta: ¿cómo un ser omnipotente puede permitir que ocurran cosas malas? Esta pregunta es muy antigua, de hecho, se atribuye a Epicuro la famosa conjetura que puede resumirse en la incompatibilidad de la existencia del mal y el sufrimiento en el mundo con la existencia de un Dios omnisciente, omnipresente, omnipotente y omnibenevolente. Para intentar explicarlo vamos a dividir el origen de ese mal en cuatro partes: por un lado el mal moral que surge de la voluntad del hombre (lo denominaremos mal activo); por otro, el mal que procede del hombre malo pero que sufren los inocentes (lo llamaremos mal pasivo); un tercer mal físico que surge del propio hombre y que le afecta a él mismo, al cual denominaremos enfermedad; y finalmente un mal que nace en la naturaleza y que afecta a cualquier hombre, el cual denominaremos mal físico, casual o fortuito.
Mal activo
Empezaremos por el mal que hacen los hombres (mal activo) y que solo es atribuible a ellos mismos. Si Dios ha querido asumir el riesgo de crear seres a su imagen y semejanza, entonces esos seres tienen que ser necesariamente libres y con capacidad de amar, como Él. Si no fuera así, no estarían hechos a su imagen y semejanza.
En general, sabemos identificar el bien que afecta al conjunto de la comunidad humana en cosas muy fundamentales y que son aceptadas por todos los hombres. Básicamente esas normas que lo regulan están recogidas en el Derecho internacional público y privado. Ejemplos de estas leyes son el desarrollo de las normas de tráfico universales, no hacer daño al prójimo y respetar la dignidad humana.
Sin embargo, existe una dificultad profunda en el hombre para saber lo que es bueno cuando le afecta a uno mismo o a los demás en la vida cotidiana. Esta dificultad tiene su origen en la distorsión introducida en el interior del hombre al comienzo de su creación y está relatada en el Génesis. Esa dificultad merma la capacidad de ser libre, que es escoger el bien, de manera que en la medida en que escogemos el mal, vamos progresivamente perdiendo esa capacidad de ser libres.
Dios nos ayuda con sus normas para que podamos desarrollar esa capacidad de libertad de escoger el bien para vivir y ser felices (Dt 4, 5-9). No interpretemos esas normas como una amenaza a nuestra libertad; son más bien el GPS que continuamente nos indica cómo ser felices conforme a nuestra naturaleza. Las leyes de Dios no nos coartan, sino que nos hacen libres. La cuestión es fiarse de Él o no. Cada uno elige. Eso sí: Dios quiere hijos libres que le amen, no quiere esclavos que le teman.
Esta explicación clásica podría satisfacernos para explicar el mal moral en el mundo. Sencillamente existen personas que realmente quieren y hacen el mal apartándose voluntariamente de lo que Dios quiere. Más aún, gracias a la presencia del mal puede ejercitarse la virtud. Si no existiera la cobardía, no se podría ser valiente. Si no existiera la soberbia, no se ejercitaría la humildad.
Mal pasivo
Pero ahora viene el segundo problema, el mal pasivo, menos comprensible. ¿Por qué tienen que padecer los inocentes el mal provocado por otros hombres? Sin embargo, la pregunta real no es por qué pasan esas cosas, sino más bien: ¿por qué Dios las permite?
Vamos a considerar un momento la historia de la relación que ha tenido Dios con el hombre. Hay unos hechos narrados en el Antiguo Testamento, que han llamado mucho la atención y que han sido objeto de crítica contra Dios, llamándole tirano, vengador y cruel. Se trata de episodios como cuando Dios ordenó aniquilar a ciudades cananeas indicando a los israelitas que mataran a toda la población (Dt 2, 34: 20, 16-18; 1 Samuel 15, 2-3). El motivo era que estos pueblos hacían cosas abominables, como el sacrificio de niños pequeños o la prostitución sagrada.
Siglos antes, Dios casi hizo desaparecer la población de la tierra con el diluvio universal debido a la corrupción absoluta en la que habían caído los habitantes de la Tierra. Sólo quedaron ocho personas.
¿Por qué nos quejamos cuando Dios destruye a personas que estaban haciendo verdaderas salvajadas, incluso con niños? Antes preguntábamos por qué no interviene Dios para evitar el mal en el inocente, pero cuando lo ha hecho, ¿protestamos y nos escandalizamos? Nos quejamos cuando no impide el mal pero también nos quejamos cuando lo ha hecho ¿En qué quedamos?
La queja del hombre frente a cómo hace Dios las cosas es muy frecuente. Y las quejas son en dos sentidos. Nos quejamos cuando es misericordioso, pero también nos quejamos cuando es justo. La justicia de Dios no se opone a su misericordia, lo único que se opone a la justicia es la venganza.
Además, interpretamos las leyes de Dios según nos interesa. No queremos reconocer que Dios es Señor y dueño del Universo y no está sometido a ninguna norma, y nuestra forma de pensar nos lleva a considerar que la misericordia de Dios no es justa o su justicia no es misericordiosa.
¿Dios pide imposibles?
Hay un momento muy exigente de Dios en el Nuevo Testamento que de nuevo nos puede parecer injusto: cuando nos pide perdonar setenta veces siete (Mt 18, 21-35). Y esta indicación puede llevar a algunos a verdaderos dolores de cabeza. ¿Tendré que perdonar a mi marido que me ha sido infiel muchas veces con otra persona? ¿Tendré que perdonar al jefe de mi empresa que abusa laboralmente de mí? ¿Tengo que perdonar a mi padre, madre o a mis hijos cuando me están maltratando continuamente?
Parece que Dios pide imposibles, pero no es así. Existen varias referencias en los Evangelios donde aparece directamente perdonar setenta veces siete. Cierto. Pero Lucas, quien dice al comienzo de su Evangelio que se ha informado de todo fehacientemente, dice: “Si tu hermano te ofende, repréndelo, y si se arrepiente, perdónalo; si te ofende siete veces en un día, y siete veces vuelve a decirte: ‘Me arrepiento’, lo perdonarás” (Lc 17, 3-4). Hay un detalle importante: “si se arrepiente, lo perdonarás”. Por tanto, ¿tengo que perdonar a mi marido que me engaña continuamente y es un cínico o un hipócrita? Pues no lo parece. Si no está arrepentido no se le puede perdonar. Pero no perdonar no quiere decir que se le desee un mal. No perdonar y desearle un mal a alguien son dos cosas distintas. Muchas veces hasta es bueno separarse de esa persona porque nos está haciendo daño. La paz es un bien que hay que proteger. Más aún, un sacerdote puede no dar la absolución de los pecados si ve que el penitente no muestra arrepentimiento cuando acude a un confesionario. Dios no pide imposibles.
Verdadera sanación
La verdadera sanación interior cuando hemos sido sujetos pasivos de un mal provocado por otra persona no está en perdonar. La verdadera sanación interior está en asumir que lo que ha pasado Dios lo ha permitido para conseguir un bien mayor.
Para entender esto tenemos que explicar, brevemente, lo que le ocurrió a José, el penúltimo hijo del patriarca Jacob. Lo echaron sus hermanos a un pozo con la intención de matarlo, aunque finalmente lo vendieron a los ismaelitas, que se lo llevan a Egipto y acabó en la cárcel porque no consintió en tener relaciones sexuales con una mujer casada. Pero de repente, giraron los acontecimientos. Gracias a su capacidad de interpretar los sueños, el Faraón lo nombró primer ministro de Egipto. Fue entonces cuando sus hermanos acudieron allí a buscar comida. Después de varias idas y venidas de Canaán a Egipto, finalmente José se dio a conocer a sus hermanos y les hizo un comentario que no tiene desperdicio: “Dios me envió delante de vosotros para aseguraros supervivencia en la tierra y para salvar vuestras vidas de forma admirable. Así pues, no fuisteis vosotros quienes me enviásteis aquí, sino Dios” (Gn. 45, 7-8). Atribuir todo lo que nos ocurre en nuestra vida a la Providencia de Dios, lo bueno y lo aparentemente malo que padecemos, es la forma más saludable de vivir felices.
Sin embargo, no contentos con discutir las decisiones de Dios también pensamos que hace las cosas mal. En general, no nos aclaramos con Dios. Ya lo dijo Él mismo: “Mis caminos no son vuestros caminos” (Isaías 55, 8-9). Lo que a nosotros nos puede parecer una mala decisión, o incluso las cosas que pensamos que no están bien, Él dice que son perfectas. En el Nuevo Testamento llama la atención cuando le preguntaron a Jesús: “quién pecó este o sus padres para que naciera ciego”. Y la contestación fue clara: “no pecó ni este ni sus padres sino que nació ciego para que se manifiesten en él las obras de Dios”. Luego, que un niño nazca ciego ¿es obra de Dios? Pues sí. Dice Dios en el libro del Éxodo “El Señor le dijo: ¿Quién dio boca al hombre? ¿Quién lo hace mudo, sordo, vidente o ciego? ¿No soy yo, el Señor? (Éxodo 4, 11). Y automáticamente viene nuestra conclusión: Dios no hace las cosas perfectas. Y si seguimos en la misma línea de razonamiento llegaremos a la conclusión de que, o Dios no puede existir, o Dios es injusto, o hace las cosas imperfectas.
Ilógica de Dios
Si podemos decir algo de Dios, en cuanto a su forma de actuar, es que realmente hace cosas ilógicas, si las comparamos con nuestra lógica. A Abraham, Isaac y a Jacob les prometió una gran descendencia y resulta que sus mujeres Sara, Rebeca y Raquel eran estériles. Solo cuando Él quiso las hizo fértiles. Más aún, Dios ordena a Abraham que sacrifique a Isaac, el hijo de la promesa.
Después Dios se hizo hombre y nació de una mujer sin que participase un varón, incluso murió siendo Dios y después, para desconcierto de todo el mundo, resucitó. Los planes de Dios son literalmente incomprensibles para el hombre. Claramente nuestra manera de ver las cosas no es, ni de lejos, como las ve Dios. Además, para Él no hay nada imposible.
A veces me sorprenden algunos filósofos que analizan lo que puede o no puede hacer Dios, o algunos teólogos que estudian a Dios como si fuera un objeto en vez de una persona libre. Ponen límites a su hacer o pensar porque no puede hacer cosas ilógicas. Tenemos que reconocer de una vez que Él ha creado el mundo. Es suyo y nos lo ha dado como herederos. Somos hijos de un terrateniente pero Él sigue manteniendo el título de propiedad y hace llover sobre justos e injustos, cuando y como Él quiere.
Intentamos amoldar nuestros pensamientos y juicios a los que tiene que tener Dios. Y viendo cómo se han desarrollado los acontecimientos a lo largo de la historia, esta forma de pensar es un error importante. “Qué insondables sus decisiones y qué irrastreables sus caminos” (Romanos 11, 33), “el viento sopla donde quiere y oyes su ruido, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va. Así es todo el que ha nacido del Espíritu” (Jn, 3, 8). Nos podrá parecer injusto pero si no somos conscientes de que Dios es Señor y soberano del universo, siempre estaremos quejándonos de sus decisiones y de por qué no evitó este o aquel acontecimiento.
Cuando Jesús llegó a Nazaret, sus paisanos le exigían que hiciera allí los milagros que había hecho en Cafarnaúm. Y no quiso. Y casi le despeñan por un acantilado. Si nuestra disposición ante Dios es de exigencia, de intercambio de mercancía o de inconformismo, estaremos supliendo la imagen de Dios dentro de nosotros por una imagen de nosotros mismos. Solo veremos y nos fiaremos de nuestros pensamientos. Nos elevaremos a la categoría de Dios, sin serlo, “seréis como Dios” (Génesis 3, 5) y no dejaremos que Dios actúe en nuestra vida y parecerá injusto que un “extraño” actúe en la creación, que es suya, sin considerar que en realidad somos unos invitados. Y esa queja esconde en el fondo una gran soberbia que nos coloca en una situación de indefensión, ante el mismo Dios, que aprovechará la serpiente para esclavizarnos, hacernos perder nuestra libertad y eliminar nuestra capacidad de amar.
Males físicos
Finalmente, analizaremos el tercer y cuarto tipo de males físicos: la enfermedad en una persona inocente, o una catástrofe natural que mata o deja incapacitadas a muchas personas. Volvemos a hacernos exactamente la misma pregunta ¿Por qué lo permite Dios? ¿Cómo es posible que un niño muera a temprana edad de un cáncer? O, ¿cómo es posible que un terremoto mate a miles de personas en un instante? ¿No tiene Dios la potestad de evitar estas cosas?
Si definimos la casualidad como el nombre que utiliza Dios cuando actúa de incógnito entonces la respuesta es sencilla: así se manifiestan las obras de Dios en el mundo. Y no insistamos en la idea de que es injusto. Solo Dios sabe por qué ocurren las cosas. A veces Dios actúa, cuando menos lo esperamos, y de forma sorpresiva, reconduciendo de otra forma los acontecimientos. Como con José. A veces, nos concede cosas que son verdaderos milagros y, sobre todo, desconocemos la innumerable cantidad de veces que ha podido actuar en nuestras vidas y no nos hemos enterado. Cuando ocurren estas cosas que denominamos desgracias, Dios puede que nos dé una explicación con el tiempo y, como se dice frecuentemente, el tiempo lo cura todo.
Sin embargo, creo que la gran clave para quedarnos completamente satisfechos con este planteamiento no está en una asunción incondicional de la voluntad de Dios. Esto está muy bien, pero no es suficiente. Esa asunción puede ser incluso heróica, pero el verdadero fundamento de por qué ocurren estas cosas descansa en el premio que habrá después de morir.
La vida del hombre sobre la Tierra es en realidad un suspiro, comparado con la eternidad. Esta vida es, como decía santa Teresa de Jesús “una mala noche en una mala posada”. Sin embargo, esta expresión está dicha en el siglo XVI, cuando las posadas eran paupérrimas y la calidad de vida era en general mala. Hoy en día vivimos muy bien y cada vez cuesta más pensar en que tendremos que dejar esta tierra en algún momento. Pero no es menos cierto que todo tendría sentido si al morir hubiera realmente un gran premio: lo que denominamos Cielo.
La serpiente tiene especial apetencia en distorsionar en nuestro interior la idea de Cielo, haciéndonos pensar que es un lugar aburrido, siempre adorando a Dios, como si estuviéramos siempre rezando. Visto así el Cielo, la verdad es que resulta poco apetecible.
El Cielo como recompensa
El Cielo, como decían Isaías, san Pedro y san Juan en el Apocalipsis, consiste en la transformación del mundo actual en unos “nuevos cielos y una nueva tierra” (Isaías 65, 17; 2 Pedro 3, 13; Apocalipsis 21, 1) donde existiremos con nuestro propio cuerpo resucitado y glorioso al que podemos identificar, que nos obedecerá sin rechistar, que no habrá ya sufrimiento, ni dolor, que seremos felices y cada día que pase lo seremos más, sin sentirnos saciados, estando con Dios eternamente como en el Edén, pero a lo grande, disfrutando de la herencia prometida en la nueva tierra.
Con esta perspectiva en mente, ¿qué pensaríamos entonces de la injusticia de esta vida? ¿Seguiríamos pensando que Dios es injusto permitiendo el sufrimiento si después hay un premio inmenso y eterno? Si pensamos así, con la cabeza puesta en el Cielo pero con los pies en la tierra, ¿no estaremos empezando a pensar como Dios, con otra perspectiva? ¿No se alegra nuestro corazón considerando estas cosas?
Tenemos que aprender a vivir desprendidos de este mundo pensando que es temporal y pasajero y que no será igual al que vendrá. Será mejor que el Edén, que era el lugar inicial que tenía pensado Dios para el hombre. Saber esto nos dará una nueva perspectiva en la vida, y la esperanza de lo prometido por Dios nos dará felicidad aunque sigamos sufriendo por cosas que no comprendemos.
Si considerásemos con más frecuencia esta verdad de la existencia del Cielo prometido por Dios, entenderemos entonces que el niño nacido ciego después verá más que nadie, el pobre, el hambriento y el humillado poseerán la tierra entera, el que lloraba no parará de reír y sobre todo los que tenían un corazón bueno, sencillo y limpio verán el rostro de Dios.
Académico de número en la Real Academia Nacional de Medicina de España.



