Evangelización

Las voces de Juana de Arco: del estereotipo al arquetipo

No parece que Juana de Arco peleara cuerpo a cuerpo ni que matara nadie. Reclama piedad para los supervivientes rivales ingleses, les facilita los sacramentos y exige virtud a los soldados de su propio ejército.

Redacción Omnes·29 de enero de 2026·Tiempo de lectura: 10 minutos
Juana de Arco

Juana de Arco (1412-1431), atractiva y compleja figura histórica. La niña que escuchaba voces; la joven que lideró al ejército francés en nombre de Dios para cambiar el curso de la guerra de los Cien Años; la chica que prefería vestir con ropa de chico; la mujer que murió en la hoguera acusada de brujería y herejía; la que, siglos después, sería proclamada modelo de santidad por la misma Iglesia que la había condenado. Mujer determinada, espiritual y mística; líder militar carismática, emblema y estandarte; poliédrica, controvertida y en gran medida desconocida. Objeto de múltiples estereotipos —la loca, la heroína, la bruja, la feminista, la santa—. Arquetipo de la mujer libre y de la libertad de conciencia.

Icono desafiante y atemporal. Fiel a sí misma, a sus voces, a su conciencia, a Dios. Coherente y valiente, fuerte y enamorada, con un agudo e irónico sentido del humor. Hizo lo que entendía que Dios le pedía, y al mismo tiempo, lo que le daba la gana. Existencialmente obediente y libre.

Comprender la complejidad de Juana de Arco en toda su profundidad requiere situarla históricamente y desprenderse de los prejuicios propios de la óptica actual. Lo primero es recordar algunos datos esenciales. Juana de Arco vivió entre 1412 y 1431. Murió en la hoguera con diecinueve años, después de haber liderado —con solo diecisiete— al ejército francés del bando armagnac. 

En 1429 participó decisivamente en la liberación de Orleans y en la coronación en Reims del legítimo heredero al trono, el futuro Carlos VII de Francia, lo que supuso un giro estratégico clave en la guerra de los Cien Años. Pero… ¿por qué fue Juana a la guerra? ¿Por qué terminó muriendo en la hoguera? ¿Y qué hay de las voces que supuestamente escuchaba? Para responder a estas preguntas es imprescindible atender al contexto político, bélico y eclesial de la época.

La guerra de los Cien Años

La guerra de los Cien Años, que se desarrolló entre 1337 y 1453, fue un enfrentamiento fundamentalmente entre Inglaterra y Francia, aunque atravesado por una profunda guerra interna. Tuvo numerosos antecedentes: motivos territoriales, tensiones dinásticas y conflictos de derechos sucesorios. En síntesis, Inglaterra se apoderó de territorios franceses, mientras en Francia se exacerbaba una guerra civil.

Nos interesan especialmente las décadas previas a Juana de Arco. Carlos VI de Francia estaba incapacitado por la locura: padecía una grave psicosis sin caracterizar, en la que destacaba una creencia —delirio— de que su cuerpo estaba hecho de vidrio. La rivalidad entre los duques de Borgoña y de Orleans derivó en una guerra civil abierta. En este contexto, Enrique V de Inglaterra obtuvo una aplastante victoria en la batalla de Azincourt (1415). 

La situación se complicó con la alianza anglo-borgoñesa tras el asesinato, en 1419, del duque Juan de Borgoña. Parte de Francia, bajo influencia borgoñesa, firmó con Enrique V el Tratado de Troyes en 1420, desheredando al delfín Carlos —hijo de Carlos VI—, quien contaba con el apoyo de la facción armagnac (Orleans).

En este escenario entra en juego Juana de Arco. En 1429 lideró la liberación de Orleans y acompañó al delfín Carlos hasta su coronación en Reims, deslegitimando el Tratado de Troyes y dando un giro decisivo a la guerra. Juana sería apresada en 1430 y ejecutada en la hoguera en 1431. Años después, en 1435, el Tratado de Arrás disolvió la alianza anglo-borgoñesa y permitió la reunificación de Francia. Con el tiempo, la guerra se inclinó a favor del reino francés, que expulsó a los ingleses del continente y puso fin al conflicto en 1453.

Juana de Arco fue clave en este giro de la guerra, y lo hizo no simplemente «en nombre de Dios» sino «por mandato de Dios».

La Iglesia, los papas y el cisma de Occidente

Para comprender a Juana también debemos conocer la situación de la Iglesia y, en concreto, del papado. En el siglo XV, todo el cristianismo europeo era católico; aún no había tenido lugar la separación luterana (1517) ni el cisma anglicano (Enrique VIII, 1538). Por ello, la guerra entre Francia e Inglaterra fue un conflicto entre reinos cristianos católicos, no una guerra de religión como las que se sucederían en Europa durante los siglos XVI y XVII.

A pesar de que peleaban entre fieles del mismo credo, Dios sí tomaba partido; eso nadie lo dudaba. Los ingleses interpretaron que Dios se había pronunciado a favor de Inglaterra con la contundente victoria de Enrique V en Azincourt, mientras que Juana de Arco entendía que Dios se posicionaba del lado de Francia, cuando sentía que la llamaba a la guerra para liberar Orleans, unificar Francia y defenderla frente a Inglaterra. 

Este fue, de hecho, el motivo por el que Juana fue ejecutada en la hoguera: la Iglesia en la zona inglesa consideraba que las voces de Juana no podían ser del cielo y, en consecuencia, solo podían ser del maligno. Una vez terminada la guerra, la Iglesia revisó el juicio, reconoció el atropello y la restauró de la acusación de herejía. Siglos después, a comienzos del siglo XX, será beatificada y canonizada.

Es también interesante lo relacionado con el papado. La Iglesia estaba inmersa en el llamado cisma de Occidente —seguimos dentro del catolicismo—, también conocido como cisma de Aviñón. Tuvo lugar entre 1378 y 1417, es decir, superpuesto a la guerra de los Cien Años y previo a la entrada en acción de Juana de Arco. Durante estas décadas hubo dos papas, uno en Roma y otro en Aviñón. Incluso llegó a haber tres papas desde poco antes del nacimiento de Juana: en 1409 se había convocado el Concilio de Pisa para solucionar el conflicto entre Roma y Aviñón, pero ninguno de los dos papas se presentó. Como resultado, ambos fueron depuestos y se eligió a un tercero.

Unos detalles de la complejidad de la situación: había un papa en Roma —el primero fue Urbano— y otro en Aviñón —el primero fue Clemente—. El papa de Aviñón se trasladó en un determinado momento a Peñíscola, conocido como el Papa Luna. El tercero en discordia, resultado del Concilio de Pisa, fue Alejandro V, quien se instaló en Bolonia; su pontificado duró menos de un año y le sucedió Juan XXIII. Por su parte, Gregorio XII (de Roma) convocó el Concilio de Constanza en 1414 y renunció al papado; los terceros papas fueron anulados, se eligió a Martín V en Roma, mientras que el Papa Luna (Benedicto XIII) continuó en Peñíscola hasta su fallecimiento en 1423, a los 94 años.

Esta crisis del papado tuvo repercusiones directas en la guerra entre Inglaterra y Francia: Inglaterra apoyaba principalmente al papa de Roma, mientras que Francia respaldaba al de Aviñón.

Un apunte: no debe confundirse el cisma de Occidente —con papas en Roma y Aviñón— con el período previo del papado en Aviñón, cuando había un solo papa desplazado por motivos de seguridad, y que concluyó con la vuelta a Roma, en parte gracias a Santa Catalina de Siena.

Cuando nace Juana de Arco en 1412, el cisma estaba en sus años finales, con tres papas; y cuando entra en acción en 1429, ya solo permanecía el pontífice de Roma, aunque el recuerdo de más de un siglo de papas y antipapas en Aviñón seguía muy presente. Por ello, en Francia no se hablaba demasiado de Roma mientras se enfrentaban a los ingleses, que habían apoyado al papa romano durante toda la guerra.

Voces, psicopatología y mística

Volvamos a otro de los interrogantes iniciales: ¿qué hay de las voces que escuchaba Juana de Arco? ¿Loca, bruja o santa? Podría parecer que la única pregunta pertinente es si Juana estaba psicológicamente enferma o equilibrada y, desde una perspectiva de fe, si aquellas voces eran fruto de un trastorno o verdaderamente procedían de Dios. Sin embargo, el problema es más complejo. 

En primer lugar, porque una persona puede estar mentalmente sana y, aun así, “escuchar voces” que no son de origen divino. Y, en segundo lugar, porque dentro de una cosmovisión creyente las voces no se reducen a una alternativa simple entre Dios o la patología: la tradición cristiana ha contemplado siempre la posibilidad de experiencias interiores que no proceden de Dios, sino que tienen un origen maligno. Estas eran, precisamente, las categorías interpretativas dominantes en el siglo XV, y son las coordenadas desde las que comprender a Juana de Arco.

Las voces. La percepción es un fenómeno complejo, íntimamente ligado a la imaginación y al pensamiento. No percibimos la realidad de manera directa: oír, como ver, es un proceso mediado por vías nerviosas y por mecanismos de filtrado y selección en los que influyen el estado emocional, los deseos, la memoria y lo vivido. Además de percibir, imaginamos. La imaginación también genera imágenes y voces, tanto en sueños como en vigilia, y está igualmente condicionada por nuestra historia interior.

Por otra parte, hay distintos tipos de pensamiento, o el pensamiento puede adoptar formas diferentes. Unos piensan de forma abstracta, otros mediante imágenes; algunos piensan “hablando”, y en ciertas personas el pensamiento puede adquirir la forma de voces. Los deseos y los miedos también pueden tomar cuerpo en imágenes y palabras interiores. Todo ello pertenece al funcionamiento ordinario de la mente humana.

La conciencia —la interioridad, el “corazón”, la vivencia reflexiva de los propios deseos, impulsos e intuiciones— es un espacio asombroso. Nos sentimos dueños de nuestros pensamientos y de nuestros deseos, y sin embargo estos nos exceden. 

Tendemos a entender la agencialidad —la autoría de nuestros actos— como algo estrictamente interno, pero quizá también pueda tener un origen ex. Y si Dios quisiera hacerse presente… ¿no sería lógico que lo hiciera a través de nuestros propios procesos psicológicos y cognitivos? ¿Acaso no es razonable pensar que lo haría mediante un pensamiento, un impulso de la conciencia o una voz interior? Y la misma experiencia podría vivirse como una voz que viene de fuera o como algo tan íntimo que se confunde con el propio querer.

La experiencia de oír voces debe leerse en clave individual, histórica y cultural. En determinados contextos —y la Edad Media es uno de ellos— estas experiencias estaban más normalizadas e integradas en los marcos de creencias compartidas. Es más: en el siglo XV, la cuestión principal era discernir si las voces procedían del cielo o del infierno; solo cabía, por tanto, la alternativa entre entender a Juana como una mística o como una mujer endemoniada.

Todo ello desafía nuestras referencias habituales de normalidad y locura. Por una parte, no podemos juzgar con categorías modernas experiencias medievales; por otra, tampoco podemos renunciar a revisar críticamente si las categorías vigentes hoy nos ayudan realmente a comprender en profundidad la realidad o si, por el contrario, la empobrecen y la simplifican. La sugestionabilidad —que hoy sabemos mayor en determinadas poblaciones y épocas— tenía entonces una fuerza particular. Pero la sugestionabilidad ni invalida la experiencia ni la explica por sí sola.

La frontera entre psicología y espiritualidad, lejos de ser nítida, es compleja y exige un discernimiento cuidadoso. No se trata de distinguir entre blancos y negros, sino de reconocer grises y planos que se superponen. Comprender las voces de Juana de Arco exige, por tanto, evitar reduccionismos y asumir que la interacción entre experiencia psíquica, conciencia personal y vivencia religiosa es necesariamente articulada.

Juana y la guerra

La genuina sencillez de Juana de Arco contrasta con el horror de la guerra en la que se implica y que lidera. Impulsa al ejército al combate y a muertes terribles; sin embargo, no parece que peleara cuerpo a cuerpo ni que matara nadie. Reclama piedad para los supervivientes ingleses, les facilita los sacramentos y exige virtud para su propio ejército. Sin esta aparente contradicción tampoco puede comprenderse a Juana de Arco.

Juana va a la guerra de la mano de sus voces, ángeles y santas. Empuña un arma por su valor simbólico, una espada con la inscripción “Ieshus Maria”. Pero casi siempre portaba un estandarte blanco y dorado, con una imagen de Cristo con dos ángeles, y un campo de lirios o flor de lis, símbolo emblemático de Francia. Aunque no empleó la fuerza, no le faltó valor: inspiraba esperanza e infundía ardor. 

No puede decirse que fuera una gran estratega: arremetió, acometió, avanzó mucho en un corto periodo de tiempo, y se equivocó militarmente o se dejó aconsejar mal. Pero, en poco tiempo, hizo lo que no se había hecho y seguramente no se habría hecho. Confianza y fe, determinación y coraje.

Tiene algo de irónico que, siglos después, el británico Winston Churchill —militar y estadista, audaz y arriesgado— alabara a Juana de Arco y confesara su admiración por ella, probablemente por su coraje. 

En ciertos momentos de las guerras —o para determinados tipos de guerra— resultan decisivos ciertos perfiles de personalidad, con empuje y capacidad de liderazgo, como pudieron ser Churchill o Patton. O Juana de Arco, con su impulso a volver a lanzarse una y otra vez, aun sabiendo —porque las voces se lo decían— que sería herida.

Juana de Arco vivió y murió en un contexto de guerra. En otras épocas, la guerra era la norma; hoy, lamentablemente, tampoco puede decirse que sea una excepción. En cualquier caso, la vida contiene siempre una dimensión de combate: hace falta energía para mantener o restaurar el orden y evitar el caos. 

Esto sucede tanto en los sistemas biológicos como en el dinamismo psicológico y en las relaciones sociales. La búsqueda del bien implica lucha frente a la oscuridad. Este es otro de los motivos por los que la Juana guerrera será siempre una figura inmortal, del mismo modo que la Ilíada, relato arquetípico de la guerra.

El valor que mostró Juana en la guerra está sin duda en relación con su fidelidad a las voces y a su conciencia, que la sostendría incluso frente al juicio y la muerte.

Vidriera de Juana de Arco en la Iglesia de la Inmaculada Concepción de Westhampton Beach, N.Y. (OSV News photo/Gregory A. Shemitz).

Juicio, martirio y legado espiritual

Juana de Arco puede ser considerada, sin duda alguna, mártir. Muere por su conciencia y por la verdad, fiel a sí misma hasta el final, fiel a Dios. Es sometida a un juicio injusto, a un interrogatorio absurdo y manipulado, como ocurrió con Jesucristo y, un siglo después, con Tomás Moro, también en Inglaterra. Benedicto XVI subraya el paralelismo de Juana con Jesucristo: «Después de los años de vida oculta y de maduración interior sigue el bienio breve, pero intenso, de su vida pública: un año de acción y un año de pasión».

Juana es una mujer de profunda oración, que dialoga con Dios con confianza y seguridad. Dios le hablaba, y ella se comunicaba con Él: de manera íntima, y también a través de voces —de santos y del arcángel San Miguel, como ella misma explicaba—, percibiéndolos como auxilio y presencia de Dios. Se alimentaba de la gracia divina mediante los sacramentos, especialmente la confesión y la Eucaristía. Y los anhelaba.

En el juicio, intentaban manipularla, aprovecharse de su devoción y de su piedad sacramental. Vestía de hombre porque quería, por sentido práctico —militar— y para protegerse de posibles agresiones sexuales, aunque también explicaba que las voces se lo habían sugerido. Lo hacía, en definitiva, porque le daba la gana. Eso sí, estaba dispuesta a vestirse de mujer si le permitían oír misa y comulgar: lo primero era lo primero. Pero todo formaba parte del engaño.

A través de días de presión y engaño, en un estado de agotamiento y confusión, intentan que Juana firme una retractación de la herejía de la que la acusan, y lo consiguen —de aquella manera—. Cuenta Mark Twain en su semblanza: «El crimen estaba concluido. Ella había firmado… ¿qué? No lo sabía, pero los otros sí. Había firmado una confesión de brujería, de trato con los demonios, de perjurio, de blasfemia contra Dios y contra los ángeles; de ser cruel y sanguinaria, de promover la sedición, de ser perversa, sierva de Satanás, y la aceptación de vestir como mujer…».

En cuanto recupera la lucidez, se retracta de la retractación, aun sabiendo lo que eso significa: la muerte en la hoguera. Y, paradojas de la historia —resquicios de misericordia e incoherencia—, le conceden recibir los sacramentos antes de morir: confesar y comulgar. Muere diciendo ante un crucifijo: «Jesús, Jesús, Jesús».

La voz de Juana hoy

Juana de Arco fue transgresora en su tiempo, reventó moldes y hoy también rompe con “lo previsto”, desafiando nuestros modelos explicativos. Juana de Arco oía voces, Juana de Arco es una voz, Juana de Arco es muchas voces. Su voz resuena en la diversidad y la libertad, en la fidelidad a su conciencia, en la fe profunda y el amor. Su voz es coraje y liderazgo; su voz es profundidad espiritual y relación con Dios; su voz es martirio y coherencia hasta el final; su voz es atemporal: hoy sigue siendo actual.

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