Todo el mundo cree en Dios cuando se menea el avión

A veces solo el miedo nos recuerda lo que solemos olvidar: que no controlamos nada y que, en lo más profundo, buscamos amparo en lo eterno. Y Dios siempre está ahí para nosotros.

29 de enero de 2026·Tiempo de lectura: 3 minutos
Dios avión

El pasado domingo viví unas terribles turbulencias en un avión de vuelta a Madrid. Muchos pasajeros gritaban y otros tantos, como yo, rezábamos en silencio. Al aterrizar sin ningún percance, se sucedieron risas nerviosas y comentarios de alivio. Una de las pasajeras le decía a su compañera: “yo he rezado hasta un padrenuestro y hacía siglos que no lo hacía”. Fue entonces cuando me acordé de la famosa canción de Leiva en la que recita la frase: “todo el mundo cree en Dios cuando se menea el avión”. Nunca una estrofa me había hecho sentirme tan identificada.

La escena no deja de ser reveladora. En cuestión de minutos, personas que quizá llevaban años sin pronunciar una oración, sin pensar en Dios o incluso negándolo abiertamente, acudían a Él con una naturalidad casi instintiva. Como si, en el fondo, hubiera una certeza escondida que solo sale a la superficie cuando desaparece la ilusión de control. Mientras todo va bien, mientras creemos tener la vida bajo dominio, Dios parece prescindible. Pero cuando el suelo —o el aire— se mueve, algo dentro del ser humano busca amparo en lo eterno.

Uno puede pasar el día entero disfrutando de lo que Dios nos da —la vida, la salud, el amor, la belleza, incluso la rutina— y vivir completamente ajeno a Aquel que ha creado y sostiene todo eso. Consumimos los dones como si fueran derechos adquiridos, sin detenernos a pensar en su origen. Y, sin embargo, al llegar las turbulencias es cuando decidimos recurrir a algo más grande que nosotros mismos. No al dinero, no al éxito, no a la autosuficiencia, sino a Dios.

Israel también se acordó de Dios

Este comportamiento no es nuevo. Ya se veía en el pueblo de Israel. Cuando llegaron a la tierra prometida, después de haber sido liberados de la esclavitud, se acomodaron, se olvidaron de Dios y comenzaron a adorar a dioses que no lo eran. Pero cuando llegaba el hambre, la guerra o el exilio, entonces sí clamaban al Dios verdadero. En la necesidad reconocían lo que en la abundancia habían ignorado. La historia se repite, siglo tras siglo, persona tras persona.

Es curioso —y a la vez muy humano— cómo en los peores momentos acudimos al único que, en el fondo, sabemos que puede ayudarnos. Tal vez porque la cercanía de la muerte nos vuelve honestos. Nos recuerda que no somos invencibles, que no lo controlamos todo y que nuestra vida pende de un hilo mucho más frágil de lo que nos gusta admitir. En esos instantes, las máscaras caen y aparece la pregunta esencial: ¿qué hay más allá de mí?

Aprender a morir, aprender a vivir

La muerte, o su amenaza, tiene ese poder. Nos obliga a mirar al cielo, incluso a quienes pasan la vida ajenos a él. Como decía san Agustín, “nos hiciste, Señor, para Ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti”. Quizá por eso, cuando el avión nos sacude, el corazón recuerda lo que la mente había querido olvidar.

Tal vez las turbulencias no estén ahí solo para asustarnos, sino para recordarnos que no estamos solos, que hay Alguien más grande que nosotros, incluso cuando solo nos acordamos de Él en medio del miedo.

Tal vez por eso cobra tanto sentido la frase de Montaigne: “aprender a morir es aprender a vivir”. Las turbulencias nos colocan frente a lo esencial. En ese instante desaparecen las certezas falsas y solo queda la verdad desnuda: no lo controlamos todo. Aprender a morir no es desear el final, sino aceptar nuestra fragilidad y, desde ahí, vivir con mayor conciencia. 

Quien ha mirado de frente la posibilidad de morir aprende a agradecer más, a vivir con menos soberbia y a no olvidar tan fácilmente a Dios cuando todo vuelve a ir bien. Porque si solo nos acordamos de Él cuando el avión se mueve, quizá no hemos aprendido aún a vivir.

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