El sentido de la existencia 

En un mundo centrado en la eficiencia y las competencias, la educación católica recuerda que educar es acompañar la existencia. No se trata solo de formar profesionales, sino de ofrecer sentido, poniendo a la persona en el centro como lugar donde el Espíritu sigue actuando.

1 de febrero de 2026·Tiempo de lectura: 2 minutos

“La historia de la educación católica es la historia del Espíritu en acción”. Así se expresa el Papa León XIV en la carta apostólica Diseñar nuevos mapas de esperanza, escrita con ocasión del 60.º aniversario de la Declaración Conciliar Gravissimum Educationis, en la que el Concilio Vaticano II recordaba, entre otras cosas, que la educación no es una actividad accesoria, sino que constituye el tejido mismo de la evangelización.

En pleno siglo XXI, la pregunta sobre la pertinencia de la identidad católica en el terreno de la educación sigue siendo objeto de controversia. ¿Qué hace que una educación sea verdaderamente católica? ¿Podemos ofrecer algo al mundo que no pueda ser subsanado por la técnica, por la digitalización o por la inteligencia artificial?

La respuesta es afirmativa, evidentemente, pero no por su evidencia deja de ser complicada y retadora de llevar a cabo: el sentido de la educación iluminada por la fe es esto mismo: ofrecer un sentido. Cuando una institución de enseñanza de carácter católico olvida su ADN y adopta otras identidades, por muy loables que sean humanamente, traiciona la misma clave de su existencia. Poner a la persona en el centro es otorgar ese sentido de trascendencia: saber que cada ser humano “es un rostro, una historia, una vocación”, no un “perfil de competencias” (cfr. Carta Apostólica Diseñar nuevos mapas de esperanza, 4).

En un mundo obsesionado con la productividad, las notas de acceso y las competencias digitales, la educación católica tiene el reto de proponer una visión humanista de su labor, en la que se llegue no solo a la preparación profesional, sino a la comprensión de la vida de manera integral y hacerlo desde una plena vivencia de la comunión, en Cristo y con los demás. “Poner a la persona en el centro significa educar en la mirada larga de Abraham: hacerles descubrir el sentido de la vida, la dignidad inalienable, la responsabilidad hacia los demás”, subraya el Papa en el número 5 de Diseñar nuevos mapas de esperanza.

Educar es la primera tarea de todo ser humano: ya sea como profesor o como alumno. Este acompañamiento en el encuentro con el sentido de la vida comienza en la familia y se va ampliando, cada vez más, en los diferentes círculos sociales de cada uno de los seres humanos. Y una vez más, el testimonio emerge como la clave de esta tarea: pasar del adoctrinamiento al testimonio, de la teoría a la vivencia, es el reto que hoy y siempre marca la existencia, no solo de toda institución educativa católica, sino de cada uno de nosotros.

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