TribunaDaniel Arasa

La particular geopolítica de la Santa Sede

La geopolítica vaticana podría resumirse en cinco conceptos e imágenes que, en opinión del autor, describen su esencia y modalidades, al menos desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. A su juicio, no hay duda de  que la Iglesia es el ‘soft power’ más fuerte que existe.  

18 de febrero de 2026·Tiempo de lectura: 12 minutos
Presidente ucraniano Zelensky saluda al Papa León XIV.

El presidente ucraniano, Volodymyr Zelenskyy, saluda al Papa León XIV en la residencia papal de Castel Gandolfo el 9 de diciembre de 2025. (Foto CNS/Vatican Media).

La diplomacia vaticana es una de las más antiguas del mundo. Por ese motivo, los nuncios —embajadores de la Santa Sede ante los diversos países y organizaciones internacionales— ejercen el rol de decanos del cuerpo diplomático, al menos en los países de tradición católica.

Ciertamente la Santa Sede representa una institución de carácter eminentemente espiritual como es la Iglesia católica, pero tiene una influencia enorme en todo el mundo, pues el Vaticano mantiene relaciones con más de 180 países.

Aunque a menudo se usan indistintamente, conviene distinguir entre Santa Sede, Vaticano e Iglesia católica. En breve, la Santa Sede es el gobierno central de la Iglesia Católica, compuesto por el Papa y la Curia Romana, con personalidad jurídica internacional para representar a la Iglesia en el mundo. 

El Vaticano (o Ciudad del Vaticano) es el Estado soberano, el lugar o territorio físico que sirve de sede y garante de independencia para la Santa Sede. La Iglesia Católica, en cambio, es la comunidad global de fieles que sigue a Cristo, gobernada por el Papa a través de la Santa Sede, y tiene su centro físico y espiritual en el Vaticano, donde se encuentra la sede de Pedro.

Macro-política y micro-política

Aunque estas líneas están dedicadas principalmente a la macro-geopolítica vaticana, estoy convencido del poder y de la influencia, aún mayor, de su micro-geopolítica, ya sea a través de los nuncios y representantes eclesiales locales (obispos, superiores religiosos, líderes espirituales, etc.), o de las acciones de las comunidades cristianas y de los católicos individuales en sus países, ciudades y barrios, de acuerdo a su visión del hombre y la sociedad.

De hecho, mientras el Vaticano es solo una pequeña estructura de la Iglesia, son muchos los bautizados y cada uno tiene la responsabilidad de llevar adelante la misión de la Iglesia, confiada por su fundador.

La Iglesia, un fuerte ‘soft power’

En este sentido, no hay duda en que la Iglesia es el ‘soft power’ más fuerte que existe. Recordamos todos la famosa anécdota en la que Stalin se preguntaba cuántas divisiones tenía el Papa, y Pío XII, en cuanto supo del fallecimiento del líder soviético, respondió: ‘Ahora Stalin verá cuantas divisiones tenemos allá arriba! (cielo)’.

Bromas y micro-geopolítica aparte, es obvio que la Iglesia, el papado y el Vaticano juegan un rol determinante en la geopolítica mundial, y si Roma tiene importancia a nivel político es, sobre todo, porque en ella está la sede del sucesor de Pedro, autoridad moral global por excelencia.

Como confirmación del papel geopolítico de la Iglesia, el Papa León XIV, el pasado 6 de diciembre, en una audiencia para recibir las credenciales de varios nuevos embajadores, declaró que la Santa Sede no será nunca “un espectador silencioso ante las graves disparidades, injusticias y violaciones fundamentales de los derechos humanos”.

Esencia y modalidades de la geopolítica vaticana: 5 conceptos e imágenes

Se podrían resumir en cinco conceptos e imágenes las características que, en mi opinión, describen la esencia y las modalidades de la geopolítica vaticana, al menos desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. 

Concretamente, las he denominado así: geopolítica de la mediación, geopolítica del perdón, geopolítica de la sinceridad, geopolítica de la paz y geopolítica de la paciencia y de la discreción. 

Estas cinco dimensiones forman un entramado entre ellas y están presentes de un modo u otro en toda la acción diplomática y política que ejerce la Santa Sede en el mundo. Veámoslas una a una.

Geopolítica de la mediación

Los acontecimientos de abril y mayo del 2025 —la muerte y el funeral del Papa Francisco, el cónclave y la elección de León XIV— fueron acontecimientos de tal magnitud que se convirtieron  en escenarios geopolíticos en sí mismos. Una geopolítica que ocurrió casi por casualidad, sin ser buscada.

En esos momentos, la Iglesia se transformó en un actor central, sujeto y objeto de comunicación. Sin desmerecer la labor informativa realizada por el Dicasterio vaticano para la Comunicación o por los miles de periodistas presentes –fueron más de 6.600 acreditados— se puede decir que los acontecimientos hablaron por sí solos. Lo reconocía el mismo director de la Sala Stampa Vaticana, Matteo Bruni, explicando que el rol de su oficina era “no interponerse, sino dejar que la realidad hablara por sí sola” (comentario presente en un volumen especial de Church, Communication and Cultura, publicado el pasado mes de octubre).

Precisamente por la atención, el peso y el interés que adquieren momentos como los mencionados, pueden suceder cosas como ésta…

Encuentro entre el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, y el presidente ucraniano Volodymyr Zelensky en la Basílica de San Pedro antes del funeral del Papa Francisco, el 26 de abril de 2025. (OSV News photo/Ukrainian Presidential Press Service handout via Reuters).

Lo que ambos presidentes se dijeron es en parte desconocido para nosotros (aunque la ironía de las redes sociales sobre Zelenskyy confesando a Trump no escapó a nadie), pero solo una ocasión como el funeral de un Papa (Francisco) pudo reunir a estas dos figuras y hacerlo en este contexto.

Este no es el primer caso, ni será el último, de reuniones bilaterales políticas facilitadas por contextos religiosos. Vemos, por tanto, en acto lo que podríamos llamar geopolítica de la mediación: incluso antes de ser un actor, el Vaticano es escenario y mediador de la geopolítica.

De hecho, en el caso de la guerra ruso-ucraniana la Santa Sede se ha ofrecido como mediadora y el Papa actual ha recordado en diversas ocasiones que las puertas del Vaticano están abiertas para  que ambos contendientes se encuentren y dialoguen. 

En el caso de la guerra en Ucrania, el rol de mediador imparcial de la Iglesia no ha sido incompatible con la decisión del Papa Francisco de enviar en diversas ocasiones a los cardinales Krajewski (Limosnero del Papa) y Zuppi (presidente de la Conferencia Episcopal Italiana) a la zona de conflicto por motivos humanitarios.

Prioridad al multilateralismo

Sin embargo, conviene recordar que la Iglesia siempre siempre ha defendido y dado prioridad al multilateralismo. Un ejemplo de sus mayores resultados fue el nacimiento de la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa (OSCE), a la que el Vaticano contribuyó notablemente con ideas y propuestas. 

Ciertamente, hoy el papel de la OSCE ha quedado muy comprometido con laguerra en Ucrania, pues el mecanismo de decisión basado en la unanimidad hace imposible cualquier acuerdo cuando los contendientes de un conflicto forman parte de la organización.

No es posible presentar aquí todos los casos de mediación del Vaticano en diversos conflictos políticos de la historia contemporánea. Baste citar la mediación de la Santa Sede entre Chile y Argentina, a finales de los 70, en su disputa territorial sobre el Canal de Beagle, resuelta con un tratado de paz y amistad firmado definitivamente en 1984, o el rol preponderante de la Comunidad de San Egidio en los acuerdos de paz de la guerra civil de Monzambique, firmados en Roma en 1992.

Geopolítica del perdón

Una segunda enseñanza nos la ofrece otra sorprendente imagen: la de Papa Francisco besando los pies de los líderes políticos de Sudán del Sur, en abril de 2019.

(Vatican Media).

Imágenes como ésta tienen un poderoso impacto comunicativo y geopolítico, y podríamos considerarlas ejemplos de una geopolítica del perdón. Ante un conflicto con terribles consecuencias para la población civil, el Papa convocó a los líderes en disputa para promover su reconciliación. 

En el contexto político mundial, la Iglesia es prácticamente la única institución que habla de perdón y de reconciliación. 

A este episodio se podrían añadir muchos otros como, por ejemplo, el representado por la foto de Juan Pablo II escuchando a su agresor, Ali Ağca, en prisión, en 1983, tras el atentado de 1981.

El Papa San Juan Pablo II, herido gravemente en su jeep en la Plaza de San Pedro el 13 de mayo de 1981, tras ser tiroteado por el pistolero turco Mehmet Ali Agca (Foto de archivo de OSV News).

La geopolítica del perdón está estrechamente vinculada al concepto de la gratuidad y del servicio: aunque la Iglesia habla y hace geopolítica, procede siguiendo el ejemplo de su fundador, Cristo, quien murió en la cruz ofreciendo su vida por amor a la humanidad. 

Como es evidente, esta gratuidad se opone al comportamiento social predominante y explica en parte por qué la Iglesia es y será siempre signo de contradicción.

Geopolítica de la sinceridad y de la coherencia

En el mencionado encuentro con diversos embajadores (6 de diciembre), León XIV recordó que “la labor diplomática de la Santa Sede, modelada según los valores del Evangelio, está constantemente orientada a servir al bien de la humanidad, especialmente apelando a las conciencias y permaneciendo atenta a las voces de los pobres, de los que se encuentran en situaciones vulnerables o son empujados a los márgenes de la sociedad”. 

Es la suya una diplomacia de objetivos claros y declarados, una geopolítica sincera y coherente. Para llevarla a cabo, la Iglesia no necesita ni quiere cambiar su identidad o la doctrina recibida de Cristo, sino renovar las relaciones humanas.

La mayor parte de los problemas del mundo son “ecuménicos”, es decir, afectan a muchos y tienen que ser afrontados con la colaboración de todos. Y es precisamente una identidad institucional clara y honesta la que facilita el diálogo y permite a la Santa Sede colaborar con actores geopolíticos de orientaciones ideológicas muy dispares: confesiones religiosas, gobiernos políticos, asociaciones internacionales, etc. 

Entre otros aspectos, este enfoque permite trabajar conjuntamente en temas tan esenciales como la libertad religiosa (no solo de los cristianos) o la dignidad y defensa de los más vulnerables (minorías étnicas, enfermos, ancianos, no nacidos, etc.), y muchos de ellos esperan y desean —no siempre de formar declarada— la voz profética del Papa y de la Iglesia católica.

El Papa León XIV, en el centro, dirige un servicio ecuménico de oración vespertina en la basílica de San Pablo Extramuros de Roma el 25 de enero de 2026, al clausurar la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos (Foto de OSV News/Simone Risoluti, Vatican Media).

La identidad que da la fe cristiana tiene también consecuencias en la consistencia de la geopolítica del Vaticano. Mientras los gobiernos civiles cambian su política exterior según la ideología del partido, o peor, del líder gobernante, la Iglesia actúa en la diplomacia sin traicionar sus principios.

Esta franqueza se observa también en el hecho de que la diplomacia vaticana no se siente condicionada por el tamaño o la importancia política de sus interlocutores. 

Entre otros ejemplos, no tiene miedo a rechazar embajadores propuestos por potencias mundiales (como hizo la Santa Sede con los tres candidatos iniciales propuestos por Barack Obama como sucesores de la embajadora Mary Ann Glendon), a decir lo que piensa sobre injusticias y conflictos en curso (como

la invasión de Gaza por parte de Israel en la entrevista del cardenal Pietro Parolin a Vatican News y contestada duramente por el gobierno israelí), o a establecer acuerdos con pequeñas islas del Océano Índico (como Timor-Leste). 

De hecho, es muy significativo como el periódico de la Santa Sede, L’Osservatore Romano, muestra tanto interés y aborda analíticamente la política de áreas remotas del mundo, y es que para la Iglesia todos los hombres son hijos de Dios y tienen la misma dignidad.

Precisamente por esto, y por su dimensión ética, a la Santa Sede le es reconocido un papel fundamental en foros internacionales, incluso en aquellos que podrían parecer lejanos de la “espiritualidad”, como la Agencia Internacional para la Energía Atómica (AIEA), ubicada en Viena.

Geopolítica de la paciencia y la discreción

A las anteriores dimensiones, se puede añadir una nueva: la geopolítica de la paciencia y de la discreción. 

El experto ex embajador italiano y actual embajador de la Soberana Orden de Malta ante la Santa Sede, Antonio Zanardi Landi, ha definido esta dimensión geopolítica vaticana como “paciencia estratégica”, ejemplificada en la constante y prudente acción diplomática de la Santa Sede en países de minoría cristiana (como Arabia Saudita o Pakistán) o de mayoría ortodoxa (como Rusia o Serbia), donde los progresos son lentos pero evidentes, o en los países del Medio Oriente, donde cualquier salida de tono provoca nuevas tensiones.

El cardenal Secretario de Estado, Pietro Parolin, en un encuentro con dirigentes de Arabia Saudí, con ocasión de la Expo 2030 en Riad (Vatican Media).

En muchos de estos lugares, los representantes de la Iglesia católica actúan mediante canales reservados, detrás de bambalinas, con el objetivo de conseguir el máximo posible, en una geopolítica sabia, paciente y artesanal, casi hecha a mano, que muchas veces es más exitosa que la realizada a través de grandes declaraciones públicas que humillan a los implicados en dinámicas de vencedores y vencidos.

Y, sin lugar a dudas, aunque la historia real no siempre deja trazas, muchos resultados diplomáticos son fruto de la “diplomacia del tenedor”, que acompaña a menudo las relaciones personales.

También los documentos magisteriales tienen su peso e influencia, indirecta muchas veces, pues sientan las bases para el debate en cuestiones relevantes del ámbito geopolítico. Bastará mencionar aquí casos como la encíclica Rerum novarum (1891), de Leon XIII, que afrontaba la cuestión social y económica y que dio pie a la moderna doctrina social de la Iglesia, o ya en tiempos recientes, la Laborem exercens (1981), de Juan Pablo II, sobre el valor del trabajo, la

Caritas in veritate (2009), de Benedicto XVI, con su crítica a un mercado financiero sin reglas, y a la exhortación apostólica Evangelii gaudium (2013) de Papa Francisco, con su renovada crítica a la tesis de los efectos positivos del capitalismo —retomada en parte por León XIV en su reciente exhortación Dilexi te—. O las encíclicas de Francisco dedicadas al respeto de la creación (Laudato Si’, 2015) y a la paz entre las gentes (Fratelli tutti, 2020).

Geopolítica de la paz

El Papa León XIV dirige su primer saludo de paz en la Logia central de la Basílica de San Pedro, el 8 de mayo de 2025 (@CNS photo, Lola Gómez).

Por último, la geopolítica de la paz. Desde el inicio de su pontificado, León XIV ha insistido en lo que podríamos llamar una geopolítica de la paz. 

Apenas elegido, sus primeras palabras  pronunciadas desde el balcón de la basílica de San Pedro fueron “la paz sea con vosotros”. Este saludo de Cristo a sus apóstoles (Juan 20:19) se ha convertido en el hilo conductor de su pontificado. 

En la audiencia que concedió a los periodistas que siguieron el cónclave, pocos días después de su elección, el Papa propuso a los presentes promover la paz a través de una “comunicación desarmada y desarmante”.

En numerosas ocasiones, como en su reciente discurso previo a la bendición Urbi et Orbi del día de Navidad, el Papa ha recordado tantos conflictos activos en el mundo, pidiendo siempre por una solución pacífica. 

Y no habla de una paz teórica o ideal, sino que está convencido de que “la paz es posible y los cristianos, en diálogo con hombres y mujeres de otras religiones y culturas, pueden contribuir a construirla” (Angelus, 7 de diciembre de 2025). 

En este sentido, para León XIV la paz no es solo ausencia de conflicto sino “don activo y exigente que nace del corazón” (Discurso del 6 de diciembre de 2025, durante la presentación de credenciales de algunos embajadores).

Por supuesto, la Santa Sede busca una paz duradera, y no solo congelar los conflictos existentes.

En este sentido, el Papa León XIV sigue el concepto de paz de su santo de referencia, san Agustín: Pax est tranquillitas ordinis, es decir, que la verdadera paz no es tanto la ausencia de problemas, sino la serenidad que resulta de que cada cosa esté en su lugar correcto y orientado hacia Dios, su fin último, implicando un orden interior del alma y un orden social basado en la justicia y la caridad, donde todos se aman y buscan el bien mutuo. 

En el fondo, la paz es fruto de la justicia, de la libertad y de la solidaridad, y no es posible donde hay injusticia.

Para alcanzar esa paz, el Papa ve en la Iglesia y en sus miembros un instrumento fundamental. “Éste, hermanos y hermanas”, dijo en la Misa de inauguración de su ministerio petrino, “quisiera que fuera nuestro primer gran deseo: una Iglesia unida, signo de unidad y comunión, que se convierta en fermento para un mundo reconciliado”. No por nada, el lema del escudo papal es In illo unum uno (“En el único Cristo somos uno»).

Las personalidades cuentan

Hemos resumido las principales notas de la geopolítica de la Santa Sede. Si he insistido en la consistencia de su orientación, sin embargo no puedo ignorar que existen diferencias evidentes entre pontificados, ya sea por motivos personales que circunstanciales. 

Por ejemplo, mientras san Juan Pablo II era un pontífice que promovió la caída del comunismo en Europa (pensemos a su apoyo público al sindicato Solidarnosc), Benedicto XVI se concentró en contener los embates del

relativismo, y Francisco modificó el eje de interés geopolítico hacia el mundo de la periferia visitando principalmente países de minoría católica o nombrando cardenales de ciudades casi desconocidas, entre otros.

De León XIV aún es pronto para decir cuál es su aproximación a la geopolítica mundial, pero su origen geográfico norteamericano y, al mismo tiempo, su background internacional (ha visitado casi 50 países como superior de los agustinos), probablemente le facilitarán afrontar los desafíos globales con una visión amplia y con un acercamiento menos personalista que el de su predecesor.

Éxitos, fracasos… y más éxitos

Ciertamente la autoridad moral del Papa o de la Iglesia como institución pública no garantizan el éxito de sus intervenciones en favor de la paz o de la reconciliación. 

Como la historia demuestra, hay casos en los que la voz del Papa y de la Iglesia producen el efecto buscado: por ejemplo, el empeño de Juan XXIII en la crisis de los misiles de Cuba (1962) o el citado conflicto territorial entre Argentina y Chile (1978). Pero no son pocos los fracasos de iniciativas papales en ámbito

geopolítico, sobre todo en el caso de conflictos bélicos: como las intervenciones de Juan Pablo II contra la Segunda Guerra del Golfo, o la iniciativa personal de Papa Francisco ante la embajada rusa en Roma para frenar la invasión en Ucrania.

Ciertamente, las acciones y palabras de los pontífices y de otros líderes eclesiales pueden obtener resultados muy diversos e incluso opuestos. Pero esa geopolítica humana está acompañada por una dimensión que no puede ser olvidada y que siempre obtiene éxitos: la geopolítica sobrenatural de la oración. 

Sabemos, porque lo ha dicho Cristo, que la oración siempre obtiene fruto, es siempre exitosa, aunque muchas veces no se perciba visiblemente. Por ejemplo, los frutos de santidad de las numerosas vigilias de oración y jornadas de ayuno promovidas por los diversos pontífices en aras de la paz son y serán incalculables.

Por todo esto, es posible acabar recordando que la Iglesia es el ‘soft power’ más potente que existe y lo seguirá siendo si es fiel a sus principios evangélicos.

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Daniel Arasa es Decano de la Facultad de Comunicación Institucional (Pontificia Universidad de la Santa Cruz).

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El autorDaniel Arasa

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