Un debate interesante, ¿pueden los laicos ser directores espirituales?

Tal vez el debate no consista en decidir si los laicos pueden dirigir almas, sino en clarificar qué entendemos por dirección espiritual.

30 de enero de 2026·Tiempo de lectura: 3 minutos
laicos

Un reciente vídeo publicado por Red de Redes ha puesto sobre la mesa, con serenidad y buena doctrina, una cuestión delicada y muy actual: los abusos espirituales en el contexto de la dirección espiritual. En la conversación participan tres sacerdotes de reconocida buena doctrina y grandes evangelizadores en las redes sociales —Pachi Bronchalo, Jesús Silva y Antonio María Doménech— que ofrecen criterios valiosos y necesarios. Conviene escucharlos con atención. 

Son tres sacerdotes a los que tengo en gran estima, procuro seguir sus publicaciones y he podido saludar en algunas ocasiones, es decir, que no tengo ninguna gana de abrir polémicas polarizadoras tan típicas de nuestro tiempo, también en el ámbito eclesial. Sin embargo, sí quiero plantear algunas preguntas que me surgen tras ver el vídeo.

Entre sus muchas aportaciones interesantes destaca una idea fundamental: la verdadera dirección espiritual no anula la libertad del dirigido. El acompañante no “manda”, no decide por el otro ni suplanta su conciencia. Ofrece su opinión, ayuda a discernir, ilumina el camino, pero deja siempre a la persona ante Dios. Por eso —subrayan— quizá sería más adecuado hablar de acompañamiento que de dirección en sentido fuerte. En tiempos de confusión y heridas reales, insistir en esto es no sólo oportuno, sino imprescindible.

Un debate interesante

Ahora bien, el interés del vídeo no se agota en estas acertadas advertencias. Al contrario, abre un debate de fondo que merece ser pensado con calma. Los tres intervinientes sostienen que la dirección espiritual propiamente dicha, en sentido estricto, corresponde a los sacerdotes, por estar especialmente capacitados para “dirigir almas”. Y aquí surge la pregunta —incómoda, pero inevitable—: ¿es realmente así?

Porque la experiencia viva de la Iglesia parece decir algo más matizado. Hoy existen numerosas instituciones, movimientos y realidades eclesiales donde los laicos acompañan espiritualmente a otros laicos, y lo hacen con fruto, seriedad y fidelidad a la fe. ¿Debemos afirmar que eso no es dirección espiritual? Y si no lo es, ¿cómo lo llamamos? ¿Acompañamiento? ¿Orientación espiritual? ¿Escucha creyente? El problema no es solo terminológico sino que requiere de una explicación teológica, eclesiológica y pastoral.

El paradigmático ejemplo de las monjas

La dificultad aumenta si miramos a la historia. Durante siglos, incontables monjas han ejercido una auténtica dirección espiritual sobre otras hermanas, y no pocas veces también sobre sacerdotes y obispos. Basta pensar en figuras como Teresa de Jesús o Catalina de Siena. ¿Diremos que aquello no era dirección espiritual? ¿Que carecía de una dimensión esencial por no proceder de un ministro ordenado?

La historia de la Iglesia respalda esta visión de un acompañamiento espiritual no ligada estrictamente al orden sacerdotal, encontrando en las mujeres consagradas sus mayores exponentes. Ya en los siglos IV y V, las llamadas «Ammas» o Madres del Desierto, como la Amma Sinclética, eran buscadas por su agudo discernimiento para dar una «palabra de vida» a quienes se internaban en el desierto. 

Otra figura clave fue santa Teodora de Alejandría, consultada por numerosos monjes por su capacidad para explicar la diferencia entre la tentación y el pecado.

El esencial papel de los sacerdotes

Conviene recordar aquí un punto teológico básico: el sacramento del Orden confiere una gracia específica para realizar determinados actos —celebrar la Eucaristía, absolver los pecados, administrar los sacramentos—, pero no otorga automáticamente una gracia exclusiva para el discernimiento espiritual ajeno. La capacidad para acompañar almas nace también de la experiencia de Dios, de la prudencia, del conocimiento de la vida interior y del don de consejo, que el Espíritu Santo concede a quien quiere.

Nada de esto resta valor al papel insustituible del sacerdote en la vida espiritual, especialmente cuando la dirección se entrelaza con la confesión sacramental. Pero quizá sí invita a afinar más el lenguaje y las categorías. Porque si reservamos el nombre de “dirección espiritual” solo a lo que hacen los sacerdotes, corremos el riesgo de deslegitimar —aunque no sea esa la intención— una inmensa labor silenciosa y fecunda que se da en la Iglesia desde hace siglos.

El testimonio de Juan Pablo II

Frente a las visiones que restringen el acompañamiento del alma al estamento clerical, el propio Juan Pablo II ofreció en su libro Don y Misterio un testimonio excepcional sobre el laico Jan Tyranowski, un humilde sastre de Cracovia. El Pontífice no solo lo definió como “un hombre de una espiritualidad particularmente profunda”, sino que reconoció que de él “aprendí los métodos elementales de autoformación” que marcarían su vida. 

Lejos de ser un mero organizador de grupos, Tyranowski ejerció una verdadera dirección espiritual que resultó determinante, pues el futuro Papa admitió que su vocación sacerdotal tomó fuerza “gracias también al mencionado influjo” de este trabajador manual, quien le introdujo en la mística de San Juan de la Cruz».

Qué es acompañar almas

Tal vez el debate no consista en decidir quién puede o no puede dirigir almas, sino en clarificar qué entendemos por dirección espiritual, qué límites tiene, y cómo evitar que se convierta en control, dependencia o abuso. Y, sobre todo, en reconocer que el verdadero director de las almas no es otro que el Espíritu Santo. Todos los demás, ordenados o no, somos —cuando lo hacemos bien— simples servidores y mediaciones.

Porque, al final, la pregunta sigue ahí, reclamando respuesta: si no llamamos dirección espiritual a lo que no hacen los sacerdotes, ¿qué nombre le ponemos? Y lo que no se nombra bien, difícilmente se cuida bien.

El autorJavier García Herrería

Redactor de Omnes. Anteriormente ha sido colaborador en diversos medios y profesor de Filosofía de Bachillerato durante 18 años.

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