El pontificado del Papa León XIV inició oficialmente con su elección el pasado 8 de mayo de 2025, pero podría decirse que es ahora cuando comienza su etapa más personal. Sus primeros meses al frente de la Iglesia han estado marcados por una agenda heredada de su predecesor y fuertemente condicionada por la magnitud del Jubileo. Este acontecimiento ha sometido al Papa a un ritmo frenético de audiencias, celebraciones y discursos; un esfuerzo pastoral que sostuvo heroicamente Francisco y que el nuevo Pontífice asumió con generosidad desde el primer día.
El impacto del Jubileo ha sido indudablemente positivo, con millones de peregrinos que han pasado por Roma. Sin embargo, la inmensa dedicación pública que exige un evento de estas características apenas deja margen para esa otra labor de gobierno que requiere tiempos pausados de estudio, oración y despacho. Ahora, con el retorno a la normalidad, se abre ese espacio necesario.
Los desafíos que se presentan ante la Iglesia son conocidos y resonaron con fuerza en las congregaciones generales previas al último cónclave. La persecución silenciosa de los cristianos, la secularización de Occidente, la urgencia de la unidad interna o las delicadas finanzas vaticanas están sobre la mesa. A ello se suman dosieres diplomáticos complejos, como la renovación de acuerdos con China, o eclesiales, como las tensiones litúrgicas en la Iglesia siro-malabar.
Estos asuntos tienen una dimensión técnica y otra profundamente espiritual. El Papa reza y hace rezar por estas intenciones, pero también necesita “manos” para ejecutarlas. Por ello, es de esperar una cascada de nombramientos en la Curia. León XIV está conformando ahora su equipo de confianza, los “remeros”, que le ayudarán a guiar la nave en esta nueva etapa de navegación en mar abierto.




