En el siglo XI-XII, san Anselmo de Canterbury se preguntaba en un famoso libro: “Cur Deus homo?” Acerca de por qué Dios se había hecho hombre. Ciertamente en los planes redentores de Dios después del pecado original, había un elemento clave: para redimir el mundo e iluminarlo desde dentro de nuevo, parecía necesario hacerlo desde dentro, no bastaba hacerlo desde fuera.
Visto a posteriori, el misterio de la encarnación de la segunda persona de la Santísima Trinidad y la unión hipostática; dos naturalezas, divina y humana, en la única persona de Jesucristo, parecía muy conveniente para llevarse a cabo la obra de la Redención y de la Salvación.
“Gaudium et spes” y la Iglesia como alma del mundo
Precisamente en este reciente aniversario de la Constitución Pastoral “Gaudium et spes” (1965) que acabamos de celebrar, ese elemento de la iluminación del mundo desde dentro, desde la luz de tantos corazones que son un solo, se podría entender la expresión conciliar con hondas resonancias patrísticas: “la Iglesia es el alma del mundo”.
Ramón Sala OSA (Bilbao 1963), profesor de teología en el Estudio Teológico Agustiniano de Valladolid, ha realizado un magnífico trabajo de comprensión de los textos de la Constitución “Gaudium et spes” tomando pie de la vida y la obra de grandes santos que intervinieron en su redacción y en su interpretación de acuerdo con la luz de Dios que habían recibido.
Los papas del Concilio y su aplicación viva
Desde luego la selección de personas y temas elaborados por el profesor Sala no puede ser más adecuada: en primer lugar, dos romanos pontífices: san Pablo VI y san Juan Pablo II, dos santos que supieron hacerse eco del Espíritu Santo, primero como activos protagonistas del y después en su desarrollo o aplicación.
San Pablo VI pudo intervenir en concilio Vaticano II, primero como padre Conciliar y, luego, como Romano Pontífice para llevarlo a cabo y clausurarlo. Ramón Sala nos recomienda leer despacio su Encíclica “Ecclesiam suam” (Roma 6, VIII, 1964), para descubrir muchas concomitancias y sinergias con la Constitución mencionada (26).
Enseguida, san Juan Pablo II quien, primero como padre conciliar y luego como romano pontífice, llevó a cabo la verdadera aplicación del Concilio Vaticano II con los viajes por el mundo entero que pusieron a vibrar en todas las lenguas y las vidas y culturas todas las Iglesias particulares junto a la Iglesia universal, y, sobre todo, con el cuerpo de Encíclicas y exhortaciones apostólicas. Finalmente, con el tesoro del Código de Derecho Canónico de 1983, y el Catecismo de la Iglesia Católica de 1992 y la verdadera liturgia celebrada de la Iglesia en todas las lenguas del mundo o en latín para mostrar la unidad y diversidad del rito latino (215).
La santificación del mundo desde el laicado
Seguidamente, nuestro autor destacará la figura de san Josemaría Escrivá de Balaguer, Fundador del Opus Dei quien habría anticipado la doctrina de la Iglesia conciliar sobre el laicado y especialmente habría articulado la santificación del trabajo ordinario como lugar teológico para soñar con la santificación del mundo desde dentro (30).
Es interesante, la figura del cardenal Pironio quien traería desde América la Acción Católica y el trabajo de tantos años en la aplicación del Concilio en los pueblos y naciones de América y de Europa en ese trabajo capilar de los laicos, como subrayaría san Juan Pablo II en la Exhortación “Christifidelis laici: “La Iglesia misterio de comunión misionera” (187).
Justicia, dignidad humana y opción por los pobres
Es muy interesante la aportación del santo mártir San Oscar Romero, quien aplicó la doctrina conciliar a la Iglesia particular de El Salvador y dio la sangre por la Iglesia pues fue martirizado al pedir respeto por la dignidad del pueblo cristiano y en concreto por los más pobres y despreciados del continente americano.
La doctrina conciliar de “Gaudium et spes” reconociendo que todos, hombres y mujeres, de cualquier clase y condición, tienen derecho a una vida y a un trabajo digno porque son hijos de Dios: “Sin Cristo no hay verdadera liberación” (118).
El profesor Sala nos recuerda que la Declaración universal de Derechos humanos de 1948 fue profundizada y fundamentada en la Constitución “Gaudium et spes”, cuando el magisterio conciliar recprdó que dicha declaración se apoyaba en la dignidad de la persona humana y la dignidad de la persona humana se fundamentaba en que todo hombre habí sido creado como “imagen y semejanza de Dios”.
La opción fundamental por los pobres característica de la Iglesia desde los comienzos del cristianismo, está presente en “Gaudium et spes” y a la vez fue aplicada valientemente en el mundo entero. Ahí radica el ejemplo de Oscar Romero que fue mártir de la verdad y de otros muchos cristianos que fueron mártires sin morir defendiendo esa causa universal (109).
Misión y testimonio en el mundo contemporáneo
La aportación del prepósito General de los jesuitas, Pedro Arrupe que intervino en las últimas sesiones del Concilio y muy activamente en su aplicación en el mundo entero a través de la misión confiada por Dios y por la Iglesia a la Compañía de Jesús en la misión apostólica de punta (146).
Especialmente, recuerda nuestro autor la misión encomendada por el papa san Pablo VI a los jesuitas del diálogo con los no creyentes y con el ateísmo contemporáneo que azotaba y azota a la humanidad en tantos lugares del mundo. Arrupe “contribuyó de forma directa a comenzar a superar la barrera social, que se interpone todavía hoy entre creyentes y no creyentes” (151).
Esa misión fue concretada en positivo como una opción fundamental por la justicia, la defensa de los derechos humanos, la voz de los sin voz y el empeño diario por promover en todos los países la justicia y el desarrollo de los pueblos: “Llama la atención la insistencia con que Arrupe vinculaba la increencia contemporánea a la injusticia social (149).
La Iglesia en la calle




