De todas las disciplinas que integran la teología, la moral es, a mi juicio, la más exigente. No se eleva, quizá, a las cumbres abstractas de mi amada metafísica, pero tampoco puede permitirse refugiarse en ellas. Está obligada a descender al terreno áspero de la historia y a confrontarse con el mundo tal como es: un entramado de complejidades, luces y sombras, injusticias persistentes y dinámicas difíciles de descifrar que gravitan en torno a la libertad humana, con frecuencia contaminada por intereses espurios, culpables debilidades y heroicas resistencias.
Allí donde la especulación busca coherencia en lo eterno, la teología moral debe discernir en lo contingente, entre voluntades frágiles y decisiones interesadas que configuran, para bien o para mal, la trama de lo real. Su objeto no es la proclamación abstracta del bien, sino su determinación prudencial en contextos atravesados por factores jurídicos, culturales, económicos y demográficos. Exige sostener simultáneamente principios universales y circunstancias concretas, sin sacrificar los primeros al sentimentalismo ni las segundas a la abstracción.
Por eso la tradición nunca ha permitido que el juicio moral se reduzca a un reflejo retórico —una cita descontextualizada, un eslogan con pretensión de conciencia—, sino que lo ha sometido al arte mayor de la prudencia: esa virtud intelectual que discierne, pondera, ordena medios y fines y asume la responsabilidad de los efectos. No es una virtud sencilla —ninguna lo es—: requiere memoria de lo pasado, inteligencia de lo presente, docilidad para aprender y circunspección para prever consecuencias.
Ante cuestiones complejas, la honradez moral consiste precisamente en resistir la tentación de la consigna. La misericordia auténtica no se avergüenza de la prudencia, porque sabe que la paz es un orden justo, y que un orden justo exige discernimiento, gradualidad, límites y deberes recíprocos. Calificar de “extremismo” esa responsabilidad puede ser, paradójicamente, una forma de superficialidad moral: la sustitución del juicio por el gesto, de la verdad por el aplauso, del bien común por una estética de la bondad que rehúye mirar de frente la realidad.
Un ejemplo elocuente es la cuestión migratoria, de renovada centralidad y dolorosa densidad humana y política. Precisamente por su cercanía concreta y por la carga de sufrimiento que comporta, resulta comprensible que el impulso primero sea el de la acogida inmediata; pero la tradición cristiana no se agota en el impulso, sino que lo somete al juicio prudencial. La Iglesia ha hablado siempre en una doble clave que no admite atajos: la dignidad irreductible de toda persona y la responsabilidad propia de toda autoridad —en cuanto tal— respecto del orden social, entendido como condición del bien común y no como mera estrategia coyuntural.
La tradición franciscana —de Buenaventura a Escoto, y en autores más cercanos y recientes— ha insistido con notable equilibrio en que la caridad no es una energía informe, sino un amor ordenado, un ordo amoris que respeta la arquitectura del bien común. El orden jurídico no constituye un límite extrínseco a la caridad, sino su condición institucional. Sin estabilidad normativa y una mínima cohesión cultural, lo que se presenta como compasión puede derivar en crueldad estructural: la comunidad se fragmenta, la ley se debilita y los vulnerables —de dentro y de fuera— terminan pagando el coste.
Por ello resultan difíciles de comprender ciertas manifestaciones públicas de perplejidad y censura que, ante juicios prudenciales emitidos por pastores en el ejercicio de su legítima responsabilidad, adoptan un tono de impugnación más propio del debate faccional que del discernimiento eclesial. En tiempos de agitación discursiva, la tradición recuerda que la fecundidad eclesial no brota de la visibilidad sin responsabilidad, sino de la coherencia virtuosa. La obediencia —entendida como inserción humilde en un orden recibido—, el trabajo silencioso por el bien común, la caridad efectiva traducida en obras antes que en declaraciones, y una sobriedad que desconfía del protagonismo moral han sido siempre los pilares de la acción cristiana.




