En el discurso eclesial contemporáneo parece haberse instalado una cierta visión parcial de la Doctrina Social de la Iglesia (DSI): se subrayan de forma insistente algunos de sus principios mientras otros, igualmente vinculantes, quedan relegados al silencio. Recuperarlos no significa “ideologizar” la fe, sino devolverle su equilibrio y su coherencia interna, indispensables para un análisis honesto de la realidad social.
A continuación, propongo diez ideas fundamentales, firmemente ancladas en el Magisterio, que hoy rara vez ocupan un lugar central en el debate eclesial.
1. Soberanía y orden en las fronteras
La caridad cristiana es universal, pero el derecho a la inmigración no es absoluto. El Catecismo de la Iglesia Católica (n. 2241) recuerda que las autoridades civiles pueden regular este derecho en función del bien común del país que acoge. El orden no es enemigo de la acogida; es su condición de posibilidad. Ayudar al necesitado exige también reconocer las dificultades reales de estos procesos y plantear soluciones responsables que eviten efectos contraproducentes.
2. El derecho a no emigrar
Con frecuencia se pone el foco casi exclusivo en el país de destino, mientras se silencia la responsabilidad de los gobiernos de origen. La verdadera justicia social pasa por crear condiciones dignas para que nadie se vea obligado a huir. Como han denunciado obispos africanos, fomentar la salida de las personas mejor formadas es un grave daño para los países pobres y una forma encubierta de expolio.
3. La justicia conmutativa como base de la justicia social
Hablar de justicia social sin insistir en la justicia conmutativa —cumplir los contratos, pagar lo debido, respetar los acuerdos— es construir sobre arena. Sin honestidad en los intercambios, no hay paz social posible. Reclamar la condonación de deudas sin exigir reformas, responsabilidades y mejoras estructurales puede condenar a los países pobres a la exclusión financiera futura.
4. La inmoralidad de la deuda pública estructural
El endeudamiento permanente del Estado para sostener el bienestar presente supone una pesada carga para las generaciones futuras. La DSI recuerda que el sistema financiero debe estar al servicio de la persona; hipotecar el mañana para pagar el hoy vulnera la justicia intergeneracional y erosiona la responsabilidad política.
5. Exigencia y mérito en la educación
La educación auténtica fomenta la responsabilidad personal y el esfuerzo. El facilismo académico, cada vez más extendido, empobrece a los alumnos, debilita su carácter y limita su capacidad de contribuir al bien común con sus talentos.
6. El emprendimiento como vocación
La figura del empresario y la iniciativa económica suelen verse con recelo en el discurso eclesial. Sin embargo, crear riqueza y empleo no es codicia, sino una expresión legítima de la inteligencia y la libertad humanas. El emprendimiento fortalece la autoestima del trabajador y sostiene el tejido social.
7. Crítica al Estado asistencialista
La Doctrina Social de la Iglesia defiende con claridad el principio de subsidiariedad. Un Estado que invade todos los ámbitos termina anulando la iniciativa social y convierte al ciudadano en un cliente dependiente del poder, debilitando la responsabilidad comunitaria.
8. Ética del trabajo
La Iglesia no es solo defensora de los derechos laborales o sindicales; también lo es del trabajo bien hecho. La pereza, el absentismo injustificado, el abuso de ayudas sociales o la falta de profesionalidad atentan contra el bien común tanto como la explotación del trabajador.
9. Identidad política sin complejos
La participación de los laicos en la vida pública no consiste en diluir la fe en el consenso dominante. El compromiso político del católico debe ser reconocible en la defensa de la vida, la familia y la libertad educativa, sin rebajas ni complejos.
10. Ecología con verdad
Frente a los discursos catastrofistas que absolutizan la naturaleza, la Iglesia propone una ecología humana integral. Benedicto XVI advirtió que la persona no puede quedar subordinada al medio ambiente y que la preocupación ecológica debe apoyarse en la razón, no en exageraciones ideológicas que frenen el desarrollo legítimo de los pueblos.
Es tiempo de que la narrativa eclesial recupere la totalidad de su tesoro doctrinal. Una Iglesia que repite únicamente los eslóganes del mundo corre el riesgo de dejar de ser sal de la tierra para convertirse en un eco irrelevante.
Redactor de Omnes. Anteriormente ha sido colaborador en diversos medios y profesor de Filosofía de Bachillerato durante 18 años.




