Educación

Ousman Umar, en patera hacia «el paraíso»

Ousman Umar sobrevivió al desierto, dos viajes en patera y a la indiferencia de la calle, y transformó su experiencia en una misión: crear oportunidades reales en África a través de la educación. Hoy dirige la ONG Nasco Feeding Minds.

Teresa Aguado Peña·17 de febrero de 2026·Tiempo de lectura: 6 minutos
Ousman Umar áfrica

Ousman Umar ©Cortesía del entrevistado

Ousman Umar no salió de su aldea pensando que iba a España. “Yo iba al paraíso”, repite. Nació en una pequeña comunidad rural del norte de Ghana, rodeada de selva, sin acceso a educación formal y con menos de cien habitantes. Allí la información se transmitía de generación en generación y el mundo se explicaba a través de relatos. El suyo comenzó marcado por la pérdida: su madre murió durante el parto y, según las creencias de su tribu, eso lo convertía en un niño “maligno”, portador de un espíritu demasiado poderoso. En muchos casos, ese estigma significaba la muerte. Ousman sobrevivió porque su padre era el chamán de la aldea y nadie se atrevió a tocar al hijo del curandero.

Desde pequeño tuvo una curiosidad inagotable y gran habilidad para construir cosas con sus manos. Con apenas nueve años, fue enviado a la ciudad para aprender chapistería y soldadura. Fabricaba coches y camiones sin haber visto nunca uno de verdad. No sabía entonces que aquel primer desplazamiento sería el inicio de un viaje que lo llevaría a cruzar medio continente africano y el mar en patera.

Hacia «el paraíso»

En el puerto de Ghana descubrió barcos, grúas y mercancías llegadas de Occidente. Se preguntó por qué los “blancos” podían crear todo aquello y ellos no. Esa pregunta, unida a la falta de información y oportunidades, lo empujó a caer en manos de una red de traficantes de personas. Escondido en camiones, cruzó fronteras de noche hasta llegar a Níger.

«Después subimos hasta Gades y allí nos ofrecieron llevarnos en unos Land Rovers para cruzar el desierto de Sahara. Tras seis horas de viaje nos abandonaron en medio del desierto y nunca más volvieron, entonces tuvimos que cruzar el desierto a pie».

Ousman cuenta que eran 46 cuando comenzaron a andar y sólo 6 llegaron a Libia con vida, «eso sin contar los cadáveres que íbamos encontrando por el camino». Define aquél viaje de 21 días como un verdadero infierno. Sin comida ni bebida, Ousman afirma que «el que podía hacer pis era un afortunado».

Con 13 años llegó a Libia, sin idioma, sin familia y sin protección. Allí pasó cuatro años «prácticamente esclavizado» hasta reunir el dinero necesario (1800 dólares) para pagar a los traficantes. Le prometieron que en 45 minutos llegaría al “paraíso”. La realidad fue un nuevo calvario de tres meses atravesando Túnez, Argelia, Marruecos, Mauritania y el Sáhara Occidental.

«Entre Mauritania y Sahara Occidental nos escondieron en las dunas, y allí nos dieron madera y fabricamos dos pateras. Digo pateras por decir algo, pero realmente fabricábamos un ataúd».

«Cogí dos pateras. En el primer intento se ahogaron entre 150 y 180 personas. La mía volvió a tierra. Estuvimos en el desierto casi un mes y medio hasta que nos trajeron más madera y así poder hacer un segundo intento. Emprendimos dos pateras de nuevo y en medio del mar se hunde una. La mía, después de dos días y medio, llegó a Fuerteventura».

La travesía de Ousman Umar

La indiferencia

Una vez en España, el CIE (Centro de Internamiento de Extranjeros) confirmó que era menor de edad. En Málaga le preguntaron a qué lugar de España quería ir. Solo conocía una palabra: «Barça». Así llegó a Barcelona el 24 de febrero de 2005, solo, sin idioma y sin nadie esperándolo. Durmió en la calle durante casi un mes. “Lo peor no era el hambre, era la indiferencia”, recuerda. La sensación de no existir para nadie.

«Fue terrible vivir en la calle. En el desierto, al menos, había cinco personas sobreviviendo conmigo con las que sólo mirando sus ojos, sus miradas, se me devolvía la humanidad. Pero en la calle nadie te mira a la cara. Cuando intentaba pedir un vaso de agua, la gente se escondía el bolso pensando que les ibas a robar».

El ángel de Ousman: Montse

La vida de Ousman cambió cuando un día apareció la que él llama su «ángel de la guarda»: «yo acababa de levantarme en la calle Navas de Tolosa, una calle muy cortita, y una señora que vivía a media hora de Barceloana estaba allí aquella mañana. De repente, algo me dijo ‘levántate y habla con esa señora que te va a salvar’. Me levanté con entusiasmo y la seguí como si la conociera de algo. Cuando ella se dio cuenta, se giró, y en vez de asustarse, me cogió la mano. Yo llevaba más de un mes en la calle, con la misma ropa, sucio… ¡Y ella me cogió la mano!».

Montse, que es ahora su madre adoptiva, lo acogió en su casa aquél día. Le dio de cenar y lo arropó «como a un niño de 5 años», le dio un beso y salió de la habitación. Ousman cuenta que a pesar de haber pasado del frío de la calle a una casa confortante fue la peor noche de su vida. «Era la primera vez que no tenía que luchar, ya se había acabado todo. Pero yo no dejaba de preguntarme ‘¿qué necesidad había de sufrir tanto? ¿Qué he hecho mal? ¿Por qué mi mejor amigo murió? ¿Por qué no llegó vivo? ¿Por qué yo?'». Ousman llegó así a la conclusión de que la pregunta no debía ser «por qué» sino «para qué».

Hoy Ousman tiene claro su «para qué» y es dar voz a los que no llegaron al «paraíso» con vida, y a los que siguen muriendo cada día en esa infernal travesía. «Y trabajar para evitar que otros sufran lo que yo he sufrido» añade. Así es como nació la ONG que él mismo fundó: Nasco Feeding Minds. «Entendí que todos los que veníamos, veníamos por falta de formación, información y una oportunidad. Es necesario generar una oportunidad allí».

Nasco Feeding Minds

Con sus propios ahorros, y con ayuda de sus amigos, Ousman fue a Ghana y compró 42 ordenadores, contrató a dos profesores y abrió la primera escuela informática en San Agustín Junio High School. «Hoy, después de 13 años, contamos con casi 17 centros informáticos que utilizan más de 58 colegios y, solo este año, llegamos a más de 6.000 alumnos».

En 2021, cuando se graduó la primera promoción, crearon una pequeña empresa social de outsourcing y programación. Ahora trabajan 23 personas en Nascutec, su empresa social en Ghana, y 13 de ellos ya trabajan para el Banco Santander de España, «con un sueldo digno, sin necesidad de subir a una patera ni saltar ninguna valla».

«Creemos que esta es la única ayuda realmente transformadora: no solo dar comida para un día, sino alimentar la mente. Porque la educación les permite construir su propio futuro con dignidad» afirma convencido Ousman.

«África no necesita caridad, sino prosperidad»

Ousman defiende que la ayuda a África debe basarse en el respeto, la dignidad y la igualdad, no en la caridad ni en el paternalismo. Critica la idea de “ir a salvar” a nadie o de imponer soluciones desde fuera sin conocer la realidad local. Para él, antes de actuar hay que escuchar, preguntar y tratar a las personas de tú a tú, entendiendo que saben mejor que nadie lo que necesitan.

También cuestiona el voluntariado asistencial centrado en repartir ropa o comida o hacerse fotos ayudando a niños. Cree que ese tipo de ayuda solo resuelve emergencias puntuales y, a largo plazo, genera dependencia y alimenta más el ego del que ayuda que el bienestar real de quien recibe. En lugar de sustituir a las familias, propone dar recursos y oportunidades a las madres, a los jóvenes y a las comunidades para que ellos mismos puedan cuidar de los suyos.

Su apuesta es clara: “alimentar mentes”. Es decir, invertir en educación, formación y empleo para que las personas creen su propia prosperidad con autonomía. Para Ousman, enseñar, capacitar y generar trabajo digno es la única forma de producir un cambio real y duradero, porque no se trata de dar de comer un día, sino de ofrecer herramientas para toda la vida.

¿Qué hacer con «nuestros pobres»?

Ousman sufrió en carne propia la indiferencia de los transeúntes de Barcelona. «Muchos pasaban y me tiraban cosas. Nadie me veía, más bien hacían como que no me veían. Una papelera valía más que yo.»

Al preguntarle qué se puede hacer por «nuestros pobres» su respuesta es clara: «aunque sea, cinco minutos de tu tiempo. ¿Qué necesita? No saques conclusiones propias sobre lo que crees que necesita. Escúchalo. Y si no tienes tiempo para escucharle, regálale una sonrisa: ¡es gratis! Devuélvele la humanidad. Lo que yo eché más de menos era la humanidad, más que la comida».

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