San Valentín es una fecha agotadora. ¿Para qué engañarnos? En cierto modo, a este hartazgo romántico-emocional contribuye la hipercorazonización de la oferta de consumo que ha convertido el supuesto Día de los Enamorados en una fecha que da vergüenza ajena.
Reducir el amor a una caja de bombones es sintomático: caducará, se acabará o, incluso, “tiraremos aquello que no nos gusta”, como el bombón de chocolate negro y ron que siempre termina en la basura con la caja.
Hace unos años, con la loable idea de “reconducir” esta visión del amor, la CEE comenzó a impulsar, en estas fechas de febrero, la Semana del Matrimonio. Con ella se busca invitar a descubrir —o redescubrir— esta maravillosa, divertida, complicada y, a veces, un poco «cutrecilla» aventura del matrimonio, porque debe haber de todo en una vida compartida basada en el amor, la admiración, el respeto y la determinación de construir juntos el futuro a través de nuestra familia.
En estos años hemos visto buenas campañas, en las que matrimonios de todas las edades compartían sus experiencias o en las que se veían “adaptaciones” de formatos de realities más o menos divertidos.
Este año, sin embargo, la sorpresa ha sido un “juego” que, más allá de su calidad y ritmo, pretende “ofrecer una auténtica campaña vocacional” que “entra en diálogo con la sociedad gamificada en la que vivimos y, al mismo tiempo, hace posible y sencillo reflexionar sobre los elementos profundos e imprescindibles en la entrega del amor humano, necesarios para el matrimonio que satisface el ansia de felicidad del corazón humano”.
Enternece, por un lado, el esfuerzo por innovar en un terreno en el que, como bien recuerda el magnífico diálogo entre Frank y Colleen en Yours, Mine and Ours (1968), está todo inventado.
Asombra, por otro, esta necesidad de “gamificar” o tomar como un juego algo clave en la vida de todo ser humano, y más aún de todo católico, como es el matrimonio.
Ningún militar asciende en su carrera por sus hazañas en el Call of Duty; ningún futbolista ficha por el Real Madrid con el aval de sus puntos en el FIFA; y les prometo que, por muy bueno que seas en el Mario Kart, no te convalidan el carnet de conducir.
La Iglesia tiene todas las “skills” para ofrecer a la sociedad las claves de esta magnífica aventura que es el matrimonio: reforzar la buena educación afectiva en sus colegios, acompañar a los matrimonios en todas las etapas de su vida adaptándose a las vicisitudes de un mundo caótico. Puede impulsar una renovación real de los cursillos prematrimoniales, hacer de la pastoral familiar un foco de creatividad y no un “escondite”, aliarse con nuevas realidades que, sean o no de nuestro perfil, trabajan en favor de una renovación matrimonial… etc., etc., etc.
El matrimonio es algo muy divertido, como bien nos recuerda Pep Borrell, pero también es algo muy serio, tanto que en él nos jugamos TODO. Y no. No es un juego.
Directora de Omnes. Licenciada en Comunicación, con más de 15 años de experiencia en comunicación de la Iglesia. Ha colaborado en medios como COPE o RNE.



