FirmasRamón Sala González

Los santos padres de la Iglesia en salida

El prelado del Opus Dei regaló al Papa León un libro sobre la recepción de la 'Gaudium et spes' en seis santos pastores. En este artículo, el autor de la obra resume una parte de sus aportaciones.

17 de febrero de 2026·Tiempo de lectura: 13 minutos
La Iglesia en la calle

La imagen de una «Iglesia en salida» misionera, promovida y popularizada por el Papa Francisco (Evangelli Gaudium nn. 20-24), tiene un origen histórico preciso. Surgió hace poco más de sesenta años cuando se preparaba «la hoja de ruta» del Concilio Vaticano II. Interpretando el deseo manifestado por el Papa san Juan XXIII de que la Iglesia se abriera al mundo, el cardenal belga Leo Suenens (1904-1996), en una aplaudida intervención en el Aula conciliar (4 de diciembre de 1962), introdujo la expresión «Ecclesia ad extra». Él proponía que el Concilio «sobre la Iglesia» tratara también sobre su misión en el mundo. La idea fue acogida por los obispos y dio como fruto, al final del Vaticano II (1965), un documento único: la Constitución Pastoral Gaudium et Spes (GS).

Este documento «sobre la Iglesia en el mundo actual» dice que el ejemplo de los pastores, junto con los fieles y religiosos, muestra al mundo el auténtico rostro de la Iglesia, cuyo testimonio tanto necesita (GS 43). Con estas líneas quiero evocar brevemente las figuras de seis pastores santos de la Iglesia del Postconcilio, cuya vida y pensamiento guardan una estrecha relación con la enseñanza de la GS. Se trata de dos Papas (san Pablo VI y san Juan Pablo II), tres prelados (los santos Josemaría Escrivá y Oscar Romero, y el beato Eduardo Pironio) y un superior religioso (el Padre Pedro Arrupe, SJ). Este último, en proceso de beatificación. Todos son coetáneos, la mayoría se conocieron personalmente y algunos fueron grandes amigos. Cada uno de ellos supo leer la Constitución Pastoral con una mirada personal y extraer de ella valiosas orientaciones, siempre al servicio del Pueblo de Dios.

Pablo VI y Juan Pablo II: Papas de la Gaudium et Spes

Es verdad que la Constitución Pastoral es el documento querido expresamente por san Juan XXIII. Pero se debe a su sucesor, san Pablo VI (1897-1978), la concepción, gestación y alumbramiento de GS, tras su largo y complejo proceso de elaboración. No figuraba entre los esquemas preparados para el Concilio. Le dieron un respaldo decisivo las palabras del «sabio timonel» del Vaticano II (Francisco) a los Padres conciliares, al comienzo y final de los dos últimos períodos de sesiones. También, desde fuera del Concilio, contribuyeron a su promulgación la encíclica Eclesiam Suam (1964) y el célebre discurso de Pablo VI ante la ONU (1965). Presentándose como portavoz de la Iglesia y «experto en humanidad», ante los representantes de todos los países, en aquel discurso el Papa les trasmitió el reconocimiento de su trabajo. Y tendía la mano a todos para colaborar juntos en «los caminos de la historia y los destinos del mundo» por el bien de la persona y de la comunidad de los pueblos. «¡Nunca como hoy -dijo-, en una época de tanto progreso humano, se ha hecho tan necesario apelar a la conciencia moral del hombre!». 

Pablo VI fue también el impulsor de la recepción inicial de la Constitución Pastoral. Desde su solemne Mensaje de clausura del Vaticano II, él vio plasmada en su antropología teológica la base de un nuevo humanismo, con el que se identificaba plenamente. En efecto, en aquel último mensaje resumió de este modo lo descubierto por el Concilio:

Tal vez nunca como en este Sínodo la Iglesia ha sentido la necesidad de conocer la sociedad que la rodea, de acercarse a ella, de comprenderla, de penetrar en ella, servirla y transmitirle el mensaje del Evangelio y de aproximarse a ella siguiéndola en su rápido y continuo cambio [cf. GS 4-8]…

La Iglesia, reunida en el Concilio, ha dirigido realmente su atención –además de hacia sí misma y la relación que la une con Dios– hacia el hombre, el hombre tal como se presenta actualmente… Todo el hombre fenoménico –por utilizar una expresión reciente–, revestido de sus innumerables circunstancias, se ha presentado ante los Padres conciliares, también ellos hombres…

Los años del inmediato postconcilio no fueron fáciles para Pablo VI. Diversas circunstancias le causaron pesar y preocupación. A pesar de ello, no fue el hombre circunspecto que algunos han imaginado. En una audiencia obsequió a un grupo de sacerdotes el libro con las meditaciones del retiro que uno de los redactores de GS (B. Häring) había predicado a la Curia romana (1964). Y, comentó: «Se vende muy bien. Todos quieren saber cómo se hace para convertir al Papa». Convencido de la necesidad del diálogo de la Iglesia con el mundo, en su magisterio desarrolló algunos de los principales temas esbozados en la Segunda Parte de la Constitución Pastoral: el matrimonio (Humanae Vitae), la cultura (Evangelii Nuntiandi) y el desarrollo económico y social (Populorum Progressio). 

El primer Papa polaco, san Juan Pablo II (1920-2005), fue uno de los protagonistas más destacados del Vaticano II. Participó activamente en sus cuatro períodos de sesiones y trabajó directamente en el proceso de elaboración de su «particularmente querida» Constitución Pastoral. De hecho, antes de empezar la última etapa del Concilio, Karol Wojtyla formó parte del grupo encargado de realizar el nuevo esquema sobre la Iglesia en el mundo actual. Dejó su huella personal, sobre todo, en la redacción de su «Exposición preliminar», y en el capítulo sobre la «misión de la Iglesia en el mundo», que condensa el tema de todo el documento, y con el que se cierra su primera parte.

Tras el fugaz pontificado de Juan Pablo I (1978), el cardenal Wojtyla fue elegido su sucesor con sólo 58 años. Desde el comienzo, las enseñanzas de GS inspiraron todo su ministerio petrino, como él mismo tuvo oportunidad de reconocer en varias ocasiones. Por ejemplo, al conmemorar el trigésimo aniversario de la Constitución pastoral: «Precisamente el íntimo conocimiento de la génesis de Gaudium et Spes me ha permitido apreciar a fondo su valor profético y asumir ampliamente sus contenidos en mi magisterio, ya desde la primera encíclica, la Redemptor hominis». En este documento programático, recogiendo el legado de la Constitución Pastoral, Juan Pablo II vinculaba estrechamente la misión de la Iglesia en el mundo y el destino de la humanidad a la luz de Cristo Redentor crucificado y resucitado (RH 14; GS 10).

El grave atentado que sufrió el 13 de mayo de 1981 en la plaza de san Pedro solamente interrumpió temporalmente su presencia pública. Un grupo de peregrinos polacos le visitó durante su convalecencia. Le pidieron que se cuidara mucho y que no viajara tanto. Juan Pablo II comentó que su misión era estar con todos. Entonces una compatriota le dijo que rezaban por Su Santidad. Sonriente, el Papa le respondió: «se lo agradezco mucho. También a mí me preocupa mi santidad». Pronto reemprendió con energía renovada los compromisos diarios, su enseñanza magisterial y sus continuos viajes apostólicos como Pastor de la Iglesia universal. En su largo pontificado, la carismática personalidad de san Juan Pablo II traspasó las fronteras de la Iglesia. 

Los temas de la defensa de la dignidad y los derechos de la persona humana (Evangelium Vitae), del matrimonio y la familia (Familiaris Consortio), del diálogo intercultural e interreligioso (Fides et Ratio, Redemptoris Missio), de la justicia económica y social (Sollicitudo rei Socialis, Centesimus Annus), de la construcción de la comunidad de los pueblos y de la paz en el mundo, constituyeron los pilares básicos en su misión de llevar a la Iglesia hacia el nuevo milenio. Para el último año de preparación de tal evento (1999), san Juan Pablo II escribió:

Un interrogante fundamental debe plantearse también sobre el estilo de las relaciones entre la Iglesia y el mundo. Las directrices conciliares –presentes en la Gaudium et Spes y en otros documentos– de un diálogo abierto, respetuoso y cordial, acompañado sin embargo por un atento discernimiento y por el valiente testimonio de la verdad, siguen siendo válidas y nos llaman a un compromiso ulterior (Tertio Millennio Adveniente 36).

Mons. Escrivá y el card. Pironio: Pastores del apostolado en el mundo

Contemporáneo y amigo personal tanto de Pablo VI -su «mano amiga»-, como del card. Wojtyla, el fundador y primer Prelado del Opus Dei, san Josemaría Escrivá (1902-1975), fue un ferviente impulsor de la presencia activa de la Iglesia en medio de las realidades temporales. En su memorable «homilía del Campus» (1967) dijo a los miles de profesores y alumnos de la Universidad de Navarra que asistían a la eucaristía:

No lo dudéis, hijos míos: cualquier modo de evasión de las honestas realidades diarias es para vosotros, hombres y mujeres del mundo, cosa opuesta a la voluntad de Dios. Por el contrario, debéis comprender ahora —con una nueva claridad— que Dios os llama a servirle en y desde las tareas civiles, materiales, seculares de la vida humana: en un laboratorio, en el quirófano de un hospital, en el cuartel, en la cátedra universitaria, en la fábrica, en el taller, en el campo, en el hogar de familia y en todo el inmenso panorama del trabajo, Dios nos espera cada día.

El Papa Francisco le ha reconocido como un «precursor del Vaticano II». Mons. Escrivá acogió con alegría la convocatoria del Concilio y siguió de cerca su desarrollo. De un modo discreto, sin intervenir directamente en los trabajos del Vaticano II, los debates y varios documentos conciliares, entre ellos la GS, se hicieron eco de su espiritualidad. Entrevistado por el diario The New York Times (7 de diciembre de 1966) sobre el significado del Concilio, san Josemaría lo consideraba un acontecimiento del Espíritu para nuestro tiempo. Se había puesto en marcha un «gran movimiento de renovación» fruto de su acción vivificadora en el mundo. «Leyendo los decretos del Concilio Vaticano II se ve claramente que parte importante de esa renovación ha sido precisamente la revaloración del trabajo ordinario y de la dignidad de la vocación del cristiano que vive y trabaja en el mundo».

Los que conocieron de cerca al fundador del Opus Dei dan fe de la intensa vida de oración de este santo «con los pies en la tierra». Cuando tuvo noticia de que se había extendido el bulo de que le habían visto levitar en la capilla, se limitó a comentar con buen humor que eso sería un gran milagro porque él estaba demasiado gordo… 

Además de la defensa de la dignidad de la persona humana, muchos de los escritos y alocuciones de Mons. Escrivá, abordan cuestiones centrales de la Constitución Pastoral. Entre las principales, hay que destacar la justa libertad de la persona, y el valor del trabajo (Primera Parte); la dignidad del matrimonio y la familia, y el encuentro entre la fe y la cultura (Segunda Parte). Con motivo de su canonización (2002), Juan Pablo II resaltó su pasión por el mundo y la fecundidad de sus enseñanzas para la misión evangelizadora de la Iglesia: «Josemaría Escrivá comprendió más claramente que la misión de los bautizados consiste en elevar la cruz de Cristo sobre toda realidad humana y sintió surgir de su interior la apasionante llamada a evangelizar todos los ambientes».

Quizás la figura del beato Card. Pironio (1920-1998) sea menos conocida fuera del ámbito eclesial. Sin embargo, seguramente fue «una de las mayores personalidades de la Iglesia del final del milenio» (card. C. M. Martini). Su compatriota y amigo, el Papa Francisco, le definió como un «humilde pastor según el espíritu del Concilio Vaticano». Mons. Pironio fue un testigo presencial de aquel evento como perito y padre conciliar. Tuvo una intervención oral en la discusión del esquema sobre el apostolado de los laicos y trabajó en varias comisiones. En 1964 presentó un escrito con observaciones al primer texto de la futura GS. Proponía que recogiera dos temas fundamentales para la misión de la Iglesia: la esperanza y la paz.

La respuesta de la Iglesia se encuentra en la genuina noción de «la esperanza cristiana» y de «una paz verdadera e íntegra». La esperanza teológica –virtud esencialmente dinámica y activa que tiende a las cosas celestiales edificando cristianamente la ciudad terrestre– debería ser como el centro de toda la exposición en el esquema Sobre la Iglesia en el mundo de hoy. Y después «la paz verdadera» que supera todo sentido, y que es un acto interno de la caridad, efecto de la gracia santificante y fruto del Espíritu Santo que habita en nosotros.

El card. Pironio también fue un pionero de la acogida del Vaticano II por la Iglesia Latinoamericana, primero como secretario y presidente del CELAM y, después, al frente de los dicasterios para los religiosos y para los laicos. Además de ser «sacramento de Dios» como Cuerpo de Cristo y Templo del Espíritu, él llamaba a la Iglesia «sacramento del mundo»: «Distinta del mundo, la Iglesia se siente, sin embargo, insertada en él como fermento y alma [cf. GS 40b], profundamente compenetrada con su suerte terrena, salvadoramente responsable de su destino».

Tal y como se enuncia al comienzo de Constitución Pastoral, el cardenal argentino comprendió que la Iglesia hace propios «los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren» (GS 1) como encarnación de Cristo. La respuesta de la Iglesia a los gozos y esperanzas de la humanidad fue el estímulo permanente del trabajo y ministerio de Mons. Pironio. Él creyó en la actualidad profética de GS y entendió que la misión de la Iglesia en el mundo tiene que ser plenamente humana para poder ser verdaderamente religiosa. Su sintonía con los jóvenes hizo que fuera uno de los principales inspiradores de las «Jornadas mundiales de la Juventud» implantadas por Juan Pablo II.

Hasta el final de su vida conservó un carácter afectuoso y alegre. Su secretario personal (F. Verges) cuenta que poco antes de morir le había visitado un joven amigo a quien le susurró: «esta tarde veré a tu abuelita, ¿qué querés vos que le diga?». Como un «Testigo de la fe en la alegría» (Juan Pablo II), el beato Pironio alentó con entusiasmo, tanto a los pastores, como a los fieles laicos, a dar un testimonio creíble de esperanza.

Mons. Romero y el Padre Arrupe: Apóstoles de la justicia social

El profeta y mártir de los pobres, san Oscar A. Romero (1917-1980), fue canonizado el 14 de octubre de 2018 en la misma celebración que el Papa Pablo VI. No participó en el Concilio, pero encarna a la perfección la figura del obispo del Vaticano II. Como pastor que sentía con la Iglesia (su lema episcopal), él se propuso que las enseñanzas del Vaticano II llegaran al pueblo, especialmente a través de sus homilías dominicales. Recogiendo las esperanzas y angustias de los pobres, fue «voz de los sin voz» y se convirtió en «micrófono» de la Palabra que Dios para la Iglesia salvadoreña. 

Como los profetas, Mons. Romero elevó su voz frente a los poderosos, denunciando la violencia y llamando a la justicia y a la reconciliación. Este modo de proceder provocó graves acusaciones falsas contra su persona (meterse en política, promover el comunismo). Son inolvidables las enérgicas palabras que pronunció en la Catedral de San Salvador, la víspera de su asesinato, implorando en nombre de Dios el cese de la represión. «Aunque siga siendo una voz que clama en el desierto -dijo-, sé que la Iglesia está haciendo el esfuerzo por cumplir con su misión». Dio el supremo testimonio con su martirio, mientras celebraba la misa (24 de marzo 1980). A causa de su predicación había recibido continuas amenazas. Era muy consciente de que su vida corría peligro, pero superaba el miedo hasta con buen humor. Una religiosa mexicana (sor Luz Isabel Cueva), de la comunidad del hospital donde residía el arzobispo cuando fue asesinado, contó la siguiente anécdota. Una mañana, en el desayuno, les confesó que casi no había dormido, porque había oído fuertes pasos, «como de botas militares», en el techo de la casa. Y les dijo: «Aquí tengo las pruebas». «Pensábamos que nos iba a mostrar balas o algo así -recordaba la hermana-. Pero sacó del bolsillo dos aguacates». El ruido lo habían producido al caer del árbol sobre la uralita del tejado.

De la Constitución Pastoral, uno de los documentos conciliares más presentes en sus homilías, no sólo adoptó el lenguaje y la metodología, sino también sus principios y contenidos. El magisterio de GS, muchas veces a través de su recepción en los documentos del CELAM (Medellín y Puebla), fue una referencia constante del pensamiento de Mons. Romero. Ya al comienzo de su ministerio pastoral como arzobispo, en la homilía del 6 de agosto de 1977, afirmaba:

La Iglesia ha comprendido que vivía un poco de espaldas al mundo y se convierte para dialogar con el mundo. Y en el Concilio Vaticano II escribe toda una hermosa Constitución que se llama así: la Iglesia en el mundo actual. La Iglesia no es una extraña del mundo. Todo lo humano toca su corazón y ella siente que ha de convertirse a un diálogo más evidente con este mundo que le debe de interesar. Son ustedes, sobre todo los pobres, los que sufren, los que son atropellados, los marginados, los sin voz. Y la Iglesia se identifica con este mundo que sufre, pero no exclusivamente. Con todos los hombres que construyen el mundo.

Los textos de la Constitución Pastoral fueron releídos, meditados y puestos en práctica durante los años de su episcopado, en un contexto sociopolítico y eclesial especialmente difícil. En la exhortación Dilexi Te (2025) el Papa León XIV, ha recordado su testimonio como una exhortación viva del amor de la Iglesia por los pobres: «Él sintió como propio el drama de la gran mayoría de sus fieles y los hizo el centro de su opción pastoral…» (DT 89).

También le tocaron vivir tiempos muy duros al P. Pedro Arrupe (1907-1991), antiguo misionero jesuita en Japón. Entonces sufrió personalmente, siendo un joven sacerdote y médico, el horror del bombardeo nuclear de Hiroshima al final de la Segunda Guerra Mundial. Fue elegido Superior General de la Compañía de Jesús pocos meses antes del comienzo de la última etapa del Vaticano II (1965). El P. Arrupe tenía una profunda espiritualidad y una extraordinaria capacidad de trabajo. Además, poseía un fino sentido del humor. Su primer biógrafo (P. M. Lamet), cuenta que la misma tarde de su designación como sucesor de San Ignacio, preguntado por el hermano sacristán sobre la hora para celebrar la misa al día siguiente, el neo-electo le respondió que «muy temprano». Al sondear el jesuita si le parecía bien a las siete y media, él sonriente le dijo: «Por favor, hermano, no me parta la mañana».

A pesar de múltiples incomprensiones y conflictos, el P. Arrupe hizo propia y llevó adelante la opción por la justicia, en total fidelidad a los orígenes de la Compañía. Según él, ese compromiso forma «parte Integrante» de la tarea evangelizadora. En vísperas de sufrir la trombosis que lo paralizó hasta el final de su vida, lo explicó en una conferencia en la Universidad Católica de Manila (1981). La apuesta por «El servicio de la fe y la promoción de la justicia» lejos de traicionar el objeto fundacional de la misión de los jesuitas (la defensa y propagación de la fe), respondía mejor «a las necesidades presentes de la Iglesia y de la humanidad, a cuyo servicio estamos comprometidos por vocación».

Al final del Concilio, el recién elegido General de la Compañía tomó la palabra ante los obispos al debatirse los esquemas de la Gaudium et Spes y del Decreto Ad gentes. Su primera intervención se centró en la actitud de la Iglesia ante el fenómeno del ateísmo (GS 19-21). En la última, después de valorar positivamente la fundamentación del esquema sobre la actividad misionera de la Iglesia, el P. Arrupe subrayaba la urgencia del apostolado misionero «como el principal en la Iglesia». Entre otras, hacía la siguiente propuesta:

Que se entienda con más claridad, por profundas razones teológicas, la obligación gravísima que recae sobre todo el Pueblo de Dios y sobre cada uno de sus miembros -de cualquier condición que sea- a saber, que tomen como suyo el quehacer misional en sus diferentes aspectos, de modo que todos se muevan a colaborar, la Palabra de Dios se difunda y Él sea glorificado (2Tes 3,1).   

Además de su participación en el Vaticano II, el P. Arrupe se convirtió en un «profeta de la renovación conciliar» (P. H. Kolvenbach) durante los años del Postconcilio, al frente de los jesuitas y de la Unión de Superiores Generales. Por su arraigada espiritualidad y experiencia misionera él estaba convencido de la urgencia de un diálogo fecundo de la Iglesia con el mundo contemporáneo. Los temas de la increencia, de la inculturación y del compromiso con la justicia y la paz, figuraron entre sus constantes preocupaciones.

Hacia el ecuador del siglo XXI

El Concilio Vaticano II ha mostrado el rostro de una Iglesia «que desea abrir los brazos hacia la humanidad, hacerse eco de las esperanzas y de las angustias de los pueblos y colaborar en la construcción de una sociedad más justa y más fraterna». Lo ha recordado el Papa León XIV, terminado el año jubilar, en la presentación del ciclo de catequesis sobre los documentos del Concilio (Audiencia general, 7 de enero de 2026). Ahora «estamos llamados a seguir siendo atentos intérpretes de los signos de los tiempos, alegres anunciadores del Evangelio, valientes testigos de justicia y de paz», ha subrayado.  

Sin ocultar la polifonía de los acentos propios en su aproximación a la GS de cada uno de los pastores reseñados, resultan también evidentes varias convergencias entre todos ellos. Se pueden resaltar, en particular, las siguientes:

  1. La apertura de la Iglesia al mundo. Ello conlleva su disposición a entablar un diálogo cordial y crítico a la vez, con un lenguaje pastoral, abandonando prejuicios y posiciones cerradas o defensivas.
  2. El valor de cada persona humana y su dignidad. Forma parte de la misión de la Iglesia en el mundo la defensa del valor sagrado de la vida humana, sobre todo de los más vulnerables, contra cualquier amenaza.
  3. El reconocimiento de la justa autonomía de las realidades temporales. La Iglesia se sitúa en el mundo, no por encima o frente a él. Ello implica un modo nuevo de hacerse presente en él: no desde la imposición o las condenas, sino con una propuesta de esperanza y salvación.
  4. La disposición a un encuentro fecundo entre fe y cultura. Para llevar adelante su misión pastoral, la Iglesia tiene que favorecer tanto la evangelización de las culturas, como la transmisión de la fe con los valores propios de cada cultura. 

El gran legado común de estos santos pastores de la Iglesia es, sin duda, su condición de modelos de santidad. Todos ellos encarnan personalmente los cinco rasgos descritos por el Papa Francisco en el cap. 4 de la exhortación apostólica Gaudete et Exsultate (2018) «sobre el llamado a la santidad en el mundo actual». Es decir: 1) Fueron hombres de Dios, apoyados fielmente en Él; 2) rebosaban alegría y sentido del humor; 3) evangelizaban con sus vidas; 4) eran conscientes de que el camino hacia la santidad se recorre acompañados; y 5) fueron hombres de oración, que trataban asiduamente con Dios. Por eso creo que les corresponde con razón ser venerados hoy como los santos padres de la «Iglesia en salida».

La Iglesia en la calle

Autor: Ramón Sala
Editorial: Rialp
Año: 2026
Nº de páginas: 264
El autorRamón Sala González

Sacerdote agustino y profesor de teología en el Estudio Teológico Agustiniano de Valladolid.

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