La liturgia de este II Domingo de Cuaresma está marcada por el relato evangélico de la Transfiguración. La escena de hoy nos transporta a un paisaje geográfico y espiritual diferente. El domingo pasado nos encontrábamos en el desierto, contemplando la victoria de Jesús sobre el tentador, una victoria que prefigura la nuestra. Hoy, en cambio, somos conducidos a la montaña, donde contemplamos al Señor transfigurado.
El desierto y la montaña: dos paisajes que configuran profundamente el camino espiritual de la Cuaresma. Ambos nos disponen hacia uno de los pilares fundamentales de este tiempo: la oración. Como nos recuerda el Papa Benedicto XVI: “podríamos decir que estos dos domingos son como dos pilares sobre los que se apoya todo el edificio de la Cuaresma hasta la Pascua”. La tentación en el desierto y la Transfiguración en la montaña anticipan el Misterio Pascual: “la lucha de Jesús con el tentador preludia el gran duelo final de la Pasión, mientras la luz de su cuerpo transfigurado anticipa la gloria de la Resurrección”.
La Iglesia, en su sabiduría, dispone cuidadosamente las lecturas de cada Misa para que formen un todo coherente, guiado por un hilo conductor —un tema— que nos ayude a entrar más profundamente en el misterio que se celebra. El Evangelio de la Transfiguración que escuchamos hoy tiene un acento distinto del que recibe cuando se proclama en la fiesta de la Transfiguración, el 6 de agosto. En esa fiesta, nuestra atención se dirige principalmente al resplandor y a la gloria de Cristo. Hoy, en cambio, el énfasis recae en la revelación y la obediencia, en la voz del Padre: “Este es mi Hijo, el amado… Escuchadlo”.
El tema de la escucha de Dios y de la obediencia atraviesa todas las lecturas. En la primera lectura escuchamos la vocación de Abrahán, padre del pueblo de Dios. En la segunda lectura, san Pablo recuerda a Timoteo que Dios nos llama con una vocación santa y nos introduce en su luz. Y en el Evangelio, Cristo es revelado como el Hijo amado del Padre, con la clara indicación de que debemos escucharlo.
Abrahán es un ejemplo de esta escucha. Dios le dijo: “Sal de tu tierra, de tu patria, y de la casa de tu padre, hacia la tierra que te mostraré”. Y la Escritura nos dice sencillamente: “Abrán marchó, como le había dicho el Señor”. Su vocación, todo el itinerario de su vida, estuvo marcado por una obediencia radical. Se le pidió renunciar a todo: su tierra, su patria, su seguridad. Sin embargo, de esta disponibilidad total a Dios brotó una fecundidad extraordinaria: la promesa de una gran nación, de un nombre grande y de la bendición para todas las familias de la tierra. Al escuchar sin reservas, Abrahán mismo se convirtió en fuente de bendición.
En el Evangelio, Pedro, Santiago y Juan quedan sobrecogidos ante la visión del Señor transfigurado en el monte Tabor. En medio de su asombro, escuchan la voz del Padre: “Este es mi Hijo, el amado, en quien me complazco. Escuchadlo”. La Transfiguración es, ante todo, un momento de oración. Jesús entra en un diálogo íntimo con el Padre. Cuando el Padre nos dice que escuchemos a Jesús, nos está invitando a entrar en un diálogo con su Hijo. La oración, una de las prácticas fundamentales de la Cuaresma, es precisamente esta escucha atenta.
La Cuaresma es, por tanto, un tiempo privilegiado para escuchar a Dios. Esta segunda semana nos recuerda de manera especial la importancia y la fecundidad de la oración. Estamos llamados a pasar tiempo con Cristo: a escucharlo, a dialogar con él, a meditar su Palabra y a unir nuestra voluntad a la suya. Y escuchar a Cristo significa también escuchar la voz de la Sagrada Escritura —la Ley y los Profetas, el Evangelio—, dejando que la Palabra de Dios modele nuestra vida y guíe nuestros pasos en el camino hacia la Pascua.



