Educación

Newman y la universidad en la era de la IA

Frente al auge de la IA, la formación clásica reclama su lugar. Jonathan J. Sanford, profesor de Filosofía y presidente de la Universidad de Dallas, analiza cómo las enseñanzas de Newman pueden guiar hacia un uso crítico de la tecnología, defendiendo el valor de las artes liberales en una de las instituciones católicas más prestigiosas de Estados Unidos.

Jonathan J. Sanford·23 de febrero de 2026·Tiempo de lectura: 4 minutos

Cuando el recién nombrado doctor de la Iglesia, san John Henry Newman, impartió las conferencias que se convertirían en La idea de una universidad, la máquina de vapor estaba transformando el mundo del trabajo y la ciencia moderna estaba remodelando la imaginación. 

Hoy en día, la Inteligencia Artificial está haciendo algo similar: comprimiendo tareas que antes requerían mucho tiempo a unos segundos, produciendo una vertiginosa variedad de posibilidades y tentándonos a confundir la velocidad con la comprensión.  

La pregunta fundamental de Newman sigue siendo urgente: ¿para qué sirve una universidad?

La propuesta de Newman

La respuesta de Newman es desconcertantemente simple. Una universidad existe para cultivar el intelecto, para formar la mente en la búsqueda de la verdad. No es principalmente una fábrica de títulos, ni una vía de acceso al mercado laboral, ni un proveedor de “habilidades” desvinculadas de una visión más amplia del bien humano. Es un lugar donde una persona aprende a pensar: a seguir un argumento, a sopesar las pruebas, a distinguir lo plausible de lo verdadero y a ver la realidad en su conjunto.

La educación que ofrece la Universidad de Dallas, y un número cada vez más reducido de instituciones de enseñanza superior, abraza la visión de Newman sobre la universidad: que la educación no es la mera adquisición de información, sino la formación de lo que él denominó un “hábito filosófico de la mente”. En otras palabras, una persona culta es verdaderamente culta cuando tiene la amplitud de conocimientos necesaria para ver las conexiones entre diversas disciplinas; la capacidad de clasificar los bienes correctamente; y la moderación para evitar el fanatismo o el reduccionismo. 

El estudio detallado de disciplinas especiales debe contribuir a esa educación, pero la especialización por sí sola no basta para formar a una persona. 

La mente de una persona culta no es estrecha, sino que es capaz de sintetizar una amplia variedad de conocimientos y darles sentido, de modo que puedan aplicarse correctamente para lograr el bien.

El estudio de la Teología

Por eso Newman insistía en que una universidad genuina no puede excluir la Teología. No porque la Teología sea un adorno para las personas religiosas, sino porque porque habla de Dios, el objeto más elevado del conocimiento, y porque excluirla deforma silenciosamente todo el mapa del entendimiento. Una universidad que dice: “Consideraremos todo excepto las cuestiones más fundamentales”, no es neutral. Ya ha tomado una posición.

Esto va directamente al corazón de lo que la IA está haciendo en la vida contemporánea.

La IA destaca en el reconocimiento de patrones, la síntesis, la predicción y la recombinación. Puede generar prosa aceptable y recuperar rápidamente lo que parece una respuesta. Si se utiliza bien, son auténticos dones. Si se utiliza de forma ingenua, puede llevarnos a una confusión peligrosa: la confusión de la información con el conocimiento, el conocimiento con la sabiduría y los resultados con la comprensión.

Newman nos permite hacer las distinciones adecuadas. En nuestra época, un estudiante tiene fácil acceso a muchos datos, sin saber juzgarlos. La IA puede poner a nuestro alcance un océano de contenidos, pero no puede darnos lo que Newman más deseaba de la educación: la capacidad de discernir los principios fundamentales, de razonar sobre las causas, de integrar conocimientos de distintos ámbitos y de ordenar el todo hacia lo que es verdaderamente bueno.

Es más, las cuestiones más graves en la era de la IA no son técnicas. Son morales y metafísicas.

Las preguntas fundamentales 

¿Qué es un ser humano si podemos sustituir su trabajo, simular sus relaciones y externalizar sus decisiones? ¿Qué es la dignidad? ¿Qué es la responsabilidad cuando un algoritmo media en las decisiones? ¿Qué ocurre con los débiles cuando los poderosos obtienen nuevos instrumentos de persuasión? ¿Qué pasa con la amistad, la atención y la contemplación cuando cada momento de ocio puede ser llenado por una máquina diseñada para mantenernos desplazándonos por la pantalla?

Estas preguntas no pueden responderse solo con la ingeniería. La ingeniería puede describir lo que podemos hacer, pero no nos dice lo que debemos hacer. Newman diría que la tarea de la universidad es educar a personas libres, capaces de autogobernarse, para que puedan vivir de forma responsable en comunidad. Eso requiere algo más que competencia; requiere virtud.

Artes liberales

Aquí es donde las artes liberales cobran importancia, no como nostalgia, sino como preparación para la realidad.

Su valor en la cultura actual ha sido muy denostado, incluso en muchas universidades católicas. A menudo confundidas con meros estudios de Humanidades, una verdadera educación en artes liberales es aquella que abarca todo, desde la literatura hasta las matemáticas, con el fin de formar al estudiante para que vea el mundo tal y como es: complejo, con matices y resistente a la simplificación. 

La filosofía enseña claridad sobre el significado y el argumento. La teología enseña el asombro y la humildad ante lo último. La literatura cultiva la imaginación moral, la capacidad de entrar en la experiencia de otra persona y ver las consecuencias de las elecciones. La historia enseña que la naturaleza humana persiste incluso cuando la tecnología cambia, y que el orgullo siempre se castiga a largo plazo. Las matemáticas disciplinan la mente hacia la precisión. 

Las ciencias nos enseñan a observar el mundo real y a sopesar las pruebas con gran cuidado. Las artes liberales enseñan a sus alumnos dispuestos a observar, a indagar, a argumentar bien y a apreciar la belleza, cosas que una máquina puede imitar, pero no poseer.

En resumen, las artes liberales educan a las personas para que tengan un juicio preciso. Y el juicio es precisamente lo que le falta a nuestra época. Ya estamos viendo una paradoja: cuanto más automatizamos, más necesitamos líderes que puedan interpretar, no solo ejecutar. Cuantos más datos tenemos, más necesitamos sabiduría para decidir qué vale la pena perseguir. Cuanto más persuasivas se vuelven nuestras herramientas, más necesitamos una brújula moral que no se pueda programar.

Newman no se oponía al aprendizaje práctico; simplemente se negaba a reducir la educación a la utilidad. Una mente formada puede aprender nuevas herramientas porque ha aprendido a aprender. Puede resistir la manipulación porque es capaz de detectar el razonamiento erróneo. 

La universidad católica

Una universidad católica, entonces, debería ser un lugar donde la tecnología sea bienvenida, pero no adorada; donde se persiga la innovación, sin renunciar a la cuestión del significado; donde no se forme al estudiante para cumplir una función, sino se le eduque para ser una persona. 

En la era de la IA, debemos enseñar a los estudiantes a utilizar herramientas poderosas. Pero también debemos enseñarles a preguntarse para qué sirven esas herramientas y en quiénes se están convirtiendo al utilizarlas. Newman nos recuerda que la tarea más importante de la universidad es cultivar el intelecto en su totalidad a la luz de la verdad. Si recuperamos esa visión, la IA no hará que la universidad quede obsoleta. La hará necesaria.

Porque el futuro no pertenecerá a quienes puedan generar más contenido más rápidamente sino a quienes puedan reconocer lo verdadero, elegir lo bueno y amar lo bello, sin dejar de ser plenamente humanos, de forma irreductible.

El autorJonathan J. Sanford

Presidente de la Universidad de Dallas.

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