Educación

El carisma fundador: memoria viva, no reliquia de museo

Las instituciones católicas deben evitar ser "reliquias de museo" y centrarse en reavivar el carisma fundacional. Esto implica poner al sagrario como corazón real del colegio, involucrar al profesorado como comunidad de misión y reconocer la insustituible primacía educadora de los padres.

Diego Blázquez Bernaldo de Quirós·27 de febrero de 2026·Tiempo de lectura: 6 minutos
carisma fundador

Toda institución educativa de la Iglesia nace de una llamada concreta: un fundador o una fundadora que, mirando la realidad con ojos de fe, sintió la urgencia de evangelizar a través de la escuela. No nacieron primero los edificios ni los reglamentos: nació un fuego.

Ese fuego tiene nombre: carisma. Y el carisma no es un slogan inspirador ni una placa en la entrada del colegio, sino una gracia viva que debe encarnarse en personas concretas, en decisiones reales, en un estilo de presencia y de relación. Cuando el carisma se reduce a un texto en la web, la institución empieza a vivir de rentas espirituales y a perder su fuerza transformadora.

Por eso, antes de hablar de metodologías, plataformas digitales o indicadores de calidad, una escuela católica debería preguntarse con honestidad:

  • ¿Seguimos respirando el espíritu con el que fuimos fundados?
  • ¿Nuestras decisiones de hoy se dejan interpelar por la intuición original que dio vida a la obra?
  • ¿O nos hemos ido deslizando hacia un modelo de colegio correcto, eficiente… pero indistinguible de cualquier otro?

Mantener viva la misión recibida desde la fundación no es nostalgia; es fidelidad creativa. El colegio no está llamado a conservar un museo, sino a prolongar en el presente la gracia recibida, abriéndola a nuevas generaciones. Y eso solo es posible si quienes sostienen la institución –consagrados, directivos, laicos– viven de esa fuente y la vuelven a visitar con humildad.

El corazón del colegio: un Sagrario, no un eslogan

En muchas escuelas religiosas se ha ido imponiendo, casi sin darnos cuenta, una inversión peligrosa de prioridades. Multiplicamos proyectos, programas de innovación, etiquetas pedagógicas, certificaciones, campañas… y, al mismo tiempo, el Sagrario pasa discreto, casi escondido, como si fuera un elemento más del paisaje.

Sin embargo, para un colegio católico el centro no puede ser otro que Cristo vivo en la Eucaristía. Todo lo demás –proyectos, estructuras, tecnologías– es periférico. Importante, sí, pero periférico. El verdadero corazón de la escuela es la capilla, no el despacho de dirección ni el aula de informática.

Una institución educativa que nació al calor de la Eucaristía se enfría cuando deja de arrodillarse ante el Sagrario. Pierde ardor cuando ya no se toma en serio que, en medio de los patios y los pasillos, habita realmente el Señor. Recuperar esta conciencia cambia la manera de dirigir, de enseñar, de acompañar:

  • El claustro deja de ser solo un equipo de trabajo para convertirse en comunidad que ora unida.
  • Las decisiones importantes se toman, antes que en una sala de juntas, frente al Sagrario.
  • Los alumnos aprenden que su colegio no es solo un lugar donde “pasan cosas”, sino una casa donde Dios les espera.

Cuando sustituimos al Sagrario por otros “centros” –el marketing, la innovación por la innovación, la obsesión por la imagen–, erramos el tiro. Podemos tener colegios llenos de actividad, pero vacíos de presencia. Y una escuela católica sin Eucaristía en el centro acaba debilitando su carisma y perdiendo su orientación hacia la misión con mayúsculas: la que permanece y transforma vidas.

El profesorado: primera riqueza y primera misión compartida

En cualquier institución educativa, la riqueza principal no son los edificios ni los programas, sino las personas. En un colegio católico, esto se concreta en un hecho claro: el profesorado es la primera riqueza y el primer lugar donde se juega la misión compartida.

Durante décadas, muchas congregaciones asumieron casi en exclusiva la vida de sus colegios. Hoy, con menos vocaciones y más laicos implicados, la pregunta es inevitable: ¿estamos haciendo del profesorado una verdadera comunidad de misión o solo un equipo de profesionales competentes?

Un profesor puede conocer muy bien su materia y, sin embargo, no ser todavía parte viva del carisma. Integrar a los laicos en la misión no consiste en pedirles que “firmen” un ideario, sino en acompañarlos para que lo hagan suyo, lo recen, lo disciernan, lo vivan. Si el carisma se queda en los documentos de titularidad y no baja al corazón de los docentes, se corta la cadena de transmisión.

Para que de verdad haya misión compartida, hace falta:

  • Procesos serios de selección y acogida, donde no solo se evalúen competencias, sino afinidad profunda con la identidad cristiana del centro.
  • Formación permanente en clave espiritual y carismática, no solo técnica. Cursos, retiros, espacios de lectura orante de la Palabra, conocimiento de la historia de la institución.
  • Acompañamiento personal y comunitario, para que los profesores no sean “ejecutores” de proyectos ajenos, sino co-responsables, con voz y discernimiento propio.

Cuando el profesorado se convierte en cadena de transmisión viva –del fundador o fundadora a los alumnos, pasando por la propia experiencia de fe de cada docente–, la escuela deja de ser una “obra de las religiosas” para ser, de verdad, una comunidad educativa en misión.

Padres, alumnos y profesores: una misión que se contagia

Si la familia es la primera escuela y los profesores son la primera riqueza de la institución, el colegio se convierte en un puente. Un buen puente no retiene, comunica. La misión educativa alcanza su plenitud cuando la fe y el carisma que se viven en la escuela regresan al hogar, se encarnan en conversaciones de cocina, en oraciones nocturnas, en decisiones de vida.

¿Cómo se produce este “ida y vuelta” fecundo? No por campañas puntuales, sino por un estilo:

  • Padres que se sienten acogidos, escuchados, acompañados en sus luchas.
  • Profesores que no solo enseñan contenidos, sino que transparentan una forma cristiana de mirar el mundo.
  • Alumnos que encuentran en la capilla del colegio un lugar familiar, no extraño; un Sagrario que les acompaña desde pequeños y deja huella indeleble.

Cuando esto ocurre, el colegio se convierte en una verdadera “escuela de discípulos”, donde no se fabrica clientela, sino se forman personas capaces de llevar la luz del Evangelio a sus familias, a sus futuros trabajos, a la sociedad.

En estos tiempos vemos que vuelven con fuerza viejas tentaciones con envoltorio nuevo. Una de ellas es la de construir una escuela “autosuficiente”, capaz –en teoría– de hacerse cargo de todo: instrucción, educación, acompañamiento, maduración afectiva, formación espiritual… y, por el camino, desdibujar la presencia real de los padres. Se habla de “educación integral” como si el colegio pudiera suplir por completo a la familia. Pero esto es un espejismo peligroso.

Ningún colegio, por muy excelente que sea, puede sustituir la misión insustituible de los padres. Cuando olvidamos esta verdad elemental, los centros educativos se convierten en orfanatos de lujo: bien organizados, bien pintados, llenos de proyectos y actividades, pero incapaces de entregar lo que solo un hogar puede dar: raíces, pertenencia, identidad, mirada de amor.

La familia es la primera escuela de humanidad, y los padres son los primeros educadores. El Magisterio lo ha repetido hasta la saciedad. Cuando esta convicción se debilita, la escuela corre el riesgo de acumular programas y “experiencias” mientras se vacía de lo esencial: una comunidad de vida y de fe en la que el niño se sabe querido, acompañado y llamado por su nombre.

En el caso de los colegios católicos, esta tentación es aún más grave: no solo está en juego una buena educación, sino la transmisión de un carisma y de una misión recibida de Dios. Si el vínculo vivo con las familias se rompe, la escuela puede seguir funcionando externamente, pero acaba convirtiéndose en un proyecto más dentro del mercado educativo, sin alma propia.

Cómo recuperar el ardor perdido

Muchos equipos directivos y comunidades religiosas perciben que, con los años, se ha enfriado algo del fuego original. El desgaste, las urgencias, la presión por sostener económicamente las obras… todo va restando energía interior. La pregunta es: ¿se puede recuperar el ardor? La respuesta cristiana es siempre sí. No por nuestras fuerzas, sino volviendo a la fuente.

Algunas pistas concretas:

  1. Volver al Sagrario juntos

Antes de reorganizar estructuras o diseñar nuevos planes estratégicos, es necesario un gesto humilde: ponerse de rodillas. Reservar tiempos reales –no simbólicos– de adoración eucarística para el claustro, para el equipo directivo, para la comunidad religiosa. Mirar al Señor y dejarse mirar por Él. Desde ahí se reordena todo lo demás.

  1. Releer la historia con gratitud

Recuperar cartas del fundador o fundadora, testimonios de antiguas generaciones, hitos de la obra. No para instalarnos en el pasado, sino para escuchar qué quiso Dios decir a través de esa historia. La gratitud cura el cansancio y purifica la tentación de comparar siempre “aquello” con “esto”.

  1. Discernir con honestidad lo accesorio y lo esencial

No todo proyecto que suena bien es necesario. Muchos colegios cargan sobre sus espaldas iniciativas que ocupan tiempo, energías y dinero, pero aportan poco a la misión. Preguntarse con valentía: “¿Esto nos acerca al corazón de nuestra vocación educativa o es ruido añadido?”. Y, si es ruido, saber soltarlo.

  1. Cuidar el corazón de los educadores

Un profesor quemado no puede encender a nadie. Hace falta ofrecer acompañamiento espiritual, espacios de descanso real, experiencias fuertes de encuentro con Dios. Cuando los docentes se sienten cuidados, su ardor se reaviva y su mirada sobre los alumnos cambia.

  1. Hacer de la capilla el lugar decisivo de la vida escolar

No basta con “tener” capilla; hay que usarla. Celebraciones sencillas y frecuentes, momentos de silencio, ratos de adoración con los alumnos, confesores disponibles… Que cada niño pueda decir: “En mi colegio había un lugar donde sabía que Jesús me esperaba”. Ese recuerdo, años después, sostiene muchas noches oscuras.

Custodiar el fuego, no solo la estructura

El gran peligro de nuestras instituciones educativas no es quedarse sin proyectos ni sin recursos, sino quedarse sin fuego. Podemos mantener edificios, marcas, estructuras jurídicas… y, sin embargo, haber dejado de arder por dentro.

La buena noticia es que el Señor no pide heroísmos imposibles, sino fidelidad humilde: a la misión recibida, al carisma fundacional, a la presencia real de Cristo en la Eucaristía, a las familias concretas que llaman cada día a la puerta del colegio, a esos profesores que son –con todos sus límites– la mejor herramienta de Dios para tocar corazones jóvenes.

Una escuela sin padres es un espejismo peligroso. Una escuela sin Sagrario en el centro, también. El reto de hoy es sencillo de formular y exigente de vivir: volver a poner a Cristo en el corazón del colegio, reavivar el carisma, cuidar a los educadores, acompañar a las familias.

Cuando eso ocurre, los alumnos dejan de ser “usuarios” de un sistema educativo para convertirse en hijos que descubren, poco a poco, que tienen un Padre del cielo que les ama y una Iglesia que camina con ellos. Y esa es, al final, la única misión que merece la pena sostener, aunque todo lo demás cambie.

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