Cuando el otro día leí el mismo titular que acaba usted de pinchar para llegar hasta aquí, mi dedo luchó por no caer en el ciberanzuelo, pero el miedo a perderme alguna información relevante de la que luego todo el mundo hablaría, me hizo caer. Tras párrafos y párrafos de farfolla generada con IA explicando obviedades sobre cómo cada Evangelio narra el misterio de la Resurrección de forma distinta y decenas de anuncios, al fondo del todo, encontré el cogollo de la información: el dato que realmente cambia la perspectiva desde la que uno se enfrenta al acontecimiento histórico de la Resurrección de Cristo y que no todo el mundo conoce. Lo conseguí encontrar, pero costó.
Las noticias
En la facultad de Periodismo nos enseñaban aquello de la pirámide invertida, que decía que una buena pieza informativa debe concentrar al principio los datos más importantes –las respuestas a las preguntas de las famosas cinco uves dobles «Who», «What», «When», «Where» y «Why» (quién, qué, cuándo, dónde y por qué)–. De esta manera, nada más comenzar a leer, sin pérdida de tiempo, el lector podrá tener los datos fundamentales de lo que ha sucedido para pasar, poco a poco, a aspectos más secundarios que incluirían la sexta uve doble, el «How» (cómo), que ya solo el lector más interesado o con más tiempo disponible llegaría a leer.
Pero la pirámide invertida ha pasado a mejor vida porque de lo que se trata ahora es de que llegues al final de la información estando el mayor tiempo posible dentro del enlace, generando tráfico e impresiones de los anuncios, que es de lo que viven los medios digitales. La sensación de hastío, no obstante, que provoca la nueva «pirámide derecha» o «pirámide desinvertida», donde lo menos importante está arriba y el meollo, al fondo, hace que uno desconfíe cada vez más de determinados medios digitales, sobre todo cuanto más atractivo sea el titular.
Y esto que pasa con las noticias ordinarias pienso que, en cierta medida, pasa también con la mayor de las noticias jamás contada, la «Buena Noticia», que es lo que significa etimológicamente la palabra “evangelio”. ¿Encuentra la gente la buena noticia en la Iglesia cuando la conoce o hasta qué profundidad hay que llegar para encontrar ese tesoro que llevamos en vasijas de barro? El depósito de la fe que la Iglesia custodia está a menudo sepultado por toneladas de hojarasca que no valen sino para confundir y desanimar a quien de verdad pueda sentir curiosidad por la persona de Jesús o crea que Dios puede ser la respuesta a sus grandes preguntas sobre el sentido de la vida.
Kerygma
A veces, aburrimos con nuestra insistencia en proponer la moral cristiana (absolutamente incomprensible sin fe porque es consecuencia de ella); otras, nos empeñamos en dar una imagen de perfectos que cae como un castillo de naipes en cuanto los escándalos nos ponen en nuestra realidad de pecadores; predicamos más con palabras que con obras; nos llevamos mal entre nosotros, administramos sacramentos a gente que no ha sido iniciada en el misterio haciéndoles creer que eso es ser cristianos; nos metemos en política más de lo necesario o callamos cuando tendríamos que gritar confundiendo la pertenencia a la comunidad cristiana con tal o cual adscripción ideológica; asustamos con el infierno, cuando tantos viven ya en él; animamos a la gente a visitar nuestros templos como si fueran solo obras de arte, sin explicarles qué los motiva y qué están gritando al mundo; invitamos a liturgias dando por supuesto que la gente entiende lo que se está celebrando, y abajo, abajo del todo, nos queda el anuncio de la buena noticia, el «kerygma«, el primer anuncio que a muchos nos hizo un día descubrir que el cristianismo no es una adscripción, no es una decisión ética o una gran idea sino, fundamentalmente, el encuentro real y certero, con un acontecimiento, con una Persona: Jesucristo, muerto y resucitado.
En “Evangelii Gaudium”, el Papa Francisco explicaba que el “kerygma” “debe ocupar el centro de la actividad evangelizadora y de todo intento de renovación eclesial” porque, decía, “nada hay más sólido, más profundo, más seguro, más denso y más sabio que ese anuncio. Toda formación cristiana es ante todo la profundización del ‘kerygma’”. Y es que, como el tema central de una gran sinfonía, el “kerygma” debería estar presente y repetirse de una u otra manera a lo largo de toda la acción cristiana.
En las puertas del triduo pascual, cuando nos disponemos a celebrar el núcleo de la fe: la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús, recuperemos ese centro, ese mensaje de salvación que es el que da sentido a nuestra Iglesia porque la Iglesia existe para evangelizar, para anunciar el “kerygma”. Luego ya vendrá todo lo demás. Pongamos primero, lo importante, las cinco uves dobles (qué, quién, cuándo, dónde, y por qué). Es decir, que Jesús de Nazaret, Dios hecho hombre, en el año 33, en Jerusalén, entregó su vida por amor y resucitó; y dejemos para el final todo lo demás (moral, doctrina, sacramentos, implicación social…) porque ahí quienes tienen que llegar son solo los que de verdad han encontrado interés en el anuncio central y quieren saber más.
Y si ha llegado usted hasta aquí abajo porque aún se pregunta cuál será ese dato de la Resurrección que, como prometía el titular, cambiaría la forma de verlo todo, ahí va: pues que todo esto de un Dios que se hace hombre, que muere y resucita es solo por usted. No «por la humanidad» o «por todos los hombres», que también, sino especialmente por usted. Y es que sabernos amados de forma «exclusiva» por Dios –como quiere una madre a cada uno de sus hijos, aunque tenga muchos– cambia realmente la vida, la forma de verlo todo. Así pues, enhorabuena por ser tan amado, tan amada, y feliz Semana Santa.
Periodista. Licenciado en Ciencias de la Comunicación y Bachiller en Ciencias Religiosas. Trabaja en la Delegación diocesana de Medios de Comunicación de Málaga. Sus numerosos "hilos" en Twitter sobre la fe y la vida cotidiana tienen una gran popularidad.



