¿Qué tiene que ver el mensaje del Evangelio con las culturas? ¿Qué luz nos ofrece sobre esto la vida de Cristo? ¿Qué criterios se deducen de ello para la misión de la Iglesia y el apostolado de los cristianos?
Nos situamos en medio de un profundo y vertiginoso cambio cultural, acompañado de un gran desarrollo tecnológico, y de no menores conflictos por motivaciones políticas, económicas e ideológicas. Esto nos interpela como cristianos, llamados a participar en la configuración del mundo, a la vez que anunciamos el mensaje del Evangelio como semilla de luz y de vida definitiva.
En este contexto, nos detenemos en un importante mensaje de León XIV sobre el acontecimiento de Guadalupe (en 2031 celebraremos los 500 años), así como en las enseñanzas del Papa durante algunas visitas pastorales a parroquias romanas.
El Evangelio y las culturas
León XIV califica el acontecimiento guadalupano como “signo de perfecta inculturación” del Evangelio (cfr. Mensaje a un congreso sobre el acontecimiento guadalupano, 5-II-2026). Y se detiene a explicar en qué consiste esta inculturación.
Se trata del modo como ha sucedido la historia de la salvación, tal como se recoge en las Sagradas Escrituras, comenzando por el Antiguo Testamento: la Alianza con el pueblo elegido. Poco a poco, Dios se fue manifestando mientras acompañaba las vicisitudes del Pueblo de Israel. Luego, “Dios se reveló plenamente en Jesucristo, en quien no sólo comunica un mensaje, sino que se comunica Él mismo”. Y, por eso, enseña san Juan de la Cruz que después de Cristo no queda otra palabra por esperar, no hay nada más que decir, pues todo ha sido dicho en Él (cfr. Subida al Monte Carmelo, II, 22, 3-5).
Está claro que evangelizar, como expresa el mismo término, es llevar la “buena noticia” (Evangelio) de la salvación por Jesús. Ahora bien, el anuncio del mensaje evangélico acontece siempre dentro de una historia y de una experiencia concreta. Esto comenzó con Jesús de Nazaret, en el que el Hijo de Dios asumió nuestra carne (hablamos de su “encarnación”): asumió nuestra condición humana con todo lo que comporta, también a través de una cultura concreta.
Lo mismo debe seguir haciendo la evangelización: “Se sigue entonces que no puede ignorarse la realidad cultural de quienes reciben el anuncio y se comprende que la inculturación no es una concesión secundaria ni una mera estrategia pastoral, sino una exigencia intrínseca de la misión de la Iglesia”. Si bien es cierto que el Evangelio no se identifica con ninguna cultura particular, es capaz de impregnarlas (iluminarlas y purificarlas) con la verdad y la vida que proceden de Dios.
“Inculturar el Evangelio –explica León XIV– es, desde esta convicción, seguir el mismo camino que Dios ha recorrido: entrar con respeto y amor en la historia concreta de los pueblos para que Cristo pueda ser verdaderamente conocido, amado y acogido desde dentro de su propia vivencia humana y cultural”. Y observa: “Esto implica asumir las lenguas, los símbolos, las formas de pensar, de sentir y de expresarse de cada pueblo, no sólo como vehículos externos del anuncio, sino como lugares reales en los que la gracia desea habitar y actuar”.
Dicho esto, añade lo que “no es” la inculturación: no es una “sacralización de las culturas ni su adopción como marco interpretativo decisivo del mensaje evangélico”; ni una “acomodación relativista o una adaptación superficial del mensaje cristiano”. No se trata, pues de “legitimar todo lo culturalmente dado o justificar prácticas, visiones del mundo o estructuras que contradicen el Evangelio y la dignidad de la persona”. Eso equivaldría a “desconocer que toda cultura —como toda realidad humana— debe ser iluminada y transformada por la gracia que brota del misterio pascual de Cristo”.
Por tanto y en síntesis condensada: “La inculturación es, más bien, un proceso exigente y purificador, mediante el cual el Evangelio, permaneciendo íntegro en su verdad, reconoce, discierne y asume las semina Verbi presentes en las culturas, y al mismo tiempo purifica y eleva sus valores auténticos, liberándolos de aquello que los oscurece o los desfigura. Estas semillas del Verbo, como huellas de la acción previa del Espíritu, encuentran en Jesucristo su criterio de autenticidad y su plenitud”.
Guadalupe, lección de pedagogía divina
En esta perspectiva, señala el Papa, “Santa María de Guadalupe es una lección de la pedagogía divina sobre la inculturación de la verdad salvífica”. No canoniza una cultura, pero tampoco la ignora, sino que la asume, purifica y transfigura convirtiéndola en “lugar” de encuentro con Cristo.
“La ‘Morenita’ manifiesta el modo de Dios para acercarse a su pueblo; respetuoso en su punto de partida, inteligible en su lenguaje y firme y delicado en su conducción hacia el encuentro con la Verdad plena, con el Fruto bendito de su vientre”.
Lo sucedido en el Tepeyac, asegura León XIV, no es una teoría ni una táctica; sino que “se presenta como un criterio permanente para el discernimiento de la misión evangelizadora de la Iglesia, llamada a anunciar al Verdadero Dios por quien se vive sin imponerlo, pero también sin diluir la radical novedad de su presencia salvadora”.
Pasando a la situación actual, observa el Papa que hoy la transmisión de la fe ya no puede darse por supuesta. Vivimos en sociedades plurales con visiones del hombre y de la vida que tienden a prescindir de Dios. En este contexto, es necesaria “una inculturación capaz de dialogar con estas realidades culturales y antropológicas complejas, sin asumirlas acríticamente, de modo que suscite una fe adulta y madura, sostenida en contextos exigentes y a menudo adverso”.
Esto implica que no cabe transmitir la fe “como una repetición fragmentaria de contenidos ni como una preparación meramente funcional para los sacramentos, sino como un verdadero camino de discipulado”; de modo que“la relación viva con Cristo forme creyentes capaces de discernir, de dar razón de su esperanza y de vivir el Evangelio con libertad y coherencia”.
Concluye León XIV replanteando la prioridad de la catequesis: “la catequesis se vuelve una prioridad irrenunciable para todos los pastores (cfr. CELAM, Documento de Aparecida, 295-300)”. La catequesis –insiste– “está llamada a ocupar un lugar central en la acción de la Iglesia, a acompañar de forma continua y profunda el proceso de maduración que conduce a una fe realmente comprendida, asumida y vivida de manera personal y consciente, incluso cuando ello suponga ir a contracorriente de los discursos culturales dominantes”.
La mirada de la fe
Este modo de enfocar la fe lo vive León XIV en su propio ministerio, como se comprueba en sus visitas pastorales durante las pasadas semanas. El domingo segundo de Cuaresma se presentó en la parroquia de la Ascensión de Nuestro Señor Jesucristo, en el Quarticciolo (Roma). En su homilía (1-III-2026) mostró la fuerza de la fe a partir del viaje de Abraham (cfr. Génesis 12, 1-4) y la escena de la transfiguración de Jesús (cfr. Mt 17, 1-9).
De Abraham aprendemos la confianza en la Palabra de Dios que lo llama y le pide a veces dejarlo todo. También nosotros “dejaremos de temer perder algo, porque sentiremos que crecemos en una riqueza que nadie puede robarnos”. También los apóstoles se resistían a subir con Jesús a Jerusalén, sobre todo porque Él les había anunciado que allí padecería y moriría, aunque también resucitaría. Pero tenían miedo e incluso Pedro intentaba disuadirlo. Pero Jesús les animó permitiéndoles contemplar su Transfiguración, que disipó las tinieblas interiores de sus corazones. “Pedro se convierte en el portavoz de nuestro viejo mundo y de su desesperada necesidad de detener las cosas, de controlarlas”.
En medio de las vicisitudes de la vida cotidiana con sus dificultades, oscuridades y desánimos –se dirige el Papa a los fieles de la parroquia–, también nosotros contamos con “la pedagogía de la mirada de fe, que lo transforma todo en esperanza, difundiendo la pasión, el compartir y la creatividad como remedio para las numerosas heridas de este barrio”.
Sed de agua viva
El domingo siguiente, el Papa visitó la parroquia romana de Santa María de la Presentación. En su homilía (cfr. 8-III-2026) contempló el pasaje evangélico del encuentro de Jesús con la mujer samaritana (cfr. Jn 4, 1-42), en cuanto que nos ayuda a mejorar nuestras relaciones con Dios.
También nosotros tenemos “sed de vida y de amor”. En el fondo, deseo de Dios. “Lo buscamos como al agua, incluso sin darnos cuenta, cada vez que nos preguntamos por el sentido de los acontecimientos, cada vez que sentimos cuánto echamos de menos el bien que deseamos para nosotros y para quienes nos rodean”.
En este contexto encontramos a Jesús, como la samaritana. “Él quiere regalarle esa agua nueva, viva, capaz de saciar toda sed y calmar toda inquietud, porque esta agua brota del corazón de Dios, plenitud inagotable de toda esperanza”. Y le promete un don de Dios que la convertirá, a ella misma, en fuente de agua que salta hasta la vida eterna. De hecho, aquella mujer acepta lo que Jesús le ofrece y se convierte en misionera.
Los cristianos hemos de continuar con la propuesta de Jesús: una vida justa verdadera y plena, partiendo de la Eucaristía. Hemos de ser “signo de una Iglesia que –como una madre– cuida de los propios hijos, sin condenarles, al contrario acogiéndolos, escuchándolos y sosteniéndolos ante el peligro”. Terminaba León XIV animando a los presentes: “¡Id adelante con fe!”.
El rostro de Dios
Una semana más tarde, el sucesor de Pedro visitó la parroquia del Sagrado Corazón en Ponte Mammolo, donde celebró el domingo Laetare (15-III-2026). En el marco actual de conflictos violentos, el mensaje del Papa fue nítido: “Más allá de cualquier abismo en el que el ser humano pueda caer a causa de sus pecados, Cristo viene a traer una claridad más fuerte, capaz de liberarlo de la ceguera del mal, para que comience una vida nueva”.
El encuentro de Jesús con el ciego de nacimiento (cfr. 9, 1-41) dio pie al Papa para plantear cómo nosotros también hemos de recuperar la vista. Esto “significa ante todo superar los prejuicios de quienes, ante un hombre que sufre, sólo ven a un marginado que despreciar o a un problema que evitar, encerrándose en la torre blindada de un individualismo egoísta”.
La actitud de Jesús es bien distinta: “Mira al ciego con amor, no como a un ser inferior o una presencia molesta, sino como a una persona querida y necesitada de ayuda. Así, su encuentro se convierte en una ocasión para que en todos se manifieste la obra de Dios”. En el milagro, Jesús se revela con su poder divino y el ciego, al recuperar la vista, se convierte en testigo de la luz.
Por contraste, está la ceguera de los que se resisten a aceptar el milagro. Y más al fondo, a reconocer a Jesús como el Hijo de Dios, salvador del mundo. Rechazan ver el rostro de Dios que se muestra ante ellos, aferrándose a “la seguridad estéril que les ofrece la observancia legalista de una norma formal”.
“Quizá, a veces –observa el Papa–, también nosotros podamos ser ciegos en este sentido, cuando no nos damos cuenta de los otros y de sus problemas”.
Concluyó León XIV con una referencia a san Agustín. Al predicar a los cristianos de su tiempo, se pregunta cómo es el rostro de Dios, para decirles que ellos, que son la Iglesia, son el rostro de Dios si viven la caridad: “¿Qué rostro tiene el amor? ¿Qué forma, qué estatura, qué pies, qué manos? […] Tiene pies, que conducen a la Iglesia; tiene manos, que dan a los pobres; tiene ojos, con los cuales se reconoce al que está necesitado” (Comentario a la Primera Carta de Juan, 7, 10).



