En un mundo marcado por conflictos, polarización y heridas abiertas, el periodista PJ Armengou, redactor jefe del Diario de Tarragona, propone una mirada distinta: la del perdón. Su libro Rostros de perdón reúne cinco historias reales, duras y poco habituales, donde víctimas y victimarios se cruzan en procesos profundamente humanos de reconciliación.
Este libro no es un tratado teórico, sino que recoge las historias de cinco personas que perdonaron a sus victimarios o a los agresores de sus seres queridos. La obra recoge testimonios de grandes conflictos contemporáneos, desde el apartheid sudafricano hasta la guerra en Siria, pasando por el conflicto árabe-israelí.
En tu libro recoges historias extraordinarias de perdón. ¿Qué has aprendido que podamos aplicar en la vida cotidiana?
ーQue el perdón tiene grados y que es un proceso. No es algo inmediato ni natural; de hecho, es casi contranatura. Es algo revolucionario.
Un primer paso puede ser un perdón “egoísta”: dejar de vivir anclado en el rencor por el propio bienestar. Un segundo nivel implica empatía, comprender que el otro también es limitado. Y el grado más alto sería amar al ofensor, algo que por supuesto no se puede realizar sin haber recorrido los anteriores.
Muchas personas no llegan a reconciliarse del todo, especialmente en el ámbito familiar. ¿Qué opinas?
ーEs doloroso, sobre todo en la familia, donde se espera amor. Pero incluso un perdón incompleto —una tregua, dejar de atacarse— ya es un paso importante.
En contextos sociales o políticos puede evitar violencia. En la familia, sin embargo, estamos llamados a algo más profundo. Cuanto más intensa es la relación, más necesario es un perdón completo.
En el libro hablas de que necesitamos “la revolución del perdón”.
ーSí. Existe la idea, influida por Friedrich Nietzsche, de que el perdón es propio de personas que siguen “una moral de débiles”. Yo creo justo lo contrario: perdonar requiere más valentía que odiar. Es un acto de libertad y de fortaleza interior.
Vivimos rodeados de conflicto, de crispación y de dolor. Este libro no da recetas, pero muestra rostros concretos de personas que han perdonado o pedido perdón en situaciones extremas. Y eso es clave: necesitamos referentes que nos enseñen que lo que parece imposible sí es posible.
Al final del libro mencionas casos cercanos, especialmente de mujeres que han sufrido abusos. ¿Por qué?
ーPorque las historias lejanas de las que hablo en el libro —Ruanda, Siria, Palestina— pueden hacernos pensar que el dolor está lejos. Pero basta rascar un poco para descubrir que está muy cerca: en nuestras familias, en nuestros amigos.
Quería visibilizar que el perdón no es solo para grandes tragedias, sino también para heridas cotidianas, a veces invisibles. En mi caso, mientras escribía, no dejaba de pensar en gente concreta. Aunque yo no he vivido una experiencia de abuso, conozco a muchas mujeres muy cercanas que sí han pasado por circunstancias de abuso, tanto sexuales como de conciencia.
Ellas han sido mi verdadera inspiración: tanto por cómo afrontan el día a día como por la forma en que han dejado que el perdón entre en sus vidas.
Dentro de los abusos de conciencia hay que distinguir los verdaderos abusos de las faltas de delicadeza, pero incluso ambos necesitan un proceso de perdón. Incluso en lo pequeño, hace falta decir: «Oye, aquí me he equivocado, esto te ha herido y te pido perdón». Quizá yo no fui consciente de que te estaba haciendo daño, pero reconocerlo es la única forma de sanarlo rápido y, sobre todo, de que no se vuelva a repetir.
¿Qué experiencia sacas cuando das sesiones sobre el perdón?
Es algo que estoy empezando a hacer ahora. Y me gusta proponer un ejercicio a los oyentes: que se paren a pensar en qué deben perdonar a los padres.
Muchos tenemos pequeñas heridas de infancia. No necesariamente grandes traumas, pero sí experiencias que nos marcaron. Perdonar no es señalar culpables, sino comprender que nuestros padres eran limitados, que lo hicieron lo mejor que pudieron. Aceptar esto es un proceso sanador.
¿Existe un modelo ideal de perdón?
ーHay un ideal, sí: un perdón que ama, que comprende, que no espera nada a cambio. Pero no se puede imponer. Perdonar es un proceso que solo puede ser personal.
Cuando uno llega no solo a perdonar sino a amar al causante de su dolor, descubre que es profundamente liberador, pero requiere tiempo, proceso y muchas veces ayuda.
Has vivido de cerca conflictos como el de Israel y Palestina. ¿Qué papel jugaría ahí el perdón?
ーSería transformador. Pero lo que vemos es lo contrario: dinámicas de castigo, endurecimiento, incluso hace unos días se aprobó la pena de muerte.
En este nuevo contexto, uno de los protagonistas del libro, un exterrorista palestino, nunca habría tenido la oportunidad de redimirse, ni de dedicarse a su labor actual, que consiste en trabajar por la resolución del conflicto desde el perdón. El perdón abre caminos que la violencia cierra.
¿Qué te gustaría que se llevara el lector?
ーQue el perdón es posible. Que hay una alternativa al odio y a la violencia. Y que, aunque sea difícil y requiera tiempo, merece la pena recorrer ese camino.
Rostros de perdón



