Zaragoza es tierra de cierzo, de agua, una ciudad solariega y colmada de un espíritu de devoción al amparo de su profusa historia. Bajo el amparo de sus dos catedrales, La Seo y la basílica-catedral de El Pilar, y de multitud de iglesias, buena parte de ellas erigidas hace más de quinientos años, una pluralidad de hermandades y cofradías han ido constituyéndose desde 1935 hasta la actualidad, demostrando que la Semana Santa zaragozana no sólo ofrece un espectáculo religioso, espiritual y cultural de incalculable valor (de hecho, es Fiesta de Interés Turístico Nacional desde 2014), sino presencia viva de devoción y buen ánimo de participación entre las nuevas generaciones de jóvenes, que acuden a la llamada del tercerol, de los capirotes, de las trompetas, carracas, tambores y bombos que acompañan a pasos de una delicadeza escultórica y antigüedad destacables, como es el Ecce Homo, de alrededor del siglo XV, que puede venerarse durante el año en el Iglesia de San Felipe y Santiago el Menor, o el Nazareno, que data del siglo XVI y que se halla en la Iglesia de San Miguel de los Navarros, por nombrar dos de los más destacados y queridos de los santos días de la capital del Ebro.
El secreto mejor guardado
Sin embargo, existe una cofradía que destaca por sus vetustos orígenes y sus excelsos valores y tradiciones. La Muy Ilustre y Antiquísima Cofradía del Santo Sepulcro hunde sus raíces hasta el siglo XIII, en paralelo a la constitución del Monasterio de las Canonesas homónimas.
Ambas instituciones, diferentes entre sí, están relacionadas únicamente por un sutil vínculo de hermandad: ambas, vinculadas de manera directa a la extinta orden de caballería del Sepulcro, comparten espacio en el Monasterio, que hoy en día se ubica, como un bello remanso de quietud y serenidad, en el corazón de la quinta ciudad de España.
La cofradía tiene su sede en la iglesia del Santo Sepulcro, por la que se accede a mano derecha en la plaza de San Nicolás. Allí, en un lateral del Monasterio, tiene lugar un pequeño milagro que lleva setecientos años vibrando en el corazón de la ciudad: los devotos locales, y algunos que vienen ex profeso hasta la ciudad para no perderse el evento, acuden hasta el Sepulcro desfilando en un silencio que parece místico en una época en la que impera el ruido. El silencio que habita en la acogedora iglesia monástica invita, intuitivamente, a la contemplación.
Es, precisamente, la invitación al silencio, la quietud y la introspección interior, alejado del estruendo de los tambores y de la profusión simbólica, los principios que convierten a la Cofradía del Santo Sepulcro en el secreto mejor guardado de la Semana Santa zaragozana. Hablo de la hermandad que la explica y le dota de sentido, de genuino arraigo y de tradición. Una tradición que tiene por valor el recogimiento frente a la exhibición. Y no es para menos, ya que su advocación es la del Cristo Yacente, venerada por miles de fieles desde el Jueves Santo hasta el Lunes de Pascua.
La talla actual, que data del siglo XVII y que fue restaurada por el Gobierno de Aragón en el año 2000, destaca por su gesto pacífico y su belleza facial. En origen, probablemente, un Cristo articulado (en la actualidad, ya no lo es), invita a la posible tradición del Descendimiento de la Cruz, en desuso habitual en el país desde el siglo XIX. No obstante, la hermandad ha sustituido este acto por otro, que tiene lugar cada Jueves Santo en el Sepulcro, el Santo Traslado del Cristo Yacente. Tomado en brazos de los hermanos de la cofradía, con vela y guardia a ambos lados en el interior de la iglesia, la talla es transportada con solemnidad hasta su lecho, donde el cuerpo de Jesucristo se haya custodiado por la Virgen María, en carácter sufriente; María Magdalena, San Juan el Evangelista y María de Cleofás. Cuando la priora confiere los tres golpes de honor con el báculo, se produce el Traslado, de gran atención por curiosos y devotos. Junto al Cristo, la cofradía alberga una réplica muy perfecta de la Sábana Santa, el Sudario de Turín, que se encuentra a disposición de los oferentes para su admiración y curiosidad, junto con una muestra de los libros de actas y precioso ajuar de la hermandad.
No obstante, el acto central de la cofradía es su tradicional Solemne Procesión del Cristo Yacente. A diferencia de otros actos equivalentes, los hermanos y hermanas de la cofradía avanzan, solemnes, por las calles del Casco Antiguo de la ciudad. No hay ruido, sí música, de la mano de la banda, y devoción. Hasta el año dos mil quince, la hermandad procesionó durante la tarde del Sábado Santo, año en que le fue revocado el permiso para procesionar.
Una década después, en un largo proceso por ajustar el horario a uno más adecuado para la advocación de la imaginería, la Solemne Procesión del Cristo Yacente ha regresado a las calles de la ciudad con su permiso arzobispal repuesto en justicia. Hasta la prohibición temporal de 2015, la Procesión sólo fue suspendida en momento de crisis política y social del país o de la ciudad, como es el caso de epidemias o de los dos Sitios que soportó la ciudad durante la Guerra de la Independencia, en el siglo XIX.
Alegría, nerviosismo y honor restituido
Para los hermanos de la Cofradía, la recuperación de la probablemente más antigua e icónica manifestación de fe de Zaragoza ha sido una razón de alegría y de honor restituido. Para que el lector o lectora se haga una idea, la Cofradía cuenta en sus actas de miembros a nobles vinculados con la monarquía aragonesa, a héroes de la Guerra de la Independencia —cómo el célebre Jorge Ibor, el Tío Jorge—, a miembros de la alta intelectualidad nacional e internacional, además de a miembros de multitud de estratos sociales.
La hermandad nació al albor de la poderosa Orden de Caballería del Santo Sepulcro de Jerusalén en época medieval, restituida en época reciente, por lo que el sentido del honor y del respeto en la veneración, custodia y vela al Cristo Yacente están muy presentes en el pensamiento de los numerosos hermanos y hermanas. En este sentido, la Cofradía fue casi desde sus orígenes ejemplo de igualdad, si se permite el presentismo: tanto mujeres como hombres gozan de los mismos derechos y deberes en su seno.
Y, de hecho, la presencia femenina en los puestos de mayor jerarquía es una realidad consolidada. «Al Santo Sepulcro entraba, pero no era hermana cofrade, y los veía con sus capas, pero eran muy poquitos, y mayores, así que me dije: “si yo vengo todos los años a rezar a mi Santo Cristo, ¿por qué no voy a colaborar con ellos?», narra Cándida Micaela Redondo, la actual priora, quien, en nuestra conversación, sigue contando sus décadas de voluntaria dedicación a las necesidades de las Canonesas, concretamente desde sus veinticinco años de edad. Ahora tiene más de ochenta.
Es el Cristo el que elige a sus cofrades, y no los cofrades los que eligen el Cristo, valga el juego de palabras y la referencia. No es una chanza, sino una percepción común que comparten, en tímida confidencia, la mayoría de miembros. La Cofradía del Santo Sepulcro mantiene sus puertas y su adscripción a toda persona de buen corazón que desee compartir, aunque sea durante unos minutos de oración durante los Días Santos, el valor del silencio, la introspección y la reflexión. Una rotura del ruido y una invitación a la suspensión del juicio que evoca a las sabidurías de oriente de las que, de algún modo, se nutrió la Orden del Santo Sepulcro en su origen medieval, al menos, sincretizando con el hesicasmo cristiano.
Este tesoro, inmaterial e íntimo, es la gema que ofrece y distingue a la peculiar Cofradía del Santo Sepulcro de Zaragoza. María Ángeles Isiegas, vicepriora y coordinadora de la hermandad, explica el proceso por el que la mayoría de hermanos deciden hacerse miembros de la cofradía: «llegué por casualidad; de hecho, me metió una amiga, casi “de empujón”», confiesa, divertida. «Yo siempre lo digo: este Cristo te trae, te agarra y ya no te suelta, o pasa de ti y ya puedes venir tantas veces como quieras, que no le coges cariño». Un servidor converge con la vivencia de María Ángeles y Cándida, o Tati, como prefieren que la llamen cariñosamente. Aunque llevo visitando y venerando al Cristo desde mi infancia fue hace unos dos años cuando sentí la llamada o impulso interior para hacerme miembro de la cofradía.
La recuperación de la procesión este dos mil veintiséis ha supuesto un totum revolutum en el seno de la agrupación. Ha habido que organizar los actos habituales (el encuentro del Sábado Santo a mediodía con la Congregación de Esclavas de María Santísima de los Dolores, una hermandad íntegramente femenina, en Santo Traslado del Jueves Santo, las Coronillas y oraciones que se rezan durante la Semana Santa, además de las tareas propias de preparar cada detalle ornamental, floral y de vestimenta y colocación del Cristo y la Sábana Santa) y encauzar la Solemne Procesión, que cuenta con invitados de honor, como es el caso de emisarios de la Orden Hospitalaria de San Juan, bandas musicales, hermandades y autoridades que desean sumarse a un acto tan emotivo. No es para menos: la Semana Santa zaragozana ha recuperado, así, uno de sus actos principales, más antiguos y honorables.
Entre los responsables de hacer posible el reencuentro con los fieles en las calles de la ciudad ha habido nerviosismo y tensión, pero también una pasión y un deseo de entrega por y para el Cristo rutilante. María Ángeles explica que el Cristo conoce bien sus tiempos y que «elige también cuándo desea ser procesionado». Al frente del grueso de preparativos de la procesión y al mando de peaneros y capataces, me repregunta. «¿La Procesión? ¡No sé cómo saldrá!». Y confiesa: «se ha trabajado mucho para volver a salir, y este Cristo se merece estar en la calle con todos los honores y, como tal, vamos a sacarlo con la máxima dignidad. Peaneros, miembros de la Junta [de Gobierno de la Cofradía]… hemos preparado todo con la máxima ilusión», concreta.
Tati aprovecha para recordar que, en su periplo hasta el priorato, ha pasado por todos los puestos de gobierno: luminera (quien se encarga de preparar y vestir al Cristo Yacente), tesorera, guión (quien porta el estandarte en los actos solemnes), salvo secretaria. Son décadas de servicio humilde a la veneración del Cristo y al sostenimiento, sincero, de la hermandad.
A la emoción de Tati y de María Ángeles se suma de la Yolanda, que ocupa el cargo de tesorera en la actualidad. Me explica cómo ha enfrentado la preparación de los Días Santos con un profundo espíritu introspectivo y espiritual. «Prepararlo todo está siendo un gran trabajo y una enorme responsabilidad, una muy, muy grande, pero, a la vez, está siendo gratificante: ves que las cosas van saliendo y el resultado del trabajo es visible. Lo hacemos con el inmenso amor y la esperanza de que guste a los fieles y salga bien, que la gente esté contenta [de reencontrarse con el Cristo Yacente]».
En el momento en el que hablamos del ambiente que se respira en la hermandad, su rostro esboza una sonrisa que invita a la inocencia de la niñez, al esplendor de la emoción que embriaga, sincera, a quien habla: «lo estoy viviendo con mucha ilusión, con mucha fe, eso sí, con muchos nervios también». Y termina diciendo un detalle que se alinea con esa invitación compartida y que el Cristo parece entregar en el espíritu de cada miembro: «Generalmente, vivo la Semana Santa desde mi mundo interior. Soy una persona muy introvertida que no exterioriza mucho mi pensamiento, mis oraciones y, sobre todo, mi silencio. La verdad es que adoro el silencio».
Expectación, alegría, respeto, emoción a flor de piel. Y respeto, «sobre todo, respeto», como reafirma Yolanda, quien añade que, para ella, la Cofradía es «una gran familia llena de amor y fe donde se entrega todo sin dar nada a cambio. En la Cofradía he conocido a gente nueva que me ha hecho ver que los seres humanos podemos ser mucho mejores que lo que somos».
Una visita obligada en la Semana Santa zaragozana
Un adagio popular recorrió, hasta hace pocos años, el boca-oreja de los zaragozanos: el Cristo Yacente es el Cristo de los Tres Deseos: si durante el Viernes Santo el devoto ora con verdadera entrega al Cristo y le formula tres deseos luminosos, Él, si evocan justicia, los concederá. La tradición, lejos de amenazar con perderse, sigue palpitando entre numerosos oferentes, en especial, los más ancianos.
La belleza y el ánimo de encuentro interior con Dios —o, al menos, de recogimiento y pausa interior— representan un obsequio inimitable que el visitante foráneo o el oferente de la Semana Santa de la capital aragonesa no pueden pasar por alto tanto por su excelso valor cultural como por su potente carácter espiritual. Una invitación a la entrega cristiana, a la contemplación, en su sentido más profundo, que invita a mirar la bondad ajena por encima de las fragilidades que hacen palidecer la condición humana. Esta inspiración es, ya en sí, un milagro, uno que bien merece ser vivido tanto acompañando al Cristo Yacente durante su Solemne Procesión del Sábado Santo o bien en su sede, donde el silencio gobierna frente a la distracción y el ruido de la palabra vana y del pensamiento roto.
Hermano de la Cofradía del Santo Sepulcro de Zaragoza



